CARTAS AL DIRECTOR: NÚMERO 70 / MARZO / 2005

Estimado Sr. Campoy: me ha gustado mucho el artículo sobre el agua de Johan Grander. Ya son unos cuantos textos sobre este tema y son increíbles. No entiendo por qué no se aplican en general. El de Ayhan Doyuk fue el más impactante porque si es cierto seria algo maravilloso. También me gustaría que me dijera si sabe dónde puedo conseguir el libro en el que se basa el artículo que han publicado sobre el impacto perjudicial para la salud de los iones negativos que emite la calefacción de los coches titulado precisamente «Por qué me dormía en el coche». En cuanto a los artículos sobre el cáncer son muy interesantes y aportan puntos de vista que casi nadie conoce. ¿No podrían hacer otro tanto con el tema del Sida? Y otra pregunta: ¿van a publicar algún artículo sobre Mirko Beljanski o no les parece suficientemente interesante? Es todo. Que sigan haciendo una revista tan interesante, aclarativa y valiente.
Un saludo,

Alexander Del Cura

Ante todo, gracias por sus elogios. En cuanto a sus interrogantes, vamos por partes. Si no encuentra en librerías la obra que le interesa puede conseguirla llamando directamente al 91 569 16 00 o entrando en www.porquemedormiaenelcoche.com El problema del Sida ha sido ya tratado en varios artículos por lo que le invitamos a entrar en la sección de Reportajes de nuestra web para informarse si no los leyó en su momento: www.dsalud.com. Lo que no obsta para que en el futuro volvamos a tratar el tema. En cualquier caso, le recordamos que el Bio-Bac es eficaz en esos casos. No hay más que constatar que ha llegado a realizar un estudio en fase III sobre su efecto en pacientes VIH positivos. Como es efectivo el Viusid del que también hemos hablado. E igualmente se obtienen buenos resultados con los tratamientos de la Medicina Sistémica (infórmese si quiere en www.adaptpogeno.com).


Sr. Campoy: a primeros de mayo del pasado año, hace nueve meses ahora, acudí al endocrino porque mi médico de cabecera me dijo que tenía que adelgazar urgentemente 30 kilos al menos. Así que fui, pidió que me hiciera varios análisis y me puso un régimen estricto. Un mes después, tras pasar auténtica hambre, no había perdido prácticamente peso a pesar de que lo seguí a conciencia. Volví a su consulta, se lo dije, me modificó la dieta y me animó a intentarlo de nuevo tras darme en esta ocasión un ansiolítico suave al ver mi estado de nerviosismo, un diurético para perder líquido, unas cápsulas de fibra sintética y unas hierbas para mejorar la digestión. Pasó otro mes en el que la sensación de hambre fue en esta ocasión casi insoportable, tomé puntualmente todo lo que me dijo, seguí el régimen sin saltármelo para nada consciente de que mi vida podía estar en juego como me dijo mi médico de cabecera y dejar solos a mis dos hijos pequeños, y un mes después fui de nuevo a su consulta como me había pedido. Y lo hice sin pesarme porque me lo sugirió para evitar que me obsesionara además de explicarme que muchas básculas no eran fiables y que el seguimiento de los resultados había que valorarlos con el mismo aparato. Reconozco que a pesar de todo iba mosqueada porque no tenía la impresión de haber adelgazado nada. Y, en efecto, al pesarme resultó que no sólo no había adelgazado un gramo sino que ¡había engordado dos kilos! Cuando vi el peso me eché a llorar. ¡Dos meses muriéndome de hambre y había engordado! El endocrino reaccionó entonces diciéndome que era imposible que hubiera seguido sus indicaciones exactamente y que no me hubiera saltado la dieta. Me indignó tanto su actitud que si mi marido, que había ido conmigo, no me sujeta le hubiera dado una torta allí mismo. Con rabia contenida salí de su consulta llamándole algunas cosas que no voy a repetir y me largué soltando todo tipo de improperios. Hoy lamento algunos de aquellos insultos porque soy doctora en Lingüistica y sé que las palabras pueden herir profundamente aunque la verdad es que, sobre todo, me avergonzó perder el control de esa manera. Al día siguiente le conté lo sucedido a mi médico y me dijo que quizás se debiera a que mi tiroides no funcionaba correctamente. Así que me pidió que siguiera unos días más la dieta -me dejé convencer de ello tras media hora de discusión- pero que añadiera unas cápsulas de yodo y un complejo vitamínico porque me sentía débil. Le hice caso, me pesé a los quince días y no había perdido más que medio kilo. Y encima me encontraba todo el día cansada, empezaba a tener calambres y me costaba conciliar el sueño por las noches. Me volví a poner a llorar. No sabía qué hacer. Para calmarme me fui a la peluquería, habitual recurso femenino cuando una está deprimida, y entonces vi en la mesita un ejemplar de su revista mientras esperaba mi turno. Era antiguo -de hace más de año y medio- pero me llamó la atención la portada y como no soporto las revistas del corazón me puse a leerla. Y fue entonces cuando me enteré de que existía el libro que usted ha escrito con el nombre de «La Dieta Definitiva». Le confieso que, dado mi estado de ánimo, pensé que alguien que había osado sacar un libro con un título como ese era un sinvergüenza. Decírselo me provoca sonrojo pero no podía evitar pensar que tenía que tratarse de otro farsante que sólo quería sacar dinero con un problema grave que agobia a mucha gente. Sin embargo, luego leí varios artículos -tuve que esperar casi tres cuartos de hora- y el contenido de la revista me impactó tanto que quise saber quién la dirigía encontrándome con la sorpresa de que era el mismo autor del libro. Sentí un cúmulo de sensaciones extrañas. No se por qué, decidí creerle a usted y compré el libro nada más salir de la peluquería en una librería cercana. Al llegar a casa me puse a leerlo y le diré algo: no paré hasta terminarlo ¡a las cinco de la madrugada! Al día siguiente, siete de agosto -no voy a olvidar nunca esa fecha-, decidí seguir su dieta -creo que se ha equivocado llamándola así porque no es propiamente una dieta sino una forma de comer- y me hice la promesa de que tanto si funcionaba como si no le escribiría para felicitarle o para decirle sin tapujos lo que pensaba. Pues bien, el día en que escribo estas líneas se han cumplido exactamente seis meses desde que empecé su «dieta».¿Sabe el resultado? Peso 58 kilos -mido un metro sesenta y siete- y cuando empecé mi peso era de 85. Es decir, he perdido 27 kilos en seis meses. Y eso que he tomado cuanto me ha apetecido, no he tenido nunca que preocuparme de saber si ingería mucha o poca comida con lo que no he pasado nunca hambre, no he tomado una sola pastilla, me he sentido siempre con energía, he dormido como cuando era niña y el único ejercicio que he hecho es pasear una hora diaria. Quiero darle mi más sinceras gracias. Tenga la certeza de que estará siempre en mi corazón y en el de mi familia. Y le ruego encarecidamente que publique esta carta tal cual a pesar de su extensión porque me parece importante que otras personas conozcan mi testimonio. Aunque hacerlo le provoque reparo porque sé -me he informado- de que lleva mal los halagos. Se lo ruego aunque me veo obligada a pedirle que no publique mi primer apellido porque podría perjudicarme. Sólo una cosa más: voy a pasarme por la consulta de mi endocrino… con una foto del año pasado. Porque dudo que me reconozca. Y esta vez, con calma pero con claridad, voy a decirle lo que pienso. Un fuerte abrazo.

Marisa G. Gómez
(Valladolid)

Hemos decidido complacerla. Por lo demás, sólo podemos darla las gracias por sus amables palabras.


Estas cartas aparecen en
70
Marzo 2005
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