Desidia de las autoridades ante el grave problema de las radiaciones electromagnéticas (II)

La Asociación Mundial para la Investigación del Cáncer envió en julio de 2012 a las principales autoridades españolas un documentado informe en el que se denuncia de forma tan rigurosa como contundente el peligro que supone en la actualidad la brutal contaminación electromagnética que sufrimos todos aunque haya “expertos” al servicio de la industria que se presten a minimizar o negar esa realidad… cobrando por ello. Publicado en el pasado número parte del informe damos ahora a conocer nuevos detalles y argumentaciones del mismo que incluyen la denuncia de que ha habido jueces y magistrados que para proteger a la industria han alegado en sus sentencias una norma que no es en absoluto de aplicación.

El texto sobre el escrito que la WACR envió a las numerosas personalidades cuya relación dimos a conocer en el pasado número terminó explicando que, contrariamente a la creencia general, las radiaciones artificiales de muy baja frecuencia -las que emiten los centros de transformación, las torres de alta tensión, los teléfonos móviles, las antenas base de telefonía y demás aparatos radiantes- pueden interferir en la comunicación celular. Asimismo se explicó que las autoridades y las empresas obvian que tales radiaciones pueden provocar efectos térmicos pero también atérmicos que según numerosos estudios científicos pueden provocar disfunciones orgánicas afectando especialmente a los sistemas hormonal e inmune. Y ello porque se obvia que el humano en un ser electromagnético y, por tanto, enormemente sensible a cualquier radiación electromagnética externa al punto de que un simple cambio de parámetros meteorológicos (temperatura, humedad, presión, etc.) es suficiente para poner a prueba sus mecanismos de regulación, defensa y adaptación.

Bien, pues el escrito de la WACR añadía que los posibles efectos negativos en el organismo dependen de la coherencia, potencia, modulaciones, cercanía a la fuente de emisión, duración de la exposición, tipos de ondas y posibles resonancias así como de las interferencias que se puedan establecer entre esas señales y los procesos y estructuras fisiológicas del organismo. Siendo el principal peligro de esta invisible pero real amenaza que las distintas frecuencias de todo dispositivo que emite radiación (centros de transformación, teléfonos móviles, antenas base de telefonía, pantallas de ordenador, líneas de alta tensión, electrodomésticos, etc.) pueden interferir en las frecuencias del organismo de la persona tanto a nivel celular como orgánico. Y es así porque tales aparatos emiten en la misma o muy parecida frecuencia que, por ejemplo, un cerebro o un corazón humanos. Con la diferencia de que lo hacen en frecuencias armónicas lo que las lleva a interferir las frecuencias naturales. Y además -lo que lo hace más grave- a niveles de potencia ínfimos (por el denominado “efecto ventana” descrito por el profesor Frölich).

Agrega la WACR que el peligro de la radiación electromagnética radica también en el hecho de que sus efectos biológicos son acumulativos y por eso se notan generalmente a medio o largo plazo aunque haya personas especialmente sensibles que puedan notar efectos importantes a corto plazo (especialmente, niños y personas que padezcan alguna dolencia física). Aclarando, por otro lado, que no son extrapolables los efectos sobre personas en estado de vigilia y en movimiento -es decir, con metabolismo activo- al de personas con metabolismo basal por encontrarse durmiendo o en reposo. Porque está demostrado que los efectos de las radiaciones electromagnéticas son más acusados durante el sueño. De hecho las evidencias de esos efectos se cuentan hoy por miles. La Dirección General de Investigación del Parlamento Europeo dispone por ejemplo -desde marzo de 2001- de un informe elaborado conjuntamente por el Instituto Internacional de Biofísica de Neuss-Holzheim (Alemania) y el Departamento de Física de la Universidad de Warwick (Gran Bretaña) que dirigió el prestigioso doctor en Física Gerard Hyland en el que entre otras cosas se puede leer: “Lo que distingue a los campos electromagnéticos producidos tecnológicamente de la mayoría de los naturales es su mayor grado de coherencia. Eso significa que sus frecuencias están especialmente bien definidas y, por tanto, son más fácilmente perceptibles por los organismos vivos, entre ellos los humanos. Lo cual incrementa su potencial biológico y ‘abre la puerta’ a la posibilidad de distintos tipos de influencias no térmicas de frecuencia específica contra las cuales las directrices de seguridad –como las emitidas por la Comisión Internacional de Protección contra la Radiación No Ionizante- no garantizan la protección”.

La WACR añade en su escrito que donde realmente hay hoy mayor “enfrentamiento” entre los expertos es en la aceptación o no del efecto nocivo de los efectos atérmicos. Unos afirman que no hay “evidencias científicas” de los mismos y esa afirmación ha llevado a los gobiernos a establecer las actuales leyes y límites de emisión pero otros, aportando pruebas, aseguran que hay que rebajar de inmediato esos límites porque pueden producir evidentes y graves daños a la población. ¿El resultado? Que los gobiernos, enormemente presionados por las industrias eléctricas y de telefonía, han optado por asegurar la productividad de esos lucrativos sectores en lugar de tomar medidas cautelares y salvaguardar preventivamente la salud de los ciudadanos. De ahí también que cada vez más colectivos –científicos, profesionales, vecinales, etc.- alcen su voz para pedir que se hagan nuevas investigaciones realmente independientes, se revisen de nuevo los límites fijados y exijan que esta vez se tengan en cuenta los efectos atérmicos de la radiación electromagnética. No en vano son ya muy numerosos los estudios científicos que existen sobre los efectos adversos de esta tecnología sobre los organismos vivos.

LA ASAMBLEA DEL CONSEJO DE EUROPA

La WACR recuerda en su escrito que a mediados de 2011 la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa aprobó la Resolución 1815/2011 de 27 de mayo de 2011 en la que se hace de nuevo un llamamiento a la prudencia y se pide a todos los gobiernos europeos que adopten medidas razonables para reducir la exposición a las radiaciones electromagnéticas, en especial las procedentes de los teléfonos móviles, muy particularmente en el caso de los niños y jóvenes. “La Asamblea–se recoge en la Introducción de la citada Resolución- lamenta que pese a los llamamientos para que se respete el Principio de Precaución y a todas las recomendaciones, declaraciones y avances legales y legislativos no se haya reaccionado aún ante los riesgos medioambientales emergentes para la salud cuando requieren la adopción y aplicación de medidas preventivas eficaces. Esperar a que se realicen nuevos estudios científicos y pruebas clínicas sin tomar medida alguna para prevenir los riesgos conocidos puede conllevar además un alto coste económico como ya ocurrió con los casos del amianto, el plomo en la gasolina y el tabaco”. El documento critica asimismo el inmovilismo de los gobiernos y denuncia su inacción por meros intereses económicos: “(…) Las posibles consecuencias para el medio ambiente y la salud tienen un claro paralelismo con otras cuestiones de actualidad como la concesión de licencias de medicamentos, productos químicos, pesticidas, metales pesados y organismos modificados genéticamente. Lo que pone de relieve que la cuestión de la independencia y la credibilidad del acervo científico es fundamental para llevar a cabo una evaluación transparente y equilibrada de los posibles impactos negativos sobre el medio ambiente y la salud humana”. En sus Conclusiones el documento aprobado por la Asamblea del Consejo de Europa solicita por ello la aplicación de “unos niveles tan bajos como sea razonablemente posible en relación con los efectos -tanto los térmicos como los atérmicos o biológicos- de las emisiones electromagnéticas radiactivas”.

Es más, la Asamblea del Consejo de Europa –recuerda la WACR en su escrito- recomienda directamente la prohibición de todos los teléfonos móviles, teléfonos DECT, Wi-Fi y sistemas WLAN en las aulas y escuelas en una clara apuesta por dar preferencia a las conexiones a Internet por cable.

Cabe agregar que a raíz de las propuestas del ponente –el luxemburgués Jean Huss– la Asamblea solicitó asimismo a los gobiernos que proporcionen información de los riesgos potenciales para la salud de las plataformas inalámbricas DECT -porque emiten radiaciones semejantes a los teléfonos móviles-, los monitores para bebés y otros aparatos domésticos que emiten de forma continua ondas electromagnéticas. Recomendando “el uso de cable, telefonía fija en casa o, en su defecto, modelos que no emitan de forma permanentemente ondas pulsadas”.

En cuanto al manoseado argumento de la industria de que ella “cumple con la legalidad” la resolución señala -como ya hiciera por cierto el Parlamento Europeo- que los gobiernos deben replantearse las bases científicas de los actuales estándares establecidos para los campos electromagnéticos por la Comisión Internacional sobre Protección Frente a Radiaciones No Ionizantes porque tienen serias limitaciones. Por eso se recomienda “aplicar niveles tan bajos como sea razonablemente posible: el Principio ALARA- (As Low As Reasonably – Tan bajo como sea razonable)”. Recordando también lo que es evidente para todos los que manifiestan un cierto sentido común: “El Principio de Precaución debe ser aplicable cuando la evaluación científica no permita que se adopten medidas con la suficiente certeza frente a los riesgos”.

Obviamente la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa se ocupa asimismo del problema de las antenas recomendando “reducir los valores límite para las antenas de retransmisión de conformidad con el principio ALARA e instalar sistemas de seguimiento exhaustivo y continuo de todas las antenas”.

En su escrito la WACR transcribe textualmente a continuación algunas de las conclusiones de ese documento que nosotros obviamos en la revista por razones de espacio pero en el que –entre otras muchas cosas- la Asamblea recomienda a los estados miembros “adoptar todas las medidas razonables para reducir la exposición a los campos electromagnéticos, especialmente a las radiofrecuencias emitidas por los teléfonos móviles y, en particular, la exposición de niños/as y jóvenes para quienes el riesgo de tumores en la cabeza parece ser mayor”, “reconsiderar la base científica de las normas actuales de exposición a los campos electromagnéticos fijadas por la Comisión Internacional para la Protección contra la Radiación No Ionizante -que presenta graves deficiencias- y aplicar el principio ALARA (as low as reasonably achievable), es decir, el nivel más bajo razonablemente posible, tanto a los efectos térmicos como a los efectos atérmicos o biológicos de las emisiones o radiaciones electromagnéticas” y “diseñar en el ámbito de los diferentes ministerios (Educación, Medio Ambiente y Sanidad) campañas de información dirigidas al profesorado, a madres y padres y a niños/as para advertirles de los riesgos específicos del uso precoz, indiscriminado y prolongado de los teléfonos móviles y de otros dispositivos que emiten microondas. Es más, la Asamblea recomienda textualmente a los gobiernos “dar preferencia en el caso de los/as niños/as en general -especialmente en las escuelas y aulas- a los sistemas de acceso a Internet a través de conexión por cable evitando la conexión inalámbrica WiFi y que se regule de forma estricta el uso de teléfonos por los estudiantes en el recinto escolar”.

INVESTIGACIONES ESPAÑOLAS

El escrito de la WACR recuerda luego que algunas de las investigaciones científicas que advierten de la peligrosidad de las radiaciones electromagnéticas son españolas destacando entre ellas la del doctor Claudio Gómez-Perretta quien se ha mostrado especialmente combativo con la pasividad –cabría decir negligencia- de las autoridades en este tema: “Entre los mecanismos biológicos que pueden verse afectados por las radiaciones electromagnéticas –afirma Gómez-Perretta– destacan, entre otros, el papel que juega la glándula pineal y su hormona -la melatonina- que parece disminuir su secreción nocturna por la acción de esas radiaciones. Esta disminución de secreción nocturna favorece la acción nefasta de los radicales libres y la aparición de tumores probablemente por una menor actividad del gen antitumoral. La disminución de melatonina puede producir, como mecanismo compensador, un descenso de serotonina y, de esta forma, aumentar el riesgo de aparición de depresión”.

Gómez-Perretta no duda por eso en denunciar que “a pesar de todo las compañías y algunos gobiernos argumentan que no hay motivos suficientes para temer que las radiofrecuencias y las radiaciones electromagnéticas sean perjudiciales a niveles inferiores al de la producción de efecto térmico en el organismo, ignorando o no dando validez a los trabajos que asocian alteración o incluso daño celular con la exposición a una baja intensidad de microondas. Además la industria -y, por desgracia, algunos centros públicos- emiten constantemente comunicados que tachan incluso de irracionales o alarmistas las noticias que alertan de la necesidad de tomar adecuadas medidas de precaución”. Y va aún más allá en su denuncia: “Parece incluso que se intenta más no dañar los intereses económicos de las empresas proveedoras que proteger la salud de los ciudadanos”. Concluyendo: “De acuerdo con la literatura científica actual es difícil establecer un nivel de inocuidad y, por tanto, las recomendaciones de la mayoría de los gobiernos de la Unión Europea que basan sus criterios en la creencia de que sólo existen los efectos térmicos deben ser reconsideradas a la vista de las decenas de trabajos que describen daño celular asociado a los efectos no térmicos implícitos en la exposición a estas radiofrecuencias”.

La WACR recuerda asimismo que también Manuel Portolés -doctor en Ciencias Biológicas-, Enrique Navarro y Joaquín Navasquillo -ambos doctores en Física y profesores titulares del Departamento de Física Aplicada de la Universidad de Valencia– hicieron en su día junto a Gomez-Perreta una serie de alegaciones al Proyecto de Real Decreto por el que se aprobó el Reglamento de Desarrollo de la Ley 11/1998, de 24 de abril, General de Telecomunicaciones, en lo relativo a las servidumbres, a los límites de exposición y otras restricciones a las emisiones radioeléctricas en las que ya entonces afirmaban: “Los efectos biológicos de las radiofrecuencias (tecnología con la trabaja la telefonía móvil) para valores de exposición inferiores a 2,9 µW/cm2 incluyen en humanos alteraciones en el transporte de calcio, aumento de la actividad ornitindecarboxilasa –marcador de síntesis, crecimiento y diferenciación celular- y cambios en el electroencefalograma. Estas evidencias fueron suficientes para que en 1995 la Corte Suprema de Nueva Zelanda decidiera colocar como límite máximo para la exposición humana a las radiofrecuencias emitidas mediante telefonía GSM de 2 µW/cm2. Y más adelante se puede leer: “Los resultados incluyen desde roturas en el ADN y presencia de aberraciones cromosómicas a incrementos en la actividad oncogénica, reducción de la secreción de melatonina, alteración de la actividad cerebral y presión sanguínea e incremento del cáncer de cerebro”.

De ahí que la WACR califique de insólito el hecho de que mientras los límites máximos autorizados en Suiza o Rusia son de 10 µW/cm² y la propuesta de Salzburgo cifra el umbral a partir del cual se producen daños para la salud en 0’1 µW/cm² ¡en España se admitan hasta 400 µW/cm²! ¡Cuatro mil veces más! ¡Un auténtico disparate!

Claro que ya en mayo de 2002 un centenar de catedráticos e investigadores hizo público un texto conocido como Declaración de Alcalá de Henares en el que se comenzaba reconociendo que la radiación de microondas pulsantes de baja intensidad “puede ejercer en los organismos vivos sutiles influencias no térmicas”. Una afirmación que apoyaron en dos hechos: “Por un lado, las microondas -que se definen por su intensidad y por su frecuencia- son sistemas oscilatorios de transporte de energía; por otro lado, el cuerpo humano es un complejo electroquímico de exquisita sensibilidad cuyo control y funcionamiento ordenado es regulado por procesos eléctricos oscilatorios de varios tipos, cada uno caracterizado por una frecuencia específica”. Aclarando luego el texto que “las frecuencias de la radiación incidente desde el exterior pueden interferir con las actividades biológicas endógenas de carácter eléctrico”. Interferencias que pueden producirse de acuerdo con unos principios básicos:

-Todas las estructuras biológicas establecen comunicación con el medio que las circunda a través de impulsos eléctricos.

-Nuestro cerebro es el órgano más sensible a los efectos de alteraciones eléctricas inducidas en nuestro cuerpo.

-Nuestro corazón mantiene su actividad rítmica a partir de un flujo constante de corriente que puede ser alterado por un campo electromagnético externo.

-Todas las estructuras celulares vivas son sensibles a corrientes inducidas desde el exterior.

-Nuestro cuerpo actúa como una antena receptora de las ondas electromagnéticas.

-Nuestro sistema nervioso es una estructura muy sensible y fácilmente alterable por las emisiones electromagnéticas que inciden desde el exterior.

También indicaban los firmantes que es cierto que la mera existencia de efectos atérmicos no implica necesariamente consecuencias adversas para la salud “pero –añadían- tampoco podemos pasar por alto ciertos indicios inquietantes recogidos en la literatura científica de la que son una pequeña muestra las más de 600 publicaciones examinadas para elaborar este documento”. Enumerando a continuación los principales efectos atérmicos que pueden provocar las radiofrecuencias de baja intensidad según diversos estudios realizados en laboratorios independientes:

-Alterar las características dinámico-funcionales de la membrana celular.

-Alterar la transducción de señales físico-químicas.

-Provocar respuestas celulares proliferativas.

-Provocar un incremento de marcadores de la presencia de células tumorales.

En los párrafos finales de la declaración los firmantes denunciarían asimismo que “si estudios científicos y normativas de otros países, aplicando el principio de cautela, establecen niveles de protección de 0,1mW/cm2 e incluso inferiores es una grave negligencia que en nuestro país la población siga expuesta a niveles que pueden llegar hasta 450 o 900 mW/cm2 esperando a que la evidencia firme establezca plenamente los efectos nocivos de los campos electromagnéticos débiles en exposiciones a largo plazo”. Por lo que concluían con una advertencia: “Anular las voces discrepantes no nos acerca a la verdad, sólo la oculta por un tiempo limitado”.

MUCHOS MÉDICOS SE MOVILIZAN

La WACR recuerda seguidamente en su escrito que cada vez más médicos han empezado a manifestar públicamente su preocupación. Muestra de ello es el documento que el 9 de octubre de 2002 firmó inicialmente una veintena de galenos de la región alemana de Friburgo cuyo llamamiento ya ha sido suscrito por más de mil médicos y centenares de terapeutas de todo el mundo en el que se puede leer: “En los últimos años observamos entre nuestros pacientes un dramático aumento de enfermedades graves y crónicas” (aquí se incluye un listado de distintas enfermedades entre las que se citan, por ejemplo, infartos, cáncer, enfermedades cerebrales degenerativas, inmunodeficiencias, insomnio y cansancio crónico). Y vemos con frecuencia creciente una clara relación temporal y espacial entre la aparición de estas dolencias y el comienzo de una irradiación de microondas que se presenta de diversas formas: instalación de antenas de telefonía móvil en la proximidad de los pacientes, uso intensivo de teléfonos móviles o adquisición de un teléfono inalámbrico para usarlo en casa o en la vecindad”.

A esos médicos no les cabe duda: “Ya no podemos creer en una coincidencia puramente casual pues con demasiada frecuencia observamos una llamativa concentración de determinadas enfermedades en zonas o edificios irradiados con microondas; con demasiada frecuencia mejora la enfermedad o desaparecen dolencias que se prolongaban meses y hasta años poco tiempo después de reducir o eliminar la irradiación con microondas; con demasiada frecuencia se confirman nuestras observaciones con las mediciones de campos electromagnéticos realizadas in situ”.

Confiesan los firmantes luego que sus esfuerzos terapéuticos son cada vez más infructuosos por la libre y continua penetración de las radiaciones tanto en los lugares de trabajo como en los de residencia y apuntan en una dirección concreta: “Consideramos el número creciente de enfermos crónicos una consecuencia de la política irresponsable de fijación de límites que, en vez de proteger a la población de los efectos a corto y largo plazo, se somete a los dictados de una tecnología de cuya peligrosidad se tiene ya suficiente constancia. Ya no esperamos nada de nuevos e irreales resultados de la investigación que, según nos muestra la experiencia, están influenciados reiteradamente por la industria mientras se ignoran estudios con fuerza probatoria. Consideramos apremiante y necesario obrar ¡ya!”.

También el físico Abe Liboff -de la Universidad de Oakland (Estados Unidos)- estableció la relación entre los campos electromagnéticos y los tumores. En un experimento irradió células sanas y malignas -tanto óseas como linfáticas- para observar cómo los campos electromagnéticos afectaban su crecimiento. Y los resultados evidenciaron que en ambos tipos de células se estimuló la producción de ADN. En las células malignas, sin embargo, el incremento de ADN fue entre 3 y 5 veces mayor que en las células sanas. Por su parte, el Dr. Neil Cherry -biofísico de la Universidad de Lincoln (Australia)- asevera: “La radiación electromagnética está perjudicando los cerebros, corazones, embriones, hormonas y células. Es una amenaza para la vida inteligente en la Tierra. La radiación electromagnética interactúa por resonancia con los cuerpos y las células, interfiere con la comunicación célula a célula, con el crecimiento y la regulación celular y está perjudicando la base genética de la vida”.

A continuación la WACR menciona en varias páginas estudios de todo el mundo que demuestran la peligrosidad de las radiaciones electromagnéticas desde el efectuado en 1972 en la ex Unión Soviética por el científico V. P. Korobkova que llevaría al Gobierno a dictar una ley –aún en vigor en Rusia- según la cual las líneas de alta tensión deben situarse a una distancia mínima de 110 metros de cualquier edificio habitado. Hoy en otros países de Europa ese mínimo es de 250 metros pero en España hay líneas de alta tensión y transformadores ¡junto a los edificios! Algo intolerable.

Asimismo da cuenta de que el ingeniero alemán Egon Eckert llevó a cabo en la década de los setenta un estudio que concluía que la mayoría de los casos de muerte súbita de lactantes se producía en las cercanías de vías electrificadas, emisoras de radio, radares o líneas de alta tensión. Y que en 1979 los doctores Nancy Wertheimer y Ed Leeper publicaron en el American Journal of Epidemiology un estudio que demostraba que los niños que viven cerca de una línea eléctrica de alta tensión tienen una probabilidad entre dos y tres veces mayor de desarrollar leucemia, linfomas o tumores en el sistema nervioso. El doctor David Savitz -catedrático de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Carolina del Norte (EEUU)- repetiría ese trabajo obteniendo conclusiones similares.

La WACR cuenta asimismo que un grupo de investigadores británicos del Chilhood Cancer Research Group dirigidos por Gerarld Draper -el trabajo se publicó en el British Medical Journal- concluiría que los niños que viven desde su nacimiento a menos de 200 metros de líneas de alta tensión ¡tienen un 70% más de riesgo de padecer leucemia que quienes viven a más de 600 metros! Y que en 1992 los científicos María Feychting y Anders Ahlbom -del Instituto Karolinska de Estocolmo (Suecia)- presentaron las conclusiones de uno de los estudios más concluyentes sobre la relación de los campos electromagnéticos generados por las líneas de alta tensión y el riesgo de padecer cáncer y leucemia por las personas que viven en su entorno. La WACR se hace luego eco de otro estudio sueco dirigido por el oncólogo Lennar Hardell en 1992 según el cual el riesgo de desarrollo de leucemia en niños que viven en entornos de campos magnéticos de al menos 0.2 microteslas, comparado con aquellos que viven en entornos de campo más débil (0.1 microteslas), es tres veces mayor y se cuadriplica cuando la intensidad es de 0.4 microteslas. Es decir, el estudio vinculaba intensidad de campo a riesgo. Posteriormente científicos de la Universidad de Heidelberg (Alemania) demostrarían que los cables eléctricos de 220 voltios y 50 Hz instalados en las viviendas generan también campos que elevan la presión parcial del oxígeno en sangre además de los valores de hematocrito.

Otro trabajo ilustrativo según la WACR fue la investigación iniciada en 1982 por Samuel Milhom, epidemiólogo del Instituto de Seguridad e Higiene en el Trabajo de Washington, que analizó las causas de la muerte en ese estado de 438.000 personas entre 1950 y 1979 que tenían en común haberse dedicado a profesiones sometidas a la influencia constante de campos eléctricos y magnéticos, y el resultado fue una proporción de muerte por leucemia muy elevada con respecto a la población general. Y otro estudio de la Universidad del Sur de California (EEUU) demostró que los trabajadores de las compañías eléctricas -operadores de líneas- tienen una probabilidad entre un 20 y un 30% más que los operadores de línea del sector telefónico de contraer leucemia. Y que los que pasan la mayor parte de su tiempo expuestos a campos de gran intensidad tienen 2,3 veces mayor riesgo que los no expuestos de desarrollar leucemia mieloide.

El escrito de la WACR menciona otros estudios pero no nos hacemos eco de ellos por razones de espacio.

UN ESTUDIO CONTUNDENTE

Añade la WACR en su escrito que hay quienes argumentan que aun admitiendo que los campos y radiaciones electromagnéticas inciden sobre el organismo ello no implica que tengan necesariamente un “efecto biológico” negativo, que no tienen por qué provocar disfunciones patológicas, pero lo cierto es que hay numerosos trabajos que demuestran que es así. Estudios como el del profesor ClementsCroome efectuado en la Universidad de Reading (Gran Bretaña) según el cual las principales alteraciones o perturbaciones en el organismo se producen en los siguientes ámbitos:

1) En el ión calcio. El ión calcio está implicado en la activación de varias enzimas del organismo y su acumulación en el interior de la célula hace suponer que hay un incremento de las funciones de esas enzimas; por ejemplo en la apófisis, donde se ha medido un aumento de la síntesis y de la excreción de la ACTH. Con variaciones de concentración -tanto intra como extracelulares- que obligan al organismo a “regular” esos niveles creando un estado de estrés electromagnético que lo termina agotando a largo plazo. A fin de cuentas los desplazamientos iónicos del calcio traen como consecuencia el desplazamiento inverso de otros iones como el del magnesio. Por otra parte, al nivel del sistema nervioso central y del sistema neuromuscular sabemos que el ión calcio juega un papel importante en los fenómenos de excitación y que sus perturbaciones podrían favorecer los estados de excitabilidad que se describen y se califican de espasmofilia, con consecuencias tanto a nivel del corazón y de la circulación como de la respiración, la digestión o la sensibilidad al dolor. Además se ha demostrado que los flujos de iones calcio alteran la integridad de la barrera hematoencefálica.

2) En la corticosterona y el ACTH. Se ha constatado que existen disminuciones importantes de secreción de varias hormonas (ACTH, corticoides, calcitonina…). Y recuérdese que en Medicina se sabe que existe una relación directa entre una sintomatología endocrina y la hormona correspondiente.

3) En los niveles de melatonina. Conocida por el público por las virtudes que se la atribuyen se habla de ella como la “hormona madre” ya que al regular los ritmos del organismo controla indirectamente la secreción de otras hormonas. Varios estudios indican que tiene propiedades antioxidantes -combate los radicales libres- y ayuda a inducir el sueño además de proteger contra el envejecimiento. Algunos estudios de laboratorio llegan a relacionar la disminución del nivel de melatonina con el incremento del riesgo de cáncer de mama.

4) En el óxido nítrico. El aumento de óxido nítrico por vía respiratoria hace aumentar el consumo de la melatonina periférica lo que localmente es neurotóxico. Al nivel del oído interno produce una vasodilatación que se relaciona con mareos y vértigos.

5) En la respuesta del sistema inmune. La depresión –demostrada- que los campos electromagnéticos provoca en pollos y ratones hace pensar que toda persona sometida a los mismos puede, consecuentemente, sufrir una depresión del sistema inmune.

6) En la neurogénesis. La disminución de las células del hipocampo -estructura del cerebro implicada en los fenómenos de la memoria- permite explicar el origen de los trastornos de memoria a corto plazo que se observa en los afectados a esos campos y sus problemas de aprendizaje.

7) En los núcleos celulares. La multiplicación de micronúcleos en las células inmunitarias (macrófagos-linfocitos) son una señal de disfunción que conlleva a su muerte o a un desarrollo anárquico.

8) En la mortalidad embrionaria. El notable incremento de mortalidad en los embriones de pollo sometidos a la influencia de campos electromagnéticos ha llevado a plantearse seriamente si estos no serán a su vez los causantes del aumento de abortos espontáneos habidos entre las mujeres que se encuentran sometidos a ellos.

Ante todo lo cual la WACR manifiesta sin tapujos que los representantes de las compañías eléctricas han alegado muchas veces en los tribunales –y los juzgadores lo han asumido sin más- que según “el estado actual de la ciencia” no hay evidencias científicas de la potencial peligrosidad para la salud y la vida de las radiaciones –eléctricas, magnéticas y electromagnéticas- a los límites legalmente autorizados aseverando que a ese respecto hay “unanimidad” en la comunidad científica”. Asegurando en lo que se refiere a los transformadores que el campo magnético –el eléctrico suele ser inexistente- puede considerarse inocuo –es decir, no peligroso para la salud- cuando la medición es inferior a 100 microteslas, cifra que aparece regulada como límite máximo aconsejable en el Reglamento aprobado por el Real Decreto 1066/2001, de 28 de septiembre. Asimismo asegura que probar científicamente la inocuidad de las radiaciones es imposible. Pues bien, sus afirmaciones son rotundamente falsas. En primer lugar porque ese Reglamento no es de aplicación en el caso de un transformador eléctrico, una estación o subestación eléctrica o una torre o línea de alta tensión como ahora aclararemos. Y en segundo lugar porque aun si hubiera sido así la verdad es que hay numerosos trabajos y estudios científicos que ponen eso en duda y NI UNO SÓLO que demuestre que las radiaciones magnéticas son INOCUAS A UN NIVEL INFERIOR A 100 MICROTESLAS. Luego su contundente afirmación de que hay unanimidad entre los miembros de la comunidad científica al respecto es una falacia.

En cuanto a la afirmación de las compañías eléctricas de que las estaciones y subestaciones eléctricas, los transformadores y las torres y líneas de alta tensión las regula en España el Real Decreto 1066/2001, de 28 de septiembre por el que se aprobó el Reglamento que establece las condiciones de protección del dominio público radioeléctrico, restricciones a las emisiones radioeléctricas y medidas de protección sanitaria frente a emisiones radioeléctricas, cabe decir simplemente que MIENTEN. Ese Reglamento especifica claramente en el Artículo 2 de su Capítulo 1 el Ámbito de Aplicación del mismo: “Las disposiciones de este Reglamento se aplican a las emisiones de energía en forma de ondas electromagnéticas que se propagan por el espacio sin guía artificial y que sean producidas por estaciones radioeléctricas, de radiocomunicaciones o recibidas por estaciones del servicio de radioastronomía. A los efectos de lo dispuesto en el párrafo anterior se considera estación radioeléctrica uno o más transmisores o receptores, o una combinación de ambos, incluyendo las instalaciones accesorias o necesarias para asegurar un servicio de radiocomunicación o el servicio de radioastronomía”.

Luego, ¿CÓMO OSAN ALEGAR EN LOS TRIBUNALES QUE ES ESE REGLAMENTO EL QUE REGULA EN ESPAÑA EL NIVEL DE RADIACIÓN LEGALMENTE ADMISIBLE DE UN TRANSFORMADOR ELÉCTRICO? ¿Y CÓMO ACEPTAN TAMAÑO DESATINO JURÍDICO NUESTROS JUECES, INCLUIDOS LOS DEL SUPREMO?

La pura verdad es que en España los límites de radiación de las estaciones y subestaciones eléctricas, los transformadores y las torres y líneas de alta tensión ESTÁN SIN REGULAR. Por tanto es una vergüenza que las compañías eléctricas aleguen que como ellas cumplen con los límites fijados para el espacio radioeléctrico están dentro de la ley porque es ¡FALSO!

Ciertamente la WACR es clara, concisa y contundente. Solo que va aún más allá en sus argumentaciones. Lo daremos a conocer en la revista del próximo número.

José Antonio Campoy

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Abril 2013
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