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Cáncer: qué es y qué
lo causa (XXXIV)
FACTORES DE TRANSFERENCIA PARA AFRONTAR EL CÁNCER
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La respuesta al cáncer está probablemente
en el propio sistema inmune, entrenado desde hace millones de
años para afrontar cualquier enfermedad. Una capacidad que se
transmite a través de los denominados factores de transferencia
presentes en el calostro de la leche materna y que son los que
permiten al recién nacido afrontar un entorno adverso precisamente
cuando es más débil. Pues bien, dos corrientes científicas están
trabajando con ellos como herramienta en el tratamiento del
cáncer y otras patologías. La más consolidada científicamente
es la que los obtiene de los glóbulos blancos de la sangre y
cuenta ya con experiencia clínica positiva en pacientes de cáncer.
A ella se une la prometedora investigación de ciertos laboratorios
nutricionales que apuestan por obtener los factores de transferencia
del calostro de la leche de vaca.
La
gran mayoría de los tratamientos alternativos y complementarios
contra el cáncer presentados por esta revista en los últimos meses
tienen un factor común: afrontan la enfermedad mediante el uso
de sustancias o procedimientos encaminados a potenciar el sistema
inmune y mejorar así su rendimiento frente a las células tumorales
con un coste físico y anímico infinitamente menor del que suponen
la quimioterapia y la radioterapia. Porque todos ellos podrían
considerarse bazas del sistema inmune en la lucha contra el cáncer.
Que el sistema inmunitario permite no sólo afrontar cualquier
patología sino en muchos casos prevenirlas lo sabemos desde que
se descubrió que podemos inmunizarnos mediante el uso de vacunas.
Fue en 1776 cuando un médico inglés llamado Edward Jenner administró
la primera: contra la viruela. Jenner había observado que las
amas de cría que se contagiaban de la viruela de las vacas -que
no causa problemas de salud importantes- parecían quedar protegidas
ante la viruela humana -normalmente mortal-. Y para comprobar
si era así el 14 de mayo de 1796 inoculó en el cuerpo de un niño
llamado James Phipps pus procedente de la pústula de una
mujer infectada con la viruela de la vaca. El 1 de junio, una
vez el muchacho se recuperó de la infección, Jenner le inocularía
la viruela humana. Y como esperaba, el muchacho nunca desarrolló
la enfermedad. Jenner denominaría a su técnica "vacunación",
término que deriva precisamente de la palabra latina "vacca".
Es decir, que sin tener ni idea de cómo ocurría -la primera referencia
a la existencia de los virus la hizo el botánico Dimitri Ivanovsky
casi un siglo después, en 1892- Edward Jenner había dado los primeros
pasos en el ámbito de la Inmunoterapia descubriendo una manera
eficaz de impedir a las personas desarrollar enfermedades serias.
Curiosamente la conexión entre el cáncer y el sistema inmune se
descubriría dos años antes -en 1890- cuando aún se ignoraban sus
complicados mecanismos de funcionamiento. Ese año el médico neoyorquino
William B. Coley se había quedado intrigado ante la desaparición
de tumores malignos en pacientes de cáncer que habían contraído
infecciones estreptocócicas agudas y sospechando que la respuesta
natural del organismo a la infección bacteriana podía ser la responsable
de la regresión del tumor decidió realizar un experimento e inyectó
estreptococos vivos en un paciente con un cáncer inoperable para
ver si el tumor remitía. Pues bien, tras tres cultivos bacterianos...
el cuarto ¡produjo la desaparición completa del tumor!
Coley continuó su investigación hasta desarrollar una mezcla de
bacterias muertas -que acabó siendo conocida como "las toxinas
de Coley"- y trató, junto a otros médicos, a más de 1.000
enfermos de cáncer con ellas. Obteniendo un éxito desigual. Así
que como los resultados eran imprevisibles el método terapéutico
terminaría cayendo en el olvido.
Ya en 1909 un científico llamado Paul Ehrlich afirmó por
primera vez que la incidencia del cáncer sería mucho mayor si
no fuera por la vigilancia del sistema inmune, capaz de eliminar
e identificar las células tumorales recién divididas. Con lo que
ya entonces puso a nuestro sistema de defensa en el centro del
control del crecimiento tumoral. Aproximadamente 50 años después
dos científicos -Lewis Thomas y Frank MacFarlane Burnet-
retomarían la convicción de Paul Ehrlich y comunicaron que un
tipo especial de célula inmunitaria -la "célula T"- era el pivote
central de la respuesta del sistema inmune contra el cáncer. Ello
llevó a la acuñación de la expresión "vigilancia inmune" para
describir la actitud permanente de alerta del sistema inmunitario
contra las células cancerosas. Sin embargo, esa afirmación generó
una notable polémica que continuaría hasta la publicación el 26
de abril del 2001 de una investigación en la revista Nature
titulada "IFN-gamma y los linfocitos previenen el desarrollo
del tumor primario y configuran la inmunogenicidad del tumor".
El artículo estaba escrito por Robert D. Schreiber y sus
colegas de la Washington University School of Medicine
de St. Louis en colaboración con Lloyd J. Old -médico del
Ludwig Institute for Cancer Research y del Memorial
Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York-. La evidencia
experimental presentada en el documento demostró inequívocamente
que el sistema inmune impide a los tumores desarrollarse -y a
menudo incluso que aparezcan- jugando pues un importante papel
protector frente al cáncer.
Como era de prever hoy son cada vez más los científicos que estudian
la relación entre el sistema inmune y las células tumorales. Estando
entre las estrategias más usadas actualmente dentro del amplio
campo experimental de la Inmunoterapia la inmunización de pacientes
con material diseñado para provocar una respuesta capaz de eliminar
o retardar el crecimiento tumoral. En este grupo cabría incluir
los trabajos con antígenos tumorales ya que la identificación
de genes que codifican la formación de cadenas peptídicas en la
superficie celular de los tumores y que pueden ser reconocidas
por las células T proporcionan la base teórica para su funcionamiento.
A diferencia de la mayoría de las vacunas empleadas con los agentes
infecciosos la Inmunoterapia antitumoral activaría la respuesta
inmune contra ciertos antígenos a los cuales ya ha sido expuesto
anteriormente. Por esa razón la vacunación con antígenos que expresen
proteínas y péptidos tumorales podría mejorar la eficacia de nuestro
sistema inmune contra los procesos tumorales. Recordemos, en este
sentido, las vacunas con antígenos de la orina elaboradas por
el doctor mexicano Salvador Capistrán (vea lo publicado al
respecto en el apartado "Cáncer"
de nuestra web).
Bueno, pues a esa línea de investigación corresponden los
trabajos realizados con los factores de transferencia de los que
vamos a hablar y que pueden ser genéricos o específicos para cada
patología.
LA
"MEMORIA" DEL SISTEMA INMUNE
En 1949 el doctor H. Sherwood Lawrence
usó extractos de leucocitos o glóbulos blancos para demostrar
que la respuesta inmune se transfiere de un humano que da positivo
a la exposición a un antígeno específico a un receptor que da
negativo... a través de pequeñas proteínas a las que llamó factores
de transferencia. La irritación superficial (la respuesta
positiva) en el sujeto que previamente no había manifestado ninguna
respuesta del sistema inmune ante el antígeno específico demostraba
que ésta sí estaba teniendo lugar y que el sistema inmune había
adquirido a través del factor de transferencia conocimiento sobre
el antígeno específico. Lo importante de la investigación de Lawrence
fue que demostró que la "memoria inmune" era transmitida sin necesidad
de inocular anticuerpos reales. Bastaba con los factores de
transferencia, proteínas de bajo peso molecular.
Por supuesto, todavía hay quienes niegan hoy la realidad de los
factores de transferencia. Aunque no es, desde luego, el
caso de quienes trabajan con ellos. Como el doctor Sergio Estrada
-investigador del Departamento de Inmunología de la Escuela
Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional
de México y miembro de la Sociedad Mexicana de Inmunología-
quien trabaja desde hace ya 30 años con los factores de crecimiento.
"Nadie creyó a Lawrence al principio -nos diría el doctor
Estrada- y todavía hay mucha gente que no quiere creer, ni
quiere saber nada del Factor de Transferencia. Pero se convencen
cuando empiezan a tratar a los pacientes con el producto".
Llegados a este punto hay que explicar que los factores de
transferencia son cadenas peptídicas compuestas de decenas
de aminoácidos que parecen almacenar toda la experiencia del sistema
inmune. El gran salto intelectual es entender que los factores
de transferencia no transfieren anticuerpos ni los crean directamente
sino que su función es la de educar, enseñar a las células
del sistema inmune a reconocer antígenos específicos que pudieran
pasarles inadvertidos. Por eso es por lo que probablemente la
medicina alopática tiene problemas para admitir su existencia
y sus posibilidades terapéuticas. Se trata, en suma, de una visión
completamente distinta de los modelos farmacológicos normales.
Cabe añadir que los factores de transferencia no curan
nada sino que trabajan para hacer al sistema inmune "más inteligente",
para que sea el propio organismo el que pueda eliminar la enfermedad.
Son pues vitales en el desarrollo de las estrategias del sistema
inmune contra la enfermedad y los gérmenes invasores. Y son además
inmunomoduladores ya que no fuerzan una respuesta global sino
específica y adecuada a cada ocasión.
Para entender su funcionamiento puede decirse que es como si los
factores de transferencia almacenaran "fotografías químicas"
de los virus, bacterias, hongos y parásitos con los que estuvieron
en contacto en el propio organismo o en el de otros y transmiten
esa información a las células encargadas de combatir la enfermedad
en el organismo donde son introducidos.
Y sus posibilidades son casi infinitas a juzgar por las declaraciones
efectuadas por el doctor Estrada: "Los factores de transferencia
son útiles en las enfermedades producidas por bacterias, virus,
levaduras y hongos. Es el caso de enfermedades tan distintas como
la tuberculosis (meningeal, renal y cutánea), la lepra, la coccidioidomicosis,
la diabetes tipo II, las dolencias renales, la otitis, el herpes
Zoster y simple, la hepatitis B, la toxoplasmosis, la leishmaniosi,
el asma, la dermatitis atópica, la rinitis, la artritis reumatoide,
la psoriasis, la esclerosis múltiple o el sjogren, entre otras
muchas. Y lo mismo cabe decir en los casos de cáncer de riñón
y próstata así como en melanomas y linfomas."
LOS
FACTORES DE TRANSFERENCIA EN SANGRE
¿Y dónde obtener los factores de transferencia?
El doctor Estrada ha centrado su trabajo en la obtención de los
mismos a partir de la sangre. "Se obtienen -nos explicaría-
rompiendo los glóbulos blancos o leucocitos de la sangre y metiendo
lo obtenido en una bolsa de diálisis con una malla muy fina que
sólo permite la salida de moléculas muy pequeñas -de 10 kilodaltones
o menores- por lo que no pueden pasar virus, bacterias u hongos.
Pues bien, el extracto de leucocitos obtenido contiene un factor
capaz de transmitir la respuesta inmune positiva del donante al
organismo receptor. Tal es el factor de transferencia y tiene
una actividad terapéutica extraordinaria, innegable".
Sergio Estrada reconoce que cuando comenzó a trabajar con los
factores de transferencia lo hizo de forma muy escéptica
porque no se sabía qué eran aunque fuera muy consciente de su
actividad terapéutica. De ahí que fuera utilizándolos cada vez
en más enfermedades con la tranquilidad de saber que se trata
de un material inocuo.
En cuanto al proceso de obtención Estrada lo fue depurando hasta
pasar de factores de transferencia genéricos obtenidos
a partir de la sangre de 1.000 pacientes sanos a factores de
transferencia más específicos que, eso sí, precisan de procesos
más complejos. "Ya existen -nos diría- moléculas bien
definidas que transfieren la inmunidad específica. Son moléculas
que tienen un peso molecular de cinco mil daltones o cinco kilodaltones
(Kda). Y cada una de ellas es específica para un microorganismo
o para un antígeno diferente. Eso nos asegura el éxito de la terapia
en enfermedades infecciosas. Hay que dar a los pacientes el factor
específico para cada padecimiento si bien hay padecimientos que
son prácticamente universales como el herpes Zoster que proviene
de una complicación de la varicela. Pero es el mismo virus. Bueno,
pues cuando de niños pillamos la varicela la pasamos sin complicaciones
y además nos deja una inmunidad sólida que se va reforzando cada
vez que tenemos nuevos encuentros con el virus de la varicela.
De tal manera que los jóvenes en México, que son los que donan
sangre, tienen casi todos inmunidad a la varicela. También por
eso es un éxito el tratamiento con factor de transferencia en
el herpes Zoster. No hay nada que se le compare. Hoy el tratamiento
médico habitual para esta dolencia es el 'aciclovir' pero le aseguro
que el factor de transferencia es mucho mejor. En un estudio que
hicimos a doble ciego y que se publicó en el 'Journal of Inmunofarmacology'
los pacientes tratados con el factor de transferencia dejaban
de tener dolor a los diez días mientras los tratados con aciclovir
padecían aún fuertes dolores a los 22. Lo que demuestra, de forma
estrictamente estadística, que es mucho mejor el factor de transferencia
en este padecimiento".
LOS
FACTORES DE TRANSFERENCIA EN EL TRATAMIENTO DEL CÁNCER
Los éxitos obtenidos por Sergio Estrada llevarían
a un amigo suyo, el doctor Abelardo Monges Nicolau -especialista
en Oncología del Hospital Mocel-, a probar los factores
de transferencia en pacientes de cáncer. Algo que viene haciendo
desde hace ya diez años. "La verdad es que estoy impresionado
con los resultados -nos confesó-. Básicamente los utilizo
como método coadyuvante de la quimioterapia y debo decir que la
expectativa de vida -en todo tipo de cánceres y metástasis- es
muy superior a la obtenida con la simple aplicación de los métodos
convencionales". A pesar de lo cual la falta de fondos -mal
al parecer estructural en México donde hemos visto prometedoras
investigaciones que no ven nunca la luz por falta de apoyo económico-
ha imposibilitado hasta el momento -así nos lo confesaría Monges-
la realización de los caros estudios exigidos para la obtención
del reconocimiento oficial.
El doctor Estrada nos aseguraría, por su parte, que en países
como China los factores de transferencia son ampliamente
utilizados para combatir enfermedades virales como las hepatitis
B y C que pueden ocasionar hepatocarcinomas o cirrosis. En ese
país el porcentaje de personas con el virus de la hepatitis que
no presentan sintomatología es muy alto lo que sugiere que su
sistema inmune es capaz de detener la acción del virus. Por eso
con la sangre de esas personas se hace un extracto dializable
de glóbulos blancos que se administra a los niños como "vacuna"
con el propósito de que no desarrollen la hepatitis aún cuando
se infecten con el virus. También se utilizan en Cuba, Eslovaquia
e Italia con un costo muy por debajo del que requiere, por ejemplo,
el tratamiento con interferón.
Y esa es su tercera ventaja: es fácil de obtener, no tiene efectos
secundarios y su costo de producción es muy bajo en comparación
con otros productos como los interferones y las interleuquinas.
Lo que claramente beneficiaría a los enfermos, especialmente en
el Tercer Mundo. "Para el tratamiento de un linfoma -afirma
Estrada- las células B tienen en su superficie un grupo químico
que se llama CD20 y hay un anticuerpo monoclonal capaz de adherirse
a él que permite eliminar las células cancerosas. El problema
es que cada inyección cuesta 1.800 euros y se requieren varias
por lo que muchos pacientes no puedan terminar el tratamiento.
Las nuevas terapias puede por tanto que sean mejores pero cada
vez son más caras e inaccesibles. En cambio, el factor de transferencia
es un inmunomodulador al alcance de todo el mundo, mucho más fácil
de preparar y extraordinariamente más barato".
EL
CALOSTRO
La otra línea de investigación -encabezada
por grandes laboratorios especializados en complementos nutricionales-
sostiene que los factores de transferencia es posible obtenerlos
también del calostro de la leche -tanto humana como animal-, muy
rica en proteínas, entre ellas todas las inmunoglobulinas (anticuerpos
que defienden el organismo contra las infecciones). Y es que parece
claro que la memoria inmune le llega al recién nacido a través
del calostro, la primera leche que obtiene del pecho de la madre.
Hoy sabemos que durante el último trimestre de la gestación la
glándula mamaria acumula una sustancia llamada precalostro formada
principalmente por exudado de plasma, células, inmunoglobulinas,
lactoferrina, seroalbúmina, sodio, cloro y una pequeña cantidad
de lactosa. Más tarde, en los cuatro primeros días posteriores
al parto, se produce el calostro, un fluido amarillento y espeso
de alta densidad y escaso volumen. Entre 2 y 20 ml por toma, suficiente
para satisfacer las necesidades del recién nacido. Y eso que el
calostro tiene menos contenido energético, lactosa, lípidos, glucosa,
urea, vitaminas hidrosolubles, PTH y nucleótidos que la leche
madura. Sin embargo, contiene más proteínas, ácido siálico, vitaminas
liposolubles E, A, K y carotenos. El contenido en minerales como
sodio, zinc, hierro, azufre, selenio, manganeso y potasio también
es superior en el calostro. Pero, sobre todo, el calostro tiene
un contenido muy elevado de inmunoglobulinas, especialmente IgA,
lactoferrina, linfocitos y macrófagos, oligosacáridos, citoquinas
y otros agentes defensivos que protegen a los recién nacidos de
los gérmenes ambientales y favorecen la maduración de su sistema
de defensa. Contiene además enzimas intestinales que ayudan en
la digestión (la lactasa y otras enzimas intestinales están inmaduras
en el recién nacido). Sus abundantes inmunoglobulinas cubren el
endotelio del tubo digestivo evitando la adherencia de los patógenos,
facilita la colonización del tracto intestinal por lactobacilos
bífidus y contiene antioxidantes que le protegen del daño oxidativo.
De todo ello se deduce la importancia fundamental que tiene para
un recién nacido empezar su vida tomando el calostro de su madre.
Estudios realizados en animales sugieren asimismo que la lactoferrina
-una de las proteínas principales encontradas en el calostro-
puede ayudar a prevenir o reducir los cánceres de colon, vejiga,
lengua, esófago y pulmón así como la formación de metástasis de
pulmón. Los mecanismos subyacentes están bajo estudio pero parecen
estar relacionados con la capacidad de la lactoferrina para mejorar
el funcionamiento del sistema inmune. Cabe agregar que el ácido
linoleico conjugado y otras grasas encontradas en el calostro
también han mostrado propiedades anticancerígenas.
No es de extrañar pues que volviendo a los comienzos de la inmunología
haya quien haya vuelto la mirada a las vacas -que hasta la aparición
del llamado "mal de las vacas locas" era un animal preparado para
resistir un gran número de microorganismos- a fin de intentar
aprovechar las ventajas de su calostro. De hecho, su aprovechamiento
no es nuevo. En la India, durante miles de años, los médicos ayurvédicos
documentaron los beneficios para la salud del calostro. Y en los
países escandinavos se ha hecho durante centenares de años un
delicioso puding de calostro cubierto de miel para celebrar el
nacimiento de terneros. Incluso fue utilizado en Estados Unidos
como antibiótico hasta el descubrimiento de la penicilina.
En suma, numerosas investigaciones han confirmado en los últimos
años la posibilidad de beneficiarse del calostro animal -principalmente
de las vacas- para reforzar el sistema inmune. Y de ahí que haya
muchos complementos nutricionales que hoy lo contienen.
Ahora bien, hubo alguien que llegó aún más lejos y se planteó
que ni siquiera la gran cantidad de sustancias del calostro era
suficiente para justificar el salto cualitativo que se da en el
sistema inmune del bebé. Que faltaba saber cómo sin traspasar
anticuerpos la madre transmite la memoria inmune a su hijo. Y
de nuevo los factores de transferencia de Lawrence fueron
la respuesta. Con lo que investigadores y laboratorios se apresuraron
a extraer calostro de las vacas, hicieron una intensa filtración
molecular y terminaron encontrando una molécula muy pequeña: el
factor de transferencia. Y se decidieron a comercializarlos como
complementos nutricionales de consumo oral.
PRUEBAS
AMERICANAS Y RUSAS
Debemos añadir que una de las investigaciones
más interesantes sobre la capacidad de estos productos fue la
dirigida por el doctor Darryl See quien fuera director
del Institute of Longevity Medicine de California y que
trabajó en distintas ocasiones para Upjohn, Pfizer, Harvard
y el Departamento de Defensa norteamericano. En la
actualidad dirige una clínica en la que aplica los factores
de transferencia a los pacientes de cáncer. El estudio tenía
por fin determinar los efectos anticancerígenos "in vitro" de
dos productos de la empresa 4Life. Y su conclusión no pudo
ser mas clara. "Ambos productos -afirmó- inducen la
destrucción de las células eritroleucémicas K562 a un nivel desconocido
en la experiencia del director de la investigación y en la literatura
médica conocida. Dado que la función de las denominadas células
asesinas naturales es crucial para terminar con las células cancerígenas
estos productos son candidatos ideales para formar parte de una
terapia adyuvante en casos de cáncer. Además las células asesinas
naturales forman una primera línea de defensa contra las infecciones
de virus y otros microorganismos".
Darryl See publicaría en febrero de 1999 una investigación en
el Journal of the American Nutraceutical Association en
el que estudiaba la capacidad de 196 productos naturales y no
tóxicos para aumentar la actividad de las células asesinas naturales.
Pues bien, algunos productos aumentaron su actividad en un 48'6%
pero el factor de transferencia obtenido del calostro lo hizo
en un 103%. Además, cuando el factor de transferencia fue combinado
con una serie de agentes tímicos -los beta-glucanos de fuentes
múltiples, Acemanano e IP6- el resultado fue un incremento sinergístico
de la actividad de las células asesinas naturales del 248%. Esta
combinación de factor de transferencia calostral, factores tímicos
y extractos de polisacáridos biológicamente activos es el producto
más activo probado hasta la fecha.
En una tercera etapa Darryl See realizó un estudio "in vivo" para
lo que seleccionó veinte pacientes -12 hombres y 8 mujeres- que
padecían cánceres en fases III y IV. Su media de edad era de 49,3
años y todos ellos habían sido enviados por sus oncólogos a morir
a casa. La esperanza media de vida que tenían era de 3'7 meses.
Pues bien, el protocolo consistió en dar a cada paciente 9 cápsulas
diarias de factores de transferencia. Y ocho meses después
¡16 de ellos aún vivían! Unos habían mejorado, otros estaban estabilizados
y en algunos el cáncer ¡estaba remitiendo! Se constató también
que el número de células asesinas naturales había aumentado -de
media- ¡en un 400%!
En la misma línea de intentar confirmar la capacidad de los factores
de transferencia comercializados por 4Life los doctores
Calvin McCausland y Emma Oganova diseñaron un estudio
para probar su influencia en la actividad de las células asesinas
naturales. También el doctor Anatoli Vorobiev -de la Academia
Rusa de Ciencias Médicas- dirigió un equipo en pruebas independientes.
Pues bien, utilizando pruebas de citotoxicidad a doble ciego se
combinaron células cancerígenas con células asesinas naturales
de humanos y se dividieron entre grupos de células asesinas naturales
activadas con factores de transferencia y grupos de células
asesinas naturales no activadas. Los resultados demostraron concluyentemente
la capacidad de los factores de transferencia para reforzar
la actividad de las células asesinas naturales en un 283% e, incluso,
en el caso del producto más avanzado en un extraordinario 437%,
por encima de toda respuesta inmunitaria normal (respuesta establecida
como línea de base de este estudio). Además los resultados de
este experimento científico demostraron que las células asesinas
naturales activadas con factores de transferencia mataban
el 99% de las células cancerígenas lo que superaba la capacidad
de defensa natural del cuerpo.
Los científicos rusos, ante resultados tan excepcionales, solicitaron
de inmediato mayor información sobre las muestras aportadas. "La
muestra de 4Life (compuesto Transfer Factor E-XF) potenció la
actividad de las células asesinas naturales más que el fármaco
Interleucina-2 (IL2) utilizado de manera estándar. Aquí denominamos
ahora a su muestra 'la interleucina de oro'", transmitiría
el doctor Kisielevsky -miembro de la Academia Rusa de
Ciencias Médicas- al laboratorio.
De hecho, los resultados han sido tan extraordinarios que en diciembre
pasado -según asevera la empresa 4Life- el Ministerio de
Salud ruso aprobó el uso de sus factores de transferencia como
moduladores inmunitarios en hospitales y clínicas de la federación.
Los resultados de los diez ensayos clínicos y dos estudios experimentales
efectuados sobre estos productos quedaron plasmados en el documento
metodológico aprobado por el ministerio que permite a los doctores
utilizarlos en su práctica clínica.
Evidentemente queda mucho por avanzar en el campo de la Inmunoterapia
y de los factores de transferencia -genéricos o específicos-
pero se obtengan de la sangre o del calostro están demostrando
ser unas prometedoras herramientas terapéuticas -más que contrastadas
después de 30 años de experiencia- en multitud de patologías,
entre ellas el cáncer. Aunque hasta ahora se hayan venido utilizando
básicamente como compensadores del destrozo causado por la quimioterapia.
Antonio F. Muro
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