Allen Frances: “Las multinacionales farmacéuticas se han vuelto más peligrosas que los cárteles de las drogas”

El psiquiatra norteamericano Allen Frances, presidente del grupo de trabajo del DSM-IV (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) -la “biblia” de los diagnósticos y tratamientos psiquiátricos- que ya fuera coautor del DSM-III ha decidido denunciar en un libro que acaba de ver la luz titulado ¿Somos todos enfermos mentales? Manifiesto contra los abusos de la Psiquiatría la gran mentira creada por las multinacionales farmacéuticas en torno a las enfermedades mentales, su impacto real en la salud de la población y la medicalización abusiva y sin sentido a que se está sometiendo a millones de personas. Catedrático emérito del departamento de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento de la Universidad de Durham ha hablado con nosotros y no ha podido ser más claro: Los medicamentos psiquiátricos están siendo salvajemente sobreutilizados en personas que no lo necesitan”. Añadiendo: “Las multinacionales farmacéuticas se han vuelto más peligrosas que los cárteles de las drogas”.

“En los días del Malleus Maleficarum (el más importante libro sobre brujería, publicado en 1487) si el médico no podía encontrar evidencias de una enfermedad natural esperaba encontrar evidencias de brujería; hoy día si no puede diagnosticar una enfermedad orgánica busca diagnosticar una enfermedad mental”.
Thomas Szasz (1920-2012)

En Discovery DSALUD llevamos años denunciando el sobrediagnóstico de las denominadas “enfermedades mentales” y su consiguiente hipermedicación destacando ante todo el gigantesco impacto negativo que ello está teniendo en cientos de miles de niños y adolescentes de todo el mundo a los que se está drogando injustificadamente con psicofármacos tan inútiles como iatrogénicos. Invitamos a los lectores interesados a leer en nuestra web –www.dsalud.com– los artículos que con los títulos El metilfenidato, fármaco con el que se trata la Hiperactividad, es una droga adictiva e inútil que además incita al suicidio, El Metilfenidato (Rubifen) recetado a niños con hiperactividad es potencialmente peligroso, Juan Pundik: “No podemos consentir que se medicalice a los niños”, Postulan dar fármacos a los niños y adolescentes no sumisos: la enfermedad de la rebeldía, ¿Es la Psiquiatría una disciplina científica o una estafa?, Aumenta el número de niños tratados de una enfermedad inexistente: el Déficit de Atención e Hiperactividad, Profesionales sanitarios se plantan ante “la Biblia de los trastornos mentales”, ¿Es la mala salud intestinal la causa del autismo y otras patologías neurológicas?, El Trastorno Límite de la Personalidad, otra enfermedad inexistente y Psiquiatras: policías del pensamiento aparecieron en los números 80, 84, 104, 118, 128, 138, 140, 145, 146 y 152 respectivamente.

El origen de semejantes abusos hay que buscarlo en el DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), fuente internacional de la que manan los diagnósticos y tratamientos psiquiátricos, empeñado en definir todo tipo de conductas consideradas poco corrientes como “trastornos del comportamiento” o “enfermedades mentales” -asumiendo la perversa idea propagada por las multinacionales farmacéuticas de que las provocan desequilibrios cerebrales que pueden modificarse con fármacos- y, obviamente, del mal uso que de las propias guías de diagnóstico y de los fármacos realizan muchos psiquiatras y médicos.

Es más, tras la publicación en mayo de 2013 del DSM-V no hay casi conducta humana que no pueda llegar a ser calificada en un momento dado de “trastorno mental” y, por tanto, susceptible de “solucionarse” mediante fármacos cuya ingesta conlleva numerosos y graves efectos secundarios. Desgraciadamente en España no son aún muchas las voces que se oponen a esta situación; al menos no consiguen hacerse oír en los grandes medios de comunicación; por eso es de agradecer el “puñetazo en la mesa” que acaba de dar el psiquiatra norteamericano Allen Frances en forma de libro: ¿Somos todos enfermos mentales? Manifiesto contra los abusos de la Psiquiatría (Ed. Ariel). Y es que si hay alguien con un profundo conocimiento de la situación y la suficiente autoridad profesional y académica para ser escuchado es él. A fin de cuentas ha trabajado en diversas áreas clínicas -incluyendo trastornos de la personalidad, depresión crónica, trastornos de ansiedad, esquizofrenia y psicoterapia-, ha sido editor fundador de dos revistas de referencia en Psiquiatría –The Journal of Personality Disorders y The Journal of Psychiatric Practice-, fue nombrado en 1991 presidente del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Duke (Carolina del Norte, EEUU)- y es un profundo conocedor de los mecanismos de elaboración del DSM ya que ayudó en la elaboración del DSM III (1980) así como en su revisión (1987) y fue presidente del grupo de trabajo que publicó el DSM IV.

En suma, es uno de los principales responsables de la situación actual. Hasta que finalmente se ha dado cuenta de que sus esfuerzos y el de otros profesionales para definir y categorizar las enfermedades mentales ha llevado a un enorme e injustificado aumento de diagnósticos y tratamientos dañinos -especialmente en niños- y a que las multinacionales se hagan cada vez más ricas con la venta de psicofármacos. De hecho en los últimos 4 años se ha convertido -desde su blog (www.psychologytoday.com/blog/dsm5-in-distress)- en una de las voces más críticas denunciando la inflación de diagnósticos, el excesivo uso de fármacos, la intrusión de la industria farmacéutica en la práctica psiquiátrica y el intento de llevar la Psiquiatría sin justificación científica a un paradigma exclusivamente biológico habiendo escrito sobre ello dos contundentes libros: Saving Normal: An Insider’s Revolt Against Out-of-Control Psychiatric Diagnosis, DSM-5, Big Pharma, and the Medicalization of Ordinary Life (Volviendo a la normalidad: rebelión de una persona informada contra el incontrolado diagnóstico psiquiátrico, el DSM-V, la gran industria farmacéutica y la medicalización de la vida ordinaria) y el recientemente aparecido ¿Somos todos enfermos mentales? Manifiesto contra los abusos de la Psiquiatría.

LOS PEORES TEMORES

Para Allen Frances son en cualquier caso diez las “novedades” del DSM-V cuya aplicación descontrolada más está contribuyendo a la sobremedicación:

-El llamado Trastorno del estado de ánimo disruptivo y no regulado ya que puede acabar convirtiendo cualquier rabieta infantil en un inexistente “desorden mental” que tratar con fármacos.

-El duelo por la pérdida de un ser querido porque a toda persona que la sufre se le puede acabar diagnosticando absurdamente depresión.

-Los olvidos diarios característicos de la vejez que ahora podrían diagnosticarse como Trastorno neurocognitivo menor que tratar con fármacos como si se tratara de personas con signos de demencia.

-El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad cuya definición ha sido modificada para que pueda ser ahora diagnosticado también ¡en adultos!

-El Trastorno por Atracón, llevado hoy a la categoría de patología cuando alguien come de forma excesiva 12 veces en 3 meses. En pocas palabras, el DSM-V ha convertido la gula en “enfermedad psiquiátrica” que tratar con fármacos.

-El Trastorno del Espectro Autista. Aunque los cambios en su definición se presentaron como herramienta para disminuir el diagnóstico Frances considera que con ellos aumentarán los diagnósticos ¡desde la escuela! “Los servicios escolares –afirma- deben estar vinculados más a la necesidad educativa y menos a un diagnóstico psiquiátrico polémico creado con fines clínicos (no educativos) y cuya tasa es tan sensible a pequeños cambios en la definición y evaluación”.

-El Trastorno por Consumo de Sustancias. El DSM-V unifica con esta “etiqueta” las dos categorías que en el DSM-IV se consideraban de forma independiente: el abuso de sustancias y la dependencia de sustancias. Lo que implica que hasta consumidores no dependientes pueden acabar siendo considerados enfermos psiquiátricos que tratar farmacológicamente. Con lo que los fumadores diarios de cannabis no dependientes pueden acabar catalogándolos como víctimas del nuevo “Trastorno por consumo de sustancias“.

-Las adicciones conductuales. Nueva creación del DSM-V que según Frances “pueden acabar convirtiéndose con el tiempo en un desorden mental de todo lo que nos gusta hacer mucho. Cuidado con el sobrediagnóstico de Internet y la adicción al sexo y el desarrollo de programas de tratamiento lucrativos para explotar estos nuevos mercados”.

-El Trastorno de ansiedad generalizada. Para Frances esto puede acabar confundiendo las preocupaciones normales de la vida cotidiana con un trastorno mental y condenar a más personas sanas a ser medicadas.

-El Trastorno de Estrés Postraumático. Y es que se han incluido cuatro nuevos grupos de síntomas complicando aún más el problema. Permite etiquetar incluso ¡a menores de 6 años!

LA SOCIEDAD MERECE ALGO MEJOR

Frances, en suma, acaba de hacer una llamada pública de advertencia; la recurrente y cotidiana afirmación de “¿estamos locos?” para definir situaciones incomprensibles puede acabar convirtiéndose en una realidad psiquiátrica si no conseguimos detener la tendencia iniciada con la publicación de los DSM. Y de ello hemos hablado con él.

-Díganos, doctor, ¿realmente es tan clara la frontera entre un desorden mental real y la normalidad?

-No. Y eso las multinacionales farmacéuticas lo han explotado muy hábilmente. No hay pruebas biológicas que determinen la presencia o ausencia de trastornos psiquiátricos y no hay una línea brillante que separe a los que están enfermos de los que no lo están. Por eso han logrado hacer creer que situaciones normales como la tristeza o las preocupaciones, inherentes a la condición humana, pueden ser “trastornos mentales” O que a un niño muy activo se le diagnostique como hiperactivo. O que se considere la timidez una enfermedad. Y una disminución de la libido, del interés por el sexo, una disfunción patológica. Situaciones humanas normales quieren que se traten con fármacos. ¡Fármacos para todo!

-Lo peor es que esto puede dejar a millones de personas, especialmente a los niños, indefensos ante los psiquiatras…

-Evidentemente; porque en el ámbito de la Psiquiatría todo diagnóstico es subjetivo y, a menudo, falible. Téngase en cuenta que un diagnóstico correcto puede ser el punto de inflexión para una vida mucho mejor pero también llevar a alguien sano, si es inexacto, a recibir un tratamiento innecesario -a veces durante toda su vida- e, incluso, a estigmatizarle socialmente. Por eso yo recomendaría a quien se vea abocado a acudir a un psiquiatra que dedique tanto tiempo como sea necesario a su problema antes de aceptar un diagnóstico y un tratamiento. Tanto como el que dedicaría por ejemplo a comprar una casa. Debe informarse bien y a fondo, hacer muchas preguntas y esperar respuestas claras y convincentes. Y si el diagnóstico que le dan no le encaja buscar una segunda y una tercera opinión. Nadie debería aceptar medicarse después de recibir diagnóstico tras una breve evaluación. En el caso de problemas mentales con mayor motivo, especialmente si el diagnóstico y tratamiento lo propone un médico de Atención Primaria ya que no son expertos en Psiquiatría y suelen estar muy influidos por la política de marketing de las compañías.

-¿Algún otro consejo a la hora de afrontar un tratamiento?

Que no se tenga prisa. Siempre se puede empezar más tarde e incluso decidir parar un tratamiento si las condiciones cambian o aparece nueva información sobre la patología o el fármaco. Las personas acuden normalmente al médico cuando peor se encuentran y sin embargo dejar pasar un poco de tiempo para que la situación que se vive cambie y el organismo se recupere es a menudo lo mejor. Sin necesidad de diagnóstico y tratamiento. Ahora bien, una vez se ha comenzado un tratamiento farmacológico nadie debe abandonarlo por su cuenta; unas veces porque puede que realmente lo necesite y otras porque hacerlo de golpe puede causar síntomas de abstinencia, ansiedad, insomnio y otras disfunciones. La decisión de dar por terminado un tratamiento es tan importante como la de iniciarlo y en ambos casos es necesaria ayuda profesional.

-Sabemos que usted se opuso desde el principio al DSM-V y eso resulta llamativo habiendo sido el presidente del grupo de trabajo del DSM-IV…

-Ya, pero yo actúo en conciencia y a mi juicio, excepto para el autismo, el DSM-V amenaza con convertir la actual inflación de diagnósticos en hiperinflación. La dolorosa experiencia del DSM-IV nos enseña que si algo en el sistema de diagnóstico puede ser mal utilizado y convertirse en una moda… así será. Millones de personas que viven duelos normales, gula, distracciones, preocupaciones, reacciones estresantes, rabietas infantiles, olvidos propios de la vejez o lo que ahora se llaman “adicciones conductuales” serán pronto erróneamente etiquetadas como “psiquiátricamente enfermas” y recibirán tratamientos inadecuados. Es más, el DSM-V empeorará las cosas al desviar la atención y los escasos recursos de las personas realmente enfermas hacia personas sanas con problemas cotidianos que serán injustificadamente etiquetadas como “enfermos mentales”. Nuestros pacientes se merecen algo mejor, la sociedad se merece algo mejor y las profesionales de la salud mental se merecen algo mejor. El cuidado de los enfermos mentales es una profesión noble y eficaz pero tenemos que conocer nuestros límites y mantenernos dentro de ellos. Mire usted, el DSM V viola el principio más sagrado -y más frecuentemente ignorado- de la Medicina: “Lo primero, no dañar”.

EL PELIGRO DE LAS MULTINACIONALES

-¿El aumento del número de presuntas “enfermedades mentales” no se debe entonces tanto a los psiquiatras como a la industria farmacéutica?

-Ciertamente. Mire, las multinacionales farmacéuticas, sobre todo las agrupadas bajo la expresión Big Pharma, se han vuelto muy peligrosas; y no solo en el ámbito de la Psiquiatría. En Estados Unidos, por ejemplo, hay ya cada año más muertes por sobredosis de fármacos que por accidentes de tráfico. La mayoría provocadas por narcóticos con receta, no por drogas ilegales. Claro que las multinacionales farmacéuticas son expertas en inventarse enfermedades para vender fármacos; de hecho invierten miles de millones de dólares en difundir mensajes engañosos. Y en las últimas décadas se han dedicado además a difundir la falacia de que los trastornos psiquiátricos están “infradiagnosticados”, de que son fáciles de diagnosticar y de que siempre se deben a algún desequilibrio químico que puede resolverse tomando sus fármacos. Y encima minimizando u ocultando sus riesgos y efectos adversos. ¿El resultado? Sus beneficios económicos han aumentado de forma enorme pero los beneficios para los ciudadanos no. Y es que la Big Pharma controla hoy el poder en Washington como la Big Tobacco lo controlaba hace 25 años. Sin embargo a pesar de sus miles de millones de cabildeo las grandes tabaqueras terminaron perdiendo ese poder; lo que sucedió cuando su comportamiento no pudo ya pasar inadvertido. Y eso está empezando a pasar en el ámbito sanitario. Lo que yo me pregunto aún es cómo pueden los políticos hacer frente a sus conciencias cuando hoy se sabe de forma fehaciente que ¡las compañías farmacéuticas se han vuelto más peligrosas que los cárteles de la droga, que causan más muertes!

-Pues si todo esto ha sido posible es porque la industria ha contado con la colaboración de las agencias reguladoras, de la FDA, de la Agencia Europa de Medicamentos y de las agencias nacionales…

-Cierto. Porque no existe una regulación adecuada que impida el actual comportamiento de las multinacionales farmacéuticas. ¡Pero si se les ha permitido hasta que se autocontrolen y responsabilicen de la eficacia y seguridad de los medicamentos! Ni siquiera se les ha obligado a actuar de forma transparente y tener que facilitar sus datos. Por eso se permiten comercializar fármacos de dudosa eficacia y realmente dañinos sin apenas supervisión; como los narcóticos y las benzodiacepinas a pesar de que causan innumerables muertes por sobredosis.

-¿Mientras fue responsable del grupo de trabajo que elaboró el DSM-IV sufrió usted algún tipo de presión por parte de alguna empresa farmacéutica?

-No, nunca he tenido ningún tipo de presión -ni directa ni indirecta- por parte de las multinacionales. Se limitan a esperar en el banquillo listas para saltar ante cualquier oportunidad de comercialización. Si algo puede ser mal utilizado en un DSM será mal utilizado y ellas lo aprovecharán.

-¿Y cree que los autores del DSM-V actuaron condicionados por las multinacionales?

-Soy consciente de que se han cuestionado las razones que animaron a los profesionales que trabajaron en el DSM-V. Se les ha acusado de conflictos de intereses al tener algunos lazos mínimos con las compañías farmacéuticas fruto de su trabajo habitual y también de que muchos de los cambios del DSM-V se hicieron solo para incrementar los beneficios de la Big Pharma pero conozco a quienes trabajaron en él y a mi juicio se trata de acusaciones injustas y falsas. Es verdad que se tomaron algunas decisiones muy controvertidas pero lo hicieron honestamente y no para ayudar a las compañías farmacéuticas. Lo que sí hay es un conflicto de interés intelectual y no financiero resultado de la tendencia natural de expertos altamente especializados a sobrevalorar sus ideas favoritas, a querer ampliar sus propias áreas de interés para la investigación y a ser ajenos a las distorsiones que se producen cuando el DSM se lleva a la práctica clínica en la vida real; en especial en Atención Primaria que es donde se prescribe el 80% de los fármacos psiquiátricos.

En cambio la American Physchiatric Association (APA), autora de los DSM, sí está condicionada por las ganancias que les generan las publicaciones de los sucesivos DSM. Su motivación es mucho menos pura. Y a mi entender el DSM-V se aprobó de forma apresurada con pruebas de campo incompletas por una sola razón: para amortizar cuanto antes el exorbitante monto de 25 millones de dólares que la APA destinó a su desarrollo y para generar dividendos.

¿No mantienen las asociaciones de psiquiatras -nacionales e internacionales- relaciones excesivamente comprometidas con las multinacionales?

-En el pasado las grandes contribuciones financieras de las multinacionales farmacéuticas cooptaron asociaciones profesionales, programas de capacitación y grupos de consumidores. Es verdad. Afortunadamente ahora existe mayor transparencia y la influencia corruptora se ha reducido aunque no eliminado por completo.

-¿Qué responsabilidad tienen en la actual epidemia de enfermedades mentales las publicaciones científicas?

-Las revistas científicas han contribuido a la epidemia dando un sesgo positivo a la medicalización al publicar estudios contaminados patrocinados por las compañías farmacéuticas y soler rechazar los estudios con resultados negativos. Eso engaña a los médicos y a los pacientes llevándoles a pensar que las píldoras son más eficaces y menos dañinas de lo que realmente son.

LOS NIÑOS EN PELIGRO

-Usted ha afirmado que con el DSM-IV se contribuyó a la creación de falsas epidemias con diagnósticos innecesarios…

-Efectivamente, la publicación del DSM IV acabó desembocando en falsas epidemias. El Trastorno por Déficit de Atención por ejemplo se triplicó, los diagnósticos de autismo se multiplicaron por 50, el Trastorno Bipolar en la infancia aumentó 40 veces y el Trastorno Bipolar en adultos se duplicó. Sin embargo la naturaleza humana es estable, no cambia tan rápidamente. Por tanto siempre que existe un aumento rápido de un trastorno puede apostar a que es el resultado de una moda, de un sobrediagnóstico. Y la consecuencia, una sobremedicación innecesaria.

-Luego los niños se han convertido en presa fácil para las farmacéuticas…

-Los niños son clientes ideales a largo plazo porque comienzan temprano y pueden permanecer consumiendo pastillas durante toda su vida. La realidad es que estamos convirtiendo la niñez en una enfermedad y a nuestros hijos en consumidores de píldoras. La tasa de Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) se ha triplicado en sólo 20 años. Al 11% de los niños de 4 a 17 años se les diagnostica hoy como “hiperactivos” siendo medicado ya el 6% de ellos. Y los porcentajes son aún más terribles en el caso de los adolescentes: al 20% se le diagnostica como “hiperactivo” medicándose al 10%. Tenemos pruebas convincentes de que la mayor parte de estos casos se debe a diagnósticos apresurados e incorrectos. ¿Cómo explicar si no que se etiquete a los chicos más jóvenes de la clase en casi el doble de ocasiones que a los de más edad? Los diagnósticos incorrectos han convertido la inmadurez propia de la edad en enfermedad psiquiátrica que tratar con fármacos en lugar de dejar crecer simplemente a los niños.

Obviamente las compañías farmacéuticas están encantadas. Su facturación anual de medicamentos para el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) es ahora 50 veces mayor que hace 20 años; hasta casi 10.000 millones de dólares al año. Cuando lo mejor sería que la mayor parte de ese dinero se gastara no en pastillas sino en reducir el tamaño de las clases y en dedicar más tiempo a la gimnasia y al deporte a fin de que los niños inquietos puedan desahogarse.

-¿Y qué deberían hacer entonces los padres a cuyos hijos se les diagnostica uno de esos “trastornos mentales”?

-No conformarse y pedir una segunda y hasta una tercera opinión a profesionales bien formados. Los padres deben proteger a sus hijos del actual uso desenfrenado de medicamentos que a menudo se pautan sin justificación clara; máxime porque tienen efectos secundarios muy definidos. Estamos realizando con nuestros hijos un experimento incontrolado bañando cerebros inmaduros con potentes productos químicos sin conocer cuál será su impacto final. Es cierto que algunos niños pueden necesitar medicamentos pero éstos deben de ser el último recurso y no el resultado de un primer acto reflejo. Los padres deben ser cautelosos dados los posibles daños potenciales y no dejarse seducir por los supuestos beneficios que esperan de ellos.

-Hay padres que lo aceptan porque les dicen que ingiriendo esos fármacos mejorará el rendimiento académico de sus hijos…

-No hay ni una sola evidencia de que tales fármacos mejoren el rendimiento académico a largo plazo. En cambio hay razones de sobra para temer complicaciones a largo plazo. Esto no quiere decir que en casos muy concretos no sean necesarios y hasta útiles algunos fármacos pero solo en casos muy definidos y graves. Y cuando todo lo demás haya fallado, como último recurso. Nelson Mandela dijo: “No puede haber una revelación más intensa del alma de una sociedad que la forma en que trata a sus hijos.” Pues bien, nosotros deberíamos tratar a nuestros hijos con menos pastillas y con más amor, comprensión y ejercicio.

-Quizás la actual situación se deba a la falacia instaurada en nuestra sociedad de que hoy hay fármacos útiles para todo, de que para cada malestar hay un medicamento que nos hará la vida más sencilla y feliz.

-La felicidad no se encuentra en los botes de pastillas. Aunque nos hayan intentado convertir en una sociedad “pill popping” que ingiere muchos más fármacos de los que necesita. Es más, lo que está sucediendo reduce la dignidad humana, subestima nuestra resistencia y da lugar a adicciones y complicaciones perjudiciales. Los medicamentos psiquiátricos son esenciales para las personas con trastornos psiquiátricos reales pero hoy están siendo salvajemente sobreutilizados en personas sanas. Es más, la mayoría de los problemas mentales son transitorios y mejoran con el tiempo; basta dar a quienes los sufren esperanza, potenciar su capacidad de recuperación, apoyarles y ayudarles a reducir su nivel de estrés.

Antonio F. Muro

Este reportaje aparece en
177
Diciembre 2014
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