Federico Relimpio Astolfi: “La industria se aprovecha de la fragilidad de los médicos en el sistema sanitario público”

Federico Relimpio Astolfi, médico sevillano especializado en Endocrinología y Diabetes, acaba de escribir una novela en la que revela sin tapujos cómo la gran industria farmacéutica intenta una y otra vez corromper a los médicos -de modo más o menos encubierto- a través de sus visitadores. Lo singular es que la obra, titulada K.O.L. (Líder de Opinión), se basa según reconoce su autor en la propia experiencia ya que él mismo fue uno de esos especialistas a los que la industria paga para formar a otros médicos. De hecho estuvo a punto de cruzar la “línea roja” pero reculó a tiempo. Lo inaudito es que en España el 98,4% de los médicos del sistema sanitario atiende a los “delegados de los laboratorios”; el 77,8% todos los días. Reconociendo ya el 55,6% haber recibido “regalos” de las farmacéuticas. Relimpio no duda en aseverar: “Yo fui la mentira alquilada”. Hemos hablado con él.

El doctor Federico Relimpio Astolfi es una rara avis en el panorama sanitario actual aunque sea verdad que en los últimos años se está viviendo una especie de despertar de conciencia por parte de muchos profesionales de la salud. Algunos ejemplos son la creación de la Plataforma NoGracias -integrada por profesionales sanitarios por la ética y la transparencia en sus relaciones con las industrias-, el colectivo catalán Dempeus (En pie), la Coordinadoracontra la Privatización de la Sanidad en Madrid (CAS Madrid) o Farmacríticxs –grupo de jóvenes estudiantes de Medicina y Farmacia nacidos al albur de la Plataforma NoGracias e inspirados en sus planteamientos-. Pero aún son pocos los médicos que se atreven a contar en público sus experiencias poco éticas -cuando no irregulares o manifiestamente ilegales- con los laboratorios farmacéuticos y las empresas de material sanitario. Por eso el trabajo literario de Relimpio, materializado de momento en una primera novela –K.O.L. (Líder de Opinión)-, tiene si cabe más valor. Porque en ella denuncia la maraña de intereses que se ha tejido en torno a los médicos para buscar su receta fomentada por una amplia gama de laboratorios, compañías de tecnología sanitaria, empresas de alimentos “saludables”, etc. Algo que el lector medianamente informado conoce. Este libro, empero, es novedoso porque aporta la visión interna del asunto, la descripción psicológica de los personajes y la jerga propia del “tarugueo”, expresión con la que se conoce en el ámbito sanitario esta “compraventa de voluntades”.

-En una de las páginas de su libro usted escribe: “Recordarle que consumía muchos medicamentos, que la Sanidad Pública iba a quebrar con ella, que era una… ¿Cómo era? ¡Ah sí! ¡Ya me acuerdo! Algo así como una hiperfrecuentadora”.Dígame: ¿estamos “mal” medicados? ¿Y si es así qué relevancia tiene eso para el sistema sanitario?

-Me alegra que me haga esa pregunta; es pertinente y está bien planteada. Mire, el sistema sanitario público está excesivamente medicalizado porque se basa en la consulta médica, en el acto médico–enfermo. Sin embargo tenemos algunos indicadores que ponen de manifiesto que “algo va mal”, parafraseando el título del célebre ensayo de Tony Judt; por ejemplo, un español visita al médico de media entre nueve y diez veces al año. ¡El doble que un francés o un británico! Sin embargo son actos cortos, escuetos, apresurados, que dejan con frecuencia un poso amargo en ambas partes. El enfermo querría normalmente haber podido decir más, haber tenido oportunidad de dar más detalles de lo que le pasa, pero lo más frecuente es que el médico tenga poco tiempo para la entrevista y con los pocos datos obtenidos opte por la solución más fácil, rápida y cómoda: extenderle una receta o darle un volante para un especialista. Porque sabe que en la sala de espera hay otros muchos pacientes y debe ver a todos. Cuando con unos minutos de conversación igual podría haber ayudado mejor al enfermo. Le doy un dato: existen estudios que demuestran que el español ingiere más fármacos -sobre todo antibióticos- que cualquier otro europeo. Los datos de la Federaciónde Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública (FADSP) indican que como los fármacos eran relativamente baratos en España -al igual que los salarios de los sanitarios- los médicos de nuestro país optaron probablemente por la fácil salida de emitir miles de recetas en sustitución de cualquier otro consejo. ¡Simplemente porque salía más barato y había que aliviar la grave situación económica de una Sanidad infrapresupuestada! Sólo que entonces empezaron a llegar las nuevas generaciones de medicamentos que no eran en general más eficaces pero sí más caros. Y como el gasto farmacéutico se disparó hubo que crear nuevos sistemas de control detectándose así que hay numerosas personas que acuden con una frecuencia desmedida al médico y abusan del consumo de fármacos; lo que llamamos pacientes “hiperfrecuentadores” e “hiperconsumidores”. Sin embargo no se hizo un análisis en profundidad de la razón de tal “hiperfrecuencia”.

Por otra parte, hoy cada vez más voces denuncian que nuestra sociedad está sobremedicada -a pesar de que muchos fármacos son meros placebos y otros muchos iatrogénicos- por la incapacidad del médico de hacer una labor distinta y verdaderamente útil.

Es por tanto momento de replantearse si con los escasos minutos de que dispone un médico en el sistema público para atender a los pacientes y dado el notable aumento de enfermos crónicos y ancianos el sistema tiene sentido tal como está planteado. No se está tratando adecuadamente a los enfermos a muchos de los cuales simplemente nos los quitamos del medio dándoles fármacos para dar la sensación de que nos ocupamos de ellos. En suma, el sistema no funciona bien y hay que plantearse cambiarlo.

-En su novela alude a la falta de humanidad de algunos médicos. ¿Realmente se echa de menos en las consultas?

-Sin duda. Es una de las conclusiones fundamentales de la novela. La Medicina es una ciencia cuya inexactitud se debe a muchos factores; entre ellos el hecho de que trata con el sufrimiento humano. No cabe duda de que la época que nos ha tocado vivir en Medicina tiene sus peculiaridades: sus ventajas y sus inconvenientes. Si comparamos nuestra situación con la de hace sólo veinte años el cambio puede calificarse de vertiginoso. ¡Tanta tecnología al alcance de tanta gente, tanto diagnóstico y tratamiento rápido–rápido! Además nunca tantos dispusieron de tanta información sobre su salud empleando tan poco esfuerzo. Solo que ello proporciona nuevas tensiones entre quienes trabajamos en el sistema sanitario a diario de cara al ciudadano.

El caso es que hoy los costes se han disparado y eso preocupa a las autoridades. Así que éstas trasladan sus lógicas preocupaciones a los profesionales, solicitan su colaboración e imponen restricciones al flujo de prestaciones diagnósticas y tratamientos… pero sin llevar a cabo una paralela campaña de concienciación y pedagogía entre una población hambrienta de tecnología sanitaria. Por otra parte, como el estamento profesional está poco acostumbrado a tener corresponsabilidad con quienes manejan los hilos del sistema público es comprensible que una proporción significativa de los médicos haya preferido desmarcarse optando por la salida fácil: culpabilizar a los políticos. Máxime en estos tiempos en que la política, que se define con frecuencia como “el arte de lo posible”, se confunde inevitablemente con la técnica de lo pagable. Hay pues que decir claramente a la población que hay lo que hay, que no se puede uno gastar lo que no tiene. Y lo que hoy tenemos y podemos permitirnos es un sistema donde a la mayoría de la población se la atiende durante muy breves minutos y se la despacha. Así que como para pedir encima al médico, que ya se siente frustrado por la situación porque también es víctima de ella, que sea más humano, cuando eso va a generarle más tensión y ansiedad. Y sin embargo, si hay futuro en la Medicina, éste pasa por el humanismo. De hecho es el que saca a Rafael, el protagonista de mi novela, del íntimo lodazal en el que se había metido.

-“El buen sanar pueden ser paños calientes, dar calor a un alma dolorida, a falta de mejor ciencia que proporcione más certeros alivios”, dice usted poéticamente en otro momento de la novela. Dígame, ¿mantienen con el tiempo los médicos la “vocación” que les hizo elegir la carrera de Medicina o es algo que normalmente se pierde con los años?

-Voy a contestarle con una frase que escuché hace unos años en una hermosa película francesa de 1999 basada en los avatares cotidianos de un médico de Atención Primaria: La maladie de Sachs (La enfermedad de Sachs). El médico protagonista, Sachs, trabajaba en una comunidad rural visitando a domicilio a los pacientes cuando alguien le preguntó si realmente tenía sentido visitar a un moribundo. Confrontado ante la pregunta, Sachs -como con indiferencia pero aun así magistralmente- respondió: “Siempre se puede hacer algo”. Pues bien, creo que muy posiblemente esa escena me rondaba por la cabeza cuando escribí esas palabras. Verá, la vocación es algo variopinto, como apunto en la novela. Unos la traen puesta, otros la descubren en las aulas y algunos más la descubrimos frente al enfermo, pero hay unos cuantos que no la encuentran nunca. Ahora bien, generalidades aparte, creo que nuestro país dispone de un estupendo tejido profesional, en calidad científica y humana. Y creo asimismo que dispone de un sistema sanitario público cuyos logros están ahí, medibles, envidia en tantos indicadores para otras naciones del entorno. Pero… -porque siempre hay un “pero”- el problema radica en la política de recursos humanos. Y no puedo decir que ésa haya sido acertada. Ni para el sanitario en general, ni para el médico en particular. Se ha confeccionado un sistema burocrático, jerarquizado, frío, antipático y hostil de “Medicina basada en la desconfianza” que fríe al médico con situaciones de precariedad y trabajo-basura de joven y le clava en un desesperante inmovilismo una vez logra plaza en el sistema. ¡La “plaza”! Porque ése es otro de los problemas. El médico español –hablando en general, aunque hay muchas excepciones- posee muchas de las peculiaridades psicológicas que se atribuyen al funcionario; lo que tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Pero los valores están ahí. Independientemente del color político del momento. No depende de un padrino u otro, de la corruptocracia que vuela conforme cambia el sentido del viento. El médico español es el “meritócrata” por excelencia. Porque España funciona en buena medida debido a que, pase lo que pase en el turbulento mundo de la élite, en la Administración permanece inalterable una casta de técnicos que siguen diagnosticando y tratando, interviniendo, juzgando, repartiendo correos, enseñando, apagando fuegos, garantizando el orden…

Solo que ello genera problemas en el ámbito de la salud. Porque hay veces en las que algunos miembros de los que creen integrar una casta inalterable no parecen comprender que viven en un mundo en evolución con necesidades cambiantes y que el sistema sanitario debe ir adaptándose a ellas y al ciudadano. También es verdad que algunos administradores interpretan a su libre albedrío las necesidades de la ciudadanía y, dependiendo de su temperamento y posibilidades, marcan el paso con más o menos fuerza a los profesionales a su cargo. Y con más o menos tino y diplomacia. El resultado de todo ello es, salvo para un subgrupo de adictos al poder -que por otra parte quedan estrechamente ligados a los avatares del grupo político correspondiente-, el achicharramiento o carbonización progresiva de los profesionales. Lo que comúnmente llamamos “estar quemado”.

-¿Qué hechos que haya contemplado usted en su trabajo cotidiano le han marcado más?

-En mi trabajo cotidiano, como se refleja en la novela, es preciso distinguir dos etapas bien diferenciadas. En la primera, que corresponde a los años noventa del pasado siglo XX, había un claro déficit directivo por parte de las autoridades sanitarias. Los servicios o unidades clínicas se autorregulaban como querían -o podían- dando lugar a lo que llamamos jocosamente “chiringuitos” clínicos. Es decir, los médicos se decían: veo al tipo de pacientes que quiero el tiempo que quiero. A menudo en función de intereses espurios; y frecuentemente en función de pactos con terceros. “Terceros” –hablo naturalmente de la industria farmacéutica– que animan el cotarro con viajazos, equipos informáticos, impresoras, escáneres, cámaras digitales… Recuerdo el comentario de un compañero: “No creo que me vaya a gastar jamás una peseta en este tipo de cosas…”

Mire, todos los congresos y eventos científicos a los que asistí en mi primera etapa profesional estaban financiados por la industria farmacéutica… con la honrosa excepción de unas jornadas sobre el uso racional del medicamento a las que asistí como ponente que fueron financiadas por el Servicio Andaluz de Salud. Es más, todos los equipos informáticos de los que disfrutamos en la década de los noventa del pasado siglo XX en el Centro de Especialidades donde yo trabajaba eran regalos de las compañías farmacéuticas. Bastaba pedirlos. Y no se extrañe: eran las reglas del momento y gracias a ello hicimos las grandes bases de datos que nos permitieron luego publicar los primeros trabajos internacionales en diabetes. Sencillamente, yo creía que el mundo funcionaba así. No creía hacer nada irregular o carente de ética. De hecho aún hay unidades que funcionan de este modo. Hasta que -por los motivos que expongo en mi novela- la Administración reacciona y se genera la segunda etapa, ya en este siglo. Parecía saludable e innovadora pero en la práctica constituyó una revolución desde arriba, una imposición de consignas, un “¡Cállate, que tú no sabes nada!” y un emperifollamiento de normas, controles y papeles que contribuyeron aun más a una especie de exilio profesional interior. Yo lo llamo “tortuguización”. Desde entonces, para sobrevivir al día a día, muchos médicos del sistema público desarrollamos una coraza y metimos en ella la cabeza intentando que no se nos viera y procurando hacer sólo la labor que teníamos delante; dejando simplemente que las horas transcurrieran hasta el momento de irnos.

-Ponencias al dictado, congresos, cursos y seminarios “controlados”… ¿Qué otras estrategias utilizan los laboratorios y las compañías de tecnología sanitaria en lo que parece puro cohecho?

-Verá, todo es muy sutil. No puede sin más llamarse cohecho. Al fin y al cabo todo está -o suele estar- amparado en la literatura científica. Pero cuando un médico asiste a un congreso internacional con multitud de simposios satélites -cada uno patrocinado por una multinacional farmacéutica- donde las ponencias se encadenan de forma constante es casi inevitable que termine pensando que si luego no receta o usa el nuevo medicamento que se presenta como el más moderno va a ser considerado alguien que no está a la última en conocimientos. Es un curioso ejercicio de hipnosis colectiva. Y es que además a los médicos asistentes se les agasaja espléndidamente invitándoles a alojarse gratuitamente en lujosos hoteles y a comer y cenar en excelentes restaurantes. Así se lleva haciendo desde hace décadas. Es más, hasta hace unos diez años a los médicos la industria les regalaba lo que quisieran con el fin de tenerlos contentos y que recetasen sus productos. Con lo que los “nuevos” fármacos emergían uno tras otro: la familia de las estatinas, la familia de los ARA-2… Familia tras familia de fármacos. Uno tras otro. Aún recuerdo un congreso internacional de Cardiología que se celebró en Barcelona en el que se fletó un crucero de lujo atracándolo en el puerto porque en la ciudad no había plazas hoteleras suficientes para tantos médicos invitados. Hasta que a partir del año 2000 la cuestión adquirió otro cariz. Se reguló todo esto y las compañías empezaron a vigilarse unas a otras. Con lo que la labor de zapa empezó a ser más sutil, mucho menos descarada. De hecho a quienes trabajábamos como “formadores de opinión” nos empezaron a llamar los fabricantes para consultarnos cómo podríamos vender mejor sus productos. Hasta empezaron a hacerse “estudios de mercado”. Antes de sacar un medicamento nuevo nos reunían para preguntarnos qué nos parecía su perfil, en qué medida cubría un “hueco terapéutico” o qué “mensaje” sería más efectivo para convencer a los médicos.

En suma, de la época burda de los noventa se pasó a métodos más inteligentes y diversificados: patrocinios de cursos “limpios” de sociedades científicas pero controlando la propaganda subliminal e infiltrando convenientemente a los simpáticos comerciales en las comidas, celebración en buenos restaurantes de actos locales a cargo de líderes de opinión relevantes para comentar la publicación de un destacado trabajo a favor de su medicamento silenciando convenientemente trabajos críticos u opciones más económica, etc.

Mire, le voy a dar un ejemplo que revela bien a las claras lo que estoy diciendo: usted sabe que durante años he tenido una dedicación preferente a la diabetes. Pues bien, la Sociedad Españolade Diabetes ha dado durante años cursos para residentes con el fin de promover la formación entre sus miembros más jóvenes. Yo he participado en varios y puedo testificar que ahí había calidad. Y durante largo tiempo fue una compañía farmacéutica la que asumió el patrocinio, supongo que obteniendo a cambio prestigio o publicidad subliminal. Los contenidos eran sólo controlados por la sociedad y el ponente. Hasta que en un momento dado las necesidades de promoción de determinado producto de la compañía patrocinadora fueron imperiosas. Sin embargo los ponentes –yo era uno de ellos– no nos adaptamos a sus “necesidades” y confeccionamos una mesa conforme a nuestro criterio. Entonces el Gerente de la compañía abandonó la sala airado y se negó a acompañarnos durante el almuerzo. Y el responsable de la organización me hizo saber que el patrocinio del curso del año siguiente estaría ligado a la capacidad del Gerente de la empresa para decidir ponentes y contenidos. No hubo acuerdo pero afortunadamente el curso continuó celebrándose con posterioridad porque apareció otro patrocinador que sí garantizaba nuestra independencia. Aquí, al menos, resistimos.

-En la obra no deja usted visitador médico con cabeza escribiendo frases como “haber quedado para vender tu sonrisa y comprar voluntades…” o “los vendedores siempre han tenido que sonreír aunque llorasen por dentro” ¿No exagera?

-Deberían ser ellos los que le respondieran. Mire, tengo grandes amigos entre los visitadores médicos. Muchos de ellos me han confiado su salud y/o la de sus familiares. De ellos aprendí el funcionamiento interno y la terrible crueldad intramuros de las compañías farmacéuticas. Por ejemplo, cuando a alguno lo despedían por no vender suficiente sus ex-compañeros recibían la orden de cortar todo contacto con él y no atender sus llamadas; ni siquiera las personales. No, la vida del visitador médico no es fácil; sufre una presión terrible. Los objetivos de ventas suelen ser asfixiantes. La obligación de informar a sus superiores constantemente de todo lo que hace –cuántos médicos visita, qué gastos ha tenido, qué dificultades ha encontrado…– es agobiante. Obviamente he encontrado entre los dirigentes farmacéuticos a gente magnífica y a gente terrible, sin escrúpulos, capaces de promover todo tipo de sobornos o de machacar psicológicamente al pobre visitador de a pie. Claro que ellos también tienen sus reuniones o convenciones -al modo de congresos políticos- en los que deben exponer los resultados de su zona y donde se les dice qué nos tienen que decir a los médicos, qué mensaje nos tienen que dar para “convencernos”… y muchas otras cosas.

-Un reciente trabajo publicado en la Revista Clínicade Medicina Familiar concluye que en España el 98,4% de los médicos recibe a los delegados de los laboratorios; el 77,8% a diario. Además un 55,6% reconoce haber recibido algún “regalo” de la industria farmacéutica. ¿Concuerdan estos datos con su experiencia?

-Sí. Aunque hasta hace una década más que en los últimos años. Ahora la industria se centra más en promover congresos, cursos, seminarios, ruedas de prensa u otro tipo de actos cuyo contenido controlan de un modo u otro.

-Otra cuestión que queda sobre el tapete es el negocio de los ensayos clínicos…

-Cierto. Y se trata del verdadero cuerno de la abundancia. Ahí sí que se mueven cantidades ingentes de dinero. Se nos dice que así avanza la medicina científica, que los ensayos los revisa un comité ético independiente y que los pacientes están de acuerdo porque en todos los casos firman un consentimiento informado. Sin embargo, los ensayos clínicos ocultan cuestiones serias y desagradables. En primer lugar, el fenómeno del ghostwriting o escritor fantasma. Es decir, primero se encarga o hace el estudio que conviene y luego se busca a quien lo firme a cambio de dinero. De hecho hoy hay ya investigadores considerados prestigiosos que se ofrecen a las compañías para dirigir o elaborar ensayos y publicar los resultados oficiando por medio mundo como “líderes de opinión” a fin de difundir las supuestas ventajas –a menudo inexistentes- de las nuevas moléculas o productos. Una colaboración que les resulta muy rentable. En segundo lugar, es urgente revisar la validez del consentimiento informado, al menos como se aplica aquí en España. Porque no se dice que cuando se le ofrece a un paciente entrar a formar parte de un ensayo clínico éste se encuentra a menudo en situación de dependencia emocional y no comprende bien lo que de verdad se le ofrece. Lo firma sencillamente porque confía en el médico que lo está atendiendo. La mayoría ni siquiera sabe que puede entrar en el grupo al que van a dar un placebo.
Por otra parte, en otros países el paciente es el que se lleva buena parte del dinero -por aceptar formar parte del ensayo- que el laboratorio paga. Pero en España no; aquí se lo llevan quienes manejan el ensayo en un puro y duro negocio. Yo sólo participé en uno en el que recluté a una sola paciente sacándola de él muy poco después porque mi conciencia no me permitió que siguiera. Y eso que aquel ensayo me parecía intachable.

-Si atendemos a su novela los visitadores usan una jerga muy singular.

-Bueno, era habitual hablar así en la década de los noventa. Entonces en un servicio o unidad clínica era “in” o “cool” presumir del número de congresos al año al que uno era invitado –y por tanto lo poco que frecuentaba consultas o plantas hospitalarias- despreciando a los “curritos”. Las sesiones clínicas o “prima matinas” se convertían en auténticos “relatos de viajeros” donde al “vulgo” se le caía la baba ante los “marcopolos” que relataban cómo habían estado haciendo footing en el Golden Gate de San Francisco o en el Central Park de Nueva York. También recuerdo mis guardias de residente mientras escuchaba a los adjuntos describiendo el espectáculo colorista del atardecer en la plaza Jamaa El Fna de Marrakech donde habían ido a no se qué presentación de no se qué antimicrobiano nuevo. Claro que entonces la gente no viajaba tanto porque no era tan económico y aquello realmente daba envidia. Mire, todo visitador médico es un profiler. Un término que casi se describe solo. Es como la gente que se encarga de seleccionar personal y traza el perfil de una persona en diez minutos: si es seguro o no, si es extravertido, si es transparente… Tiene la obligación de saber y transmitir hacia arriba qué tipo de médico tiene delante. Si talibán –extremista anti-industria- o bizcochable –proclive a los acuerdos mutuos-, si pro o anti Administración, si se está divorciando o saliendo del armario, si le da a la botella o fuma porros… Todo lo que sirva para conocerle. Mucha gente se espantaría si escuchara a los visitadores hablar en la barra de un par tomando copas y hablando de las intimidades de los médicos que han visitado y de su trabajo. Pero por eso para ellos es fácil “dar de comer al hambriento” y “dar de beber al sediento”. Los terminan conociendo.

La verdad es que cuando somos pequeños se nos inculca que el descubrimiento de nuevas moléculas puede llevarnos a un mundo maravilloso y que eso va ligado a la industria farmacéutica. Y llegamos a asociar los fármacos y los laboratorios con lo bueno, lo adecuado, lo que nos lleva a un mundo mejor. La realidad, sin embargo, es muy distinta.

-¿Cómo valora la experiencia que vivió en su día como “líder de opinión”?

-Yo empecé mi carrera como líder de opinión local, regional y nacional. Es fácil porque las compañías más hábiles, las que llevan más tiempo trabajando un determinado sector, exploran bien a los médicos residentes. Ya dije antes que muchas patrocinan cursos de formación para ellos y por eso sientan a su lado a extrovertid@s y simpátic@s visitador@s a fin de que averigüen de qué pie cojea cada uno. Ahí se ve ya al tímido y al líder, al estudioso y al juerguista y, sobre todo, al futuro líder de opinión, al que llevará la voz cantante en los congresos diez años después, el que va a decirles a los demás qué y cómo, el que tendrá influencia. Así que se le visita, se le trae, se le lleva, se le conoce bien y se le va dando cancha. Primero sin compromiso alguno a fin de que no se asuste para luego ofrecerle cositas aquí y allá por una cantidad módica; digamos unos 300 €. Cosas así. Y es que cuando una persona ambiciosa recala en las angostas realidades de la Medicina Española y se encuentra con el tapón generacional es fácil aficionarse a eso. Porque al principio te compromete poco, te halaga mucho y además aprendes a comunicar pero luego subes de nivel, de caché y de compromiso. Y te aficionas a esa forma de vivir, a tener mejores ingresos. Luego, cuando coges cierta fama, se te acercan otras compañías. Y aceptas, pero cuidando que no compitan unas con otras, porque no se puede servir a dos señores a la vez. Con lo que los ingresos aumentan. Solo que entonces se quiere ganar más aún. Y se dan las primeras charlas internacionales si hablas idiomas, que son las verdaderamente bien pagadas. De ésas yo di un par antes de apearme. Porque ya empezaban a “leerte la cartilla” antes de mandarte, a reunirse contigo para decirte qué trabajos puedes comentar y cuáles no porque no conviene a la línea de marketing… Y ahí toqué la línea roja. Sin atravesarla.

-No da usted nombres…

-No. Supongo que a sus lectores les apetecerá saber más -productos, nombres de laboratorios, fechas, eventos, etc.- pero no puedo dar esos datos porque me encontraría con múltiples demandas. Aún se estila lo de castigar al rebelde para advertir al resto. En una presentación que tengo colgada en Internet lo digo con una simple frase: “Yo fui la mentira alquilada”. Afortunadamente, tras oler la línea roja pegué un giro de ciento ochenta grados y me dediqué a mi actividad profesional pública, pues no ejerzo la medicina privada. Evidentemente asumiendo una gran pérdida económica.

-“Anoche en la cena los tenías acogidos y acogidas a todos los paquetes posibles: los que tienen privada, los que participan en ensayos clínicos, los que dan charlas patrocinadas por nosotros o por cualquiera de las otras compañías, los que organizan congresos y eventos, los que realizan actividades pseudocientíficas o tapaderas para cubrir simples sobornos y los que al final son directamente sobornados para que prescriban esto o lo otro. Ahora, según tu perfil, acógete a un paquete o al otro”.Es usted claro y explícito en su novela. Díganos pues, ¿hasta qué punto existe corrupción en el sistema sanitario y qué medidas habría que tomar para corregir la actual deriva?

-Afortunadamente mi alejamiento de ese mundo desde 2007 me impide tener una visión directa de lo que está pasando. Sin embargo sí he dicho cosas que siguen ocurriendo. Las instituciones sanitarias, por ejemplo, no han asumido que la formación continuada de los profesionales tendría que ser una tarea propia y no debería dejarse en manos de la industria. También se permite con demasiada frecuencia a los profesionales dejar el trabajo para acudir a actos patrocinados por compañías cuando se sabe de antemano que sus contenidos son poco fiables. ¿O es que alguien no tiene aún claro que si una empresa farmacéutica te paga un viaje y una estancia de lujo en algún sitio es porque lo considera muy rentable y espera sacar algo de ti?

La verdad es que las instituciones sanitarias públicas aún están muy mal gestionadas. Ahora nos dicen que no se puede sostener el sistema sanitario por lo que se cierran plantas y quirófanos, se despiden interinos y las listas de espera aumentan mientras, paralelamente, se dispara el gasto farmacéutico y se sigue dejando la llamada formación continuada en manos de la industria farmacéutica. Es esperpéntico.

-Perdone, pero, ¿por qué los médicos no se rebelan?

En primer lugar porque la profesión es variopinta y heterogénea; fracturada y compartimentada… ¿Quién habla en nombre de los médicos españoles? En segundo lugar, forzoso es responder con otra pregunta: ¿rebelarse contra quién o contra quiénes? ¿Contra un sistema científico sospechoso de construirse sobre la base de medias verdades, de tener -al menos en parte- un serio conflicto de intereses y de atentar veladamente contra la salud pública? ¿Contra un sistema sanitario que obliga a los médicos a ejercer en condiciones manifiestamente mejorables cuando no ha sido capaz de adoptar medida alguna a favor de una pedagogía ciudadana acerca de su empleo? Y si alguien me concreta la pregunta le diré la respuesta de modo inmediato: el médico no se rebela por soledad, por desagregación, porque desde la licenciatura se entrenó para ser un corredor de fondo solitario y saltador de obstáculos íntimamente enfrentado con cualquiera que tuviera al lado. El que se rebele pues tendrá que hacerlo como yo: en solitario y sabiendo que le van a caer muchos palos.

-Una última pregunta: ¿cree que esta situación va a cambiar en algún momento?

-La actual situación va a propiciar sin duda una segunda ola de cambio. La primera vino desde arriba y causó hostilidad y alejamiento. Era una ola “soviética” -por así decirlo- aunque se diese en comunidades controladas por el Partido Popular; la nueva viene de la juventud. Farmacriticxs es un buen ejemplo pero hay muchas más iniciativas en la blogosfera sanitaria de Internet. Esto se mueve.

Miguel Jara

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148
Abril 2012
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