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| LA
CORRUPCIÓN DEL SISTEMA SANITARIO |
El
gasto farmacéutico sigue creciendo en España.
En febrero de este año aumentó un 10,06% con
lo que el incremento acumulado en los 2 primeros
meses es ya del 9,91%. Todas las alarmas han
sonado. Y ese gasto descontrolado ha llevado
al ministerio a dictar nuevas normas para
las visitas que hacen los comerciales de los
laboratorios a los médicos. ¿Por qué esa medida
y no otra? La respuesta es sencilla: porque
hoy las leyes se incumplen, los códigos éticos
no se respetan y los "regalos" y "recompensas"
económicas de las multinacionales para conseguir
un aumento en la prescripción de determinados
medicamentos ha corrompido el sistema. El
paciente empieza a no saber si su médico le
receta un fármaco basándose en una valoración
imparcial de sus síntomas o como respuesta
-consciente o inconsciente- a las "atenciones"
que reciben de los fabricantes.
No hace muchos días, mi madre -una mujer
en la frontera de los setenta- regresó de
la consulta del cardiólogo. Por suerte se
encuentra bien pero el médico le comentó que
tenía el colesterol alto y debía recetarla
un medicamento. De vuelta de la farmacia insistí
para que leyera el prospecto. Y en él ponía
bien claro que estaba expresamente prohibido
para quienes hubieran sufrido algún problema
hepático, justo el caso de mi madre. El médico,
sin embargo, no le había preguntado nada a
ese respecto. ¿Descuido? ¿Ignorancia? ¿Recetar
por recetar? o ¿Recetar por ingresar? El resultado
-que desde luego podía haber sido mucho peor
para su salud- fue que alguien, en algún lugar,
oyó sonar una vez más el timbre de la caja
registradora por la venta de un medicamento
que nunca será utilizado.
¿Quién no ha visto, estando en la sala de
espera de alguna consulta médica, a uno o
varios señores perfectamente trajeados y aparentemente
sanos que, cartera en mano, esperan ser recibidos
por el médico? Pues se trata de los "visitadores
médicos", constituyen la punta de lanza de
las multinacionales farmacéuticas y han acabado
por convertirse en la piedra angular del sistema
sanitario ya que su misión es informar de
los nuevos medicamentos lanzados por su compañía.
"Informar", sí... pero sobre todo "vender"
su producto -el medicamento que representan-
ya que, como cualquier representante comercial,
cuanto más venda mayores serán sus beneficios,
los de su empresa y los de los accionistas
de la misma. Comienza así un proceso que tiene
más que ver con los negocios que con la salud.
Hasta tal punto que la propia Federación de
Asociaciones de Defensa de la Sanidad Pública
lo ha denunciado con rotundidad: "La prescripción
fundamentada en la ciencia no es la más predominante
en nuestro entorno y en muchas ocasiones la
prescripción sesgada e inducida se excusa
aduciendo la, para algunos, sacrosanta libertad
de prescripción que, en la práctica, no es
más que un eufemismo y un juego de influencias
que dejan en la mayoría de los casos muy poco
margen de maniobra a la verdadera libertad
terapéutica y que, con demasiada frecuencia,
ampara corruptelas, prácticas deshonestas
y complicidades con la industria del medicamento
y las multinacionales farmacéuticas".
LA
LOCA CARRERA POR VENDER CADA VEZ MÁS
El negocio de la industria farmacéutica no
está en cuidar de la salud de las personas.
Que nadie se engañe. El negocio es la venta
de medicamentos. Y ahí se encuentra la base
de uno de los principales problemas de nuestra
Sanidad porque el gasto en medicinas subió
el año 2002 hasta los 7.972 millones de euros,
un 9,9 % más que el año anterior y tres puntos
por encima de las perspectivas de la Administración.
Claro que no se trata de un problema exclusivo
de nuestro país: todas las naciones desarrolladas
se enfrentan al mismo problema. Una escalada
mundial constante que podría resumirse en
la siguiente igualdad: los sistemas sanitarios
pierden (con el dinero de todos) = las
multinacionales ganan (nuestro dinero).
La prueba es que la industria farmacéutica
fue la más rentable en Estados Unidos durante
el 2001. Diez compañías del sector se encuentran
entre las 500 corporaciones estadounidenses
más "ricas" según la lista que elabora cada
año la revista Fortune. Son -por orden
de ingresos- Merck, Johnson & Johnson,
Pfizer, Bristol-Myers Squibb, Pharmacia, Abbott
Laboratories, Wyeth, Eli Lilly, Schering-Plough
y Amgen. Juntas ganaron en el 2001
la friolera de 37.200 millones de dólares
(9.200 millones más que en el 2000). Aunque
lo más significativo es que sus beneficios
aumentaron un 32%, en el mal año general del
2001 cuando las ganancias de las demás compañías
que aparecen en la lista disminuyeron una
media del 53%
Obviamente, para poder mantener el ritmo,
para seguir ganando el pulso a la Sanidad
Pública, las farmacéuticas tienen que mantener
la presión sobre los médicos que son, en definitiva,
los encargados de las prescripciones. Y como
la intención primordial de las multinacionales
no es curarnos sino vender, vender y vender...
buscan las mejores maneras de hacerlo. Pues
bien, según un reciente análisis efectuado
por una empresa de marketing los problemas
que se le plantean a la industria farmacéutica
a corto plazo son los que transcribimos tal
cual apunta el informe:
-La introducción de controles de precios por
parte del gobierno (por ejemplo, reformas
en el programa de asistencia a mayores).
-El aumento en los costes de I+D y de lanzamiento
de los productos nuevos.
-El hecho de que en algunos países pueden
recetar los medicamentos un número cada vez
mayor de personas: médicos, licenciados en
farmacia y hasta enfermeros.
-El aumento de la competencia en los mercados
globales.
-La reducción de la exclusividad, la expiración
de patentes y los medicamentos genéricos.
Para lo cual -dice el informe- las empresas
farmacéuticas deben llegar a obtener "el
máximo de ventas" en poco tiempo "aumentando
la actividad del marketing".
REGULAR
A LOS VISITADORES
En definitiva, la Administración -consciente
de que a los pies del gasto sanitario se ha
abierto un agujero negro capaz de devorarlo
todo-, trata de tomar medidas. Y una de las
más recientes, como decíamos, ha generado
polémica porque se trata de una nueva regulación
-copiando la recientemente implantada en Estados
Unidos- sobre las relaciones entre los visitadores
y los médicos. Una normativa que prohíbe a
los visitadores mantener reuniones con un
solo facultativo, regula los horarios de las
visitas y estipula que esa actividad "no perturbe"
la atención a los pacientes. Con lo que es
la propia Administración la que indirectamente
reconoce la existencia de ese problema oculto
dejando entrever lo que es un clamor sordo:
que la actual relación visitador-médico se
ha convertido en muchos casos en una relación
viciada en la que los laboratorios aprovechan
la lamentable situación sociolaboral de los
médicos -ya denunciada en Discovery DSALUD
hace dos meses- para "alquilar" voluntades
-y conciencias- mediante regalos, congresos,
viajes o, directamente, dinero en metálico
(y en negro). ¿Lo hacen todos los visitadores?
¿Aceptan todos los médicos? Desde luego que
no. Pero que es una práctica habitual -muy
fructífera para las multinacionales- lo demuestran
las altas inversiones que dedica la industria
a este capítulo de "incentivos".
Teóricamente todo esto es imposible porque
existe un marco legal que lo impide. Es el
caso del Real decreto 1.416/94 que desarrolla
la Ley del Medicamento de 1990 y que regula
la publicidad de los medicamentos de uso humano
y establece las condiciones de los "incentivos"
y el "patrocinio" de reuniones científicas.
Además existen diversas regulaciones de las
comunidades autónomas y un marco deontológico
que lo imposibilita. Nos referimos al Código
de Ética y Deontología Médica que en el capítulo
V -artículos 18 al 22- establece los criterios
de prescripción y responsabilidad en la formación
científica. Sin olvidar el nuevo Código
español de buenas prácticas para la promoción
de los medicamentos aprobado por las propias
compañías. Y, sin embargo, a pesar de todo
ello, la Administración sanitaria sigue sintiendo
la necesidad de regular este ámbito. ¿Por
qué?
Rogelio Altisent, Director del Instituto
de Bioética y Ciencias de la Salud -sito
en Zaragoza-, al analizar las "estrategias"
de las compañías farmacéuticas para "captar
clientes", explica que los procedimientos
"normales" que están usando incluyen las siguientes
prácticas:
-Incentivación directa de la prescripción
mediante algún tipo de compensación a posteriori:
-Retribución material personal al facultativo
que firma la prescripción (regalos sustanciales
o compensación económica directa)
-Retribución material personal como compensación
por un supuesto ensayo de farmacovigilancia.
-Financiación de los gastos personales de
asistencia a reuniones científicas.
-Retribución material al centro sanitario:
material informático, libros, financiación
de actividades.
-Incentivación indirecta a la prescripción
mediante algún tipo de regalo o compensación
de relevancia científica o no:
a) De valor irrelevante:
un libro, una invitación a un espectáculo.
b) De valor relevante: un congreso,
un viaje de placer...
En suma, en ese informe se reconoce lo evidente:
que hay médicos a los que se paga por recetar
lo que las compañías quieren situar en el
mercado. Es un escándalo conocido... pero
nadie lo denuncia. Claro que, ¿quién lo va
a hacer? ¿Los médicos sobornados? ¿Los visitadores
que sobornan? ¿Las compañías que compran o
alquilan las voluntades y conciencias de ambos?
Es más, son muy pocos los médicos que, como
el doctor Ángel García Prieto, siendo
Secretario del Colegio de Médicos de Asturias,
han sido capaces de denunciar lo que sucede
en público. Este médico tuvo la valentía de
afirmar que la práctica del "tarugueo" (dícese
de la actividad que consiste en conceder beneficios
a un médico para que recete determinados medicamentos)
estaba llegando ya demasiado lejos: cacerías,
fines de semana esquiando, vacaciones en Nueva
York... Eso sí, siempre dentro del vaporoso
campo de las generalidades.
Perpetuado en el tiempo, consentido por todos
y alentado por unos pocos las multinacionales
han creado un enorme agujero negro que lo
devora todo (voluntades, vocaciones, dinero...)
y del que sólo pueden percibirse los límites,
no por lo que se puede ver de él sino por
sus efectos sobre todo lo que le rodea (como
en el caso del fenómeno astronómico). Lo que
se percibe ha llegado a ser escandaloso. Indicios
hay ya muchos. Y las normas que restringen
el valor de los "regalos" y los compromisos
"personales" difícilmente van a acabar por
sí solas con el problema porque el agujero
es insaciable: la industria necesita cada
vez más y más ventas. Y para lograrlo no va
a renunciar a ningún método.
En el mejor de los casos y con los medios
"lícitos", publicidad, información..., las
compañías farmacéuticas, llevadas por su ansía
de vender, han generado un clima de presión
difícilmente sostenible. "La situación
actual es indigna y detrae tiempo de la atención
al paciente así como de las actividades docentes",
reconocía Marian Dal Re, jefa del servicio
de Control Farmacéutico y Productos Sanitarios
de la Comunidad de Madrid en un foro de debate
sobre el tema celebrado en Madrid a instancias
de la Fundación Otime (Oficina Técnica
Internacional del Medicamento en España).
Sólo en Madrid hay alrededor de 3.000 comerciales
que trabajan 250 líneas de venta recorriendo
diariamente los centros asistenciales. En
toda España son unos 18.000.
El Director General de Farmacia del País Vasco,
Gonzalo Trincado, ha llegado a afirmar:
"A los visitadores se les prepara para
vender, no para informar. La visita médica
no se realiza de acuerdo con las necesidades
del médico".
Unas palabras que corroboraba el doctor
Ángel Puras -del Servicio de Medicina
Interna del Hospital General de Albacete-
en la revista Medicina Clínica en la que reconoce
que la mayor influencia que tienen los galenos
a la hora de recetar productos contra la hipertensión
viene de los visitadores de los laboratorios
farmacéuticos. "En España -asegura-
los estudios indican que el 60% de los
médicos receta de acuerdo a lo que han escuchado
a los representantes de la industria. Un 30%
se instruye leyendo revistas del sector y
sólo un 15% obtiene información de congresos
médicos".
LA
PERVERSIÓN DE LOS REGALOS
En el peor de los casos, primero están los
"regalos". Para entender el problema es preciso
enmarcarlo en el comportamiento de las grandes
multinacionales internacionales. Mientras
los médicos insisten en que no se ven influidos
por los regalos, el comportamiento de las
compañías farmacéuticas parece indicar todo
lo contrario. De hecho, en Estados Unidos
no todos parecen estar de acuerdo con la eficacia
de las autorregulaciones. Así, los congresistas
del estado de Vermont han sido los primeros
que han decidido legislar para exigir que
las empresas farmacéuticas notifiquen oficialmente
su gasto en obsequios y pagos en efectivo
a los médicos, hospitales y otros proveedores.
Según Peter Shumlin -un senador demócrata
que patrocinó el proyecto- los laboratorios
están embarcados en una "doble estrategia"
de marketing: "Hacen que los consumidores
quieran esos remedios y luego le hacen grato
al médico prescribirlos. Y esto se está
descontrolando cada vez mas".
La misma opinión parece tener en Massachusetts
Richard T. Moore, un senador estatal
coautor de un proyecto de ley que obliga a
los médicos a revelar los obsequios que reciben
de las firmas farmacéuticas en el marco de
la creciente preocupación por el gasto en
medicamentos. Éste resumía así lo que ya expresamos
al comienzo del reportaje: "El paciente
necesita saber si el médico le indica un remedio
basándose en las sanas prácticas médicas o
en las atenciones del fabricante".
Las necesidades del paciente, sin embargo,
no forman parte de la estrategia industrial.
La prueba es que las multinacionales farmacéuticas
se gastaron el año pasado 19.000 millones
de dólares en publicidad y promoción, más
del doble de los 9.100 millones de dólares
de hace cinco años según la consultora
IMS Health. Y casi la mitad se lo llevan
las muestras gratuitas que reciben los médicos
en algunos países. El resto incluye el costo
de los representantes de ventas, los "regalos"
a los médicos y la publicidad. Es obvio para
cualquiera que si hacen tan descomunal inversión
es porque con ello obtienen buenos resultados.
De hecho, la asociación Families USA ha denunciado
que las principales compañías del sector se
gastan el doble en marketing que en investigar
sobre nuevos productos. En un estudio titulado
"Beneficiándose del dolor: a dónde van los
dólares de los medicamentos con receta" que
ha evaluado los informes presentados a la
SEC (la comisión del mercado de valores estadounidense)
por nueve compañías -Merck, Pfizer, Bristol
Myers Squibb, Eli Lilly, Abbott Laboratoires,
Wyeth, Allergan, Pharmacia y Schering-Plough-
se explica que las empresas analizadas destinaron
de media el 27% de sus ingresos a marketing,
publicidad y administración, el 18% a beneficios
y sólo un 11% a la búsqueda de nuevos productos.
Comentando que la gran mayoría de los empleados
de estas compañías se dedican a tareas de
promoción.
Todos los datos se acumulan en la misma dirección.
"Es ingenuo negar la influencia de los
regalos que recibimos sobre nuestro comportamiento.
Sería acusar también de ingenuidad a una de
las industrias más poderosas del planeta cuando
derrocha miles de millones en regalos promocionales
si no obtuviese ninguna contrapartida",
afirmó Santiago Martín Moreno,
médico internista del Hospital General de
Segovia en un artículo sobre el tema publicado
en la revista profesional Medicina Clínica.
Robert Goodman, un internista de Nueva
York que dirige un movimiento en Estados Unidos
para intentar convencer a los médicos de que
no acepten los regalos de las compañías farmacéuticas,
afirma por su parte: "Los médicos creen
que se están riendo de los visitadores médicos
de las compañías al aceptar sus regalos y
no prescribir sus medicamentos pero quienes
se ríen los últimos son los representantes
ya que ellos saben que realmente funcionan".
El Director de Farmacia de Baleares, Joan
Lluis Serra, ha dicho: "O regulamos
la visita y toda la promoción de medicamentos
o el sistema camina hacia la pérdida total
de credibilidad". En la misma línea se
está trabajando en el Colegio Oficial de Médicos
de Barcelona, conscientes del alcance del
problema. Jaime Aubia, vicepresidente
del colegio, ha manifestado: "Lo que se
está cuestionando es cómo se genera el conocimiento
científico, cómo se está investigando, qué
se está investigando y cuál es el grado de
influencia sobre los investigadores, sobre
los líderes de opinión y sobre las publicaciones.
Es decir, sobre los médicos que están en el
origen del conocimiento científico".
La revista The Journal of the American
Medical Association (JAMA) publicó en
el año 2000 un trabajo titulado Los médicos
y la industria farmacéutica. ¿Es alguna vez
un regalo sólo un regalo?" que concluía que
estas atenciones "afectan al comportamiento
de los profesionales de la medicina y a cómo
prescriben los fármacos". Se trata de
un metaanálisis de 29 estudios encontrados
en Medline y en otras fuentes publicados
en revistas de referencia a partir de 1994,
todos ellos realizados con rigurosos métodos
de estudio. Según los datos recogidos por
Ashley Wazana, autor del estudio y
miembro de la Universidad McGuill de
Montreal, en Quebec (Canadá) los médicos empiezan
a tener los primeros encuentros con la industria
farmacéutica en la universidad y se repiten,
por término medio, a un ritmo de unas cuatro
veces al mes durante el ejercicio de su carrera.
Por otro lado están los cursos de educación
médica continuada que "financian" las empresas
fabricantes de fármacos y que son impartidos
por oradores elegidos por el patrocinador.
Wazana comprobó que la participación en este
tipo de eventos y la aceptación de viajes
y alojamiento pagados por la compañía para
asistir al simposio repercutía en un aumento
de las prescripciones del producto de la empresa.
La práctica -extendida durante los años ochenta-
llegó a su máxima expresión en los noventa
en los que se llegaron a producir ingresos
directos de las compañías en las cuentas corrientes
de los médicos. Con el final del siglo XX
parecía que algunas prácticas podían erradicarse
pero en el editorial del estudio mencionado
el doctor Robert M. Tenery, consejero
de Asuntos Éticos y Judiciales de la Asociación
Americana de Medicina, llega a afirmar:
"En los últimos años muchas de estas prácticas
han vuelto".
LO
PEOR DE LO PEOR. DONDE LA SALUD REALMENTE
YA NO IMPORTA NADA
Y entramos -si no lo habíamos hecho ya antes-
en el capítulo de comportamientos abiertamente
delictivos. En estos momentos la burbuja de
premios, regalos, promociones y sobornos está
a punto de explotarle a las compañías farmacéuticas
Pharmacia y GlaxoSmithKline en los
Estados Unidos donde el Fiscal General del
Estado de Nueva York, Eliot Spitzer,
anunció hace unas semanas que ha presentado
una demanda contra ellas por realizar supuestos
acuerdos ilegales con médicos para inflar
las ventas de ciertos medicamentos prescritos
en ese país. La indemnización reclamada por
el fiscal no se ha fijado todavía pero podría
ascender a "decenas de millones de dólares"
según fuentes oficiales. Se acusa a los
laboratorios de haber "sobornado" a varios
médicos para que prescriban sistemáticamente
sus medicamentos anticancerígenos y así aumentar
sus ingresos en los programas de cobertura
sanitaria del Gobierno federal. En unas declaraciones
que debieran hacernos pensar a todos, Spitzer
ha manifestado: "Los neoyorquinos se enfrentan
a una crisis del sistema de salud, una crisis
que tiene como origen el crecimiento del enorme
coste de las recetas médicas" (cabría
decir que los neoyorquinos... y todos los
demás). "La consecuencia de la inflación
de prescripciones -añade- es el impacto en
el programa sanitario del Gobierno federal
y en el bolsillo de los consumidores de todo
el país quienes al final son los que se gastan
sumas astronómicas en fármacos".
También se ha notificado al grupo farmacéutico
franco-alemán Aventis que podría ser
igualmente investigado como sospechoso de
haber realizado prácticas similares. La respuesta
de las multinacionales siempre es la misma:
se disfrazan con la piel de cordero, guardan
silencio, ofrecen colaboración y dejan que
el tiempo pase. En el mejor de los casos,
el proceso será enterrado; en el peor, les
tocará pagar una multa. Nada que no se pueda
recuperar en el ejercicio siguiente
También hace unos meses el Fiscal del Estado
en Alemania acusó a 1.600 médicos alemanes
de recibir regalos de GlaxoSmithKline por
valor de 25.000 euros en forma de viajes a
la final de la copa mundial de fútbol en 1998
en París y a distintas carreras de fórmula
1 así como de recibir regalos (por ejemplo,
ordenadores). Otros 5.000 médicos más fueron
investigados. Es más, se ha acusado de soborno
a más de 380 visitadores de SmithKlineBeecham.
En este caso la fiscalía intervino en varios
laboratorios de Munich, Frankfurt y Dresden
así como en las agencias de turismo que se
utilizaron para organizar los viajes. Udo
Barske, portavoz de AOK -el mayor seguro
médico de Alemania- afirmó al respecto:
"Hace muchos años ya que existen estos intentos
por parte de las compañías farmacéuticas para
colocar sus productos en los hospitales; y
usan' incentivos' para ello."
Las investigaciones en Alemania tuvieron
el antecedente de otras efectuadas en Estados
Unidos. En octubre del 2001 la americana Laboratorios
Abbott y la japonesa Takeda Chemicals
recibieron una multa de 875 millones de dólares
por fraude en el precio y el marketing sobre
un medicamento contra el cáncer. TAP Pharmaceuticals
-el consorcio que agrupa a los dos grandes
laboratorios- admitió que su personal de ventas
había "ayudado" a médicos a facturar a Medicare
y Medicaid (sistema sanitario público)
por el oncofármaco Lupron que
suministraban a sus pacientes cuando ellos
recibían las muestras gratis. Pfizer ha
sido investigado a nivel federal en Estados
Unidos por la promoción del antiepiléptico
Neurontin. En su caso la cuestión se
centró en la posible violación por sus vendedores
de normas federales al promover el medicamento
entre los médicos para tratar enfermedades
para las cuales no había sido aprobado.
ESPAÑA:
CHITÓN, QUE NADIE SE MUEVA
También en España se inició hace tres años
una investigación por presunto pago ilegal
a médicos que nunca llegó a prosperar y acabó
archivada en los juzgados. El escándalo partió
de la denuncia formulada por quien fuera durante
más de 20 años gerente de área de una multinacional.
Y en su denuncia aportó pruebas documentales
según las cuales esa multinacional imponía
a sus gerentes de área y visitadores médicos
la práctica de ofrecer a los facultativos
dinero, regalos, viajes, etc., a cambio de
que recetaran sus medicamentos. Los visitadores
llegaban a ofrecer entre 7.500 y 15.000 pesetas
de entonces por cada paciente al que recetan
sus productos, obligándose a entregar una
ficha con el nombre, enfermedad sufrida y
tratamiento prescrito. Según el denunciante,
la filial española de la multinacional dedicaba
anualmente 400 millones de pesetas a sobornos.
La cuestión suscitó el último gran debate
político sobre este problema en nuestro Congreso
de los Diputados, donde la representante de
Izquierda Unida Ángeles Maestro -médica
además de congresista- realizó duras acusaciones
que fueron sistemáticamente negadas por el
Gobierno. Como en cada debate, el ministro
se limitó al España va bien, tenemos
las situaciones controladas y la justicia
dirá. Pareciera como si de repente un profesional
de carrera acreditada se hubiera levantado
una mañana con ganas de tirar su carrera profesional
por la ventana, cosa que finalmente ocurrió.
Por desgracia para algunas cosas España no
es Estados Unidos y no hubo nadie, ni público
ni privado, que tuviera el valor de apoyar
al demandante para forzar una investigación
abierta. El proceso entró en vía muerta. La
multinacional contrató a un ex magistrado
de la Audiencia Nacional para defender sus
intereses y la situación terminó por superar
las posibilidades del ex empleado que se encontró
sólo. Sorprendentemente, ningún partido -ni
siquiera Izquierda Unida- decidió presentarse
a apoyarle ante la Justicia. El denunciante
no llegó así a confirmar la denuncia y, finalmente,
ante la inviabilidad de la lucha, de poder
hacer frente a las fianzas solicitadas, el
caso fue finalmente archivado. Y la mejor
oportunidad que nunca hubo en España para
seguir las vías abiertas en otros países para
tratar de averiguar la verdad sobre ciertos
comportamientos se perdió.
EL
CASO ITALIANO
Con los mismos mimbres que el ex gerente español
denunciaba el escándalo ha estallado ahora
en Italia. Tras una investigación sorprendente
de ocho meses -llevada con el máximo secreto-
la brigada financiera de la Policía Tributaria
de Veneto y coordinada por el Procurador de
la República de Verona, han sido denunciadas
2. 974 personas acusadas de tres tipos de
delitos. El más serio es el de corrupción,
cargo del que pueden ser acusadas 72 personas,
entre ellas el Administrador Delegado de Glaxo,
Kenneth Albert Dipangrazio, un grupo
de unos cuarenta miembros de la red comercial
de la compañía y otras treinta personas entre
médicos y dirigentes de hospitales del sistema
de salud italiano. Los funcionarios públicos
habrían recibido el dinero y otros regalos
por prescribir los productos farmacéuticos
de Glaxo. El segundo delito por el
que son acusados contempla la violación del
artículo que castiga "la concesión o promesa
de ventajas pecuniarias o de otra naturaleza"
a los médicos para mover su voluntad en
una dirección u otra. El tercer delito -también
en este caso se trata de una multa- castiga
el "comparaggio", es decir, escoger -por parte
de los médicos- un medicamento respecto a
otro de los mismos principios activos o características
análogas como resultado de las presiones económicas.
En junio del pasado año los investigadores
de la Fiscalía de Veneto (competente para
las compañías con presupuestos superiores
a los 50 mil millones de las viejas liras)
acudieron a Glaxo para terminar una
verificación fiscal normal. Lo que empezaba
como algo rutinario acabaría en escándalo
nacional. Su atención fue atraída por algunas
partidas presupuestarias de decenas de millones
de euros. La investigación se centró sobre
todo en algunas partidas del presupuesto,
en los "servicios". Los posibles dobles significados
de las expresiones con que estaban registradas
despertaron las suspicacias de los investigadores
que, por un lado, encontraron dinero entregado
-bajo diversas formas- a los funcionarios
públicos, médicos de hospitales y asistencia
primaria, tratando de mejorar las opciones
de sus productos y que podía afectar a los
costes farmacéuticos; y, por otro, entregas
de dinero o regalos a médicos privados. En
un primer momento los investigadores acabaron
presumiendo en todo ello violaciones de naturaleza
fiscal concernientes a la declaración de algunas
partidas. Se trataba de un fenómeno difuso
de incentivos que repercutía en el coste farmacéutico
y, por tanto, en el servicio médico nacional.
Durante el verano la Fiscalía preparó una
primera relación en base a los trabajos del
Procurador de la República Guido Papalia.
En el curso de las investigaciones se recuperarían
nuevos documentos y material informático en
la sede de Glaxo que abrirían dos líneas
distintas en la investigación. Una, la que
afecta al delito de corrupción de funcionarios
públicos; la otra, el presunto "comparaggio"
de médicos públicos y privados. Bajo observación
estaban 100 millones de euros asignados en
los presupuestos de Glaxo del 2001
y el 2002 a diversos costos de "representación".
Las pruebas se basan en los programas informáticos
encontrados en la sede del grupo italoamericano
en Verona, en las facturas y en las notas
unidas a los balances, en 13.200 horas de
escuchas telefónicas y en documentos adquiridos
en el curso de 80 registros, de los que 45
se hicieron en dependencias del ASI.
Para controlar a los pacientes existía un
sistema sofisticado llamado Giove. Los investigadores
supieron de él por primera vez durante una
escucha telefónica. Acudieron a la Glaxo
y solicitaron los discos del sistema de
monitorización de la prescripción de recetas
y lo que encontraron resultó inquietante.
La compañía era más eficiente que el propio
sistema sanitario nacional pues a través de
los datos obtenidos por los informadores científicos
controlaba lo que prescribían los médicos,
el tipo de medicina y los productos del complejo
Glaxo que eran recetados. La investigación
se concentró en el bienio 99-01. El sistema
conservaba las comunicaciones entre la compañía
y los investigadores. Los médicos eran fidelizados
con un sistema de cuestionarios regularmente
facturados y pagados por una compañía de servicios.
Un jefe de distrito advertía: "Debemos
distribuir el dinero a nuestros médicos cercanos
y adoptar un lenguaje no comprometedor".
Un río de dinero, regalos, favores... La disponibilidad
de los médicos para firmar "protocolos complacientes"
para ingresar algún céntimo de euro por cada
medicamento vendido, la rapacidad de quienes
no contentos con los cinco millones de liras
que les daban por su colaboración eran recompensados
con becas de 40 millones de liras, la política
de los directivos de la compañía que subdividían
a los médicos en tres clases según su potencialidad
prescriptiva, el cinismo de los responsables
de la compañía dispuestos a organizar convenciones
científicas en Disneylandia para vender y
elevar la cantidad de medicamentos vendidos...
todo ello, está ahora bajo investigación policial.
RELACIONES
SOSPECHOSAS
Estos son sólo algunos de los datos que han
podido ser conocidos. Pero todo indica que
no es sino la punta del iceberg. Luego, ¿qué
invita a pensar que en el futuro, de la noche
a la mañana, todos van a respetar los códigos
voluntariamente suscritos? El "talón de Aquiles"
de las multinacionales puede ser precisamente
el enorme gasto farmacéutico al que han conducido
a los sistemas sanitarios nacionales porque
está haciendo que las autoridades se rebelen.
Y no deja de ser paradójico que las alarmas
hayan comenzado a sonar no por los efectos
reales de los medicamentos o por la adecuación
de los mismos, no por el hecho de que la gran
mayoría de los nuevos medicamentos sean sólo
variantes de otros ya existentes en el mercado
pero más caros sino a consecuencia del constante
aumento del gasto presupuestario. Ya ocurrió
algo parecido con Al Capone: al final
no fue a la cárcel por matar sino por evadir
impuestos.
Bueno, pues después de todos estos antecedentes
quieren que nos creamos que todas las partes
están interesadas en ser respetuosas con normas
nuevas, similares a otras que ya existían
y que a su vez eran vulneradas.
Pienso, amigo lector, que con lo que ahora
sabe usted le será más fácil contestar a estas
sencillas preguntas: ¿considera ahora creíble
que en nuestro país, por cada paciente que
un médico incluye en un determinado protocolo
de aplicación de un medicamento, éste cobre
200.000 de las antiguas pesetas por parte
del laboratorio? ¿Da crédito a la afirmación
de que algunos visitadores españoles viajan
con maletas conteniendo decenas de miles de
euros a utilizar según su criterio para ganar
voluntades? ¿Será verdad que, en esa búsqueda
continua de nueva formas de incentivar a los
médicos a algunos les ponen a su nombre coches
de lujo cuyas letras paga el laboratorio mientras
el médico cumpla con el número mínimo mensual
pactado de prescripciones de determinados
medicamentos... porque si no ese mes la letra
la paga el médico? ¿Le parece creíble que
algunos laboratorios lleven un control exhaustivo
de las ventas de las farmacias que rodean
la consulta de sus "elegidos" para conocer
así su nivel de cumplimiento a la hora de
prescribir ya que se sabe que el 90% de los
enfermos compran lo encargado por cualquier
médico en la farmacia más cercana a la consulta?
Los médicos -y otros profesionales de la salud-,
algunos de ellos en las propias administraciones
públicas, debieran iniciar una regeneración
moral de la práctica sanitaria, empezando
por no confundir lo público con lo privado.
Valga en este punto una "anécdota" que bien
pudiera ser elevada de categoría por su importancia
y habida cuenta de lo que ha sucedido durante
los últimos meses con el Bio-Bac. La
publicaba el diario La Razón el pasado
9 de febrero hablando del responsable sanitario
del Partido Popular en Madrid, José Antonio
Gutiérrez, un hombre que "compatibiliza"
su cargo con el de presidente de la Fundación
Lilly, una de las multinacionales farmacéuticas
incluida en el grupo de las 500 empresas más
importantes de Estados Unidos. Pues bien,
resulta que las invitaciones a un importante
acto del Partido Popular que se iba a realizar
bajo el título Mejor sanidad para todos
y al que iba a acudir la Ministra de Sanidad
Ana Pastor se realizaron desde la dirección
de correo electrónico Lilly.com al
tiempo que se adjuntaba un documento con el
logotipo del PP. Cuenta el periódico que algunos
miembros del PP manifestaron su malestar por
la forma de hacer las cosas. ¿Por la forma?
¿Y por el fondo? ¿O acaso desconocía el PP
las vinculaciones de ese hombre con la multinacional?
Y si las conocía, les parece normal? ¿En cuántos
niveles más de la administración sanitaria
se producen relaciones similares sin que las
conozcamos, simplemente porque son más precavidos?
Lo dicho, algo más que una anécdota sobre
la que, curiosamente, el resto de formaciones
políticas decidió pasar de puntillas. Quizás
algún día a alguno de nuestros políticos -en
el poder o en la oposición- le de por plantear
la necesidad de regular el antes y el después
de la trayectoria profesional de quienes en
algún momento, ejerciendo altos cargos en
la Administración, tienen en su mano la posibilidad
de beneficiar o no en un momento dado determinados
intereses.
En ese sentido, la Federación de Asociaciones
para la Defensa de la Sanidad Pública
es partidaria de la regulación de un sistema
de incompatibilidades que permita terminar
con cualquier tipo de colusión de intereses.
El doctor Marciano Sánchez, portavoz
de la misma, comentó a Discovery DSALUD que
eran conscientes de que el traspaso entre
puestos de responsabilidad en la estructura
sanitaria y las multinacionales se habían
producido de una manera regular dado que eran
cargos de libre designación. "Si las apariencias
de independencia quieren guardarse -diría-
debería regularse un período de incompatibilidad
de al menos cinco años con el sector privado
por lo que muchos de los cargos de libre designación
debieran ser ocupados por un cuerpo especial
de técnicos que trabajara de forma permanente
para el ministerio".
Piénsese que el problema de los medicamentos
tiene mucho que ver con las "Agencias del
medicamento" de los distintos países. Generalmente
adscritas al Ministerio de Sanidad, tienen
como principal misión asegurarse de que los
fármacos que llegan a la población sean, además
de eficaces, seguros. Es decir, tienen la
responsabilidad de proteger la salud de la
sociedad. Pues bien, ese control es en realidad
demasiado laxo precisamente por culpa de las
relaciones de la industria con algunos cargos
públicos, según denuncia un trabajo publicado
en The Lancet por John Abraham del
Centro para la Investigación en Salud y Medicina
de la Universidad de Sussex (Reino
Unido). Abraham afirma que "las agencias
del medicamento ceden con demasiada frecuencia
a los intereses del sector relajando sus exigencias
sobre la seguridad y eficacia de los fármacos
y, en definitiva, poniendo en peligro los
intereses de los consumidores a los que se
supone defienden".
"En los últimos cincuenta años -afirma
Abraham- la industria ha actuado siempre
con celeridad para evitar que se tomaran medidas
contrarias a sus intereses con la 'amenaza'
de que afectarían al empleo, a la balanza
de pagos o a las exportaciones del país. Y
las agencias aceptaron esas amenazas demasiado
a menudo lo que, por ejemplo, se tradujo en
autorizaciones relámpago o en menores exigencias".
Para Abraham uno de los problemas más graves
a la hora de aprobar o denegar un fármaco
es el de la "independencia" real de los trabajadores
de las agencias del medicamento ya que muchos
proceden de las compañías farmacéuticas. Y
otros muchos sin ese pasado son precisamente
"sensibles" a las demandas de las grandes
multinacionales pensando que tal vez su paso
por determinados cargos públicos pueda suponerles
una relaciones privilegiadas y proporcionarles
en el futuro la incorporación a cualquiera
de las multinacionales donde los emolumentos
son, desde luego, muy superiores.
No deja de llamar la atención, en ese sentido,
que una encuesta realizada el año pasado a
trabajadores del Centro para la Evaluación
y Revisión de Medicamentos de la FDA (el organismo
que autoriza los fármacos en Estados Unidos)
revelara que la tercera parte de los encuestados
no se sentía cómodo expresando sus opiniones
científicas en su propio puesto de trabajo.
Algunos reconocieron incluso haber recibido
presiones para que favoreciesen los deseos
de un fabricante por encima de los intereses
de la salud pública y aseguraron que sus superiores
les habían pedido a veces que "cambiasen de
opinión" sobre un fármaco. También muchos
expertos externos, encargados de revisar los
datos presentados por las compañías sobre
la seguridad y eficacia de sus productos para
asesorar a las agencias, presentan conflictos
de intereses. Por ejemplo, en 1989 cuatro
de cada cinco miembros del Comité Asesor Británico
tenía intereses financieros en la industria
farmacéutica. Seis años después eran tres
de cada cuatro. Y hay más. Abraham denuncia
que "la industria farmacéutica no sólo
ha conseguido ganarse posiciones clave de
influencia sobre la legislación de medicamentos
sino que además ha convencido a los gobiernos,
a través de sus agencias reguladoras, de que
las organizaciones de consumidores, las asociaciones
de pacientes o la propia comunidad médica
y científica deberían tener pocos o ningún
derecho de acceso al proceso regulador". Es
decir, intentan conseguir un poder omnímodo
sin ninguna traba o cortapisa. ¿A alguien
le puede extrañar ahora que se produzcan casos
como el del Bio-Bac?
Con la industria infiltrada en los puestos
de decisión la primera víctima en caer en
la red es el propio Estado cuya dependencia
de la investigación farmacéutica -en manos
de las grandes multinacionales- es casi total.
El pasado año la industria invirtió 168 millones
de euros en investigación clínica y el sector
público sólo 0,3.
En tan complejo problema es evidente que toda
solución pasa primero por investigar las "relaciones"
de los trabajadores públicos de alto rango
con la industria y, posteriormente, ir modificando
la relación de dependencia con respecto a
ésta dotando fondos para la investigación
y formación. Para la Federación de Asociaciones
en defensa de la sanidad Pública tres son
las medidas imprescindibles:
1. Establecimiento de una limitación
efectiva del gasto farmacéutico
2. Declaración por parte de las compañías
de los profesionales que reciban cualquier
tipo de regalo o contraprestación dineraria
o en especie
3. Declaración a Hacienda de los respectivos
médicos de todo lo recibido en esos conceptos.
Mientras llega el día en que esas medidas
se concreten, lo mejor que podemos hacer los
usuarios cada vez que tomemos un medicamento
-especialmente si es nuevo- es leer en el
prospecto las contraindicaciones y los efectos
secundarios. Al menos así sabremos los peligros
que la mayoría de las veces corremos tomándolos.
Antonio
Muro
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