Cuando algo viejo muere, algo nuevo nace

De la observación de la Naturaleza aprendemos que todo está en continuo cambio, que la transformación es una de las leyes constantes de nuestro universo y que la muerte y el nacimiento son dos procesos que se suceden sin cesar a nuestro alrededor. Nuestro propio cuerpo es, de hecho, el mejor ejemplo de esos cambios, de esa muerte y ese renacer pues los científicos afirman que en 7 años la estructura celular de nuestro organismo ha variado por completo si exceptuamos las neuronas.

Sin embargo, el ser humano de nuestros días no afronta los cambios con actitud abierta sino con un profundo recelo y desconfianza que se manifiesta en inseguridad y miedo por el futuro. Estos sentimientos tienen su origen en el miedo a la muerte, el sentimiento más ancestral que nuestra consciencia tiene registrado. Muerte es sinónimo de desaparición y hoy día, en nuestro mundo occidental, la ciencia ha configurado unos patrones donde la trascendencia no se contempla. Así, el ser humano vive el aquí y el ahora y no desea replantearse ideas de futuro pues eso significaría afrontar la falta de respuestas a sus inquietudes y prefiere hacer caso a las teorías reduccionistas que consideran la consciencia como un producto del cerebro y que cuando éste desaparece por muerte biológica desaparece con él la consciencia personal.

Sin embargo, la Naturaleza nos enseña que el Sol vuelve a asomar cada mañana para calentarnos e iluminarnos y rasgar con su energía la oscuridad de la noche. Nos enseña que la primavera sucede siempre al invierno y que tras la montaña más imponente aparece un valle.

Llega el 31 de Diciembre de 1999 y vemos con asombro cómo se van agudizando los temores y las inquietudes de las personas que no tienen bien asentados sus planteamientos de vida. Suenan voces alarmantes y se publican libros y más libros sobre predicciones y negros augurios más propios de la Edad Media que de nuestros días. Los horóscopos y guías para el próximo año se multiplican en los kioscos, el “negocio” siempre está atento para satisfacer cualquier necesidad y ha encontrado en el fin del milenio un buen filón.

Es bien sabido que cuando las energías alteran el mundo exterior también se ve afectado nuestro pequeño mundo interior pues estamos inmersos en un entorno absolutamente interdependiente. Así pues, es bueno plantearse que este final de año puede convertirse en un momento clave en el que cada uno de nosotros podemos darle una carga que realmente lo haga especial.

Las fronteras, los hitos, las barreras tienen un fuerte arraigo en nuestro inconsciente colectivo como especie. Los momentos en que las semillas (aparentemente inertes en invierno) empiezan a dar los primeros brotes (animadas por los tempranos rayos del sol de primavera), el comienzo de una nueva estación fecunda las inquietudes con nuevos propósitos; un mes que comienza es la oportunidad para alcanzar los objetivos pendientes; una semana que arranca despierta los deseos de rectificar el rumbo; un nuevo día encierra la promesa de infinitas posibilidades de acción que surgen en el tempestuoso mar de nuestra mente…

Nuestra historia está llena de ceremonias y rituales que patentizan de forma externa nuestro deseo de romper con lo viejo, de morir al pasado para renacer más limpio y más ligero en el presente. Cuando, por ejemplo, en la noche de San Juan “quemamos” en la hogueras lo viejo, todo aquello de lo que queremos desprendernos, así como cuando “plantamos” en la tierra los objetivos y las metas por lograr, estamos haciendo realidad ese impulso inconsciente que nos hace seguir avanzando por la senda de los ideales aún por realizar. Un impulso que se concreta en el deseo de abandonar las cargas inútiles para caminar hacia el futuro más ligero. Y, posiblemente, nunca como este fin de año esa fecha tenga un significado tan especial. Es un cambio grande para los calendarios, para los relojes, para todo tipo de maquinarias y mecanismos, para los sistemas informáticos… pero también es un cambio grande para las personas.

Momentos de cambio, de transformación, de muerte y renovación, posibilidades de proyectar lo que no encontró eco en el pasado, esperanzas de no volver a cometer los mismos errores, intentos de enraizar aquello que no habíamos logrado, tomar consciencia de que el pasado es irrecuperable pero que el futuro está por hacer…

Diseñar ese nuevo mundo es cosa de todos aunque es una ardua tarea difícil de afrontar; sin embargo, sí está a nuestro alcance ocuparnos de “nuestro pequeño mundo”, de nosotros mismos. Momentos para echar una mirada retrospectiva que nos permita observar los sucesos del pasado y poder así filtrar las experiencias y conservar los aprendizajes, hacer un balance de lo hecho y de lo por hacer, ver qué hemos ido escribiendo en nuestra pizarra y porqué o trazar una línea divisoria que separe claramente el antes del después.

Pero, ¿cómo se lleva a cabo eso en nuestra vida cotidiana? ¿Cómo organizar nuestra mente y nuestras energías para recrear los caminos por recorrer en nuestra vida, en nuestro trabajo, en nuestras relaciones? Los nuevos planteamientos de la Psicología, apoyados por los últimos descubrimientos en Neurología, ponen en nuestras manos técnicas como el pensamiento positivo, la visualización creativa o la programación neurolingüística que nos pueden ayudar en ese proceso. Antes el axioma era “ver para creer”; ahora, gracias a las posibilidades que los descubrimientos sobre el funcionamiento de nuestro cerebro y nuestra mente nos proporcionan, esa frase se ha convertido en “creer para ver”. Hemos de creer en las cosas si queremos llegar a verlas. El poder del pensamiento es algo que después de los descubrimientos en física cuántica, donde la influencia de la mente sobre la materia ha pasado de ser una especulación a una realidad empírica, no deja lugar a dudas.

Cuando alguien se plantea un objetivo, aunque sea a largo plazo, lo proyecta y lo planifica, lo estructura y lo desmenuza en fases más pequeñas, está poniendo inicialmente en marcha su poder generador y creativo, después está alineando sus deseos con sus pensamientos, encauzando su disposición y concretando sus intenciones, con lo cual está limpiando el camino de obstáculos. Según parece, eso hace que las energías propias y las más sutiles que están a su alrededor se pongan en marcha para trabajar a favor de concretar en el mundo material la idea concebida.

El pasado es irrecuperable pero el futuro está por diseñar –como antes decía- y este 31 de Diciembre puede actuar como una visagra entre lo viejo y lo nuevo. Es, pues, importante que aprovechemos el momento para abandonar las ideas inservibles, las posturas viejas, los modelos anquilosados por el tiempo y la comodidad, los comportamientos rancios y dejemos que entren nuevas brisas en nuestra vida que purifiquen el ambiente. Airear los rincones interiores es algo beneficioso para nuestra salud física y psicológica pues allí se arremolinan emociones mal asimiladas que pueden ensombrecer nuestro horizonte. Y, una vez hecho eso, con los pies bien asentados en el momento presente, dirigir nuestra mirada hacia el futuro intentando esbozar las líneas por donde queremos que discurra nuestra vida. Apoyando con imágenes esas ideas pues nuestro hemisferio derecho -con capacidades eminentemente creativas- sintonizará con esas visualizaciones o recreaciones mentales del proyecto que nos ocupa. Es importante que esa idea se mantenga viva en nuestra mente, es decir, que no perdamos de vista el objetivo y que “pensemos” en él siempre que podamos; sobre todo, es fundamental hacerlo en dos momentos del día: unos quince minutos antes de dormir y en los quince siguientes a despertar. En esos momentos la mente profunda está más receptiva y cualquier cosa grabada a ese nivel terminará por imponerse hasta hacerse realidad.

Pasos a seguir:

  1. No estar de acuerdo con la situación actual. Desear el cambio.
  2. Estructurar la mente para definir el objetivo a conseguir.
  3. Desglosar por niveles de importancia subjetiva los logros intermedios y el objetivo final.
  4. Concentrarse en la idea, sobre todo antes de dormir y nada más despertar.
  5. Confiar en la fuerza interior y en la aportación de energías sutiles que están a nuestra disposición para ayudarnos.
  6. No desfallecer.
  7. No provocar los cambios agresivamente.

Con estas sencillas premisas estaremos imantando la aguja de nuestra brújula personal en una dirección, la dirección que deseamos. De tal manera que aunque los vaivenes de los acontecimientos nos “muevan”, tendremos la seguridad de que siempre volveremos a recuperar nuestro Norte.

María Pinar Merino

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Enero 2000
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