CARTAS AL DIRECTOR: NÚMERO 53 / SEPTIEMBRE / 2003

 

Señor Director: gracias por publicar la carta de mi marido, fallecido en circunstancias tan trágicas. He leído la noticia sobre el fallecimiento de D. Luis Sánchez Harguindey publicada en su revista bajo el antetítulo Son cuatro los consumidores de Bio-Bac fallecidos en junio. Pues bien, mi marido falleció en febrero de este año también por dejar de tomar el Bio-Bac. Estoy segura de que una de las causas de su muerte fue la falta de tan maravilloso medicamento. Eduardo estuvo tomándolo y a pesar de haber estado todo el verano pasado dándose Quimioterapia (infusor de 5-FU colgado) se encontraba fenomenal. Hacíamos vida normal montando en bicicleta 20 kilómetros diarios, paseando… En suma, quisiera preguntar a los «famosos» oncólogos lo siguiente: una persona enferma de cáncer que estaba en la «lista negra de los enfermos terminales», ¿podría haber aguantado tanta Quimioterapia sin ayuda? ¿Puede alguien contestarme a esta pregunta? ¿O pueden ellos devolverme a mi marido? Por desgracia, el Bio-Bac ha desaparecido y mi marido también, dejando tristeza, soledad, rabia, indignación, desesperación y ganas de venganza. Desde lo más profundo de mi corazón, mi sentido pésame a los familiares de los fallecidos. Espero que los «peces gordos» del Ministerio de Sanidad piensen alguna vez en los muertos y en los que sobrevivimos a estas tragedias. Atentamente,

Daniela Erguveanu
(viuda de Eduardo Antonio Serrano Fontán)

Ignorábamos que su marido tomara Bio-Bac y que empezara a empeorar al faltarle. Lo sentimos de veras. En todo caso, tenga la certeza de que el Bio-Bac no ha desaparecido. Volverá a venderse en unos meses y estará accesible para los enfermos españoles que lo necesiten… aunque quizás tengan que comprarlo en el extranjero vía Internet. Y en España cuando la Justicia desenmascare a los sinvergüenzas que están detrás de este injustificable atropello. Al tiempo.


Rogaría me facilitaran la información que a continuación les planteo referente a la nutrición y a las grasas poliinsaturadas omega 3 y omega 6. En diversos libros he leído que se debe tomar en la dieta diaria los ácidos grasos omega 6 y omega 3 en una proporción de 6 a 1. Pero tanto un libro que me merece mucho respeto escrito por Michael Colgan así como la persona que normalmente consulto, experta en Nutrición Ortomolecular, me ha confirmado que los últimos estudios realizados con estas grasas demuestran lo contrario, es decir, que hay que tomar una proporción de tres partes de omega 3 por cada una de omega 6. Ruego me informen de este «detalle» tan importante referente a estas grasas. Muchas gracias

Carmen Navarro
(Sitges)

No hay convencionalmente nada aceptado a ese respecto -sí muchas propuestas- aunque la última proporción indicada parece ser la más correcta: 3 de omega-3 por una de omega-6. En todo caso, quede constancia de que la ingesta de esos ácidos grasos no puede hacerse indiscriminadamente. Si su déficit es negativo, su exceso también. Y, desde luego, es mejor ingerirlos con la alimentación antes que mediante cápsulas. El aceite de omega 3 se halla presente sobre todo en los pescados azules y el de omega 6 en los aceites vegetales (oliva, colza, calabaza, maíz, etc.).


¡¡Enhorabuena por la revista!! Y, además, gracias por facilitarnos tanta información que tanto bien hace a la humanidad. Practico, estudio y doy clases de Qigong (Chikung). Sigo aprendiendo. Practico también la Geobiología y el Feng-Shui, domoterapias que considero como complementos energéticos de la persona. Y veo en vuestra revista la confirmación de las teorías que explico en mis clases: la importancia del descanso, de la respiración, de la ingesta de agua (lo más viva posible), de la alimentación fresca y variada, del ejercicio moderado, del relax, de la visualización, del positivismo y de la armonía con uno mismo, con los demás y con la naturaleza. Ciertamente, cuando el científico pierde la curiosidad por estudiar otras cosas que funcionan es que pasa algo: o está endiosado o falla su sistema. Afortunadamente, vemos por vuestra revista que hay una parte de esos científicos que, basándose en el concepto energético de las Medicinas tradicionales o en estudios propios, investigan, experimentan y obtienen resultados que sus compañeros no aceptan. Pero como la CIENCIA es superior a los que la practican, muy a su pesar -el de ellos- acabará por triunfar la LUZ DE LA VERDAD. Conozco a varios científicos con la salud arruinada incapaces de probar medios alternativos para mejorar su salud. Y les ves cómo visitan los hospitales de 2 a 4 veces al año, tomarse de 8 a 10 pastillas diarias que obtienen de sus botiquines -que más parecen dispensarios- y aguantan estoicamente enrocados en su postura personal, sufriendo y haciendo sufrir a mujeres e hijos. Bueno, termino ya que mi perro Tor no me deja escribir más. Me está sacando a pasear. Enhorabuena y gracias.

Rubén Soler Gandia
(Valencia)


Durante los últimos tiempos, y a propósito de la guerra ilegal e inmoral contra Irak, se insiste sobre una cultura por la paz, no sólo para resolver los conflictos a través del diálogo y el consenso sino para profundizar en una auténtica democracia participativa como instrumento para evitar dramas en pueblos enteros, grupos étnicos y comunidades. También se señala la necesidad de esta cultura para solventar la violencia en las relaciones interpersonales que se establecen en el tipo de sociedad que nos ha tocado vivir. Un movimiento por la paz que trata de establecer un nuevo tipo de convivencia, algo así como una globalización en positivo. Pero en el momento en que nos trasladamos al ámbito sanitario esa cultura no parece que siga el camino señalado ya que las medidas para promocionar la salud y curar la enfermedad se convierten en un objeto de consumo más con toda una parafernalia de marketing y actuaciones que contribuyen a potenciar y mantener esa relación comercial. Por ese motivo, entre otros hechos lamentables, hallamos una explicación a la escasa inversión en investigación en medicamentos que actúan sobre enfermedades graves que padecen grandes sectores de la población cuyo único motivo de exclusión es haber nacido en países llamados eufemísticamente «en vías de desarrollo».
Y no se trata de cuestionar muchos de los procedimientos que hoy día se utilizan para las situaciones de urgencia médica -sustituciones de órganos, cirugías reparadoras y líneas de investigación prometedoras como las de las células-madre- sino de reflexionar sobre la influencia de la forma de vida sobre las enfermedades que padecemos. Este es el asunto y no otro. Porque atribuir las causas a «agentes externos» que hay que combatir como sea nos adentra en una visión militarista de la atención sanitaria que contribuye a mantener unos criterios que no nos van a llevar a buen puerto sino a mantener la dependencia a una industria médica y farmacéutica cada vez más poderosa.
Una cultura por la paz aplicada a la salud debería darse cuenta de la relación entre la Biología y la Sociología e incorporar en la segunda transición que se acerca en nuestro país todos aquellos elementos que ayuden a comprender que son las situaciones de riesgo y un entorno hostil lo que está en la base de los trastornos que hemos convenido en llamar enfermedad.

Dr. Vicente Herrera Adell
(Barcelona)


Sr. Director: a los 30 años decidí dejar de fumar y no porque empezara a costarme subir las escaleras, me pasara el día tosiendo y fuera incapaz de estar sin un cigarrillo en la mano hasta el punto de que cuando de noche me quedaba sin tabaco y no había cerca dónde comprarlo miraba en el cubo de la basura para aprovechar las colillas…. sino porque conocí en el trabajo a una nueva compañera que me gustaba mucho y cuando intenté acercarme a ella me rechazó porque no soportaba ni el olor a tabaco. ¡Y yo fumaba entre dos y tres cajetillas diarias! Me gustaba tanto que dejé el tabaco sin otra ayuda que la fuerza de voluntad. Y un mes después empecé a salir con ella. El problema es que mi enamoramiento me producía una tremenda ansiedad que se juntó con la ansiedad que tenía por dejar el tabaco -el síndrome de abstinencia le llaman- y lo combatí con comida, caramelos y pastillas de regaliz. Un año después pesaba siete kilos más. Y a los dos años eran ya quince los kilos que me sobraban. Fui a un endocrino, me puso a régimen hipocalórico y después de pasar mucha hambre y hacer ejercicio programado me encontré seis meses después con una pérdida de sólo cinco kilos. Dejé el régimen, completamente harto, y recuperé lo perdido en dos semanas. Mi novia se enfadó, me dijo que tenía que adelgazar y me volví un «experto». Hoy puedo decir que he seguido todo tipo de tratamientos, de regímenes y de sistemas. Durante seis años probé todo lo imaginable: vendas frías, cremas, pastillas, batidos, barritas dietéticas de chocolate, diuréticos, tranquilizantes… ¿El resultado? Que en lugar de quince me sobraban 25. Tal era la situación en diciembre del año pasado. Y excuso decir que mi novia me dejó mucho antes. Fue entonces cuando vi por primera vez su revista en un kiosco y la compré para informarme del vergonzoso asunto del Bio-Bac. Y ¡mira por dónde! me topo con el anuncio del libro de «La Dieta Definitiva». La verdad es que al principio me dio mucha risa teniendo en cuenta mi experiencia pero luego, leyendo la revista, viendo su seriedad y con qué valentía dicen ustedes las cosas, pensé: ¿y cómo se explica que gente tan seria anuncie algo así que sea falso? Así que decidí darles un margen de confianza, pedí el libro, me empapé de él -me encantó- y me puse a hacer la dieta. Eso fue -ironías de la vida- un 14 de febrero, día de San Valentín. Hoy, 1 de agosto, quiero compartir con usted y con los lectores mi asombro y mi agradecimiento porque salgo esta tarde de vacaciones. ¡¡¡Y he perdido 20 kilos en estos cinco meses y medio!!! Sin hacer ejercicio ni pasar hambre, como decían ustedes. Bueno, la verdad es que voy a empezar a hacerlo porque estoy algo flácido. Es realmente sorprendente. Gracias de corazón. Tienen ustedes en mí un amigo de por vida. Un fuerte abrazo

Carlos Velasco
(Barcelona)


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53
Septiembre 2003
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