Inevitable colapso del sistema sanitario

El gasto farmacéutico en España superó en 2011 los 11.300 millones de euros. Y la ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad Ana Mato, reconoce que las facturas sin pagar llegan ya a los ¡16.000 millones de uros! Un auténtico disparate. De ahí que tanto el Gobierno socialista como el actual hayan intentado reducir el agujero. Sin embargo ninguno de ellos afronta la raíz del problema: la concepción farmacológica de la salud que inspira el actual modelo sanitario, ineficaz, peligroso, trasnochado y acientífico. Un modelo que deberíamos cambiar rápidamente si no queremos que el planeta entero se convierta en unas décadas en un gigantesco hospital con miles de millones de presuntos enfermos. Solo que tal cambio no va a hacerse desde arriba, debe hacerse desde la base y debemos afrontarlo los ciudadanos de a pie.

El actual modelo sanitario está agotado. Ni siquiera hay manera de sostenerlo económicamente. La situación es tan crítica que exige soluciones urgentes y drásticas. De hecho la propia Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, Ana Mato, ha reconocido que la deuda del sistema sanitario es ya de ¡16.000 millones de euros! Tal sería pues la cantidad en facturas sin pagar, del agujero sanitario. Y hay más: si en 2010 se tardaba en pagar a los proveedores 390 días en 2011 se tardan ya 525. Con lo que la industria farmacéutica “amenaza” con dejar de suministrar fármacos. Humberto Arnés, Director General de la patronal farmacéutica española, declaraba recientemente que «de los 12.000 millones de euros que los hospitales adeudan a la industria 6.400 corresponden a medicinas». Añadiendo luego que las medidas adoptadas por el anterior Gobierno socialista habían llevado en tres años “a la pérdida de 5.000 millones de euros y cinco mil puestos de trabajo directo; el 10% del sector».

Marc-Antoine Lucchini, Presidente y Director General de Sanofi Iberia, diría por su parte: «Hemos llegado a una situación crítica. Mantener las inversiones en España es un gran reto; me resulta muy difícil convencer a la dirección de que debemos seguir invirtiendo aquí».  Ana Céspedes, Directora de Merck España, añadiría: «Desde la sede central nos indican que la situación es insostenible y debemos ejercer todas las medidas legales a nuestro alcance para recuperar el dinero». Y Lucas Urquijo, responsable de comunicación de Roche, ha sido igual de claro: «Los mil millones de euros que nos deben… son nuestra prioridad. Tomaremos medidas en función de las respuestas que nos den las distintas comunidades autónomas porque la deuda no puede seguir aumentando».

Amenazasque cualquier persona medianamente informada sabe que jamás llevará a cabo la industria porque la principal perjudicada sería ella: mataríanla gallina de los huevos de oro. Tales declaraciones son simplemente intimidatorias. Es más, en algunos casos demuestran un grado de hipocresía intolerable porque según la plataforma No gracias -que viene desarrollando una intensa labor en pro de la transparencia y la equidad del sistema sanitario- Merck, por ejemplo, ganó en 2011 ¡siete veces más que en 2010!

EL CONSUMO MUNDIAL DE MEDICAMENTOS LO LIDERA ¡ESPAÑA!

Que el gasto en medicamentos en 2011 fuera de 11.300 millones de euros es vergonzoso pero es que en 2010 fue de casi 1.000 millones más según fuentes del propio Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Y eso que el número de recetas aumentó pasando de 953 millones en 2010 a 976 millones en 2011 (probablemente porque los llamados “visitadores” presionan cada vez más a los médicos para compensar las rebajas de precios). Una cifra absolutamente escandalosa para un país de sólo 47 millones de habitantes porque implica ¡más de 20 recetas al año por habitante! ¿Nos hemos vuelto locos?

Aunque lo más increíble es que todo este análisis tenga que basarse en especulaciones porque en realidad el gasto real concreto en fármacos por parte de los hospitales públicos ¡se ignora! Inconcebible pero cierto. Aunque el diario El País lo cifre en 5.800 millones de euros en 2010.

¿Y cuánto gasta España en Sanidad? Pues aproximadamente el 7% del producto interior bruto. Lejos aún de Estados Unidos que dedica el 17% solo que nuestro país es “líder” indiscutido en cuanto al gasto farmacéutico se refiere: dedicamos a él un 18,9% cuando naciones con sistemas similares como Suecia o Reino Unido dedican el 12,5% y el 11,6% respectivamente, Alemania el 14,9%, Francia el 16,1%, Holanda el 9,6% y Noruega el 7,3%. En cambio, como denuncia el Dr. Juan Gérvas, en España se encuentranlos profesionales peor pagados de la Europa desarrollada y además contamos con la peor proporción de médicos de familia.

Ante tan desolador panorama el Gobierno socialista aprobó algunas medidas «para un uso racional de los medicamentos» cuyo objetivo era reducir el coste medio por receta. Básicamente potenciando el consumo de genéricos y reduciendo el número de unidades de los envases a las estrictamente necesarias para tratar al paciente. Medidas cuyos efectos apenas se notaron por lo que el problema continúa. De ahí que el actual Gobierno conservador aprobara elReal Decreto-Ley 16/2012, de 20 de abril, de medidas urgentes para garantizar la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud y mejorar la calidad y seguridad de sus prestaciones que fuera inmediatamente criticado por los partidos de la oposición, las asociaciones de consumidores y otros colectivos, entre ellos diversas organizaciones que intentar evitar la privatización de la gestión pública de la Sanidad.

Hasta el presidente de la Organización Médica Colegial, el doctor Juan José Rodríguez Sendín, se ha mostrado a favor del copago farmacéutico reconociendo –sorprendentemente- que «es necesario poner solución al excesivo consumo de medicamentos que existe en España». Es decir, todo el mundo propone como solución que el estado siga pagando los fármacos a la gran industria y que el ciudadano colabore con parte de su coste. De plantear directamente que los fármacos utilizados en los hospitales los pague el estado y los que se recetan en los ambulatorios el ciudadano que los recibe nadie quiere oír ni hablar. Porque cualquier medida tiene que pasar –y es igual quién gobierne- por asegurar a la industria farmacéutica sus multimillonarios ingresos. Los pague quien los pague. Y es que sus testaferros en gobiernos y partidos políticos están muy bien aleccionados.

¿Y cómo se ha regulado el copago? Pues se han establecido cuatro grupos: quienes perciben pensiones no contributivas continuarán sin pagar nada, quienes perciben un sueldo de hasta 22.000 euros al año pagarán un 10% si son pensionistas -hasta un máximo de 8 euros al mes- y un 40% si están en activo, quienes perciben hasta 100.000 un 10% si son pensionistas -hasta un máximo de 18/mes- y un 50% si están en activo y quienes ganen más de 100.000 un 20% si son pensionistas -con un máximo de 60 euros/mes- y un 60% si están en activo. Los parados sin prestaciones no pagan; el resto pagarán como los activos.

EL NEGOCIO PÚBLICO DE LA ENFERMEDAD

Cabe agregar que la crisis económica puso en marcha en todo el mundo un plan diseñado para quedarse en todos los ámbitos con el negocio público de la enfermedad y no sólo con el privado. Se iniciarían así numerosos procesos, entre ellos los destinados a copar la gestión de lo público. Algo que en España empezó en 1997 cuando el PP, el PSOE, el PNV, CiU y Colación Canaria aprobaron la Ley de Habilitación de Nuevas Formas de Gestión lo que ha llevado por ejemplo a que en estos momentos gran parte de la sanidad pública de la Comunidad de Madrid se encuentre en manos de CAPIO, empresa de origen sueco con presencia en varios países europeos –entre ellos Reino Unido, Francia y Alemania- con claras vinculaciones a altos cargos políticos y empresariales; como Rodrigo Rato o Ignacio López del Hierro (marido éste de la Secretaria General del Partido Popular, María Dolores Cospedal).Y no es más que uno de los grandes grupos empresariales que han iniciado el asalto al Sistema Nacional de Salud.

En todo caso hacer una crítica de cariz económico no es objetivo de esta revista y sería minusvalorar la inteligencia de nuestros lectores que saben situar perfectamente la crisis sanitaria en el contexto de la crisis general que padece el mundo desarrollado. A fin de cuentas vivimos en un país donde se calcula que hay un fraude fiscal de unos 80.000 millones de euros -de los que el 70% corresponde a grandes fortunas y grandes empresas- pero a éstos se les ha ofrecido en lugar de un proceso judicial una amnistía y pagar sólo un 10% a cambio de “blanquear” su dinero. Y para qué hablar ya de lo de entregar miles de millones de euros a la banca sin procesar judicialmente antes a sus directivos y exigirles que paguen con sus bienes su inconcebible gestión.

Centrémonos en todo caso en el ámbito sanitario y expliquemos que existe un informe titulado Hay alternativas a los recortes en Sanidad que fue elaborado en abril pasado por la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública en el cual, refiriéndose al copago, se dice: «La OMS ya advierte de la incapacidad de este tipo de medidas para lograr los objetivos perseguidos allí donde se han aplicado además de dificultar el acceso a la asistencia sanitaria de muchas personas». Un informe que explica que el simple uso racional de los medicamentos supondría un ahorro de 9.553 millones de euros al año mientras que con el copago ese ahorro será de “solo” 2.293 millones.

Claro que el problema no es ése: el problema es que el consumo de la mayor parte de los fármacos que paga el estado no se justifica. Basta para ello saber cuáles son los más consumidos en España. Y son éstos:

Atorvastatina. Se utiliza para disminuir el nivel de colesterol alegando –injustificadamente- que eso previene las patologías cardiovasculares. No es verdad y encima tiene graves efectos secundarios.

Omeprazol. Se receta para la dispepsia, las úlceras pépticas, las “enfermedades de reflujo gastroesofágico” y el Síndrome de Zollinger-Ellison (tumor en el páncreas). Susinteracciones, contraindicaciones y efectos negativos son numerosos; basta leerlos en el propio prospecto.

Paracetamol. Analgésico y antiinflamatorio que a pesar de que igualmente tiene graves efectos secundarios se consume masivamente de forma irracional.

Ibuprofeno. Antiinflamatorio para alivio asintomático del dolor de cabeza, dental o muscular. Provoca asimismo graves efectos secundarios.

Simvastatina. De la misma familia que la Atorvastatina es igual de inútil y tiene similares efectos adversos.

Adiro 100. Presunto antiagregante plaquetario se receta para reducir la posibilidad de que se produzcan coágulos sanguíneos (trombos). Su consumo no se justifica y tiene graves efectos secundarios.

Augmentine (amoxicilina). Antibiótico de amplio espectro cuyo consumo muy raramente se justifica.

Orfidal. Tranquilizante y ansiolítico empleado además en “trastornos del sueño”. Tiene graves efectos secundarios y su consumo no se justifica.

Lexatin (bromazepan). Esta benzodiacepina es un tranquilizante de graves efectos secundarios cuyo consumo tampoco se justifica.

Risperidona. Antipsicótico de graves efectos secundarios cuyo consumo no se justifica.

Olanzapina. Antipsicótico indicado para la esquizofrenia cuyo consumo tampoco se justifica; tiene igualmente graves efectos secundarios.

Venlafexina. Antidepresivo de graves efectos secundarios; su consumo no se justifica.

De lo afirmado sobre estos fármacos esta revista ha publicado amplia y documentada información que los interesados pueden leer en nuestra web: www.dsalud.com. Y, todo hay que decirlo, ¡en sus propios prospectos! ¿Es que ya nadie –médicos incluidos- lee en nuestro país?

En suma, entre los 10 fármacos más vendidos en España hay 3 tranquilizantes, ansiolíticos o antidepresivos (Orfidal, Lexatin y Venlafexina), 2 antipsicóticos (Risperidona y Olanzapina), 2 analgésicos y antiinflamatorios(Paracetamol e Ibuprofeno), 2 reductores del nivel de colesterol (Atorvastatinay Simvastatina), un protector gástrico (Omeprazol),  un antiagregante plaquetario (Adiro 100)y un antibiótico (Augmentine). Todos ellos sintomáticos, es decir, que sólo alivian los síntomas del paciente sin curarle. Y todo con demostradas interacciones, contraindicaciones y efectos negativos. Medicamentos que los médicos recetan en lugar de afrontar el problema del enfermo y ayudarle a resolverlo. Kafkiano.

Cuando está constatado que en España…

…los efectos iatrogénicos –es decir, los negativos provocados por los medicamentos- son actualmente la tercera causa de enfermedad en el mundo tras las patologías cardiovasculares y el cáncer.

…el 12% de los ingresos en nuestros hospitales se deben a reacciones adversas a los fármacos.

…los efectos indeseados de los fármacos son ya una de las principales causas de muerte (la 4ª en Estados Unidos).

Es más, basta entrar en la web del Instituto Nacional de Estadística (INE) para comprobar que en España mueren ya en nuestros hospitales más de 400.000 personas cada año mientras están siendo tratadas.

Asimismo se sabe -y resulta indignante- que cada año se aprueban nuevos medicamentos que no aportan nada relevante en relación con los ya existentes y que se aprueban solo para justificar que los fabricantes pongan precios más altos. Demostrando que son nuestras propias autoridades, al servicio de la gran industria farmacéutica, las que han generado en buena medida la gigantesca deuda que piden ahora a los ciudadanos que asuman.

En otras palabras, los sistemas sanitarios de los países desarrollados se dedican básicamente a paliar los síntomas –ignorando criminalmente las causas- de las ahora llamadas enfermedades de la civilización; es decir, de las que provoca la brutal contaminación a la que estamos sometidos y a un estilo de vida totalmente alejado del sentido común. Lo denunciaba recientemente el director de esta revista, José Antonio Campoy, en un editorial que ya ha dado la vuelta al mundo gracias a Internet y que en su parte inicial decía (sic):En el ámbito de la salud es igual quién gobierne en España: al frente del Ministerio de Sanidad siempre se designa a alguien que termina estando al servicio de los grupos de poder, muy especialmente el de las multinacionales farmacéuticas. Así que la posibilidad de que la sociedad acceda algún día a médicos y servicios de salud realmente eficaces y curativos en lugar de paliativos y iatrogénicos es nula. ¿Que ello lleva a la desesperación a millones de personas, ignorantes de que se les está engañando? No importa. ¿Que ello lleva a la muerte sólo en nuestros hospitales públicos a más de 400.000 personas cada año mientras son  “tratadas” de esa manera (morbilidad hospitalaria española según el Instituto Nacional de Estadística)? No importa. ¿Que los médicos empiezan a ver desesperados cómo cada año la industria se inventa nuevas enfermedades para así poder vender fármacos “específicos” para ellas –una auténtica burla en realidad- y en estos momentos es ya tal la cantidad de patologías existentes –miles– que ni los propios galenos se saben sus nombres y los síntomas que se supone les caracteriza siendo por ello incapaces de identificarlas y, por tanto, de afrontar el problema de sus enfermos? No importa. ¿Que la industria ha decidido dada la imposibilidad de curar con sus fármacos una sola de sus inventadas enfermedades hacer negocio alegando que sí puede prevenirlas comercializando para ellas todo tipo de vacunas que dar a las personas sanas? No importa. ¿Que esas vacunas no previenen nada porque jamás una sola vacuna ha demostrado prevenir una sola enfermedad? No importa. Y retamos públicamente a los colegios médicos, a los laboratorios y al Ministerio de Sanidad a que nos entreguen la documentación científica que prueba que al menos una sí lo logra. Que nos demuestren que hay una sola vacuna que previene alguna enfermedad. La que sea. Es  más, les retamos a que nos demuestren que el VIH existe y es la causa del SIDA. Y que los tratamientos oncológicos oficialmente aprobados y de obligado uso en los centros públicos previenen o curan el cáncer. O que una sola de las drogas usadas por los psiquiatras previene o cura alguna de las inventadas enfermedades psiquiátricas. O que conocen siquiera un solo fármaco que prevenga o cure alguna de las llamadas enfermedades crónicas y degenerativas; y nos da igual si es un fármaco para el parkinson, el alzheimer, la ataxia cerebelosa, la esclerosis múltiple, la fibromialgia, la fatiga crónica, la psoriasis, el lupus eritematoso, la sensibilidad química múltiple o cualquier otra de las miles de enfermedades hoy catalogadas. Es más, que nos demuestren que hay un solo fármaco realmente eficaz que prevenga o cure cualquiera de las “enfermedades” más simples: el resfriado, la gripe común, el acné, una rinitis…  No podrán porque no existen tales fármacos. Nada de lo que hemos comentado pueden demostrarlo científicamente. En cambio sí está científicamente constatada la enorme peligrosidad de casi todos ellos: incluidas las vacunas con las que irresponsablemente se inocula a los bebés y los niños. Luego, ¿qué está pasando? ¿Cómo es posible que los médicos sigan haciendo el juego a la mafia que dirige un sistema sanitario tan podrido como el implantado por quienes controlan el negocio mediante testaferros en la OMS, las agencias internacionales de presunto control de fármacos, los ministerios de Sanidad, los colegios médicos y las facultades de Medicina? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que se mienta una y otra vez públicamente sin que a nadie le pase nada?”

El Editorial continúa pero es suficiente con lo transcrito. ¿Y cómo es todo esto posible?, se preguntará el lector. Pues una de las claves se encuentra en las peculiares características del mercado de los medicamentos. Joan-Ramón Laporte, director del Instituto Catalán de Farmacología y responsable de Farmacología del hospital Vall d’Ebron, lo explica gráficamente: «No estamos ante un mercado convencional de oferta y demanda. Aquí el médico decide el consumo cuando ni consume ni paga; el paciente consume pero sólo paga una parte del precio –con sus impuestos- y tampoco decide. Y el Estado paga pero ni decide ni consume». Es decir, que la pieza clave es el médico. Por eso está en el punto de mira de las multinacionales farmacéuticas que les han convertido en agentes comerciales suyos… sin tener que contratarlos y pagarles un sueldo. Y es que están normalmente tan mal remunerados que son muy sensibles a las “gratificaciones” de los laboratorios.

EL IMPERIO DE LA FARMAFIA

Hace ya tiempo nuestra revista explicó que la plataforma No, gracias y Farmacritixs –entidad constituida por estudiantes de ciencias de la salud de varias universidades españolas para promover la ética y la transparencia en las relaciones con la industria farmacéutica- elaboraron conjuntamente un documento titulado Medicamentos y tecnologías sanitarias en el sistema público de salud: 41 medidas por la transparencia y la equidad en cuyas páginas iniciales puede leerse: «La enorme hegemonía adquirida por este sector económico (la industria farmacéutica) no se ha debido sólo a su capacidad de innovación (que en realidad ha disminuido progresivamente) sino que se ha basado en gran medida en prácticas no legítimas como la manipulación del sistema de patentes, el control de la investigación, la formación médica y las publicaciones científicas, la compra de voluntades políticas, académicas y profesionales, el marketing engañoso, la invención de enfermedades y un largo etcétera».

Y es que como explica el profesor Laporte en el prólogo del libro Los inventores de enfermedades de Jörg Blech «la industria farmacéutica, según las Naciones Unidas, es el tercer sector económico mundial tras el comercio de armas y el narcotráfico». Enorme poder e influencia obtenidos gracias a cuatro actuaciones claves:

-Controlar directamente la evaluación de medicamentos a través de la Conferencia Internacional de Armonización que fija los criterios de aprobación de nuevos fármacos y en la que la OMS tiene un simple papel de observadora.

-Lograr que la Organización Mundial de Comercio (OMC), presionada por la Federación Internacional de la Industria del Medicamento (IFPMA, por sus siglas en inglés)- aceptara que se tratara legalmente a los medicamentos como un bien de consumo más sin consideración especial alguna por poder afectar a la salud.

-Lograr que ambas entidades facilitaran las fusiones de grandes farmacéuticas a fin de que pudieran incrementar su poder y su influencia mediática.

-Aprovechar el desmantelamiento del estado del bienestar y la quiebra de los sistemas nacionales de salud para privatizar la gestión de los recursos públicos transfiriendo esa competencia a entidades privadas alegando que su gestión será más eficaz.

En suma, ¿cómo va a extrañar que en Internet se hable ya abiertamente de Farmafia en lugar de Farmacia?

LA INDUSTRIA FARMACÉUTICA FINANCIA  CASI EN EXCLUSIVA LA INVESTIGACIÓN

Y por si fuera poco es la industria farmacéutica la que controla la investigación en el mundo. Según la Plataforma Tecnológica Española se trata del sector que más “colabora” con los centros públicos de investigación, las universidades y los hospitales: ”Dedica un 44% de su inversión -459,2 millones de euros en 2010- a contratos con el sistema público de investigación generando no sólo una importante corriente de recursos hacia esos centros sino también un enriquecedor flujo de conocimientos que beneficia al mismo tiempo al colectivo investigador y a las propias empresas». Y añaden: «La industria también viene financiando desde 2001 el Fondo de Investigación Biomédica del Instituto de Salud Carlos IIIque aporta recursos a redes públicas de investigación biomédica en las que participan más de 11.000 investigadores de 290 centros distribuidos por toda la geografía nacional en áreas tan importantes como la Oncología, la Neurología, las enfermedades infecciosas y cardiovasculares o los trasplantes. En 2010 la industria farmacéutica contaba en sus plantillas con 4.689 investigadores a tiempo completo».

Pues bien, que hoy la investigación en el ámbito de la salud esté casi por completo en manos de la industria farmacéutica –lo que se suma a la influencia que tiene sobre las revistas “científicas” ya que también las financia- ha convertido a todos esos organismos e instituciones «en una mera extensión de los departamentos de marketing de las compañías farmacéuticas» en palabras de  Richard Smith, exdirector de la otrora prestigiosa British Medical Journal. Porque entre unos y otras se controla hoy casi todo lo que se publica. Es decir, que se da a conocer exclusivamente lo que a la industria le interesa ocultando lo que pudiera ser desfavorable a sus intereses. Hasta se permite que resultados negativos se publiquen como positivos. Y que los positivos se publiquen una y otra vez. Es más, hoy hay multitud de estudios que escriben “negros” pagados por la propia industria que luego firman autores “de prestigio” sin reparo alguno a alquilar su nombre y su conciencia. Algo que -incomprensiblemente dada la cantidad de evidencias existentes- aún prefiere poner en duda gran parte del estamento científico-médico en un ejercicio de “buenismo” ciertamente sorprendente.

Claro que hoy éstos están enormemente influenciados por la industria farmacéutica pues a fin de cuentas también controla ¡la formación de los médicos! No sólo ha impuesto los planes de estudio en las facultades de Medicina de todo el mundo -así como los protocolos de actuación para todas las llamadas “enfermedades” a base de fármacos paliativos- sino que se encargan de la llamada “formación continuada”, controlan las investigaciones en ellas y en todos los centros de investigación dependientes y hasta crean cátedras para colocar en ellos a los médicos que aceptan seguir sus directrices. Sin olvidar la organización del 99% de los congresos, seminarios, talleres y conferencias que no suelen ser sino actos promocionales de sus productos disfrazados de “educativos” o “formativos”.

De hecho algunos expertos calculan que el 84% del dinero que la industria farmacéutica dedica a “marketing” lo invierte en los médicos. Sencillamente porque sabe que éstos lo asumen dócilmente ya que tal comportamiento lo avalan las autoridades sanitarias y académicas así como los colegios médicos.

MULTITUD DE INFILTRADOS

Existe además una extensa red de personajes que la industria ha infiltrado en las instituciones y gobiernos ya que es una baza fundamental a la hora de ejercer el poder. Especialmente a la hora de legislar y de contrarrestar a quienes se oponen a sus intereses utilizando si es preciso a inspectores convenientemente aleccionados y, si fuera necesario, a las propias fuerzas de orden público. Unos sabiendo el juego al que se prestan, otros quizás ingenuamente.

No se olvide que en España la Presidenta de Honor de la Asociación Española contra el Cáncer –entidad privada al servicio de la industria farmacéutica- es la Princesa de Asturias Dª Leticia Ortiz.  Y que en el Consejo Social de Farmaindustria están presentes varios personajes de peso político. Entre ellos el ex presidente del Gobierno Felipe González, el ex Director General de la UNESCO Federico Mayor Zaragoza, el ex Secretario de Estado de Economía Guillermo de la Dehesa, el Presidente de la Corporación Tecnológica de Andalucía Joaquín Moya Angeler, la ex directora de Google España Isabel Aguilera, el profesor de la escuela de negocios IESE Pedro Nueno, el Director General de la Fundación Cotec para el fomento de la innovación tecnológica Juan Mulet y el Director General del Hospital Clínic y Director del Institut d’Investigacions Biomèdiques August Pi i Sunyer- Joan Rodés.

Y es que la relación de “personajes” influyentes con estrechas relaciones con la industria farmacéutica es interminable. En España y en todo el mundo. Basta saber la enorme cantidad de parlamentarios que son testaferros de la industria, muchos de los cuales han trabajado en ella. En Bruselas y en los parlamentos de casi todos los países del mundo. Dándose a veces casos inconcebibles. En el Consejo Asesor del Instituto Roche en España están por ejemplo Alfonso Castro Beiras -Jefe del Servicio de Cardiología y Director del Área del Corazón del Complejo Hospitalario Juan Canalejo de La Coruña-,Octavi Quintana -Director General de Investigación Biomédica de la Comisión Europea en Bruselas-, Margarita Salas -del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa y el antes mencionado Joan Rodés.

Y en el Patronato de la Fundación Pfizer en España el omnipresente Joan Rodés, el catedrático de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid y Jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital UniversitarioPuerta de Hierro de Majadahonda (Madrid) Enrique Baca, el Jefe del Servicio de Farmacología Clínica del Hospital Clínico San Carlos de Madrid y Presidente de la Comisión Nacional de Especialidades Médicas Alonso Moreno, el ex Ministro de Sanidad y Consumo -así como de Defensa- Julián García Vargas, el  diputado en la Asamblea de Madrid y ex Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid Pedro Nuñez Morgades y el ex Director General de Salud Pública de Castilla y León y Director General de Salud Pública del Ministerio de Sanidad y Consumo además de miembro de la Sociedad Española de Microbiología Juan José Francisco Polledo. Y no son más que meros ejemplos.

¡Y qué decir de los organismos reguladores que en teoría controlan a la industria farmacéutica! Porque la FDA -agencia norteamericana que regula los alimentos y medicamentos en Estados Unidos, de enorme influencia en todo el planeta- está financiada en un 75% por la propia industria farmacéutica. Y las agencias equivalentes a nivel europeo y español dependen también financieramente de lo que cobran a las farmacéuticas por la evaluación de sus productos. Sí, lo ha entendido bien el lector: las agencias que controlan a los laboratorios para decidir si aprueban o no sus productos las financian mayoritariamente los propios laboratorios! Y como todo el mundo sabe lo normal es morder la mano del que te da de comer. ¡Eso es independencia!

Pues bien, todo esto y mucho más lo explican a fondo Ray Moynihan y Alan Cassels en su libro Medicamentos que nos enferman e industrias farmacéuticas que nos convierten en pacientes, obra que permite entender cómo las estrategias de marketing y relaciones públicas de la todopoderosa industria farmacéutica -con la complicidad de muchos médicos y, por qué no decirlo, la ingenuidad de los pacientes- intentan convertirnos a todos en “enfermos” -de cualquier cosa- para lograr un consumo compulsivo y crónico de medicamentos. Obra que en su  contraportada recoge esta frase: “Hace treinta años Henry Gadsden, director entonces de la compañía farmacéutica Merck, hizo unos comentarios sorprendentes y en cierto modo candorosos a la revista Fortune. Dijo que su sueño era producir medicamentos para las personas sanas y así vender a todo el mundo. Y aquel sueño se ha convertido en el motor de una imparable maquinaria comercial manejada por las industrias más rentables del planeta” (invitamos al lector a leer en nuestra web –www.dsalud.com el artículo que con el mismo título de ese libro publicamos en el nº 91).

Hoy parece claro en todo caso que la estrategia ha sido más bien la contraria: convertir a toda la población en enfermos a los que vender medicamentos inútiles y peligrosos que en muchos casos lo que hacen es iniciar una cadena de problemas-remedios cada vez más agresivos, caros y sofisticados que es la auténtica responsable de «diagnósticos» como éste de la plataforma No, gracias: «Según el último informe de la OCDE entre los años 1998 y 2008 la media de gasto per capita ha aumentado un 50% en términos reales en los países europeos (…) y en España un 30% más que la media europea (…) Un aumento no justificado en términos de beneficios para la salud pero que sí está poniendo en situación de insostenibilidad económica a los sistemas nacionales de salud de todo el mundo».

Cabe añadir que es pues sin duda importante la lucha que por limitar el poder de la industria farmacéutica realiza la plataforma No Gracias pero lo cierto es que ésta no cuestiona el modelo médico imperante ni critica la concepción de la salud sobre la que reposa el modelo.
En cuanto al Foro Español de Pacientes -cuyo presidente es un médico- reconoce la necesidad de «cambios estructurales» pero no especifica ni da ninguna pista alguna sobre cuáles deberían ser tales cambios.

En fin, que la gestión de la salud se ha convertido en un negocio puro y duro es algo indudable. Lo demuestra que las decisiones globales importantes sobre salud en el planeta no las toma hoy ni siquiera la Organización Mundial de la Salud (OMS) sino ¡la Organización Mundial de Comercio (OMC)! Por otra parte son ya numerosos los frentes desde los que se denuncia el avance inexorable de la medicalización de la salud (cuyo pionero fue Iván Illich cuando hace treinta y siete años publicó su mítica obra Némesis médica). Es más, algunas voces críticas dentro de la propia clase médica dejan entrever que un cambio radical se aproxima. El Dr. Carlos Ponte, presidente y miembro fundador de la plataforma No Gracias, cierra de hecho su introducción al documento de propuestas que antes hemos mencionado con estas palabras: “Es indudable que las tecnologías de la salud hunden sus raíces en los paradigmas biomédicos vigentes. Es decir, en la teoría y la práctica de lo que hacemos y aceptamos como establecido y científico. De forma que consideramos a la enfermedad como una avería que nos aparta de la ‘normalidad’, desconectada de su medio cultural o social; o admitimos que el abordaje tecnológico y el hospital son las prioridades y principales respuestas de los sistemas sanitarios (…) Pero la realidad es tozuda y ni la Medicina es tan eficiente como pretende, ni tiene capacidad para explicar la mayoría de los nuevos problemas e interrogantes. Todo apunta a que estamos en tiempos de cambio, en la transición de los viejos paradigmas a otros diferentes de carácter holístico, sistémico, sustentados en la ecología profunda. Quizás el reto fundamental”.

Y es que continuamos atascados en un problema de fondo: la concepción imperante de la salud y la enfermedad determina la orientación de nuestros sistemas sanitarios independientemente de su gestión pública o privada, independientemente de los errores o abusos que puedan cometerse en cualquier sistema de protección de la salud. La gran pregunta pues es: ¿cuánto más aguantará el actual modelo médico, obsoleto desde el punto de vista científico, inútil y peligroso desde el punto de vista humano, insostenible desde el punto de vista económico y autodestructivo desde el punto de vista biológico? ¿Qué pasaría si fuésemos capaces de sustituir la manipulación para la dependencia por una educación para la autogestión de la salud?

Si la gente dejara de considerar la Medicina una especie de religión intocable en la que creer ciegamente y al médico una especie de hechicero infalible y se informara adecuadamente podría llegar a entender que lo que los galenos llaman “enfermedades” no son mayoritariamente sino procesos vitales curativos que el organismo pone en marcha para recuperar la salud perdida, que gran parte de los llamados síntomas patológicos ante los que la medicina alopática reacciona con productos agresivos para “silenciarlos” son en realidad avisos que el cuerpo nos envía para que entendamos que algo va mal y, por tanto, debemos reposar y hacer una vida sana a fin de que, libre de interferencias y de una mayor toxicidad, pueda autorrepararse.

Ese día la gente comprenderá que es cada uno de nosotros -y no el médico- el responsable de su estado de salud y que sanar pasa normalmente por cambiar simplemente de entorno, de dieta, de actitud y de hábitos; entendiendo asimismo que nuestro cuerpo tiene muchas más bacterias que células y agredirlo con bactericidas es una estrategia equivocada en el 99% de los casos. Sabría así, en suma, que el médico no debe ser más que un mero consejero que con los conocimientos adquiridos puede ayudarle a recuperar la salud –siempre que no haya sido mentalmente abducido por la industria farmacéutica- pero que la capacidad de curación se halla exclusivamente en el propio organismo.

Jesús García Blanca

Este reportaje aparece en
150
Junio 2012
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