Manipulación, falsificación y censura en las revistas científicas de élite

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Estudios recientes publicados en las propias revistas así como declaraciones de editores y autores de renombre confirman anteriores denuncias de analistas independientes: la manipulación y falsificación de datos, la censura a través del peer review -o revisión por pares-, las perversiones metodológicas, las prioridades de investigación y publicación de las multinacionales farmacéuticas o el conocido como medical ghostwriting -médicos que cobran hasta 50.000 dólares por firmar artículos preparados por las empresas- son prácticas habituales en las revistas científicas más importantes del mundo. Y el último toque de atención lo acaba de dar Randy Schekman, Premio Nobel de Medicina 2013, quien ha anunciado que ¡no volverá a publicar en las tres revistas líderes: Nature, Science y Cell! Suma así su nombre a la larga lista de investigadores que se revelan ante los grupos de poder que pretenden controlar los postulados científicos.

“No hay forma de Poder sobre la gente que pueda ejercerse si no es a través de la mentira. Es la mentira presentada como verdad y como objeto de fe lo que ha dado siempre fuerza al Poder y sigue dándosela hoy en día de forma que, ¿qué duda os cabe de que la encargada del mantenimiento de esta mentira es la Ciencia y que no puede declararse inocente de nada?”

(Agustín García Calvo)

En 1996 la prestigiosa revista de la Universidad de Duke en Carolina del Norte (EEUU), Social Text, publicaba en las páginas 217 a 252 de su número 46/47 un artículo titulado Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity (La transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica) firmado por el profesor del Departamento de Física de la Universidad de Nueva York Alan D. Sokal. Y el mismo día de su publicación aparecía en la revista neoyorquina Lingua Franca un anuncio del propio Sokal explicando que el artículo que había enviado a Social Text era “un pastiche de jerga postmodernista, reseñas aduladoras, citas grandilocuentes fuera de contexto y un rotundo sinsentido” añadiendo que “se apoyaba en las citas más estúpidas que había podido encontrar sobre Matemáticas y Física”. Publicar ese artículo no había sido en realidad sino el paso final de un exitoso experimento mediante el que Sokal quiso demostrar que cualquier revista de prestigio admite publicar un trabajo acientífico y disparatado si cumple dos condiciones: “Que suene bien y que apoye los prejuicios ideológicos de los editores”.

En suma, con su singular iniciativa Sokal ha cuestionado las raíces del castillo de naipes en el que se sustenta gran parte de la Ciencia poniendo en entredicho la credibilidad de sus procedimientos. Y más importante aún, ha dejado en evidencia a las llamadas “publicaciones científicas” al desvelar su principal papel: el de fijar los dogmas científicos imperantes de modo similar a como lo hacían -y continúan haciéndolo- las encíclicas católicas con los dogmas de fe. Comparación que no hacemos al azar ya que de alguna manera la Ciencia pretende hoy no ya imitar sino incluso sustituir a la Religión en el establecimiento de las “verdades” que la sociedad debe aceptar sin rechistar.

Nuestros lectores habituales saben que en esta revista se han denunciado ya las numerosas irregularidades que se producen en los procedimientos científicos y, en particular, las que atañen a las publicaciones especializadas (vea por ejemplo en nuestra web –www.dsalud.com– los artículos que con los títulos La credibilidad de la industria farmacéutica, bajo mínimos, Investigación médica: nuevos escándalos dejan en entredicho a las revistas científicas, La Medicina: ¿ciencia o pseudociencia?, Fundamentalistas científicos contra el pensamiento crítico y ¡El fraude científico es cada vez mayor! aparecieron en los números 75, 82, 133, 135 y 155 respectivamente). Datos y argumentos que damos por reproducidos y que en esta ocasión vamos a ampliar con algunas noticias recientes situándolas en un contexto general que permita intentar responder a esta pregunta: ¿son los numerosos casos de fraude, manipulación y censura acaecidos en el ámbito de la ciencia -y particularmente los que tienen que ver con la Salud- el resultado de una mera acumulación de sinvergonzonadas perpetradas por individuos corruptos aislados o el inevitable afloramiento del fraude oculto que hay tras una estrategia hábilmente orquestada? Y de ser así, ¿quiénes son los responsables y qué pretenden?

EL PADRE DEL FRAUDE CIENTÍFICO

Para analizarlo conviene empezar haciendo un poco de historia: el propio Galileo Galilei, considerado “el padre de la Ciencia” y cuyos experimentos tanto contribuyeron al establecimiento del llamado “método científico”, escribió en su libro Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo la siguiente observación sobre su trabajo: “Yo, sin hacer el experimento, estoy seguro de que el efecto tendrá lugar como os digo porque es necesario que así ocurra”. Increíble, ¿no? Y si así argumentaba el “padre de la Ciencia”, ¿qué podemos esperar de sus “hijos” y “nietos”? Porque no parece difícil imaginar hoy a los ejecutivos de los grandes laboratorios farmacéuticos “advirtiendo” a los científicos a los que subvencionan que el efecto deseado del fármaco que investigan “tendrá lugar porque es necesario que así ocurra”. Y ante argumento tan mayestático, ¿qué importancia pueden tener los posibles efectos secundarios negativos -muertes incluidas- que provoque? Basta alegar que es el “inevitable” resultado del “progreso” y que es mayor el beneficio que el daño que provoca (el llamado coste-beneficio que ha permitido la aprobación de los miles de fármacos iatrogénicos con el que se nos envenena a diario).

¿No lo cree el lector plausible? Pues recuerde el ejemplo de otra insigne figura de las ciencias de la vida, Gregor Mendel, quien aún hoy ocupa un lugar de honor en el pabellón de científicos ilustres y que todo el mundo venera por las llamadas “leyes de Mendel“. Porque ya en 1936 Ronald Fisher denunció en un documentado artículo que “los datos de la mayoría de los experimentos de Mendel -si no todos- se falsificaron para que coincidieran fielmente con sus previsiones”.

Fraude similar al que cometería otro de los más aclamados prebostes de la Medicina, Luis Pasteur, a quien igualmente se sigue idolatrando tras postular que los microbios son la causa de la mayor parte de las enfermedades y por tanto la única estrategia terapéutica válida consiste en destruirlos así como en prevenir su invasión mediante campañas de vacunación masiva. Convertida en dogma tal teoría es hoy aceptada de forma casi unánime pero lo cierto es que no está científicamente avalada habiendo llegado a ella tras manipular los resultados de sus experimentos para que se correspondieran con las ideas que quería demostrar. Hoy está fehacientemente constatado que mintió y manipuló sus experimentos y sin embargo sus teorías aún persisten en los libros de texto escolares y en la cabeza de la inmensa mayoría de la gente, médicos incluidos (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título ¿Se justifica la teoría microbiana de la enfermedad? apareció en el nº 129).

ENCÍCLICAS CIENTÍFICAS

Fue en todo caso August Comte -considerado el “profeta del positivismo”- quien en 1852 publicó un libro titulado Catecismo positivista en el que propuso que para rescatar a Occidente del caos y la anarquía a la que le había llevado la religión se adoptase como única fuente de dogmas el “método científico“. En pocas palabras, proponía sustituir las “verdades religiosas” por las “verdades científicas”. Loable intento si no fuera porque la Ciencia se terminó convirtiendo en otra “religión” en la que la Santa Inquisición es hoy la llamada “Comunidad Científica”, entidad inexistente cuya representación ha asumido un grupo de poder inidentificado que dicta a voluntad lo que debe o no creerse y admitirse. De forma que todo lo que no avale la “Comunidad Científica” -o sea, el grupo que se ha auto-arrogado la decisión de avalar lo que les place y rechazar lo que les molesta- es considerado social y científicamente inaceptable. Avales que en el ámbito de la salud otorgan a través de las revistas “científicas” especializadas que han pasado a ser las nuevas “encíclicas” y sus resúmenes auténticas “biblias” médicas (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título Revistas científicas: las “biblias” de la clase médica apareció en el nº 64).

Al punto de que son ya miles las revistas sobre Medicina controladas directa o indirectamente por la todopoderosa industria farmacéutica desde las que ese grupo de poder pontifica sobre todas las “especialidades” médicas. Es decir, desde las que se predica la “verdad científica” sobre cualquier problema de salud y los protocolos -casi siempre farmacológicos por supuesto- que han de seguir los médicos -meros sacerdotes administradores de los sacrosantos fármacos- a los que se acusará de ser “científicamente herejes” si no se atienen a lo dictado por las autoridades de esta moderna “inquisición científico-religiosa”: la “Comunidad Científica” (es obvio que jamás ha habido una reunión de todos los científicos del mundo en la que éstos hayan expresado su opinión mayoritaria -ni siquiera por parcelas de conocimiento- luego todo el que afirma que la “comunidad científica” avala esto o rechaza aquello es simplemente un ignorante o un mentiroso manipulador).

El doctor Gonzalo Herranz, quien durante años fuera profesor de Ética Médica en la Universidad de Navarra, dio al respecto en su día una conferencia cuyo significativo título fue La prensa científica, creadora de opinión pública, en la que analizó la influencia de tales publicaciones en la sociedad y los dilemas éticos que les plantea a quienes trabajan en ellas el hecho de que todas se mantienen gracias a las aportaciones económicas de la industria farmacéutica. Ponencia en la que aseveraría: “La parte culturalmente más significativa -la verdaderamente formadora de opinión pública- de las novedades biomédicas que se difunden a través de los medios ordinarios de comunicación se originan en las páginas de unas pocas publicaciones que, por decirlo así, actúan a modo de dominante agencia mundial de noticias sobre las ciencias de la vida y la salud. Y para acceder a esas noticias es suficiente examinar cada semana media docena de revistas biomédicas. Yo las llamo las seis grandes. Son Nature, Science, The New England Journal of Medicine, The Lancet, The Journal of the American Medical Association y The British Medical Journal”.

En suma, si los grandes medios de comunicación de masas cumplen la función clave de formación de opinión y domesticación de la ciudadanía transmitiendo e inculcando los valores que interesa a los poderosos -aunque sería más exacto decir la falta de valores- las publicaciones científicas tienen el mismo cometido si bien a un nivel mucho más especializado. Y es que del mismo modo que el ciudadano de a pie cree que lo que cuentan la televisión y los periódicos es la verdad el médico de a pie cree que lo que dicen las revistas científicas es la verdad; incluso una verdad más incuestionable que la de la prensa porque emana de una autoridad absolutamente incuestionable: ¡la Ciencia!

UNA CADENA DESTRUCTIVA

Obviamente todo obstáculo que impida el conocimiento es criticable pero en el caso del biomédico la defensa dogmática de ideas y planteamientos obsoletos que solo se mantienen en vigor para salvaguardar los intereses económicos de una minoría privilegiada tiene consecuencias dramáticas.

¿Y cómo se articula tal manipulación? Para empezar, controlando a los investigadores y teniendo la exclusiva de los ensayos. Lo que la industria farmacéutica ha logrado al convencer a los gobiernos de casi todos los estados de que no inviertan en investigación alegando que es demasiado caro y ya se ocupará ella de hacerla y haciendo que la financiación y los sueldos de quienes la ejecutan dependan de ella. En pocas palabras, la inmensa mayoría de los ensayos clínicos los hacen hoy casi en exclusiva los laboratorios farmacéuticos y la poca investigación pública la financian también -directa o indirectamente- para poder controlarla. Es más, han logrado que los gobiernos pongan todo tipo de recursos públicos a su disposición: hospitales, clínicas, centros de salud, instituciones de investigación, equipos tecnológicos y médicos, profesionales sanitarios… ¡Hasta pacientes que hagan de cobayas en sus ensayos!

Ya en el nº 155 se explicó en nuestra publicación -en el artículo ¡El fraude científico es cada vez mayor!- que las revistas científicas tuvieron que retractarse -hasta mayo de 2012- de lo dicho en ¡2.047 artículos! En el 67% de los casos porque se detectó “mala conducta”, en el 21% porque se detectaron “errores” y en un 10% porque se trataba de simples plagios. Y asimismo se detectaron otros trabajos que no fueron retirados a pesar de detectarse errores o engaños con lo que otros investigadores los siguen dando por buenos y los valoran -o citan- para sus investigaciones. Siendo apenas los más de dos mil artículos en los que se detectó mala conducta, plagio o errores la simple punta de un gigantesco iceberg de corrupción.

En segundo lugar, está constatado que muchos ensayos farmacológicos se llevan a cabo con grupos reducidos poco representativos que además se diseñan a menudo previamente para potenciar los resultados positivos y minimizar los negativos. Es más, como tienen el control total sobre el ensayo a veces se han manipulado o modificado directamente los datos cuando los resultados obtenidos no eran los esperados. Resaltándose en otras ocasiones los presuntos beneficios del fármaco mientras se minimizaban -u ocultaban sin más- los efectos negativos.

Otra de las estrategias habituales de la industria -ampliamente denunciada por Discovery DSALUD– es contratar investigadores que firmen como autores trabajos en los que ni siquiera han participado y cuyos “resultados” son por tanto más que dudosos. Y otra igualmente habitual es contratar empresas especializadas en elaborar “artículos médicos” que “traduzcan” el lenguaje clínico para presentarlo “de modo más adecuado” al público. La idea es que el médico -o el paciente- se lea el “resumen” previamente “cocinado” y no el trabajo con los datos reales.

NO SE TOMAN MEDIDAS CONTRA EL FRAUDE

Es suma, los laboratorios intentan asegurarse de que sobre sus fármacos se diga exclusivamente lo que les interesa y se minimice u oculte lo negativo; pero de ello hemos dado ya suficiente información en números anteriores y a ella nos remitimos.

Recordemos no obstante que según un estudio publicado en 2012 en Proceedings of the National Academy of Sciences el fraude científico se ha multiplicado por diez desde 1975. Y que otro estudio publicado en The Wall Street Journal indica que mientras el número de artículos publicados en revistas científicas ha aumentado un 44% el de artículos retirados ¡se ha multiplicado por 15! De hecho en una encuesta realizada a 163 profesionales de la bioestadística el 31% reconoció haber participado en algún proyecto fraudulento y un 13% que había recibido propuestas directas para cometer fraude. Es más, en un metaanálisis de 21 estudios que recogían respuestas de 11.647 científicos resultó que un 2% había cometido fraude al menos una vez en su carrera.

Y lo preocupante es que hablamos de un problema que viene de lejos: se lleva denunciando ¡décadas! Un trabajo publicado por el Dr. Jim Nuovo en 2002 en el Journal of the American Medical Association (JAMA) –http://jama.jamanetwork.com/article.aspx?articleid=194958- revisó 359 estudios sobre medicamentos aparecidos entre 1989 y 1998 en revistas de élite y sólo 26 publicaron las estadísticas de los efectos negativos; luego en 333 estudios se ocultaron. Y obviamente por algo sería…

Lisa M. Schwartz y Steven Woloshin publicaron por su parte en el mismo número -287/21- de ese mismo diario –JAMA- un estudio analizando comunicados de prensa de 6 números consecutivos de las tres principales revistas del sector –The Lancet, British Medical Journal y el propio JAMA– llegando a la conclusión de que los resultados positivos se exageraban de forma habitual mientras se minimizaban u ocultaban los negativos. Agregando que solo el 22% explicaba que el ensayo lo había financiado el propio laboratorio (puede consultar el texto en http://jama.jamanetwork.com/article.aspx?articleid=194960).

En suma, el fraude crece año tras año de forma escandalosa sin que ni las agencias del medicamento ni los gobiernos tomen medidas. Y de hecho aunque el número de artículos retirados aumenta cada año es obvio que entre ellos hay también algunos incómodos para el establishment médico; como el del Dr. Andrew Wakefield sobre el autismo o el estudio de Gilles-Eric Seralini sobre la toxicidad del RoundUp de Monsanto publicado en Food and Chemical Toxicology debido a las presiones del Grupo Elsevier.

Por otra parte los artículos que sirven de pilares del actual entramado médico oficial procuran no retirarse aunque se haya constatado que son fraudulentos; ejemplo paradigmático de ello es el publicado por Robert Gallo en Science el 4 de mayo de 1984 en el que afirmó falsamente haber aislado el VIH. Science se niega a retirarlo a pesar de las numerosas peticiones en ese sentido de prestigiosos científicos e investigadores.

CENSURA A DISCRECIÓN

Otro mecanismo que permite el filtrado de artículos a conveniencia de quienes manejan todo esto es el llamado peer review (revisión por pares) cuyos detalles de funcionamiento hablan por sí mismos. Y es que es cierto que los autores no conocen a los revisores pero éstos saben perfectamente no solo quiénes son los autores del artículo que están revisando sino qué institución, laboratorio o empresa lo respalda y financia. Además cuanto más prestigio tiene una publicación más probable es que consiga disponer de expertos reconocidos… lo que significa que estarán menos dispuestos a admitir cuestionamientos de conocimientos, a veces establecidos por ellos mismos. ¿Y qué posibilidad hay de que los autores que han hecho aportaciones aceptadas y “respetadas” en un campo del conocimiento estén dispuestos a permitir que algún otro investigador lo cuestione? Ninguna.

Los editores defienden la necesidad de “árbitros independientes” para asegurar la “excelencia científica” de los artículos pero cuando hay grandes intereses en juego no tienen problema alguno en dar argumentos de lo más peregrino para justificar que un trabajo no se revise. Es el caso del famoso artículo de Watson y Crik sobre la estructura del ADN que ¡no se revisó! La “explicación” de John Maddox -entonces editor de Nature- fue la siguiente: “El artículo no tenía que ser arbitrado: su corrección era autoevidente”. ¿Autoevidente? Menudo concepto científico. ¿Y por qué no podía ser arbitrado? Esto es lo que dijo: “Ningún árbitro que trabajara en ese área podría mantener la confidencialidad una vez que se viera la estructura”.

En fin, la propia revista Nature afirmó ya en un editorial de 2006 que “los científicos entienden que por sí misma la evaluación por pares proporciona una garantía mínima de calidad y aunque se tiende a considerar una especie de sello de autentificación tal creencia está muy lejos de la verdad”. Y Richard Smith, director durante 25 años del British Medical Journal, diría que “contrariamente a la opinión general la eficacia de la revisión por pares previa a una publicación no ha sido nunca demostrada, es lenta, costosa y en gran medida una lotería: pobre en encontrar errores, sesgada, antiinnovadora, propensa al abuso e incapaz de detectar el fraude”. Sin comentarios.

LA AUTORÍA FANTASMAL

Como antes avanzamos algunas compañías farmacéuticas utilizan empresas intermediarias especializadas en elaborar artículos sobre sus productos. De hecho hay ya centenares de agencias -conocidas como Agencias de Planificación de Publicaciones (Publication Planning Agencies) y Compañías de Comunicación Médica (Medical Comunication Companies)- cuyo trabajo consiste en dar apariencia científica a los mensajes de las compañías y elaborar trabajos en los que recoger de modo “adecuado” -es decir, convenientemente filtrados- los resultados de las investigaciones y ensayos clínicos. Ante lo que Richard Horton, Editor Jefe de The Lancet, diría en 2004: “Las revistas científicas han degenerado en operaciones de lavado de información para la industria farmacéutica”.

En suma, quienes escriben esos textos no aparecen posteriormente como autores y por eso se les denomina ghostwritters -es decir, “escritores fantasmas”- aunque tal denominación también se aplica a quienes firman los artículos sin haberlos escrito ni participado en las investigaciones: habitualmente médicos o científicos de presunto prestigio y pocas exigencias éticas que a cambio de dinero u otras prebendas se presta a firmar el texto.

Hoy se asume que la práctica totalidad de las grandes empresas -farmacéuticas en este caso- hacen uso de esta herramienta desconocida para el gran público por razones obvias. No saltando la alarma social hasta el escándalo de la terapia de sustitución hormonal comercializada por Wyeth (actualmente Pfizer) con el nombre de Premarín cuyo uso incrementa el riesgo de apoplejías, infartos, coágulos sanguíneos y cáncer de mama y que provocó más de 13.000 demandas lo que llevó a informar ampliamente de ello al New York Times y a la revista PLOS Medicine, medios que representados por Public Justice -organización estadounidense sin ánimo de lucro- conseguirían que un juez federal ordenara el 24 de junio de 2009 la puesta a disposición pública de unos mil quinientos documentos confidenciales de la compañía que desvelaron en detalle todo el proceso de elaboración de artículos por “escritores fantasmas” con el objetivo de contrarrestar los estudios independientes que advertían de los peligros de ese fármaco.

Obviamente no ha sido el único caso. Desde entonces muchas otras multinacionales farmacéuticas han sido relacionadas con escándalos de “escritura fantasma”: Merck, GlaxoSmithKline, Abbott, Cyberonics, EliLilly, Johnson & Johnson…; en suma, empresas que no destacan precisamente por sus virtudes éticas.

Y lo singular en que en general todo el mundo -salvo las farmacéuticas, obviamente- considera negativa -públicamente- la práctica del ghostwritting -autores, editores, la mayoría de las universidades, el Institute of Medicine, los National Institutes of Health (Institutos Nacionales de Salud)…- pero la realidad es que muchos colaboran en su mantenimiento. Un estudio publicado en JAMA -recogido por el New York Times el 10 de septiembre de 2009- afirmaba que un 7,9% de los artículos del JAMA, un 7,6% de los The Lancet y un 4,9% de los de Annals of Internal Medicine eran de “escritores fantasma”.

Es más, en 2003 David Healy y Dinah Cattell publicaron en el nº 183 del British Journal of Psyquiatry un artículo en el que aseguraban que casi ¡el 50%! de los textos relacionados con fármacos estaban elaborados por “escritores fantasma”. Siete años después -el 24 de junio de 2010- el senador norteamericano Charles Grasley presentaría un informe sobre el ghostwriting médico en el que contaría que según le había confesado un conocido editor al menos la tercera parte de los artículos enviados a su revista habían sido escritos por “escritores fantasma”. Y hay más: según la organización sin ánimo de lucro Proyect on Goverment Oversight (POGO) un prominente académico asegura que en algunas áreas muy específicas -como los antidepresivos pediátricos- ¡el 100% de los artículos procede de “escritores fantasma”!

PLOS Medicine publicó de hecho una monografía sobre ghostwriting que los interesados pueden leer en www.ploscollections.org/article/browse/issue/info%3Adoi%2F10.1371%2Fissue.pcol.v07.i15.

Todo esto hizo que el Comité Internacional de Editores de Revistas Médicas se decidiera a consensuar una serie de reglas básicas sobre la autoría y responsabilidad de los estudios y artículos cuyos puntos fundamentales se resumen en considerar “autor” a todo el que hace una “contribución intelectual sustantiva” a un estudio, tanto en su concepción y diseño como en la obtención de datos, en su análisis e interpretación, en la elaboración del borrador del artículo y en la revisión crítica de su contenido así como en la aprobación final de la versión que se publicará. Luego cuando un grupo grande participa en un trabajo se debe identificar a todos los que aceptaron esa responsabilidad. No se considera en cambio autores a quienes se dedican a conseguir los fondos, a recoger información o a supervisar de modo general el trabajo de investigación. Sin embargo la realidad es que el cumplimiento de tales reglas es voluntario y aunque muchas revistas apoyaron el documento -la lista puede consultarse en www.icmje.org/journals.html– ese hecho no garantiza que la publicación cumpla luego con las reglas.

UN PREMIO NOBEL SE PLANTA

En todo caso la crítica más dura y reciente a las publicaciones científicas acaba de hacerlas -con una enorme cobertura mediática- Randy Schekman, biólogo estadounidense galardonado con el último Premio Nobel de Medicina por sus trabajos sobre transporte celular, quien ha llegado a decir que distorsionan el proceso científico y ejercen una “tiranía” que altera el funcionamiento de la ciencia. Es más, ha anunciado -para asombro de quienes aun creen ingenuamente en la credibilidad y ética de las grandes revistas del sector- que no piensa volver a publicar nada en ninguna tres de las tres principales: Nature, Science y Cell. “La ciencia debe romper la tiranía de las revistas de lujo”, diría. Es más, acusó a los editores y directores de esas publicaciones de “no ser científicos” y “guiarse por criterios editoriales, sensacionalistas o de audiencia a la hora de publicar unos estudios u otros”. Añadiendo: “Al igual que los diseñadores de moda que crean bolsos de edición limitada las revistas saben que la escasez de publicaciones alimenta la demanda por lo que reducen artificialmente el número de trabajos que aceptan”.

Lo malo es que si bien es de agradecer que un Premio Nobel se decida a hablar claro y utilice para hacerlo una tribuna tan espectacular como la de ese premio sus críticas se quedaron en aspectos superficiales que no tocan la raíz del problema. Es más, habría que preguntarle por qué no renunció a un premio conseguido mediante -son sus propias palabras- “sistemas imperantes de la reputación personal y el ascenso profesional” en los que “las mayores recompensas a menudo son para los trabajos más llamativos y no para los mejores”; especialmente porque él mismo reconoce haber sido partícipe: “Yo mismo he actuado movido por ellos”.

Terminamos mencionando que hace unos años empezaron a surgir alternativas a las revistas clásicas lo que puede constatarse entrando en http://es.wikipedia.org/wiki/Acceso_abierto; de hecho Schekman tiene hoy su propia publicación electrónica en Internet: www.elifesciences.org. Y que existen igualmente alternativas al Peer Review en PMBook (http://liderdeproyecto.com/manual/que_es_el_pmbok.html) y en Scrum (www.scrum.org).

Jesús García Blanca

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Febrero 2014
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