¿Son los antibióticos culpables de la actual pandemia de enfermedades mentales?

El espectacular aumento en la sociedad de “enfermedades mentales” coincide en el tiempo con la universalización de la ingesta de antibióticos. La industria alega que se trata de una mera coincidencia pero son ya muchos los expertos que explican que los antibióticos dañan la microbiota intestinal y que ésta está directamente relacionada con lo que acaece en el cerebro. Es más, numerosos ensayos de laboratorio y clínicos han demostrado que la eliminación por los antibióticos de bacterias intestinales benéficas disminuye la producción de neurotransmisores, hormonas y factores de crecimiento neuronales. De hecho afectan de forma sistémica a todo nuestro complejo celular ya que alteran la función de las mitocondrias. Lo explicamos en detalle.

antibióticos

Los antibióticos comenzaron a utilizarse de forma masiva por los aliados durante la II Guerra Mundial y su eficacia en casos graves hizo que al terminar la contienda numerosos laboratorios empezaran a desarrollar tanto antisépticos como antibióticos de todo tipo para las enfermedades infecciosas. Y el negocio se universalizó de tal modo que su producción mundial pasó de unas cien toneladas en 1950 a algo más de medio millón en 2016 (lo que equivale a una dosis diaria por cada 10 habitantes del planeta). Es más, en muchos países se emplean masivamente para tratar animales destinados al consumo. Y es que hace unas décadas fueron convertidos junto a las vacunas en banderas de la medicina convencional y paradigma de la curación de todo tipo de enfermedades mediante fármacos que iban a erradicar todas las patologías que asolan al ser humano.

Sin embargo bajo el ruido de las loas y los cánticos, detrás de los mensajes optimistas de un futuro mejor, bajo los cimientos de los nuevos y pulcros hospitales y los exuberantemente dotados centros de investigación empezaron a aparecer pequeñas grietas que con el paso de los años fueron creciendo y ensanchándose y hoy día comprometen la estabilidad de toda la estructura sanitaria.

Y eso que ya en 1982 los doctores de la Stanford University School of Medicine W. E. Hauser y J. S. Remington alertaron sobre el efecto perverso de los antibióticos en la respuesta inmune con un editorial publicado en el American Journal of Medicines -órgano oficial de la Alliance for Academic Internal Medicin- titulado Effect of Antibiotics on the Immune Response (El efecto de los antibióticos sobre la respuesta inmune) en el que ya advertían de que los antibióticos disminuyen la movilidad y efectividad de los linfocitos y su capacidad de fagocitosis.

Nadie hizo caso, los médicos empezaron a comprobar que con los años los antibióticos dejaban de ser eficaces y empezó a hablarse directamente de “resistencia a los antibióticos” por parte de los microbios. Hasta que en marzo de 2012 la entonces Directora General de la Organización Mundial de la Salud, Margaret Chan, reconoció que el mundo estaba a punto de entrar inevitablemente en una “era post-antibióticos” ya que la resistencia del organismo a ellos los estaba convirtiendo no ya en inútiles sino en peligrosos. Añadiendo sin tapujos que ello significaba “el fin de la era de la Medicina segura” (se explicó de forma amplia en el reportaje Advertencia de la OMS: los antibióticos serán pronto inútiles ante las infecciones aparecido en el nº 150 de la revista que puede leer en nuestra web: www.dsalud.com).

Pues bien, hoy empieza a admitirse ya -obviamente no por quienes están al servicio de la industria farmacéutica- que casi todas las enfermedades están relacionadas con desequilibrios en el microbioma intestinal; incluidas las mentales. Y de ahí que los métodos para reconstituir la microbiota hayan empezado a incluirse en los protocolos hospitalarios, especialmente en las enfermedades inflamatorias intestinales y en los casos de bacterias resistentes a los antibióticos.

Claro que la investigación biológica progresa mucho más rápido que la praxis médica porque mientras en los hospitales hay aún quien discute si un tratamiento con probióticos puede ser más eficaz que un antibiótico los centros de investigación de bioquímica y microbiología ya han constatado que permite resolver una amplia gama de dolencias. No solo las resultantes de fallos funcionales de órganos y tejidos sino de las catalogadas como mentales o nerviosas porque hay numerosas evidencias de que el microbioma afecta tanto a la fisiología celular como a la conducta y al carácter.

Recordemos en ese sentido que ya en el nº 198 de la revista -correspondiente a noviembre de 2016- hablamos por ello de psicobióticos en referencia a las relaciones de causalidad que se han detectado en el eje cerebro-intestinal, entre el equilibrio del microbioma intestinal y el del sistema nervioso central (en especial con el cerebro). Siendo ya numerosos los trabajos que investigan la relación entre determinadas especies de bacterias y problemas de conducta, inteligencia y memoria, incluidos el autismo, el alzheimer, la depresión, la ansiedad o los trastornos bipolar y obsesivo-compulsivo. Problemas que hoy los médicos tratan solo sintomáticamente con fármacos que inciden a nivel sináptico en los distintos neurotransmisores provocando en realidad más problemas de los que intenta paliar.

SOSPECHOSAS COINCIDENCIAS

 Afortunadamente la investigación ha continuado y ya se postula que los antibióticos pueden haber sido la principal causa del incremento de enfermedades tan aparentemente dispares y origen desconocido como el síndrome metabólico, la diabetes 2, el parkinson, el autismo o el alzheimer, entre muchas otras.

Veamos por ejemplo el caso del autismo. El término se acuñó en 1919 y hasta mediados del siglo XX era una enfermedad prácticamente desconocida; de hecho su sintomatología no se estableció oficialmente hasta que el Dr. L. Kanner describió once casos que publicó en 1943. A partir de 1960 los casos de autismo comenzaron sin embargo a aumentar rápidamente y si en Estados Unidos había entonces 1 caso por cada 10.000 nacimientos en 1990 era ya de 1 por cada 1.000 y actualmente de 1 por cada 200. Y no es un asunto aislado porque hoy son autistas 1 de cada 150 nacidos en Reino Unido y 1 de cada 141 en Suecia.

Pues bien, los casos de autismo -y los de otras muchas patologías, especialmente las intestinales y las mentales- coinciden en el tiempo con las vacunaciones masivas y el uso indiscriminado de antibióticos.

Algo que en el caso de los antibióticos ya explicamos en el artículo ¿Es la mala salud intestinal la causa del autismo y otras patologías neurológicas? que apareció en el nº 145.

Y es que la administración de antibióticos en los primeros años de vida, cuando el niño todavía no ha conformado su microbioma ni ha madurado su sistema inmunitario, es especialmente peligroso. A fin de cuentas las penicilinas eliminan la mayor parte de la flora intestinal benéfica favoreciendo la migración de patógenos (estreptococos, estafilococos y proteus) desde el colon hacia el intestino delgado. Y los demás antibióticos -como las tetraciclinas y los aminoglicósidos (gentamicinas y micinas)- favorecen la pervivencia de las especies y cepas patógenas más resistentes a los antibióticos; en especial a los mohos tipo cándida. Alteraciones de la flora intestinal infantil que se agravan con la introducción de los primeros cereales en la dieta de los bebés al contener gluten y otras gliadinas y péptidos que ni su microbioma intestinal ni su inmaduro sistema inmunitario son capaces de procesar.

Todo ello está constatado pero la industria decidió defender su negocio hablando de “distintos tipos” de autismo para que los datos estadísticos se diluyeran en un marasmo de nombres confusos de forma que los médicos actualmente no saben ya si un niño es autista, padece la enfermedad de Asperger o tiene “hipersensibilidad neuronal”.

LOS ANTIBIÓTICOS DESTRUYEN EL EQUILIBRIO DEL MICROBIOMA

 En 2014 el Dr. J. C. Rees -de la Curtin University de Perth (Australia)- publicó en Medical Hypotheses un artículo –Obsessive-compulsive disorder and gut microbiota dysregulation (El trastorno obsesivo-compulsivo y la desregulación de la microbiota intestinal)- en el que directamente postula que los antibióticos y el estrés pueden causar una disbiosis intestinal que lleve al desorden neuropsiquiátrico. Aseverando que si los estreptococos se multiplican es por ausencia de una flora intestinal benéfica que los controle. De hecho -para escándalo de neurólogos y psiquiatras- ¡propone tratar el desorden bipolar con probioticos!

Un año después -en 2015- un equipo de la Oregon State University coordinado por el Dr. A. Morgun publicó en Gut un artículo con el revelador título de Uncovering effects of antibiotics on the host and microbiota using transkingdom gene networks (Revelando los efectos de los antibióticos sobre la microbiota y el huésped utilizando las redes de comunicación genética entre los distintos reinos de seres vivos) según el cual la toma de antibióticos provoca la destrucción del equilibrio natural del microbioma intestinal y daña el epitelio como resultado de la actividad disruptiva sobre los genes de sus mitocondrias. Alterando ello tanto la absorción de nutrientes como la impermeabilidad intestinal al permitir el acceso de neurotoxinas al flujo sanguíneo.

Ese mismo año un equipo de la Universidad de Carolina del Norte (EEUU) coordinado por el doctor S. C. Kleiman constató que la composición bacteriana de las heces de quienes padecen anorexia nerviosa es significativamente distinta a la de las personas sanas y presenta menor diversidad por lo que también parece relacionarse con la disbiosis intestinal. Lo explicaron en un artículo aparecido en 2015 en Psychosomatic Medicine.

Y también en 2015 un equipo del University College Cork de Irlanda coordinado por el Dr. L. Desbonnet comprobó que administrar antibióticos a ratones jóvenes altera su microbiota intestinal dando ello lugar a una significativa reducción del factor neurotrófico BDNF en sus cerebros. Según explican se redujo la expresión de oxitocina y vasopresina, hormonas fundamentales para el desarrollo de la conducta social. Sus observaciones les llevarían a concluir que a pesar de estar dotados de un microbioma sano en la infancia un tratamiento con antibióticos disminuye lo suficiente el número y biodiversidad de la flora intestinal como para alterar las conductas en etapas jóvenes y contribuir al deterioro cognitivo. El trabajo se publicó en Brain Behaviour and Immunity.

Ya en 2016 un equipo de la Universidad de Helsinki (Finlandia) dirigido por A. Raevuori publicó en International Journal of Eating Disorders un trabajo sobre el seguimiento clínico durante 10 años de 1.592 pacientes del Helsinki University Central Hospital con conducta alimentaria compulsiva -bulimia y anorexia- concluyendo que sus trastornos se debían a un desequilibrio del microbioma intestinal provocado por la toma habitual y prolongada de antibióticos.

Ese mismo año y en la misma revista un equipo de investigadores del Inserm de Rouen (Francia) coordinado por el doctor J. Breton publicó un trabajo según el cual la cantidad en sangre de Proteasa B Caseinolítica (ClpB) -que producen enterobacterias como la E. coli– entre quienes padecen anorexia es muy elevada por lo que entienden que pueden ser las responsables de esa enfermedad al alterar el microbioma.

Un amplio grupo de investigadores de varios centros de estudios de Alemania y Estados Unidos coordinado por la Dra. Luisa Möhle -de la Universidad de Magdeburgo (Alemania)- realizó por su parte en 2016 una serie de ensayos murinos que constataron la dañina incidencia de los antibióticos en las enfermedades mentales al actuar negativamente sobre el eje intestinos-cerebro.

También en 2016 apareció en Clinical Therapeutics una revisión de todo lo publicado sobre el tema desde 1980 efectuada por la Dra. Anastasia I. Petra y sus colegas de la Tufts University School of Medicine de Boston (EEUU) y la Universidad de Atenas (Grecia) titulado Gut-Microbiota-Brain Axis and its Effect on Neuropsychiatric Disorders With Suspected Immune Dysregulation (El eje intestinos-microbiota-cerebro y sus efectos sobre los desórdenes neuropsiquiátricos debido a la sospechada desregulación del sistema inmune) en la que igualmente se admite que la toma de antibióticos afecta a la conducta, que puede estar relacionada con la aparición de desórdenes neurológicos y que el consumo de probióticos ayuda a restablecer el microbioma.

DISBIOSIS INTESTINAL Y PROBLEMAS MENTALES

 En enero de 2017 un equipo de la Universidad Rutgers de New Jersey (EEUU) dirigido por el Dr. R. Rieder publicó en Brain Behaviour and Immunity un artículo de síntesis titulado Microbes and mental health: A review (Microbios y salud mental: una revisión) según el cual la relación entre la disbiosis intestinal y la salud mental es clara. El trabajo se focalizó en la depresión y la ansiedad pero admiten que los antibióticos pueden ser un factor que influya en las patologías mentales y en tal caso podrían tratarse normalizando la flora intestinal con probióticos

En marzo de 2017 un grupo de investigadores canadienses de la McMaster University de Ontario (Canadá) coordinado por la doctora Giada De Palma publicaría en Science Translational Medicine un artículo titulado Transplantation of fecal microbiota from patients with irritable bowel syndrome alters gut function and behaviour in recipient mice (La transferencia de microbiota fecal de pacientes con síndrome de intestino irritable altera la función intestinal y la conducta de los ratones receptores) en el que sus autores comprobaron mediante ensayos con ratones estériles (sin microbiota) a los que trasplantaron heces de pacientes humanos con intestino irritable que contraían anomalías similares aumentando su permeabilidad intestinal y sufriendo ansiedad y depresión.

Y más reciente aún es el trabajo de un equipo de esa misma universidad coordinado por la Dra. Sophie Leclercq que administró penicilina a ratones recién nacidos o a sus madres gestantes comprobando que las alteraciones de su microbioma provocaban cambios en la bioquímica cerebral y en la barrera hematoencefálica. Los ratones se mostraron más agresivos y menos comunicativos que los de control pero lo más llamativo es que su conducta se modificó positivamente al suministrarles un probiótico: el Lactobacillus rhamnosus. A continuación trabajaron con ratones adultos estériles -carentes de microbiota intestinal- y pudieron comprobar lo que ya habían encontrado en investigaciones anteriores: sus cerebros carecían de neurogénesis y mostraban muy poca memoria y comportamientos anormales. Bastando para que se recuperaran rápidamente darles una dieta rica en probióticos. Posteriormente constatarían que los monocitos Ly6C desaparecen del cerebro cuando se daña la flora intestinal y se recuperan al reponerse el microbioma. Y el papel de esos monocitos es vital ya que en ratones tratados con anticuerpos inhibidores de los mismos también se observó disminución de la neurogénesis. En suma, es evidente que los antibióticos alteran el microbioma intestinal produciendo una disminución de los monocitos y un bloqueo de la neurogénesis, es decir, de la renovación de las neuronas. Y lo que es más importante: esas disfunciones desaparecen ingiriendo probióticos que restablezcan el microbioma intestinal. El artículo se publicó en abril de 2017 en Nature Communications con el título Low-dose penicillin in early life induces long-term changes in murine gut microbiota, brains citokines and behaviour (Dosis bajas de penicilina a edades tempranas provocan cambios duraderos en la microbiota intestinal murina, las citoquinas cerebrales y la conducta).

Agregaremos que también en 2017 un grupo de la Medical University of Graz (Austria) coordinado por la Dra. Esther E. Fröhlich publicó en Brain Behaviour and Immunity un trabajo con el título Cognitive impairment by antibiotic-induced gut dysbiosis: Analysis of gut microbiota-brain communication (Discapacidad cognitiva inducida por la disbiosis provocada por antibióticos. Análisis de la comunicación en el eje intestinos-microbiota-cerebro). En este caso los ratones fueron tratados con antibióticos -que les produjeron una disbiosis con desequilibrios en el tránsito intestinal y pérdida de memoria- y estudiados sus cerebros se pudo comprobar que habían sufrido una notable disminución de la síntesis de neurotrofinas BDNF así como de los transportadores de serotonina y neuropéptidos Y. De ahí que concluyan su trabajo diciendo: “Los metabolitos que circulan por la sangre y el sistema de neuropéptidos cerebrales juegan un importante papel en la discapacidad cognitiva y falta de regulación de las moléculas señalizadoras debido a la disbiosis provocada por los antibióticos”.

LOS ANTIBIÓTICOS DAÑAN LAS MITOCONDRIAS

 Y es que los antibióticos eliminan gran parte de las colonias de bacterias benéficas encargadas de mantener la homeostasis intestinal y ello facilita la multiplicación de virus, mohos y bacterias patógenas. Hecho fundamental para los expertos en biología evolutiva seguidores de las teorías simbiogenéticas de Lynn Margulis quienes mantienen que las mitocondrias de las células humanas son el resultado de millones de años de evolución y durante ese largo período las células incorporaron bacterias a su propio citoplasma porque ello les proporcionaba importantes ventajas evolutivas. Tal mecanismo se conoce como “endosimbiosis” y se ha demostrado en numerosos seres vivos. No olvidemos que las mitocondrias poseen sus propios ADN y RNA siendo capaces de sintetizar gran número de proteínas y que aunque solo representan el 1% del ADN humano sus funciones son tan vitales que sin ellas no podríamos vivir. De lo que cabe colegir que toda sustancia tóxica para las bacterias puede resultar también tóxica para las mitocondrias.

Así lo postula por ejemplo un equipo de la Ecole Polytécnique Fédérale de Laussanne (Suiza) coordinado por el Dr. Norman Moullan que para indagar esta posibilidad realizó varios ensayos in vitro tanto con plantas como con animales cuyo trabajo se publicó en 2016 en Cell con el título de Tetracyclines Disturb Mytochondrial Function across Eukaryotic Models: A Call for Caution in Biomedical Research (Las tetraciclinas afectan la función mitocondrial de los modelos eucariotas: una llamada a la prudencia en la investigación biomédica). El título del trabajo es significativo por sí mismo y sus autores concluyen afirmando en él que las tetraciclinas pueden alterar la expresión genética de las mitocondrias y como la principal función de éstas es proporcionar energía a las células su ingesta ralentiza la renovación celular.

CUIDADO CON LAS BENZODIACEPINAS Y LAS QUINOLONAS

El riesgo de contraer alzheimer es un 84% mayor entre quienes toman benzodiacepinas (Trankimazin, Lexatin, Librium, Orfidal, Valium…) durante más de 6 meses y de un 32% si se ingieren durante menos de tres. Así lo coligió tras comparar a 1.796 pacientes con alzheimer y 7.184 personas de similares edades y hábitos sin problemas mentales un equipo de médicos franceses y canadienses de distintas universidades y centros de investigación coordinados por la Dra. Sophie Billioti de Gage -de la Universidad de Burdeos (Francia)- cuyo trabajo se publicó en 2014 en el British Medical Journal con el título Benzodiazepine use and risk of Alzheimer disease: case control study (El uso de benzodiacepinas y el riesgo de contraer alzheimer: estudio de casos controlados). Lo que explica que la Asociación Americana de Geriatría desaconseje tomar benzodiacepinas a los mayores de 65 años. En España en cambio se consumen más benzodiacepinas por habitante que en Estados Unidos y cuatro veces más que en Alemania o Gran Bretaña. Lamentable.

En cuanto a las quinolonas o fluoroquinolonas debe saberse que no son sustancias naturales provenientes de hongos o mohos como la inmensa mayoría de los antibióticos sino sustancias sintéticas obtenidas en laboratorio de peligrosos efectos biológicos. Es un mero veneno cuyo uso en granjas de pollos se prohibió hace ya años en Estados Unidos, Australia y los países escandinavos al constatarse que aumenta la resistencia a los antibióticos transmitiendo el problema a quienes consumen su carne. Bueno, pues a pesar de ello muchos médicos irresponsables las prescriben como un antibiótico más a pesar de saberse que puede destruir los cartílagos y provocar mioclonos (convulsiones musculares localizadas), temblores nerviosos, convulsiones, psicosis, insomnio y, al parecer, delirios, neuropatías periféricas y fatiga crónica.

CONCLUSIONES

 En definitiva, de todo lo anteriormente dicho se infiere que los antibióticos dañan el microbioma intestinal al romper el equilibrio entre las diversas colonias de microbios y disminuir su biodiversidad dando ello lugar a cinco posibles consecuencias:

  1. La alteración del epitelio intestinal y de su mucosa lo que incrementa la permeabilidad permitiendo el paso de neuropéptidos tóxicos al torrente sanguíneo.
  2. La alteración de la producción bacteriana de neurotransmisores; como la serotonina, la oxitocina, el ácido gamma-aminobutírico (GABA) y otros
  3. La alteración de la producción de butiratos, fundamentales tanto para los cuerpos cetónicos que nutren las neuronas como para la generación de factores neurotróficos como el BDNF.

4) La potenciación del desarrollo de organismos patógenos resistentes a los antibióticos; no solo de bacterias -como la Clostridium difficile- sino de mohos -como las cándidas-, diversos parásitos generadores de neurotoxinas e incluso de citoquinas con capacidad de destruir neuronas. Y,

5) Dañar las mitocondrias de todas las células del organismo; muy especialmente las del sistema nervioso dando lugar a muchas de las llamadas patologías neurológicas.

Resumiendo, el consumo de antibióticos debería restringirse en todo el mundo de inmediato y usarse solo como solución extrema en casos de graves infecciones o como medida preventiva en casos de complejas intervenciones quirúrgicas. Muy especialmente en los casos de niños, embarazadas y personas mayores. Es mejor y más eficaz ingerir prebióticos y probióticos y seguir una dieta correcta.

 

Paula M. Mirre

Este reportaje aparece en
DSALUD 207
207
Septiembre 2017
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