Cómo nos “habla” el universo

El término sincronicidad viene oyéndose repetidamente en los últimos años en relación con los procesos de la nueva conciencia y del crecimiento personal pero, en realidad, se trata de una teoría científica acuñada en la última década de su vida por el psicólogo C. G. Jung y el físico W. Pauli que viene a decir que “existe en la naturaleza un principio de vinculación no causal que se manifiesta a través de coincidencias significativas”. En otras palabras, viene a indicar que “existe una estrecha relación entre los acontecimientos interiores y exteriores que vivimos, relación que no puede ser explicada por el principio de causa y efecto pero que, sin embargo, tiene sentido para el observador”.

Eso explicaría, por ejemplo, el hecho de que se llegue a un descubrimiento científico en varios lugares muy distantes del planeta al mismo tiempo sin que los equipos de investigadores hayan tenido relación entre sí o que algunos sucesos vengan siempre precedidos por los mismos hechos repetitivos, tal como observó Jung en la terapia que desarrollaba con algunos de sus pacientes.

Dicen los expertos en comunicación que para que podamos identificar algo es necesario conocer el término, estar familiarizados con él. Y sincronicidad es una palabra nueva que no tenemos incorporada en nuestra psique y, por tanto, no somos capaces de reconocerla cuando se hace presente en nuestra vida… sencillamente porque estamos acostumbrados a darle otros nombres como suerte, caprichos del azar, coincidencia, casualidad, fortuna…

Por otra parte, en un mundo tan enormemente cientifista como el que nos rodea, romper la barrera de las causas y los efectos es un salto mortal porque significaría que si no podemos medir la fuerza de las acciones tampoco podemos hacerlo con las consecuencias y eso es algo que nuestra cultura no está dispuesta a admitir fácilmente.

Para poder ver una película en tres dimensiones necesitamos usar unas gafas especiales. Basta ponérnoslas para que veamos imágenes cuya tridimensionalidad antes no podíamos captar… a pesar de que estaban ahí. Bueno, pues para poder captar la sincronicidad en lo cotidiano es preciso estar atento a lo que nos sucede, desarrollar ese estado de atención del que nos hablan muchas filosofías orientales a fin de darnos cuenta de las “señales” que aparecen. Sería, en suma, como colocarse unas gafas que nos permitieran observar lo que de otro modo nos pasaría desapercibido.

También podemos echar un vistazo al pasado para recordar aquellos momentos en los que se produjeron hechos inesperados y fuera de toda lógica pero que, sin embargo, eran justo lo que necesitábamos. ¿No recuerda haber encontrado un objeto perdido de una manera sorprendente? ¿No ha tenido la impresión, cuando estaba embarazada, de que donde quiera que iba encontraba mujeres en su mismo estado? ¿No le ha ocurrido al comprar un coche nuevo que se cruzaba con un gran número de coches de la misma marca que el que acaba de adquirir? ¿No le ha sucedido que, ante la idea de hacer un viaje a un país exótico, parece que encuentra información, detalles y referencias constantes donde quiera que vaya? ¿No le ha sucedido ir tarde a alguna cita importante y encontrar que todos los semáforos estaban en verde con lo cual pudo llegar a tiempo? ¿O encontrar a una persona en la que pensaba desde hacía unos días en un lugar inesperado? ¿O descubrir una serie de hechos aparentemente encadenados que parecían empujarle a tomar una determinada decisión?

Y como estos podríamos poner miles de ejemplos más. ¿Qué está sucediendo? Simplemente que su atención está focalizada en aquello que marca su interés, que ese estado le permite convertirse en un observador de aquello que está activado en su mente. La realidad no se ha modificado, simplemente la persona repara en un aspecto de ella que antes le pasaba desapercibido.

Pues eso es lo que ocurre con la sincronicidad o las coincidencias significativas: en el momento que sabemos que existen comenzamos a notarlas en nuestra vida.

Obviamente, no se trata de generarnos estrés adicional tratando de encontrar explicación a todo cuanto sucede a nuestro alrededor sino de estar atentos y abiertos para observar los signos que se producen. Ello nos permitirá –aunque sea a posteriori– dar sentido a muchas de las experiencias que vivimos. En definitiva, a ser más conscientes.

Porque este fenómeno tiene, además, otra peculiaridad y es que el lenguaje de esos signos es absolutamente personal. Tal como decía Jung en su definición,“tiene sentido para el observador”. Es decir, es la persona protagonista del suceso la que mejor puede identificar o traducir esas señales.

Ahora bien, al parecer hay momentos en los que la sincronicidad se produce de forma más patente: en las alteraciones emocionales, los desafíos, la búsqueda de respuestas, las circunstancias externas que nos afectan de modo especial como los nacimientos o las pérdidas de los seres queridos, el enamoramiento, las crisis, los viajes, las rupturas… Según parece, todas esas situaciones de cambio favorecen que la mente se despierte y esté más atenta tanto a lo que sucede en el exterior como a la resonancia que eso tiene internamente en nosotros. Las preocupaciones cotidianas se alejan en esos momentos fundamentales y se produce una apertura natural de la psique en búsqueda de nuevos caminos.

Y es que, tal como decía Gabriel García Márquez, cada día nacemos y morimos. Hoy más que nunca nos vemos impelidos constantemente a abandonar nuestras creencias y valores, y a sustituirlos por otros. Tenemos que darnos cuenta de que los cambios se producen en nuestra vida, ya sea con nuestro beneplácito o con nuestra resistencia, pero se producen inexorablemente.

Y como bien sabemos, todo cambio provoca momentos de incertidumbre. Es entonces cuando podemos aprovechar el potencial de la sincronicidad atendiendo a las señales que nos indican el cauce a seguir, incorporándonos al flujo, dejándonos guiar por esa corriente mientras intentamos descubrir la intención del Universo.

Los expertos en Psicología definen el flujo como “un despliegue natural y sin esfuerzo de nuestras vidas de un modo que nos impulsa hacia la totalidad y la armonía”. En muchas ocasiones esa actitud nos hace avanzar y los acontecimientos que vivimos nos van dando la certeza de que la opción elegida es la más adecuada para nosotros. Y la actitud que dispara el mecanismo siempre es la apertura, la ausencia de rigidez y la decisión de sumergirnos en la profundidad de la experiencia en vez de quedarnos en la superficie.

A veces la sincronicidad se produce como un hecho aislado pero significativo. Por ejemplo, cuando uno siente el impulso de entrar en una librería desconocida y, al desplazar la vista sin buscar nada concreto, su mano tropieza accidentalmente con el libro que documenta perfectamente el trabajo en que está inmerso. O cuando uno se encuentra casualmente con un amigo de la infancia y, durante la conversación, éste comenta que acaba de comprarse una nueva casa proporcionando información muy útil sobre agencias inmobiliarias, impuestos, precios… justo cuando estaba planteándose cambiar de vivienda.

Aunque se trate de una circunstancia aislada no por ello es menos valiosa. Quizás si miramos hacia atrás descubramos que el trabajo que ahora tenemos, el encuentro con nuestra pareja o el viaje que vamos a realizar son fruto de una sincronicidad de este tipo.

En otras ocasiones las sincronicidades vienen encadenadas, se producen hechos repetitivos que señalan hacia el mismo punto y eso hace que resuenen en nuestra conciencia y les prestemos atención. Otras veces son números, palabras o frases que se repiten en distintos ambientes y lugares.

Según decía Jung, es probable que cuando la persona se ve afectada por un conflicto o por la necesidad de una comprensión mayor sobre el tema que la ocupa se genere a su alrededor una energía psíquica que atrae hacia sí las sincronicidades. Sea como fuere, lo que es innegable es que hay una correspondencia clara entre lo que sucede en el exterior y lo que vive el individuo internamente de tal manera que se siente apoyado porque encuentra eco a sus impulsos internos y eso le conecta con un “todo” mucho mayor, un orden superior.

Los avances científicos y tecnológicos nos demuestran cada día que los seres humanos no somos algo independiente de lo que nos rodea sino elementos absolutamente interrelacionados con el entorno, que afectamos a ese entorno y que él, a su vez, nos afecta a nosotros, que nos necesitamos mutuamente y que si estamos lo suficientemente abiertos y sensibles aprenderemos a escuchar el lenguaje del Universo en nuestra vida, a aprovechar las energías sutiles que nos rodean y a admitir la magia de lo intangible. Aprenderemos, en suma, a descubrir el propósito fundamental de nuestra existencia identificando la sincronicidad y las coincidencias significativas con las que constantemente nos tropezamos.

María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
30
Julio - Agosto 2001
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