Las relaciones interpersonales se enmarcan
entre dos fuerzas: el amor y el miedo. Y ambas son excluyentes
así que a mayor cantidad de amor menor es el miedo; y
exactamente lo mismo ocurre al contrario.
Mientras el amor nos impulsa a la unión, a la búsqueda
de placer y a la entrega el miedo lo hace hacia la separación,
hacia el dolor y hacia la huida. Pero ocurre que el miedo
es una emoción poco agradable que a ninguno nos gusta
reconocer y por eso hábilmente se disfraza con múltiples
ropajes. Sólo si somos capaces de ser honestos con nosotros
mismos buscando momentos de intimidad en los que uno mira
hacia dentro buscando respuestas descubre hasta qué punto
es prisionero de ese sentimiento.
Es el miedo el que nos hace protegernos de los demás eligiendo
disfraces, máscaras y escudos detrás de los cuales nos
sentimos más seguros. Sabemos, por otra parte, que ellos
hacen lo mismo, con lo cual establecemos relaciones basadas
en el engaño, poco estables, conflictivas y nada duraderas.
Imaginemos que nos plantamos frente a la persona con la
que tenemos una relación más fuerte y que nos preguntamos:
¿De qué tengo miedo? ¿Qué me da miedo de ti?
Esa simple pregunta, si se hace con profundidad, destapa
la caja de Pandora. Porque entre las respuestas nos vamos
a encontrar que la mayoría de las cosas que figuran en
esa lista corresponden a miedos propios. Es decir, a emociones
y sentimientos que nacen de nosotros, que tienen más que
ver con uno mismo que con la otra persona. De tal manera
que todas las frases se pueden formular también si cambiamos
el sujeto.
Tengo miedo
de no gustarte.
Tengo miedo de que no me entiendas.
Tengo miedo de que te vayas.
Tengo miedo de que no me aceptes.
Tengo miedo de que descubras cómo soy.
Tengo miedo de que no estés cuando te necesito.
Tengo miedo a tu no compromiso.
Tengo miedo de que no me valores.
Tengo miedo de que encuentres a alguien mejor que yo.
Tengo miedo de que me rechaces.
Tengo miedo de no cumplir tus expectativas.
Tengo miedo de que te aburras conmigo.
Tengo miedo de que me hagas daño.
Tengo miedo de que me quieras.
Tengo miedo de lo que pienses de mí.
Tengo miedo de entregarme a ti.
Tengo miedo de que me gustes.
Cualquier matiz que coloquemos en esa lista tendrá siempre
una contrapartida en nosotros. Recordemos que toda emoción,
todo sentimiento, sea del orden que sea, antes de llegar
a la otra persona siempre pasa por nosotros puesto que
surge de nuestro interior. Es por tanto a nosotros a quien
más afecta, a quien más beneficia -si es un sentimiento
positivo- y a quien más perjudica -si es negativo-. Y
es que tantos miedos nos hacen alejarnos de nosotros mismos,
de quienes somos y de lo que sentimos; y a veces el autoengaño
es tan grande que nos creemos la imagen que nos hemos
construido para sobrevivir.
Hubo un tiempo en el que el miedo era vital para nuestra
supervivencia como especie. Hoy sigue siéndolo, sobre
todo para alejarnos del peligro físico. Si no tuviéramos
miedo estaríamos arriesgando constantemente la vida. Lo
malo es que ese mecanismo de defensa tan bien "armado"
por la naturaleza, al no encontrar situaciones de peligro
-pues vivimos en un mundo mucho más seguro- necesita otra
vía de escape. Y la encuentra a través del mundo emocional.
La mente, como dueña y señora de nuestro universo, construye
la realidad a cada paso que damos. Redibuja los hechos
del pasado y proyecta nuestro futuro. Y nosotros seguimos
esa "línea del tiempo" como verdaderos autómatas, apenas
conscientes del paisaje que atravesamos.
Sólo en determinados momentos de crisis es cuando nos
paramos a replantearnos si verdaderamente estamos haciendo
lo que queremos. Es cuando la vida nos da un golpe que
no esperamos, bien sea a través de un proceso de enfermedad,
mediante la pérdida de alguien querido o por problemas
laborales, o económicos, o afectivos.
En esas ocasiones, como necesitamos encontrar respuestas,
solemos preguntarnos: ¿por qué me ha pasado esto a mí?
Y para responder es necesario echar una mirada hacia dentro
y ver qué hay ahí. En la mayoría de las veces nos encontraremos
con que estamos viviendo algo que no tiene nada que ver
con lo que dicta nuestro interior y que ni siquiera recordamos
qué decisiones nos han llevado tan lejos de nuestro proyecto
original, del propósito fundamental de nuestra existencia.
Aunque lo más triste no es que hayamos utilizado tal o
cual camino sino que hayamos perdido de vista hacia dónde
queríamos ir.
Siempre que nos desconectamos de nosotros mismos generamos
miedo y éste, como una tabla de salvación, nos ofrece
una variada y atractiva colección de autoengaños. Cuando
estamos fuera de nuestro centro interno, ese punto esencial
de quietud y equilibrio del que nos hablan las filosofías
orientales e, incluso, ese "reino de los cielos" del que
nos hablaba
Jesús de Nazaret y que en realidad
está dentro de cada uno, es cuando estamos a merced de
lo que sucede en el exterior, cuando dependemos de los
demás y de las circunstancias.
Así que,
¿cómo será mi relación contigo cuando ya no
te tenga miedo? Pues entonces podré disfrutar cuando
estemos juntos... y también cuando no estés; podré mostrarme
abiertamente porque no habrá juicios entre ambos; y no
sentiré que tengo que responder a tus expectativas ni
tú a las mías... porque no habrá expectativas entre nosotros.
No existirán modelos a los que parecerse. Podré colocarme
frente a ti en determinados momentos para mostrar las
diferencias que nos enriquecerán a ambos y otras veces
podré caminar a tu lado pero siempre con seguridad. Me
sentiré tan bien como cuando estoy a solas, con esa tranquilidad
interna de "estar en casa". En definitiva, no tendré miedo
porque estaré en mí, no en ti.
Sólo de esa forma uno comprueba que lleva las riendas
de su vida. A veces he tenido esa sensación durante un
breve espacio de tiempo con alguna persona. Son momentos
en que caen todos los escudos y protecciones y el alma
se muestra tal cual es al otro. Pero sucede como en los
instantes de éxtasis o iluminación: no se pueden mantener
siempre. Visitas el hermoso jardín de un paraíso inimaginable
pero no puedes permanecer en él por mucho tiempo. Aquí
sucede lo mismo: gozas durante un rato de la plenitud
que supone la comunicación con otro ser sin ningún miedo
de por medio, percibes tu esencia al reconocerte en el
otro y después, cuando ese momento mágico se acaba, has
de volver a la "realidad" cotidiana en la que todavía
imperan otras reglas del juego.
Sin embargo, esos momentos son tremendamente importantes
porque nuestro cerebro -perfectamente diseñado aunque
no siempre bien utilizado- registra todo aquello que vivimos
y lo archiva y almacena de tal modo que esa experiencia
de manifestación de nuestro ser se convertirá en un faro
encendido que periódicamente nos recordará que eso es
posible, que nosotros lo experimentamos en un momento
determinado y que en cualquier momento podemos vivirlo
de nuevo. Y así, gracias a ese recuerdo sabemos que podremos
dirigir nuestra brújula hacia ese punto.
María
Pinar Merino