Alimentarse de forma sana empieza a ser imposible

Alimentarse de forma saludable debería ser un derecho humano fundamental pero la realidad es muy distinta porque la mayoría de la producción y comercialización de los alimentos está hoy en manos de un grupo de multinacionales que deciden en gran medida lo que comemos y cómo lo comemos. Siendo las diez principales Nestlé, Coca-Cola, Kellogs, Pepsico, Kraft, Johnson & Johnson, Unilever, Mars, Procter & Gamble y General Mills. Es más, varias se han dedicado en las últimas dos décadas a adquirir toda empresa de interés que fabricara productos «orgánicos», «biológicos» o «ecológicos» presionando luego a los organismos internacionales para que se restringieran los productos que pueden llevar tales denominaciones. Sumemos a ello que otras dos multinacionales –Monsanto y Syngenta– han invadido con sus semillas y productos transgénicos los sectores agrario y alimenticio y no será difícil entender que dentro de poco resultará realmente casi imposible alimentarse de forma saludable.

La alimentación es una necesidad biológica básica y por tanto el acceso a productos nutritivos y saludables debería ser considerado un derecho humano fundamental. Ahora bien, alimentarse no consiste en introducir en el cuerpo cualquier producto «comestible» sino que implica ofrecer al organismo los nutrientes necesarios para mantenerlo en buen estado de salud y ello exige conocer su origen, el modo en que se han producido y elaborado y, obviamente, la forma de prepararlos y combinarlos. Sin embargo el proceso de globalización ha hecho que hoy día la casi totalidad de la cadena de producción y distribución de alimentos se encuentre en manos de multinacionales cuyo principal objetivo no es la calidad sino el beneficio económico lo que ha traído consigo que parte importante de la población mundial pase hambre y el resto se alimente a menudo de forma aberrante. Y encima con consecuencias catastróficas para el medio ambiente.

GLOBALIZACIÓN: CONCENTRACIÓN DEL PODER

Puede decirse que la creación en 1995 de la Organización Mundial de Comercio (OMC) marcó una frontera en el desarrollo del capitalismo a partir de la cual realmente se puede hablar de globalización, es decir, de extensión por todo el globo de un poder económico que se ejerce con impunidad creciente y sin tener en cuenta las fronteras de los estados o las leyes que éstos pudieran aprobar individualmente. De hecho el papel de la OMC ha sido el de facilitar la liberalización del mercado y el objetivo del Acuerdo sobre Agricultura -negociado hace casi veinte años e incorporado a su cuerpo normativo- fue precisamente eliminar las barreras comerciales entre países. Con lo que el poder discrecional de los estados casi ha desaparecido y el mundo está en manos de unas cuantas empresas que concentran el poder real.

Hasta los grandes bancos han sufrido ese mismo proceso de concentración; de hecho los treinta y siete bancos más poderosos de Estados Unidos -que es casi como decir del mundo- acabaron entre 1996 y 2009 agrupados en cuatro grandes corporaciones: Citigroup, JPMorgan Chase, Bank of América y Wells Fargo. Bueno, pues en el ámbito de la alimentación ese proceso de concentración ha llegado a tales cotas que puede decirse que en estos momentos diez empresas transnacionales controlan todo lo que consumimos: Nestlé, Coca-cola, Kellogs, Pepsico, Kraft, Johnson & Johnson, Unilever, Mars, Procter & Gamble y General Mills. ¿Y qué tiene eso de malo?, podrá ingenuamente preguntar el lector menos informado. Pues es obvio, para empezar, que cuanto mayor es la concentración en un sector mayor es el poder y la capacidad de influencia que se tiene ante los gobiernos; y, por ende, más posibilidades de conseguir su principal y prioritario objetivo, el de ganar dinero, dejando en segundo plano otras consideraciones. Y en segundo lugar no cabe olvidar que la producción masiva industrializada causa inevitablemente enormes perjuicios para la salud humana y para el medio ambiente. Por otra parte debe saberse que las grandes multinacionales no sólo acaparan el mercado de la alimentación sino que también controlan la mayoría de los medios de comunicación de masas, bien directamente estando en su capital mediante sociedades intermedias, bien indirectamente al condicionarlos con sus grandes campañas de publicidad. Por lo que tienen en sus manos un arma potentísima para manipular al consumidor ocultando, minimizando o contrarrestando toda información que pueda perjudicarlas y potenciando la difusión de informaciones o campañas que incline a los consumidores a aceptar sus productos por muy deficientes o malsanos que éstos puedan ser.

Gustavo Duch Guillot y Fernando Fernández Such lo explican parcialmente en su excelente informe La agroindustria bajo sospecha: «El poder corporativo en el sistema alimentario ha crecido tanto, acapara tantas relaciones y segmentos de la cadena alimentaria, que hoy podemos decir sin miedo a equivocarnos que son las corporaciones quienes fijan las reglas globales mientras los gobiernos y la investigación pública siguen sus directrices».

AGRIBUSINESS: ESPECULACIÓN ALIMENTARIA

La clave más reciente fue la entrada en el mercado de los productos alimenticios de los grandes especuladores una vez éstos constataron en 2007 que la especulación inmobiliaria y crediticia llegaba a su fin. Siendo el resultado inmediato la crisis alimentaria global de 2008 que afectó principalmente a las regiones más pobres del mundo y que provocó una oleada de disturbios sociales de las que en el Occidente desarrollado casi nadie se hizo eco -porque como ya henos dicho esas empresas controlan la mayoría de los medios de comunicación- mientras esas grandes compañías –conocidas como miembros del Agribusiness– multiplicaban sus beneficios. Baste el ejemplo de Cargill que en 2008 reconoció un incremento del 70% respecto a 2007 y del 157% respecto a 2006.

Claro que el origen de la especulación alimentaria se remonta a 1848, fecha en la que abrió la Bolsa de Chicago con el fin de garantizar las operaciones de compra-venta y asegurarse de que el comprador pagaba y el vendedor entregaba la mercancía. Luego, con el tiempo, las bolsas aumentaron su influencia y se fue produciendo un proceso de concentración de poder que dejó toda la cadena alimentaria en manos de unos pocos: los antepasados de las actuales multinacionales de la alimentación. Siendo el mecanismo de control más habitual el de los llamados «contratos de futuro» que consisten en comprometerse a comprar o vender determinada cantidad de un producto en el futuro próximo. Y como los precios de las materias primas agrícolas son muy variables tales contratos son muy atractivos porque tienen grandes posibilidades de beneficio. ¿Por qué? Porque al final el precio de cada producto termina estando influido –por no decir determinado- por los precios que se han fijado en esos contratos de futuros. De ahí que si, por ejemplo, los contratos de futuro fijan para un producto un precio más alto para tres meses después de la cosecha los productores prefieran almacenarlo ese tiempo para cobrar más por él. Y efectivamente sube y es negocio para quienes así lo acordaron porque éstos saben que si disminuye su presencia en el mercado el precio terminará aumentando. Los precios de los productos están pues sometidos a menudo a las decisiones de los especuladores. Y eso explica asimismo que un agricultor pueda cobrar una miseria por lo que ha cosechado y quienes se limitan a especular con él se hagan ricos. Lo que todos los gobiernos consienten vergonzosamente arguyendo la necesaria “libertad de mercado”, expresión que en realidad puede traducirse por “el mercado para el más poderoso”.
El caso es que ésos y otros mecanismos cada vez más complejos de ingeniería especulativa pueden llevarse a la práctica gracias a que los mercados agrícolas se han “liberalizado” -es decir, han quedado a merced de los más fuertes- al no existir ya políticas nacionales capaces de controlar los precios y poner límite a la creciente influencia de las grandes corporaciones.

Tal es la razón de que inversionistas como Goldman Sachs, AIG Commodity Index, Beasr Sterns, Oppenheiner & Pimco o Barclays hayan multiplicado sus beneficios desde su irrupción en 2008 en este nuevo terreno de juego financiero con la complicidad de la OMC, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otras organizaciones mientras cientos de millones de personas se quedan sin comida y millones de campesinos de todo el mundo se ven abocados a la pobreza.

¿REVOLUCIÓN VERDE? ¡NI REVOLUCIÓN NI VERDE!

Otro elemento que ha contribuido a favorecer esta dinámica destructora fue la denominada Revolución Verde. Porque no se deje el lector engañar por la amabilidad que parece desprenderse de tan manipulado adjetivo. Por paradójico que pueda parecer la llamada “revolución verde” consistió precisamente en un aumento de la tecnología -fitosanitarios, abonos químicos, semillas “mejoradas”, maquinaria…- y en favorecer algunas variedades consideradas especialmente productivas atendiendo a las características climáticas de determinados lugares. ¿La consecuencia? Se despreció el conocimiento ancestral de los agricultores por ser “poco rentable” y se abandonaron sus técnicas de cultivo calificándolas de “anticuadas”. Con lo que se impuso en los países industrializados un modelo agrario aberrante -pero muy lucrativo para unos cuantos- que actualmente avanza también en los países en desarrollo.

La estrategia es tan simple como efectiva: las multinacionales ofrecen a los campesinos lo que llaman un «paquete tecnológico» facilitándoles para ello créditos y apoyo técnico además de garantizarles la compra. Lo que suena muy bien solo que en la práctica esa oferta no es lo que parece porque al final la multinacional impone el precio de adquisición de la cosecha… tras descontarles todos los “gastos”. Y si la cosecha se pierde y el campesino no puede pagar éste pierde su tierra ya que exigen ponerla como aval del contrato. En suma, los agro-negociantes no tienen el más mínimo escrúpulo a la hora de aprovecharse de las personas más esforzadas, humildes y, normalmente, ingenuas.

Es más, recientemente han refinado sus tácticas utilizando el ardid de la “solidaridad” y a través de fundaciones tan poderosas como las de Rockefeller y Bill Gates financian proyectos para la instalación de pequeñas compañías de semillas que establecen los canales de comercialización y producción para, posteriormente, comprarlas o hundirlas si no se avienen a sus deseos. Dos ejemplos recientes: la fundación de Bill Gates ha «donado» ocho millones de dólares para abrir camino a la multinacional Cargill en África y ha invertido otros 23 millones de dólares en Monsanto. Esta última “donó” semillas transgénicas a Haití, algo negado por el Ministro de Agricultura haitiano que aclaró que se trataba de semillas «híbridas» adaptadas a las condiciones tropicales del país cuando la realidad es que esas semillas únicamente se adaptan a tales condiciones… ¡si son tratadas con herbicidas, fertilizantes y otros agroquímicos específicos que -como ya habrán inferido los lectores- produce sólo Monsanto! que es a la empresa que tendrán que comprárselos los campesinos que hayan recibido esa «ayuda«. Luego la supuesta “donación“ -que los medios de comunicación a su servicio alaban ante la sociedad- no es más que una ladina trampa.

BIOCOMBUSTIBLES

¿Y qué decir de los llamados biocombustibles que se elaboran utilizando materias primas como la soja, la caña de azúcar, la palma africana y otras? Porque su aparición introdujo en el mercado de la agricultura a los inversionistas del sector energético y ello hizo aumentar enormemente la expansión de los monocultivos que están arrasando con la biodiversidad y acelerando la desertización. Y por añadidura han desviado gran parte de la producción agrícola hacia los combustibles disminuyendo así las reservas de alimentos lo que ha hecho aumentar de forma exagerada sus precios. Y todo ello sólo para que los especuladores se hagan de oro.

No es casualidad pues que siendo norteamericanas las más importantes multinacionales productoras de biocombustibles el presidente Obama dijera en un reciente discurso a la nación que el bioetanol y el biodiesel son «una causa nacional«. Todo ello para justificar que los productores de los biocombustibles reciban cada año del Gobierno miles de millones de dólares de ayuda. No debe pues extrañar que en ese país el año pasado (2011) el 38,3% de la cosecha nacional de maíz se destinara ya a la producción de biocombustibles creciendo un 8% respecto a 2008 y que desde entonces el precio en el mercado mundial de ese cereal haya aumentado un 48%.

SEMILLAS DE DESTRUCCIÓN

Todos sabemos que las semillas son la base de la agricultura y, por tanto, de la alimentación y de la vida. Y eso las ha convertido en el objetivo prioritario de las multinacionales del Agrobusiness ya que controlarlas supone controlar a su vez toda la cadena alimentaria: experimentación, producción de agroquímicos, siembra, cultivo, transporte, empaquetado, refinamiento, producción de mercancías procesadas, distribución y venta. Y eso no es todo: esas mismas empresas han conseguido ya el mismo grado de control en lo que se refiere a la ganadería y a la sanidad animal: al punto de que el 50% de la producción porcina y el 66% de las aves de corral son de la gran industria.

Según Grain -una organización no gubernamental que reúne a pequeños productores agrarios y movimientos sociales para luchar por sistemas de alimentación basados en la biodiversidad- diez corporaciones -encabezadas por Monsanto y Bayer– y relacionadas con la industria armamentística y las productoras de agrotóxicos controlan ya la mitad del mercado global de semillas. En Estados Unidos por ejemplo Monsanto controla más del 90% del mercado de semillas de soja. Y en México -centro mundial del maíz- el Gobierno autorizó más de un centenar de siembras «experimentales» que ya han pasado a la fase piloto; lo que significa mayor extensión de esos cultivos, que los mismos se realicen a campo abierto -con el consiguiente riesgo de contaminación de los campos adyacentes- y que lo cosechado pueda venderse. ¿Experimental? Pues bien, quince años de experiencia -en múltiples localizaciones- han demostrado que las semillas transgénicas son más resistentes a los agrotóxicos sólo que ello, lejos de ser como se prometió una solución, ha constituido una nueva fuente de problemas.

Así que Monsanto contrató a especialistas en «gestión de crisis» -como Burson Marsteller y otras- para aplacar la alarma social y continuar manipulando no sólo la información genética de las semillas sino a los propios consumidores. Y hoy las tierras dedicadas a cultivos transgénicos han aumentado desde 1996 un 9.400% ocupando ya una superficie equivalente a la de Irán. Siendo actualmente Estados Unidos -donde se encuentra la sede de Monsanto- el principal productor de transgénicos y el segundo Sudamérica, con Brasil a la cabeza.

¿QUIÉN PAGA LAS CONSECUENCIAS?

Todo lo denunciado afecta en primer lugar a la población de las regiones más pobres del planeta. Porque desde que el lector empezó a leer este artículo hasta llegar a estas líneas han muerto en el mundo de hambre ¡más de mil personas! Y es que según Jean Ziegler -profesor de Sociología en la Sorbona y miembro del Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos de la ONU- anualmente mueren hoy de hambre 35 millones de personas mientras se desperdicia comida de forma infame. Según la ya citada organización independiente Grain la mitad de la comida que se produce se desecha y la mayoría termina descomponiéndose en vertederos; comida que sería suficiente ¡para alimentar seis veces a todos los hambrientos del mundo! Además se ha contaminado ya con agrotóxicos el 70% del agua potable disponible. Y solo el agua que anualmente utilizan para fabricar sus bebidas Danone, Nestlé, Unilever, Anheuser-Bush y Coca-cola sería suficiente para cubrir las necesidades de todos los habitantes del planeta.

En segundo lugar se ha sumido a la clase campesina en la pobreza. De hecho según la FAO el 75% de las personas que sufren hambre residen en el medio rural porque hoy la tierra cultivable está mayoritariamente en manos de unos cuantos latifundistas. Y eso sucede ya en casi todo el planeta porque la imposición del modelo industrial que hemos descrito ha condenado a millones de agricultores a condiciones de vida extremas a pesar de ser los responsables de más del 70% de nuestra alimentación.

En tercer lugar todo esto afecta también a los consumidores de los países ricos pues aunque existen regulaciones al respecto en Estados Unidos y Europa para conceder etiquetas ecológicas sólo a aquellos productos o alimentos que cumplen determinados requisitos la ilógica lógica del mercado ha acabado por convertirlas en papel mojado. Y es que la inmensa mayoría de las empresas productoras y distribuidoras de comida «orgánica» o «ecológica» han ido cayendo en los últimos veinte años en manos de las grandes multinacionales del Agribusiness. Con lo que hoy Kraft, Nestlé, Coca-cola, Pepsico, Kellogs, Mars, General Mills, Dean, Cargill, ConAgra, Heinz, M&M, Cadbury y Hershey controlan el mercado de lo «orgánico» hasta tal punto que Michael J. Potter -el fundador de la casi mítica empresa de productos orgánicos Eden Foods- ha anunciado que no utilizará ya la etiqueta de «orgánico» en sus productos -que lo son realmente- debido a la degradación de esa denominación. Aunque lo realmente alarmante es la enorme influencia que tienen hoy esas multinacionales en los organismos encargados de aprobar las sustancias que pueden utilizarse en la elaboración de los productos orgánicos.

En Estados Unidos por ejemplo -donde tienen su base la mayoría de esas empresas- había ya en 2002 setenta y siete sustancias no orgánicas ¡que podían ser utilizadas en productos con la etiqueta de «orgánico»!… siendo muchas de ellas aditivos sintético peligrosos. Y en los últimos diez años la lista ha crecido y son ya ¡más de 250 las sustancias no orgánicas aprobadas! Algo que ha hecho posible la presencia de esas multinacionales en el National Organic Standars Board, organismo encargado de asesorar al Ministerio de Agricultura para la aprobación de las sustancias que pueden ir en los productos etiquetados de “orgánicos”. En suma, se ha prostituido todo.

¿LA SOLUCIÓN? LA SOBERANÍA ALIMENTARIA

Ante todo lo dicho el Movimiento Europeo por la Soberanía Alimentaria elaboró en 2010 una declaración que firmaron centenares de organizaciones campesinas y movimientos sociales de toda Europa cuyas principales reivindicaciones son el reconocimiento de la alimentación como derecho humano fundamental, la difusión de modos sanos de alimentación, el respeto por el medio ambiente, la necesidad de que todos los alimentos estén libres de transgénicos, el rechazo de los biocombustibles y el reconocimiento de los derechos del campesinado.

Actualmente todos los analistas y organizaciones que trabajan en este problema coinciden en la necesidad de afrontar una auténtica reforma agraria global que acabe con el modelo industrial imperante y haga efectiva la soberanía alimentaria recuperando toda la cadena de procesos relacionados con ella que actualmente se halla en manos de las multinacionales.

Entre tanto existen suficientes ejemplos de resistencia y lucha, tanto a pequeña escala como a nivel internacional. Por una parte, se han constituido grupos de consumo ecológico que se organizan para colaborar con los agricultores locales preocupados por el medio ambiente, movimientos para la creación de huertos urbanos para consumo propio y pequeños colectivos solidarios que intentan recuperar las prácticas agrícolas tradicionales. Y luego se halla la progresiva unión y organización de los propios agricultores; ya en 1993 Vía Campesina se constituyó como organización mundial definiendo estrategias de lucha que han ido llevándose a la práctica durante años; creciendo continuamente pues en 2010 ya tenía ¡180 millones de campesinos afiliados!

Las preguntas que todo esto plantea son obviamente muchas. Entre ellas la de si será posible reconstruir la OMC desde sus cimientos para que cumpla la misión para la que se supone fue creada así como las organizaciones internacionales pensadas para fomentar la paz, el bienestar, el equilibrio y la salud que rápidamente se convirtieron en instrumentos de las élites de poder y lo que hicieron fue promover la guerra, el hambre, el desequilibrio y la enfermedad.

En fin, el lector debe entender que de las decisiones que tomemos cada uno de nosotros sobre cómo alimentarnos va a depender nuestra salud y la de nuestros hijos. Y que puede seguir siendo cómplice de esos especuladores sin escrúpulos u optar por enfrentarse a ellos.

Jesús García Blanca

 

Este reportaje aparece en
154
Noviembre 2012
Ver número