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| CÁNCER: LAS TERAPIAS CONVENCIONALES
HAN FRACASADO |
Cada año mueren de cáncer en España ¡100.000
personas! sólo en los hospitales, es decir, sin contar a quienes
se envía a morir a casa. Mariano Barbacid ha llegado a asegurar
que uno de cada cuatro españoles fallecerá por causa de esa
enfermedad. La Quimioterapia y la Radioterapia han demostrado
no sólo ser inútiles -absolutamente ningún fármaco quimioterápico
cura el cáncer- sino que se trata de terapias muy peligrosas.
De hecho, numerosos expertos afirman ya que la calidad de vida
y el grado de supervivencia es mayor entre quienes no se someten
a los tratamientos oncológicos. Aunque lo más grave es que hay
terapias mucho más eficaces que las oficialmente bendecidas...
pero esa información se oculta al ciudadano. Para constatarlo
basta leerse -lo publicamos íntegramente, sin cambios- la ponencia
de apertura del I Congreso Internacional sobre Tratamientos
Complementarios y Alternativos en Cáncer celebrado en Madrid
los pasados días 14 y 15 de Mayo, primero de este tipo que se
celebra en el mundo y que, sin lugar a dudas, va a marcar un
antes y un después en el tratamiento del cáncer.
Bien
amigos, la situación actual del cáncer en España -y las cifras
pueden extrapolarse al resto del mundo- es ésta: la mitad de la
población padecerá la enfermedad. Y de ellos, el 50% morirá. Es
decir, uno de cada cuatro españoles fallecerá de cáncer. No lo
decimos nosotros, por supuesto; no se trata de una exageración
periodística. Quien así lo afirmó hace apenas año y medio fue
el director del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas
Mariano Barbacid, máximo responsable de la investigación
oficial sobre esta enfermedad en España.
Obviamente eso no tiene por qué suceder con los aquí presentes
porque su asistencia a este congreso les va a permitir acceder
a una información que ha estado al alcance de poca gente. Son
ustedes pues, por el simple hecho de estar en este acto, unos
afortunados. Lo lamentable y vergonzoso es que esta información
no llegue a todo el mundo. Y no llega porque existen gigantescos
intereses económicos tras el cáncer. De hecho, comprobarán en
breve que la gran mayoría de los medios de comunicación social
no va a hacerse eco de este congreso. Y no será porque a los periodistas
que trabajan en ellos no les parezca importante el tema sino porque
no les dejarán ocuparse de ello las empresas dueñas de los medios
en los que trabajan o porque se lo impedirán los guardianes que
el sistema oncológico tiene entre los responsables de las secciones
de Salud de tales medios. En prensa, radio y televisión.
Y además intentarán minimizar la importancia de lo que aquí se
dice.
¿No lo creen?
Hagamos ucronía. Imaginen que un científico inventa un material
-quizás ya exista en realidad- que hace imperecederas las hojas
de las maquinillas de afeitar manuales. O imaginen que alguien
crea un cepillo de dientes cuyas púas y el mango permanecen inalterados
e impecables con el paso de los años. O que alguien inventa una
tela para camisas o jerseys que dura eternamente sin sufrir daño
alguno. O que se inventa un motor que funciona con agua u otro
combustible sin apenas valor por su abundancia. ¿Alguno de ustedes
cree que se iba a comercializar? Las empresas fabricantes, por
supuesto, estarían dispuestas a comprar de inmediato tales inventos
al precio que fuera... pero no para comercializarlos sino para
encerrarlos bajo llave y que jamás se usen. Porque el negocio
verdaderamente rentable consiste en vender un producto una y otra
vez... de manera indefinida.
Bueno, pues exactamente lo mismo ocurre en el ámbito de la salud.
A la gran industria farmacéutica que controla los sistemas sanitarios
de todo el mundo no les interesan los productos curativos. Y cuando
se entera de que existe alguno se plantea de inmediato comprarlo...
para evitar que se comercialice. Algo que a veces no consiguen
pero entonces utilizan todas sus influencias y resortes para que
el producto no se apruebe legalmente. Y cuando eso no es posible
se desprestigia para que no se crea en él. Eso es lo que ha pasado
-y pasa- con algunos productos. Son los casos del conocido Bio-Bac
y del Ukrain.
En otras ocasiones, sin embargo, se permite que se hable de ellos.
Y que salgan a la calle. Es una estrategia que permite usar ese
hecho como argumento para negar lo antes denunciado. Sólo que
luego se ponen todo tipo de impedimentos o se dificulta su conocimiento
entre el público. Y, por supuesto, a los profesionales sanitarios
-médicos y oncólogos- se les hace creer que su eficacia es mucho
menor de la real. Algunos de los productos de los que va a hablarse
en este congreso pueden encuadrarse en ese ámbito de actuación.
Y ustedes dirán: bueno, los productos quimioterápicos actuales
y la radioterapia consiguen muy buenos resultados. Los medios
de comunicación dan últimamente a menudo esperanzadoras noticias
sobre los avances científicos en la investigación sobre cáncer.
Y los resultados actuales con ellos son excelentes. Mucho mejores
que hace unos años. Lo repiten con frecuencia los representantes
de los grandes laboratorios y las autoridades médicas y sanitarias.
¿O no?
Bueno, pues no. En la curación del cáncer no se ha avanzado prácticamente
nada en las últimas décadas. Las frías cifras de muerte por cáncer
publicadas anualmente por el Instituto Nacional de Estadística
(INE) y que ustedes pueden consultar en Internet son contundentes.
En las últimas décadas, a pesar de la propaganda de las farmacéuticas
sobre los estupendos porcentajes de curación obtenidos en los
distintos "tipos de cáncer", el número de fallecidos por esa enfermedad
no ha dejado de aumentar en todo el mundo, incluido nuestro país.
Cada año mueren más españoles de cáncer que el anterior. Indefectiblemente.
Luego los porcentajes de curación alegados son falsos. Algo que
es posible porque -¡asómbrense!- no existen en España -ni en los
demás países del mundo- estadísticas fiables de las curaciones.
La razón es simple: los oncólogos sólo siguen el estado de los
enfermos de cáncer durante cinco años. A partir de ahí todo superviviente
pasa a engrosar la estadística de "curaciones clínicas." Aunque
se muera al día siguiente. A los cinco años y un día. Esa persona,
fallecida un día después -o un mes o tres años, no importa- estadísticamente
está "clínicamente curado". Una falacia que es posible porque
el sistema se ha encargado de que nadie controle a partir de entonces
a esos pacientes. Nadie sigue su evolución. No interesa. La mentira
se descubriría de inmediato.
Obviamente, hubo investigadores que se dieron cuenta y lo denunciaron.
Sus libros están ahí...sólo que nadie los lee. La gran industria
se ha ocupado de que no se hable de ellos para que no se conozcan.
Es, por ejemplo, el caso del cirujano alemán Werner E. Loecke
quien hace ya varios años denunció toda esta manipulación
en su libro Krebs-Alarm. Según él, la explicación a los
aparentes éxitos de algunos fármacos es sencilla: los manipuladores
de las estadísticas "corrieron hacia delante los límites de
los estadios clásicos del cáncer" Dicho de otra forma, lo
que hoy día se diagnostica como "estadio I" de la enfermedad -un
cáncer en su fase inicial- no se podía siquiera descubrir años
antes. En esa época todas las personas enfermas con "tumores malignos"
pero indetectables se consideraban sanas. Y, obviamente, si a
uno se le detecta el cáncer mucho antes, cuando el tumor es aún
diminuto, las posibilidades de superar los cinco años de sobrevivencia
-la barrera mágica de los oncólogos que permite alardear de que
los tratamientos ortodoxos sirven para algo- son mucho mayores.
Es evidente que no es lo mismo superar ese lustro cuando se detecta
el tumor teniendo ya dos o tres centímetros que cuando se detecta
cuando sólo tiene dos o tres milímetros. Se gana un tiempo precioso...
para que el enfermo engorde la estadística de pacientes de cáncer
tratados y "curados clínicamente".
¿Se entiende ahora por qué es tan "importante" un diagnóstico
precoz? Pues es simple: no lo es porque eso implique que el paciente
tenga más probabilidades de curarse. Cuando no se sabe cómo curar
un cáncer el hecho de que se empiece a tratar al enfermo cuando
el tumor tiene tres milímetros o tres centímetros es indiferente.
El enfermo se morirá de todas formas. Pero para los manipuladores
de estadísticas no es lo mismo presumir de que la persona ha vivido
más de cinco años que reconocer que se les muere a los dos. Así
que es importante concienciar a la gente de la importancia del
diagnóstico precoz. Eso les permite a las empresas "mejorar" o
"maquillar" los presuntos resultados obtenidos. Especialmente
porque se puede incluir a todos los casos dudosos en el porcentaje
de cánceres "estadio I" y cuando se comprueba que el cáncer no
se desarrolla... incluirlos entre los casos de cáncer curados.
Aunque en muchas ocasiones no hayan tenido en realidad cáncer.
La verdad es que el diagnóstico precoz sólo es útil cuando se
trata de un tumor aislado que se puede extirpar sin que se haya
extendido por la zona adyacente. En suma, con el diagnóstico precoz
no se consigue una sola curación real pero sí virtual: se engorda
la cifra de personas que sobreviven cinco años. Es decir, de los
que los oncólogos llaman "curaciones". Que no son tales aunque
saben que les basta no mencionar la expresión "clínica" -siempre
se puede alegar que se daba por sobreentendido- para que los profanos
-especialmente los periodistas y los políticos, dos especies mucho
más fáciles de engañar de lo que parece- se crean que se está
hablando de curaciones reales, es decir, de la desaparición del
cáncer. Lo que no ocurre más que en porcentajes pequeñísimos.
Esto agrava la falta de ética que supone dar a los enfermos fármacos
cuando se sabe de ellos que no sólo no curan el cáncer sino que
encima provocan graves daños en el organismo. Hoy puede afirmarse
con rotundidad que la mayoría de los fármacos legalmente aprobados
y que, para mayor escarnio, sufraga el estado no sólo no ayudan
al enfermo a sanar o a detener el avance de la enfermedad sino
que le hacen además empeorar. Hasta el punto de que hoy día cada
vez más médicos -oncólogos incluidos- empiezan a darse cuenta
de que sobreviven más años y con mejor calidad de vida los pacientes
que no se someten a ningún tratamiento que quienes reciben tratamientos
quimioterápicos o radioterápicos. Y esto ya es de una gravedad
extrema.
La gran industria intenta a pesar de todo vendernos la especie
de que sí hay resultados, de que hay numerosas curaciones "reales".
Y lo hace asegurando que la razón de que el número de muertos
por cáncer aumente año tras año desde hace décadas se debe a que
la masa de población ha aumentado y además vivimos más años. Por
supuesto, mienten de nuevo. ¿O es que alguien se cree que en los
últimos 50 años la expectativa del ser humano ha cambiado sustancialmente?
¡Es prácticamente la misma! Y en cuanto a la falacia de que la
razón se debe al aumento de población... las propias cifras del
Instituto Nacional de Estadística (INE) echan abajo ese argumento.
Basta atender a un sólo parámetro: la tasa de mortalidad por cada
cien mil habitantes. Ésa no engaña sobre ese punto. Y resulta
que el porcentaje de muertes a causa del cáncer por cada cien
mil habitantes ¡ha aumentado entre 1991 y 2003 un 20%!
Es más, las frías cifras indican que en España, en 1980, de cada
4 personas que murieron por enfermedad una falleció por cáncer.
En el 2000, sin embargo, esa proporción había aumentado de manera
que ya entonces, hace cinco años, los fallecidos por cáncer eran
uno de cada tres.
Y añadiremos que si en general en todos los países las cosas van
mal, el último estudio realizado sobre la situación del cáncer
en Europa y publicado hace sólo unas semanas en Annals of Oncology
reflejaba una especial preocupación por el hecho de que en
España y Portugal no se aprecian tendencias descendentes en la
muerte por los cánceres más comunes. Según datos del año 2003
publicados por esa revista las muertes por cáncer en España han
aumentado ¡un 41% en 15 años! Un incremento superior ¡en 30 puntos!
a la media de la Unión Europea en ese período. Claro que en el
ámbito oncológico España no es sino el furgón de cola de un sistema
que encabeza Estados Unidos. Y allí las cosas no están mucho mejor.
¿Puede extrañarle a alguien, ante todo esto, que James Watson
-premio Nobel de Medicina en 1962, codescubridor de la doble hélice
del ADN y durante dos años miembro del Comité Asesor Nacional
sobre Cáncer de Estados Unidos-, al serle recabada su opinión
sobre el Programa Nacional contra el Cáncer, respondiera rápidamente
¡"Es una mierda!".
Pero sigamos. ¿Saben ustedes cuántas personas enferman en España
de cáncer cada año? No se sabe. ¿Cuántas mueren realmente por
esa causa? No se sabe. ¿Cuántas fallecen antes de haber transcurrido
un año de habérselas descubierto el cáncer? No se sabe. ¿Cuántas
sobreviven dos, tres, cuatro, cinco años o más a los tratamientos?
No se sabe. ¿Cuál es la eficacia real de los tratamientos, especialmente
de los nuevos antitumorales? No se sabe. Pero, bueno, -imaginamos
que se preguntarán ustedes-, ¿es que no hay estadísticas a nivel
nacional sobre el cáncer? Y la respuesta es NO. ¿Y por qué? Pues
porque no interesa. Porque contra las frías cifras no se puede
hacer nada, no se pueden difundir mentiras interesadas una y otra
vez. El Ministerio de Sanidad y Consumo no tiene datos. La Asociación
Española contra el Cáncer y la Asociación Española de Investigación
sobre el Cáncer tampoco. Los grandes laboratorios de investigación
de fármacos para combatir la "enfermedad", mucho menos. No hay
datos fiables de nada. Sólo se controlan ocho o nueve hospitales
y luego se extrapolan sus resultados a nivel nacional. El único
organismo que tiene datos reales concretos y medianamente fiables
en España es el Instituto Nacional de Estadística y se
refieren sólo a la morbilidad hospitalaria. Es decir, lo único
que de verdad se sabe es cuántas personas mueren en los hospitales
a causa del cáncer. Están a disposición de quien quiera consultarlos
en Internet. Y esos datos indican que cada año mueren en los hospitales
unas 380.000 personas de las que casi 100.000 fallecen
a causa de tumores cancerígenos (es decir, ¡como si hubiera 520
atentados terroristas como el del 11 M... cada año!). Una
cifra mareante que, encima, no refleja la realidad porque buena
parte de los enfermos terminales son enviados a morir a sus casas
por los oncólogos "cuando ya no pueden hacer nada por ellos".
En suma, ¿cuántas personas mueren de verdad de cáncer en España
si sólo en los hospitales fallecen casi cien mil al año? ¿Un 50%
más? ¿El doble? No se sabe. Pero eso sí, se ha avanzado muchísimo
en la investigación y tratamiento del cáncer....
Actualmente hay tres vías con las que la Medicina convencional
afronta el problema del cáncer: la Cirugía, la Quimioterapia y
la Radioterapia.
En lo que se refiere a la cirugía es cierto que cuando un tumor
es muy pequeño y se extirpa antes de que se extienda, cuando aún
está aislado, en la fase inicial, hay cierto grado de éxito. Pero
incluso en casos incipientes, sin metástasis, la cirugía sola
no es suficiente -según datos del Manual Merck- en el 63%
de los casos de cáncer de pulmón, en el 35% de los cánceres de
boca, testículo, riñón, vejiga, colon, mama, útero, próstata,
ovarios y laringe. En cambio, es eficaz en el 94% de los casos
de cuello uterino.
En cuanto a la Radioterapia los oncólogos reconocen que los resultados
son muy escasos. Es ineficaz en un alto porcentaje de cánceres.
Según el Manual Merck la radioterapia sola no es aceptable
más que en casos de cáncer iniciales de testículos, en la llamada
Enfermedad de Hodgkin, en los linfomas no hodgkinianos y en los
cánceres de próstata (entre el 67 y el 90% de los mismos).
Y en cuanto a la Quimioterapia el mismo manual indica que, por
sí sola, tiene cierto éxito en los casos iniciales de coriocarcinomas,
cáncer de testículos -excepto seminomas-, la enfermedad de Hodking,
el linfoma de Burkitt y el linfoma linfoblástico.
¿Y el resultado de combinar las tres terapias, es decir, cirugía-radioterapia,
cirugía-quimioterapia, radioterapia-quimioterapia y cirugía-radioterapia-quimioterapia?
Pues hay que decir que no se logran resultados mucho mejores en
la mayor parte de los casos comentados aunque sí ayuda en otros
cánceres no mencionados como los de endometrio, estómago, riñón
-tumor de Wilms-, sarcoma de Ewing y meduloblastomas.
Ahora bien, estamos hablando de los resultados que se obtienen
en las fases iniciales de desarrollo del cáncer. Y hablamos
de supervivencia, no de curación real del cáncer, de su desaparición.
Porque cuando el tumor es grande o se ha extendido los resultados
son muy otros. En tales ocasiones incluso los porcentajes de "curación
clínica" -es decir, supervivencia de 5 años sin que se manifieste
de nuevo el cáncer- son muy bajos.
Y no perdamos de vista otra cosa: la Radioterapia y la Quimioterapia
tienen gravísimos efectos secundarios. Estos varían mucho de un
paciente a otro pero las náuseas, los vómitos, la fatiga intensa,
la caída del pelo y la pérdida de glóbulos en sangre son los más
frecuentes. Al menos tres de cada cuatro pacientes padecerá además
anemia severa con la consecuente debilidad, somnolencia, dolor
de cabeza, fatiga constante, falta de aire y palpitaciones aunque
no necesariamente se presenten a la vez todos los síntomas descritos.
Y también bajan los glóbulos blancos ya que resulta afectada la
médula ósea y disminuyen las plaquetas. Es más, ambas terapias
provocan inflamación e incluso úlceras en las membranas mucosas
así como en la boca y la garganta. Pueden asimismo irritar y dañar
las venas inutilizándolas temporal o permanentemente. O provocar
una flebitis. Y, por supuesto, si se trata de una embarazada provocar
serias malformaciones en el feto; de hecho, lo normal es que nazca
muerto.
Y es que el organismo se intoxica gravemente con la quimioterapia,
muchas veces de forma irremediable. Con lo que se da la paradoja
de que al enfermo le puede desaparecer su tumor... pero se muere
algún tiempo después porque el organismo le falla al estar envenenado.
Eso sí, a nivel estadístico esa persona no habrá ya muerto de
cáncer sino de otra cosa. ¡Hay que proteger las estadísticas!
Con lo que muchas veces esa persona figura entre los enfermos
"libres de cáncer"... a pesar de que ha muerto. Aunque lo más
sangrante y que nadie comenta es que tanto la Radioterapia como
la Quimioterapia, que se utilizan para combatir el cáncer, pueden
a su vez provocar cáncer.
Un sarcasmo.
Llegados a este punto no podemos dejar ya de denunciar públicamente,
de forma clara y rotunda, que el problema del cáncer está siendo
manipulado de forma vergonzosa. En ningún lugar de Occidente se
está atendiendo a consideraciones sanitarias sino políticas. Hay
una orden no escrita que hace que las autoridades de todo el mundo
intenten minimizar el problema ocultando la verdad. Por eso no
se hacen estadísticas oficiales y constatables de los índices
de supervivencia en los tratamientos convencionales. Los "éxitos"
que con la cirugía, la Quimioterapia y la Radioterapia se supone
que se obtienen los aportan quienes fabrican los aparatos de radioterapia,
los laboratorios que desarrollan los fármacos y, en el mejor de
los casos, los oncólogos que practican ambas técnicas terapéuticas.
De la credibilidad de los fabricantes y laboratorios no hay mucho
que explicar porque de vez en cuando la propia FDA norteamericana,
harta probablemente de tanta mentira, les tiene que reconvenir.
Hoy hasta la fiabilidad de los ensayos clínicos está ampliamente
cuestionada. Muchos no se efectúan a doble ciego. Y buena parte
no los controlan equipos independientes. Es más, ni siquiera los
oncólogos que los dirigen tienen muchas veces acceso a los datos
completos para corroborar la eficacia de lo que hacen por lo que,
cuando su fracaso es alto, terminan pensando que han tenido la
mala suerte de que a ellos les llegan casos muy difíciles pero
como a otros compañeros les va mejor -eso dicen las estadísticas-
lo que tienen que hacer es no desesperar.
Sin embargo, los escasísimos datos fiables que existen son tozudos.
Según el Instituto Nacional de Estadística muere hoy casi en España
el doble de personas por tumores que hace dos décadas. En 1980
fallecieron de cáncer, sólo en los hospitales españoles, 58.431
personas. En l985 -cinco años después- fueron 68.779. En 1990,
79.609. En 1995 se llegó a 89.493. Y en 1999, 94.566. Hoy alcanzamos
casi las 100.000 muertes anuales Lo que supone el 25% de todas
las muertes habidas en hospitales. Siendo los índices de mortandad
más altos en los casos de cánceres de tráquea, bronquios y
pulmón -en primer lugar- y los de colon (la mitad de
casos que los anteriores). Les siguen a poca distancia los cánceres
"mal definidos, secundarios y no especificados" y los de
estómago, mama, próstata, hígado, tejido linfático, vejiga
y páncreas. Es decir, que el número más alto de fallecimientos
se da entre buena parte de quienes padecen los tipos de cáncer
que se supone mejor resultado tienen con Quimioterapia y Radioterapia.
¿Alguien lo entiende?
La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó recientemente
su Informe Mundial del Cáncer y en él ya se reconoce esperar
que los casos de cáncer aumenten un 50% y pasen de los 10 millones
de casos registrados en todo el mundo en el 2000 a 15 millones
en el 2020. Y eso que durante los últimos 20 años el mundo se
ha gastado en investigación del cáncer cerca de 15.000 millones
de euros (¡dos billones y medio de las antiguas pesetas!).
¿No va siendo hora de que los oncólogos empiecen a replantearse
si lo que creen saber del cáncer tiene fundamento, si no estarán
equivocados?
En febrero del 2003 publicamos en Discovery DSALUD una
entrevista con la doctora Ghislaine Lanctôt, autora del
best seller mundial "La mafia médica", en la que
ésta denunciaba abierta y valientemente la corrupción del actual
sistema sanitario, "permitida y amparada por médicos y gobiernos
en beneficio de las grandes empresas farmacéuticas". Pues
bien, hace ya muchos años se publicó otra obra esclarecedora que
tenía un título similar: La mafia del cáncer. Escrito por
Christian Bachmann, un periodista alemán de investigación,
el libro, riguroso y perfectamente documentado, constituye una
denuncia brutal -e inatacable- de la práctica oncológica vigente.
Un documento cuyo contenido, a pesar de haber transcurrido varios
años, sigue estando de plena actualidad. En él se revela un informe
del Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos elaborado
en 1979 que reconoce que "en el lapso de los últimos 23 años
la barrera de los 5 años de sobrevivencia para todos los tipos
de cáncer sólo ha mejorado en un 2%. Y precisamente en los tipos
más comunes y frecuentes de cáncer las gráficas que indican la
sobrevivencia están totalmente inmóviles desde hace decenios.
El 'New England Journal.of Medicine' reconoce que desde 1955 la
cifra de curación en pacientes con 'cáncer de mama' ha permanecido
prácticamente constante. Y en el cáncer de estómago y de intestino
grueso hay una ausencia total de éxito desde hace 40 años. Un
reconocimiento público -añade- que fue mal muy recibido
por el alto mundo especializado."
Bachmann explica luego que la práctica totalidad de los medios
de comunicación suelen participar "con celo y esmero" en
las "campañas de encubrimiento" de la verdad. Y agrega
que por eso, por ejemplo, "las grandes y calificadas revistas
norteamericanas lograron acallar durante años las palabras del
investigador Hardin B. Jones, cuyos trabajos mostraban
al desnudo las escandalosas irregularidades que se cometían en
las estadísticas del cáncer a fin de maquillar los resultados
de los ineficaces tratamientos" de hoy.
Jones -entonces profesor de la Universidad de California- denunció
en un seminario celebrado en 1975 ante numerosos periodistas especializados
de todo el mundo lo que había descubierto. Según explicó, en las
investigaciones para comprobar la eficacia de los fármacos muchos
pacientes desahuciados eran colocados en el grupo "testigo" -es
decir, en el de aquellos pacientes a los que sólo se les da un
placebo y no el tratamiento que se va a probar- con lo que el
índice de supervivencia de ese "grupo de control" resultó ser
muy bajo. En cambio, en el grupo de personas a las que se iba
a administrar el tratamiento no sólo no había nadie desahuciado
sino que se incluía en él a quienes tenían ya de por sí mayores
posibilidades de sobrevivir. Y, encima, a los enfermos de este
segundo grupo que fallecían tempranamente se les excluía del estudio
-una vez empezado- para que no se contabilizaran sus muertes con
la excusa de que no habían sido tratados "durante el tiempo suficiente"
con el tratamiento para ser tenidos en cuenta. En suma, se favorecía
desde el principio "de forma engañosa e indecente" al grupo
de pacientes asistidos con el producto o tratamiento que se estaba
estudiando.
Jones denunció además que desde 1940, debido a la nueva "definición
científica" de lo que se consideraba "cáncer", se estaban clasificando
como tales tumores de dudosa malignidad. Y aseguró que fue a partir
de ese momento cuando creció rápida y espectacularmente la cifra
de "curaciones de cáncer". Explicó luego que había comprobado
cómo la cifra de "curaciones" conseguida se correspondía precisamente,
en todos los estudios revisados, con el porcentaje de "diagnósticos
dudosos". En otras palabras: muchos de los que presuntamente se
curaban de cáncer... no habían tenido probablemente jamás esa
enfermedad.
Pero Jones fue aún mucho más allá. Porque resulta que, una vez
corregidas esas "irregularidades" en las estadísticas estudiadas,
llegó a la conclusión -como antes adelantamos- de que "la expectativa
de vida de los pacientes con cáncer que no fueron tratados parece
ser mayor y mejor que la de los que se someten a tratamiento".
En suma, según Jones los tratamientos oficiales para el cáncer
no sólo no ayudan sino que son peligrosos. O, dicho de otra manera:
los enfermos de cáncer que no se someten a ningún tratamiento
convencional viven más tiempo y con más calidad de vida que quienes
se someten a ellos.
¿Y que pasó con tan increíble revelación? El periodista científico
Gary Nuil lo resumió en su momento: "Sólo dos de los
centenares de periodistas que asistieron al simposio lograron
que tan asombrosa información fuese publicada". Un silencio
que se mantuvo en los años siguientes a pesar de que Jones demostró
entre 1975 y 1978 -con mayor lujo aún de detalles- que se había
utilizado esa misma argucia en otros trabajos. Todos sus hallazgos
fueron silenciados sistemáticamente por los medios de comunicación.
Hardin B. Jones murió en 1978.
Sin comentarios.
Evidentemente, a muchos oncólogos les da hoy ya tanta vergüenza
esa manipulación tan descarada de la realidad que empiezan a negarse
a hablar de "curación" y utilizan ya sólo el término "sobrevivencia".
Estamos seguros de que a muchos de ustedes lo que les estamos
contando les parecerá increíble. Es más, estamos persuadidos de
que buena parte pensará que un cáncer debe ser algo fácilmente
reconocible, especialmente a simple vista. Si no cuando un tumor
es pequeño, sí al menos cuando ya está extendido; cuando, por
ejemplo, hay metástasis generalizada. Bueno, pues no es verdad.
Basta para demostrarlo llevar una misma muestra a varios patólogos
para que la examinen y hagan una biopsia. Se comprobará que, con
mucha frecuencia, se dan diagnósticos diferentes. Que en unos
casos se diagnosticará el tejido como canceroso y en otras el
resultado será negativo.
Y es que la creencia de que se puede saber si una célula es cancerosa
o no viendo simplemente su comportamiento bajo el microscopio
es falsa. El método del extendido celular de Papanicoalu, por
ejemplo, tan practicado durante años (con un porta-algodón se
toman células superficiales del cuello de la matriz y se mandan
al laboratorio para su examen) tiene un porcentaje de error bastante
alto. Y como los patólogos, en sus diagnósticos, van "sobre seguro",
el número de pacientes que entran a formar parte de la estadística
con el diagnóstico de vegetaciones malignas cuando en realidad
son benignas es igualmente alto. Además, luego pasan a engrosar
la lista de "pacientes curados". Y total, sólo hay que hacerle
a la mujer una histerectomía y quitarle el útero. A fin de cuentas
-argumentan muchos médicos-, a ciertas edades, ¿para qué lo quiere
una mujer si ya no va a tener hijos? Y es mejor prevenir...
Bachmann, muy crítico con lo que sucede, comenta a este respecto
en su libro: "(...) Es evidente que cada día se hacen más histerectomías
innecesarias. La mayoría se hacen para mantener ocupados a los
cirujanos y formar nuevos. Como la frecuencia del cáncer de matriz
está disminuyendo, las grandes clínicas se quedan sin trabajo
y como 'eso no puede ser', los hallazgos ginecológicos insignificantes
se elevan a la categoría de casos quirúrgicos. Según una investigación
norteamericana, la extirpación de la matriz se hace 3 veces más
cuando los cirujanos cobran por cada operación que hacen. El salario
fijo los vuelve reposados y conservadores."
Bachmann añade más adelante: "Puede que el lego se deje
impresionar por las grandes diferencias entre los años de sobrevivencia
de cánceres descubiertos tempranamente y los diagnosticados tardíamente.
El pobre no se da cuenta de que lo tienen sometido a un trío de
barata prestidigitación pues le están comparando partidas que
no pueden compararse. Junto a Loeckle cayeron, además,
en la cuenta de este error fundamental Kothari y Wetha,
especialistas del cáncer del Medical College de Bombay. "Comparables"
son los años de sobrevivencia de pacientes con los mismos estadios
de cáncer pero con diferente tratamiento. La "tasa de curaciones"
real sería, exactamente definido, el número de pacientes tratados
que aún esté vivo después de 5 años menos el número de pacientes
que aún está con vida sin haber recibido tratamiento alguno para
su cáncer." Y todo esto en el caso de que realmente pudieran
compararse los casos elegidos entre los dos grupos, algo harto
difícil de conseguir por no decir imposible, por lo que en la
práctica hay que darse por satisfecho con la comparación de pacientes
que en edad, sexo y estadio del tumor se asemejen lo más posible.
A esas reflexiones cabe añadir otras. Porque habría que saber
también cuántos falsos positivos, es decir, personas que han sido
tratadas de cáncer sin tenerlo, se incluyen entre los porcentajes
de "curación clínica". Y habría que plantearse a cuántas personas
los fármacos les han acortado la vida en lugar de alargársela
habiendo además convertido en un infierno sus últimos meses.
El conocido epidemiólogo alemán Dieter Hoelzel -del Centro
Clínico de la Universidad de Munich- afirmó con rotundidad
hace sólo unos meses que en los últimos 25 años no ha habido
"ningún progreso" en la supervivencia de cáncer metástatico
de colon, pecho, pulmón y próstata, causantes del 80% de las muertes
por esta enfermedad en los países desarrollados. Las proporciones
de supervivencia -aseguró- NO HAN MEJORADO durante las últimas
décadas. Los pacientes de hoy mueren de cáncer tan rápido como
lo hacían los enfermos de hace 25 años.
En 1990 el Dr. Ulrich Abel, experto en Bioestadística Oncológica,
publicó una de las obras más críticas con los tratamientos oficiales
del cáncer. La revisó en 1995 y nos confirmó sus conclusiones
antes de la publicación de un reportaje sobre la Quimioterapia
que sacamos en Discovery DSALUD hace dos años. Abel escribió lo
siguiente: "No hay evidencia, para la gran mayoría de los casos
de cáncer, de que el tratamiento con estos fármacos produzca resultados
positivos en los pacientes con enfermedad avanzada, sea en expectativas
de vida o en calidad de vida. La casi dogmática creencia en la
eficacia de la Quimioterapia se basa con frecuencia en conclusiones
falsas extraídas de datos inapropiados".
Créannos. Podríamos estar aquí citando durante los dos días del
congreso opiniones parecidas sobre los tratamientos oncológicos
actuales y su falta de resultados. Pero nadie quiere escuchar.
Especialmente la mayoría de los oncólogos. Aunque no todos, es
verdad. De hecho, algunos ya se han rebelado. Se sorprenderían
ustedes del número de oncólogos que está hoy en contacto con la
revista. Y más si les oyeran manifestarnos que están de acuerdo
con nuestras denuncias pero no son libres para actuar. Oncólogos
que gracias a su cambio de actitud han aprendido a escuchar a
sus pacientes y éstos les han recompensado siendo sinceros con
ellos. Por ejemplo, confesándoles que junto a los tratamientos
que les mandaban... seguían paralelamente otros tratamientos.
Algo que nos consta hace hoy la inmensa mayoría... pero se lo
ocultan a sus oncólogos. Incluso los que están sometidos a control
en protocolos de investigación con lo que los resultados de los
estudios están contaminados. Algo que nosotros sabemos desde hace
años. Podemos asegurarles que no son menos de tres centenares
los enfermos de cáncer que en los últimos seis años, en contacto
con la revista, nos han confesado seguir tratamientos complementarios
a los que les mandaban sus oncólogos y todos, sin excepción, afirmaban
no habérselo dicho a sus médicos. Todos. Y nos decían que no se
lo confesaban por temor a su reacción -especialmente entre quienes
habían aceptado someterse a algún protocolo para probar un producto
experimental- y porque creían que ello podría llevarles a quedarse
sin atender en lo que de verdad entienden fundamental: las carísimas
pruebas diagnósticas.
Pueden ustedes imaginar la gravedad de este hecho. Nosotros se
lo hemos querido hacer entender a quienes nos llamaban pero sin
demasiado éxito. Porque si ese doble tratamiento se produce hoy
de forma mayoritaria la fiabilidad de los ensayos clínicos está
por completo en entredicho.
Y por cierto, un reciente estudio publicado sobre el uso de terapias
alternativas en cáncer ha terminado con el mito de que quienes
recurren a ellas son pobre gente engañada. El informe dice todo
lo contrario: el perfil medio es el de mujer joven con nivel educativo
muy alto.
En suma, cuando uno es consciente de que la vida de un paciente
está en sus manos y sabe que las terapias que conoce no funcionan
debe tener la humildad de reconocerlo y buscar donde sea conocimientos
nuevos... aunque sea al margen del sistema. Porque es el sistema
actual, montado en torno a lo que muchos ya definen como "el
negocio del cáncer", el responsable de la actual situación.
Y por eso hoy, como periodistas informados, nos vemos en la obligación
de denunciar ese entramado económico del que unos son culpables
por negligencia y otros por ignorancia.
Un
sistema que, como hemos, visto no cura.
Un
sistema que trabaja con animales en modelos de investigación básica
que no está demostrado que sirvan para el hombre.
Un
sistema que prefiere buscar nuevas formas de destrozar un tumor
-que no mata- pero invierte muy poco en estudiar las metástasis.
Un
sistema que privilegia investigaciones sobre productos de escasos
efectos pero alto rendimiento económico.
Un
sistema que defiende grandes ensayos clínicos multicéntricos de
enorme coste sólo soportable por grandes corporaciones pero con
pocos beneficios en expectativas de vida.
Un
sistema que rechaza con argucias legales, administrativas y judiciales
toda posibilidad de buscar soluciones alternativas al margen de
los grandes intereses económicos que han acabado, ante la inoperancia
de los poderes públicos, por monopolizar la investigación privada.
Un
sistema que hasta utiliza a los jueces para que validen las teorías
oficiales como las únicas aceptables a pesar de sus escasísimos
resultados y persigue, y hasta intenta encarcelar, a quienes se
atreven a disentir.
Y no son afirmaciones gratuitas. Según PubliMed -el banco
de datos médico más importante de Internet-, en los últimos años
se han publicado MAS DE MILLÓN Y MEDIO DE ESTUDIOS sobre el cáncer.
Sólo que, como en su día denunció la revista Fortune, la
mayor parte de los fondos se han destinado a investigaciones que
enfocan su trabajo en mecanismos muy específicos, genéticos o
moleculares, del interior de la célula cancerosa o en la reacción
de sustancias en tejidos "in vitro".
Hoy los científicos creen conocer casi todos los pasos bioquímicos
que una célula sana utiliza para multiplicarse y programar su
muerte en el momento correcto. Saben incluso -o dicen que saben-
cómo esos mismos mecanismos van cambiando en una célula cancerosa.
Pero miles de millones de euros después ¡siguen sin saber como
tratar el cáncer porque se empeñan en enfocar la enfermedad desde
puntos de vista cada vez más reduccionistas!
Si un investigador realiza un trabajo en el que demuestra que
un ligero cambio en un gen tiene un efecto significativo en el
tumor de un ratón el trabajo tiene muchas posibilidades de publicarse
en alguna "prestigiosa" revista. Así se consigue la reputación
y el dinero. Por el contrario, los científicos que piensan holísticamente
sobre el cáncer y no se centran en combatir los tumores así como
quienes proponen perspectivas completamente nuevas sobre su etiología
y tratamiento no pueden acceder a los fondos de investigación.
Es verdad que la metástasis es un mecanismo que involucra docenas
de procesos y es duro hacer réplicas experimentales cuando hay
tantas variables pero es ÉSE el tipo de investigación que necesitamos.
En cambio, los investigadores optan por experimentos más sencillos
que generen resultados reproducibles porque así se aseguran nuevos
fondos y contribuyen al desarrollo de nuevos fármacos. Aunque
sólo sirvan para tratar de reducir el tamaño del tumor y no para
curar un cáncer. Según PubliMed se han publicado ya 150.855
estudios experimentales en ratones. ¿Y cuántos de ellos han aportado
algo realmente eficaz en las terapias contra el cáncer? Muy pocos,
por no decir sin más que ninguno.
Y es que aunque parezca increíble nadie parece darse cuenta de
que el gen de un ratón puede ser muy similar al gen de un humano
pero el "resto del ratón" es muy diferente; y, desde luego, carecen
de nuestra compleja vida social y emocional (bueno, aparentemente
al menos).
Resumiendo el pensamiento de otros muchos, citaremos a Homer
Pearce, cuya opinión tiene especial significado por haber
trabajado como director de Investigación del Cáncer e Investigación
Clínica en uno de los principales laboratorios a nivel mundial.
Para él, los modelos de ratón -y cito sus palabras textualmente-
"son tristemente inadecuados para determinar si una droga funcionará
en humanos. Si usted mira a los millones y millones y millones
de ratones que se han curado de cánceres inducidos y analiza el
éxito relativo -o la falta de él- que hemos logrado clínicamente
en el tratamiento de enfermedades metastásicas comprenderá que,
definitivamente, hay algo que NO funciona en el modelo".
Robert Weinberg, ganador de la Medalla Nacional de
Ciencias, fue aún más contundente afirmando que el modelo preclínico
de cáncer humano en gran parte "apesta". Barbacid ha sido
desde luego más sutil y se ha limitado a reconocer que la mayoría
de los fármacos de los que disponen los médicos hoy para tratar
a los pacientes son "prehistóricos" y apuesta por nuevos modelos
más "predictivos". Con lo que además de escoger mal el modelo
sigue escogiendo mal el objetivo. Barbacid -y con él la mayoría
de los oncólogos- sigue pensando en que para vencer al cáncer
hay que atacar el tumor... como si reducir su tamaño o retrasar
su crecimiento supusiera la curación del cáncer. CUANDO ESO NO
ES ASÍ... Y SE SABE.
Es más, muchas veces, en ese intento de atacar, de reducir el
tumor a través de la cirugía, la radioterapia o la quimioterapia
se provoca la metástasis... que es la que realmente mata. Por
eso llama la atención el escaso esfuerzo inversor en su investigación.
De los fondos concedidos por el Instituto Nacional del Cáncer
de Estados Unidos desde 1972 MENOS del 0.5% de las
propuestas subvencionadas estaban enfocadas a saber algo más sobre
las metástasis. De casi 8.900 propuestas aprobadas en el 2002
para la obtención de fondos, el 92% ni siquiera menciona la palabra
metástasis. Y ese es el principal problema: no buscamos donde
más se necesita. ¿Por qué? Porque ese tipo de investigaciones
es más complicado, da más trabajo, dura más tiempo y cuesta mucho
más sin beneficios a corto plazo.
Aunque donde el sistema enseña su peor cara es en los ensayos
clínicos con pacientes, herramienta fundamental para aprobar nuevas
terapias o medicamentos y en los que, desde luego, no parece tener
mucha esperanza tampoco Barbacid, cuando augura "el fracaso" para
la mayoría de los fármacos actualmente en ensayo clínico.
David Horrobin, científico, fundador de dos compañías de
Biotecnología, especializado en tratamientos para enfermedades
psiquiátricas y neurodegenerativas, profesor en la Universidad
de Oxford y autor o coautor de más de 800 artículos científicos,
murió de pulmonía mientras era tratado de cáncer el 1 de abril
del 2003. Pero tres meses antes dejó escrito un demoledor artículo
en la revista Lancet, su testamento científico, sobre lo
que había aprendido durante su enfermedad. Científico y víctima,
conoció mientras se moría la dura realidad de una enfermedad convertida
en negocio. Queremos por ello prestarle hoy nuestra voz para que
ustedes le escuchen explicar la realidad que él mismo desconocía
y que aprendió cuando el cáncer se abatió sobre él.
"Los grandes ensayos en centros múltiples -escribió Horrobin-
tardan casi siempre mucho más tiempo para completarse y son enormemente
más caros que los ensayos en un único centro pequeño. Pero también
se han vuelto fuentes de grandes ingresos para muchas instituciones.
Dado además que los grandes ensayos se han vuelto la norma los
profesionales que toman parte en ellos están ahora reconciliados
con la idea de que así los ensayos durarán siempre y se garantizarán
los ingresos. Como resultado, la mayoría de los pacientes que
entran en la mayoría de los ensayos de Oncología mueren antes
de que los resultados sean conocidos. Eso sí, las instituciones
en las que están tratándose obtendrán enormes beneficios económicos.
Pues bien ,en la mayor parte de los impresos de información que
se da a los pacientes no se menciona ese hecho. Y esa omisión
es inmoral".
"Los grandes ensayos cuestan hoy mucho dinero y eso implica que
sólo pueden ser realizados si lo que se descubre puede protegerse
con una patente. Como cuestan cantidades enormes de dinero raramente
son financiados con dinero público o procedente de instituciones
benéficas o públicas. Es decir, que lo que el 'alto coste' normalmente
significa es que SÓLO por intereses comerciales se puede permitir
alguien el lujo de financiar un gran ensayo. Y como tales compañías
tienen que rentabilizar la inversión los ensayos se dirigen SOLO
a una parte diminuta de la amplia gama de potenciales terapias
contra el cáncer".
"Y esa parte consiste en nuevos productos químicos que tengan
una vida comercial bajo patente de al menos 10 o, preferentemente,
15 años. A los enfermos de cáncer que aceptan entrar a formar
parte en los ensayos, claro, no se les dice que sólo van a acceder
a una parte pequeña de las terapias potenciales. Ni se le dice
que los investigadores, en la mayoría de las instituciones, cuando
se plantean en qué ensayos trabajar están fuertemente influidos
por el tamaño de la contribución financiera del patrocinador comercial.
Por desgracia, hay poco de altruismo en ello".
Lo denunciado por Horrobin no va, evidentemente, a animar a muchos
enfermos de cáncer a asumir el riesgo de formar en el futuro parte
de algún nuevo ensayo. Pero tampoco a tratar de descubrir nuevos
medicamentos. No anima a investigar nuevos enfoques. No cuando
un medicamento tarda en llegar al mercado, según los esquemas
actuales, de 12 a 14 años con un coste cercano a los 900 millones
de dólares.
Las grandes farmacéuticas lo tienen claro: más vale apostar sobre
seguro. Pero además... con trampa. Porque suelen probar los más
prometedores y nuevos compuestos en los pacientes más enfermos
ya que así es más fácil detectar variaciones, como una mínima
reducción del tumor. Les importa poco además saber de antemano
que el producto no va a curar. A fin de cuentas, para salir al
mercado, para que la FDA les dé el plácet, sólo tienen que demostrar
que sirven para lo que están pensados. Porque no se crean
ustedes que los medicamentos para el cáncer que se comercializan
tienen como finalidad curar. Normalmente su única finalidad reconocida
es la de reducir el tamaño del tumor. Y eso es lo que consiguen
probar. No que curen el cáncer.
Y la pregunta es simple: si después de catorce años de investigación
lo único que hoy se consigue normalmente es un producto que reduce
el tamaño con respecto a un producto anterior menos de un 10%...
y nada más, ¿a quién beneficia ese producto? Pues exclusivamente
a los accionistas de esas compañías. No a los enfermos. Y eso
cuando aportan algo, aunque sea mínimo y cuestionable. Porque
conviene que sepan ustedes que según un estudio publicado el año
2002 en el British Medical Journal dos farmacólogos italianos
analizaron los resultados de los ensayos de 12 nuevas drogas anticáncer
que habían sido aprobadas para su uso en Europa entre 1995 y 2000,
las compararon con los tratamientos existentes hasta su llegada
al mercado y NO ENCONTRARON NINGUNA VENTAJA EN LOS NUEVOS MEDICAMENTOS.
Eso sí, eran todos mucho más caros.
En los años setenta había sólo ¡cinco! medicamentos quimioterápicos,
¡cinco!, a disposición de los médicos. En los años noventa el
número de fármacos aprobados alcanzaba la cifra de 25. Y desde
entonces siguen apareciendo nuevos productos. Pues bien, si cada
uno de esos medicamentos hubiera supuesto algún progreso, pequeño
pero real, habríamos constatado estadísticamente alguna mejoría
notable en las últimas décadas. Y, sin embargo, no es ésa la realidad
que reflejan los datos. La realidad es que sólo han beneficiado
a quienes han hecho negocio con ellos. Y para entender hasta qué
punto basta poner el ejemplo de un país de la Unión Europea. En
Alemania la factura anual en citotóxicos es de 1.800 millones
de euros. A pesar de lo cual los índices de supervivencia en cáncer
no han mejorado.
Horrobin, que supo describir el negocio del cáncer, también aprendió
otra lección. Y aunque para él fuera tarde no lo es para ustedes:
"Para la mayoría de los cánceres -dejó escrito Horrobin
en su último artículo- hay muchos tratamientos potenciales,
muchos de los cuales no son tóxicos. Y contrariamente a la opinión
médica ortodoxa general la mayoría de tales tratamientos potenciales
no son ni inútiles ni irracionales. Están basados en sólidos trabajos
bioquímicos in-vitro, en trabajos fiables en animales y, de vez
en cuando, en unas pocas historias de casos bien documentados.
Pero no se han probado adecuadamente en ensayos bien diseñados
y la mayoría de ellos nunca lo será. La razón no tiene nada que
ver con su validez científica o la fuerza de la evidencia: simplemente
es que no son patentables o son difíciles de patentar. Y sin la
protección de una patente, en la situación actual, semejantes
remedios potenciales nunca se probarán. Si un compuesto no es
protegido por una patente no se desarrollará. Lo cual no importaría
si la investigación actual en Oncología estuviera produciendo
beneficios grandes en cánceres comunes pero a pesar del enorme
gasto los éxitos nos han eludido ampliamente. Los pocos y excelentes
éxitos en cánceres raros no pueden esconder el fracaso global.
Esto significa que hay una posibilidad real de que los abordajes
convencionales en el tratamiento del cáncer estén equivocados
y de que no hay base racional firme alguna para predecir cuáles
serán las direcciones desde las que el éxito podría llegar. Nuestra
mejor esperanza de cambiar esta tendencia es probar tantos acercamientos
diferentes y compuestos como sea posible".
Pues bien, amigos, por eso estamos aquí: porque los tratamientos
convencionales no funcionan. En las últimas décadas los estados
se han gastado cantidades ingentes de dinero sin que los enfermos
de cáncer se hayan beneficiado de ello. Los únicos que han obtenido
beneficios -y multimillonarios- son las grandes compañías farmacéuticas
y los miles de médicos, investigadores, funcionarios y periodistas
que han quedado atrapados en las redes de sus agresivas políticas
comerciales y que, por ignorancia o complicidad, forman parte
del sistema.
Sí, existen ciertamente tratamientos que no son ni inútiles ni
irracionales. Están basados en sólidos trabajos bioquímicos in-vitro,
en trabajos fiables en animales y, de vez en cuando, en casos
bien documentados. Y algunos cuentan también con estudios clínicos.
Tal es lo que nos ha traído aquí este fin de semana: constatar
que la mayoría de los tratamientos de los que van a hablarnos
son eficaces. Y encima, en la práctica totalidad de los casos,
inocuos; es decir, carentes de efectos yatrogénicos.
En estos dos días oiremos hablar de las causas psicoemocionales
del cáncer, sabrán de las propiedades de los micronutrientes para
cortar el paso en nuestro organismo al mortal invasor, conocerán
productos naturales que ya están utilizándose con buenos resultados
en otros países, se sorprenderán al escuchar que existe una vacuna
para luchar contra los tumores elaborada a partir de la orina
del propio enfermo y de los beneficios de los pulsos electromagnéticos
para recargar de energía la célula y evitar su multiplicación
indiscriminada en busca de la supervivencia. También la Homeopatía
y la Fitoterapia tienen su sitio en la lucha contra el cáncer.
Y la Electroterapia. Y productos de la calidad indiscutible del
Ukrain. Y, por supuesto, del Bio Bac, que representa
para los españoles la prueba fehaciente de todo lo que aquí hemos
denunciado, de las arbitrariedades que se cometen con vergonzosa
impunidad para impedir por la fuerza el acceso a un producto que
ha demostrado contribuir a mejorar notablemente la salud de los
enfermos de cáncer y que llegó a ser sufragado durante diez años
por la Seguridad Social. Un producto con numerosos ensayos clínicos
realizados en centros de primera línea de los que nadie quiere
hablar. Y esperemos que sea también la prueba de que cuando las
evidencias y los pacientes se unen, ni los muros de los fortificados
intereses pueden resistir las trompetas de la verdad.
Mirados en conjunto, los planteamientos y tratamientos que les
vamos a presentar forman probablemente parte de un rompecabezas
que, unido, podría darnos la clave para derrotar por fin al cáncer.
Cada uno de ellos nos muestra cómo levantar un dique de contención
contra el cáncer en cada una de sus fases. Comenzando por el aspecto
emocional y siguiendo por la parte energética, el sistema inmune
y la propia célula. En todos los pasos es posible actuar para
ayudar al organismo a enfrentarse al cáncer con la dignidad suficiente.
En suma, ha llegado el tiempo de la esperanza.
Permítannos terminar con las palabras de alguien que está hoy
aquí entre nosotros, que ha venido desde Barcelona, alguien a
quien el cáncer no venció a pesar de haber sido desahuciado porque
decidió buscar hasta encontrar soluciones alternativas. Que el
espíritu de sus palabras sea también el de este congreso: "Puedo
decir que soy un superviviente. He sobrevivido a mi propia muerte.
Porque no sólo he sobrevivido a la enfermedad sino al pronóstico
hecho por un grupo de doctores de que iba a morir. En el hospital
nadie se explica cómo sigo vivo. Yo, por mi parte, lo que no me
explico es por qué no me informaron de que existían otras posibilidades,
otros mundos terapéuticos que descubrir, otras técnicas y terapias
que funcionan y que pueden curar el cáncer".
Gracias Alejandro por tus palabras. Y gracias a todos ustedes
por su atención.
Antonio Muro y José Antonio Campoy
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