Cómo recuperar la salud, rejuvenecer y llegar en forma a los 100 años

Recuperar la salud es una cuestión de sentido común y no de fármacos ni de tratamientos complejos. Basta cuidar de verdad el cuerpo, desintoxicarlo, respirar aire limpio, beber agua pura y estructurada e ingerir la comida natural adecuada además de practicar ejercicio. Pero a mis colegas médicos no se les ha enseñado a valorar recursos tan simples sino a hacer complejos diagnósticos, calificar a las personas que no se sienten bien con etiquetas de inexistentes enfermedades y proponerles ingerir fármacos peligrosos que normalmente sólo suprimen síntomas. Y, sin embargo, potenciar la salud e incluso rejuvenecer no es tan difícil.

El Dr. Rosendo Arguello afirma en su obraEl rejuvenecimiento humano (Ediciones Cedel) que el discurso triunfalista que pretende hacer creer a la sociedad que el aumento de la esperanza de vida se debe a los adelantos de la ciencia es, sencillamente, falso. La verdad –explica- es mucho más sencilla: los seres humanos estamos genéticamente programados para vivir más de 100 años y si no llegamos a esa edad se debe a los errores alimentarios, la toxicidad ambiental y un sistema “sanitario” basado en la enfermedad y no en la salud. Así pues, en lugar de tragarnos una vez más la “píldora” de una información tendenciosa, ¿no será hora de preguntarnos por qué no alcanzamos todos el potencial de vida de nuestra especie sabiendo que hay pueblos con un elevado porcentaje de personas centenarias? Pues bien, la razón principal es que el ser humano, por presiones ambientales y culturales, ha adoptado costumbres alimentarias inadaptadas a su metabolismo de primate.

La primera imprudencia de nuestros antepasados fue el abandono de la protección de los árboles que les proporcionaban una alimentación predominantemente frugívora. Bajar a la sabana seguramente les estimuló a ponerse de pie para poder mantener la mirada horizontal y detectar la presencia de depredadores con lo cual se liberaron las extremidades superiores y pudieron usarlas para agarrar objetos. Y con ello los homínidos aprendieron también a cazar e incluir carne en su dieta solo que al ingerirla cruda y proceder de un animal sano y recién muerto no les debió perjudicar demasiado. Sin embargo, el dominio del fuego supuso hipotecar nuestra salud para siempre pues cocinar a elevadas temperaturas conlleva la contaminación de los alimentos con sustancias químicas tóxicas procedentes de la combustión. Se trata, en efecto, de una antigua hipoteca por la que seguimos pagando elevados intereses en pérdida de salud.

Luego siguió la agricultura y la ganadería que nos hizo abandonar la vida nómada de recolectores-cazadores con períodos de ayuno cuando la comida escaseaba iniciándose el consumo de nuevos alimentos -como los cereales y los productos lácteos- cuyo consumo puede ser muy perjudicial como de forma magistral explica el fallecido Dr. Jean Seignalet en su libro La alimentación, la tercera medicina.

Otro inconveniente derivado de abandonar la vida nómada fueron las primeras aglomeraciones, el hacinamiento, la contaminación de los recursos hídricos por el vertido de los excrementos humanos y animales que antes se iban repartiendo por los territorios ocupados provisionalmente. Y de hecho ese hacinamiento incipiente debió ocasionar las epidemias que en algunas épocas -cercanas ya a nuestros días- diezmaron a gran parte de la población, como la peste en Europa y Asia en el siglo XVIII.

Con el paso de los siglos la humanidad descubriría también el jabón, la instalación de agua corriente, el alcantarillado…; es decir, la higiene, que constituyó el factor más importante en el aumento de esperanza de vida respecto a etapas anteriores. Pero, mira por dónde, un factor negativo vino a contrarrestar ese progreso: la Revolución Industrial. Y fue así porque generalizó el consumo de una serie de productos hasta entonces exclusivos de las clases privilegiadas –especialmente la harina y el azúcar refinados así como las grasas desnaturalizadas y el exceso de proteína animal- dando lugar a las graves enfermedades llamadas de civilización. Y lo malo es que ese modelo se impuso poco a poco en todo el mundo porque los países en vías de desarrollo están ávidos por imitar al mundo occidental.¡Y es que es tan deslumbrante el consumismo alimentario! Hoy día basta alargar la mano en cualquier supermercado para obtener una variedad increíble de productos sin entender que una buena parte de ellos son perjudiciales para la salud a pesar de sus vistosos envases (sin olvidar que generan toneladas de desechos tóxicos que envenenan el aire, el agua y la tierra).

Y claro, el resultado de ese cambio de costumbres no se ha hecho esperar: las enfermedades degenerativas aumentan sin parar. Algunos alegan que se debe a que vivimos más años pero se trata de una excusa sin fundamento porque los médicos sabemos bien que cada vez afectan a personas cada vez más jóvenes.

¿Y cómo defendernos de este deterioro progresivo? Sólo nuestra actuación personal decidida puede contrarrestarlo. Adoptando una actitud responsable. De ahí mi iniciativa de poner en marcha un programa que he bautizado como Rejuvenecimiento Autogestionado que invita a comprometerse consigo mismo para adoptar una serie de hábitos saludables reduciendo además el impacto sobre el medio ambiente. No hay otra manera. Los caros programas antiaging no cuestionan el sistema capitalista que está deteriorando nuestra salud impunemente y promueve el consumismo a ultranza. Y sugiero a quien crea que exagero la lectura del libro Hijos de un Dios terminal (Ediciones Mandala) del Dr. Enric Costa en el que con un lenguaje claro y contundente explica el proceso de intoxicación iniciado hace unas décadas que, además, dio lugar a la mayor estafa de nuestro tiempo: el sida.

Pero, ¿y qué propone el mencionado Dr. Arguello para mejorar la salud y rejuvenecer? Pues diré que entre otros procedimientos muy interesantes destaca uno: la práctica regular del ayuno. Es verdad que muchas personas –incluidos numerosos médicos- piensan que se trata de una práctica potencialmente peligrosa pero… ¡nada más lejos de la realidad!

De hecho el ayuno es algo previsto por la naturaleza ya que nos dotó de vías metabólicas eficaces para poder adaptarnos a la interrupción alimentaria. Las más importantes son la cetogénesis (formación de cuerpos cetónicos para suministrar combustible al sistema nervioso cuando escasea la glucosa) y la neoglucogénesis, necesaria para sintetizar glucosa “desde dentro” destinada a tejidos que no pueden utilizar otro combustible, como ocurre con los glóbulos rojos.

La neoglucogénesis permite sintetizar glucosa a partir de glicerina, ácido láctico y ciertos aminoácidos que se supone proceden de tejidos enfermos. De ahí que se considere el ayuno un auténtico “bisturí interno” capaz de “digerir” acumulaciones patológicas como las tumoraciones, las placas de ateroma que obstruyen el interior de los vasos sanguíneos o que producen un engrosamiento hasta 10 veces mayor de la membrana basal de los capilares de algunos enfermos; es el caso de los diabéticos, algo verificado por estudios anatomopatológicos aunque no se haya intentado interpretar su significado y se le deje de lado con la conocida etiqueta de “etiología desconocida”.

Solo que es “desconocida”… porque no se quiere conocer. Hace ya más de 20 años unos profesores de Fisiología de la Universidad de Frankfurt (Alemania), los doctoresL. T. y A. Wendt, publicaron varios artículos al respecto -uno de ellos titulado Proteotesaurismosis o Enfermedad por almacenamiento proteico- exponiendo su tesis de que el engrosamiento de la membrana basal se debe en realidad a una acumulación patológica de proteínas debido a la excesiva ingesta de las mismas en nuestra dieta actual. Tan interesantes artículos fueron traducidos y editados en los primeros números de la revista Natura Medicatrix que entonces pertenecía a la Asociación Española de Médicos Naturistas. Pues bien, ¿cree el lector que merecieron algún interés a nivel oficial? A estas alturas nadie se sorprenderá si digo que no.

Años más tarde el Estudio Campbell –también conocido como Estudio de China-, el más ambicioso estudio epidemiológico diseñado por tres universidades gracias al empeño del Dr. T. Colin Campbell, profesor de Bioquímica y Nutrición en la Universidad de Cornell (EEUU), llegaría a las mismas conclusiones: que las proteínas son las grandes olvidadas en patología. Se culpa a las grasas saturadas y a los azúcares refinados de muchos problemas de salud –y con razón- pero se olvida que el exceso proteico podría ser también causa del incremento de las enfermedades degenerativas.

¿Y qué ocurre con el engrosamiento de la membrana basal de los capilares? Que la difusión de agua, gases y nutrientes disminuye. La célula queda aislada, expuesta a la acumulación de sus propios desechos y con carencia de nutrientes, agua y oxígeno. ¿No parece pues razonable relacionar estos hechos con el envejecimiento precoz? Hay muchas experiencias clínicas -algunas publicadas en revistas oficiales y controladas por angiografía- que muestran la disminución de las placas de ateroma después de un largo período de dieta vegetariana estricta. Cuando comparamos el riesgo que supone someterse a una intervención de by-pass para desobstruir las arterias coronarias con la sencilla posibilidad de hacerlo mediante ayunos o dietas vegetarianas es difícil comprender cómo la medicina oficial prefiere someter al paciente a esos riesgos innecesarios prescindiendo del principio hipocrático Primum non nocereLo primero, no hacer daño– que ningún médico debería olvidar.

Cualquier persona mínimamente observadora se habrá dado ya cuenta de que la esperanza de vida está hoy ¡disminuyendo! -al menos en el mundo occidental- desde hace una generación. Muchos de los que ahora superamos los 50 años tuvimos abuelos que llegaron casi a los 100. Y no gracias a los avances de la Medicina como se ha pretendido hacernos creer sino al agua corriente, el alcantarillado y el tratamiento de las aguas residuales que, como antes dije, constituyen uno de los mayores logros sociales. Y a que hasta hace medio siglo la inmensa mayoría de los alimentos eran naturales, sin aditivos y con escasas proteínas animales.

Pero, ¿y las generaciones posteriores? Es simple: un elevado porcentaje de nuestros padres ha fallecido mucho antes -buena parte entre los 60 y 70 años- a causa de enfermedades degenerativas… o bien malviven con ellas. Lo que era de esperar teniendo en cuenta que coincidieron con el inicio del “progreso” que favoreció el exceso alimentario y el abuso de las comidas preparadas -repletas de conservantes, antioxidantes, colorantes, aromatizantes, saborizantes, emulsionantes, espesantes y gelificantes- así como con el creciente consumo de fármacos con sus graves efectos secundarios.

En cuanto a nosotros, que ya hemos sufrido esas agresiones desde niños, veremos hasta qué edad y en qué estado llegaremos si a lo anterior añadimos el ingente problema generado por la industria química, los pesticidas que alteran la función hormonal, los siniestros productos transgénicos y la silenciosa agresión electromagnética. En el I Congreso de Medicina Ambiental organizado por la Fundación Alborada el año 2006 expertos medioambientales como el Dr. Nicolás Olea -de la Facultad de Medicina de Granada- admitieron sin lugar a dudas que los cánceres -así como las demás enfermedades degenerativas- están aumentando -en particular en Andalucía- a causa de la contaminación química.

Y siguiendo con la previsible disminución de la esperanza de vida cabe preguntarse qué será de los actuales niños. Privados de la lactancia materna -que debería durar al menos un año, al igual que la baja por maternidad (aunque incluso la lactancia va a resultar peligrosa a causa de los pesticidas que contiene)-, bombardeados desde la cuna con verdaderos cócteles de vacunas cuyo alcance ni se sospecha, atiborrados de antibióticos y antiinflamatorios por problemas que en la mayoría de los casos podrían resolverse con Homeopatía o cambiando su alimentación me pregunto si les dejaremos llegar a la edad adulta con un mínimo de calidad de vida.

El último atentado contra la salud de los niños consiste en etiquetarlos con ese otro “cajón de sastre” denominado Síndrome de Hiperactividad y Falta de Atención dándoles psicofármacos peligrosos como el Ritalin que, según el Dr. Thomas S. Szasz, produce graves efectos secundarios e incluso ha provocado el fallecimiento de algunos niños mientras que no se tiene en cuenta la relación existente entre las alteraciones del comportamiento -incluido el autismo- con la administración de vacunas, aditivos y otros tóxicos ambientales. Y en lugar de tratar de entender lo que está ocurriendo con ese niño que ha cambiado su comportamiento se le van dando más y más fármacos, más y más vacunas, en una huida hacia adelante que no tiene parangón en la historia de la Medicina. Si los padres no reaccionan contra esta locura sanitaria el futuro de esos niños corre un verdadero peligro.

Como se expuso en el ya mencionado congreso de Medicina Ambiental esos nuevos síndromes inespecíficos -como la fibromialgia o el síndrome de fatiga crónica- tal vez no sean en realidad más que la expresión de la intoxicación colectiva que ya se hace sentir de una forma pre-epidémica en el llamado Síndrome de Intolerancia Química Múltiple que está arruinando la vida de muchas personas pero que las autoridades sanitarias no están interesadas en reconocer abiertamente porque son incapaces de arremeter contra la industria, responsable de la contaminación química, farmacológica y electromagnética, una industria carente de toda moralidad y con un poder inmenso.

Esa ambición sin precedentes en la historia de la humanidad sólo puede explicarse por el poder que ejerce sobre nosotros esa droga dura llamada consumismo cuyos efectos son devastadores. La posibilidad de consumir todo lo que la industria nos pone al alcance nos hace desalmados. Y si uno es presidente de una multinacional se vuelve desalmado a gran escala. Así de simple.

No confiemos pues en las autoridades políticas o sanitarias. No van a protegernos. La única posibilidad de defendernos es con nuestra actitud individual responsable y menos egoísta. Por ejemplo, si decidiéramos ser vegetarianos mejoraría notablemente nuestro potencial de salud pero además promoveríamos la solidaridad entre los pueblos que pasan hambre y sed. La revista Noticias de Salud publicó recientemente un estudio de la FAO (Livestocks long shadow oLa larga sombra de la ganadería) denunciando que un 29% de la tierra se destina al ganado y un 33% al cultivo de productos para pienso. Es decir, el 70% del terreno de utilidad agraria se pierde en la crianza de animales contribuyendo con ello al deterioro del clima, la deforestación y la pérdida de recursos hídricos. Y, hablando de esto último, aún recuerdo un reportaje emitido por televisión en el que se denunciaba que la empresa Coca-Cola ha instalado en la India una o más factorías donde malgastan 3 litros de la preciosa agua que necesitan los campesinos para beber y regar en fabricar cada litro de su brebaje. Es decir, hipotecamos los recursos del planeta para disponer de carne y otros productos que no necesitamos para nada y que además nos enferman.

La alimentación vegetariana promueve la salud, retarda el envejecimiento, es compasiva con los animales y solidaria con los países pobres. No se puede pedir más, francamente. El único inconveniente es llegar a vencer la dependencia que crean los productos animales a los que nuestros padres nos acostumbraron desde niños. Al igual que el tabaco o el alcohol también ciertos comestibles crean dependencia aunque para lograr ingerirlos tengamos que modificarlos de mil formas porque crudos nos resultarían insoportables.

En temas de Nutrición confundimos lo cultural con lo fisiológico. Culturalmente somos carnívoros -o, si lo prefieren, omnívoros- pero fisiológicamente somos casi exclusivamente vegetarianos, como el resto de primates que sólo de forma ocasional ingieren proteínas animales; por supuesto, crudas. En cambio nosotros, para poder tolerar los productos animales, tenemos que cocinarlos, salarlos, curarlos, ahumarlos, marinarlos… Porque no creo que a nadie le apasione lanzarse sobre un conejo vivo, hincarle el diente y saborear su sangre todavía caliente. Por más que insistamos en consumir carne no creo que cambie una sola de nuestras enzimas ni que lleguen a salirnos dientes afilados… al menos en unos cuantos millones de años. Nuestra mano prensil está hecha para un gesto absolutamente fisiológico: coger fruta del árbol.

Volviendo al libro del Dr. Arguello estoy de acuerdo en que no hay rejuvenecimiento posible sin la práctica regular del ayuno.Es la única oportunidad de que disponemos para invertir el proceso de intoxicación. Y, sin embargo, pocos programas antienvejecimiento tienen en cuenta este aspecto fundamental. De hecho sé que cuando -en un alarde de inspiración- alguno de mis colegas se ha animado a prescribir un ayuno en el medio hospitalario ha sido aportando papillas de aminoácidos con lo que se desperdicia la posibilidad de que el cuerpo utilice las proteínas que contienen generosamente sus propios tejidos enfermos.

Voy a repetirlo: el ayuno regular, practicado al menos una vez al año, rejuvenece. Después de dirigir centenares de ayunos en el entrañable Curhotel Hipócrates de Sant Feliu de Guixols (Gerona) estoy convencida de ello. Recuerdo cómo yo misma quedaba sorprendida del cambio que iban experimentando los ayunantes tras 15 o 20 días de dieta líquida (zumos, caldos vegetales, infusiones…). Se iban más esbeltos, más ágiles y más optimistas. El personal del laboratorio que nos hacía los análisis al inicio y al final de la cura, al comparar los resultados, me decía: “Oye, ¿qué les dais para que les baje en tan pocos días el colesterol, los triglicéridos, la glucosa, la urea, la creatinina y las transaminasas?” Y nosotros no les dábamos más que caldos, zumos de fruta e infusiones o una dieta vegetariana. ¿Y la medicación? Pues a medida que se hacía innecesaria la íbamos disminuyendo.

Así pues haríamos bien en reservar una parte del presupuesto destinado a vacaciones -de las que muchas veces volvemos más gordos y agotados- para ir cada año a un centro de salud. Ese hábito saludable (que para ser eficaz debe practicarse al menos dos semanas al año y si es posible dos veces cada año) nos ahorraría muchos disgustos y peregrinajes por consultas médicas. Esos establecimientos deberían estar al alcance de todo el mundo pues en ellos se practica la verdadera prevención. Porque si esperamos que la prevención venga de la política sanitaria lo tenemos claro. No por falta de investigadores serios y comprometidos que trabajan dentro del sistema y que se esfuerzan en poner en evidencia el peligro de los tóxicos ambientales sino porque sus estudios no tienen ningún poder decisorio y todo queda en agua de borrajas. Porque, ¿saben dónde suelen ir a parar esos caros estudios? A la mesa de algún político incapaz para reaccionar y hacer que se dicten normas eficaces contra la contaminación en masa que sufrimos indefensos.

Así pues si queremos frenar el envejecimiento y mantener nuestro potencial de salud debemos plantearnos también la salud del planeta disminuyendo en lo posible nuestra loca carrera consumista que nos lleva a una destrucción garantizada. Y la alimentación tiene una repercusión ecológica y social enorme. Si dejamos de consumir comida y bebida basura, y optamos por ser vegetarianos -o al menos por comer más verduras y frutas y menos carne- tal vez consigamos hacer cosquillas a un sistema despiadado que hoy está en condiciones de comprar instituciones, agencias reguladores, científicos, políticos y, por lo tanto, gobiernos.

Dra. Montserrat Palacín
Recuadro:


10 recomendaciones para rejuvenecer

1) Ayune 15 días al año como mínimo.

2) Beba abundante agua.

3) Procure que tres cuartas partes de su dieta sea vegetal y cruda (fruta, ensaladas, germinados, frutos secos, gazpachos, etc.) Y si le es posible adquiera productos de cultivo biológico.

4) Evite en lo posible los productos lácteos animales. Consuma leches vegetales. La soja y derivados no son recomendables porque pueden actuar como disruptores hormonales (tienen acción estrogénica).

5) Evite en lo posible las proteínas animales y, si las consume, procure al menos que procedan de crianza natural (evitará la crueldad que sufren en granjas industriales y su toxicidad).

6) Cocine lo menos posible y hágalo a baja temperatura, es decir, al vapor. Evite barbacoas, planchas, sartenes y microondas.

7) No crea en el mito de la musculación, las pesas y demás ejercicios absurdos que acortan los músculos y producen artrosis precoz. Si hace ejercicio que sea lúdico o artístico, que tenga un sentido.

8) Para contrarrestar la rigidez muscular practique Stretching Global Activo y/o hágase tratar por un Reeducador Postural Global.

9) Repita diariamente la afirmación de Emile Coué: “Cada día que pasa estoy mejor en todos los sentidos” y cuando esté tenso procure llenar la boca de saliva como aconseja el Dr. Ángel Escudero -creador de la Noesiterapia o Curación por el Pensamiento– ya que es una manera de estimular el sistema parasimpático o reparador.

10) Sea solidario. Ayude a sus semejantes siempre que le sea posible.

 

Este reportaje aparece en
106
Junio 2008
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