¿Cuándo se va a entender que los enfermos
que reclaman el Bio-Bac no pretenden derribar al gobierno
o socavar los cimientos de la medicina moderna? ¿Cuándo
se va a entender sólo quieren VIVIR? ¿Cómo no vamos a entender
algo tan sencillo?
Para quienes en los sillones de sus despachos oficiales
piensan que nada ha cambiado en el caso Bio-Bac en el último
mes y tienen controlada la situación, el más pequeño de
mis desprecios. El Bio-Bac se sigue negando a los enfermos,
la Administración continúa callada y los medios de comunicación
preparan despliegues multimillonarios para hablarnos de
las muertes de la próxima guerra organizada... pero ninguno
informa de que ya no están con nosotros varias de las personas
que clamaban por el producto. Entre ellos,
Concepción
Martínez y Faustino Pastrana, madre y padre respectivamente
de
David Chamón y Ana Pastrana, dos de las personas
que asaltaron el chalet de
Rafael Chacón a fin de
conseguir
Bio-Bac para sus progenitores como fuera.
Todo antes que permanecer impasibles y dejarles morir...
Pero no pudo ser. Se han unido, por desgracia, a la lista
de fallecidos que exigían Bio-Bac para controlar su enfermedad
y a los que con la retirada del producto se les arrebató
la esperanza y, probablemente, la vida.
Mi dolor no puede ser el de sus seres queridos y la desesperación
no lacera mi alma como seguro lo hace con las suyas. Desesperación
acentuada por la certeza que ellos mantienen de que lo inevitable
se podía haber aplazado cuando no evitado porque -¡oh casualidad!-
su mayor deterioro comenzó tras dejar de recibir el
Bio-Bac.
En cualquier caso, no quiero dirigirme en esta ocasión a
quienes piensan que los fallecidos y sus familias no son
más que cifras en una estadística de muertes inevitables
y siguen demostrando tener piedras en lugar de corazones.
Estar en la barrera del problema me ha servido durante este
último mes para reflexionar sobre el papel del casi medio
millón de enfermos de cáncer que hay en España. Hoy, muchos
de los lectores de esta revista, además de estar interesados
por la Salud con mayúsculas de forma genérica, padecen algún
tipo de dolencia más o menos grave. Son también muchos entre
ellos -nos consta por las cartas y comentarios que recibimos-
los que sufren o han sufrido la desgracia de ser víctimas
del cáncer. Y seguro que la gran mayoría nada había oído
sobre el
Bio-Bac hasta que comenzó tan escandalosa
persecución a médicos y pacientes. Pues bien, a ellos, a
los enfermos y a sus familiares de todo el país quiero dirigirme.
Porque me gustaría que entendieran que la batalla iniciada
por los enfermos que reclaman el
Bio-Bac no es "su"
batalla, es la de todos aquellos que han tenido la desgracia
de convivir con el cáncer o cualquiera de las enfermedades
denominadas malditas... y la de todos nosotros porque un
día podemos también enfermar. Por tanto, no podemos ni debemos
dejar que la ganen o pierdan en soledad quienes se manifiestan
para pedir el acceso al
Bio-Bac. Y quizás sea el
miedo el que les ha impedido actuar hasta ahora, pero, ¿miedo
a qué? ¿Cuándo se va a entender que los enfermos que reclaman
el
Bio-Bac no pretenden acabar con los demás tratamientos,
derribar al gobierno, socavar los cimientos de la medicina
moderna o derribar los conocimientos de las cátedras universitarias?
¿Cuándo se va a entender que los enfermos que reclaman el
Bio-Bac sólo quieren VIVIR? ¿Cómo no vamos a entender
algo tan sencillo? ¿Cómo no vamos a hacer nuestra la lucha
de quienes se han sentido o se sienten golpeados por una
enfermedad grave, de quienes han sufrido -y sufren- los
más dolorosos tratamientos buscando escapar de un destino
contra el que se rebelan a diario?
Pues bien, invito tanto a los enfermos de cáncer y otras
enfermedades degenerativas así como a sus familiares a que
se coloquen una pegatina -ahora que está tan de moda- que
diga simplemente
ACCESO LIBRE AL BIO-BAC y
la lleven colocada de forma bien visible cuando vayan a
los centros hospitalarios, a las consultas de sus médicos,
al trabajo o mientras caminan por la calle... Hay que dar
un grito unitario que conmueva los cimientos de los hospitales
porque la jueza, los políticos y los medios de comunicación
se han olvidado de que son seres humanos los que sufren
y mueren, que no son números de sumario, ni datos estadísticos,
ni noticias que acoplar en función de la actualidad. Son
una realidad viva de 24 horas diarias de angustia, en familia
o en soledad.
¿Por qué el silencio masivo de los enfermos de cáncer...
o de cualquier otra enfermedad grave? ¿Por qué no se han
unido ya a las peticiones de los enfermos y familiares que
reclaman el
Bio-Bac? ¿Creen acaso que el
Bio-Bac
no tiene nada que ver con ellos? Si así piensan se equivocan.
El
Bio-Bac les da, ante todo, una oportunidad única:
ayudar al que sufre como ellos sufren. Nadie mejor que ellos
puede ayudarles. Quienes sufren se comprenden porque hablan
el mismo lenguaje, porque comparten los mismos gestos, los
mismos silencios y han aprendido el valor de las pequeñas
cosas.
¿Qué pierden por comprometerse con la lucha de sus "socios"
de enfermedad? Nada. Ellos también son enfermos. ¡Qué más
da si han probado o no el
Bio-Bac y si creen o no
en sus efectos! ¡QUÉ MAS DA! Los enfermos y sus familiares
tienen más en común que los afiliados a un partido o los
socios de un club. Entienden de dolor, entienden de sufrimiento,
entienden del miedo a la muerte -a la propia o a la ajena-,
entienden de la desesperación y del derecho a no ser un
número estadístico que cura o muere en función de las ideas
preconcebidas de nadie (por muy buena voluntad que ponga
no es él el que sufre), entienden -o deben de entender-
que nadie -con o sin bata de médico, con o sin maletín de
parlamentario, con o sin micrófono- debe arrebatarles la
esperanza. Porque el enfermo sabe que la esperanza cura
y la desesperación y el miedo matan. Y la esperanza puede
estar en cualquier rincón: en un tratamiento supercaro en
Estados Unidos... o en un compuesto llamado
Bio-Bac.
Por todo ello no pierden nada. Por todo ello no entiendo
que no sientan el problema como suyo.
Aunque sólo fuera por egoísmo, si los enfermos se unieran
a la petición todos ganarían. Los que piden el
Bio-Bac
porque ellos podrían seguir administrándoselo a sus familiares
y podrían volver a verlos felices y esperanzados; y también
ganarían los que no lo piden pero comparten su situación
de enfermos.
Imaginemos por un momento que con la unión de todos los
enfermos se consiguiera demostrar que los "iluminados" tenían
razón, que el
Bio-Bac cura y no sólo el cáncer. A
lo mejor para ellos también se abría una nueva ventana a
la esperanza. Sería tal el boca a boca, la marea que recorrería
los centros sanitarios, las plantas y los consultorios que
esta Administración -o la siguiente- no tendría más remedio
que nombrar un comité de especialistas internacionales -y
no escogidos a dedo por quienes hoy lo niegan sino de forma
consensuada- para analizar las pruebas que ahora se niegan
a valorar sin explicar por qué para unos estudios los laboratorios
de medio mundo sirven y para otros no.
No se puede matar la esperanza de miles de familias. Además,
ya va siendo hora de recuperar la capacidad de elegir con
libertad y responsabilidad porque es probablemente, después
del de la vida, el derecho más inviolable de un enfermo.
A ningún enfermo se le puede negar la posibilidad de elegir,
a partir de su conocimiento y de la experiencia, lo que
es o no mejor para él. Porque, ¿hasta dónde debe llegar
la confianza en el médico? Difícil pregunta. ¿Hasta dónde
debe de llegar la confianza en el sistema sanitario? Permítanme
una pirueta. Si usted se permite discrepar de la postura
gubernamental sobre la necesidad de la guerra contra Irak,
si no considera la palabra de nuestros ministros como palabra
de santo, si se permite esbozar una sonrisa cuando le dicen
que no es el petróleo lo que en realidad le interesa a Bush
o viendo su pensión subir una miseria sonríe cuando le hablan
de lo bien que están los pensionistas, si en todas esas
situaciones se permite dudar, pensar por sí mismo y, sobre
todo, negar la infalibilidad de quienes le gobiernan dejando
un margen de duda sobre los datos que le dan o los intereses
que hay detrás... ¿por qué en el tema de la salud tiene
que ser diferente? ¿Por qué van a estar los intereses políticos
o económicos más al margen que en el resto de las cuestiones?
¿Por qué en el tema de la salud tienen que ser nuestros
administradores infalibles o incorruptibles?
Al final, a cada uno sólo nos queda la experiencia personal
sometida al esfuerzo intelectual por saber cada vez más,
bebiendo de distintas fuentes. La experiencia que indica
qué va bien o qué no, qué tratamiento está funcionando y
cuál no. En la vida real, cuando uno toma una medicina sabe
en poco tiempo si le sienta bien o no; uno no mira para
saberlo lo que dicen las estadísticas sobre el fármaco.
Y la experiencia les dice a quienes reclaman el
Bio-Bac
que éste funciona, que la niña que no podía ni rascarse
hoy se rasca y ríe, que el niño que no se podía mover hoy
corre en la guardería, que la mujer que podía estar muerta
ríe y lucha por los demás... aunque los pronósticos decían
lo contrario y les aconsejaban que se conformaran con estar
en el batallón de los "incurables". Ellos se negaron, ejercieron
su libertad, preguntaron y probaron. ¿Que se podían haber
equivocado? ¿Y quién no? ¿Qué les podían haber engañado?
También. Sin embargo, todos ellos empezaron pronto a notar
que la vida y la esperanza volvían a sus vidas. Es su experiencia
y nada ni nadie podrá arrebatársela. Y en la defensa de
esas experiencias -individuales, sí, pero innegables- todos
los enfermos deberían estar unidos, deberían rebelarse.
Ojalá se den cuenta de que su silencio es un silencio irresponsable.
Como cobarde, más que irresponsable, es el silencio de aquellos
médicos que durante años han recetado el
Bio-Bac
y que como no fueron detenidos están muy callados. Porque
si para ellos es más importante el qué dirán que su conciencia,
lo que pueden pensar sus colegas que lo que han constatado
en sus pacientes y prefieren ocultar sus convicciones en
lugar de defenderlas con dignidad deben saber que con su
actitud se convierten en cómplices de la Administración
y renuncian implícitamente a luchar por la vocación que
un día les llevó a dedicarse al arte de curar. Es más, o
han estado engañando durante años a sus pacientes o se engañan
ahora a sí mismos. Puede que haya quien no sepa e, incluso,
prefiera no saber pero si los que saben también callan,
¿a dónde tienen que mirar entonces los pacientes? Hay silencios
irresponsables y silencios cobardes por mucho que se busquen
justificaciones. El miedo a desafiar al sistema es libre,
el deseo de seguir dentro de él también pero al final del
día cada uno se queda a solas con su ciencia... y su conciencia.
Y entonces no hay engaño posible.
Antonio Muro