La medicina biológica

Pocas semanas antes de fallecer -en febrero de este año- el doctor Francisco Albertos Costán –pionero de la Medicina Integral en España y miembro del Consejo Asesor de nuestra revista- nos hacía llegar para su publicación tres artículos que venían a resumir lo aprendido en sus más de cuatro décadas de estudio y ejercicio médico. Bien, pues tal como anunciamos vamos a publicarlos consecutivamente porque de alguna forma constituyen su legado médico. En esta primera entrega el doctor Albertos nos aproxima a la Medicina Biológica resaltando las diferencias con la autodenominada Medicina Científica.

La medicina convencional -a la que hoy tiene acceso la mayoría de la gente en ambulatorios y hospitales- es insuficiente. Y no sólo por el número de médicos y volumen de recursos empleados sino por la naturaleza misma de esos recursos. De hecho cada vez hay más personas que tras agotar las posibilidades de la medicina alopática buscan cómo tratar sus dolencias con profesionales y métodos impropiamente llamados “alternativos”, “complementarios”, “suaves”, “paralelos”, “ecológicos”, “biológicos”, “naturales”, etc. Y es que el índice de éxitos con tales métodos es notablemente alto cuando son practicados por profesionales solventes, adecuadamente preparados y dotados de suficiente experiencia. Lo que es aún más sorprendente ya que la mayoría de los casos que llegan a esas consultas no sólo no son recientes o presumiblemente banales sino que han sido atendidos antes por varios médicos y centros hospitalarios sin resultado alguno.

¿Cómo explicar pues la eficacia de los métodos no convencionales -a veces de origen antiquísimo- frente a la llamada “medicina científica”? ¿Se trata acaso, como algunos dicen, de auténticos “comecocos”? ¿De mero efecto placebo? ¿De una cuestión psicológica? No. El alto porcentaje de éxitos que se obtienen con ellos y la aceptación social tan extensa que actualmente poseen no puede despacharse con explicación tan simplista. Es más, el hecho de que uno de cada tres enfermos recurra ya a estas medicinas en los países más cultos y avanzados -pese a la oposición, el silencio y en ocasiones la persecución por parte de los controladores de opinión y de los dirigentes del Mercado de la Salud así como de la “competencia desleal” que representa el que la Seguridad Social y las aseguradoras privadas proporcionen sólo acceso a la medicina alopática- debería hacer reflexionar a todos sobre lo que está sucediendo.

Y es que hay dolores, trastornos, incapacidades y alteraciones de la conducta de todo tipo y clase que no encuentran hoy explicación en alteraciones orgánicas detectables por análisis de laboratorio, radiologías, ecografías y demás técnicas empleadas por la medicina que se enseña en las facultades. El clásico adagio “del trastorno anatómico al síntoma y del síntoma a la receta” -lema de la medicina organicista, también llamada “científica”- deja demasiados fenómenos sin resolver para poder aceptarla como un axioma de la práctica médica. Por otra parte, tanto la cirugía como la sofisticadísima quimiofarmacia fracasan hoy a menudo -total o parcialmente – convirtiéndose además a medio plazo, por sus efectos iatrogénicos, en un peligro añadido a los problemas inherentes a la enfermedad en sí.

No hay duda: para el componente funcional de todas y cada una de las enfermedades -quirúrgicas o no, orgánico/degenerativas o no, puramente funcionales o, al contrario, masivamente orgánicas- la medicina convencional alopática o farmacológica -con todos sus prestigiosos medios diagnósticos y terapéuticos- resulta manifiestamente insuficiente. Más allá de los mecanismos descritos en academias y facultades -centrados en la biología, la química molecular y la fisiología- el organismo es un complejo sistema de información y no una mera estructuración de órganos conectados por cables y tubos que al inicio de toda enfermedad se bloquean, averían o atascan por diversas causas generando un problema que hay que afrontar limpiando, desintoxicando y reparando esas vías obstruidas y potenciando luego los mecanismos autocurativos del cuerpo para restaurar su funcionamiento armónico. Porque ese propósito sólo puede cumplirse empleando el mismo lenguaje del cuerpo mediante pruebas capaces de captar lo más recóndito y sutil de su funcionamiento, pruebas basadas en una concepción cibernética y sintetizadora más que analítica. El problema es que como no conocemos más que una mínima parte de los dispositivos y dinámica interna del cuerpo hoy se elabora un catálogo de estímulos y respuestas (en lenguaje cibernético, entradas y salidas del sistema entendido éste como una caja negra desconocida en su estructura interior) y a partir de ese conocimiento afrontamos las reacciones patológicas usando estímulos que se dirijan al organismo en su mismo lenguaje a fin de conducirle a un comportamiento más saludable. Eso es lo que ha hecho siempre la Acupuntura, la Medicina Natural, la Homeopatía y muchas otras medicinas llamadas hoy de manera equívoca y despectiva “alternativas”.

Históricamente la Medicina es y ha sido siempre una actividad imprescindible en el desenvolvimiento de la humanidad. El método de provocar “reacciones restauradoras” desde fuera -agujas, masajes, frío, calor, humedad, tierra, plantas, etc.- existe desde la prehistoria. Y sus fracasos, logros, necesidades y problemática han sido siempre un acicate para el desarrollo del saber. Empero, a partir de Galileo cambió poco a poco y en lugar de limitarse a tomar el organismo como una caja negra desconocida que es manejada por estímulos externos -paradigma de ese pensamiento es la Acupuntura- se exploró y analizó el medio interno utilizándose la química y el microscopio para analizar nuestras más recónditas estructuras. Lo cual supuso la movilización de todos los recursos científicos disponibles e incluso de otros que fue preciso crear.

Y así, hoy sería imposible entender la ciencia moderna sin el análisis, sin el experimento y sin el estímulo que la actividad clínica y las necesidades de la práctica médica han insuflado en las ciencias de base (Física, Química, Biología, etc.). El microscopio, los rayos X, la farmacología, el laboratorio de análisis, los experimentos biológicos, la cirugía y tantas otras actividades médicas y clínicas constituyen un magnífico ejemplo de ciencia aplicada que, a su vez, han desembocado en importantes descubrimientos de aplicación universal, alejados incluso de la actividad y práctica médicas.

A partir de la aparición de la medicina moderna o Anatomoclínica (Giovanni Baptista Morgagni: “De Sedibus et Causis Morbarum per Anatomen Indagatis”, siglo XVIII) el progreso en conocimientos clínicos y anatomopatológicos fue más notable que en cualquier otra etapa histórica. Wirchoff, a mediados del siglo XIX, supo catalogar en apenas dos décadas más de cincuenta enfermedades que hoy siguen caracterizadas y definidas tal como él las describió. También en el siglo XIX, a partir de Pasteur, el progresivo conocimiento de las bacterias patógenas supuso una inmensa apertura de los avances científico-médicos que no ha cesado de crecer hasta hoy. La penetración del saber en el mecanismo de las epidemias, las vacunas y los antibióticos cambiaría radicalmente el conocimiento acerca de la morbilidad y la mortalidad con un impacto espectacular en el crecimiento -y factores de envejecimiento- de las poblaciones. Las técnicas diagnósticas de laboratorio y radiología crecieron igualmente enriquecidas con la ecografía, la resonancia magnética, el TAC, etc. La medicina hoy llamada “oficial” -y a veces, impropiamente, “tradicional”- ha llegado pues a cotas de conocimiento material y de dominio de técnicas de acción física o química sobre el cuerpo jamás alcanzadas por ninguna medicina antes. Puede decirse que el explosivo crecimiento de la actual sociedad de masas y el sorprendente incremento de la expectativa de vida tendrían difícil explicación sin el eficaz concurso de la medicina moderna, analítica y experimental. Se trata, pues, de una actividad crucial, absolutamente necesaria para la organización y desenvolvimiento de la vida humana en el planeta… pero es preciso reconocer que no ha resuelto de manera absoluta todos los problemas de la medicina clínica y por eso -aunque la tentación de negarlo sea muy fuerte para algunos- la atención médica aún se beneficia notablemente del aporte de las técnicas naturales, la Homeopatía, la Acupuntura y, en general, de la visión sintetizadora y global del organismo, la persona y su medio, tal como preconizara el gran Hipócrates.

Los gobernantes y administradores públicos conocen esos logros científicos, los avances de la Medicina de hoy y el alcance económico de la “industria de la salud”. Y saben bien que es una importantísima actividad que por eso mismo hay que controlar al igual que se controlan la reserva energética, el urbanismo, las comunicaciones, la enseñanza, la pesca, la agricultura, el ejército, la policía, los bancos, la moneda y los tipos de interés. Y es evidente que todo proceso de gobierno y control tiende a limitar el espacio de libre desenvolvimiento del asunto a regular. Los reglamentos son como un juego (por lo demás todos los juegos tienen su reglamento), como las leyes de funcionamiento de un ordenador o una máquina: facilitan el desenvolvimiento de la cosa con tal de que renunciemos a cualquier variante de su comportamiento no prevista por ese mismo reglamento. Si se regulase el tamaño, peso, altura y potencia de todos los automóviles de manera que todos fueran “democráticamente” iguales y estuvieran provistos además de unos parachoques de caucho como los de los coches de feria es seguro que la morbilidad y mortalidad por accidentes disminuirían notablemente… pero es igual de seguro que esas medidas provocarían una gran conmoción en el mercado del automóvil y quizás una catástrofe en la industria del sector. Cada fin de semana se pierden en España por accidentes de tráfico numerosas vidas y todo el mundo lo acepta con resignada naturalidad como si de tormentas o terremotos de fin de semana se tratase.

Pues bien, la Medicina -como el Amor, la Justicia, la Religión o el Pensamiento- reclama una faena previa de concreción, de ubicación en una situación definida que, a modo de quilla de navegar, la conduzca y otorgue pasaporte de veracidad. No hay “cosas en sí”, independientes y libres de todo contexto. Más que hablar en abstracto hay que pensar en  “qué”, en “quién”, en “cómo”, en “cuándo” y en “dónde” se producen o manifiestan las dolencias. Por otra parte, el adjetivo “biológico” aplicado a la Medicina no significa exclusivamente una ciencia basada en los aspectos anatómicos, fisiológicos o puramente físico/químicos (ésta sería en realidad la posición de la medicina que hoy llamamos “oficial”). La expresión Medicina Biológica, en nuestros días, evoca el empleo de plantas, dietas, ejercicio, masajes y todo aquello que la gente relaciona con el naturismo de siempre completado con la filosofía del ecologismo, la no contaminación, etc. Y, ciertamente, si deseamos avanzar es preciso renunciar a la simplista interpretación generalizada de que Medicina sólo hay una y de que el adjetivo “biológico” es innecesario. Porque la verdad es que hoy no se comprende una medicina que no esté basada en lo biológico. Y de ahí su importancia. Es necesario pues respetar al máximo el cuerpo y todas sus funciones y pensárselo mucho antes de decidirse por cualquier intervención mutiladora, sea ésta física o bioquímica.

Se sabe también desde hace milenios que en el interior del organismo se producen acúmulos de desechos, cicatrices patológicas, acciones patógenas a causa de dientes en mal estado, etc. Y se sabe también que cualquier causa de enfermedad no actúa de la misma forma y con el mismo peligro en unos u otros temperamentos, edades o constituciones. La idea de que cada enfermo lo es a su manera preside este modo de pensar de la medicina y la tarea médica. Y por eso la táctica de mejorar hasta donde sea posible las funciones orgánicas -con independencia del remedio específico o la intervención quirúrgica que un caso concreto pueda precisar- está presente en la práctica médica de todos los tiempos.

Ciertamente los avances técnicos nos han proporcionado una visión cada vez más profunda de la mecánica del cuerpo y ello ha permitido poco a poco, con el paso de los siglos, mejorar y completar esa ayuda sanadora que, en conjunto, podemos llamar Medicina Hipocrática o Natural y que dejara reflejada en su famoso libro De los aires, las aguas y los lugares, verdadera biblia del naturismo que fue de obligada lectura y estudio en todas las facultades de Medicina hasta finales del siglo XIX. Y es que en sus escritos Hipócrates se anticipó 2.500 años a nuestra moderna visión ecológica de la salud.

Podría decirse que toda medicina, todo estilo de la práctica médica, puede clasificarse y evaluarse en función de la preocupación que el médico manifieste por mejorar el cuerpo y sus funciones como paso obligado para cualquier ayuda específica que después haya de prestársele. A causa de nuestro modelo de vida predominante en la actualidad -que ha herido de muerte, por ejemplo, las saludables costumbres tradicionales de la comida casera y muchos otros usos y costumbres del pasado- ese paso previo de reactivar y optimizar las funciones corporales en el proceso de ayuda a cualquier enfermo se han ido dejando de lado. Se tiene una visión “positiva”, reduccionista y economicista de la salud, y se buscan remedios y soluciones específicas para la mayoría de procesos. Lo cual pospone o margina completamente cualquier visión integral y ecológica de los problemas médicos, y pone toda la labor médica en manos de las grandes multinacionales de la industria farmacéutica y fisioterapéutica que no pueden pensar en el enfermo concreto sino sólo en “la enfermedad” para así elaborar productos industriales. Para la medicina hoy habitual en un hospital moderno apenas se precisa la colaboración activa y consciente del enfermo (el despertar de su conciencia alimentaria, psicológica, lúdica, aeróbica, sexual, etc.). Basta con administrarle, en el mejor de los casos, uno o varios fármacos de acción fisiopatológica exclusivamente orientados al trastorno que, en opinión de la medicina oficial, de la estadística y de los protocolos clínicos, “se han apoderado del paciente” que en ese proceso es un ser pasivo que únicamente debe ser disciplinado o hacer bien los deberes que le marca el técnico de turno.

Por fortuna muchos médicos y pacientes suficientemente sensibles saben hoy que todo sistema médico -más o menos pretendidamente científico- que no tenga en cuenta la conciencia del enfermo y no se plantee de una u otra forma ayudar a éste a cambiar su modo o estilo de vida -hasta donde sea necesario- no logrará ayudarle a recuperar la salud porque todo planteamiento reduccionista conduce a un callejón sin salida. Por el contrario, cuando un médico atiende al enfermocomo “persona irrepetible y única inmersa en una situación específica que hay que considerar en cada caso” estará practicando -sea o no consciente de ello- una medicina auténticamente integral. Ése es el propósito de la Medicina Biológica y de ahí que se haya convertido hoy en un medio imprescindible de recuperación de la salud con métodos naturales.

En suma, la Medicina Biológica -tal como se entiende hoy por miles de médicos en Alemania, Inglaterra, Francia, Suiza, Italia, Rusia, España y otros países de área occidental- es un modo de entender la práctica médica que supone aceptar:

A) Que cada enfermo y la situación que pueda estar atravesando la vive a su maneray hay queinvestigar pues esa “manera de ser del enfermo”. En cada caso y situación. Con independencia de la dolencia específica que manifieste.
B) Que toda pérdida de salud está influida siempre por factores externos e internos que no tienen que estar necesariamente relacionados de manera directa y causal con el proceso que en un momento concreto aqueja al enfermo sino con su capacidad general de adaptación y defensa, con su grado de intoxicación o empantanamiento mesenquémico, con la existencia -o no- de focos interferentes, zonas reactógenas y posibles bloqueos parciales biometabólicos dentro y fuera de las células. Y,
C) Que limitarse a suprimir síntomas con remedios “anti” ignorando las circunstancias externas e internas del enfermo puede conducir a un agravamiento de su cuadro o, lo que es más temible, a una vicariación progresiva o profundización de la desarmonía hasta niveles mucho más complejos e irreversibles que el del sistema vegetativo -puramente nervioso y endocrino- en el que únicamente parece en la mayoría de casos pensar la medicina oficial.

Es más, añadiré que todo médico que practique la Medicina Biológica debería asumir tácitamente:

1) Que lo primero que se debe hacer ante cualquier enfermo es desintoxicar su medio interno a fin de intentar regularizar los procesos neuroendocrinos, revitalizar sus células y optimizar los procesos biometabólicos así como elevar las defensas del sistema inmune.

2) Que el organismo es un complejo sistema de bioinformación cuyas partes se comunican entre sí continuamente y las situaciones dinámicas por las que atraviesa han de ser su herramienta de trabajo clínico.

3) Que en todos los casos se ha de valorar de manera exigente el grado de componente funcional o, al contrario, orgánico del que cada enfermo sea portador. Y,

4) Que para cumplir mínimamente esos objetivos es necesario poseer un conocimiento profundo de multitud de técnicas y enfoques y, por tanto, conocer y entender terapias yconceptos como los de Estructura/Función; Temperamento, Constitución y Diátesis homeopáticas; Vicariación Progresiva y Regresiva; Mesénquima, Empantanamiento y Reactivación Mesenquémica; Homotoxicología; Bioelectrónica y Factores Frónicos; Foco Interferente y Zona Reactógena; Segundo Golpe de Speransky; Terapia Neural; Ocho Reglas de la Acupuntura Tradicional China y síndromes energéticos; Focos Cerebrales de Irritación Parabiótica; Dermialgias Reflejas; Fontanella Biológica, Gemoterapia, Cromoterapia, Terapia Ortomolecular, Sales de Schussler, Oligoelementos Biocatalizadores, Organoterapia, Laserterapia de Baja Intensidad, Biorresonancias, Inductores Iónicos, Sueros Hiperpolarizantes y Magnetoterapia, Ionización Negativa, Terapia Hematógena de Oxidación, Moduladores Inmunitarios por Autosanguis; Autovacunas para controlar alergias y enfermedades autoinmunes, Osteopatía; Odontología Neurofocal; Hidroterapia de colon; Ventosas, Baunscheidt, Masaje Linfático, Chacras y Medicina Ayurvédica.

Supongo que el lector no versado se preguntará cómo se explica que tales enfoques, terapias y recursos sean hoy ignorados por las Facultades de Medicina occidentales. Y la razón está, a mi juicio, en que el hombre actual centra su atención y dedica principalmente su tiempo a cosas muy diferentes a la de tomar conciencia de su cuerpo y su salud por lo que la sociedad ha desarrollado un sistema sanitario funcional. Y en segundo lugar, porque igual que es más difícil confeccionar un buen traje a medida que meter unos patrones en el ordenador de una máquina la Medicina Biológica es integral y supone un trabajo individualizado, artesanal, que exige tanto al médico como al paciente un alto grado de compromiso y responsabilidad individuales. Y finalmente, en tercer lugar, porque los avances de la Medicina Biológica han complejizado de tal manera el viejo consejo hipocrático de atender “la dieta, el ejercicio, los aires y los lugares” que practicarla le supone al médico un esfuerzo similar al que habría de hacer para dominar el contenido de varias especialidades médicas. Y muy pocos profesionales están por esa labor.

Francisco Albertos


Unos meses antes de fallecer el doctor Francisco Albertos describió de forma breve pero intensa sus sentimientos más íntimos ante el proceso que estaba viviendo. Y basta leer las líneas que siguen -y que nos ha hecho llegar la familia- para entender que supo captar perfectamente que lo más importante de la vida es el Amor.

«Viaje”

“A veces me veo viviendo. Es como un viaje a mi intimidad. Atravieso todos los compartimentos interiores en medio de los ruidos de la máquina del cuerpo y el estruendo del oleaje del alma agitada por los sentimientos. Al final llego a esa zona de lo personal donde están las simpatías, los rencores, la culpa, el miedo, el recuerdo de las personas queridas y algunas ideas sobre la libertad, la ética y el destino. Por un instante soy espectador de mí mismo y percibo los callejones sin salida en que estoy atrapado, lo mal que se vive desde el miedo, el rencor o el pesimismo y, al contrario, lo saludable que es vivir en el optimismo, la solidaridad y el amor. Mi corazón de padre, de amigo o de médico se activa y calienta ante cada sonrisa, cada gesto de simpatía o reconocimiento de los demás. Descubro que aspiro con todas mis fuerzas a la máxima lucidez, simpatía y relación armónica que pueda alcanzar para estar en el mundo, explorar, descubrir y compartir cosas. Para amar y ser amado”.

Francisco Albertos
(Otoño 2006)

 

Este reportaje aparece en
95
Junio 2007
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