La Ingeniería Genética no tiene base biológica

Que la oposición a los alimentos transgénicos ha crecido en todo el mundo por los enormes riesgos para la salud y el medio ambiente de su consumo es bien conocido. Lo que no lo es tanto es que las llamadas “terapias génicas” y otras promesas de la Biotecnología tampoco están ofreciendo los resultados anunciados. Es más, empieza a plantearse seriamente que están detrás de muchas deformaciones, retrasos en el crecimiento, daños en el sistema inmune y patologías degenerativas –cáncer incluido- entre otros problemas de salud y medioambientales. De hecho ha dado lugar a lo que ya se denomina Nueva Biología, disciplina que reniega de los obsoletos conceptos mecanicistas y para la cual la Ingeniería Genética no solo está condenada al fracaso sino que representa un enorme peligro para el futuro de la humanidad.

“Mi generación, o quizás la que me precede, ha sido la primera que ha librado, bajo el liderazgo de las ciencias exactas, una batalla destructiva y colonial contra la Naturaleza. El futuro nos maldecirá por ello”.
(Erwin Chargaff)

El 17 de septiembre de 1999 un joven estadounidense de 18 años llamado Jesse Gelsinger murió tras recibir una infusión que contenía un adenovirus genéticamente alterado en el curso de un experimento realizado por la Universidad de Pennsylvania (EEUU). A las dieciocho horas aparecieron alteraciones mentales e ictericia y posteriormente inflamación sistémica, coagulación intravascular múltiple, síndrome de distrés respiratorio agudo y fallos en varios órganos y sistemas. Y a las 98 horas moría de una “reacción inmune fulminante” según determinó la autopsia.

Unos meses después aparecería en el Washington Post un estudio que desvelaría importantes deficiencias en el ensayo realizado que obligaría a intervenir a la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA por sus siglas en inglés) y a los Institutos Nacionales de Salud (NIH por sus siglas en inglés) teniendo el caso una amplia difusión al considerarse la primera muerte debida a un experimento con terapia génica.

Inicialmente se pensó que se trataba de un caso puntual y excepcional provocado por un descuido o, quizás, un problema de incompetencia pero resultó que no era así en absoluto. De hecho en enero de 2000 el propio Washington Post desvelaría que en un hospital de Boston vinculado a la Universidad de Harvard había muerto una mujer de 74 años -en julio de 1998, un año pues antes que Jesse- tras recibir células alteradas genéticamente y pocos meses después otros dos pacientes del mismo estudio. Solo que aquello no era más que la punta del iceberg y finalmente se sabría la auténtica envergadura del oscurantismo que rodea a los experimentos con terapia génica. Hoy se sabe que los investigadores estadounidenses habían ocultado ¡el 94% de sus fracasos! Según el prestigioso periódico norteamericano de los 691 experimentos con terapia génica que habían fracasado solo se informó a los NIH -a pesar de la obligación legal de hacerlo- de 39.

Pues bien, tales muertes constituyen solo el aspecto más dramático de las consecuencias que están teniendo las múltiples aplicaciones de algo que sus defensores llaman Ingeniería Genética, denominación que produce la impresión de que se trata de una aplicación técnica controlada cuyos logros dependerán en todo caso de los avances tecnológicos pertinentes. Y nada más alejado de la realidad. La verdad es que los presupuestos teóricos en los que se basa esa presunta “ingeniería” y su concepción de la Biología se han visto superados en los últimos cuarenta años por la investigación de base así que aunque continúen estudiándose en escuelas y universidades por motivos extra-científicos los biólogos honestos e independientes los consideran erróneos y, por tanto, obsoletos. Y ello implica que cualquier aplicación técnica que se apoye en tales errores supone un grave peligro para la humanidad por mucho que beneficie al puñado de multinacionales que hoy domina la economía mundial.

Lo singular es que la evidencia es abrumadora y está publicada a disposición de los investigadores, las empresas y las instituciones por lo que mantener esas aplicaciones fraudulentas no puede sino considerarse un crimen que justifica plenamente las declaraciones de Erwin Chargaff -pionero de la investigación que llevó al descubrimiento del ADN- con las que iniciamos este reportaje. Pero examinemos con detalle esos fundamentos incorrectos y lo desvelado por la actual investigación en Biología.

los ORÍGENES: darwin contra lamarck

Aunque los neodarwinistas han conseguido una especie de lavado de cerebro global en escuelas y universidades de modo que relacionamos inmediatamente la idea de evolución con Charles Darwin y cualquier cuestionamiento resulta inmediatamente calificado de “creacionista” lo rigurosamente cierto es que la primera teoría integral de la evolución se debe a Jean-Baptiste-Pierre-Antoine de Monet -conocido como Caballero de Lamarck-, naturalista francés que vivió entre 1774 y 1829 -murió pues cuando Darwin contaba 20 años- y modernizó la clasificación taxonómica, describió nuevas especies y fue quien acuñó el término “biología”. De hecho ya en 1809 publicó su Filosofía Zoológica, libro en el que expuso su teoría sobre el cambio orgánico que posteriormente se ha conocido como lamarckismo y que propone la existencia de dos fuerzas responsables de los cambios evolutivos: la tendencia hacia el progreso desde formas sencillas a complejas y la adaptación al ambiente. Unas ideas de que las que se apropiaría Darwin -y más exactamente aún los darwinistas- caricaturizándolas para postular una evolución de las especies a la medida de sus retrógradas convicciones proponiendo como motores de la misma el azar y la selección natural; entendiendo por esta última “la ley del más fuerte”, idea extraída en realidad de la Economía y aplicada a la Naturaleza. De hecho el conocido profesor Haughton definiría en su autobiografía la supuesta “aportación” de Darwin con estas despectivas palabras: “Todo lo que había de nuevo en ella era falso; y todo lo que había de cierto era antiguo”.

En suma, esa errónea base de la Biología -que, como decimos, continúa en los libros de institutos y universidades frenando el progreso científico y lastrando la capacidad de nuestros estudiantes para desarrollar nuevas ideas y comprender mejor la naturaleza- es la que daría lugar a la actual Síntesis Moderna que combina las ideas darwinistas con el trabajo de Gregor Mendel constituyendo el origen del movimiento eugenista que aboga por “mejorar” la raza humana utilizando los medios que sean precisos; incluyendo el exterminio de las “razas inferiores”. Algo que pronto asumieron ideólogos de la Economía al servicio de los ricos -que por supuesto pertenecen a las razas “superiores”- como Adam Smith y Herbert Spencer.

Ejemplo revelador de por dónde iban los derroteros ideológicos de los darwinistas lo tenemos en esta declaración del propio Darwin en su libro El origen del hombre: “Llegará un día -por cierto no muy lejano- en que de aquí a allá se cuenten por miles los años en que las razas humanas civilizadas habrán exterminado y reemplazado a todas las salvajes esparcidas por el mundo”.

LAS TRAMPAS DE MENDEL

¿Y qué decir de las famosas Leyes de Mendel presuntamente desarrolladas a partir de unos experimentos con guisantes efectuados en1866 de los que se habla en todas las enciclopedias y libros de texto? Porque hoy sabemos que tales “leyes” las inventó en realidad Thomas Hunt Morgan en 1916 con el propósito de utilizarlas como argumento retórico contra sus oponentes en una discusión sobre trasmisión de genes sin contaminar. De hecho las revisiones de los cuadernos de trabajo de Gregor Johann Mendel han permitido constatar que como el 95% de sus observaciones no encajaban con el modelo estático que pretendía imponer ¡las dejó de lado! De hecho ya en 1936 se publicó en Annals of Science un artículo detallado explicando que “los datos de la mayoría de sus experimentos -si no de todos- fueron manipulados para que coincidieran fielmente con las previsiones”.

Según la doctora Mae Wan Ho los resultados obtenidos por Mendel se deben a que utilizó un conjunto muy restringido de caracteres observados durante un número limitado también de generaciones en condiciones ambientales constantes; y añade: “Existían muchos caracteres que no encajaban con el prolijo modelo de la herencia mendeliana así que Mendel se centró solo en los que encajaban; por tanto la teoría resultante solo puede ofrecer, en el mejor de los casos, una descripción muy parcial e idealizada de la herencia”.

Sin embargo la concepción de la vida que se desprendía de las “ocurrencias” de Darwin y de las “trampas” de Mendel llevó a una concepción similar de cada ser vivo -y, por extensión, de la salud y de la medicina- que se impuso definitivamente tras el descubrimiento de la llamada “Doble Hélice”, es decir, de la molécula denominada Ácido DesoxirriboNucleico (ADN) en la que supuestamente se encuentra algo así como el manual de instrucciones de la vida y cuya estructura fue descrita por James Watson y Francis Crick en 1953 lanzando la investigación por un camino mecanicista centrado en el núcleo de la célula y olvidando tanto la enorme complejidad de ésta como del entorno.

En la década de los setenta del pasado siglo XX una serie de investigadores retomó sin embargo la visión de Lamarck comenzando a estudiar las relaciones de la célula con el entorno así como de los componentes de la propia célula entre sí sentando las bases de lo que ha dado en llamarse Epigenética. La diferencia básica y crucial entre estos dos enfoques consiste en que el antiguo contemplaba la célula como una máquina y el genoma como un conjunto de piezas fijos e inamovibles localizado en el núcleo de la célula mientras la Epigenética considera la célula un organismo vivo en permanente movimiento e interrelacionado con su entorno y el genoma como un conjunto de elementos móviles y cambiantes distribuidos en diferentes partes de la célula. Un abismo de conocimiento separa pues el genoma “mecánico” del genoma “fluido”; el mismo abismo que separa las máquinas de los seres vivos. Veámoslo más en detalle.

de la genética mecanicista a la epigenética

Según la versión mecanicista -especialmente desde Watson y Crick- la información genética es una larguísima cadena de bloques contenida en el núcleo de cada célula compuesta de cuatro elementos o bases llamados nucleótidos –Adenina (A), Timina (T), Guanina (G) y Citosina (C)- que se unen para formar “palabras” del mensaje genético y sirven para producir los aminoácidos que forman las proteínas. Podemos imaginar el ADN como una escalera de caracol retorcida donde el fosfato y el azúcar serían las barandillas y las bases unidas los peldaños; bases que se unen entre sí siguiendo unas reglas fijas ya que la A sólo se une con la T y la G sólo con la C.

En suma, según esta concepción cada fragmento del mensaje genético está -por así decirlo- escrito en un lenguaje que todos los seres vivos -en cualquier circunstancia- van a “leer” del mismo modo y, por tanto, entenderlo y ejecutarlo de igual forma. Y sin embargo las investigaciones más recientes demuestran que no es así, que seres vivos distintos leen de modo distinto la misma información. Es decir, el “lenguaje” que trasmite la información genética no es universal. Más aún: un mismo ser vivo puede hacer dos lecturas distintas en dos situaciones diferentes.

La genética mecanicista considera además que sólo un uno y medio por ciento del ADN es útil y denomina al resto -literalmente- “genoma basura”. Y eso porque están convencidos de que únicamente en ese uno y medio por ciento se encuentran los genes que codifican y forman las proteínas. En pocas palabras, tan “sesudos” investigadores postulan que la naturaleza se ha dedicado durante millones de años a perfeccionar una molécula ¡de la que el 98,5% no serviría para nada! Estando la parte “útil” del ADN formada por entre 20.000 y 25.000 genes según calcularon los científicos del llamado Proyecto Genoma Humano que lo secuenció durante 13 años (entre 1990 y 2003). Siendo esos genes los que producirían determinadas proteínas -siempre las mismas- con características determinadas. Mecanismo para producir proteínas que sería pues lineal: ADN→ARN→Proteína. Es decir, el ADN genera una molécula-mensajera denominada ARN que hace que se unan los aminoácidos que dan lugar a las proteínas.

Pues bien, para empezar lo que se ha presentado como “borrador del mapa genético” es en realidad una serie de pequeños trozos de información clonados y pegados uno tras otro. Y no podría ser de otro modo puesto que si la información cambia constantemente es imposible presentar un mapa fijo de un fragmento grande y menos aún de la totalidad. Emilio Cervantes, biólogo del Instituto de Recursos Naturales y Agrobiología de Salamanca (España) adscrito al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) afirma al respecto en su blog: “No sólo no se ha secuenciado ningún genoma eucariótico completo sino que se sabe muy bien que existen secuencias que eluden los programas de secuenciación de genomas y cuando aparecen son ignoradas o evitadas”.

HACIA UNA VISIÓN DINÁMICA Y ECOLÓGICA

Ya en la década de los cincuenta del pasado siglo XX la genetista estadounidense Barbara McClintock estudió la estructura del genoma descubriendo que hay trozos de información móviles capaces de “saltar” de un lugar a otro del ADN: los llamados transposones y retrotransposones. Un descubrimiento sorprendente que marcaría un hito fundamental en la visión de la genética por el que sin embargo tardaron ¡treinta años! en darle el Premio Nobel (lo recibiría en 1983). Seymour Benzer, por su parte, constataría ya en 1962 que el gen ¡no es una unidad indivisible! Y desde entonces numerosos hallazgos han fulminado aún más la concepción mecanicista de la Genética… y de la Biología en general.

En suma, a partir de esos y otros muchos trabajos la visión lineal y simplista de la Genética no ha cesado de cuestionarse corroborándose la gran complejidad de “lo viviente”. Algo que hoy únicamente puede entenderse desde una perspectiva vital y no desde los estrechos presupuestos del mecanicismo.

Es lo que hace la Epigenética que, como ya hemos adelantado, estudia tanto la interrelación de todos los elementos de la célula como de ésta con su entorno inmediato, el matrix extracelular. Lo que incluye los cambios celulares, tisulares y orgánicos que provocan lo emocional, lo mental y lo espiritual. Todo lo cual forma a su vez parte de ecosistemas cada vez más grandes que llegan no ya hasta el ecosistema global del planeta sino del propio universo.

Lo singular es que ya en los años setenta se comenzaron a observar fenómenos que ponían en duda la linealidad ADN→ARN→Proteína. Y es que se constató que la información puede hacer ¡el camino opuesto! Y que el mismo trozo de ADN puede formar proteínas diferentes dependiendo de las necesidades de la célula. Y que ésta puede producir proteínas para las que en principio no tiene el correspondiente ADN. Y que las mitocondrias tienen su propio genoma independiente, con un código diferente, aunque más desprotegido que el del núcleo…

En definitiva, desde el mismo momento en que comenzó a desarrollarse la denominada Ingeniería Genética empezaron a derrumbarse los cimientos de la Biología en la que se apoyaba. De hecho hoy los descubrimientos han ido muy lejos. El profesor Máximo Sandín cita en su artículo La transformación de la evolución algunos de los más importantes:

1) Miles de moléculas de ARN originadas en elementos móviles y en virus endógenos integrados en el genoma controlan la expresión de los genes codificadores de proteínas y las interacciones ADN-ARN, ADN-ADN y ADN-proteínas mediante complejos procesos que incluyen la metilación, la transfección, el imprinting, el ARN de transferencia, la co-supresión y el silenciamiento transgénico.

2) Las poblaciones de microARNs son específicas de cada tipo de célula y tejido -en cada momento- y constituyen una red de control y comunicación que incluye procesos de transcripción y regulación a distintos niveles así como mecanismos de respuesta al ambiente mediante procesos epigenéticos de silenciamiento o activación y control del desarrollo embrionario.

Algo que la doctora Mae Wang Ho expresa por su parte de este modo: “La nueva clave de la organización de la vida, en lugar de la determinación genética en un solo sentido, es la intercomunicación no lineal y multidimensional. Suponer otra cosa ante la irrefutable cantidad de evidencias existente, tal y como hacen los ingenieros genéticos, es la esencia de la mala ciencia. E implica someter a la sociedad a riesgos inaceptables”.

un proyecto rompedor

Y es que mientras el Proyecto Genoma parecía dar carta de autoridad a la visión estática del ADN el reciente Proyecto ENCODE muestra un mundo muy diferente. Como se sabe, 442 científicos han estudiado durante diez años 147 tipos diferentes de células humanas mediante 24 experimentos que han mostrado con un detalle extraordinario el funcionamiento del genoma y cuyos resultados han comenzado a publicarse. Inicialmente treinta artículos aparecidos en diferentes revistas científicas tan rupturistas que a sus propios autores les cuesta trabajo liberarse de sus prejuicios para asumir las conclusiones que de ellos se desprenden. En cualquier caso lo más importante es que el ENCODE está avalando la visión dinámica que preside los descubrimientos de los últimos treinta años. Para empezar, el propio concepto de “gen” de la genética mecanicista deja de tener sentido desde el momento en que los elementos que actúan para fabricar las proteínas no conforman una estructura fija sino que están dispersos por todo el genoma, en permanente movimiento e influidos por el entorno; además resulta que el genoma absurdamente calificado de “basura” tiene funciones determinantes de coordinación de esos elementos dispersos.

Lo explica el profesor Sandín: “Lo que se consideraban ‘genes’ no son entidades individuales sino fragmentos de ADN dispersos por el genoma sin significado concreto; es decir, no serían ‘palabras’ sino algo así como ‘sílabas’ sin sentido. Y es la parte no codificante del genoma que se había calificado como ‘basura’ o ‘ADN egoísta’ la que regula a distancia estas sílabas para producir ‘palabras’ con sentido, la que decide cómo se combinan las sílabas y dónde y cuándo se expresan; y esta expresión está condicionada por el metabolismo celular y depende por tanto del ambiente externo”. Demoledoras palabras.

Por su parte, el doctor Thierry Vrain -exbiólogo del suelo y científico genético que durante treinta años trabajó para el Ministerio de Agricultura canadiense y que cambió su posición sobre los transgénicos al conocer la evidencia de sus peligros- comenta en una entrevista publicada en octubre de 2013 en Common Ground: “Hemos descubierto que el genoma de todo organismo vivo es un ecosistema mucho más complejo en el que el 95% del ADN regula al otro 5% que codifica las proteínas. El resto no tenemos ni idea de cómo funciona”.

Y he aquí otra descripción bien gráfica de la doctora Mae Wang Ho: “La nueva genética es algo emocionante, completamente diferente de la vieja y obsoleta genética que fue la que motivó la ingeniería genética y la modificación genética. Ha dado la vuelta a la genética convencional. En lugar de fluir la información del ADN hacia el medio ambiente lo que en realidad existe es una retroalimentación circular entre el medio ambiente y la experiencia de los organismos que determina lo que debe o no expresarse; incluso cambiando los genes mismos. Llamo a esto modificación genética natural y se realiza con delicadeza y precisión sin dañar el genoma. Por el contrario, la modificación genética artificial es imprecisa, incontrolable y puede dañar el genoma al ser sus efectos totalmente imprevisibles”.

Más aún, cuando se mira la célula como algo integrado en una compleja red de interrelaciones se entiende que la noción mecanicista de un gen inalterable es incompatible con la vida y con la evolución. Los genes tienen forzosamente que ser móviles y fluidos porque es la única forma de mantener su estabilidad y poder reaccionar ante los desafíos del medio. Los biólogos modernos están de hecho cada vez más seguros de que es la fluidez del genoma el sistema regulador que permite la ingeniería natural de la que depende la vida.

QUÉ ES LA INGENIERÍA GENÉTICA

La ingeniería es un conjunto de técnicas que aplica conocimientos científicos a la solución de problemas prácticos de la vida cotidiana; luego se basa en la ciencia y se apoya en sus hallazgos para transformarlos en aplicaciones prácticas. Algo que conlleva una enorme responsabilidad y exige rigor en los datos de partida así como las comprobaciones necesarias que eviten daños a la población cuando se trata de obras o artilugios que puedan provocarlos. Ahora bien, ¿y cuál es la base teórica de la ingeniería genética? Pues según el profesor Sandín “en realidad no es una ingeniería porque su base teórica no es que sea inexacta o incompleta: sencillamente es inexistente”.

Se supone que la Ingeniería Genética consiste en insertar información genética -trozos de ADN- de una célula vegetal o animal en otra, bien para corregir defectos genéticos, bien para crear nuevas especies o fabricar compuestos inexistentes. Como se supone que el primer organismo que se obtuvo combinando trozos de ADN se obtuvo en 1973 siendo eso lo que llevaría a que se fundase en Estados Unidos -en 1977- la primera empresa de Ingeniería Genética: Genentech. Algo para lo cual se utilizan dos métodos: añadir a un ADN una secuencia modificada utilizando para trasportarla una molécula -como un virus- o impregnar con material genético microesferas de metal que luego se disparan para que atraviesen las membranas celulares. Y ninguno de ellos tiene la menor garantía de control.

Ahora bien, más allá de los problemas -de todo tipo- que plantean estas técnicas la cuestión clave es que se basan en tres premisas que no se cumplen en absoluto. Y es que ni el lenguaje genético es universal, ni la información se encuentra solo en el núcleo celular, ni ésta se halla en un gen fijo que ocupa un lugar determinado. Y de ahí las nefastas consecuencias que estas técnicas están teniendo para la salud, la agricultura y el medio ambiente.

El biólogo y profesor de la Universidad de Washington Barry Commoner publicó en febrero de 2002 en Harper´s Magazine un significativo artículo titulado Desvelando el mito del ADN: la fundación ilegítima de la ingeniería genética en el que asevera: “El dogma central de la Genética es la base científica sobre la que se sustenta la creencia de que cada año miles de millones de plantas transgénicas crecerán con la expectativa de que, en cada una de ellas, el gen extraño particular será fielmente replicado en cada una de las miles de millones de divisiones celulares que tienen lugar a medida que cada planta se desarrolla; que en cada una de las células resultantes el gen extraño codificará sólo una proteína con exactamente la misma secuencia de aminoácidos que codifica en su organismo original; y que a lo largo de esta saga biológica, a pesar de la presencia extraña, el complementario natural del ADN de la planta se replicará a sí mismo sin ningún cambio anormal en la composición. En una planta no modificada ordinaria la exactitud de este proceso genético natural es el resultado de la compatibilidad entre su sistema de genes y sus igualmente necesarios sistemas mediados por proteínas. Relación armoniosa entre esos dos sistemas que se desarrolla durante su cohabitación en la misma especie a lo largo de prolongados periodos evolutivos durante los cuales la selección natural elimina las variantes incompatibles. En otras palabras, dentro de una misma especie la exactitud de un resultado adecuado del complejo proceso molecular que da lugar a la herencia de características determinadas está garantizado por muchos miles de años de puesta a prueba en la naturaleza”.

terapia génica

En cuanto a la salud se refiere la llamada “terapia génica” consiste básicamente en insertar genes en el genoma de un paciente con el objetivo de curarlo al considerar que, o bien le faltan, o bien los tiene defectuosos. Pudiéndose incluso actuar en las células adultas para modificar su genoma o bien en las germinales implicadas en la formación de óvulos y espermatozoides para modificar su dotación genética y que éstas trasmitan dichos cambios a la descendencia. Intervenciones que pueden hacerse directamente en el organismo -in vivo- o extrayendo células del paciente para cultivarlas junto al gen que se pretende insertar e introducir luego éstas en el cuerpo.

Es decir, el supuesto básico de la terapia génica es que algunas enfermedades se producen porque faltan determinados genes o están alterados. Y dicho así parece simple y sencillo pero ése es precisamente el problema: si algo puede decirse con rotundidad sobre la vida, su origen, desarrollo y funcionamiento es que está dominada por la complejidad.

Así lo reconoce de hecho Roderic Guigo, uno de los investigadores españoles que ha participado en el Proyecto ENCODE: “No esperábamos un grado tan alto de complejidad”. Y eso que ya en 1986 muchos investigadores advirtieron de ello. Fue el caso del veterano biólogo estadounidense Darrel Falk, profesor de Biología de la Universidad de Point Loma de California (EEUU), quien en un artículo titulado ¿Qué es un gen? decía: “El gen no es concreto, ni continuo, ni tiene una localización constante, ni una función definida; ni siquiera secuencias constantes ni fronteras claras”. Luego, ¿cómo pretenden hacernos creer los defensores de la ingeniería genética que pueden introducir o cambiar lo que ellos llaman “genes” en esas condiciones? Y no hablamos solo de las inimaginables dificultades para controlar procesos desarrollados durante miles de millones de años por la naturaleza sino del simple hecho de que ¡no es posible insertar o sustituir algo que, como hemos explicado, no tiene entidad fija!

John Hodgson comentaría por eso en 1995 -en el nº 13 de Biotechnology- al hablar de los más de cien ensayos realizados entre 1990 y 1995 con terapia génica lo siguiente: “No mucho de lo ensayado funciona”. A lo que Andy Coghland añadiría en el New Scientist del 25 de noviembre de ese mismo año: “Se trató a cientos de personas con terapia génica… y ninguna resultó curada. ¿No es tiempo de que los investigadores vuelvan al laboratorio?”. No es pues de extrañar que Harold Varmus, Director de los NIH, organismo que se gastó doscientos millones de dólares anuales en programas de terapia génica, reconociera ante un Comité del Congreso en mayo de 1995 que “aunque existen varios informes convincentes sobre la transferencia y expresión de genes aún hay poca o ninguna evidencia del beneficio terapéutico en pacientes; ni siquiera en modelos animales”.

En suma, la denominada terapia génica viene a ser algo así como intentar reparar con los ojos cerrados un ordenador que jamás hemos visto y cuyas piezas no tenemos idea de para qué sirven; con la dificultad añadida de que a cada instante alguien las cambia de lugar y modifica sus funciones. ¿Cómo va a extrañar por tanto que esté dando lugar a las graves consecuencias que poco a poco se van conociendo a pesar de los intentos de ocultamiento?

En suma, además de las implicaciones éticas relacionadas con las prácticas eugenésicas, el control de la reproducción y la constante utilización de embriones y seres humanos existen gravísimos peligros para la salud humana y animal. La alteración artificial de genomas virales y bacterianos supone introducir desequilibrios en la compleja red autorregulada de la vida habiendo riesgo de severas reacciones inmunológicas debidas a los vectores utilizados (virus, adenovirus, retrovirus y proteínas virales varias) así como de desarrollar nuevos virus -recombinando sus genomas- que alteren los ya existentes en la naturaleza, algo de consecuencias imprevisibles.

El desafío de la bioética

En suma, es hora de recurrir a la Bioética, disciplina que nació y se desarrolló ante la urgente necesidad de tener que tomar decisiones sobre las aplicaciones científicas en el ámbito de la salud y la vida. Sabiendo, eso sí, que en la práctica las decisiones importantes que toman los Consejos de Bioética están hoy influidas por determinados grupos de poder que controlan las instituciones y los usan para amortiguar las advertencias de los sectores críticos a fin de evitar que en la sociedad se genere desconfianza hacia la tecnología o aumente su preocupación por el medio ambiente y la salud. La Bioética se halla pues ante un desafío, el de recuperar su papel de ámbito de reflexión previo al discurso científico, el de actuar como una herramienta que se aplique a las producciones científicas pero también al proceso mismo de elaboración de los llamados avances tecnológicos. Así que antes de preguntarse hasta dónde debe dejarse actuar a la ciencia habrá que valorar la influencia de esos grupos de poder que han llevado a que un reducido grupo de científicos se auto-arrogue la representación de la “comunidad científica” adjudicándose en exclusiva la decisión de lo que es ortodoxo, de definir el discurso oficial de la Ciencia, de acallar a todo posible “hereje” y de conseguir la aceptación acrítica de todo lo que postulan. Es hora, en suma, de dar a conocer a la sociedad las opiniones críticas que hasta hoy se le han escamoteado, desvirtuado o -gratuitamente- descalificado.

Jesús García Blanca
Recuadro:


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Internet:

-Web de Máximo Sandín: www.somosbacteriasyvirus.com

-Web del Institute of Science in Society donde trabaja Mae Wang Ho: www.i-sis.org.uk

Blog de Emilio Cervantes: www.madridmasd.org/blogs/biologia_pensamiento/author/pensdamiento

Noticias: noticiasdeabajo.wordpress.com

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Abril 2014
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