Las claves de la enfermedad

¿Es posible que la mayor parte de nuestras “enfermedades” no sean sino “reactivaciones” de traumas que –aunque no los recordemos– sufrimos durante el tiempo en que permanecimos en  el vientre materno o durante los primeros años de vida? Así lo afirmaba al menos Joaquín Grau, autor de una revolucionaria técnica terapéutica que permite viajar mentalmente al pasado, bucear en el subconsciente y encontrar y vivenciar de nuevo –con toda su carga emocional–  los episodios traumáticos que nos llevan luego de adultos a enfermar a fin de disolverlos y curarnos. Pues bien, con motivo de la publicación de la extensa y documentada obra en la que se recogía su trabajo –Tratado teórico-práctico de Anatheóresis– nuestro director le  entrevistaría a fondo siendo publicada la conversación en el medio que entonces dirigía y luego en el número 2 de esta revista –hace pues 15 años–, texto que por su interés volvemos ahora a publicar tal cual salió en homenaje a su persona con motivo de su  fallecimiento el pasado 31 de enero ya que no ha perdido en absoluto actualidad.

Cuando Joaquín Grau me pidió que leyera su último libro no pude sospechar ni por asomo el enorme alcance de su obra. Cierto es que hace unos años yo mismo había asistido en calidad de alumno a sus cursos ‑reciclaje incluido en el bellísimo pueblo griego de Monemvasia a donde nos llevó a estudiar‑ y que le presioné muchas veces para que dejara reflejado por escrito todo el conocimiento acumulado con sus experiencias terapéuticas pero no es menos cierto que he quedado perplejo con su lectura. Y es que en el breve espacio de dos años Joaquín Grau no se ha limitado a plasmar sus experiencias y a explicar la terapia y sus fundamentos sino que ha cimentado y estructurado un auténtico corpus doctrinal, sólido, apoyado por abundante casuística y con una metodología impecable. Una obra que tiene el fundamento suficiente como para producir un cataclismo mundial en el ámbito de la Salud y que por ello mismo va a provocar reacciones probablemente virulentas. Aún sorprendido se lo dije sin rodeos cuando me entrevisté con él:

‑¿Eres consciente de que tu libro agrieta los cimientos del edificio científico que sustenta el actual paradigma de la Medicina y que si lo que afirmas es cierto hay que replantearse, entre otras muchas cosas, todo lo que se refiere al diagnóstico y tratamiento de los enfermos?

‑Soy consciente. Pero mi tesis responde al axioma comúnmente aceptado de que no existen enfermedades sino enfermos y de que la inmensa mayoría de éstas responden a problemas que tienen su origen en uno mismo. El cuerpo se limita a somatizar el problema. La diferencia es que yo he constatado después de 30 años de experiencia clínica que la mayor parte de las enfermedades ‑si no todas‑ son actualizaciones de daños originados cuando el ser humano aún no ha alcanzado los 7 a 12 años; depende de cada caso porque no todo el mundo madura a la misma edad. Y cuanto afirmo puede ser fácilmente contrastado con la práctica clínica.

‑Me temo que vas a recibir una respuesta gélida cuando no un ataque virulento por gran parte de la clase médica convencional…

‑Sé que mis explicaciones serán negadas -si no ignoradas- por aquellos científicos -cada vez menos afortunadamente- que siguen encerrados en la seguridad de las murallas que un día levantaron Newton y Descartes. Comprendo ese miedo -que no es sólo paradigmático sino también biológico- porque mi terapia ahonda hasta alcanzar los más escondidos y dolorosos estratos de la psique. Sé que no he diseñado sólo una terapia más sino que explico también que existe otra forma de percibir el mundo y la vida, otra forma de ser y de estar.

‑¿Y cómo surgió esa nueva visión?

‑La comprensión y valoración de que existen distintas formas de percibir -de ver y sentir la realidad- es el fruto de una constante investigación que inicié en l960 y eclosionó a principios de la década de los ochenta cuando llegué a la evidencia de que utilizando unos determinados estados de conciencia, distintos del de vigilia, así como una dialéctica apropiada a esos estados era posible obtener una metodología regresiva altamente terapéutica. Porque la Anatheóresis, nombre con el que la he bautizado, no es una terapia fundamentada en los procesos de percepción del hemisferio cerebral izquierdo -que es el plano de conciencia que utiliza nuestra ciencia mecanicista- sino que tiene sus fundamentos y su justificación en los procesos de percepción del hemisferio cerebral derecho, acausal e interiorizador, que es el que realmente metaboliza el conocimiento.

¿Y por qué el término de Anatheóresis?

‑Para diferenciarlo de las distintas técnicas hipnóticas y regresivas. ¿Y por qué?, te dirás. Pues porque la terapia anatheorética es mucho más que todo eso, es todo un cuerpo doctrinal científico basado en la experiencia clínica, no en digresiones mentales, y no incluye creencias ni doctrinas. La Anatheóresis es ciencia. Y si bien es cierto que utilizo en algunos casos una estrategia basada en vidas anteriores ello tiene una razón puramente escenográfica, no doctrinal.

‑En cualquier caso utilizas en ella técnicas de relajación, ¿Cuál es pues la diferencia básica con la hipnosis y la sofrosis?

‑Ya en 1878 el gran neurólogo Jean Martin Charcot explicó que hay distintos grados de hipnosis y que cada uno de ellos se traduce en una forma de percibir la realidad y, en consecuencia, de reaccionar ante los estímulos. Por tanto es un problema de gradación pero la relajación es hipnosis, como hipnosis es también la sofronización; lo que las distingue es sólo el grado de profundidad hipnótica. Y la diferencia básica con la hipnosis profunda es que en ésta el paciente pierde la conciencia -que es sólo un estado de amnesia- mientras que en la relajación y en la sofrosis no ocurre así y el paciente permanece consciente. En Anatheóresis además se le lleva siempre a un ritmo cerebral determinado, a 4 Hz de frecuencia, en el umbral de la pérdida de consciencia pero evitando que ésta se produzca.

‑¿Y por qué realizar la terapia exactamente a esa frecuencia y no a otra?

‑Porque mis investigaciones experimentales me llevaron a comprobar con los años que el ritmo de 4 Hz es la llave que abre la cámara acorazada del hemisferio cerebral derecho y permite vivenciar y diluir los daños acumulados a lo largo de la etapa de gestación, nacimiento y primeros años de vida de todo ser humano. Constatando además que es sumamente fácil llevar a un paciente a esos 4 Hz, que basta casi una simple relajación profunda.

Y te diré que cuando descubrí ‑hace ya más de veinte años‑ la forma de inducir a un paciente a 4 Hz sin que se durmiera varios científicos convencionales me dijeron que eso era imposible ya que esa frecuencia reproducía el estado hipnagógico y ello suponía entrar inevitablemente en el estado de sueño fisiológico. Ha habido que esperar a que la tecnología pusiera a punto sofisticados electroestimuladores para que la neurociencia descubriera que, en efecto, estar con altos trenes de ondas theta básicas no supone necesariamente entrar en el sueño así como para descubrir que ésa es la frecuencia cerebral que mejor permite revivir acontecimientos de la infancia e, incluso, anteriores. En suma, que hoy la neurociencia ha corroborado lo que hace veinte años venía diciendo. En fin, más vale tarde que nunca.

‑Tu método terapéutico descansa pues, entre otros pilares, en inducir en los pacientes ese estado de relajación profunda.

-Exacto; pero eso sólo en cuanto al tipo de inducción hipnótica que la Anatheóresis utiliza porque no hay que olvidar todo el cuerpo doctrinal ‑teórico y práctico‑ que hay en ella.

‑Y cuando hablas de «daños», ¿a qué te refieres exactamente? Sé que utilizas en el libro una terminología muy explícita pero no quisiera transmitir demasiados tecnicismos a los lectores en un artículo divulgativo…

‑A aquellos hechos emocionalmente dolorosos que todos, en mayor o menor medida, sufrimos durante nuestra gestación en el seno materno, durante el nacimiento y a lo largo de los primeros años de infancia y cuya energía retenemos y embalsamos. Porque esa energía embalsada, que no fluye, al igual que todo cuanto se encharca, acaba por pudrirse y supurando lo que equivale a unos síndromes que terminan siempre en somatizaciones, en «enfermedades».

‑Y dices que todos los «daños» se originan antes de los 7‑12 años y que todo lo que posteriormente nos enferma es sólo una actualización de esos daños.

‑En efecto. Tras muchos años de terapias pude constatar que todos nuestros daños suelen tener su origen en el claustro materno y el nacimiento; y que éste es más traumático cuanto más traumático haya sido el proceso de gestación. Así como que la biografía infantil -desde el nacimiento hasta los siete o doce años (según los niños)- suele más potenciar traumas anteriores que generar otros nuevos. Luego, alcanzada la adolescencia, los impactos emocionales no son ya traumáticos por sí mismos sino que lo son en tanto activan un daño originado en el transcurso de nuestra vida prenatal, natal y, en grado descendente de intensidad, durante el período infantil. Si enfermamos pasados esos más o menos doce años ello se debe a que todo cúmulo traumático reprimido hasta esa edad -o sea, antes de que surjan en nosotros los ritmos cerebrales beta maduros- es una carga de profundidad patológica que en estado de latencia espera -energetizándose más y más- el acto analógico que lo va a hacer estallar.

‑Es decir, que a tu juicio cada enfermedad responde a la actualización de un problema emocional y afectivo concreto.

‑Claro. Por eso no podemos decir que se cura la adicción a la heroína sino que se le devuelve la capacidad de vivir en el mundo a esa persona que intenta una y otra vez volver al cálido y seguro baño de endorfinas que era el útero de su madre. Como no se cura la adicción a la cocaína sino que se le devuelve el equilibrio emocional a una persona cuyo trauma afectivo le impulsa a cruzar todos los Andes de la vida en una sola noche. Como no se cura una alergia sino a una persona que no traga a su jefe, a su familia…; en suma, a la que asfixia el ambiente en el que vive. O la que se manifiesta dermatológicamente en la frontera de la piel por rechazo al mundo exterior. Como no se cura un Sida sino a una persona con tantos y tan profundos huecos afectivos que no sólo desea morir sino también mostrarnos el espantable espectáculo de su agonía.

La ciencia convencional no acepta esa tesis. Para ella ni un feto ni un niño muy pequeño pueden traumatizarse porque aún no son conscientes del entorno.

‑Eso se debe a que la ciencia convencional sigue hoy afirmando que no hay más que una forma válida de percepción, el estado de vigilia, que es el estado habitual de conciencia. Y que cualquier otra forma de percibir el entorno no es sino un estado de conciencia alterado. O sea, una forma «patológica» de procesar la información.

Mira, Newton concibió el universo como la obra de un excelso relojero y Descartes postuló que el dualismo mente‑materia era una realidad absoluta. Pero hoy sabemos que ni el universo es un mecanismo de relojería ni la mente es ajena a la materia. Eso suponiendo que exista la materia porque todo evidencia que sólo hay Conciencia. Y que si las formas de percepción -o sea, las formas de ver y sentir la Realidad- son innumerables eso se debe a que los planos de conciencia, las formas de percibir la Conciencia -o las formas en que la Conciencia se percibe a sí misma- son también innumerables. Dicho de otra forma: no hay un solo y concreto estado de conciencia válido sino innumerables planos válidos de realidad. Válidos y reales dentro de su propio plano aunque ninguno de ellos es la Realidad. Porque para percibir la Realidad -esa realidad que consideramos absoluta y que solemos denominar Dios- deberíamos ser capaces de alcanzar la comprensión de la conciencia toda en su única y mandálica plenitud. Y eso es algo que nuestros órganos de percepción están muy lejos de alcanzar.

Debemos comprender, en suma, que todos los estados de percepción son estados de conciencia, que no hay un estado real y válido -el llamado estado habitual o de vigilia- y otros alterados o patológicos -los restantes estados- sino distintas formas, todas ellas válidas, de acercarnos a la Realidad.

‑¿Quieres decir con ello que un feto, aún en el seno materno, no sólo percibe sino que recibe impactos emocionales que generarán en él los daños que el día de mañana somatizará enfermando?

‑Exacto. Pero no sólo vivencia cuanto ocurre dentro del claustro materno sino también cuanto ocurre fuera de él. Una especie de percepción extrauterina. Mira, todo evidencia que en los primeros meses de gestación el feto posee una conciencia amplísima, casi ilimitada, que le permite elegir puntos de focalización perceptiva de forma que puede percibir lo que sucede incluso fuera del seno materno: Capacidad que poco a poco, mes a mes, se va reduciendo conforme la percepción global se va identificando con un cuerpo -o se va estructurando en forma de cuerpo físico- hasta quedar presa -o fundida- en él. Perdiendo así esa amplia y libre capacidad de percibir desde cualquier ángulo interno o externo. Se ha comprobado que en estado anatheorético los pacientes vivencian hechos concretos que sucedieron mientras estaban en el vientre de su madre, hechos que luego se constataron y no pudieron ser en ningún caso recuerdo de algo que les contaron.

‑¿Entonces los estados de percepción en el ser humano varían con el tiempo?

‑Ciertamente. Y la casuística obtenida hasta ahora nos permite describir la evolución de esas fases perceptivas. El primer estadio correspondería a la fase inicial embrionaria, en la que el feto tiene una percepción global con predominio de las vivencias arquetípicas primigenias. Corresponde a un estadio altamente onírico en el que el embrión estaría totalmente abierto a los impulsos de la madre. El segundo incluye la época de madurez embrionaria y los inicios de la época fetal en la que el cerebro muestra una estructura con circunvalaciones y corresponde a una percepción simbólica ya estructurada mitológicamente. Sigue siendo una percepción sin yo, sin focalización, abierta a todos los impactos, especialmente a los emotivos procedentes de la madre con la que se mantiene -como en el primer estadio- en una simbiosis total, motivo por el que el bebé inscribe en su sistema nervioso, en sus células, en su cuerpo todo, cuanto emotivamente la madre lleva escrito y cuanto la madre va «escribiendo» en su mente. El tercer estadio intrauterino de percepción se inicia entre el cuarto y sexto mes, momento en que el bebé posee un cerebro totalmente estructurado neuralmente y que abarca hasta el nacimiento e, incluso, hasta la época preverbal. En él la percepción se caracteriza por altos trenes de ondas theta; una percepción, por tanto, que sigue siendo altamente analógica pero en la que la conciencia muestra ya una notoria focalización. En este estadio la simbología arquetípica empieza a teñirse de connotaciones personales. Así, el arquetipo amor puede ser ya, en este estadio, un claro sentimiento de abandono, de rechazo, si en anteriores estadios el bebé se ha sentido no deseado.

Finalmente, el cuarto estadio de percepción es el que corresponde a la época preadolescente, fase en la que el niño inicia la difícil conquista del ritmo beta. Es la fase de formación del yo, la fase en la que el niño se limita ya a potenciar los daños extrauterinos que pondrán dolor y enfermedad en su vida, especialmente cuando sea adulto.

‑Estados de conciencia cuya existencia puede constatarse e, incluso, «medirse»…

‑Eso es. Porque aunque los procesos cerebrales siguen siendo una incógnita para la ciencia hay algo que sí podemos afirmar: la existencia de cuatro estados básicos de conciencia que vienen definidos por la frecuencia de las ondas eléctricas cerebrales, algo que puede comprobarse con un electroencefalógrafo; banda de ritmos que va desde poco más de la respuesta plana hasta 35 y más hercios.

‑En cualquier caso al comentar el funcionamiento de los dos hemisferios cerebrales explicas en el libro que podríamos englobar en un solo grupo los ritmos subjetivos de conciencia y hablar así sólo de dos grandes bandas de frecuencia cerebral: la de los llamados ritmos de ondas lentas o bajas -delta, theta y alfa- y la del llamado ritmo de ondas rápidas o altas: beta.

‑Cierto, porque a fin de cuentas hay ‑globalmente hablando‑ dos formas distintas -en algunos aspectos antagónicas- de procesar la información. Una que corresponde al hemisferio cerebral derecho ‑que funciona en la banda de ritmos de ondas lentas‑ y otra al hemisferio cerebral izquierdo ‑que lo hace en el ritmo de ondas rápidas‑. Lateralidad demostrada científicamente aunque conviene precisar que en caso de emergencia cada uno de esos dos hemisferios cerebrales puede asumir casi todas las funciones del otro aunque no las ejercite con la misma perfección.

Por otro lado debo aclarar también que si bien al hablar de hemisferios cerebrales me refiero a la zona de la corteza cerebral es indudable que el complejo reptiliano y el sistema límbico son responsables de muchas de las funciones -algunas tan trascendentes como la afectividad- que caracterizan al hemisferio derecho.

En cualquier caso lo que quiero resaltar es el hecho de que nuestro cerebro está escindido en dos y que cada uno de esos dos hemisferios -o sea, de esos «dos cerebros»- es poco menos que un adversario para el otro porque cada uno ve la realidad de muy distinta manera; hasta el punto de que ignoran que pertenecen a una misma persona. Y también sabemos ya que el derecho ‑que rige la parte izquierda del cuerpo‑ percibe de forma subjetiva en tanto el izquierdo ‑que rige la parte derecha‑ tiene su característica básica en la capacidad de objetivar, de escindir la realidad entre un dentro y un fuera, entre yo y el otro.

‑Creo que sería oportuno explicarle también al lector con mayor detalle las características básicas de ambos hemisferios. ¿Te parece?

‑Me parece. Mira, el hemisferio cerebral izquierdo, por escindir la subjetividad -que es unidad, globalidad, totalidad-, crea la dualidad. Ya no hay una sola totalidad que lo llena todo sino que pasa a haber un dentro y un fuera, un yo y unos otros; y lógicamente también una causa y un efecto. Así pues todo proceso perceptivo de ese hemisferio cerebral es causal, hay siempre una causa con su consiguiente efecto. Y de ahí que nuestra ciencia convencional, que es básicamente la ciencia del hemisferio cerebral izquierdo -la ciencia newtoniana y cartesiana- deseche y considere patológica toda información aportada por el hemisferio cerebral derecho.

Resulta fácil comprender que una percepción dual establece sus postulados mediante un proceso de comparación y contraste entre los opuestos. Y eso es razonar y es también, siempre, enjuiciar y objetivar. Un enjuiciamiento que, por su radicalidad bipolar, supone no sólo una conclusión sino también una exclusión. Porque elegir entre dos extremos presupone, inevitablemente, excluir uno de ellos. Y excluir es condenar, es echar fuera. Todo juicio, por tanto, comporta considerar algo o a alguien culpable por el solo hecho de haber considerado algo o a alguien inocente. Y echar fuera es la forma de ejecutar el castigo. Bien, pues eso es precisamente lo que hacemos con la enfermedad; porque somatizarla es intentar echarla fuera de nosotros.

Por tanto, el hemisferio izquierdo es también el que crea la moral,al contrastar lo que consideramos adecuado con lo que consideramos inadecuado. O sea, entre lo «bueno» y lo «malo». Sólo que por tratarse de conceptos cada persona o etnia puede juzgar el bien y el mal desde una distinta polaridad. Una polaridad que, indudablemente, identifica siempre el bien con el propio yo. O sea, «bueno» es aquello que es -o al menos así lo creo- adecuado para mí. Y «malo», lo contrario. Por eso no es de extrañar que haya casi tantos conceptos de moralidad como personas y que la moral cambie cuando cambian los conceptos sobre los que se sustenta. Interpretación moral que consideramos objetiva cuando en realidad ha sido dictada por las líneas rectoras de la cultura personal y social así como por las adicciones emotivas profundas que tenemos todos. Y digo todo esto porque es importante comprender, de cara a la terapia, que «recordar» no es volver a vivir una experiencia sino llevar a la conciencia la interpretación, no el hecho. Porque lo que cura no es «recordar» sino vivenciar de nuevo ese hecho traumático.

En definitiva, la percepción del hemisferio cerebral izquierdo no nos da la Realidad, sólo una forma de percibirla por mucho que la ciencia convencional la considere la única forma válida y real de percepción.

¿Y el hemisferio derecho?

‑El hemisferio cerebral derecho, por el contrario, es analógico, es decir, establece las relaciones por semejanza. En el mundo de la analogía, por ejemplo, una gota de agua del Océano es como -y ese «como» ha de entenderse en el sentido de semejante, no de idéntico- a todo el Océano.

El cerebro derecho es intuitivo así que no escinde, no divide. Antes bien, es siempre impactado por estructuras globales, holísticas. Pero lo más importante es que es altamente emotivo, que en él se albergan los sentimientos. De ahí que toda analogía ‑que carece de abstracciones mentales y de conceptos‑ nos llegue siempre viva, con toda su carga de dolor o de gozo, aunque sí establezca correlaciones simbólicas. Porque las analogías tienen su lenguaje en las imágenes, símbolos y arquetipos. Y el sueño y la mitología forman parte de ese lenguaje. Por eso, por el carácter fundamentalmente simbólico de las analogías, puede establecerse la correlación holística de que la parte es como el todo, de que una gota de agua del Océano es «como» el Océano todo. Lo mismo que puede afirmarse que una imagen de Cristo puede llevarnos a la comprensión del Cristo vivo.

Por otra parte, el hemisferio derecho es ético, no moral. Y es preciso distinguir claramente entre esos dos conceptos porque las instituciones -y no sólo las religiosas- suelen ser proclives a considerar ético lo que sólo es moral. Mira, la auténtica ética está grabada en la conciencia ontogenética, es una herencia de nuestra filogénesis ‑evolución como especie‑; es decir, está dentro de nosotros, no en tablas de piedra ni en los códigos de tantas instituciones oficializadas.

Es importante también saber que el hemisferio cerebral derecho jamás interpreta sino que muestra siempre hechos concretos, hechos no que «recuerda» sino que vivencia porque le llegan impactantes, cargados de emotividad. Por tanto, mientras el hemisferio izquierdo es unidimensional-lo que le lleva, como hemos visto, al argumento y al concepto de finalidad- el hemisferio derecho es holístico, multidimensional. Y evidentemente tampoco es discursivo.

Mira, cuando el místico vive a Dios vivencia un hecho auténticamente holístico. De ahí que esa experiencia resulte inefable, que no pueda explicarse con palabras. Es decir, el hemisferio derecho tiene un carácter holístico, no unidimensional y no cuantitativo sino cualitativo; porque no cuantifica ya que no escinde ni contrasta, sólo muestra, impacta. Y cada uno de esos impactos es global, completo en sí mismo. No divide, como el hemisferio izquierdo, sino que integra.

Y como al hemisferio derecho la información le llega como un impacto vivo, como una información holística, es evidente que no conoce el tiempo. Porque para eso hace falta un proceso dual, analítico y discursivo como el del hemisferio izquierdo. El hemisferio derecho se mueve en el espacio y, como en los sueños, hay un escenario… pero la obra que en él se representa no sigue un orden temporal.

‑¿Insinúas que de alguna forma la enfermedad es una desarmonía entre los dos hemisferios cerebrales?

‑Exacto. La enfermedad es desarmonía. Y ésta viene generada ya -y ése es el mayor de los traumas- por la división del cerebro en dos hemisferios. Bueno, en realidad por no asumir esa lateralización. Porque en lugar de aceptarla, de ser conscientes de ella y, en consecuencia, intentar armonizarla con una sincronización cerebral lo que hacemos es enfrentar el hemisferio izquierdo al hemisferio derecho, intentar no la integración sino la victoria de uno sobre el otro. Es la guerra de los dos hemisferios. Y toda guerra -incluidas las que proyectamos al exterior y provocan holocaustos físicos- es una sola guerra: la de los dos hemisferios cerebrales.

Sin embargo la Medicina convencional se niega a aceptar que la etiología de la enfermedad pueda estar fuera de las ondas beta ya que ha sacralizado el hemisferio izquierdo y ajusta su metodología terapéutica a las características básicas de la percepción causal que, a entender de esa Medicina, es la única percepción válida. Es decir, entienden que toda enfermedad debe tener una causa que pueda ser objetivada. Lo que lógicamente la lleva a buscar la causa de las enfermedades en algo ajeno a nosotros mismos y a establecer relaciones causales que puedan ser físicamente constatables mediante procesos lógicos. Por ejemplo, la Medicina convencional nunca podrá aceptar que una niña con unos pechos desmesurados, que es objeto de burla por esa hipertrofia, lance su energía vital contra sus propios pechos y acabe dañándoselos e, incluso, acabe generando un cáncer de mamas si otros daños analógicos anteriores alimentan esa actitud castradora. Para la Medicina convencional, que en todo momento debe establecer relaciones observables, la causa de ese cáncer tan sólo puede ser un crecimiento anormal celular; lo que equivale a decir que la causa de ese cáncer es el propio cáncer. Y así, se combate la enfermedad combatiendo su sintomatología como si la sintomatología fuese la enfermedad. Y la sintomatología es sólo un mensaje del yo a través del cuerpo para hacerle ver que algo va mal y debe rectificar aquellos aspectos de sí mismo que son causa de la desarmonía que le está dañando y son la auténtica causa de la enfermedad. Un mensaje que la Medicina convencional no atiende porque no comprende.

Para la Medicina, a pesar de lo que se dice, no hay enfermos sino enfermedades. Y las tiene todas perfectamente clasificadas como si fueran entes vivos, reales. Y como es segregadora, analítica, sus conclusiones siempre son: a más gérmenes -que esa Medicina cataloga de patógenos porque siempre tiene que haber un enemigo-, más enfermedad. Mira, hay lesiones que la Medicina convencional puede intentar resolver con eficacia pero hay otro tipo de daños que no; porque no se puede extirpar una depresión con un bisturí aun cuando ese «bisturí» sean psicofármacos. Ni pueden extirparse quirúrgicamente las causas profundas de, por ejemplo, un cáncer, porque las causas profundas de toda enfermedad no son bacterias ni virus sino los daños de nuestra biografía oculta que conforman nuestro yo. Y sólo llevando a la luz del discernimiento -de una comprensión o sincronización cerebral entre ambos hemisferios- esos cúmulos emocionales, que son muy concretos y personales, que no pueden ser clasificados ni catalogados mediante preconceptos, sólo entendiendo que la enfermedad somos nosotros, sólo así, con una terapia de esfuerzo por parte del enfermo, podremos recuperar la armonía y curarnos.

‑¿Cómo podríamos resumir entonces la técnica curativa propiamente dicha?

‑Bueno, el terapeuta lo que hace es llevar al paciente a un estado anatheorético, es decir, a una relajación en la que sus ritmos cerebrales se hallan en la banda de frecuencia de los 4 Hz. Luego le efectúa una regresión ‑para entendernos, le hace viajar mentalmente hacia el pasado‑ induciéndole a situarse en algún acontecimiento de su pasado que le resultara especialmente doloroso ‑y que probablemente a nivel consciente tiene bloqueado‑ y entonces le hace vivenciarlo. No visualizarlo sino vivenciarlo, con toda su carga emotiva, con toda su carga energética, para liberarla y, simultáneamente, comprenderla gracias al estado en el que se encuentra, con el consciente y el subconsciente simultáneamente abiertos y trasvasándose información; lo que no es posible en el estado beta, en el estado de vigilia.

E insisto en que vivenciar es descender a la banda baja de nuestra metafórica cinta de grabaciones mentales para extraer de ella las cargas emocionales vivas, de cúmulos de traumas analógicos que mantienen toda la carga energética emotiva de los hechos concretos, de lo que ocurrió ‑sin interpretación alguna‑ y que, por tanto, fue la auténtica causa del daño.

La vivencia es el hecho real -con toda su energía emocional- que se encuentra por debajo del recuerdo que de ese hecho hemos formado al compensarlo. Vivenciar, por tanto, no es un ejercicio que nos permita fantasear; cuando se vivencia sólo puede autoproyectarse el hecho concreto vivido, con toda su realidad energética. Vivenciación que, por un lado, desbloquea energéticamente al paciente y, por otro, le permite comprender lo que le originó el trauma y, por ende, disolverlo.

‑Centrémonos en tal caso en los traumas del nacimiento. ¿Realmente tienen tanta importancia en la futura vida del recién nacido? En tu obra afirmas que muchas de las enfermedades que uno actualiza de adulto tienen su origen en un mal parto. ¿Hasta tal punto es determinante?

‑Todo nacimiento es traumático en mayor o menor grado. El bebé, que se encuentra flotando en una bañera cargada de endorfinas, mecido por el agua, somnoliento, muy relajado, sin motilidad gastrointestinal, sin respiración, ingrávido, con un sentimiento de plenitud, de conciencia expandida, en estado de éxtasis, pasa de pronto a sentir en su carne tensa un abrazo inmovilizador y luego unos terribles empujones a base de contracciones que terminan llevándolo a través de un oscuro túnel a un mundo que ni siquiera puede concebir. El bebé, al nacer, es todo sensibilidad y no sólo se encuentra con lo desconocido sino que también entra en un ‑para él‑ nuevo mundo con un cuerpo abierto a todas las sensaciones, sin defensas, un cuerpo que es como llaga viva. No olvidemos que el bebé llega de un lugar en el que la vida se asienta sobre la suave gravidez de un lecho de agua, con luces crepusculares, con sonidos apagados, sofronizantes… y de pronto se encuentra con luces intensas, cegadoras, que hieren sus ojos. Y es en ese instante cuando el bebé, que venía de la penumbra, lanza su primer y más desgarrador grito.

Y lo mismo ocurre con los sonidos porque sus oídos, oídos de un organismo acuático hechos para el murmullo que estaban protegidos por el farallón del vientre materno, se tienen que enfrentar a la brutalidad de bocas que gritan, que ríen felices y opinan, con ruidos metálicos, agudos, hirientes, que ensordecen y le causan un insoportable dolor.

Y luego, sin transición, le lavamos con un agua que él siente siempre fría en su cuerpo ahora más desnudo para, a continuación, sentir la quemazón del rudo frote de la lija que supone para él una toalla sobre su piel sin casi epidermis y que hasta ese momento sólo había conocido la caricia de las mucosas maternas.

Tormento que puede prolongarse, dependiendo de las premuras o no de la comadrona o del tocólogo, al cortar el cordón umbilical del bebé que debería dejarse intacto en tanto latiera, en tanto estuviera ayudando todavía a una doble respiración. Sin embargo se le corta brutalmente ese conducto vivo y el bebé, que ha sufrido tantas agonías de muerte desde que empezaron las contracciones, siente por primera vez el oxígeno como un gas corrosivo, ardiente, que entra en un cuerpo de mucosas vírgenes. Y entonces se agita, se estremece, se cierra y rechaza, escupe congestionado, agónico, hasta que rompe en un llanto convulso abriendo una y otra vez la boca, boqueando como un pez sacado del agua. Luego, con el bebé agarrado por los pies, cabeza abajo, le golpeamos mientras le mantenemos asomado al vértigo de un vacío aterrador. ¿Cómo puede extrañarnos, en suma, que ese primer contacto con el mundo externo provoque traumas?

Y encima, a continuación, le encerramos en una celda de paredes que oprimen su cuerpo ‑y hablo de la ropa‑ y le dejamos sólo en la cuna sin una mano amorosa a la que agarrarse; con lo que el bebé, que en todo momento antes ha estado íntimamente unido a otro cuerpo, a otra vida, está sufriendo el terrible tormento del abandono, de la más pavorosa de las soledades, sintiendo por primera vez la fría angustia de la segregación.

‑Más que un nacimiento pareces estar describiendo un proceso de muerte.

‑Y en realidad así es porque ese nacimiento a una vida aeróbica supone la muerte en otra, anaeróbica. Además la descripción podría todavía dramatizarse más si tenemos en cuenta que un útero hostil -enfermedad de la madre, hijo no deseado, peligro de aborto y otras muchas emociones tóxicas- son a menudo origen de un mal tránsito vaginal y de un peor nacimiento. Son los casos, entre otros, de los nacidos por cesárea, carentes de orientación espacial y carentes de la necesaria frotación vaginal de su piel para activarla; de los nacidos de nalgas que no ven la luz del otro mundo, que van por un canal asfixiante de tinieblas sin fin; de los nacidos con fórceps, condenados a una brutal opresión craneal; de los que han sido forzados a nacer mediante partos inducidos, en todo momento en desarmonía con la matriz natal; de los nacidos con el cordón umbilical en torno al cuello, psicológicamente ahorcados, con la cabeza escindida del cuerpo; de los nacidos siendo gemelos, quizás hermanados en la pugna por sobrevivir o quizás combatientes -victoriosos o derrotados- de una guerra territorial…

Me parece que no es necesario seguir. Basta lo explicado para comprender que los patrones de daños del nacimiento son las matrices básicas con las que escribimos los textos de casi todas nuestras enfermedades.

‑Luego con la Anatheóresis se puede tratar cualquier enfermedad, desde un cáncer a un caso de drogadicción…

‑Con Anatheóresis se puede tratar cualquier enfermedad. Y no digo que lo cura todo sino que todo puede intentarse siempre que el paciente esté dispuesto a ello. A fin de cuentas se trata sólo de establecer una adecuada comunicación, primero entre el terapeuta y el paciente, luego del paciente consigo mismo y, posteriormente, con los demás. Mira, la enfermedad no es más que una manifestación de las emociones patológicas; por eso en Anatheóresis no se curan enfermedades sino enfermos. Como no se cura un cáncer sino a una persona normalmente sumida en el más profundo sentimiento de abandono, tan segregada que ni su enfermedad puede establecer comunicación -contagio- con los demás.

¿Y hasta qué punto es efectiva la terapia?

‑La Anatheóresis está avalada por un altísimo porcentaje de curaciones en casos que no pudo resolver la Medicina convencional. Y esto -de lo que pueden dar testimonio numerosos profesionales de la salud, entre ellos médicos y psicólogos que practican la terapia‑ bastaría ya para acreditarla. Además la teoría en que se sustenta está siendo ahora respaldada por los últimos descubrimientos de la neurociencia y por las más recientes tesis de la Psicología Transpersonal.

‑Tengo entendido que el principal fracaso de la terapia está en los errores cometidos por los terapeutas al ejercitarla. ¿Es así?

‑En efecto, por eso he establecido unas normas muy claras para el tratamiento. Porque el terapeuta nunca debe conducir al paciente durante la sesión hacia un objetivo predeterminado; debe como mucho inducir, nunca conducir. Porque es el paciente quien sabe qué le ocurre y cómo resolverlo.

Otro error es hacerle simplemente visualizar la experiencia que causó el daño: el paciente debe vivenciarla de nuevo porque si no hay abreacción catártica no hay comprensión anatheorética ‑con trasvase de información entre hemisferios‑; y si no hay comprensión anatheorética no hay curación.

Otro error común es, en los casos en que se conoce cuál es el origen del problema, el daño que lo originó en la fase embrionaria, natal o infantil, intentar disolverlo explicándoselo al paciente en estado beta, en estado de vigilia. Los daños traumáticos sólo se disuelven cuando el paciente vivencia de nuevo los hechos concretos que los han motivado porque el mero hecho de vivenciarlos hace que los comprenda y, en ese momento, la energía patológica se disipa en forma de abreacción catártica.

‑En cualquier caso son muchas las personas que rechazan este tipo de terapias porque presuponen aceptar una serie de creencias que chocan con sus convicciones.

‑Eso es verdad con las demás terapias pero no con Anatheóresis. Yo reitero hasta la saciedad ‑y no siempre consigo que se me haga caso‑ que en Anatheóresis el terapeuta no está confesando al paciente. No asume culpas ni pecados y, mucho menos, absuelve. En Anatheóresis el terapeuta debe limitarse a sacar a la luz de la comprensión profunda lo que daña al paciente. Eso es todo. De ahí que sea tan necesario que el terapeuta esté libre de creencias dogmáticas. Todo dogma es una muralla que limita nuestra expansión. Todo dogma es la fosilización de una parte de nuestra personalidad. Todo dogma, en definitiva, es la expresión de que estamos enfermos.

‑Eso me hace recordar que al inicio de nuestra charla comentaste que llevar al paciente a supuestas vidas pasadas es, en tu método terapéutico, algo que se hace sólo como estrategia, que tiene una pura razón escenográfica. ¿Supone eso que rechazas la posibilidad de la reencarnación?

‑En absoluto. Pero para hablar de ese tema primero tendríamos que ponernos de acuerdo en qué entendemos por reencarnación ya que hay muchas doctrinas al respecto y ello nos llevaría demasiado tiempo. En todo caso el que las enfermedades en esta existencia sean el efecto del supuesto karma generado en otra u otras vidas anteriores no deja de ser una creencia no demostrada que además permite a ciertos terapeutas justificar -supongo que de buena fe- sus fracasos con determinados pacientes escudándose en que hay enfermedades kármicas, o sea, enfermedades que son una especie de castigo que nadie puede ni debe resolver.

Mira, mi experiencia me dice que toda historia de vida anterior narrada en estado de hipnosis ‑no importa en qué grado de profundidad‑ es, o bien una analogía muy concreta de un daño real ocurrido al paciente en esta vida, o bien una proyección generalizada y dramatizada -una especie de mitología personal- de la afectividad enferma y dolorida que aqueja al paciente. Lo que ocurre es que los terapeutas reencarnacionistas, por el simple hecho de basar su terapia en la creencia de que los daños proceden siempre de vidas anteriores, llevan al paciente sólo y directamente a vidas anteriores. Y naturalmente se encuentran con dramatizaciones analógicas que responden -simbólicamente- al daño real. Pero ellos no buscan el daño ocurrido en esta vida que esas analogías enmascaran. Por el contrario, dan a las mismas el carácter de hechos reales sólo que ocurridos en otras vidas. Y creen así haber resuelto el problema y llegado a la causa original cuando lo único que han hecho ha sido atrapar una sombra.

En todo caso Anatheóresis no tiene como finalidad demostrar la veracidad o no de la supervivencia del hombre en cualquiera de sus formas y por eso no duda durante la terapia en utilizar como estrategia llevar al paciente a una supuesta vida anterior si eso le permite narrar simbólicamente el problema oculto en el subconsciente.

José Antonio Campoy

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170
Abril 2014
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