CARTAS AL DIRECTOR: NÚMERO 246 / MARZO / 2021

Estimado director: el campo de estudio de los efectos adversos de los medicamentos es amplio y difuso, en gran parte desconocido y muchas veces sorprendente… como en el caso que deseo transmitirle: la Enfermedad Pulmonar Intersticial (EPI). Se trata de un grupo de trastornos que afectan al intersticio -al tejido conectivo que forma la estructura de soporte de los alvéolos pulmonares- el cual se inflama y se vuelve rígido. Como consecuencia, al no poder los alvéolos expandirse completamente, se imposibilita el intercambio de oxígeno entre el aire inspirado y la sangre apareciendo disnea (dificultad para respirar). La EPI se asocia con infecciones víricas pero, curiosamente, es también un efecto adverso que puede presentarse con la exposición a varios medicamentos muy diferentes: quimioterapéuticos e inmunosupresores como el Metotrexato y la Ciclofosfamida, antiinflamatorios como la Sulfasalazina, hipocolesterolemiantes como la Simvastatina, antiarrítmicos como la Amiodarona intravenosa, antiinfecciosos urinarios como la Nitrofurantoina, antituberculosos como el Etambutol y anticuerpos monoclonales como el Rituximab,  usados éstos en Oncohematología y Reumatología. En todos ellos el mecanismo oculto es desconocido. En 2017 los neumólogos japoneses Hibino y Kondo añadirían otro fármaco a la lista anterior al publicar su trabajo Neumonía intersticial asociada a la vacuna contra la gripe: informe de dos casos (este es el enlace: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC5337467). El artículo habla de dos pacientes de 67 y 71 años con neumonía de tipo inmune e incluía una búsqueda bibliográfica en Pubmed sobre casos similares que se hubieran descrito anteriormente encontrando varios: en1998 Neumonitis secundaria a la vacuna antigripal, en 2009 Alveolitis alérgica tras vacunación antigripal, en 2010 Neumonitis intersticial causada por vacuna antigripal estacional, en 2010 Posible reacción adversa grave a la vacuna monovalente H1N1, en 2010 Exacerbación aguda de fibrosis pulmonar idiopática tras la vacuna pandémica H1N1, en 2011 Enfermedad pulmonar inducida por la vacuna pandémica H1N1 de 2009 y en 2013 Enfermedad pulmonar intersticial inducida por la vacuna antigripal. Hibino y Kondo observaron en esa serie de casos un incremento de reacciones desde 2009, año de la pandemia de gripe A en el que se introdujo en las vacunas antigripales la cepa A (H1N1) pdm2009, variante de la terrible gripe del 18 que nunca se había usado hasta entonces en las vacunas. No obstante, no podían determinar que dicha cepa fuera en concreto el antígeno responsable de las reacciones ya que había vacunas que también contenían esas cepas B así como diferentes excipientes.  Complementariamente consultaron los datos del Sistema de notificación de reacciones adversas a las vacunas (VAERS) establecido por los CDC y la FDA y encontraron tres casos diagnosticados como Neumonía Intersticial Secundaria asociados a una vacuna antigripal que contenía la cepa H1N1. La conclusión de los neumólogos nipones fue que los médicos debían ser conscientes de la posibilidad de que la neumonía intersticial sea una complicación de la vacuna contra la gripe y deberían pues preguntar a los pacientes sobre la vacunación en las entrevistas médicas e informarles de esta posibilidad para facilitar la detección y su tratamiento temprano. Pues bien, a lo largo de 2020 hemos asistido en todo el mundo a cientos de miles de casos de neumonías intersticiales bilaterales en pacientes de elevada edad -justo el colectivo que más vacunación antigripal había recibido- pero desde el primer momento la visión clínica del sanitario se vio condicionada por una salvaje campaña mediática en la que el diagnóstico de cualquier proceso inflamatorio del intersticio pulmonar estaba cantado: ¡neumonía por COVID-19! ¿Habrían escrito Hibino y Kondo el mismo trabajo y llegado a las mismas conclusiones si esos dos pacientes de 2017, con sus imágenes radiológicas y sus analíticas, se hubieran presentado en abril de 2020 o más bien habrían sucumbido al diagnóstico «covidiano» vigente hoy por defecto? Es más, ¿les habría hecho alguien caso?

Juan F. Gastón Añaños

Especialista en Farmacia Hospitalaria

Tiene usted razón. Y también la tiene al sugerir que las neumonías bilaterales actuales pueden estar relacionadas con los efectos adversos de las vacunas de la gripe ¡pero eso es políticamente incorrecto! Sabe usted bien que nadie debe poner en duda las verdades oficiales. Gracias por su carta que esperamos aclare las «ideas» -en realidad no son suyas sino impuestas- de algunos de sus colegas, de muchos médicos y enfermeros y de los periodista y políticos más ignorantes.       

 

Sr. Director: a principios de febrero recibí por Whatsapp un texto que se achacaba a una enfermera que no se identifica pero como me ha parecido tan buena me gustaría pedirles que la reprodujeran en la sección de Cartas para conocimiento de sus lectores. La transcribo sin más confiando en que la publiquen. Dice así: «En marzo de 2020 surgió sin esperarlo -quiero decir sin esperarlo la inmensa mayoría de la gente- un nuevo síndrome, una enfermedad singular que por la clínica y por los síntomas dejaba claro que no había sido antes vista. Produjo una rápida mortandad y en poco tiempo un pico de fallecimientos que alarmó a todos, máxime cuando los medios de comunicación comenzaron en tromba a dedicar casi el cien por cien de su programación a hablar de ella. Se bautizó como Covid-19 y se atribuyó su causa a un virus antes desconocido pero he aquí que a consecuencia de este advenimiento ha surgido, especialmente en el mundo occidental, una nueva “religión” y con ella un ejército innumerable de fervientes feligreses. Se trata de los covidianos. El covidiano es verdaderamente un hombre de fe. Cree en un virus que no ha sido aislado ni purificado y cree por la fe. No llega a una conclusión: parte de una convicción. No cree -ni cabe pensarlo- que ese síndrome pueda ser causado por cualquier otra causa o por la suma de varias. Eso sería herejía. Por supuesto, prohibir las autopsias y la investigación es cosa loable, no vaya a ser que alguien ponga en peligro el dogma. El covidiano cree todo lo que le dicen sus líderes religiosos aunque haya quedado demostrado que mienten; no por nada sino por las continuas contradicciones en las que incurren: una cosa y la contraria varias veces en cortísimos espacios de tiempo. Pero no importa: la fe es y debe ser ciega. El covidiano confía en la prueba PCR aunque el prospecto diga que no es específica, que no sirve para diagnóstico. Aunque su inventor lo haya dicho y ahí estén sus declaraciones. Y aunque algunos tribunales de otros países, asistidos de informes periciales serios, lo hayan demostrado. No importa. El dogma no se discute: se cree y punto. Y la PCR, erre que erre, es el argumento para paralizar un país, el hundimiento de la economía y la parálisis de la sanidad. El covidiano es cívico: lleva mascarilla y se la pone a sus niños; incluso a los más chiquitines aun sabiendo que para ellos no es obligatoria y les perjudica enormemente. No obstante, es estricto y es cumplidor. El covidiano se convierte en el guarda de la prisión y en el buchonazo del campo de concentración cuando llama al 112 para decir que ha visto un movimiento raro en casa de sus vecinos, que le ha parecido ver que ha dejado entrar a una pareja de amigos que no son del edificio. El covidiano es obediente y conduce con mascarilla aunque vaya solo en el coche y llama la atención en misa o en el súper al prójimo si se la baja por debajo de la nariz porque el prójimo está agobiado y necesita respirar. El covidiano no le dirige la palabra a los negacionistas, a sus familiares y a sus compañeros de trabajo; incluso de médico covidiano a médico negacionista. El covidiano es creyente por encima de todo: cree y no hay más que hablar. Si el prospecto de la vacuna dice que es de prueba o experimental no importa: él cree. Si las empresas farmacéuticas no se responsabilizan de los efectos secundarios, ni el gobierno, ni nadie… no importa: él tiene fe ciega en sus líderes religiosos. Si le dicen que no protege del contagio le da igual. Si le dicen que no exime de contagiar después de suministrada es igual: la espera, la desea, la anhela. Y, por supuesto, obligatoria para todos. Lo importante es el “interés colectivo”. La dignidad individual es algo secundario. El covidiano cree que la gripe estacional, después de más de mil años de existencia, ha desaparecido totalmente debido a las precauciones y a la responsabilidad de la gente en sus relaciones sociales. En cambio cree que los contagios por Covid-19 han aumentado por la causa contraria, es decir, por la falta de responsabilidad de la gente y sus relaciones sociales. Jamás pensará en esta evidente contradicción ni llegará a la conclusión de que lo cierto es que se están recalificando las gripes hacia el Covid-19 para aumentar las cifras. Pensar eso sería herejía. Si las cifras anuales de fallecimientos por todas las causas son idénticas o similares a la media de todos los años anteriores se queda perplejo pero no lo quiere ver, ni quiere enterarse. Se tapa los oídos. Sería como traicionar su nueva fe. Lo niega, lo justifica, lo ignora, lo tergiversa y repite una y otra vez la oración, el rezo diario que ha aprendido en la televisión: ¡Hay pandemia, hay pandemia, hay pandemia y no hay más que hablar! Lo dice la televisión, las imágenes, los colapsos de los hospitales… No cabe dudar, ni pensar, ni analizar. ¡Hay pandemia! Entre los covidianos hay gente de todas las clases sociales, pobres y ricos, jóvenes y ancianos, gente sin estudios y universitarios, de letras y de ciencias. El covidiano ha quedado noqueado, sometido por la muerte a la esclavitud o, mejor dicho y como diría San Pablo, por el miedo a la muerte; algo que, por otra parte, es consustancial con nuestra existencia. Pero ahora se ha bloqueado, su razón ha quedado colapsada. Los covidianos son creyentes impecables. Hay muchos entre mis afectos, entre mis familiares y amigos. Son gente seria y educada. Y son inteligentes sin lugar a dudas pero por caridad cristiana y por disculparlos yo diría que son ‘inteligentes asintomáticos'».

¿Es o no un escrito que merece publicarse, señor director? La verdad es que yo me he partido de risa.

Carlos Esteban

(Madrid)

 

Estimado equipo: tengo 70 años, soy lector suyo desde hace diez y en primer lugar quiero agradecerles la labor informativa que llevan realizando durante todos estos meses de supuesta pandemia. Al menos hemos podido ver otra realidad -la que ustedes nos han contado- que los grandes medios de comunicación nunca ofrecerán. Como decía Don Quijote: «Querido Sancho, ladran; eso es señal de que cabalgamos». Así que continúen con esta labor que lo están haciendo genial aunque nos llamen terraplanistas, negacionistas, etc. Dicho esto les escribo para que me aclaren algunas cosas que no consigo entender y posiblemente mucha gente tampoco. Les cuento: han publicado ustedes desde marzo del año pasado varios reportajes en los que afirman que toda esta pandemia es una farsa orquestada para implantar sin oposición el Nuevo Orden Mundial. En definitiva, «el gran reinicio» sería el objetivo pero he leído concienzudamente sus reportajes y no logro entender la conexión que hay entre los CDC de China -que son los que dan la alarma a la OMS sobre un supuesto coronavirus- y las élites mundiales: Bill Gates, George Soros, los Rothschild, los Rockefeller, etc. Y ahí es donde surgen mis dudas: ¿Las élites mundiales hicieron de forma secreta el encargo a los CDC chinos de «descubrir» supuestamente un nuevo coronavirus y así empezar con toda esta farsa? ¿O las élites mundiales «cocinaron» junto a los CDC chinos la pandemia? Porque ustedes dicen que los CDC chinos dan la alarma y descubren un supuesto coronavirus que según el estudio que publican no cumple los protocolos de Koch. Ese estudio viene firmado por el Dr. Na Zhu. ¿Hay alguna conexión entre el firmante de ese estudio y las élites? ¿O la puesta en escena ha sido tan buena que los antes mencionados están «compinchados» con los CDC chinos pero es imposible demostrarlo? En el numero de diciembre entrevistan ustedes a un investigador español que escribió un libro titulado Soros, rompiendo España y Jesús Garcia Blanca le pregunta directamente: ¿Cree usted que las élites están detrás de la Covid-19 para implantar el nuevo orden mundial? y la respuesta del investigador fue clara: «Eso de momento no puede demostrarse». Mi pregunta pues es: las supuestas teorías que dicen ustedes de que las élites están detrás de la Covid-19 en qué se basan? ¿En las memorias de David Rockefeller? ¿Solo en eso? Porque ese investigador solo afirma que a ellos les ha venido muy bien esta crisis.  Gracias y un saludo.

Agapito

Si alguien cree que lo que hay detrás del Nuevo Orden Mundial se cuenta en unos pocos reportajes no conoce la envergadura de la operación. Se lleva fraguando muchos años, hay implicadas decenas de miles de personas y cientos de organismos, instituciones, organizaciones, sociedades, bancos, fundaciones, empresas, asociaciones y muchas otras entidades de todo el mundo. La mera relación de las conocidas con una brevísima explicación de cada una de ellas ocuparía varias revistas. De hecho hay numerosos libros que dan cuenta de muchas y a ellos nos remitimos. Es más, en Internet cualquiera tiene información para pasarse semanas leyendo. A nosotros es algo que nos pareció inicialmente secundario y si luego nos hemos ocupado de forma somera de ello es porque entendemos que el público debe saber quiénes están detrás y qué pretenden aunque no sea de forma exhaustiva. De ahí que apenas hayamos ofrecido más que unas pinceladas en algunos reportajes, entre ellos en estos: Algunas claves para entender la “pandemia” del coronavirus chino (nº 236), ¿Quiénes -y por qué- están detrás de la pandemia declarada por la OMS? (nº 238 y 239),  La falsa pandemia de la Covid-19 se diseñó hace varios años (nº 240), La pandemia es una farsa orquestada para implantar sin oposición el Nuevo Orden Mundial (nº 242),  La Covid-19 y El Gran Reinicio (nº 245) y en este mismo número Carlos Astiz: «Tras el Nuevo Orden Mundial están los grandes magnates y los grupos de izquierda». Las conexiones entre todas esas entidades y muchas personas son públicas y es fácil pues constatarlas. En cuanto a si la pandemia se orquestó a propósito para poner por fin en marcha la operación o simplemente la aprovecharon ni Juan Antonio de Castro -al que ya entrevistamos y es coautor del libro George Soros: rompiendo España- ni Carlos Astiz -autor de El proyecto Soros y la alianza entre la izquierda y el gran capital- pueden afirmarlo y por tanto no lo hacen. Y nosotros tampoco. Recoger lo que en ese sentido afirman otros no implica que lo compartamos. Dicho esto añadiremos que hay datos y razones suficientes para pensar que ha sido así pero pedirnos que le detallemos cómo se produjo nos parece excesivo. Eso quizás se sepa algún día en detalle pero desde luego requerirá años de investigación porque no es probable que los posibles instigadores vayan a confesarlo. Además se requieren unos medios, un personal cualificado y un tiempo que nosotros no tenemos. Eso sin olvidar que para nosotros lo importante es demostrar que el relato oficial sobre la Covid-19 no se sostiene y las medidas son desproporcionadas e ineficaces. 

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