Necesitamos reverde-ser

Aquel día miraba sorprendido a ese carnívoro empedernido que vive en mi perro mientras comía brotes verdes de yerba fresca -como si de pronto una memoria ancestral de yerbatero vegetariano hubiera tomado posesión de su cuerpo- cuando su vómito y deposiciones me hicieron comprender que aquellas yerbas que había engullido casi intactas y ahora expulsaba de su interior formaban una fina red en la que había envueltas seguramente un montón de cosas indigestas, como parásitos y toxinas.

Todos sabemos hoy que, en condiciones propicias, muchos animales seleccionan instintivamente sus “medicinas”, se curan de sus heridas y -sin conocimientos de bioquímica y farmacología- saben lo que necesitan casi con la sabiduría innata del cachorro que camina sin que nadie le enseñe y nada automáticamente guiado por su programa ancestral. Cuenta Hoffman que los chimpancés enfermos consumen más de treinta especies de hojas vellosas que forman una especie de “velcro” en el que quedan atrapados los parásitos intestinales. Muchas de las plantas consumidas por los animales tienen poderosas acciones farmacológicas y ese conocimiento dio origen a la Zoofarmacognosia; plantas que, en muchos casos, no son diferentes de las usadas por las comunidades nativas y su estudio es hoy objeto del floreciente campo de la Etnomedicina.

Pero nosotros, occidentales que analizamos las plantas en la búsqueda de unos cuantos principios activos, hemos olvidado que cada planta es una música que escuchar, una totalidad que sentir. Quizás por eso mientras los “primitivos” han sido capaces de describir miles de medicamentos -en una prodigiosa farmacopea- nosotros seguimos anclados a la creencia de que la única forma de conocer la naturaleza es disecándola y descuartizándola en pequeños componentes moleculares. Y esa, sin duda, es una vía… pero no la única. Porque del estudio de las cuerdas del instrumento no podemos deducir la música. Y el reino vegetal es una orquesta cuyos instrumentos -con sus diferentes notas- aprendieron tanto los animales como los hombres primitivos no sólo a escuchar y reconocer sino también a utilizar para sobrevivir.

Hace mil millones de años se desprendía del continente africano -hacia el Océano Índico- una isla, cual arca gigantesca, cargada de miles de especies de animales y plantas que se conservaron como un precioso regalo para el hombre que hace escasos dos mil años habita en esa nave actual: la isla de Madagascar. Y de la sabiduría ancestral de sus curanderos se beneficia la humanidad merced a la comercialización actual de centenares de plantas en todo el mundo. Algo que hace reflexionar, especialmente si pensamos que decenas de miles de ensayos con extractos de plantas y decenas de miles de millones de dólares invertidos en las últimas décadas sólo han servido para producir dos nuevos medicamentos derivados de plantas para combatir el cáncer. Un “éxito” que contrasta con el de esos hombres “primitivos” que lograron describir la recolección, dosis y usos de centenares de plantas medicinales sin más recurso que su capacidad de escuchar y descifrar su mensaje. A fin de cuentas, la Etnomedicina no deja de ser sino el producto de la constatación de formas ancestrales de conocimiento en las que el hombre revela su capacidad de entablar un diálogo con la naturaleza.

El chamán, a fin de cuentas, no es sino el oído de la comunidad indígena que se dedica a escuchar la sinfonía verde vestida de bejuco en el Yahé, disfrazada de cactus en el peyote o pintada de rojo en la amanita muscaria. El “yerbatero” es el escucha de la tribu necesitada de la música de la naturaleza para aliviar y consolar al hombre enfermo. Hombres verdes de todas las culturas, oídos verdes para la música vegetal, la sabiduría ancestral de los indígenas escucha aún el mensaje oculto de la naturaleza. Así, los nativos de Madagascar utilizan el extracto de una flor rosada para una condición conocida por ellos como enfermedad de la sangre lechosa que coincide con algunas formas de leucemia en la que, efectivamente, cambia el aspecto de la sangre por la proliferación de glóbulos blancos. Pero lo especial es que las flores utilizadas contienen vincristina, el alcaloide ampliamente utilizado en la medicina occidental con idéntico propósito.

Hace ya más de dos décadas, en las riberas del río Atrato, conocí a un famoso curandero nativo que utilizaba el extracto de una planta local para la mordedura de serpientes, un hecho cotidiano en esa zona de selva húmeda tropical colombiana. Al preguntarle por el origen de su original terapéutica, me diría que una vez vio cómo un pájaro que acababa de ser mordido por una serpiente se precipitaba de inmediato a picotear las hojas rojizas de una planta evitando así que la mordedura de la peligrosa mapaná (Bothrops atrox) lograra paralizar sus vuelos.

El secreto me fue confiado por ese pájaro -me confiaría con una sonrisa.

En la frontera entre Ruanda y el Zaire pude ver a los nativos, hace ya más de cinco lustros, recolectando las hojas y las raíces que utilizaban ancestralmente para las multinacionales de la producción de medicamentos. Luego, esos mismos africanos no tendrían ya cómo pagar la riqueza de su genoma vegetal envasado y patentado por sus “benefactores”. La misma ciencia, que tantas veces descalifica todo conocimiento que no provenga del “método científico” no ha dudado en recurrir a los conocimientos ancestrales como punto de partida para sus investigaciones.

 Etnomedicina y Zoofarmacognosia son disciplinas que nos permiten reconocer que, en los auditorios naturales de las comunidades animales e indígenas, la misma naturaleza animal y humana escucha y reconoce en el mensaje del reino vegetal notas preciosas para preservar o restaurar la armonía de la salud. Hace treinta años mirábamos en Occidente con cierto autosuficiente orgullo las medicinas de las abuelas. “No son más que yerbas”, nos decíamos. Y con el mismo menosprecio tratábamos de “yerbateros” a quienes no tenían la sabiduría que “sólo” podía dar la ciencia tras ser “bendecida” con los conocimientos de la Química. Buscábamos entonces los productos químicos y temíamos a las yerbas. Hoy tememos a los productos químicos y regresamos a las yerbas. Siempre habrá, sin embargo, una postura intermedia que reconozca tanto en la naturaleza como en la tecnología sus posibilidades complementarias para promover la salud.

Hoy mismo, nosotros -que tenemos escasos trescientos siglos de evolución humana- empezamos a darnos cuenta de que existen ancestros vivientes como el Ginkgo Biloba que siguen aún aquí después de dos millones de siglos para darnos -con su genoma indemne- el regalo de una memoria de la naturaleza que alguna vez perdimos en el curso de la evolución. El árbol del Ginkgo fue la primera especie en reverdecer después de la bomba atómica de Hiroshima sin que hubiera sufrido mutación genética alguna. Verdadero fósil viviente, esa planta de propiedades milagrosas que puede mejorar nuestra memoria está allí para recordarnos también que nosotros somos parte de la naturaleza.

Alrededor del 40% de nuestros medicamentos actuales tiene su origen en organismos vivos, animales, vegetales o microorganismos. El Taxol -producto del Taxus Brevifolia, árbol del Pacífico cuya corteza contiene una de las más revolucionarias innovaciones para el tratamiento del cáncer de las últimas décadas- lleva a que una compañía farmacéutica, en lugar de sacrificar seis árboles centenarios por paciente, pueda obtener el medicamento de sus propios cultivos. Se genera así un mercado que ya hoy supera los mil millones de dólares por año.

Sólo en plantas medicinales los norteamericanos invierten anualmente más de ochocientos mil millones de pesetas. Alrededor de ciento veinte medicamentos del mercado actual son extractos de plantas. Y de ellas, al menos el 74% han sido históricamente utilizadas como medicinas por poblaciones indígenas. Algo apenas comprensible en el contexto de un mundo que -según la Organización Mundial de la Salud- tiene al 80% de su población asentada en culturas médicas fundamentadas en las plantas medicinales.

La revolución verde que necesitamos hoy no es un asunto cuantitativo. No tiene que ver ni con más abundantes cosechas ni con un mayor volumen de ventas. En la India, por ejemplo, se duplicó en siete años la producción de trigo… pero se produjo un trigo sin algunos minerales esenciales y ello se reflejó en que más de la mitad de la población escolar hindú se viera afectada por problemas de aprendizaje. La revolución verde tiene en realidad que ver con la capacidad de reverdecer: despertar de nuevo en nosotros el arquetipo vegetal de una humanidad que es parte de la naturaleza de Gaia, cuya esencia misma es vegetal. Reverde-ser es, pues, la propuesta para incorporar a nuestro patrimonio cultural esa armonía verde del fa natural que ha permitido a la vida florecer durante más de dos mil millones de años en el seno de la madre Tierra.

Jorge Carvajal

Este reportaje aparece en
32
Octubre 2001
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