La importancia del ejercicio físico

El ejercicio físico moderado constituye junto a la dieta, el descanso adecuado y un medioambiente exento de tóxicos una de las bases fundamentales de la salud. Es, más no solo es importante sino ¡vital! Quien no hace a diario algo de ejercicio no puede estar sano; así de simple y contundente. Es más, el ejercicio contribuye incluso a la regeneración neuronal según ha constatado recientemente un grupo de investigadores estadounidenses al descubrir que la actividad física estimula la producción del denominado factor neurotrófico derivado del cerebro en el giro dentado del hipocampo -área del cerebro involucrada en el aprendizaje y la memoria-, fundamental en la creación de nuevas conexiones sinápticas. Un descubrimiento que confirma la importancia del ejercicio no solo como factor preventivo sino curativo en el caso de las enfermedades degenerativas cerebrales.

La expresión “hacer ejercicio es bueno para la salud” es un postulado tan conocido como ampliamente ignorado. Y sin embargo si existe un hábito beneficioso para casi todas las patologías conocidas es la práctica de una actividad física moderada. Se equivocan pues quienes piensan que la salud perdida solo se recupera acudiendo a la consulta médica y a la farmacia: el ejercicio físico junto a una buena dieta, un descanso apropiado y un organismo libre de tóxicos constituyen en realidad los “medicamentos” ideales. Especialmente hoy en que la vida “moderna” nos ha convertido en seres mayoritariamente sedentarios: nos trasladamos a casi todas partes en vehículos –privados o públicos-, la mayoría de la gente trabaja habitualmente sentada y al volver al hogar buscamos un cómodo lugar para ver la televisión -a menudo sentados o tumbados- o aposentarnos ante el ordenador antes de irnos a dormir. Todo ello acompañado de un elevado consumo diario de calorías que raramente quemamos. Una situación que es aún mucho peor en al caso de los niños porque éstos, que están creciendo y necesitan aún desarrollarse, han sustituido la actividad física callejera por videoconsolas, tabletas y ordenadores que quizás contribuyan a un mayor desarrollo cognitivo –aunque eso está por demostrar- pero que dado el enorme consumo actual de chuches, palomitas, ganchitos, patatas fritas, gofres, cereales refinados, golosinas, dulces, pastas, pasteles, bombones, galletas, colas, gaseosas, refrescos, mantequilla, margarina, fuagrás, cremas, quesos, embutidos, etc.- y sustancias tóxicas –aditivos alimentarios, vacunas y fármacos incluidos- pueden llevarles a una rápida acidificación e intoxicación de sus organismos así como al sobrepeso, la obesidad, la diabetes y, a largo plazo, a todo tipo de problemas cardiovasculares, endocrinos y neurológicos.

El ejercicio es vida. Lo recordaba George Clooney en la película Up in the Air: “Mientras más lento nos movemos más rápido morimos. No se equivoquen: moverse es vivir”. Solo que esta verdad tan simple no es nueva y producto de la denominada sociedad del conocimiento sino tan vieja como el mundo. Ya en el 2500 a. C. existían en la antigua China tablas de ejercicios destinados al cuidado de la salud y tanto Hipócrates (460-370 a.C.) como Galeno (129-210 d.C.) prescribieron el ejercicio como forma de recuperarla al enfermar. Aunque no fuera hasta mediados del siglo pasado cuando comenzaron los estudios “científicos” para demostrar… lo evidente.

De hecho el primer trabajo conocido fue publicado no hace mucho: en The Lancet en 1953. Dirigido por J. N. Morris se publicó con el título Coronary heart-disease and physical activity of work (Las enfermedades cardiovasculares y la actividad física en el trabajo) y demostró que los empleados de los autobuses londinenses de dos pisos que pasaban su jornada de trabajo recorriendo el vehículo de una punta a otra y subiendo y bajando escaleras para vender y/o controlar los billetes sufrían la mitad de las enfermedades coronarias que sus compañeros que se pasaban el día al volante. Posteriormente Morris realizaría un estudio similar comparando la actividad de los carteros que recorrían las calles con la de aquellos que permanecían en las oficinas de Correos obteniendo la misma conclusión. Así comenzaron los estudios epidemiológicos sobre los resultados de la actividad física reconociendo en 1992 la Asociación Americana del Corazón el sedentarismo como factor de riesgo de la cardiopatía coronaria y la enfermedad cardiovascular. Y en 1996 el Departamento de Salud y Servicios Humanos estadounidense concluía por su parte que «la actividad física regular reduce el riesgo de las enfermedades cardiovasculares y las enfermedades del corazón«.

Hoy la evidencia científica acumulada es ya incuestionable y no sólo respecto a las patologías cardiovasculares. Tal y como señalan los investigadores españoles del Departamento de Fisiología de la Universidad de Valencia J. Viña, F. Sanchis-Gomar, V. Martínez-Bello y M. C. Gómez-Cabrera en su trabajo Exercise acts as a drug; the pharmacological benefits of exercise (El ejercicio actúa como un medicamento: beneficios farmacológicos del ejercicio) los beneficios de la actividad física cotidiana alcanzan no sólo a las personas sanas sino especialmente a las enfermas. “Estudios observacionales y randomizados –cuentan en su trabajo- han demostrado que la actividad física regular contribuye al tratamiento de varias enfermedades crónicas (Bouchard y otros, 1994; Warburton y otros, 2006). Hay evidencia para la prescripción del ejercicio en la prevención primaria y secundaria de las enfermedades pulmonares y cardiovasculares (enfermedad coronaria, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, hipertensión y claudicación intermitente), trastornos metabólicos (diabetes de tipo 2, dislipidemia, obesidad y resistencia a la insulina); músculo, hueso y enfermedades de las articulaciones (artritis reumatoide, fibromialgia, síndrome de fatiga crónica y osteoporosis); cáncer y depresión (Pedersen y Saltin, 2006; Warburton y otros, 2006). Aunque el ejercicio es un agente terapéutico efectivo para todas estas enfermedades, al igual que con cualquier medicamento la dosis (volumen e intensidad del ejercicio), la frecuencia de administración (sesiones semanales), el tipo (ejercicio aeróbico frente a ejercicio de resistencia), los efectos psicoactivos y sistémicos, las contraindicaciones y efectos secundarios del ejercicio deben tenerse en cuenta para lograr el mejor resultado clínico. Por ejemplo, tanto la resistencia como el entrenamiento aeróbico han demostrado ser beneficiosos para el control de la diabetes y, sin embargo, el entrenamiento de resistencia puede tener mayores beneficios para el control glucémico que el entrenamiento aeróbico (Dunstan y otros, 2005)”.

Entendiéndose por “entrenamiento aeróbico” toda actividad en la que el ritmo cardíaco y la respiración se elevan pero aún así es posible hablar cómodamente; como caminar, trotar, bailar, nadar o pasear en bicicleta por superficie llana sin competir. Y por “ejercicio de resistencia” el que exige un severo esfuerzo físico durante un tiempo prolongado y conlleva un considerable aumento de la frecuencia cardíaca, una respiración acelerada y dificultad para mantener una conversación; como los ejercicios gimnásticos o aquellos realizados para afrontar una competición.

Pues bien, los estudios efectuados indican que quienes realizan una actividad física moderada –sean hombres o mujeres- pueden llegar a tener entre un 20% y un 35% menos de posibilidades de morir que aquellos que llevan una vida sedentaria.

EL EJERCICIO Y LA NEUROGÉNESIS

Y el ejercicio no sólo mejora las constantes físicas y la apariencia: también mejora el aspecto emocional y el rendimiento mental. De hecho existe ya un importante volumen de investigación que asocia el ejercicio a la neurogénesis o capacidad de regeneración neuronal, la cognición y el tamaño de ciertas estructuras del cerebro, tanto en humanos como en animales. Por eso se sabe hoy -tal y como recogen los investigadores españoles citados- que influye favorablemente en la función cognitiva (Dishman y otros en 2006; Gómez-Pinilla Vaynman en 2006), mejora el aprendizaje y la memoria (van Praag y otros en 1999), mejora la calidad del sueño y contrarresta el deterioro mental debido a la edad (Laurin y otros en 2001), facilita la recuperación funcional de una lesión cerebral (Grealy y otros en 1999), ayuda en la depresión (Siuciak y otros en 1996 así como Shirayama y otros en 2002) y es un potente estímulo para la inducción de la neurogénesis en el giro dentado adulto que puede contribuir a la remodelación de circuitos sinápticos del hipocampo y mejorar la función cognitiva (van Praag y otros en 1999).

La investigación llevada a cabo en los últimos años con ayuda de la más moderna tecnología de exploración cerebral confirma además un efecto menos conocido: el ejercicio aeróbico protege las neuronas. Y es que aumenta los niveles del factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF por sus siglas en inglés), el factor de crecimiento insulínico tipo 1 (IGF-1 por sus siglas en inglés) y el factor de crecimiento endotelial vascular (VEGF por sus siglas en inglés) contribuyendo ello a la neurogénesis. “La neuroprotección derivada de la práctica de ejercicio –puede leerse en el trabajo Mechanisms of Neuroprotection Underlying Physical Exercise in Ischemia. Reperfusion Injury de David Dornbos III y Yuchuan Ding publicado en 2012 en Current Drug Targetses un efecto endógeno que se produce independientemente de la modificación de los factores de riesgo que también se aprecian después del ejercicio. La neuroprotección innata por el ejercicio se deriva de los elevados niveles de proteínas neurotrofinas que contribuyen a una mayor presencia neuronal y un mejor rendimiento».

La actividad física regular aumenta además el flujo de sangre que llega al hipocampo, produce cambios morfológicos positivos en las dendritas y espinas dendríticas, aumenta la plasticidad sináptica y, sobre todo, da lugar a una clara neurogénesis en el giro dentado según se ha comprobado en varios modelos de ratones.

No es de extrañar por tanto que el ejercicio contribuya a mejorar el estado de quienes padecen patologías neurológicas como la depresión, la epilepsia, los accidentes cerebrovasculares, el alzheimer o el parkinson. En su aspecto más físico, por ejemplo, el estudio La actividad física y el riesgo de accidente cerebrovascular isquémico en el Alto Manhattan publicado en 2010 en Neurology por J. Z. Willey señala que las personas mayores que hacen ejercicio con regularidad -de moderado a intenso- son menos propensas a padecer «infartos silenciosos», uno de los primeros signos de la enfermedad cerebrovascular.

Y por lo que respecta al ámbito emocional también está demostrado que el ejercicio físico es útil en casos de depresión; existen pruebas abundantes. En una investigación de la Universidad de Duke dirigida por James Blumenthal –se publicó en 1999 en Archives of Internal Medicine bajo el título Effects of Exercise Training on Older Patients With Major Depression– se dividió a 150 participantes deprimidos de 50 años o más en tres grupos a uno de los cuales se le asignó un régimen de ejercicios, a otro se le administró Zoloft –un conocido antidepresivo- y al tercero una combinación de ambos. Bueno, pues al cabo de seis meses se constató que quienes estuvieron integrados en los grupos de ejercicio físico experimentaron recaídas significativamente menores. Sólo un 8% de quienes hicieron exclusivamente ejercicio físico experimentó nuevas depresiones mientras eso ocurrió en el 38% de quienes tomaron Zoloft y en el 31% de quienes hicieron ejercicio pero además tomaron el antidepresivo. Enésima demostración de que los antidepresivos son no solo peligrosos sino terapéuticamente ineficaces. Y si lo duda lea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título ¡Funciona mejor y sin sus peligros un placebo que un antidepresivo! apareció en el nº 127).

“¿Por qué es mejor el mero ejercicio? –se pregunta en un artículo que denuncia la ineficacia de los antidepresivos Irving Kirsch, profesor de Psicología de la Universidad de Hull en Reino Unido-. No sabemos. Ni siquiera sabemos si los antidepresivos funcionan y en qué medida. Y tampoco sabemos por qué funciona el ejercicio. Tal vez tenga que ver con la liberación de endorfinas o tal vez sea un efecto placebo. Así que imaginemos por un momento que los efectos en la depresión del ejercicio se deben al efecto placebo, consideremos luego los efectos secundarios de los antidepresivos y comparemos éstos con los efectos secundarios del ejercicio. ¿Qué placebo preferiría usted?”

DEL MÚSCULO AL CEREBRO

Y es que el cómo y porqué se obtenían tales resultados no se entendían bien… hasta hace muy poco. Pero las cosas han cambiado: un estudio recientemente publicado por el equipo del doctor Bruce M. Spiegelman -del Dana Cancer Farber Cancer Institute- en Cell Metabolism bajo el título Exercise Induces Hippocampal BDNF through a PGC-1α /FNDC5 Pathway (El ejercicio induce BDNF en el hipocampo a través del mecanismo PGC-1α / FNDC5) concluye que el ejercicio provoca la producción de una proteína llamada FNDC5 a partir de la activación del gen PGC-1α encargado de estimular la biogénesis mitocondrial y promover la remodelación del tejido muscular. Según explica es la FNDC5 que se escinde y libera en el torrente sanguíneo cuando rompemos a sudar la que induce algunos de los principales beneficios metabólicos del ejercicio. Y es que la forma secretada de FNDC5, una hormona conocida como irisina, contiene 112 aminoácidos. Estudios clínicos previos en humanos ya habían confirmado la correlación positiva entre el aumento de la presencia de FNDC5 y la irisina circulante con el nivel de ejercicio pero ahora el estudio del grupo de Spiegelman ha conseguido demostrar que la FNDC5 también alcanza el cerebro atravesando la barrera hematoencefálica y estimula la producción de otra proteína llamada factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF) en el hipocampo; concretamente en la zona conocida como giro dentado, la parte del cerebro involucrada en el aprendizaje y la memoria.

Cabe agregar que el BDNF promueve muchos aspectos del desarrollo cerebral, incluyendo la supervivencia neuronal y la diferenciación, migración, arborización dendrítica y crecimiento de nuevos nervios y sinapsis – puntos de conexión entre los nervios- ayudando a la supervivencia de las células cerebrales existentes. Además el BDNF es esencial para la plasticidad sináptica y el aprendizaje. Para destacar su importancia baste decir que las personas portadoras de una mutación responsable de una menor presencia de BDNF en el cerebro muestran una disminución del volumen de áreas cerebrales específicas, déficits en la función de la memoria episódica y un aumento de la tensión y la depresión.

Pues bien, tras haber demostrado que la FNDC5 es el vínculo molecular –o, al menos, el primero conocido- entre el ejercicio y el aumento de BDNF en el cerebro los investigadores se plantearon si el incremento artificial de FNDC5 en ausencia de ejercicio tendría el mismo efecto. Y utilizando un virus inofensivo en ratones hicieron llegar desde el hígado la proteína a la corriente sanguínea con la esperanza de que la FNDC5 pudiese llegar al cerebro y aumentar la actividad del BDNF. Siete días después se examinaron los cerebros de los ratones observándose que, en efecto, había habido un aumento significativo de BDNF en sus hipocampos.

Ya que el ejercicio de resistencia aumenta claramente la expresión de BDNF en el cerebro -dirían los investigadores- las mejoras en la capacidad de ejercicio podrían tener efecto positivo en el crecimiento del cerebro; especialmente en el hipocampo. Quizás el resultado más emocionante en general sea que la entrega periférica de FDNC5 con vectores adenovirales es suficiente para inducir la expresión central de BDNF y otros genes con posibles funciones neuroprotectoras o aquellas involucradas en el aprendizaje y la memoria. Esto sugiere que una forma secretada de FDNC5 en la sangre circulante tiene esos efectos sobre las neuronas al travesar la barrera cerebral. Queda por determinar si se trata de la proteína irisina o de otra forma modificada”. La investigación deja pues abierta una importante puerta para quienes por su estado físico no puedan practicar el ejercicio requerido. “Las implicaciones terapéuticas –señalan en sus conclusiones- son evidentes ya que los datos indican que podría desarrollarse un polipéptido como medicamento capaz de ofrecer neuroprotección en estados de enfermedad o mejorar la cognición en poblaciones envejecidas”.

Un reto esperanzador pero mientras lo mejor será que nuestros mayores hagan ejercicio.

EL EJERCICIO, EN EL CENTRO DE LA EVOLUCIÓN

Obviamente el papel de la resistencia física en la evolución del ser humano es algo que también preocupa a los antropólogos. Los biólogos evolutivos Daniel E. Lieberman -de la Universidad de Harvard- y Dennis M. Bramble -de la Universidad de Utah– publicaron en 2004 en Nature un artículo titulado Endurance Runnig and the Evolution of Homo (Carrera de resistencia y evolución del Homo) en el que postulan que nuestros ancestros bípedos sobrevivieron al convertirse en atletas de resistencia capaces de perseguir, acosar y cazar presas veloces andando y trotando tras ellos largas distancias hasta que los animales caían. La resistencia era pues imprescindible para la obtención del alimento que proporciona la energía necesaria para la supervivencia y el apareamiento y ello implica que aquellos primeros corredores modificaron así su genética traspasando ésta a las siguientes generaciones lo que mejoraría la especie. Teoría avalada por la Epigenética.

Y hay más: un estudio publicado en marzo de 2012 en Cell Metabolism por los investigadores Juleen Zierath y Romain Barres -del Instituto Karolinska de Estocolmo (Suecia)- demuestra que el ejercicio físico puede retrasar la aparición de la diabetes al aumentar la expresión de determinados genes implicados en la oxidación de los músculos y la regulación de la glucosa. El trabajo indica concretamente que como consecuencia de la actividad física se pone en marcha en muy poco tiempo un proceso bioquímico conocido como metilación/desmetilación –uno de los procesos a través de los cuales se produce la activación o desactivación de nuestros genes- que ayuda a explicar cómo la actividad física, además de hacernos más fuertes, protege el cuerpo de las llamadas enfermedades metabólicas (lea el lector en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título El simple ejercicio físico ¡modifica la expresión del ADN! apareció en el nº 149).

Pero sigamos con el planteamiento de Lieberman y Bramble. Según ellos la selección natural habría llevado a seres humanos más aptos para la actividad física, con cuerpos de piernas más largas, dedos en los pies más cortos, menos pelo y complicados mecanismos en el oído interno a fin de poder mantener el equilibrio y la estabilidad durante la marcha en posición vertical. Pero, ¿y el cerebro? Hasta el momento el hecho de que los seres humanos tengamos un cerebro casi tres veces más grande de lo que cabría esperar en comparación con otros mamíferos lo explican los evolucionistas como fruto de la interacción social y la necesidad de pensar. Sin embargo algunos científicos -como los antropólogos citados- comienzan a sugerir que la actividad física jugó también un papel fundamental –por su influencia en la neurogénesis- en el tamaño y complejidad de nuestros cerebros; y, por ende, en lo que hoy somos. Para llegar a tal conclusión los antropólogos examinaron los datos existentes sobre el tamaño del cerebro y la capacidad de resistencia en una amplia variedad de mamíferos y los pusieron en relación con los nuevos datos sobre neurogénesis y actividad física.

En esta misma línea el antropólogo de la Universidad de Arizona David A. Raichlen sostiene en un trabajo publicado en 2012 en Relationship between Exercise Capacity and Brain Size in Mammals (Relación entre la capacidad de ejercicio y el tamaño del cerebro en mamíferos) que la actividad física contribuyó a que los primeros seres humanos fueran más inteligentes. “La evolución de la capacidad de ejercicio –afirma en su trabajo- puede dar lugar a la regulación al alza de las neurotrofinas y factores de crecimiento que aumentan el crecimiento y el desarrollo del cerebro (…) Es evidente que en todos los mamíferos no humanos el aumento de la capacidad de ejercicio se asocia a un aumento de tamaño del cerebro. Un resultado que sugiere la intrigante posibilidad de que parte de la variación de tamaño del cerebro en los mamíferos no humanos no esté relacionada con la capacidad de selección cognitiva sino que se deba más bien a las diferencias en la actividad aeróbica”.

Evidentemente sostener que correr tras las presas ayudó a impulsar la evolución del cerebro humano es sólo una hipótesis que, como reconoce Raichlen, parece casi imposible de demostrar. Sin embargo, como hemos visto, la ciencia va situando nuevas piezas en el complejo puzle del funcionamiento cerebral que parecen confirmarla. Lo que parece indiscutible es que existe una base evolutiva profunda en la relación entre un cuerpo sano y una mente sana. «Creemos que lo que pasó con nuestros primeros antepasados cazadores-recolectores –declaró Raichlen- fue que los más atléticos y activos sobrevivieron, al igual que con los ratones de laboratorio, incorporando características fisiológicas que mejoraron su resistencia; incluyendo altos niveles de BDNF. Y con el tiempo, cuando esos primeros atletas tuvieron suficiente BDNF recorriendo sus cuerpos, este acabó migrando desde los músculos al cerebro donde favoreció el crecimiento del tejido cerebral”. Es decir, que correr para cazar o evitar ser cazados aumentó nuestras conexiones sinápticas y el tamaño de nuestro cerebro, algo que en definitiva nos ayudó a ser cada vez más inteligentes.

EXCESOS Y DOSIS RECOMENDADAS

Ahora bien, de la misma forma que se requiere una cantidad mínima de actividad física para que la salud mejore y se sabe que el beneficio es mayor cuanto más ejercicio se hace no es menos cierto que a partir de cierto nivel los efectos adversos pueden llegar a ser mayores que los beneficios. Por eso algunos investigadores afirman sobre el ejercicio que hay que estudiar “la dosis mínima de actividad física, la respuesta a la dosis y la dosis máxima segura” y de ahí que toda actividad de cierta intensidad deba ser evaluada por un profesional, sobre todo si se padece alguna patología (la verdad es que la influencia de la industria farmacéutica en el lenguaje es tan lamentable que hasta para hablar de ejercicio se habla de “prescribir” ejercicio y de “dosis”).

Al igual que con los medicamentos –puede leerse en el ya citado trabajo El ejercicio actúa como un medicamento: los beneficios farmacológicos del ejerciciodeben tomarse consideraciones especiales cuando se prescribe ejercicio a las personas con necesidades especiales como ancianos, niños, mujeres embarazadas, pacientes con sobrepeso u obesos y pacientes con enfermedades crónicas. Se ha demostrado por ejemplo que las actividades vigorosas no son esenciales para la reducción del riesgo cardiovascular en hombres de más de 60 años. La actividad física regular es suficiente para lograr una reducción significativa de la mortalidad en esta población. Por tanto el mayor beneficio para la salud se obtiene de un ejercicio moderado sostenido por encima del cual no parece haber ningún beneficio adicional para la salud en los hombres de más edad”.

Claro que hay quien pasa de la nada al todo y acaba obsesionado por el ejercicio físico; entre otras razones por las sustancias estimulantes generadas en el cerebro con la práctica de la actividad física. Puede llegarse así a un nuevo tipo de adicción: la vigorexia. “Como se observa en pacientes con trastornos de la alimentación –señalan los investigadores españoles- las personas activas por lo general preocupadas por su estado corporal, con especial atención en sus patrones de alimentación, muestran adicción al ejercicio y tienen un rasgo de personalidad perfeccionista. Este trastorno de la imagen corporal se ha abordado como reverso de la anorexia, vigorexia o dismorfia muscular”.

En 2007 un grupo de investigadores franceses del Departamento de Psiquiatría del parisino Hospital Bichat-Claude Bernard decidió investigar el problema de la vigorexia y el perfil de quienes lo sufren en un gimnasio de la capital francesa cuyo resultado publicaron en un trabajo titulado Prevalence of exercise dependence and other behavioral addictions among clients of a Parisian fitness room (Prevalencia de la dependencia al ejercicio y otras adicciones comportamentales entre los clientes de un gimnasio parisino) publicado en Comprensive Psychiatry. Y analizado el comportamiento de trescientas personas de más de 18 años se constató que 125 –el 42%- pasaban más horas en el gimnasio que la media: 2,1 frente a 1,5 horas; e iban al gimnasio con más frecuencia: 3,5 a la semana frente a 2,9 de la media. Los resultados fueron sorprendentes: la adicción al ejercicio está asociada a la compra compulsiva, la bulimia, y, en menor medida, a la hipocondría. En el grupo de “adictos” al gimnasio había más compradores compulsivos (63% frente a 38%), mayor número de casos de bulimia (70% frente a 47%) y más hipocondríacos según el índice de Whiteley (4,1 frente a 3). Finalmente, y aunque pueda parecer paradójico, el estudio concluyó que las personas adictas al ejercicio pasaban más tiempo en su ordenador que los demás: 3,9 horas diarias frente a las 2,4 horas de la media.

No faltan por ello quienes ya consideran la vigorexia un “trastorno del comportamiento” que han bautizado como Dismorfia muscular y se caracterizaría por la distorsión de la propia imagen corporal y, más concretamente, del tamaño de sus músculos. Comportamiento que se considera uno de tantos “trastornos obsesivo-compulsivos” –es este caso obsesión por la práctica de ejercicio físico- que suele ir unido a un “trastorno de la conducta alimentaria” porque acaba llevando a quien lo padece a modificar sus dietas y complementarlas con suplementos e incluso con sustancias ilegales (como los esteroides anabolizantes).

Para el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos lo adecuado son 150 minutos semanales de actividad aeróbica moderada o 75 minutos de actividad aeróbica vigorosa; y hacer entrenamiento de resistencia solo dos veces a la semana. Recomendando en el caso de los niños y adolescentes 60 minutos al día de actividad física moderada o actividad aeróbica vigorosa; debiendo además participar al menos tres días a la semana en actividades que les permitan fortalecer sus huesos y músculos.

Consultando siempre en caso de enfermedad con algún profesional antes de hacer ejercicio si no se ha hecho anteriormente.

Para terminar diremos que la archiconocida Clínica Mayo estadounidense resume en siete los principales beneficios de la actividad física:

1) Ayuda a controlar el peso (quemándose más calorías cuanto más intensa es la actividad).

2. Previene y combate las enfermedades.

3. Mejora el estado de ánimo.

4. Aumenta el nivel de energía (al oxigenar los tejidos y ayudar a que el sistema cardiovascular funcione de manera más eficiente).

5. Facilita un sueño reparador (siempre que no se practique antes de acostarse).

6. Mejora la vida sexual.

7. Es divertida.

Y es que ya lo dijo Platón: «La falta de actividad destruye la buena condición de todo ser humano mientras que el movimiento y el ejercicio físico metódico la preservan y conservan«.

Helena Santos

Este reportaje aparece en
168
Febrero 2014
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