Marco Ruggiero: “El ser humano tiene cuatro cerebros”

Marco Ruggiero, médico y doctor en Biología Molecular que trabajó durante años en el Laboratorio de Biología Celular y Molecular del Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, fue profesor del Departamento de Patología y Oncología Experimental de la Universidad de Florencia (Italia) y desarrolla actualmente su actividad científica en Estados Unidos colaborando estrechamente con las prestigiosas asociaciones de autismo National Autism Association y Autism One afirma que el ser humano posee en realidad ¡cuatro cerebros! Así nos lo ha aseverado cuando decidimos entrevistarle con motivo del último libro que ha publicado en colaboración con Peter Greenlaw y que paradójicamente se titula Tu tercer cerebro. Postulado que de ser cierto obligaría -entre otras muchas cosas- a replantearse las causas y tratamientos de numerosas patologías; muy especialmente de las mentales. Nos lo ha contado detalladamente en la amplia entrevista que hemos mantenido con él.

Marco Ruggiero: "El ser humano tiene cuatro cerebros"

El Dr. Marco Ruggiero no es persona grata para numerosos colegas y la razón es que cuestiona algunas de las verdades postuladas por el paradigma médico actual. Basta leer la entrevista que mantuvimos con él en 2012 y apareció en el nº 149 con el título Marco Ruggiero: “Se puede tener SIDA sin estar infectado por el VIH” en la que explicó que difiere de la visión ortodoxa que sobre este síndrome se ha impuesto en el mundo pues si bien acepta que el VIH existe no duda en que aun así se puede tener SIDA sin tener el VIH. Es más, denunciaría en ella que según el propio Departamento de Salud del Gobierno estadounidense el AZT, los antirretrovirales y los cócteles hechos con éstos ni previenen la infección por VIH, ni reducen el riesgo de contagio, ni curan el SIDA. “El pensamiento predominante -afirmaría entonces- es que el SIDA lo causa un virus llamado VIH y que la infección por VIH lleva inevitablemente al SIDA a no ser que ésta sea ralentizada con medicación antirretroviral. Tal es la opinión mayoritaria y muchos médicos buenos y honestos así lo creen pero, por supuesto, no es más que una simple creencia”. Añadiendo: ”Es sobradamente conocido que la infección por VIH no lleva al SIDA de manera inmediata. La inmunodepresión puede tardar años en aparecer o no hacerlo nunca. Es más, existen innumerables personas que dan positivo a los test del VIH que nunca desarrollan SIDA”. No ha sido ése en cualquier caso el motivo de que volvamos a entrevistarle sino la publicación de un singular libro en el que afirma que el cuerpo tiene tres cerebros, sorprendente aseveración que él mismo superaría durante nuestra charla al decirnos que en realidad son ¡cuatro! Pero veamos cómo surgió tal postulado transcribiendo ya sin más la conversación que mantuvimos con él.

-Ha publicado usted recientemente junto al conocido divulgador Peter Greenlow un libro titulado Your Third Brain (Tu tercer cerebro) según el cual en nuestro organismo hay un cerebro situado en el interior del cráneo, otro en el tracto gastrointestinal y un tercero que abarca todo el cuerpo: el microbioma. ¿Puede explicarnos qué quiere decir exactamente con ello?

-Que en el interior del cráneo hay un cerebro de dos hemisferios anatómicamente conocido es evidente y no es necesario aclarar nada salvo que sigue siendo el órgano del que menos se sabe; y que en el tracto gastrointestinal hay otro en el que hay también neuronas y glías nadie lo discute ya. Cerebros que hoy se sabe están interconectados entre sí siendo el flujo de información bidireccional. Asimismo se sabe que por eso el cerebro de la cabeza influye en el funcionamiento del cerebro del tracto gastrointestinal y éste en el de la cabeza. Que además hay un tercer cerebro se trata ya de una intuición personal. Y es que considero como tal al microbioma, al conjunto de microorganismos interconectados y presentes en todo el cuerpo aunque principalmente se encuentren en los intestinos.

-¿Y eso?

-Está constatado que la masa interdependiente de microbios que constituye el microbioma produce sustancias y neurotransmisores que influyen tanto en las neuronas del cerebro craneal como en las del cerebro del tracto gastrointestinal. De hecho algunos científicos hablan ya abiertamente de “voces internas” y de “microbios melancólicos” asumiendo que un microbioma alterado puede ser causa de trastornos mentales como la ansiedad o la depresión. Al punto de que algunos proponen desarrollar “psicobióticos” para tratar esas disfunciones que no serían sino un tipo de probióticos destinados a restaurar el microbioma y así reequilibrar las funciones neurológicas y, por ende, psicológicas. A algunos les resultará increíble pero está comprobado que cambios patógenos en la composición del microbioma intestinal conlleva cambios en el comportamiento que pueden revertirse reconstituyendo el microbioma original sano. Luego realmente podemos hablar de un “tercer cerebro” al hablar del microbioma, concepto pionero para describir su papel e influencia en las funciones cognitivas, neurológicas y psicológicas. Y así lo postulé en diciembre de 2015 en Frontiers in Neuroscience. Sin embargo poco después me di cuenta de que en realidad existe un “cuarto cerebro”, más localizado: el que constituye el microbioma específico del cerebro.

-¿Microbios naturales propios… en el cerebro?

-Sí. Porque en el cerebro craneal ¡hay un microbioma propio que convive en simbiosis con las neuronas y las células gliales! Sé que a algunos neurólogos esto les parecerá inconcebible pero es real. Me lo planteé tras leer un artículo publicado en 2013 en PLoS One por investigadores canadienses que buscando virus en cerebros de pacientes diagnosticados con VIH/SIDA encontraron poblaciones bacterianas diferenciadas iguales a las que se hallan en la tierra y el agua a pesar de no padecer ninguna otra patología infecciosa.

Los mismos microbios que hay en el medio ambiente y, por tanto, los mismos que se encuentran en los intestinos. Es más, descubrieron que los microbios llegan al cerebro transportados por células del sistema inmune. Según explican el cerebro anatómico es constantemente inspeccionado por leucocitos -linfocitos y macrófagos activados- que los microbios usan como “caballo de troya” de acceso para cruzar la barrera hematoencefálica y entrar en el sistema nervioso. Microbios que sin duda influyen de manera importante en el funcionamiento de las neuronas y de las células gliales. Hoy sabemos además que hay otra vía que interconecta de manera aun más estrecha el cerebro craneal con el sistema inmune y, por ende, con los microbios que transportan: su propio sistema linfático. De ahí que postulara en 2015 en Frontiers in Neuroscience que existe una estrecha relación entre el cerebro craneal y el sistema inmune ya que son células de éste las que atravesando la barrera hematoencefálica transportan microbios hacia él y desde éste hacia fuera a través de vasos linfáticos propios.

Y como se comprenderá el hecho de que exista un microbioma propio dentro del cerebro craneal tiene consecuencias hasta ahora inimaginables. A partir de ahora vamos a tener que considerar las células microbianas como células del sistema nervioso central. Y de la misma importancia que las neuronas y las células gliales si bien con dos claras diferencias. La primera es que no son humanas, la información de su ADN es microbiana y eso significa que velan por sus intereses… que pueden coincidir o no con los nuestros; y la segunda es que los microbios craneales cambian continuamente a medida que interactuamos con el medio ambiente -sobre todo con la comida- al contrario que las neuronas y las células gliales. Luego tan importante es tener un microbioma adecuado en el cerebro craneal como en el intestinal. Lo que en este caso pasa por tener un sistema linfático cerebral que funcione bien a fin de que los macrófagos puedan circular adecuadamente y conseguir que sus poblaciones microbianas vivan en equilibrio. Debe ser así tanto en el cerebro intestinal como en el craneal. En suma, los seres humanos tenemos cuatro cerebros: dos compuestos de células humanas -el craneal y el que se halla en las paredes del tracto intestinal- y otros dos no humanos: el microbioma craneal y el intestinal. Aunque es probable que al final lleguemos a la conclusión de que en esencia solo tenemos uno compuesto por células tanto humanas como no humanas distribuidas entre el cráneo y los intestinos.

-Y según usted el microbioma constituye un tercer cerebro que está presente en todo el organismo aunque se concentre mayoritariamente en los intestinos…

-Eso es. Siendo el microbioma craneal propio y específico y de ahí que pueda hablarse de un cuarto cerebro. Composición microbiana muy dinámica que depende de nuestra interacción con el medio ambiente y especialmente del aire que respiramos, el agua que bebemos y los alimentos que ingerimos – atendiendo sobre todo a los químicos tóxicos que contienen- y de las radiaciones que nos afectan. Luego el tercer y cuarto cerebros están en continua transformación y son muy flexibles. Variabilidad y flexibilidad limitadas ya que el núcleo principal del microbioma es constante. De ahí la importancia de conocerlo para poder saber cómo restaurarlo al alterarse o desequilibrarse, desafío mayúsculo para la investigación clínica actual en campos como la neurociencia. Habrá incluso que reconsiderar el papel que juega el sistema inmunitario en nuestras actividades neurológicas y psicológicas.

-¿Puede explicarlo mejor?

-Le pongo un ejemplo: si las células del sistema inmune que transportan los microbios al cerebro craneal no funcionan al 100% el microbioma de la cabeza sufrirá alteraciones que influirán en la labor de las neuronas y las células gliales. Y si el recientemente descubierto sistema linfático cerebral se obstruye por inflamación de los ganglios linfáticos cervicales profundos, desde donde la linfa del cerebro se drena, la recirculación de ésta en el cerebro se obstaculizará y la vigilancia inmunitaria no será la adecuada. Y eso puede desequilibrar la composición del microbioma cerebral permitiendo que microbios patógenos del intestino o del medioambiente no sean controlados ni por la acción combinada de los microbios sanos del microbioma del cerebro ni por las células del sistema inmunitario.

-Entonces nuestro cuerpo no está compuesto básicamente de células humanas…

-No solo eso; habría que redefinir qué entendemos por “cuerpo humano” ya que hoy sabemos que éste contiene 10 veces más células microbianas que humanas y 100 veces más genes microbianos que humanos. ¡El 90% de nuestras células son microbianas! Luego en realidad somos un ecosistema complejo en el que distintas entidades vivas interactúan y se intercambian información de manera dinámica y continua. Biológicamente el nivel básico de información -del que derivan todos los demás tipos de información- se halla en forma de genes en el ADN. Y teniendo en cuenta que nuestro microbioma tiene 100 veces más genes que el genoma humano puede entenderse fácilmente que la información puramente humana es casi marginal. En otras palabras, si asumimos que nuestro comportamiento depende en buena medida de la información contenida en el ADN está claro que depende más de la información microbiana que de la humana; o, si se prefiere, de la “voluntad” microbiana más que de la voluntad humana.

Recuérdese además que la forma más primitiva de comportamiento -común a todos los seres vivos, esencial para la vida misma y del cual derivan todos los demás- son los hábitos alimenticios. Pues bien, en un reciente artículo titulado Is eating behavior manipulated by the gastrointestinal microbiota? Evolutionary pressures and potential mechanisms (¿Condiciona la conducta alimentaria la microbiota gastrointestinal? Presiones evolutivas y mecanismos potenciales) revisado por pares que publicaron en 2014 en Bioessays  los investigadores del Departamento de Emergencia y Medicina de la  Universdad de Nuevo Mexico en Albuquerque (EEUU) J. Alcock, C. C. Maley y C. A. Aktipis se afirma sin reparo alguno que son nuestros microbios los que condicionan o manipulan nuestros hábitos alimenticios y que eso, en ocasiones, lo hacen en detrimento de nosotros mismos. Como si los humanos no fuéramos sino sus “huéspedes”.

Dicho de otra forma: nuestro comportamiento más básico, el alimenticio, depende a menudo poco de nuestra “voluntad”. Son los microbios los que nos instan a comer uno u otro alimento en función de lo que necesitan y quieren. Así que para lograr tener una buena salud deberemos buscar el equilibrio entre sus necesidades y las de nuestras células, tejidos y órganos. De lo contrario nuestra parte “humana” enfermará. Hay pues que buscar la armonía, los intereses coincidentes, porque si luchamos contra nuestros propios microbios éstos terminarán ganando. Y puede que lo que voy a decir represente un duro golpe para nuestro ego pero cuando morimos solo muere la parte humana del cuerpo ya que la microbiana, con toda su información, sigue viviendo.

-Perdone el inciso pero si tenemos cuatro cerebros, ¿dónde se localiza la memoria? ¿Solo en el cerebro craneal o diseminado por todo el cuerpo?

-Buena pregunta. Yo comencé a estudiar los mecanismos moleculares del aprendizaje y la memoria junto a mi amigo y colega Renato Corradetti hace más de 25 años y ya en 1987 publicamos tres estudios sobre ello en Brain Research. En aquellos días estábamos todos convencidos de que el hipocampo está implicado en la consolidación de la información correspondiente a la memoria, tanto de corta como de larga duración. Hoy, treinta años más tarde y por lo que acabo de explicarle, me atrevería a afirmar que la memoria está diseminada por todo el cuerpo. Residiendo básicamente en nuestras neuronas pero también en las células microbianas.

De hecho hoy se postula que el aprendizaje provoca cambios en al ADN modificando el epigenoma, es decir, la información epigenética global de un organismo. Cambios en el epigenoma que se produce en las células humanas pero también en las microbianas. Luego siendo así la memoria debe encontrarse dispersa por todo el cuerpo. Porque es cierto que hay áreas del cerebro craneal dedicadas a funciones específicas relacionadas con el aprendizaje y la memoria pero no lo es menos que cuando a veces éstas se extirpan quirúrgicamente las funciones se mantienen. Así que, entrando en el terreno de la metafísica, cabe deducir que aunque nuestra memoria celular desaparece con la muerte de nuestro cuerpo la memoria microbiana persiste. Concepto que conlleva un increíble número de implicaciones como el de la vida después de la muerte, la persistencia de la memoria y hasta el concepto de conciencia.

-Si lo que dice fuera así uno podría vivir hasta con un cerebro craneal bastante atrofiado…

-Y es así. En julio de 2007 la prestigiosa revista médica The Lancet publicó un artículo en el que se describía el caso de un funcionario francés adulto, sano, casado y padre de dos hijos que a los 44 años supo que le faltaba ¡el 95% del cerebro craneal! Estaba casi en su totalidad ocupado por un fluido que, sin saberlo, había ido acumulándose desde la niñez. Y ello demuestra que una persona puede llevar una vida normal con solo el 5% de su masa cerebral y deja en entredicho nuestras nociones sobre neuroanatomía según las cuales hasta la más pequeña parte del cerebro tiene funciones asignadas.

Y no es un caso aislado; en 1992 un grupo de investigadores del Departamento de Psicología del Hospital Psiquiátrico Kalamazoo de Michigan (EEUU) estudió varios casos de mellizos -homocigóticos y heterocigóticos- en los que uno había sufrido hidrocefalia y tenía menos masa cerebral que el otro comprobándose con asombro que ¡eran los más inteligentes! Es más, contrariamente a lo que dicta la lógica constataron que cuanto más pequeño era el cerebro mayor era su grado de inteligencia.

Lo singular es que esos estudios no tuvieron seguimiento, probablemente porque lo descubierto desafía todas las nociones que se postulan sobre el funcionamiento del cerebro craneal.

-Dice usted en su libro que los estados mentales y la toma de decisiones dependen menos del cerebro craneal que de los del tracto intestinal y el microbioma. Suena muy reduccionista. ¿Dónde queda el libre albedrío?

-Eso lo escribí hace ya un año; hoy postulo que las decisiones se generan en esos tres cerebros pero siendo mayor la incidencia del cuarto cerebro, el del microbioma craneal. En cuanto al libre albedrio tal como lo concibe la mayoría de la gente murió cuando supimos que el microbioma contiene entre 2 y 8 millones de genes lo que supone como mínimo 100 veces más de los contiene nuestro genoma que son unos 20.000. Es la información del ADN la que dice a las neuronas cómo conectar y formar las redes neuronales de interacciones que constituyen la base de los pensamientos y de nuestra conciencia. Además la interacción con el medioambiente, el proceso de aprendizaje, la memoria y las experiencias que determinan nuestras decisiones futuras son todos eventos epigenéticamente incrustados en el ADN de las neuronas que se transmiten durante generaciones. Tales son en suma algunas de las razones por las que se postula que la información que se encuentra en la base de nuestras funciones neurológicas y psicológicas reside básicamente en el ADN. Y si a esa ecuación le añadimos la gigantesca cantidad de información adicional que contiene el ADN microbiano resulta obvio que nuestro comportamiento está “condicionado”.

Ahora bien, sería efectivamente reduccionista afirmar que la parte humana no juega ningún papel y somos como marionetas manejadas por microbios diminutos. La realidad es que somos seres complejos compuestos de distintas sociedades de seres vivos que pueden comportarse de forma cooperativa y altruista o competitiva y egoísta por lo que en el primer supuesto viviremos sanos mientras en el segundo caso enfermaremos. Porque por extraño que parezca la parte humana es la más frágil.

En conclusión, el concepto de libre albedrio debería extenderse al de cada especia microbiana que integra nuestro cuerpo ya que cada una de ellas alberga genes que les llevan a comportarse de la manera que mejor garantice su propio bienestar. Si aceptamos esta noción entonces podremos sostener un concepto de “libre albedrio” que sería la suma aritmética de los libres albedríos de todos los seres vivos que viven dentro de nosotros en un momento dado.

-¿Y qué ha cambiado para que hoy haya muchas más personas enfermas que antes? Porque el autismo, al que sabemos dedica ahora su esfuerzo, afecta en Estados Unidos a uno de cada 68 niños y a 1 de cada 100 en España cuando en 1990 afectaba solo a 1 de cada 10.000. ¿Se debe a la masificación de las vacunas, a los tóxicos medioambientales, a la actual alimentación industrializada…? ¿Está nuestro sistema inmunitario deteriorándose?

-Aunque la causa del autismo se sigue considerando desconocida en el artículo que publicamos en Frontiers in Neuroscience elucidamos aspectos importantes de su patogénesis, de los mecanismos que llevan a la aparición y progresión de los síntomas. Y ésos son los que usted acaba de mencionar y otros. Como las radiaciones radioactivas y electromagnéticas o el abuso de los antibióticos y otros fármacos. Todos ellos son factores que pueden estar contribuyendo a ello. E incluyo los casos del espectro de trastornos relacionados con el autismo. Asimismo puede haber incidido la manera diferente de diagnóstico, clasificación y desarrollo de los trastornos.

-¿También usted entiende que las radiaciones electromagnéticas artificiales están dañando gravemente la salud?

-Sin duda. Las radiaciones electromagnéticas de baja intensidad están afectando al microbioma humano y, por consiguiente, al tercer y cuarto cerebros. Tuve ocasión de expandirme sobre este tema en un capítulo que escribí para la prestigiosa Encyclopedia of Cancer (Enciclopedia del Cáncer). Quizás no afecten a las células humanas pero sí al microbioma. Le leo parte de lo que dije en aquel texto: “Los efectos de las radiaciones electromagnéticas en el microbioma humano abren una nueva perspectiva sobre la evaluación de sus riesgos para la salud y su prevención. Casi toda la investigación se ha enfocado hasta ahora en evaluar sus efectos en las zonas del cuerpo que quedan expuestas a sus energías porque se entendía que solo interaccionan con las células humanas pero desde entonces hemos aprendido que las radiaciones electromagnéticas, incluso las de intensidad mínima como las de los campos electromagnéticos endógenos, modifican el microbioma humano. Sus efectos pueden ser pues mucho más complejos y de mayor alcance. De hecho los microbios y el microbioma podrían aumentar o mitigar la carcinogénesis, la reacción a las terapias y las complicaciones asociadas al cáncer. En suma, las radiaciones electromagnéticas pueden modificar el microbioma e interferir con las respuestas y reacciones del cuerpo en casos de cáncer. El desarrollo de probióticos alimenticios para prevenir y tratar el cáncer deberá tener en cuenta por ello tanto los efectos endógenos como exógenos de los campos electromagnéticos en el microbioma humano”. Obviamente todas estas consideraciones son asimismo de aplicación en el caso del cerebro craneal.

Discovery DSALUD publicó hace unos meses -en el nº 185- un artículo titulado GcMAF: útil en cáncer y otras patologías en el que hablamos de la GcMAF, proteína natural del organismo derivada de la proteína Gc -encargada de trasportar la vitamina D- que es esencial para nuestra salud ya que activa los macrófagos -primera línea de defensa contra los microorganismos patógenos- y el organismo no produce cuando se padecen enfermedades graves. Además es analgésica, antiinflamatoria, aumenta la producción de energía a nivel mitocondrial, inhibe la angiogénesis y la proliferación de células cancerosas induciendo su apoptosis o revirtiendo su fenotipo para recuperarlas y estimula la neurogénesis. De ahí que su ingesta sea eficaz para tratar las patologías degenerativas -cáncer incluido-, infecciosas y autoinmunes. Especialmente si se combina con una dieta paleolítica de tipo cetogénica y un tratamiento ortomolecular. Asimismo se dio cuenta en él del trabajo que dio usted a conocer durante la reunión anual de la Sociedad Italiana de Nefrología sobre un protocolo que potencia su producción tomando un probiótico derivado de leche fermentada y patentado llamado Bravo que contiene GcMAF producido de forma natural (120 ml por día). ¿Es realmente tan eficaz como se dice?

Ese “superalimento”, que no es sino un yogur especial hecho con leche y calostro fermentados, tiene dos características que lo hacen único: contiene cepas microbianas vivas capaces de reconstituir el microbioma humano y unas 200 moléculas naturales generadas durante el proceso de fermentación que contribuyen al mantenimiento de la salud de muchas y variadas maneras. Cepas microbianas vivas que activan el sistema inmunitario y estimulan la producción de macrófagos por lo que su ingesta es útil en caso de problemas degenerativos de todo tipo, cáncer incluido. Así lo dimos a conocer en un trabajo que en julio de 2014 publicamos en Anticancer Research.

Las moléculas de formación reciente que se producen naturalmente durante el proceso de fermentación de la leche y el calostro ejercen numerosas funciones y pueden pues contribuir a una buena salud. Hablamos de moléculas biológicamente activas que no están presentes ni en la leche ni en el calostro ya que se forman durante el proceso de fermentación gracias a las enzimas que se producen y son liberadas por los microbios que cuidadosamente seleccionamos para este propósito. Moléculas entre las que hay péptidos que ayudan a controlar la presión sanguínea, algunas que estimulan el sistema inmune, otras que favorecen la absorción de minerales y hasta moléculas con propiedades antimicrobianas, antioxidantes, antitrombóticas…; las hay incluso que influyen en el estado de ánimo y la percepción. Aunque entre todas ellas destaca particularmente una que ha llamado poderosamente la atención en los últimos tiempos y se produce naturalmente en nuestro yogur Bravo; es decir, no se ha añadido al producto sino que aparece de forma natural al fermentar. Me refiero a la proteína GcMAF que usted ha mencionado, poderoso estimulante del sistema inmune con muchas propiedades beneficiosas para la salud que ha demostrado ser eficaz en múltiples patologías.

-Sabemos que hay numerosos estudios demostrativos de la eficacia de los yogures en casos de inmunodeficiencia -diagnóstico de Sida incluido- y cáncer. ¿Lo corrobora?

-Que la ingesta de yogures probióticos es eficaz para tratar la inmunodeficiencia y el cáncer está corroborado y se debe a la acción combinada de los microbios y las moléculas que genera su metabolización. En octubre de 2010 un equipo canadiense de investigadores liderado por el Dr. G. Reid demostró -el trabajo se publicó en J. Clin Gastroenterol- que un yogur probiótico muy similar a Bravo aumentaba el número de células CD4 en pacientes africanos afectados por VIH-SIDA mejorando su situación clínica de manera comparable a la de los antirretrovirales… pero sin los efectos secundarios de éstos. Dos años después el mismo equipo demostró que igualmente funciona en personas no desnutridas dándoselo a enfermos canadienses; el trabajo lo publicaron en septiembre de 2012 en Gut Microbes. Hoy los probióticos son de hecho uno de los pilares de la inmunoterapia nutricional en el tratamiento del VIH/SIDA. Y en cáncer; al menos el desarrollado por nosotros. Cuando lo administramos a pacientes con cáncer avanzado acompañado de un protocolo de inmunoterapia nutricional natural obtuvimos resultados significativos; los trabajos se publicaron en Anticancer Research en julio de 2014 y octubre de 2015. En un caso logrando incluso que desapareciera el oncogén HER2.

-Y según tenemos entendido están ustedes probando ahora su utilidad en adultos con patologías neurodegenerativas y en niños con autismo…

-Es posible que la causa del autismo sea multifactorial pero para nosotros es ya indudable -porque hay suficientes trabajos que así lo apuntan- que los yogures probióticos, al menos el Bravo, es eficaz si además se sigue un protocolo integrado de inmunoterapia nutricional. Los síntomas mejoran claramente. De hecho algunos autores plantean ya la posibilidad de que el autismo pueda causarlo -o al menos agravarlo- la alteración del microbioma intestinal; es el caso del doctor de la Universidad de Missouri en Columbia (EEUU) C. S. Rosenfeld cuyo trabajo apareció en octubre de 2015 en Drug Metabolism and Disposition con el título Microbiome Disturbances and Autism Spectrum Disorders (Las alteraciones del microbioma y los trastornos del espectro autista).

Por nuestra parte creemos que las impresionantes mejorías que hemos observado en los niños que han consumido nuestro yogur se deben a la combinación de al menos dos factores: la reconstitución del microbioma de los cerebros craneal e intestinal -del tercer y cuarto cerebro pues- y la estimulación del sistema inmune, sobre todo de los macrófagos que son los que se encargan de reequilibrar las poblaciones microbianas.

-Que el cerebro craneal tiene su propio sistema linfático se dio a conocer hace poco más de un año. ¿Qué implicaciones tiene tan inesperado descubrimiento en su trabajo?

-Las implicaciones son enormes. El hecho de que en el cerebro craneal anatómico haya un sistema linfático y un microbioma propios que interaccionan con las células del sistema nervioso central -y probablemente con las del periférico- obliga a reevaluar todas nuestras nociones sobre neurología y neurobiología. Además la conexión directa entre cerebro y sistema inmunitario explica muchas observaciones hasta hoy inentendibles. En 2002 por ejemplo el Dr. Matarrazzo, un investigador brasileño, describió los casos de dos niños sanos en los que poco antes de cumplir 3 años aparecieron síntomas de autismo tras reactivarse una infección en garganta y nariz administrándose a uno de ellos en los primeros meses hormona adrenocorticotropa (ACTH) para reducir la inflamación y el niño se curó totalmente; con el otro sin embargo, al que le aparecieron los síntomas teniendo dos años pero empezó a ser tratado seis años después, se logró una notable mejoría pero solo parcial. El artículo se publicó en julio de 2002 en The World Journal of Biological Psychiatry. Tan extraordinarios resultados no podían explicarse… hasta ahora. Todo indica que la inflamación crónica de nariz y garganta obstruye los nódulos cervicales profundos que es donde se drena la linfa proveniente del cerebro impidiendo que ésta pueda recircular causando en él una acumulación de tóxicos y fluidos que lleva a una disrupción tanto de las conexiones neuronales como de las células del sistema inmune, en particular de los macrófagos. Inmunodeficiencia que podría llevar al desequilibrio de la población microbiana del cerebro y a la inflamación crónica de éste y de las meninges, síntomas ambos ampliamente descritos en los casos de autismo. Afortunadamente, según demostró Matarrazzo, si la inflamación se afronta en los estadios iniciales ello puede ser revertido rápidamente y los síntomas autistas desaparecen. Y añadiré que es muy probable que algún mecanismo similar sea el que desencadene la mayoría de las patologías neurológicas, desde el alzheimer hasta la esclerosis múltiple.

-En suma, si el cerebro craneal posee un sistema linfático propio conectado directamente con el sistema nervioso y un microbioma característico hay que replantearse las causas de todas las patologías cerebrales…

-En efecto; ambos descubrimientos llevan a un cambio de paradigma. Nosotros hemos estudiado la importancia de la inflamación de los ganglios o nódulos cervicales profundos en el autismo pero otros investigadores están ya proponiendo mecanismos similares detrás de otras neuropatías. Hace solo unos meses -en agosto de 2015- un grupo de investigadores de Estados Unidos, Francia y Suecia publicó en Nature Reviews Neurology un artículo sobre la importancia de la limpieza del cerebro y su relación con las proteínas implicadas en el alzheimer haciendo especial referencia al reciente descubrimiento del sistema de drenaje linfático cerebral. Y hace solo unas semanas -en 2016- otros investigadores han reevaluado todo lo escrito sobre inmunología del cerebro llegando a titular su artículo así: Get It through Your Thick Head: Emerging Principles in Neuroimmunology and Neurovirology Redefine Central Nervous System (Cómo llegar a tu densa cabeza: principios emergentes en Neuroinmunología y Neurovirología redefinen el “privilegio inmunitario” del sistema nervioso central). El trabajo lo dirigió el doctor del Departamento de Microbiología e Inmunología del Drexel University College of Medicine de Filadelfia en Pennsylvania (EEUU).A. C. Solomos y se publicó en ACS Chemical Neuroscience.

Sin embargo, por extraño que pueda parecer, solo mi equipo ha sido capaz hasta ahora de fusionar el descubrimiento del sistema linfático cerebral y la presencia de microbios en el cerebro anatómico en un solo concepto unitario: el microbioma del cerebro o ‘cuarto cerebro’. Entiendo que se trata de un concepto demasiado novedoso para ser aceptado sin más por el mundo académico pero ya hay colegas que comparten nuestra intuición. En febrero de 2016 por ejemplo un grupo de investigadores irlandeses escribió un artículo con un título bastante inusual que es congruente con todas las nociones que acabo de describirle: ¿Son los microbios “geppetto” del cerebro como titiriteros de la función neuronal y su comportamiento? Publicado en J. Neurovirol en él se dice que “existe cada vez más literatura que presenta manipulación activa del comportamiento a favor de los microbios”; añadiendo: “Se precisan nuevos enfoques y conceptos teóricos y experimentales, como el de la Teoría del Hologenoma, para incorporar a las teorías evolutivas la herencia epigenética del microbioma”.

-Hablando de epigenétíca… Usted afirma que la alimentación es crucial, tira abajo la llamada pirámide alimentaria y propone seguir una dieta basada en un 60% de proteínas, un 20% de carbohidratos de calidad y un 20% de ácidos grasos que debe complementarse con un yogur probiótico como el Bravo por promover la presencia de proteínas GcMAF. ¿Puede hablarnos más a fondo de su propuesta?

-El plan nutricional que describo en el libro se conoce con diferentes denominaciones: dieta cetogénica, dieta paleolítica, dieta del hombre cavernícola, etc. Nombres que se les ha dado porque se basan en el hecho de que el hombre primitivo, antes de la edad agrícola, tenía una dieta muy baja en carbohidratos y relativamente alta en proteínas y ácidos grasos. Tipo de dieta que al restringir la glucosa lleva al cuerpo a obtener energía de las grasas dando ello lugar a la aparición de cuerpos cetónicos; de ahí lo de dieta cetogénica. Y se trata de un tipo de dieta útil en todas las patologías degenerativas, desde el cáncer a enfermedades neurológicas como el autismo (léase www.dsalud.com el artículo que con el título La utilidad de una dieta cetogénica en el tratamiento del cáncer apareció en el nº 114).

Enfoque congruente por cierto con las observaciones del profesor Otto Warburg quien demostró que las células cancerosas se alimentan sobre todo de glucosa. De hecho nuestro equipo de investigación estudia desde hace 30 años el papel de la glicolisis en la carcinogénesis y otras patologías habiendo publicado ya 13 artículos, especialmente sobre el papel que juega un subproducto de la glicolisis, el diacilglicerol, tanto en cáncer como en las patologías renales, cardiovasculares y neurodegenerativas. Hemos constatado que una dieta pobre en carbohidratos y alta en proteínas y ácidos grasos saludables mejora aun más lo que se logra ingiriendo nuestro probiótico. Es más, hace a las células malignas más sensibles a las radiaciones ionizantes.

-¿Cuál es la razón de que su yogur, al que en el libro llama por cierto “la taza de postre” además de Bravo, sea tan eficaz?

-Todos los yogures probióticos son eficaces en muy diversas condiciones médicas pero sobre todo cuando la persona sufre al tiempo malnutrición e inmunodeficiencia; y es que son una excelente fuente de bacterias beneficiosas para el microbioma, proteínas, vitaminas, grasas saludables v muy diversos micronutrientes. Además favorecen la absorción de minerales y reducen la inflamación. Ahora bien, nuestro yogur Bravo es singular ya que lleva calostro fermentado, excelente fuente de proteínas de alta calidad y polipéptidos ricos en prolina (PRP), moléculas también conocidas como colostrinin que son parecidas a la proteína Gc precursora de la GcMAF y ayudan a modular el sistema inmune. No estimula el sistema inmune de manera inespecífica sino reequilibrándolo; por eso es también útil en las enfermedades autoinmunes.

-Hablando de inmunidad… Usted explica en su libro la importancia de las proteasas -esenciales para asimilar los aminoácidos- y de que su inhibición impide la replicación de muchos virus; y asegura asimismo que los yogures probióticos son ricos en inhibidores de las proteasas. ¿Es correcto?

-Sí. Yo empecé a trabajar en el campo de las proteasas y sus inhibidores en la década de los ochenta cuando era postgraduado en los laboratorios de investigación Borroughs Wellcome de Carolina del Norte (EEUU) y ya entonces publiqué conjuntamente con mi supervisor, el Dr. Eduardo Lapetina, un artículo que luego presentaría en 1986 en la Academia Nacional de la Ciencia de Estados Unidos el Premio Nobel John Vane. Artículo en el que describimos los efectos de un inhibidor concreto de la proteasa derivado de una bacteria llamada actinomiceto, la leupeptina, útil en el campo de la inmunoterapia y en particular en el de las infecciones víricas. Son muchos los virus -desde el de la gripe hasta el VIH- que se activan apoyándose en las proteasas y por eso los inhibidores de las mismas son eficaces agentes antivirales. Pues bien, los lácteos -sobre todo los yogures- contienen inhibidores de las proteasas, entre ellos de la enzima convertidora de angiotensina (ECA). Y glicosaminoglicanos -como el sulfato de condroitina- muy similares a los inhibidores de las proteasas que reducen la carga viral; a veces hasta niveles indetectables en solo 10 días, algo que no consigue ningún moderno fármaco antirretroviral. En 1999 un equipo de científicos italianos que trabajaban para el Centro de Virología del Instituto Spallanzini de Roma integrado por A. Di Caro, E. Perola, B. Bartolini, M. Marzano, L. Liverani, G. Mascellani, A. Benedetto y L. Cellai ya demostró que el sulfato de condroitina es eficaz para combatir virus y patógenos oportunistas en pacientes con inmunodeficiencia, incluidos casos diagnosticados de VIH/SIDA.

La verdad es que resulta sorprendente que las investigaciones sobre los inhibidores naturales de las proteasas -como la leupeptina y los inhibidores presentes en los lácteos- se ignoren cuando pueden ser una manera sencilla y eficaz de afrontar las infecciones víricas y fortalecer el sistema inmunitario.

-Ustedes han constatado que el yogur Bravo promueve la producción natural por el cuerpo de la proteína GcMAF pero también que es fundamental para que ello sea así tener suficiente vitamina D. ¿Puede ampliarnos un poco este aspecto?

-La vitamina D es muy importante para el organismo pero no hay acuerdo sobre cuánta se necesita. Y yo entiendo que bastante más de lo que se postula. Lo expliqué en 2009 en un artículo que con el título Enfermedad crónica del riñón y vitamina D: ¿cuál es la cantidad adecuada? publiqué en Kidney International. Y es que su necesidad orgánica se hizo atendiendo solo a sus funciones en el metabolismo del calcio y a su presencia en los huesos. Sin embargo hasta su denominación es errónea porque no se trata realmente de una vitamina sino de una hormona que regula prácticamente todos los aspectos de la fisiología de la célula y está por tanto involucrada en numerosas patologías. Además la necesidad de la misma es diferente en cada persona debido a los poliformismos del gen que codifica su receptor. Nos consta que en Alemania hay médicos que inyectan vía intravenosa hasta 400.000 IU para tratar el cáncer sin efectos adversos.

-Entonces el simple hecho de tomar el sol protege de numerosas patologías…

-Ciertamente. Yo procuro tomar el sol con mucha frecuencia ya que en solo en 30 minutos de exposición la piel produce endógenamente más de 10.000 IU.Y si no tengo esa posibilidad ingiero esa misma cantidad en suplementos. Entiéndase que todo tratamiento que precise estimular o reequilibrar el sistema inmunitario requiere suficiente vitamina D.

-Habla usted ampliamente en su obra de otra molécula que según afirma dificulta o impide la replicación de las células cancerosas: la heparina. ¿Qué puede decirnos sobre ella?

-Empecé a trabajar sobre la heparina -conocida molécula anticoagulante- en 1983 en el Laboratorio de Biología Molecular de la Universidad de Florencia (Italia) publicando ya en 1985 un artículo en The Biochemical Journal en el que escribí sobre la extraña asociación que hay entre la heparina endógena -la que sintetiza nuestro propio organismo- y un componente primordial de la membrana celular, la fosfatidilcolina, postulando ya entonces que podía ser además anticancerígena. Y así lo corroboramos dando a conocer que inhibe la proliferación de carcinomas en otro artículo que publicamos en abril de 1991 en FEBS Letters. Apenas dos años más tarde pudimos demostrar -el trabajo apareció en Cell Biology International– que además logra lo mismo en distintos tipos de células transformadas con oncogenes.

En suma, llegamos a la conclusión de que la heparina de la sangre es uno de los mecanismos que utiliza el organismo para defenderse de las células cancerosas que continuamente se generan en nuestro cuerpo. Ahora bien, hablo de la endógena ya que la que se comercializa como fármaco provocaría hemorragias debido a su fuerte actividad anticoagulante. Hoy, tras 20 años de investigación, inferimos que ello se debe a que la heparina endógena se asocia con ciertas proteínas del plasma y al hacerlo sus propiedades cambian radicalmente generando nuevas propiedades biológicas.

También descubrimos que la heparina regula la expresión genética, otra rareza teniendo en cuenta que el ADN tiene carga negativa y la heparina es la molécula biológica con la concentración más alta de carga negativa y según los principios electroestáticos el ADN y la heparina deberían repelerse. Sin embargo pudimos demostrar que cuando la heparina se adhiere a ciertas proteínas cambia radicalmente su comportamiento electroestático siendo transportada al interior de las células en donde puede interactuar con moléculas como el ADN influyendo, consecuentemente, en el funcionamiento de los genes. Publicamos el trabajo en octubre de 1986 en Biochemical and Biophysical Research Communications.

-Volvamos a hablar de la GcMAF si le parece bien para aclarar algunas dudas… Si su principal función en el organismo es la de actuar como transportador de otras moléculas que son las que hacen luego el trabajo, ¿no puede el organismo reemplazarlas por otras proteínas trasportadoras si no las hay en suficiente cantidad?

-Recordemos ante todo que GcMAF significa “factor activador de macrófagos” y se trata de un derivado de la proteína Gc, vital componente del plasma humano que también se conoce como proteína de adherencia de la vitamina D porque de hecho es la que lleva esa vitamina hasta las células. Son asimismo capaces de captar ácidos grasos como el oleico. Y transportan las alfa-N-acetilgalactosaminas, azúcares presentes en la leche. En suma, el Gc es una proteína trasportadora de esa triada molecular -vitamina D, alfa-N-acetilgalactosamina y ácido oleico- uno de cuyos derivados, la GcMAF, activa los macrófagos. Y por si fuera poco las proteínas Gc se ocupan además de captar las actinas, proteínas que las células liberan al morir a fin de prevenir una acumulación que podría llegar a ser tóxica.

Pues bien, nosotros hemos encontrado cómo reemplazar la proteína Gc por otra molécula llamada glicosaminoglicano que las trasporta a la vez y con mucha más rapidez. La hemos denominado MAF ya que el prefijo Gc no se justifica. Son potentes y versátiles.

-¿Puede hablarnos de ello con más detalle?

-La MAF que hemos desarrollado puede -al igual que la GcMAF pero de forma más eficaz- llevar a cabo múltiples acciones porque trabaja al nivel genético más básico e influye en el trabajo de otros genes y, en consecuencia, en gran número de funciones fisiológicas; de ahí que sus posibles aplicaciones clínicas sean numerosas, incluyendo la restauración global del sistema inmunitario. De hecho entendemos que es eficaz en patologías neurológicas como parkinson, alzheimer, esclerosis múltiple, esclerosis lateral amiotrófica, envejecimiento cerebral…; y en las patologías cardiovasculares, en las renales, en problemas dermatológicos como la psoriasis y, por supuesto, en casos de cáncer. Lo que desconocemos de momento es la duración que precisa cada tratamiento.

-Usted dice en su libro que tanto la GcMAF como la MAF estimulan la producción de óxido nítrico y eso mejora claramente el sistema circulatorio…

-El óxido nítrico es una molécula muy interesante a la que ya en 1992 dio el título de “molécula del año” la revista Science aunque su fama se debió a su papel en el mecanismo de acción del Viagra. Y es que entre otras muchas propiedades causa una vasodilatación que hace aumentar el riego sanguíneo de muy diferentes órganos. De hecho se sabe desde hace décadas que los nitratos liberan óxido nítrico y por eso se recetan para prevenir anginas de pecho e infartos. Fue sin embargo más tarde cuando también se descubrió que mata de manera selectiva las células cancerosas al dañar irreparablemente su ADN. Y es verdad que ejerce el mismo efecto en las sanas pero éstas sí tienen capacidad de reparar su ADN.

Pues bien, hemos comprobado que los macrófagos activados por la GcMAF y la MAF liberan óxido nítrico. Se ha demostrado viendo la corriente sanguínea con ultrasonidos y así se dio a conocer en julio de 2014 en Anticancer Research. Luego es posible una estrategia de activación de los macrófagos para que se adhieran a las células cancerosas y a las infectadas por virus y liberen en ellas óxido nítrico destruyéndolas. Algo a lo que ayuda claramente nuestro yogur Bravo pues no solo contiene GcMAF producido naturalmente sino también microbios vivos como el Lactobacillus Rhamnosus conocidos por su capacidad para activar los macrófagos. Así se explica en un artículo publicado en noviembre de 2012 en Microbiology and Immunology.

-El hecho de que un correcto equilibrio del microbioma pueda ayudar a afrontar tantas patologías explica en parte el éxito que tuvo el cirujano norteamericano William B. Coley hace ya más de un siglo inyectando estreptococos a un paciente de cáncer para causarle erisipela y estimular su sistema inmune haciendo desaparecer así su tumor maligno. De hecho eso le llevaría a tratar durante los cuarenta años siguientes a centenares de personas con cáncer óseo inoperable y sarcomas de tejidos blandos utilizando una combinación de bacterias muertas del Streptococcus pyogenes y el bacilo Serratia marcescens –fórmula que terminaría conociéndose como Toxina, Fluido o Vacuna de Coley– con excelentes resultados que se vieron sin embargo oscurecidos por el auge de la radioterapia y la quimioterapia. La revista lo dio a conocer en el nº 186 en un reportaje titulado Tratan con éxito a pacientes de cáncer desahuciados ¡estimulando sus defensas!

-Es cierto. El Dr. Coley obtuvo éxitos espectaculares en casos avanzados de cáncer; resultados que no podemos ni soñar hoy con las estrategias terapéuticas más avanzadas. Su problema fue la falta de estandarización y por ende la dificultad de reproducir a gran escala los resultados. Lo que es evidente es que fue un adelantado a su tiempo. Actualmente nuestro conocimiento a nivel molecular del mecanismo del cáncer es mucho mayor, conocemos el papel que juega el microbioma en la salud y de ahí que tantos investigadores estén volviendo a estudiar sus trabajos para reinterpretarlos a la luz de los conocimientos actuales. De hecho en noviembre de 2015 podía leerse en Science que los nuevos tratamientos para el cáncer basados en potenciar el sistema inmunitario pueden depender de los microbios. Reconocimiento implícito de la importancia nunca admitida del trabajo del Dr. Coley.

Es más, hay ya investigadores estudiando hoy cómo afrontar el cáncer con microbios. En 2015 se publicó por ejemplo en Central-European Journal of Immunology un artículo titulado Tratamiento bacteriano y vírico combinado: una nueva estrategia contra el cáncer.

-Nos ha llamado la atención que en su libro usted aborda las posibilidades que para el cáncer pueden representar los ultrasonidos. ¿Tan eficaces pueden ser realmente para tratar enfermedades graves?

-Los ultrasonidos están presentes en la naturaleza aunque solo los perciban los animales. Y según algunas teorías modernas son los sonidos los que moldearon el universo y podrían pues haber contribuido a la formación del ADN que codifica la vida. Luego, ¿por qué va a ser sorprendente que puedan activarse con ellos genes del ADN, especialmente con ultrasonidos? Nosotros mismos hemos publicado desde 2013 artículos que demuestran que pueden alterar el estado mental y ser útiles para tratar algunas enfermedades neurológicas. En 2015 publicamos en Biomedical Signal Processing and Control por ejemplo un artículo demostrando que mejoran la conectividad neuronal y ayudan en patologías como el autismo. Un resultado consistente con las observaciones que había hecho antes el Dr. Hameroff según el cual los ultrasonidos parecen ser útiles para abordar el dolor intratable; lo dio a conocer en mayo de 2013 en Brain Stimulation. Es más, hace solo unas semanas -en Marzo de 2016- se publicó en Nature Review Neurology un trabajo en el que asevera que los ultrasonidos ayudan en los trastornos neurológicos.

Añadiré que en algunos experimentos preliminares que aún no hemos publicado nosotros hemos comprobado in vitro que los ultrasonidos, a unas frecuencias concretas, son capaces de matar células cancerosas dejando intactas las sanas; es más, estimulan la actividad fisiológica de éstas. Una selectividad que puede deberse al hecho de que las células cancerosas tienen un metabolismo muy distinto al de las normales. Ahora estamos intentando determinar el mecanismo de acción exacto con la tranquilidad de saber que los ultrasonidos, por naturaleza, son seguros e inofensivos; lo demuestra el uso desde hace más de medio siglo de los aparatos de diagnóstico por ultrasonografía.

Agregaré por último que nuestros colegas y competidores japoneses en el ámbito de investigación de la GcMAF publicaron en agosto de 2014 en Anticancer Research un artículo según el cual la acción combinada de ultrasonidos e inyecciones de GcMAF es muy eficaz en el tratamiento del cáncer de pecho.

-Una última pregunta: nos consta que usted trabajó durante años para la industria y ha reconocido públicamente que la misma se rige por criterios puramente económicos y no altruistas. ¿Cree que todo lo que ustedes y otros investigadores están descubriendo podrá terminar aplicándose?

-Asistimos cada día a nuevos descubrimientos científicos que, a diferencia de otras épocas, podemos llevar a la práctica casi de inmediato si bien de forma privada en casos particulares. Descubrimientos que antes podían ocultarse durante largo tiempo y ahora es casi imposible gracias a internet. Así que estoy persuadido de que todo esto –y muchas cosas más- saldrán pronto a la luz. Vivimos sin duda tiempos emocionantes en los que se irán rompiendo los límites de lo que se puede lograr en los ámbitos de la salud y la medicina.

Jacques Fernández de Santos

Este reportaje aparece en
194
Junio 2016
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