La revolución de los abuelos españoles

Los abuelos españoles se han hartado de que nadie cuente con ellos, de que se les considere «cargas sociales» objeto de mercadeo político, de que no se valore su experiencia y sabiduría, de que se les arrincone en todas partes y de que no se cuente con ellos para nada. Y han decidido iniciar su particular revolución reuniéndose para reivindicarse como personas y exigir que se les considere elementos socialmente útiles. Si el ejemplo iniciado en Madrid cunde, los políticos pueden echarse a temblar. La revolución de los abuelos está en marcha.

Los abuelos activos dedican hoy la mayor parte de su tiempo a ayudar a los hijos.Se calcula que más de una cuarta parte de los niños no escolarizados cuyas madres trabajan son cuidados por sus abuelos. En las ocasiones en que los padres sufren dificultades laborales, desplazamientos más o menos temporales, enfermedades o internamientos los abuelos tienen que asumir la total responsabilidad afectiva, educativa y económica. Y es que en la sociedad actual, más que en ninguna etapa anterior, los abuelos proporcionan a sus nietos afecto, tiempo, protección y seguridad durante su infancia y adolescencia desarrollando así un papel fundamental en el proceso de socialización. Sin embargo, no siempre tienen la formación adecuada ni los instrumentos legales, económicos y sociales de que disponen los padres. Por eso en esta sociedad compleja y en continuo proceso de transformación este colectivo ha empezado a unirse para reclamar reconocimiento y ayuda en su valiosa función social. Nacía así la singular iniciativa de ABUMAR (Abuelos/as en marcha).

Qué duda cabe de que la iniciativa es simpática. Como simpáticas son las tres personas con las que tuvimos ocasión de charlar para conocer tan singular agrupación: Marisa Viñes, presidenta, Alicia Sandoval, secretaria y Juan Margarito, tesorero.

ABUMAR se define como una asociación civil, apolítica, aconfesional y sin ánimo de lucro y lleva dos años en funcionamiento. Cuando visitamos su sede se desarrolló una animada tertulia en un ambiente cordial y distendido, donde muchas veces unos y otros se quitaban la palabra ante el deseo de expresar su parecer. Pero nos pareció oportuno, antes de nada, averiguar primero cómo nació la idea.

-La idea nació de la propia experiencia personal –nos comentaría Marisa-. Cuando mis dos hijas se separaron me di cuenta de que se creaba una situación nueva. La estructura familiar, que antes era firme, en ese momento se desmoronaba y tomé consciencia de que los abuelos debemos tener una presencia de ánimo muy fuerte, muy firme, para ser un poco el refugio de los niños. Y yo, a pesar de ser una persona decidida, me di cuenta de que en esas circunstancias me perdía, no sabía cómo actuar, no sabía si darle un abrazo a mi hija, si decirle que era una estúpida o… No me sentía lo suficientemente capacitada para ver con claridad. Y en ese momento no encontré a nadie a mi lado con los mismos problemas. Hasta que, poco a poco, un grupo de personas afines comenzamos a compartir estos sentimientos y empezamos a pensar en crear un colectivo dedicado al tema de los abuelos. Y entonces se nos ocurrió crear esta asociación.

-¿Con qué objetivos?

-En un principio nos planteamos tres: potenciar la figura del abuelo en su relación con los nietos, promover medidas legislativas para hacer efectiva esa relación e impulsar actuaciones para mejorar la calidad de vida de los abuelos, los nietos y sus entornos familiares y vecinales.

Pero bien es verdad que en el transcurso de estos dos años se nos han planteado problemas sociales que al principio no contemplábamos. Como, por ejemplo, el tema de las abuelas que se ocupan de los nietos por un problema de droga de las hijas. Es algo muy serio y es preciso luchar para que la ley ayude a esas “abuelas acogedoras”. La ley debe reformarse no sólo de cara a las ayudas económicas sino en aspectos mucho más amplios. Por ejemplo, hay casos en que la abuela cuida y atiende al niño durante años y un día la madre vuelve y se lo lleva sin que la abuela pueda hacer nada. Ha tenido la patria potestad durante un tiempo, ha tenido obligaciones… pero no derechos. Se da la circunstancia de que en el despacho del Defensor del Menor se presentan muchos casos en los que la abuela denuncia a su propia hija por malos tratos a los niños.

Otro problema es cuando los padres no permiten que los abuelos vean a los niños. Recibimos muchas llamadas de abuelos llorando porque no pueden ver a sus nietos y aunque pueden recurrir a la ley para reclamar ese derecho es un proceso legal muy largo y muy caro. La ley estipula que los abuelos puedan tener horario de visitas, como también estipula que los padres pasen pensión alimenticia por sus hijos, pero todos sabemos que si no quieren hacerlo los procesos legales para arreglar la situación se pueden eternizar.

-¿Qué tipo de actividades desarrolláis?

-Hemos organizado salidas conjuntas de abuelos y nietos. Hace poco hemos ido, por ejemplo, al museo de Telefónica ¿Por qué?  Pues porque luego vamos a ir a conocer la última tecnología I+D y entendemos que previamente los niños deben saber los medios por los que se comunicaban antes las personas. Les hizo mucha gracia ver a las telefonistas metiendo las clavijas. Es curioso ver que la tecnología punta no les impresiona; sin embargo, se quedan atónitos con las cosas antiguas.

También queremos hacer una labor de divulgación y de estudio. Las jornadas divulgativas sirven para ir creando en la gente conciencia de las problemáticas que nos afectan. Sólo cuando se es consciente de un problema se puede buscar la solución.

Nuestro trabajo va dirigido a ir a los ministerios, a los organismos oficiales, al Inserso. Nos presentamos en todos los actos que tienen que ver con la Tercera Edad, intentamos hablar con quien corresponda, presentar alternativas, que cambie la legislación, aportar proyectos y, sobre todo, difusión: que se escuche una voz que reivindique los derechos de un colectivo que merece tanta atención como cualquier otro.

El año pasado organizamos unas jornadas de encuentro que llamamos Mayores, jóvenes y niños: punto de encuentro. También organizamos otras bajo el título Abuelos y Abuelas: soporte social y cultural que tenían como objetivo ofrecer un espacio de reflexión sobre las relaciones de abuelos y nietos, facilitar un intercambio de experiencias que permita compartir información, métodos de trabajo y posibilidad de contactos personales para iniciar grupos de ayuda mutua entre abuelos y abuelas con problemas específicos y brindar una oportunidad de colaboración entre los profesionales y nuestro colectivo. También entregamos el título de Abuelos/as de honor a personalidades representativas de nuestra sociedad.

-¿Y cuáles son las principales reivindicaciones de los abuelos?

-Es frecuente encontrarnos con problemas de falta de respeto que, en algunos casos, llegan al maltrato físico o psíquico. Porque a un mayor se le maltrata cuando se le dicen cosas del estilo de “Cállate que tú no sabes de esto”, “No digas tonterías que eso era en tu tiempo”, “Tú no entiendes”… Porque con esas palabras se le está diciendo “Tú ya no sirves”. El problema de la vejez no es tanto de falta de cariño como de necesidad de sentirse útiles, importantes para alguien. Si tú vas a una persona mayor y la dices “Por favor, ocúpate de esta maceta porque es que este perejil, como tú no lo cuida nadie; hay que ver cómo lo haces reverdecer”, la haces un gran favor. Porque al ocuparse de algo, aunque parezca tan insignificante, tiene un motivo para levantarse cada mañana, una responsabilidad. Es muy duro levantarte cada día y preguntarte: “Yo, ya total, ¿para qué?

-¿Qué necesitan entonces a su juicio las personas mayores para sentirse bien?

-Pues lo mismo que cualquier persona de cualquier edad: sentirse útil, querida, saber que se cuenta con ella y, por supuesto, tener un mínimo de necesidades cubiertas. El problema de los mayores de hoy no es fundamentalmente de falta de dinero a pesar de que las pensiones son muy bajas, porque también hay chicos jóvenes que no tienen trabajo ni dinero. El problema es que hoy, en nuestra sociedad, al viejo no se le respeta. Y ese “Tú ya no sabes” o “Tú ya no sirves” ha llegado a creérselo. En otras culturas los ancianos eran los más respetados y los que ostentaban el poder pero aquí, en nuestra sociedad occidental, donde sólo si produces vales, la cosa es muy diferente.

Hay una gran diferencia entre decir “Oye, papá, tú que eres tan amable, ¿te importaría llevar al niño a la guardería?” que decir “Oye, papá, como no tienes nada que hacer…” Porque el abuelo sí que tiene que hacer. Quizá sea sólo sentarse en un banco a ver las palomas o a jugar a la petanca… pero está en su derecho. Sólo que como es una persona amable y vive en ese contexto lleva al niño a la guardería. Ahora, no porque no tenga nada mejor que hacer.

-¿Y no sería la solución que la vida de la persona, de cualquier persona, no sólo de los mayores, no estuviera en función de los demás sino en crearse su propio proyecto personal?

-Efectivamente, esa es la clave de todo el asunto. Por eso hemos creado ABUMAR, para cubrir ese hueco, para darle sentido con nuestras actividades a todas esas personas que al abandonar el mundo laboral productivo no saben qué hacer con su tiempo. Han centrado toda la vida sus energías en ser útiles a la sociedad o a la familia y cuando ya no son necesitados sus expectativas no encuentran eco y pierden el sentido de su vida. La persona debe tener un proyecto de vida, un sentido propio y personal.

-¿Cuáles son entonces los pilares filosóficos en los que se asienta la asociación?

-“Si necesitas ayuda, pídela. Si puedes ayudar, colabora” -responde Juan, el tesorero-. Esas son, en síntesis, las ideas que definen nuestro proyecto. No obstante, a mí me gustaría reflexionar sobre lo que es una persona mayor. Porque, ¿cuándo empieza alguien a ser «mayor»? Pues unos empiezan a los 40 años, otros a los 80, otros duran hasta los 120, algunos empiezan a los cincuenta y mueren a los cien y otros comienzan a los 65 y se van a los 67. Luego, ¿cuándo se es «mayor»? Cada uno tiene una naturaleza, una condición y una vida distinta. Eso del «colectivo de personas mayores» es un concepto muy amplio como para tratarlo así en general, englobando a todos bajo el mismo paraguas, porque hay jóvenes en edad pero viejos en espíritu y al contrario. Somos 8 millones de jubilados, 8 millones de votos y nos encontramos con que para los políticos somos un mero motivo electoral. Por ejemplo, nos están tomando el pelo con el tema de las  pensiones. Deciden los sindicatos, el Gobierno, los empresarios… pero con nosotros nadie cuenta, como si no existiéramos. Lo que aparece en los periódicos es de risa. Tanto jaleo como están armando a costa nuestra y todo se va a quedar reducido en último extremo a que van a subir entre cuatro y seis pesetas al día.

-¿Y es cierto que el número de jubilados aumenta cada año considerablemente?

-Así es, pero no porque la esperanza de vida se haya alargado sino por las jubilaciones anticipadas que hacen la mayoría de las empresas. El jubilado se siente todavía con energía suficiente para seguir trabajando pues han cortado su vida laboral en el momento más bonito, que es cuando ya estaba formado, cuando había alcanzado la madurez como individuo. Sin embargo, se encuentra con que se le prohíbe trabajar. Eso hace mucho daño, es una limitación cruel. Eso sí, los ministros, los catedráticos y la gente así sí que pueden trabajar a esas edades. Dicen que es «distinto», pero, ¿por qué es distinto? Es importante reivindicar que nosotros podemos contribuir con lo que sabemos a la marcha de la sociedad. Y no es por una ambición de poder, que ya no tenemos eso, lo hemos superado… Pero sí tenemos hijos y nietos y deseamos que ellos tengan una vida mejor que la nuestra y que las oportunidades que teóricamente se les conceden según los medios de comunicación sean ciertas, no pura retórica.

Los mayores cuentan con más experiencia; y esa experiencia no es un mito, sino algo real: una acumulación de vivencias, de saberes. Algo que da un sustrato filosófico, un suelo firme donde asentarse, un posicionamiento ante la vida y las circunstancias.

-¿Que proyectos tenéis ahora entre manos? (Ahora es Alicia Sandoval, la secretaria, quien contesta).

-La Ley de Familia, la ley de los mayores dependientes en concreto, cuyo borrador aún no está terminado. Escribimos a los organismos oficiales para presionar y para que los proyectos de ley no se queden olvidados en las mesas de los despachos. ¿Conseguiremos algo? Quizá no de forma inmediata pero hay que seguir intentándolo, seguir poniendo ese granito de arena para poder defender de forma conjunta los derechos de todos.

No creemos que la misión de ABUMAR sea buscar a un viejecito para darle de comer; ya hay otras asociaciones que se ocupan de eso. Lo nuestro es luchar para que seamos más felices, más competitivos, porque tengamos una vejez o una tercera edad más armónica, sin rupturas entre las generaciones. Y todo ello mirando al futuro, para que nuestros nietos encuentren un mundo mejor. Ahora mismo la gente joven no tiene referencias donde mirarse, sólo tiene los modelos absurdos que les venden los medios de comunicación y las películas norteamericanas.

-Estamos pues de acuerdo en que la experiencia es lo más cercano a la sabiduría. Y se observa que hay un vacío, una pérdida de valores en los niños y jóvenes. ¿Cómo podrían los abuelos cubrir ese hueco?

-Con la unión entre todos. Eso es lo que nosotros trabajamos como un encuentro intergeneracional que, incluso, llegue a concretarse en una representación parlamentaria. La visión del abuelo es una visión complementaria. No estamos para “puentear” a los padres sino como su complemento. El abuelo es el señor que te cuenta una “batallita” y quizá lo haga de forma repetitiva, pero en esa “batallita” está contenida su filosofía de vida, sus experiencias y sus valores. Todo lo que el abuelo ha vivido. Josefina Aldecoa decía que cada abuelo dará lo que es: el que de joven ha tenido mal genio, ha sido un egoísta o un soberbio no puede dar otra cosa a los nietos por el mero hecho de haberse convertido en abuelo. En cambio, el que ha sido generoso en su vida, con sus nietos lo será mucho más porque en ese momento de madurez es cuando se puede sacar más fácilmente todo lo bueno que hay en uno.

La forma que tenemos los abuelos de hablar a los nietos es distinta a la de los padres; es más tranquila. Los padres que trabajan están normalmente muy alterados, muy nerviosos, con el tiempo muy justo. Los abuelos estamos más calmados y eso ayuda a los niños. Les gusta que les dediquemos tiempo para hablar con ellos: “Abuela, cuéntame cosas de cuando eras pequeña, de cuando eras joven”. Se entusiasman como si escucharan un cuento. Nuestra infancia fue muy distinta a la que viven ellos pero es interesante que la conozcan porque así podrán apreciar mejor lo que tienen. ¿Quién dijo aquello de que “los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”?

-¿Qué os parece fundamental para seguir sintiéndose vivo, en activo, con cosas por hacer independientemente de la edad

-Mira, lo más importante -interviene de nuevo Marisa- es sentir que tienes capacidad para dirigir tu vida, para elegir. En lo peor que puede caer una persona es en el aburrimiento. A cierta edad uno sabe que la vida no es un continuo estallar de fuegos artificiales, no consiste en estar esplendorosa, resplandeciente, pletórica y oyendo campanas… La vida es bastante monótona pero si de repente hay un acto que te emociona, una persona de la que te enamoras, un suceso que vives como algo grande… lo que hay que hacer es vivir intensamente lo que llega y así compaginar lo “corrientito” con lo “excepcional”. Para mantenerse joven es bueno estar metido en todos los follones que se organicen a tu alrededor, no aburrirse, interesarse por lo que ocurre, zambullirse en la vida en todo momento.

-Sin embargo, las estadísticas indican que en el siguiente año a la jubilación la gente cae en depresiones y somatiza todo tipo de enfermedades.

-Eso es normal. Si a alguien que ha estado ocupado las 24 horas del día, que tiene su vida organizada, le dejas de pronto, de un día para otro, sin actividad, ¿qué le ocurre? Pues que se queda desorientado. Y esa persona que se levanta de la cama por la mañana y no tiene nada que hacer empieza a pensar “¿Dónde me meto?”, “¿Qué hago con mis horas, con mis días, con mi vida?” Es muy difícil que alguien que no ha tenido hobbies se invente uno de la noche a la mañana porque quien ha sido filatélico sigue con sus sellos y sólo ve que ahora tiene más tiempo para desarrollar su afición y al que le gusta pintar puede dedicarse más a lo que le entretiene; pero hay mucha otra gente que no ha cultivado aficiones y que ha vivido exclusivamente para el trabajo. Por eso para prevenir problemas futuros es necesario desarrollar programas de preparación a la jubilación. Aunque el tema más preocupante es el de las personas jubiladas que están entre los 50 y 65 años. A esa edad no te quieren en ningún trabajo y te encuentras con una indemnización económica más o menos grande, en plenitud física y preguntándote qué hacer.

La persona preparada lo enfoca perfectamente y piensa: “Por fin tengo tiempo para mí”. Es preciso tener un proyecto personal de vida que funcione por encima de las circunstancias. Todo dependerá del enfoque mental, eso será lo que marque la reacción ante las cosas que vayan viniendo. La jubilación llega inexorablemente; ahora bien, puede ser una tragedia o una liberación. Y eso dependerá de la actitud de la persona.

En cualquier caso, las depresiones se tienen a cualquier edad, no es algo propio de las personas mayores. Hay jóvenes e incluso niños que sufren depresión. Aunque es verdad que hay un tipo de depresión directamente ligada a la tercera edad.

-En resumen…

-Es importante sentirse útil, valorado, tener las necesidades cubiertas y que la sociedad sepa que ocupamos un puesto importante de cara a la ayuda a los hijos. Y de esa labor los primeros que tenemos que convencernos somos nosotros mismos, los propios abuelos, porque si valoramos lo que hacemos, si lo respetamos, los demás empezarán a hacerlo. Uno mismo tiene que valorarse y sentirse capaz de desempeñar una función. Hay que seguir aprendiendo y teniendo curiosidad hasta el momento antes de morirte. Los muertos son los únicos que no pueden tener curiosidad. La curiosidad es el motor que nos hace caminar. El aburrimiento y el tedio es la peor enfermedad. Uno de nuestros consejeros, psicólogo, dice que es fundamental para la persona aprender a quererse porque si estás en paz contigo y te quieres puedes repartir mucho a los que están a tu lado; si no, no tendrás nada que dar.

No hubo más. Me despedí de aquellas tres encantadoras personas y las dejé reunidas alrededor de una mesa tratando de poner orden entre montañas de papeles. Lo más hermoso era el brillo de sus ojos, las ganas de hacer, el entusiasmo por conseguir nuevos objetivos. Un brillo que no tenía edad, que no se correspondía con el arquetipo que tenemos de unos abuelos condenados al ostracismo sino de unos seres humanos que sienten cada día que la vida merece la pena vivirse e intentan dar sentido a la suya participando plenamente en todo lo que pueden.

 María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
9
Octubre 1999
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