¿Qué cura la medicina convencional?

La Medicina alopática, convencional o farmacológica ha decidido autodenominarse últimamente “medicina científica” en un intento de autoprestigiarse y de marcar distancias con otras concepciones de la salud y de terapias que, a su juicio, no han “demostrado” sus fundamentos. Pero, ¿qué cura en realidad la Medicina científica? Pues la verdad es que muy pocas cosas. La mayor parte de lo que ofrece –excepción hecha de la cirugía- son fármacos sintomáticos.

El ciudadano medio europeo -y el español, en particular- desconoce muchos de los factores que afectan al modo en que se ejerce el control sobre su salud, su bienestar y su seguridad por parte de los políticos, los gobiernos, las autoridades internacionales y los grupos de poder organizados que influyen en los anteriores. Control que en ocasiones se hace de forma solapada y secretista pero en otras de modo tan abierto como arbitrario y antidemocrático. A pesar de lo cual, conscientes de ello, en un impresionante alarde de valentía, miles de profesionales de la salud alternativa y de disciplinas afines así como profesionales de la medicina convencional pero simpatizantes y defensores de los tratamientos naturales desafían hoy el actual autoritarismo reinante abriendo la puerta de sus centros, consultas y clínicas a otras terapias, jugándose con ello el tipo a sabiendas de que pueden ser sometidos por ello a persecución, abrírseles expedientes administrativos, imponérseles sanciones económicas y ser objeto de denuncias y juicios donde el poder judicial será utilizado como arma arrojadiza contra ellos usando todo tipo de artimañas jurídicas. Y ello con la connivencia de unos políticos incompetentes, quizás muchas veces ignorantes de cómo se les utiliza pero ciertamente, de un modo u otro, “casados” con los amos de la industria que domina el mundo de la salud, la sanidad y la medicina. Gente que se sirve de todo tipo de ingenierías societarias, financieras y jurídicas para instalar su poder en el interior de las instituciones públicas con el único fin de asentar su monopolístico modus operandi y que, al tiempo, les permita actuar sin competencia alguna en el gran mercado en que se ha convertido la salud y la enfermedad. Por ejemplo, mediante complejas actividades que incluyen la cooperación de medios de comunicación social sensacionalistas ávidos de escándalos para vender morbo, la colaboración de pacientes-trampa dispuestos a formular denuncias de todo tipo valiéndose de falsedades, engaños y mentiras y a los que se prometen importantes gratificaciones, colegios médicos controlados y dispuestos a expedientar, suspender o expulsar a los elementos discordantes o indeseables para el grupo y sus intereses, recomendaciones a los miembros del clan para que boicoteen publicitariamente a los medios de comunicación independientes que no se sometan a sus deseos, administraciones públicas dispuestas a expedientar y sancionar a los profesionales díscolos y a clausurar consultas, centros o cualquier tipo de establecimiento… Y todo ello con la complicidad de miembros corruptos de un estamento jurídico que a veces juzgan “a la carta” condenando sin prueba alguna a los profesionales disidentes de la verdad oficial mancillando  así su reputación, su honradez y su valía al igual que su imagen pública. Por ejemplo, mediante acusaciones de “intrusismo”, ejercicio ilegal de la medicina, estafa… Todo vale con tal de lograr el fin deseado: la supresión de toda alternativa a la Medicina alopática y farmacológica. Algo que también se obtiene con el secuestro de toda información relevante que pueda abrir los ojos al ciudadano coartándole así su capacidad de elegir. Lo cual permite de paso idiotizar a la sociedad civil y contentarla con un sistema público de salud que es hoy bastante más que deficiente. Claro que al hambriento siempre le parece un manjar cualquier despojo que pueda llevarse a la boca.

NO SE PREOCUPE: ESTAR ENFERMO ES GRATUITO

¿Y qué es eso de que si la Seguridad Social no funciona correctamente tampoco es tan preocupante porque es gratuita? ¿Gratuita? La pagamos entre todos. Además, es un verdadero insulto a la inteligencia de los ciudadanos y una ofensa grave intentar hacernos creer que el sistema sanitario está gestionado hoy al máximo de sus posibilidades cuando la realidad es que se ha convertido en el mayor ente despilfarrador de las arcas públicas, con deficiencias que rozan lo delictivo. Y eso es así aunque mañana aparezca de nuevo toda la maquinaria mediática del país -en su mayor parte controlada por el gobierno de turno- para intentar maquillar el verdadero estado en el que se encuentran la Sanidad y la Medicina en general: colapso casi total. Teniendo en cuenta lo cual es aún más sorprendente e inexplicable la cantidad de recursos humanos y financieros que se destinan a combatir -cada vez con mas vehemencia- las medicinas complementarias o alternativas. Es más, cada vez que un profesional de la salud –y no digamos ya si se trata de un médico- intenta incorporar a su “arsenal terapéutico” un remedio natural, efectivo y no tóxico para beneficio de sus pacientes, de la sociedad en general y de la ciencia… es engullido por el sistema en una serie de círculos represivos de tal calibre y magnitud que se le condena hasta llevarle a la aniquilación total como profesional conduciéndole a él y a su familia hasta la bancarrota, la cárcel o el desempleo. Cualquier castigo es poco para un disidente en el ámbito de la salud. Esto, amigo lector, está ocurriendo constantemente. No sólo fuera sino también aquí, en nuestro país. Y todo ello se hace en nombre de la necesaria protección de los derechos de los ciudadanos y de su obligación de velar por nuestra salud… Claro que lo que nunca esperaron es que la persecución de los elementos disidentes, lejos de crear calma social, esté creando tensión, angustia, crispación y nerviosismo. La pregunta es simple: si la gente demanda el uso de terapias complementarias o alternativas, ¿por qué en lugar de regularlas y asegurarse de que su uso sea eficaz, controlado y competente se las persigue e intenta prohibir? Por otra parte, ¿qué absurda paradoja es esa que hace que no se reconozca a muchos terapeutas su profesionalidad pero se les permita cotizar a Hacienda como parasanitarios? Es una auténtica vergüenza, indigna de un país como España. Nuestros gobernantes y médicos deberían explicar por qué se sienten tan amenazados por el imparable avance de las medicinas alternativas y dedican tantos esfuerzos a reprimir su avance, por otra parte imparable.

MIEDO A PERDER EL MONOPOLIO

¿Tienen miedo los guardianes de la ortodoxia médica de la continuidad de la Medicina alopática como la única, verdadera y universal? La medicina organizada es un monstruo cuyo peso, volumen y envergadura es actualmente tan inmenso que cualquier cambio de dirección o posicionamiento, por pequeño que sea, requiere inmensas dosis de energía y recursos así como importantes espacios de tiempo. Es tal su lentitud que, en términos ordinarios, podríamos decir que para un cambio, una remodelación profunda de pensamiento y acción, necesitaría decenios. Cambiar los puntos de vista de esta medicina organizada requeriría un replanteamiento de lo que se ha dado en llamar el “pensamiento médico moderno” y, lo que sería mas importante, cómo ese tipo de razonamiento y argumentación, de interpretación de la realidad, de método, en definitiva, se estructura y se explica. Lo cual nos acercaría al entendimiento de un hecho mucho más complejo y es el de que si lo anterior es cierto -y todo parece apuntar que lo es- los actuales métodos de tratamiento y control de las enfermedades se revelan como inadecuados, inefectivos e insolventes para los fines a los que pretendidamente estaban destinados. Y ello con la carga implícita de que se han ejercido durante años a sabiendas de todo lo anterior. A nuestros gobernantes no sólo les sorprende el “imparable” avance de las medicinas alternativas sino que no se lo explican. Con lo que se gastan en marketing vendiendo las bondades de la sanidad pública y resulta que unos “intrusos” son capaces de atraer hacia ellos enfermos que no sólo esperan pacientemente ser atendidos sino que, además, lo pagan todo de sus propios bolsillos y con agrado. Con el hándicap de tener que hacerlo a espaldas de sus médicos de cabecera -muchos de ellos verdaderos guardianes del orden jerárquico socio-sanitario y auténticos policías políticos del Ministerio de Sanidad- por miedo a no ser atendidos en el futuro si algo les ocurriera (circunstancia ésta que, aunque negada reiteradamente por las autoridades, es bien conocida por muchos enfermos que han sido objeto de mofa y tratamiento descortés por sus médicos cuando alguno osaron contarles que habían acudido a un profesional no médico). Y eso que el Ministerio de Sanidad y el Gobierno deberían estar agradecidos a las medicinas alternativas ya que éstas permiten al Estado ahorrar costes al reducir el número de consultas y el consumo farmacéutico. Como debería estar contento el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social gracias a la cantidad de días de baja laboral que los profesionales de las medicinas alternativas evitan con sus cuidados y tratamientos porque son manifiestamente más resolutivos. El simple hecho de evitar que un enfermo permanezca seis meses de baja por un dolor lumbar mientras espera a que le sean practicadas las pruebas pertinentes para decidir qué hacer con él bastaría. Porque muchas veces, mientras el enfermo espera con la Seguridad Social semanas -a veces, meses- sólo para saber qué le pasa, hay terapeutas alternativos –osteópatas, quiroprácticos, etc.- que le atienden y resuelven su problema en pocos días.

Y ESTAMOS HABLANDO DE REALIDADES

Tomemos como ejemplo al Gobierno británico que reguló profesionalmente la Medicina Osteopática en 1993. Luego, el año 2000 entraría en vigor la llamada Acta Osteopática que estructuraría el Consejo General de Osteópatas, cuerpo profesional con regulación propia al igual que en los años 50 se promulgara el Acta Médica que hizo lo propio con la profesión alopática. Pues bien, actualmente existen en Gran Bretaña 3.092 osteópatas (1.721 varones y 1.371 mujeres) que atienden globalmente a unas 24.000 personas al día. Hablamos pues de ¡siete millones! de consultas y tratamientos por año. Un promedio muy importante teniendo en cuenta que los tratamientos osteópatas… los pagan los usuarios. Bueno, pues resulta que al tratarse la Osteopatía de una terapia natural se minimizan los efectos secundarios derivados del habitual consumo de fármacos (4 de cada 10 ingresos hospitalarios en Gran Bretaña se producen a causa de los efectos secundarios de los medicamentos), se evita la necesidad de tener que enviar al paciente a evaluación especializada (depende de los casos) y se ahorra el Estado el coste de las investigaciones médicas, los análisis de laboratorio y las intervenciones quirúrgicas. Y también se reducen las listas de espera y la potencial evolución de las enfermedades hacia la cronicidad.

A LA DEFENSIVA

Un ejemplo de la contradicción existente en la práctica de la medicina moderna y en los sistemas sanitarios establecidos, en lo que respecta a las medicinas alternativas, es que se ataca sistemáticamente cualquier opción que difiera de lo que ellos han aceptado como válido dentro de sus propias convenciones, tantas veces admitidas por consenso a sabiendas de que no serían aceptables por simple sentido común ni resistirían un mínimo contraste analítico. A pesar de lo cual, atacan las opciones terapéuticas distintas sin comprobar siquiera si funcionan o no. Al mismo tiempo, se intenta pasar absurdamente todo por el filtro de los estudios clínicos controlados -los “doble ciego”- rechazando de plano todo lo que se ha contemplado previamente a la implantación de este método. Y lo curioso es que muchas de las técnicas terapéuticas que se utilizan en Medicina convencional jamás han pasado por esos mismos filtros. Tomemos como ejemplo la cirugía de by-pass coronario o la angioplastia mediante globo (balloon). Son dos técnicas quirúrgicas que han revolucionado en los últimos tiempos la cirugía cardiovascular y endovascular dando renombre a quienes las practican porque salvan vidas. Bueno, pues jamás se han comprobado frente a otro tipo de técnica alternativa, ni a doble ciego, ni en ensayos clínicos de tipo o clase alguna. A pesar de no ser técnicas definitivas sino remedios paliativos en un gran número de casos y que, de modo irremediable, condenan al paciente a la dependencia de fármacos y cuidados posteriores para mantener sus condiciones de vida. Sólo se ensalzan sus bondades y se presentan ante la opinión pública como grandes logros y proezas de ese grupo privilegiado de modernos héroes que pretenden ser los miembros de la clase médica en general y los cirujanos cardíacos en particular. Es decir, se practican sin más a pesar de ser puramente experimentales y no se ponen objeciones a su realización ni se criminaliza a los cirujanos que las practican persiguiéndoles hasta los tribunales o acusándoles públicamente en la prensa cada vez que un enfermo fallece como consecuencia de un fracaso (lo que acaece en buen número de ocasiones). Es evidente que hay dos raseros para medir: uno para la Medicina convencional y otro para los demás. En suma, en contraposición a esta postura transigente con los médicos “héroes”, a los que se mima y arropa, existe una posición intolerante y represiva con los “falsos médicos” que tratan de introducir técnicas “no probadas” en ensayos clínicos multimillonarios… aunque vengan empleándose desde tiempos pretéritos -algunas desde tiempo inmemorial- con resultados y experiencias múltiples sobradamente solventes a través de los años y de miles de enfermos y pacientes tratados. Terapias simples, baratas y eficaces que están siendo suprimidas en base a razonamientos disparatados o sin lógica alguna, razonamientos que a la postre no se aplican sobre técnicas y métodos de tratamiento convencional mas peligrosas y con menos resultados pero, eso sí, invariablemente más… rentables.

LA CONTRADICCIÓN LLEVADA AL EXTREMO

Los prebostes de la medicina convencional han atacado, calumniado y denostado de manera sistemática cualquier innovación o idea original que proviniera de las fuentes de conocimiento de las medicinas alternativas por el simple hecho de que no reconoce a sus practicantes como “legítimos médicos”. Y, sin embargo, pretende conferir a los médicos alópatas capacidad para operar en el campo de las medicinas alternativas a pesar de que su formación en ese ámbito sea escasa o nula. Por esa misma razón, la medicina alopática es responsable de no ser capaz de obviar y erradicar de sus practicantes y docentes ese obtuso prejuicio contra las medicinas alternativas a las que califica de prácticas carentes de ortodoxia, de método. Ello cuando no son acusadas simplemente de estafa e ilusionismo y sus practicantes tratados como delincuentes. Para quienes somos observadores de este importante fenómeno de disgregación científico-médica y de bipolaridad en los últimos tiempos, lo anteriormente descrito tiene sin embargo una lectura muy diferente de la que se nos ha querido transmitir. Significa, sencillamente, que en la medicina moderna existe una profunda crisis. El publico empieza a reconocer la importancia de la visión global y de conjunto de los pacientes como seres humanos y no como un conjunto de síntomas indiferenciados o de órganos enfermos de manera compartimentada e inconexa. Se empieza a reconocer incluso el valor de la interculturalidad a la hora de abordar la problemática de pacientes concretos entendiendo que el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades debe discurrir por vías de múltiples direcciones y sentidos, y no de un modo unívoco y lineal hacia ninguna parte. Lo que fue considerado en su día como una frívola visión y acercamiento a los enfermos se ha tornado hoy en el mayor repertorio de claves para la comprensión, tratamiento y prevención de las enfermedades y los daños sobre la especie humana causados por las mismas. El paciente se siente desarraigado cuando tiene que enfrentarse a pecho descubierto con el sistema médico-sanitario y su enorme complejidad, factor éste que ni siquiera es bien comprendido por quienes lo administran. El temor, la incertidumbre y el desamparo se adueñan de todo aquel que cruza la puerta de una consulta o un hospital, en mayor o menor medida. No obstante, la medicina moderna ha logrado niveles de excelencia en el manejo de algunas de las condiciones de salud que afectan al ser humano tales como las emergencias, ciertas infecciones bacterianas, los traumatismos y muchas complejas y heroicas actuaciones médico-quirúrgicas que a diario se realizan en centros hospitalarios de todo el mundo. Pero, al mismo tiempo, ha demostrado haber fallado de un modo mísero en la promoción de la salud y la prevención de la enfermedad así como en el control y manejo de la cascada de enfermedades nuevas y crónicas que llenan las consultas de los médicos y hospitales. Sucede además que la sanidad, la medicina y los cuidados médicos caminan en regresión respecto al nivel exigible y a la calidad de los servicios que ofertan, al tiempo que cuanto más pagamos pareciera que menos prestaciones se nos ofrecen. Mientras, la Sanidad oficial se precipita por una descendente de gastos y presupuestos sin orden ni control y, por tanto, insostenible.

¿EN QUÉ SE GASTA NUESTRO DINERO?

El presupuesto no es hoy empleado en la lucha contra las causas que facilitan la aparición de las enfermedades crónicas a pesar de que los cuidados de los pacientes aquejados por éstas facturan más del 75% del total del gasto en salud y sanidad de este país. Es como si el planteamiento fuera: usted no se preocupe ni se cuide y sepa, además, que si enferma la sanidad pública le cuidará haciéndose cargo de los gastos. En resumen, estar enfermo le saldrá prácticamente gratis. Vamos, que va a parecer que hasta da gusto estar enfermo. En cierto modo, la prueba más evidente de que la medicina moderna se halla inmersa en una profunda crisis –y, sobre todo, algo que nos habla de la importancia y severidad de la misma- es el hecho de que se hayan aceptado como normales los actuales niveles de implantación y evolución alcanzados por las enfermedades tildadas como crónicas, aun sabiendo que existen métodos sencillos y naturales de prevenirlas. En 1988 el Cirujano General de los Estados Unidos de Norteamérica -una figura lo más parecida a nuestro Ministro de Sanidad pero procedente del cuerpo profesional (militar casi siempre)- subrayó en su informe anual que las deficiencias y desequilibrios dietéticos jugaban un rol esencial a la hora de valorar los elementos y factores que predisponen a la muerte prematura de los norteamericanos y que, por tanto, recomendaba la recuperación de la educación dietética y los cambios en el estilo de vida y su promoción por parte de los profesionales de la salud, la sanidad y la medicina ya que era un factor preventivo inexcusable. Este exhaustivo informe se apoyó en un taxativo informe del Centro para el control de las enfermedades que afirmaba que el 54% de la enfermedad cardiaca, el 37% del cáncer, el 50% de la enfermedad cerebrovascular y el 49% de la aterosclerosis -en términos de incidencia- podrían ser prevenidas con meros cambios en el estilo de vida y en la alimentación. El porqué estos sencillos consejos, provenientes además de la máxima autoridad en lo que a Medicina se refiere en Estados Unidos pero largamente ignorado y desoído por sus inferiores jerárquicos, no se ha implementado en la salud y sanidad organizadas se debe en su mayor parte al hecho de que mientras los médicos sigan teniendo su mayor fuente de ingresos económicos, fama y reputación practicando esta medicina de “rescate” (intervenciones espectaculares pero dirigidas exclusivamente a los síntomas) y ésta siga siendo el área de prácticas que reporta mas beneficios a la clase médica y no el ejercicio de la prevención activa, ningún miembro de esa privilegiada clase moverá ni un ápice de energía en otra dirección que no sea la que ya han tomado. ¡Qué importa que diariamente se vean frente a frente con todo tipo de pacientes para los que la medicina tan sólo ha aportado un superficial tratamiento de la sintomatología, independientemente de la causa subyacente en el enfermo! Los antibióticos, otrora la panacea de la curación y el control de las infecciones, ven desvanecerse su aura de omnipotencia frente a bacterias cada vez más resistentes y agresivas, al tiempo que sus efectos secundarios se multiplican y nuevas infecciones para las que no existe terapia siguen emergiendo. Enfermedades como el SIDA o la fatiga crónica y sus síndromes deberían ser toda una lección de humildad para la medicina oficial que ni tan siquiera se digna a reconocer su precariedad de conocimientos y terapias aplicables a las mismas. Y todo esto en un maremagnum de síntomas, síndromes y “enfermedades” para las que sólo existe una solución sintomática –y, por tanto, parcial- que en ocasiones tan sólo retarda la aparición de síntomas mayores y mas severos del proceso pero que, desgraciadamente, en muchos otros casos modifica incluso el curso de la enfermedad llevándola a parajes desconocidos y sumando factores a la gravedad de las dolencias como la yatrogenia (daños derivados del uso de los medicamentos que pretendían curar), hasta el punto de transformar en irreconocibles trastornos menos complejos, difíciles de definir, diagnosticar y clasificar, empeorando esta situación a cada paso.

EL ENFERMO VERTICAL

Actualmente hay legiones de personas que sufren afecciones de todo tipo. Desde la pérdida progresiva y gradual de energía hasta la fatiga excesiva, desde problemas digestivos hasta respiratorios. Tanto adultos como niños sufren alergias, reacciones de hipersensibilidad, cambios de humor frecuentes, jaquecas, migrañas, dolores musculares y óseos, ansiedad… Millones de seres humanos integran un gigantesco grupo que algunos han dado en denominar “los enfermos verticales”, personas que no se encuentran tan enfermas como para estar postradas en cama y que, no estando bien, incluso se consideran “sanas” por el hecho de que muchos de los que conocen y rodean se encuentran en un estado tan poco saludable como el suyo. Son los típicos pacientes que siempre se están medicando en un constante flujo e intercambio de fármacos de la más variada naturaleza y diversidad: antidepresivos, antiinflamatorios, tranquilizantes, analgésicos y demás farmacoquímicos que acabarán produciendo dolencias que sumar a las que ya presentan. Muchos médicos ya se han percatado de que algo está fallando en los planteamientos de la medicina que practican cuando sus pacientes presentan desórdenes del sistema inmunitario y, por tanto, manifestaciones en forma de dolencias que para un sistema inmune intacto no representarían problema alguno. El resultado de estas prácticas aberrantes es una dependencia constante del tratamiento y del médico que monitoriza los resultados y ajusta y reajusta dosis, cambia prescripciones y se deshace en intentar dar con la clave para el remedio mientras los pacientes se hacen adictos consumidores de medicamentos y servicios en un desesperado intento de recuperar una salud que, desgraciadamente, se encuentra hipotecada en ese círculo vicioso del que es complicado -y tantas veces arriesgado- salir. Así se explica que encontremos pacientes que creen que mediante el tratamiento de su sintomatología están haciendo algo por la curación o el tratamiento de su enfermedad. Está claro que nadie sostiene que el tratamiento de los síntomas que las patologías humanas producen sea algo equivocado. Por supuesto que el control de los síntomas es importante para aumentar la calidad de vida de los pacientes -algo que legitima y honra como propósito a las ciencias médicas- pero es erróneo pensar que mediante el tratamiento de los síntomas estamos actuando sobre la enfermedad en sí misma y, por tanto, creamos que estamos acercándonos a la solución de los problemas intentando sólo minimizar los daños que estos causan.

EL ORIGEN DEL PROBLEMA

A mediados del siglo XIX, cuando se comenzaron a descubrir los microbios causantes de enfermedades, se desató toda una revolucionaria corriente de pensamiento y acción científico-médica que rivalizó fuertemente con las existentes teorías sobre la salud y la enfermedad y cómo estos fenómenos eran comprendidos y explicados. Una defendía la entrada e invasión de gérmenes patógenos en los tejidos como agentes causales mientras los otros sostenían que esos agentes tan sólo se comportaban como patógenos en el momento en que las condiciones del entorno en el que existían eran propicias para ello y, por tanto, mientras el estado de salud se mantuviese sano y en forma, es decir equilibrado, esos agentes no representaban amenaza y peligro alguno porque si no eran destruidos por los sistemas defensivos, al menos se les relegaba a un estado de latencia. La “victoria” de la primera de las teorías significaría el nacimiento de una nueva medicina, con énfasis en la causa infecciosa de las enfermedades en oposición al equilibrio armónico de las fuerzas vitales interactuantes. Ello propiciaría una potenciación de la medicina como ciencia en constante expansión para el estudio de las enfermedades y su tratamiento a lo cual siguió una rápida sucesión de descubrimientos como el microscopio, los cultivos bacterianos, las vacunas, los rayos X y el descubrimiento en los años 30 de la penicilina y las sulfamidas revolucionando el tratamiento de las infecciones por bacterias. Y desde ahí hasta los planteamientos contemporáneos y actuales, donde existe una relación directamente proporcional entre evolución de la medicina como técnica, ciencia e investigación y la pérdida de la visión de conjunto necesaria para saber que el principal punto de partida en lo referente a la conservación y restauración de la salud debería de ser el correcto y equilibrado funcionamiento de los mecanismos de balance homeostático del organismo y sus componentes mas íntimos: las células. Algo que, desgraciadamente, es tenido como cuestión baladí por toda esa miríada de científicos, clínicos e investigadores empeñados en encontrar una molécula que de verdad les muestre el primer paso, la piedra angular de la medicina en su máxima expresión, el secreto para encontrar el eslabón perdido en el que la medicina, tal y como está concebida en la sociedad moderna, cure por fin alguna de las enfermedades que asolan como verdaderas plagas a la raza humana.

CUESTIÓN DE ARMONÍA

Si la salud es mucho más que la ausencia de enfermedad conviene recordar entonces que el armónico funcionamiento de nuestros sistemas y funciones ha de mantenerse en armonía también con nuestro entorno. En ese estado nuestros sistemas defensivos y los mecanismos inmunitarios de que disponemos pueden combatir y manejar todos y cada uno de los peligros y amenazas que presenta la vida, cualesquiera que sean sus agentes causales. Conviene recordar que la salud positiva se fundamenta sobre el conocimiento integrado de los factores que componen al ser humano holístico. Estructura, función y el gran misterio de la mente, los sentimientos y las emociones que nos gobiernan e interactúan constantemente con los demás factores conformando algo tan único y maravilloso como irrepetible: el ser humano. Algo tan personal e intransferible como cada persona, con sus rasgos diferenciadores pero constituyente de ese gran conjunto evolutivo que es la especie humana. Si he de contestar a la pregunta original inspiradora de este artículo se me antojan grandes silencios como respuesta. Silencios que permitan espacios de reflexión para que se abandonen posturas inmovilistas y se replanteen interrogantes vitales para la supervivencia del hombre en un estado de verdadera y auténtica salud y bienestar. Espacios donde las ciencias sanitarias se encuentren para fundirse en un manantial de conocimiento que aporte originalidad, claridad, frescor y pureza a quienes deseen beber de él con la seguridad de que cada cual encontrará lo que busca: respuestas a sus necesidades. Y de un modo particular y personal quedará saciado y satisfecho como en una fuente en la que cada cual bebe según la sed que siente. Para algunos, un sueño improbable. Para otros, el único futuro posible. José Manuel López

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Julio - Agosto 2002
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