La constatada eficacia de los probióticos

En los últimos meses han aparecido numerosas web que de forma reiterativa arguyen que los probióticos carecen de virtudes terapéuticas e incluso pueden ser la causa de la actual pandemia de obesidad infantil. Injustificado ataque que se vinculó de forma tendenciosa a las recientes advertencias hechas por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (AESA) a los fabricantes de yogures sobre lo que dicen de sus propiedades al considerarlo “publicidad engañosa”. Pues bien, explicamos dónde se originó el bulo y cómo a pesar de lo que afirma ese organismo internacional hay innumerables estudios científicos que avalan los efectos beneficiosos de los probióticos.

No hay día en el que no aparezca en uno u otro medio de comunicación algún ataque contra la medicina natural; siempre con el mismo falaz argumento: “Sus efectos terapéuticos no están científicamente demostrados”. Y esta vez le ha tocado a los probióticos siendo el desencadenante un polémico artículo titulado Probiotics and obesity: a link (¿Hay relación entre los probióticos y la obesidad?) publicado enNature Review Microbiology por el Dr. Didier Raoult, reconocida autoridad mundial en enfermedades tropicales e infecciosas; solo que ese texto apareció en septiembre de 2009, hace pues ya tres años. Lo que no ha impedido usarlo a quienes desde la industria farmacéutica quieren desprestigiar los probióticos aprovechando que la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (AESA) -EFSA, por sus siglas en ingles- hizo en septiembre de 2011 una advertencia a Danone y otros fabricantes europeos de yogures con bacterias lácticas vivas –es decir, probióticos- por incumplir la prohibición de alegar en los envases y en la publicidad sus evidentes efectos terapéuticos. ¿La razón? Que hace ya muchos años la gran industria farmacéutica consiguió que los únicos productos que puedan legalmente alegar propiedades beneficiosas para la salud sean los fármacos aprobados por la Food and Drug Administration (FDA) y la Agencia Europea de Medicamentos (EMEA). Una decisión grotesca porque los fármacos son productos manifiestamente perjudiciales para la salud. En pocas palabras, que nadie puede vender ajo o manzanilla y explicar en el envase sus propiedades terapéuticas aunque se conozcan desde hace milenios. ¡Está prohibido! Alegan que nadie lo ha demostrado “cien-tí-fi-ca-men-te”. A sabiendas de que nadie se va a gastar millones de euros en hacer las pruebas que esos organismos exigen porque no se pueden patentar. Tal es la trampa que los más ignorantes no entienden cuando esos organismos arguyen tal cosa.

Ahora bien, ¿qué dijoDidier Raoult en su artículo y en qué contexto lo hizo? Veámoslo pero ante todo sepa el lector que se trata de un científico que no es experto en microbioma -el hábitat o sistema ecológico de los microorganismos que habitan en nuestro cuerpo- y que en él no habló de ninguna investigación propia efectuada en su prestigioso Laboratorio de Virología y Enfermedades Tropicales de Marsella sino que se limitó a revisar los resultados obtenidos por otros investigadores en cuatro trabajos y a colegir que parecía haber relación entre la pandemia de obesidad que afecta al mundo desarrollado y algunas bacterias intestinales.

Concretamente indicaba que en la flora intestinal de muchas personas obesas las bacterias Gram-positivas de la familia de las Firmicutes son notablemente más que las Gram-negativas de la familia de las Bacteroidetes. Asimismo se constató que la microflora intestinal de las personas delgadas o con peso normal es menos diversa. Pues bien, las bacterias de los yogures y otros productos lácteos son lactobacillus,bifidobacterias y enterococos, toda ellas de la familia de los Firmicutes; es decir, la que predomina en la flora intestinal de los obesos. Ahora bien, de los cuatro trabajos que revisó solo en dos se analizaban las diferencias entre los microbiomas de los niños obesos y delgados; y en solo uno se analizaron gemelos.

A continuación Didier Raoult explicaría que en los países industrializados los criadores de animales -vacunos, porcinos y avícolas- usan “antibióticos y probióticos” habitualmente para conseguir que sus animales “crezcan y pesen más en sus primeros años”. Y aquí es donde hay que hacer una seria crítica al Dr. Raoult. Para empezar no tiene ningún sentido relacionar los antibióticos con los probióticos. En segundo lugar los antibióticos que se utilizan en los criaderos de animales de granja -en proporciones sub-clínicas- no tienen como objetivo acelerar el crecimiento y engorde de los animales sino el de evitar en ellos diarreas e infecciones intestinales porque son ambos problemas los que impiden su adecuada nutrición. En cuanto a los probióticos comenzaron a ser introducidos en las granjas de cría cuando se prohibió en los animales el uso de antibióticos en Europa y se limitó en Estados Unidos. Fueron pues las autoridades sanitarias los que lo postularon.

Agregaremos que lo que afirma el Dr. Raoult se basa fundamentalmente en un trabajo del Dr. P. J. Turnbaugh publicado en Nature en 2006 en el que por primera vez se informó de que se habían hallado claras diferencias bacterianas en las floras intestinales de los niños obesos respecto a la de los delgados. Lo que no parece haberse tenido en cuenta es que ese investigador también encontró que cuando una persona obesa pierde peso ¡su microflora cambia y adquiere las características de las de una persona delgada! Y eso tiene que haberse producido porque la persona obesa ¡cambia de dieta! para poder adelgazar. Luego no es la flora intestinal lo que lleva a alguien a ser obeso sino el tipo de alimentación que sigue y el buen o mal funcionamiento de su metabolismo.

Los otros dos artículos lo que hacen es constatar el efecto benéfico de los probióticos en los casos de diarreas infantiles, tanto agudas como crónicas. Diarreas que sí son causa de desnutrición infantil por lo que una vez superada con los probióticos el niño recupera su peso normal y solo en caso de sobrealimentación engordará.

En otras palabras, estamos ante lo de siempre: se infiere que toda “asociación” o “relación” implica efecto-causa. Una soberana estupidez. Claro que en el último párrafo de su artículo el Dr. Raoult llega a decir sobre los probióticos que “(…) cualquier compuesto químico con talefecto secundario sobreanimales experimentales debería haberse ensayado rigurosamente antes de ser utilizado en los alimentos”. Y que un bacteriólogo diga que las bacterias son “compuestos químicos” es inaudito.

En suma, el Dr. Raoult afirma en las conclusiones de su breve artículo que es un peligro para la salud -especialmente en el caso de los niños- promover que consuman bacterias lácteas porque como éstas se usan para engordar a los animales es lógico suponer que consumirlas puede llevarles a engordar. Cuando como ya hemos dicho los animales engordan porque los antibióticos impiden que se infecten y sufran diarrea y los probióticos les ayudan a digerir la alimentación exageradamente desproporcionada en proteínas que muchos ganaderos les dan para que engorden mucho y pronto. Es pues esta práctica la que debería prohibirse.

Cabe añadir que la eficacia de los probióticos en la salud no necesita ser “cien-tí-fi-ca-men-te” demostrada. Como no se necesita hacerlo con las frutas, verduras, hortalizas, cereales, semillas, frutos secos y plantas medicinales. Su eficacia está súper-demostrada clínicamente. Porque no puede obviarse que los seres humanos llevamos más de 8.000 años ingiriéndolos y están ampliamente documentadas sus propiedades terapéuticas en miles de libros. Que las autoridades de la FDA y la AESA nieguen validez a ese conocimiento sólo demuestra que su único propósito es proteger los intereses de la gran industria farmacéutica y que la salud de los ciudadanos les importa un bledo. Y eso incluye a los probióticos, consumidos por todas las culturas desde épocas inmemoriales.

En fin, el Dr. Dusko Ehrlich -experto en Genética Microbiana que trabaja en el Instituto de Investigaciones Agronómicas (INRA) de Francia- no dudó en replicar públicamente al Dr. Raoult afirmando que los trabajos publicados que éste revisó no demuestran en absoluto que los probióticos produzcan obesidad ni que aumenten la masa muscular y ósea de los lechones -con los que más se utilizan los probióticos- u otros animales. Lo mismo que alegaron los doctores. N. DelzenneyG. Reid -científicos de las universidades de Lovaina (Bélgica) y Ontario (Canadá) respectivamente- para los cuales el uso de probióticos en el caso de vacunos sí ha demostrado que incrementa su masa muscular pero no la grasa, efecto que es atribuible a la mejora en la absorción de nutrientes. Añadiendo que al potenciar el sistema inmunitario disminuyen las infecciones y los procesos pro-inflamatorios. Y recordando que en Europa se consume per cápita el doble de probióticos que en Estados Unidos y es en este país donde hay más niños obesos del mundo. Es más, alegarían que un conocido estudio demuestra todo lo contrario, que las personas que ingieren habitualmente yogures probióticos pesan menos y tienen en sus cuerpos menos grasa. Se referían a un trabajo publicado en 2005 por un equipo dirigido por el Dr. M. B. Zemel en el International Journal of Obesity en el que se informa de un ensayo hecho con pacientes obesos que fueron sometidos a dos tipos de dieta hipocalórica. A los miembros de uno de los grupos se les sustituyó parte de su alimentación por yogures probióticos -manteniendo las calorías totales con respecto al otro- y al cabo de 12 semanas se observó entre éstos una reducción media de peso un 50% superior al de que quienes no los ingirieron. Aunque lo más notable fue la reducción de la grasa central con la consiguiente disminución del perímetro de la cintura lo que se interpretó como una redistribución de la grasa corporal.

Al conocer estas réplicas el Dr. Raoult se limitaría a responder que el efecto de los probióticos en el crecimiento de los animales de granja está demostrado recordando que en 2007 publicó un trabajo en British Poultry Sciencesegún el cual administrar bacterias lácteas a pollos mediante una cánula intragástrica les hace crecer y pesar más.

En cuanto a los antibióticos el Dr. Raoult publicaría en 2010 un trabajo -en colaboración con otros investigadores- en el que reportaba que pacientes tratados con fuertes dosis de avoparcina -un antibiótico análogo a la vancomicina– para tratar sus endocarditis infecciosas les había hecho aumentar de peso. Vinculando ese aumento a la resistencia a la vancomicina de los lactobacillus como demostraba –según él- el hecho de que su presencia era mayoritaria en las heces.

Sin comentarios. Lo singular es que esos investigadores mezclan sin reparo en su trabajo conceptos tan distintos como “ganancia de peso”, “obesidad” y “crecimiento” ya que en realidad en el trabajo sólo se reflejó el aumento del Índice de Masa Corporal (IMC) sin hacer referencia ni a los triglicéridos, ni al colesterol, ni a la glucemia. Notable profesionalidad científica, vamos. Por otra parte, lo normal es que alguien con una endocarditis infecciosa pierda peso y sufra un proceso inflamatorio que afecte a la absorción de nutrientes y que superado ese cuadro con el tratamiento antibiótico y antiinflamatorio recupere la homeostasis y su peso.

LO QUE OPINAN OTROS INVESTIGADORES

El Dr. Jeffrey Gordon -de la Universidad de Washington (EEUU)- hizo en 2004 un sencillo experimento con ratones que conviene conocer. Lo que hizo simplemente fue alimentar de la misma manera a dos grupos de ratones estando la diferencia en que los de uno de ellos eran estériles, es decir, carecían de flora intestinal. Pues bien, lo primero que observó es que para mantener su peso los animalitos sin microflora debían ingerir un 30% más de alimento que sus congéneres. Y además que eran más susceptibles a las infecciones; algo lógico porque ninguna bacteria competía con las patógenas.

Posteriormente, en 2006 –el trabajo se publicó en Proceedings National Acad. Sc-, introdujo en ratones estériles Bacteroides thetaiotaomicron -mil veces más abundante en el intestino humano que la famosa E. coli– e inmediatamente se observó que las células del epitelio intestinal empezaban a sintetizar fucosa -un tipo de azúcar-, algo que nunca hacen los ratones en edad adulta. Era una respuesta de las células epiteliales del ratón a lo que pedía la bacteria B. thetaiotaomicron; es decir, expresó una señal en las células epiteliales del intestino de los ratones para que sus genes empezaran a fabricar fucosa que es precisamente el tipo de azúcar que la B. thetaiotaomicron utiliza para su metabolismo energético. Lo que demuestra que los organismos animales –y por tanto humanos- pueden fabricar sustancias cuando las necesitan más a menudo de lo que tiende a pensarse. De hecho en el experimento que comentamos se activaron asimismo otros genes de las células epiteliales; entre ellos los angiogénicos que son los que forman nuevos vasos sanguíneos. Ello explica que si los ratones estériles necesitan más comida es porque no tienen suficientes vasos sanguíneos en el epitelio intestinal para que los nutrientes pasen a la sangre y alimenten su organismo. Y, por cierto, se sabe asimismo que la B. thetaiotaomicron estimula nuestro sistema inmune para que aumente la producción de una proteína que destruye la Listeria monocytogenes, peligrosa bacteria que produce gastroenteritis.

Igualmente interesante es el artículo que los doctores A. T. Gewirtz y M. Vijay-Kumar publicaron junto a otros microbiólogos de la Universidad de Atlanta (EEUU) tras estudiar a ratones cuyas células del sistema inmune tienen los receptores TLR-5 bloqueados. Y aclaremos que la inactivación de este receptor celular hace que las células inmunitarias presentes en la mucosa digestiva no puedan reconocer a las bacterias y eso transforma a los ratones en animales hambrientos, enfermizos -carentes de defensas frente a las infecciones habituales-, diabéticos -con resistencia a la insulina-, hipertensos, con el colesterol alto y obesos. Bueno, pues resulta que si se transfiere la flora intestinal de esos ratones diabéticos a otros ratones sanos pero asimismo estériles -desprovistos de flora intestinal- ¡desarrollan la misma enfermedad! ¡A pesar de no tener el receptor TLR-5 bloqueado!

La conclusión que puede sacarse de estos trabajos es insólita por no decir directamente herética. Y es que parecen indicar que tienen más influencia en el metabolismo –al menos en el del ratón- las bacterias intestinales que sus propias células. Una paradoja que ya ha sido observada en otras ocasiones al realizar otros tipos de ensayos y obliga a replantearse qué es más determinante en la fisiología animal y humana, si las propias células o las bacterias que conviven con nosotros y que -como en esta revista ya se ha explicado- son 10 veces más abundantes que las propias.

Y lo inaudito no acaba aquí. En agosto de 2009 los doctores J. L. Round y S. K. Mazmanan publicaron un revolucionario trabajo en Nature Reviews Innmunology en el que indican que la causa de muchas patologías no infecciosas en el ser humano -como las alergias, las enfermedades autoinmunes o el cáncer- se deben a desequilibrios en el sistema inmune. Y dado que la principal zona de interacción biomolecular entre el sistema inmune y las bacterias se encuentra en los intestinos es en ellos donde se produce el equilibrio o desequilibrio entre ambos sistemas. De ahí que los autores concluyan que ha llegado el momento de replantearse por completo el actual paradigma médico. Porque a su juicio la principal razón de ser del sistema inmune no es el de controlar a las bacterias ya que en realidad son éstas las que controlan al sistema inmune.

En suma, hay suficientes evidencias como para inferir que la flora intestinal puede provocar enormes cambios en el metabolismo de los mamíferos en general y, por ende, en el del ser humano. Lo que no se ha demostrado en cambio es que la ingesta de probióticos provoque obesidad. En absoluto.

En cuanto a la utilidad de los antibióticos cabe denunciar nuevamente que en los países industrializados comienzan a administrase a los bebés en los primeros meses de vida y se recetan de forma abusiva a los adultos para el tratamiento de cualquier enfermedad infecciosa; incluso en los casos de infecciones virales para los que son totalmente ineficaces. Sin olvidar que por distintas razones están a menudo presentes en los alimentos e incluso en el agua. Como quiera que la revista dedicó al tema un extenso reportaje el pasado mes que el lector puede leer en nuestra web (www.dsalud.com) con el título Advertencia de la OMS: los antibióticos serán pronto inútiles ante las infecciones no nos extenderemos más en ello.

Y HAY MÁS ESTUDIOS

Cabe añadir en todo caso que en un estudio realizado en 2009 en Finlandia por K. Laitinen y sus colegas de la Universidad de Turku (Finlandia) 256 mujeres embarazadas fueron divididas en tres grupos a dos de los cuales se les dieron consejos para mantener el peso ideal y asegurar un desarrollo óptimo del feto al tiempo que se les sometía a una dieta sana con abundante fibra, ensaladas y ácidos grasos insaturados; solo que a las mujeres de uno de ellos se les pidió que además tomaran a diario unas capsulas con probióticos . El tercer grupo no recibió consejos dietéticos y se les dio libertad para comer lo que les apeteciese. Pues bien, un año después del parto se constató que solo un 25% de las mujeres que tomaron probióticos eran obesas (tenían un índice de masa corporal superior a 30) contra un 40% de obesas en las mujeres de los otros dos grupos.

El ya citado Dr. P. J. Turnbaugh realizó por su parte otros estudios más. Y en uno de ellos -publicado en 2009- demostró que cuando se transfieren las bacterias intestinales que se encuentran en heces humanas a ratones estériles -sin flora intestinal- y se les alimenta con la dieta típica de los países industrializados rica en azucares y grasas se observa un cambio rápido y notable en la población bacteriana intestinal junto a un aumento de peso. En cambio si los ratones son alimentados con una dieta baja en grasas ocurre lo contario.

Ese mismo año J. S. Fliery J. Mekalanos publicaron en Science Translational Medicine un trabajo en el que comprobarían que al alimentar ratones estériles con bacterias intestinales extraídas de heces humanas provenientes de pacientes que se alimentaban con una dieta alta en grasas y azúcares éstos comenzaron a acumular grasas; incluso cuando se les alimentaba con una dieta de bajo contenido en grasas. Y si eso se pudiese extrapolar a los humanos indicaría que se puede reducir o aumentar el grado de obesidad de una persona simplemente modificando su flora intestinal.

Cabe asimismo agregar que un grupo de investigadores de la Universidad de Florencia dirigido por la Dra. C. De Filippo examinó por su parte las diferencias en la composición de la flora intestinal de 14 niños de aldeas rurales en Burkina Faso (África) con la de 15 niños de la ciudad de Florencia. Los primeros se alimentaban con una dieta rica en fibra, almidones y polisacáridos vegetales pobre en grasas y proteína animal en tanto la de los italianos era la habitual de los países industrializados, rica en carnes, azúcares, almidones y pobre en fibra. Bueno, pues los investigadores encontraron significativas diferencias en las composiciones de las microfloras bacterianas de ambos grupos. Los niños africanos portaban una flora pobre en Firmicutes y rica en Bacteroidetes con abundantes bacterias de los géneros Prevotella y Xylanibacter, totalmente ausentes en los niños italianos. Además las heces de los africanos contenían una importante fracción de ácidos grasos de cadena corta, mínima en los italianos. En estos últimos abundaban la Escherichia y laShigella que apenas se encontraban en los africanos. ¿La conclusión? Que la dieta africana contribuye a una flora intestinal que optimiza la extracción de nutrientes y protege de las enfermedades intestinales no infecciosas y de los procesos inflamatorios. Así que pobres niños… ¡italianos!

¿SE JUSTIFICA EL USO ANTIBIÓTICOS EN LOS ANIMALES?

En suma, el uso de antibióticos en proporción sub-terapéutica no se instauró en la ganadería para aumentar la velocidad de crecimiento y engorde de los animales de granja -como si actuasen a modo de las hormonas de crecimiento- sino porque tienen capacidad para eliminar patógenos intestinales que son causa de infecciones. Y de paso se evita la destrucción y/o inflamación de tramos del epitelio intestinal y su mucosa por la acción de los patógenos, algo que disminuye la absorción de nutrientes con el consecuente retraso en el crecimiento. Usándose porque las condiciones de cría y engorde de los animales destinados al consumo humano son hoy altamente antihigiénicas y estresantes lo que provoca un medio muy favorable para el desarrollo de enfermedades y patologías gastrointestinales. Además en las grandes explotaciones los animales se encuentran lamentablemente hacinados y los contagios son más habituales.

Actualmente hay muchos países -como Estados Unidos- donde el uso de antibióticos en las explotaciones de animales para consumo humano aún no están prohibidos pero sí controlados: bueno, algunos sí están vetados como es el caso de las cefalosporinas. Y aunque oficialmente se asegura que el 40% de los antibióticos utilizados en ese país se destinan a complementar la alimentación animal otras fuentes afirman que ese porcentaje podría llegar al 70%.

Hasta hace pocos años los antibióticos en proporción sub-clínica también se utilizaban en Europa pero fueron prohibidos poco a poco; parcialmente desde 1998 y con mayores restricciones desde 2006. Una prohibición nacida del temor de que su uso indiscriminado facilite las mutaciones que han generado la aparición de cepas bacterianas resistentes a los mismos. De hecho desde un punto de vista estadístico los casos de infecciones -casi siempre hospitalarias- de Staphylococcus aureus resistentes a los antibióticos (SAMR) están en continuo aumento y son causa de graves complicaciones pues hasta pueden llevar a la muerte al paciente.

Hace unos cincuenta años en Estados Unidos -y más tardíamente en Europa- empezó a crecer de forma desorbitada el consumo de carnes al tiempo que el precio de las mismas se abarataba. Las nuevas exigencias de mercado y los modernos parámetros económicos forzaron a los ganaderos a abandonar la cría de animales de granja en grandes espacios y con una alimentación basada fundamentalmente en el pastoreo. Así, a medida que se iban extendiendo las practicas de cría y engorde mediante la estabulación perpetua y el uso de criaderos que inmovilizan a los animales en condiciones antinaturales y antihigiénicas, fueron creciendo los problemas de desnutrición y de enfermedades infecciosas. Y la única manera de salir de esa situación que diezmaba los planteles era apelando al uso de antibióticos.
Hace años, incluso antes de que se diesen los primeros pasos para instrumentar la prohibición en Europa, se empezó a tomar conciencia del peligro del uso masivo de antibióticos en la alimentación animal. Y para entonces ya se conocía que los probióticos podían actuar como reguladores del sistema intestinal de los animales domésticos por lo que se recurrió al uso creciente de los mismos en reemplazo de los antibióticos.
Hoy hay numerosos estudios hechos sobre el efecto de los probióticos sobre los animales de granja y en especial durante la fase inicial de crecimiento. El agregado de complementos probióticos a los piensos habituales ha demostrado que fundamentalmente se estabiliza el tránsito intestinal evitando las diarreas que no sólo retrasan el crecimiento y maduración del animal sino que además son un peligroso foco de infección. Luego el efecto estabilizador del tránsito intestinal se traduce en mayor crecimiento y ganancia de peso no porque las bacterias tengan un efecto de “factor de crecimiento” o “factor de engorde” sino por permitir la absorción de los nutrientes necesarios a medida que el alimento circula por el tracto intestinal. Además los análisis de heces han demostrado una clara disminución del contenido en bacterias patógenas y especialmente de la E. coli O157:H7 así como una reducción de los procesos inflamatorios intestinales. Por otro lado las bacterias segregan enzimas específicas que permiten la transformación de fibras vegetales en carbohidratos asimilables por el organismo animal que de otra forma no habrían sido aprovechadas.

En el caso del ganado vacuno las adiciones de bacterias y otros fermentos a la alimentación habitual se tradujo en un incremento de la producción láctea así como en la mejora de sus contenidos en grasas y proteínas.

Un equipo dirigido por el Dr. F. Tortuero efectuó en 1975 en Madrid un ensayo que demostró que durante los primeros 21 días se incrementaba el crecimiento y peso de los lechones pero que a partir de ese momento el desarrollo se estabilizaba. El crecimiento se atribuyó al notable descenso de coliformes en las heces así como al incremento de interleuquinas en sangre.

En el caso de las aves un equipo coordinado por el Dr. P. Chaveerach demostró en 2004 que el añadido de probióticos a la alimentación diaria de pollos disminuye el riesgo de contaminación de su carne con el patógeno Campylobacter jejuni que produce peligrosas enteritis al ser consumido. Y en ese mismo sentido el equipo del Dr. V. Kurtoglu demostró en 2004 que agregando probióticos se aumenta la producción y calidad de los huevos, en tanto que otros investigadores pusieron en evidencia que el uso de probióticos mejora el peso y espesor de las cáscaras.

En términos generales puede decirse pues que al igual que en el caso de los humanos la acción benéfica de los probióticos en los animales de granja se instrumentaliza por tres vías distintas pero sinérgicas. La principal es que las colonias de bacterias benéficas ocupan la mayor parte del sustrato intestinal -y en su caso del rumen, primera de las cuatro cavidades de que consta el estómago de los rumiantes- impidiendo el desarrollo de bacterias y otros microorganismos patógenos. El segundo efecto es su papel como estimuladores del sistema inmunitario del huésped lo que también contribuye a amortiguar la acción de los patógenos. Por último, la presencia de bacterias benéficas mejora ciertos perfiles metabólicos en el huésped, especialmente en relación a la generación de ácidos grasos de cadena corta que son el nutriente ideal de las vellosidades intestinales (a lo que se une la sospecha de que mejoran también los porcentajes de síntesis de ciertas vitaminas fundamentales como la B12y la K).

Si bien la finalidad principal del uso de probióticos en los animales de granja es la de regular su sistema digestivo para evitar inflamaciones e infecciones que derivan en diarreas y desnutrición hay varios estudios científicos que demuestran que además potencian el sistema inmunitario.

Los animales criados en condiciones de total esterilidad muestran una mucosa de pobre desarrollo con escasos linfocitos, células de plasma y mononucleares. Y. Umesaki en 1993 y S. Alam en 1994 demostraron que el desarrollo de las vellosidades intestinales en el tubo digestivo, su grado de diferenciación y su velocidad de renovación estaban fuertemente influenciados por la presencia de la flora intestinal. Asimismo ésta influye en el desarrollo de las células que segregan mucus, menos numerosas cuando los ratones han sido criados en condiciones estériles.

También se demostró que los lactobacilos aumentan la actividad de los macrófagos contra las bacterias patógenas -como la Listeria monocytogenes– y que su presencia triplica la producción de inmunoglobulinas por los monocitos del epitelio intestinal que actúan especialmente frente a la Salmonella typhimurium.

LA PROHIBICIÓN DE LA AGENCIA EUROPEA

En suma, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (AESA) ha rechazado todas las indicaciones terapéuticas de los probióticos alegando que sus efectos “no han sido científicamente demostrados”. Y por eso los anuncios de las empresas fabricantes de yogures que contienen bacterias lácticas activas en los que se explican sus beneficios para la salud en general y que potencian el sistema inmunitario en particular se han declarado “ilegales”. Y de ahí que hayan aceptado hacer caso de sus advertencias salvo en España y Portugal. Danone sigue de hecho afirmando en sus anuncios que sus probióticos potencian el sistema inmune y estimula la absorción del calcio (merced a la vitamina K generada por las bacterias intestinales). Entre otras razones porque la agencia europea no ha hecho un solo comentario respecto a posibles influencias negativas de los probióticos en la salud humana o animal; ni sobre que su ingesta pueda provocar obesidad.

Y es que la AESA, al servicio de la gran industria farmacéutica que no de los ciudadanos, se niega a que ningún producto pueda alegar propiedades terapéuticas si no lo aprueba como “fármaco”. Es igual que existan más de un centenar de trabajos científicos que demuestran los efectos terapéuticos de los probióticos. Desde las ya mencionados hasta el trabajo recientemente realizado por un equipo de investigación chino dirigido por el Dr. Li-Xuan Sang -se publicó en 2010 en Journal of Gastroenterology- que demuestra el efecto benéfico de los probióticos en el tratamiento de las llamadas Enfermedades Inflamatorias Intestinales. Sin olvidar el centenar de pruebas de los efectos inmunoestimulantes de las bacterias lácteas tanto a nivel del sistema inmunitario innato como del adaptativo. Es más, este mismo año de 2012 se publicó un artículo en Holistic Nurse Praticioners donde se constató que los probióticos son útiles en los casos de diarreas de muy distintas etiologías y que evitan la proliferación de la temida Helicobacter pylori. Y es que a finales del pasado 2011 la AESA llevaba rechazadas 260 referencias terapéuticas de las 300 presentadas por la industria de los probióticos. Y ninguno de sus miembros ha sido aún llevado a los tribunales por ello.

CONCLUSIÓN

Concluimos este reportaje con algunas de las conclusiones del trabajo efectuado por el equipo de la Dra. H. Tlaskalova-Hogenova publicado en 2011 en Cellular and Molecular Immunology. Son éstas: “La ingesta de probióticos por el ser humano como complemento alimenticio ha demostrado inhibir la proliferación y colonización de microorganismos patógenos, favorecer el desarrollo y fisiología del epitelio intestinal -y por ende de su mucosa- y estimular tanto los componentes no específicos como específicos del sistema inmunitario. Sobre este último aspecto hay que destacar que las más recientes investigaciones apuntan a un papel inmunomodulador y antiinflamatorio de los probióticos lo que redunda en beneficio de la salud del epitelio intestinal y su influencia sobre el origen de muchas enfermedades autoinmunes. El 70% de los mil billones de bacterias que pueblan nuestro intestino grueso no son cultivables por los métodos usuales de microbiología y por tanto sus características y funciones nos son totalmente desconocidas. Y en el caso de las conocidas casi todas ellas se han agrupado en cuatro familias: Firmicutes, Bacteroidetes, Actinobacteria y Proteobacteria. Sin embargo a pesar de los intentos de homogeneización la verdad es que cada individuo tiene una población o microbiota distinta. Siendo obvio que semejante superpoblación bacteriana ejerce no sólo importantes funciones para el organismo sino además una enorme cantidad de moléculas químicas que necesariamente interactúan con el resto de las células y tejidos de nuestro cuerpo.”

Y, para cerrar, permítasenos recalcar una frase clave del ya citado doctor Jeffrey Gordon: “El microbioma intestinal realiza muchas funciones metabólicas claves que no pueden realizar nuestros propios genes”.

Juan Carlos Mirre
Recuadro:


No es lo mismo ingerir leche que fermentos lácteos

Discovery DSALUD ha desaconsejado en numerosas ocasiones el consumo de leche y sus derivados: mantequilla, nata, helados… Es el caso del artículo que con el título ¿Es la leche animal adecuada para el consumo humano? publicamos en el nº 84 y que el lector tiene en nuestra web: www.dsalud.com.No sólo por la intolerancia a la lactosa que padece gran parte de la población y ya reconoce la propia industria lechera sino por su contenido en caseínas cuya digestión exige un enorme esfuerzo a nuestro sistema intestinal. Por si eso fuera poco la leche que se comercializa hoy ha sido sometida a distintos procesos industriales -pasteurización, homogeneización, etc.- que la desnaturalizan alterando la biodisponibilidadde sus nutrientes. Es más, en la leche de vaca se han encontrado metales (hierro, cobre, plomo, cadmio, zinc y sus aleaciones), restos plásticos, detergentes y desinfectantes (formol, ácido bórico, ácido benzoico, sales alcalinas, bicromato potásico, etc.), pesticidas y fertilizantes (acaricidas, nematicidas, fungicidas, rodenticidas y herbicidas), micotoxinas, antibióticos y dioxinas.

Ahora bien, los fermentos lácteos -presentes en los yogures o el kéfir- transforman la mayor parte de la lactosa en ácido láctico –que sí es digerible por el organismo-, sus proteínas en aminoácidos libres y los lípidos en ácidos grasos de cadena corta. Además enriquecen el medio en vitaminas del grupo B y forman complejos órgano-minerales de alta disponibilidad. Cabe añadir que los yogures y otros fermentos no pasteurizados aportan también colonias de lactobacilos y otros microorganismos beneficiosos para la flora intestinal.

 

Este reportaje aparece en
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Julio - Agosto 2012
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