Libertad sin culpa

“La libertad es un estado esencial del ser, algo que se experimenta independientemente de las circunstancias porque brota necesariamente del interior”.

No cabe duda de que el ser humano ha dado pasos para luchar por la libertad y ha cosechado algunas victorias a lo largo de su recorrido histórico. Sin embargo, hoy día se enfrenta a una conquista mucho mayor: la recuperación de su libertad interior. Es éste un territorio que ha ido cediendo poco a poco y en el que ahora se encuentra más perdido, más desorientado, más inseguro que nunca.

Sabemos que es nuestra mente la que nos hace percibir la realidad de una u otra forma, la que nos atenaza con sus miedos, la que pone fronteras y parcela sentimientos y comportamientos. Es además la que juzga lo que es adecuado y lo que no, la que nos vende seguridad a cambio de renuncias, la que nos ha hecho creer que los riesgos producen dolor e inestabilidad ignorando que son el principal combustible de nuestro crecimiento. Es la mal entendida civilización occidental la que nos ha hecho, a través de sus sofisticados mecanismos, renunciar a tomar nuestras propias decisiones en favor de los que ostentan títulos, los que se presentan como intermediarios, los especialistas, los expertos… y, poco a poco, el ser interno va agonizando porque ya no le damos oportunidad de decidir ni en lo pequeño ni en lo grande.

Esa es la mayor falta de libertad, mucho mayor que la de estar entre rejas. Cuando la cárcel nos acompaña porque está dentro de nosotros mismos, cuando son las creencias las que nos impiden introducir cambios en nuestra vida, cuando hemos atrofiado nuestro sentido de la orientación porque hemos seguido el rumbo que nos marcaban los otros… no se es libre, ni siquiera se es independiente, aunque esa palabra esté constantemente saliendo en nuestras conversaciones.

La recuperación de la libertad perdida tiene mucho que ver con arriesgarnos a escuchar el impulso interno y con intentar vivirlo en la práctica, con afrontar el reto de tomar decisiones para aprender con responsabilidad las consecuencias que se derivan de ellas.

Es colocar el centro de la acción en uno mismo liberando a los que nos rodean de responsabilidades que no les corresponden. Es soltar apegos para sentirse bien en todo momento ya sea en soledad o en compañía.

Es sentir unión en lugar de lazos aunque éstos broten del amor. Es también aprender a desprenderse de las expectativas y de las dependencias de los demás hacia nosotros.

Cuando nos sentimos libres la vida transcurre de forma fluida, tenemos la sensación de que no es necesario realizar esfuerzos. La capacidad de observación de cuanto nos rodea se amplía y eso nos permite una mayor posibilidad de movimientos porque la libertad está muy relacionada con el movimiento, con la facultad de elegir hacia dónde dirigirnos, decisiones que resultan más fáciles cuando no sentimos las ataduras del entorno.

Pero es más: sentirse libre no implica sólo tomar decisiones sino la forma en que se toman, el modo en que vivimos lo que decidimos, que no tiene que ver con rupturas o abandonos sino con cortar las dependencias insanas que nos hacen colocar nuestro bienestar, nuestra salud o nuestra felicidad fuera de nosotros haciendo responsables a los demás por ello.

Podríamos compararlo con el vuelo de un ave: apenas un pensamiento, un deseo o una intención, un pequeño giro de sus alas y de su cola, que actúa como timón, y se produce el cambio de dirección, la ascensión o el descenso. Todo es simple, natural.

La libertad nos proporciona independencia y también una cierta distancia, un mayor grado de desapego hacia lo que ocurre fuera de nosotros mismos. Eso nos permite verlo todo con más perspectiva, con más claridad. Sin embargo, en ningún momento se producen indicios de aislamiento o alejamiento. La verdadera libertad significa presencia aunque sea en la distancia ya que se experimenta un claro sentimiento de pertenencia pero sin ataduras, sin impedimentos que interfieran nuestros movimientos.

Otro de los compañeros inevitables de la libertad es la soledad, una soledad buscada en la que no se necesita nada ni a nadie. Y no estoy hablando de autosuficiencia o soberbia sino de una soledad gratificante que tiene que ver con sentirse completo, con un estado de paz muy profundo que se mezcla con un sentimiento de poder, con identificar la propia fuerza interior. Eso nos da la sensación de tener un mayor control sobre nosotros mismos, de ser dueños de nuestra voluntad, de nuestras decisiones… sin sentir ninguna carga, ningún peso, ninguna atadura.

Esa libertad plena y gozosa tiene mucho que ver con conocernos a nosotros mismos y saber lo que queremos en todo momento. Es entonces cuando el horizonte se extiende ante nosotros como una invitación para explorarlo.

Normalmente, cuando hablamos de libertad usamos un cierto tono reivindicativo, como si tuviéramos que pelear por ella con los que nos rodean, convencerles de que el ejercicio de nuestra libertad no implica pérdida para ellos porque la verdadera libertad no tiene nada que ver con dejar situaciones, con abandonar personas o circunstancias para hacer nuestra voluntad.

La verdadera libertad, el sentimiento profundo que surge del interior no es fruto de necesidades externas que intentan compensar nuestras carencias o nuestra falta de entendimiento sino que es un impulso en el que nuestra esencia está y nuestra presencia se mantiene, en el que no hacen falta lazos que retengan, ni documentos firmados sino vínculos profundos de confianza y certeza profunda. Una certeza que sólo podemos alcanzar cuando nos sentimos verdaderamente independientes, únicos, completos en nuestro ser porque sólo desde ahí podemos vivir la libertad de los otros.

En ese contexto los espacios se superponen y sólo existe un tiempo posible: el presente. Todo lo demás son trampas de la mente, engaños del ego.

En ese estado de libertad sólo hay presente, decisión y acción. Todo ello bajo un profundo sentimiento de responsabilidad y coherencia. Porque la libertad no está en absoluto reñida con el compromiso y con la implicación sino que son dos mecanismos que utiliza con frecuencia para expresarse.

La libertad del ser tiene que ver con el sentimiento más profundo de justicia y de orden y con darse cuenta de que en cualquier momento podemos girar un poco nuestras alas para cambiar de rumbo sin que por ello sintamos miedo ni tampoco lo sientan las personas que comparten nuestra existencia. Porque sólo se puede ESTAR desde lo profundo; si no es así sólo tenemos presencia física y eso tiene un valor relativo.

Es en ese estado de libertad donde podemos identificar nuestra trayectoria espiritual, donde podemos vivir el presente como una colección de momentos irrepetibles, donde podemos proyectar nuestra mente hacia el futuro sin que ello nos cause inquietud sino la confianza de que el Universo entero fluye para que cada ser alcance el propósito fundamental de su existencia.

Es sentirse sólo en el camino de la evolución y ver a los demás como compañeros de viaje que transitan por su propio itinerario. Es darse cuenta de que ellos tienen ante sí un horizonte igualmente amplio para manifestarse y aprend pero un horizonte distinto al tuyo, el que ellos han elegido.

Es identificar en lo profundo esa necesidad de independencia y libertad del ser a través de los siglos y ser fiel a ese impulso sin sentirse culpable por ello porque sabes que sólo de esa forma se puede adquirir consciencia, ejerciendo constantemente la capacidad de elección positiva que palpita en cada una de nuestras células físicas, de nuestros corpúsculos energéticos y de los procesos de nuestra mente.

Volar sin culpa significa colocar el centro de gravedad en el corazón y mirar al mundo desde ahí sintiendo que todo lo demás son órganos sensoriales para alimentar ese núcleo dedicado a generar decisiones.

Sólo se puede entender la evolución desde la libertad; sólo podemos vislumbrar esa ampliación de consciencia que tanto buscamos desde nuestra propia expansión, en un intento por integrar dentro de nosotros cuanto nos rodea para que forme parte de nuestro universo interior que es tan amplio, tan inmenso, como ese otro que contiene millones de galaxias.

La libertad no tiene que ver con concentrarse en uno mismo, con reducir el espacio en el que nos podemos mover haciéndolo cada vez más pequeño porque así tenemos más seguridad. Al contrario, tiene que ver con soltarse, abrirse, mirar más arriba y levantar el vuelo tomándonos la vida como una fuente inestimable de experiencias enriquecedoras, momentos que hemos de vivir con toda intensidad y consciencia valorando cada instante, cada situación, cada persona como un tesoro irrepetible. Es romper los miedos y lanzarse a volar sabiendo que hay tanto por descubrir, tanto por vivir…, sabiendo que nuestro Ser siempre orienta la brújula para que no perdamos el rumbo.

María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
45
Diciembre 2002
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