Advertencia de la OMS: los antibióticos serán pronto inútiles ante las infecciones

En marzo pasado Margaret Chan, Directora General de la Organización Mundial de la Salud, afirmó que estamos a punto de entrar en una «era post-antibióticos» ya que la resistencia del organismo a ellos los está convirtiendo en inútiles; añadiendo que eso significará «el fin de la era de la Medicina segura«. Sin embargo la resistencia a los antibióticos no es ni el único ni el principal problema del callejón sin salida en el que nos hallamos sino la concepción errónea que la Medicina “moderna” tiene del papel de los microorganismos. Porque una visión que contemple adecuadamente las relaciones de simbiosis entre todos los seres vivos -microbios incluidos- abriría una puerta a otra concepción de la Medicina que permitiría superar lo que desde la actual visión limitada se considera un problema casi irresoluble.

Todos sabemos que un yogurt «bio» es especialmente rico en bacterias… y que «bio» significa «vida». Sin embargo ni las marcas que los comercializan han conseguido con su publicidad que la gente deje de identificar el término bacterias con enfermedades. Una creencia que quizás pueda desterrar el inevitable replanteamiento del modelo médico imperante que no puede ya seguir mirando hacia otro lado porque el plazo para reaccionar se acaba. Y no lo decimos nosotros sino los portavoces del propio sistema médico y sanitario internacional que ochenta años después de su absurda declaración de guerra a los microbios se encuentra en un callejón sin salida. La cuestión es si se atreverán a volver sobre sus pasos -hasta el momento en que equivocaron el camino- para buscar una ruta alternativa que se oriente hacia la convivencia -y no hacia la guerra- con las bacterias y demás microorganismos con los que conviven en nuestro interior o, por el contrario, se empecinarán en averiguar cómo exterminarlos de otra manera agrediendo aún más al ecosistema y, por ende, a la humanidad. Porque como hemos explicado ya varias veces en esta revista -sin que parezcan poder asumirlo algunas mentes obtusas- en nuestro organismo hay ¡diez veces más bacterias que células!

UNAS DECLARACIONES APOCALÍPTICAS

Las alarmantes declaraciones de Margaret Chan las realizó el pasado 16 de marzo durante la presentación del documento La evolución del riesgo de resistencias antimicrobianas: opciones para la acción que recoge las recomendaciones de la OMS tras el estudio que en 2008 iniciaran cincuenta expertos internacionales. Y éstas son algunas de las contundentes frases que pronunció: «El mundo se encamina hacia una era post-antibiótica en la que muchas infecciones comunes no tendrán cura y volverán con toda su furia (…) Lo que supone el fin de la era de la Medicina segura (…) Cosas tan comunes como una infección de garganta o un simple rasguño en la rodilla de un niño podrían volver a ser mortales». Contundente advertencia. Y no es la única en temer algo así pues la conocida revista The Lancet se preguntaba recientemente en un titular ¿Es el final de los antibióticos?

Ahora bien, es inevitable preguntarse qué hay detrás de tan alarmantes declaraciones porque tan espontáneo reconocimiento hace temer a muchos expertos y estudiosos que en realidad estemos ante la “preparación del terreno” de alguna iniciativa inconfesable. Y dudamos de que se trate de un simple producto que pretenden vendernos porque para eso ya cuentan hoy con un cheque en blanco por parte de la población y la colaboración de decenas de miles de irresponsables facultativos que llevan décadas recetando masivamente antibióticos de forma muy a menudo injustificada con cada vez más trágicas consecuencias para la salud de millones de personas. En otras palabras, hay muchos motivos para preguntarse si el alarmismo de la considerada máxima autoridad sanitaria del mundo no esconde un intento de crear las condiciones que permitan justificar luego la adopción de medidas excepcionales. O sea, que está por ver si no se trata del habitual guión diseñado por los estrategas de la gran industria farmacéutica para ir poco a poco metiendo miedo a la población y luego ofrecerla la “solución” en forma de, por ejemplo, ¡vacunas! Vacunas que alegando el “enorme peligro de la situación” –por supuesto inexistente- se harían obligatorias y se inocularían masivamente con ayuda de los ministerios de Sanidad, los colegios médicos, las asociaciones “científicas” y de “pacientes”, los grandes medios de comunicación y, si es necesario, los jueces y las fuerzas policiales.

Al lector menos informado puede parecerle que exageramos pero en Internet empiezan ya a circular rumores alarmantes y hasta videos sobre campos de internamiento preparados para quienes se nieguen a ser vacunados o pongan en entredicho la “verdad oficial”. Presuntamente ocupándose ya de ello en Estados Unidos la Agencia Federal de Gestión de Emergencias (FEMA por sus siglas en inglés: Federal Emergency Management Agency).

Ello explicaría la proliferación en los últimos años de películas sobre microbios asesinos patógenos cuyo fin sería meter miedo a la población. Como Contagio, película protagonizada por varias megaestrellas de Hollywood que fuera presentada el pasado 11 de septiembre de 2011 –curiosa la fecha elegida- que muestra un panorama desolador en el que un súper-virus se extiende rápidamente por el mundo -aunque no tanto como el pánico que provoca- creando una situación que justifica hasta la disolución del Gobierno estadounidense y la adopción de urgentes medidas de excepción por parte de la OMS, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos y la Agencia Federal de Gestión de Emergencias(FEMA)como la aplicación de la ley marcial, la creación de campos de reclusión, campañas masivas de vacunación forzosa y la supresión de la libertad de opinión.¿Pura ciencia-ficción? Está por ver pero así empezó la farsa del VIH-SIDA. Así que como aún disfrutamos de libertad para informar analicemos las claves de este problema que es efectivamente muy grave… pero por razones muy distintas a las que esgrime la Organización Mundial de la Salud.

¿QUÉ SON LAS RESISTENCIAS ANTIMICROBIANAS?

Se considera que un microbio –virus, bacteria u hongo- desarrolla “resistencia” a un antimicrobiano cuando éste, siendo capaz de inactivarlo o destruirlo, deja de lograrlo. Pues bien, eso está acaeciendo cada vez mayor con frecuencia en el caso de las bacterias. Y es que a fin de sobrevivir éstas llevan decenas de años desarrollando mecanismos para que los antibióticos no les afecten. Aunque lo más grave es que una vez la bacteria desarrolla tal capacidad se la trasmite a las siguientes generaciones a tal velocidad que algunos antibióticos pierden ya su eficacia ¡al año de comercializarse! Existe además lo que se llama «transferencia horizontal», nombre que se ha dado a la posibilidad de trasmitir esa habilidad de resistir a los antibióticos a otras bacterias de la misma generación -incluso entre especies diferentes-¡mediante virus que transportan fragmentos de información genética!
Ahora bien, ¿se trata éste de un “problema nuevo” como algunos pretenden hacer creer? La respuesta es NO. La verdad es que tal “resistencia” apareció en el mismo momento en que comenzaron a emplearse los antibióticos -penicilinas, sulfonamidas y estreptomicinas- entre los años treinta y cuarenta del pasado siglo XX sólo que no quiso reconocerse expresamente el problema y la necesidad de adoptar medidas hasta que en 1997 la Sociedad Americana de Epidemiología Sanitaria (SHEA por sus siglas en inglés) y la Sociedad de Enfermedades Infecciosas de América (IDSA por sus siglas en inglés) publicaron el documento Guía para la prevención de resistencias antimicrobianas en hospitales.

Hoy los ejemplos más conocidos de enfermedades atribuidas a bacterias resistentes son la neumonía, la tuberculosis, la artritis, la meningitis, la bacteremia –nombre que recibe la presencia de bacterias en la sangre-, la fascitis necrotizante -infección aguda del tejido subcutáneo y el tejido conjuntivo- y, cómo no, la sepsis pero lo cierto es que los primeros casos se detectaron en realidad muy pronto. Tanto es así que el mismísimo Alexander Flemming, en unas declaraciones realizadas en junio de 1945 al New York Times, ya lo advirtió: «La persona que juega con la penicilina de forma imprudente es moralmente responsable de la muerte de quien finalmente sucumbe a una infección con organismos resistentes a la penicilina. Espero que se pueda evitar este mal».

Obviamente los médicos no le hicieron caso. A los hechos nos atenemos: en 1946 la penicilina acababa con los estafilococos en el 88% de los casos, en 1950 esa proporción había descendido al 61%, en 1985 al 10% y actualmente está por debajo del 5%. Es más, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC)de Estados Unidos reconocen ya -por poner un ejemplo- que las infecciones hospitalarias causadas por el Estafilococo Aureus -resistente a la meticilina- han pasado del 2% en 1974 al 22% en 1995 y al 63% en 2004 (no han dado datos más recientes). Y otro ejemplo gráfico lo aporta el médico español Juan Gérvas que en la revista Atención Primaria diría recientemente: «En los años cuarenta, al introducirse la penicilina, se inhibía el crecimiento de la mayoría de los neumococos con concentraciones de 0,008 mg/l; cincuenta años después más de la mitad de los neumococos requieren concentraciones de 0,1 mg/l y aproximadamente un 20% 1 mg/l. Es decir, hay que multiplicar la concentración de penicilina entre 12,5 y 125 veces para conseguir el mismo efecto».

Y no crea el lector que se trata de ejemplos aislados sino de una situación que se padece desde el principio y ha obligado a sustituir unos antibióticos por otros. Por eso tras varias generaciones de penicilinas hubo que recurrir a las tetraciclinas y posteriormente a las cefalosporinas (cinco generaciones), a las fluoroquinolonas… y así sucesivamente en una loca carrera hacia delante que sin duda acabará en un callejón sin salida. La propia Margaret Chan lo ha reconocido ya luego, ¿a qué esperan los médicos y nuestras autoridades sanitarias para reaccionar en lugar de mantener su negligente y criminal actitud?

LAS CONSECUENCIAS

La propia Organización Mundial de la Salud admite asimismo que las resistencias microbianas se traducen en «enfermedades más prolongadas, en un mayor riesgo de muerte, en una mayor extensión de las infecciones y en un incremento de los costes sanitarios» lo que supone un peligro global para la salud y la seguridad. De hecho considera que cada año se producen unos 440.000 nuevos casos de tuberculosis debido a las resistencias a múltiples antibióticos, 150.000 de ellos mortales.

No debe pues extrañar que actualmente muchos expertos consideren las resistencias microbianas una de las primeras causas de muerte en la mayoría de los países desarrollados. En Estados Unidos los Institutos Nacionales de Salud hablan actualmente de 70.000 muertos anuales por esta razón. Y en todo el mundo industrializado los hospitales se describen como auténticos bastiones de microbios resistentes. Un artículo publicado en 1994 en New England Journal of Medicine calculaba ya entonces que cada año se infectaban por microbios resistentes tras ingresar en un hospital ¡dos millones de personas! Y han pasado 18 años en los que el problema se ha multiplicado enormemente provocando cada vez más muertes. Al punto de que se calcula oficialmente que en la Comunidad Europea mueren por esta razón unas 25.000 personas al año; claro que sólo los casos de infección por la E. Coli pasaron de 18.000 en 2005 a 25.000 en 2009.

Por lo que se refiere a nuestro país el Dr. Álvaro Pascual, presidente de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica, declaraba recientemente que «en España hay tasas de resistencia a los antibióticos superior a la de los países del norte de Europa». Algo que no debería sorprender teniendo en cuenta que tenemos el dudoso «honor» de ser el país del mundo que más porcentaje de su presupuesto sanitario destina a medicamentos (lea el lector en este mismo número el artículo que dedicamos al gasto farmacéutico en España).

Lo que sí sorprende es que el problema de la resistencia a los antibióticos también afecte a los países pobres ya que en teoría no abusan de tan caros medicamentos (aunque sí de aquellos cuya fecha de caducidad impide su venta en el primer mundo). La OMS dice que se debe a la falta de infraestructura y a la incapacidad de regulación y control que impera en esos países en los que muchos medicamentos se venden en el mercado negro y se consumen sin vigilancia médica pero lo cierto es que el hecho de tener infraestructuras sofisticadas y agencias gubernamentales dedicadas a imponer directrices y normativas no ha impedido en el mundo desarrollado que el problema se multiplique hasta el extremo de provocar las pavorosas declaraciones que hemos reflejado.

Luego, cómo se explica esta aparente paradoja? Pues son cuatro las causas fundamentales identificadas ya por los responsables de la Sanidad mundial que han conducido a la multiplicación de las resistencias microbianas:

1) La increíble capacidad de adaptación y supervivencia de las bacterias.
2) El uso inadecuado de los medicamentos en general y de los antibióticos en particular.
3) Los usos no médicos de los antibióticos. Y,
4) La imposibilidad de desarrollar nuevos antibióticos realmente eficaces.

Al lector no versado le parecerá imposible pero está constatado que hay bacterias que soportan temperaturas extremas -tanto de frío como de calor-, ausencia de agua, altas presiones, radiaciones, falta de humedad y hasta ambientes hipersalinos, hiperalcalinos e hiperácidos. Sin duda porque las bacterias poseen en sus membranas mecanismos que les permiten expulsar los fármacos con rapidez suficiente como para impedir que les afecten, fabrican enzimas especiales que modifican los antibióticos y los hacen ineficaces y pueden incluso modificar sus propias moléculas para que los fármacos no puedan identificarlas y actuar contra ellas. Y encima son capaces de trasmitir todas esas habilidades con una rapidez increíble a sus descendientes o a otras bacterias mediante sofisticados mecanismos de intercambio de información. Su capacidad para enfrentarse a las agresiones parece casi ilimitada.

Lo recuerda el biólogo Máximo Sandín: «Las bacterias son capaces de reaccionar ante cualquier tipo de agresión». Es más, un artículo publicado en Physica hace doce años llegaba a la sorprendente conclusión de que las bacterias sometidas a estrés por la toxicidad de ciertos antibióticos ¡reaccionaban mejorando su capacidad cooperativa para intercambiar información!

ABUSO DE ANTIBIÓTICOS

El segundo elemento clave -a decir de los expertos- es el uso inadecuado de los antibióticos. La medicina actual, la que se reserva para sí misma el calificativo de «científica» sin serlo y que ha impuesto su propia concepción de la salud y la enfermedad al tiempo que descalifica sistemáticamente cualquier otro enfoque y terapia no farmacológica, se apoya básicamente en los medicamentos debido a su dependencia absoluta de la industria farmacéutica (lea el lector en nuestra web –www.dsalud.com- los numerosos artículos dedicados a ello en nuestra revista). Pero resulta que ese arsenal del que se muestra tan absolutamente orgullosa, ese arsenal en el que se viene apoyando desde hace cien años cuando declaró la guerra a los microbios -guerra que el profesor Máximo Sandín califica sin circunloquios de autodestructiva- se ha utilizado para colmo de la manera más irresponsable, insensata y arrogante que nadie hubiera podido imaginar.

La propia OMS ha reconocido que «más de la mitad de los medicamentos se prescriben, dispensan o venden de forma inapropiada»; lo que implica efectos nocivos para el paciente además de un desperdicio de dinero. Ya en una nota informativa de mayo del 2010 afirmaba que «más del 50% de los países no aplican políticas básicas para fomentar el uso racional de medicamentos» agregando que «en los países en desarrollo la proporción de pacientes tratados de conformidad con directrices clínicas es inferior al 40% en el sector público y al 30% en el sector privado». Y ponía ejemplos concretos contundentes: «La proporción de niños con diarrea aguda que reciben rehidratación oral necesaria es inferior al 60% pero más del 40% reciben antibióticos innecesarios».

El lector se preguntará cómo es posible que esto esté sucediendo, cómo pueden los médicos comportarse de forma tan irresponsable en algo que precisamente constituye el núcleo básico de su quehacer profesional ya que de hecho la primera recomendación generalizada antes de utilizar un medicamento es la de “consulte a su médico”. Y la respuesta está en la base misma del funcionamiento de la profesión médica y del modelo global de Medicina que no sólo ha triunfado en el Occidente rico sino que se la impuesto en el resto del planeta con consecuencias catastróficas. Un modelo que ha vendado los ojos -y a veces anestesiado la conciencia- de profesionales bienintencionados pero capados para la crítica que ante un puñado de niños que simplemente necesita agua reaccionan atiborrándolos de medicamentos tóxicos a mayor beneficio de sus patrocinadores de la farmafia.

Lo chocante es que si se miran los documentos que la OMS publicó hace décadas puede comprobarse que se plantean los problemas en los mismos términos que en las revisiones realizadas posteriormente. Incluso en ocasiones los diagnósticos son mucho peores con el paso del tiempo. Lo que significa que los interminables documentos, guías, recomendaciones, estudios, comisiones y recursos que se han empleado en ello no han servido para avanzar un sólo milímetro en la solución de estos problemas. ¿Quiere ello decir que la OMS es incapaz de articular políticas sanitarias adecuadas, que no se le presta atención o que existen factores que impiden que estos problemas se planteen correctamente y se les dé solución? Pues por encima de todo eso lo que demuestra es al servicio de quién está la OMS; y no es precisamente al servicio de la salud y de la gente.

Aún así las recomendaciones recogidas en algunos de esos documentos dejan entrever el fondo del problema. Una de las comisiones encargadas de analizar el uso adecuado de los medicamentos recomendó por ejemplo «crear un órgano nacional multidisciplinario encargado de coordinar las políticas sobre el uso de los medicamentos y estudiar su incidencia» -¿interesa eso realmente? ¿a qué conclusiones llegarían esos mecanismos de vigilancia en cada país trabajando honestamente y sin interferencias de la industria?-, «imponer la formación médica continua en lugar de trabajo como requisito obligatorio para seguir ejerciendo la profesión» -¿cuántos médicos son conscientes de que los fundamentos científicos en los que se basan la Medicina y la Biología han experimentado cambios enormes y revolucionarios que han dejado obsoletas muchas de las teorías que defienden dogmáticamente?-, «ofrecer información independiente (incluidos datos comparativos) sobre los medicamentos» -el quid de la cuestión pues es algo que las multinacionales farmacéuticas no van a aceptar nunca ya que quieren controlar la información en exclusiva-, «fomentar la educación de la población en materia de medicamentos» -lo que implicaría en realidad explicar la inutilidad y el peligro de muchos- y «eliminar los incentivos económicos perversos que favorecen la prescripción irracional» -es decir, acabar con el alquiler o compra de la conciencia de numerosos médicos para que receten fármacos de manera tan masiva como injustificada, especialmente en España.

El Dr. Gérvas dedicó una de sus siempre atinadas reflexiones a este turbador problema: «El médico sabe a menudo que la efectividad de un fármaco es baja o nula pero como cree agradar así al paciente ejerce el poder de resolución que se le atribuye socialmente».Y añade poniendo el dedo en la llaga: «La formación continuada de los profesionales depende enteramente hoy de los representantes de la industria farmacéutica que, en general, favorece la opción del empleo progresivo de antibióticos nuevos más agresivos y más caros».Rematando su alegato con esta sorprendente declaración: «Los médicos suelen cambiar el diagnóstico cuando deciden emplear un antibiótico como si la amigdalitis o la bronquitis aguda justificaran más el uso de los antibióticos que la faringitis o el catarro». Es decir, que primero prescriben ¡y luego buscan un diagnóstico para justificar la prescripción! Y uno se pregunta: ¿se puede seguir llamando a eso “error”? ¿Se pueden considerar «errores» los millones de prescripciones inadecuadas que hacen cada año los médicos de todo el mundo? ¿No será más bien que el verdadero error es el planteamiento de fondo que lleva a esas prescripciones?

En definitiva, tanto la Organización Mundial de la Salud como el más humilde médico de familia sabe que actualmente los fármacos se utilizan mal. Y sin embargo ninguna voz se alza para cuestionar con rigor las raíces profundas de este problema que no es otro que la concepción errónea que de la salud y la enfermedad tiene -e impone- la gratuitamente llamada medicina «científica».

ANTIBIÓTICOS INESPERADOS

Y el problema lo agrava el hecho de que los antibióticos están llegándonos masivamente a todos ¡aunque hayamos decidido no ingerirlos! El ya citado Dr. Gérvas lo recordaba en un artículo: «Los antibióticos se han incorporado al arsenal terapéutico y alimentario empleado en la agricultura y la ganadería donde el control es todavía menor que en Medicina (…) No es raro utilizar antibióticos para fumigar campos o añadir 100 kilos por hectárea de piscifactoría salmonera». Y a ello debemos añadir su empleo en productos de limpieza ampliamente utilizados en los hogares (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el reportaje que con el título El peligro de los microbicidas publicamos en el nº 137).

Hoy se calcula que más del 70% de los antibióticos usados en Estados Unidos entran en los organismos de las personas al ingerir carne de pollo, cerdo y vaca. Un documento de recomendaciones elaborado en septiembre de 2010 por la Alianza para el uso prudente de los antibióticos en relación con la utilización de antibióticos como promotores del crecimiento en animales empezaba con estas palabras: «Los antibióticos promotores de crecimiento son particularmente problemáticos desde la perspectiva de las resistencias porque se utilizan sin prescripción veterinaria, se administran durante largos períodos de tiempo en concentraciones subterapéuticas y a manadas enteras de animales. Y esas condiciones favorecen la selección y extensión de bacterias resistentes a antibióticos entre los animales, el medio ambiente y los humanos». El documento, apoyándose en numerosos estudios y en la experiencia europea -donde el uso de antibióticos en la comida animal está prohibido desde 2006- aboga por eso por su prohibición o restricción y unas prácticas más saludables en la cría de animales.

Debemos finalmente considerar el factor mercado. El primer antibiótico -la penicilina- comenzó a comercializarse para uso humano en 1941 y cuatro años después la producción mundial era ya de 100.000 toneladas. En los años cincuenta se desarrollaría una segunda generación entre los que estaban el cloranfenicol y la terramicina, hacia 1960 se habían descubierto y sintetizado unos 500 antibióticos y apenas tres décadas después la cifra ascendía ya a ¡11.000! Explosiva tendencia que se invirtió en la década de los noventa del pasado siglo XX momento en que la industria farmacéutica dejó de desarrollar nuevos antibióticos. De hecho entre 2008 y 2012 únicamente se han aprobado dos nuevos antibióticos. ¿La razón? Que ya no resultan tan rentables. Poner un antibiótico en el mercado cuesta -según la industria- entre 900 y 1.200 millones de dólares. Y como todos empiezan a dejar de ser eficaces en muy pocos meses porque las bacterias pronto se vuelven resistentes a ellos no da tiempo a sacarles provecho económico. Así que la industria ha optado por centrarse en los que dan dinero. Que es lo que buscan.

QUÉ SOLUCIONES SE PROPONEN

Desde que en 1997 alertara de la gravedad del problema de la resistencia de los microbios a los fármacos la OMS ha emitido trece resoluciones proponiendo estrategias para afrontarlo. Creando multitud de grupos de trabajo en Estados Unidos, Europa y otros países así como organizaciones para la cooperación internacional; como el Trans Atlantic Task Force on Antimicrobial Resistance (TATFAR) –Grupo de Trabajo transatlántico sobre resistencias antimicrobianas- puesto en marcha en 2009 por acuerdo entre la Unión Europea y Estados Unidos. Habiéndose publicado miles de artículos científicos sobre el tema, cientos de documentos de sociedades profesionales y dedicando específicamente el Día Mundial de la Salud de 2011 a las resistencias antimicrobianas. ¿Con qué resultado? Pues con el de proponer tomar medidas para paliar una o varias de las cuatro causas que antes señalamos y buscar alternativas a los antibióticos. Y para concluir eso han necesitado años y cientos de millones de euros.

Todos los documentos repiten lo mismo: hay que potenciar el «uso racional de los antibióticos» -cuando en el 99% de las ocasiones su consumo no se justifica-, reducir o prohibir el uso de los antibióticos en los animales, impulsar campañas de prevención -que incluyen el desarrollo de vacunas supuestamente más efectivas y capaces de desarrollar anticuerpos más duraderos- y desarrollar la investigación y fabricación de nuevos antibióticos o, al menos -y esto nos lleva a la segunda estrategia-, de nuevas herramientas terapéuticas que puedan servir de alternativa.

Bueno, pues de modo sucinto podemos decir que las «alternativas» que vienen considerándose para complementar el uso de antibióticos se reducen a las bacteriocinas -un tipo de proteínas tóxicas fabricadas por las bacterias que inhiben el crecimiento en cepas vecinas-, losenzobióticos -enzimas asociadas a bacterias que se obtienen mediante la extracción del gen de los fagos y su clonación insertándolo en una bacteria para que se multiplique- y los bacteriófagos; éstos, descubiertos a raíz de la investigación con las anteriores, son considerados «virus que infectan bacterias» aunque el profesor Máximo Sandín tiene otra interpretación: «Lo que en realidad hacen es intercambiar ADN entre bacterias y controlar las poblaciones bacterianas; y son específicos para cada tipo de bacteria».Asegurando que la confusión radica en el hecho de que, bajo ciertas condiciones y para mantener un equilibrio adecuado, se inhibe la proliferación de determinadas bacterias.

Cabe mencionar finalmente una última -por el momento- línea de investigación: los péptidos (moléculas compuestas por varios aminoácidos); y es que ya se han identificado más de 800 con actividad antimicrobiana. Solo que -dejando aparte sus altísimos costes de producción- lo que la medicina oficial considera «antimicrobianos» son en realidad mecanismos de equilibrio natural que de ser fabricados y utilizados en masa podrían provocar otra situación imprevisible y potencialmente peligrosa.

Lo que ningún documento producido por las mencionadas instituciones menciona es la posibilidad de acudir a alguno de los numerosos productos vegetales, condimentos y alimentos utilizados tradicionalmente por sus propiedades para controlar microorganismos peligrosos sin efectos secundarios, sin alterar la flora bacteriana beneficiosa y con la ventaja adicional de ser baratos y fáciles de conseguir y utilizar: el ajo, la cebolla, el jengibre, la equinácea, el tomillo, el romero, la menta y la tila así como el própolis, la miel y algunas setas tan comunes como el champiñón o los níscalos.

Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿son idiotas nuestras autoridades sanitarias? Y la respuesta es obvia: no; son simplemente testaferros de la gran industria farmacéutica.

Para lo cual se sirven de una sencilla estrategia: meter miedo a la población haciéndole creer que toda infección bacteriana debe combatirse con antibióticos vendidos en las farmacias y que no hacer eso puede llevar a contagios masivos y hacerle asimismo creer que cuando alguien enferma la culpa es de unos microbios patógenos ajenos a él y no a que su organismo está desequilibrado por unos hábitos de salud perniciosos y un sistema inmune que no se debe hallar en las mejores condiciones.

Dicho lo cual al lector le extrañará ahora menos que le digamos que el virus MEV-1 de la antes citada película Contagio fue diseñado por Ian Lipkin, el virólogo que trabajo con el H1N1 -el virus de la Gripe A- y anteriormente con el virus al que se achaca el Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS) quien en una entrevista previa al estreno del film explicaría que su propósito era «educar y motivar a la gente», frase que en el contexto presente adquiere siniestras resonancias; más aún en boca de un científico que presume de identificar una media de cien virus nuevos al año y considera que la película ayuda a mostrar al público quiénes son los «verdaderos héroes»: los científicos. Y es que hay dotar a éstos de tal aureola para que la gente les haga caso a ciegas si un día salen pidiéndola que se vacune de algo o que ingiera determinado fármaco.

REPLANTEAMIENTO: ¡NO A LA GUERRA!

¿Cuál es entonces el secreto de las bacterias? Probablemente que tienen conciencia de grupo, de la necesidad primaria de cooperación y ayuda mutua. Una lección que los demás seres vivos deberíamos aprender.

En una serie de artículos divulgativos sobre el problema de las resistencias microbianas Miguel Vicente, profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y coordinador de un programa de la Comunidad de Madrid cuyo nombre habla por sí mismo: COMBACT: nuevas dianas para combatir a las bacterias patógenas- decidió echar mano de la conocida saga La guerra de las galaxias para trasladar una imagen más gráfica de los temas que desarrolla en su blog Esos pequeños bichitos. Utilizando el título del episodio I de la saga de George Lucas La amenaza fantasma para hablar de lo que son los microbios, el episodio II –El ataque de los clones– a la situación actual del problema de las resistencias microbianas y el dramático episodio III –La venganza de los Sith- a los peligros que nos acechan en el futuro debido a la multiplicación de esas resistencias. Y menciono la anécdota porque es un ejemplo claro de cómo el lenguaje bélico ha condicionado nuestra concepción de los microbios desde Pasteur hasta el punto de echar mano de un recurso tan impactante como la por otra parte magnífica saga galáctica- y situarlos así en el «lado oscuro». Lo paradójico es que precisamente uno de los elementos claves del universo imaginado por Lucas es el concepto de energía vital denominada en la saga «la Fuerza» cuya clave se desvela en un fragmento del episodio I en el que uno de los maestros Jedi explica a Anakin Skywalker qué son los «midiclorianos», seres microscópicos que viven en simbiosis con los humanos y que aportan la fuerza, la energía. Una explicación que ofrece pocas dudas de que Lucas no habla sino de las mitocondrias y los cloroplastos, es decir, de las antiguas bacterias integradas en las células animales y vegetales en el curso de una evolución en la que la clave ha sido la cooperación y no el enfrentamiento.

Finalizamos agregando que según un artículo publicado en 2006 en Journal of Industrial Microbiology & Biotechnology los antibióticos naturales en diluciones bajas no atacan a las bacterias, sólo ayudan a regular el metabolismo; cumplen funciones de modulación y regulación. En cambio cuando los antibióticos no se reproducen en condiciones naturales sino en las de un laboratorio para su producción industrial a gran escala y se introducen en el organismo en altas concentraciones en lugar de hacer eso lo que generan es un efecto claramente tóxico; por eso las bacterias del medio en el que se introducen terminan defendiéndose y generando «resistencias».

En suma, las bacterias no son patógenas en sí mismas, es el desequilibrio de nuestro organismo lo que las altera y provoca los distintos problemas de salud que se les achacan. Y basta recuperar el equilibrio para que el bienestar vuelva a nuestra vida consumiendo simplemente alimentos como los antes citados: ajo, cebolla, jengibre, equinácea, tomillo, romero, menta, tila, própolis, miel y algunas setas. No hay necesidad de usar antibióticos que lo que hacen es agredir a las bacterias que forman parte de nuestro organismo. Entenderlo es lo único que puede sacarnos del callejón sin salida en el que nos ha metido la actual Medicina destructiva que algunos autocalifican gratuitamente de «científica».

Jesús García Blanca

Este reportaje aparece en
150
Junio 2012
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