El derecho a decidir sobre la propia muerte

Si bien es cierto que el Parlamento de Cataluña ha aprobado la ley del Testamento Vital no lo es menos que el Congreso de los Diputados se ha negado a debatir esa ley porque no está dispuesto a considerar la eutanasia. Ni siquiera a considerar ese Testamento Vital que se limita a ser un documento dirigido al médico en el cual «una persona mayor de edad, con capacidad suficiente y libremente, expresa las instrucciones a tener en cuenta cuando se encuentre en una situación en que las circunstancias que concurran no le permitan expresar su voluntad». O sea, expresar simplemente el deseo de que no le alarguen la vida -el sufrimiento- una vez el médico haya considerado su situación como terminal. Y lo curioso es que el Congreso de los Diputados ha justificado su rechazo a considerar cualquier tipo de eutanasia en el hecho de que la jurisprudencia del Tribunal Constitucional asegura que el derecho a la vida no incluye el derecho a la muerte.

Como puede verse, en cuanto antecede hay varias incongruencias que merece la pena considerar.

La primera es que, aun elogiando la decisión del Parlamento de Cataluña al aprobar la ley del Testamento Vital, la verdad es que se trata de una ley que guarda muy poca relación con la eutanasia. Porque eutanasia es el hecho de provocar la muerte sin dolor, al margen de que se trate de un enfermo incurable o no. Debido esto a que el enfermo ha de esperar -como ocurre con el Testamento Vital– a que sea un médico quien decida si es incurable o no. Ya no es el enfermo quien decide sobre su propia vida.

¿Y en función de qué un médico se arroga ese derecho sobre una vida ajena? ¿Avalado acaso por la ignorancia que acredita todo título universitario? ¿Es que acaso la vida no es la vida de cada uno? La vida es personal e íntima, algo que sólo pertenece a cada uno, no al otro. Y si cierto es que hemos llegado a la vida por decisión ajena no menos cierto es que debemos morir por decisión propia. Y no sólo porque alguien en su ignorancia -y la ignorancia es prepotencia- asuma la función de verdugo y nos declare muertos. A fin de cuentas, la vida nos dice que nadie muere, que todos nos matamos. Nuestra vida es un continuo atentado contra nuestra propia salud. De manera que nada más justo y adecuado que dejar que seamos nosotros mismos quienes nos acabemos de matar. Y si los médicos se negaran a ayudarnos -lo que sería de elogiar en quienes tantas veces ayudan a morir creyendo que dan vida- algún órgano sanitario oficial debería enseñarnos a bien matarnos. Y eso cuando nos apetezca. De todas formas lo hacemos, aunque más lentamente.

Son muchas personas -personas esclarecidas- las que han decidido su muerte, unas veces porque se sabían enfermos incurables, otras para alejarse del sufrimiento -ese sufrimiento intenso que es ya estar muertos- y otras por el simple cansancio de vivir. Que vivir intensamente es muy cansado. Quizás por eso casi todos vivimos a paso lento. También algunos -y ese fue el caso de Aldous Huxley– para poder elegir su propia muerte, en su caso cabalgando sobre una dosis de mescalina.

¿Y qué me dirían si alguien decidiera dejarse matar -o sea, decidiera morir- por el solo hecho de alejarse del deterioro de la vejez y, al tiempo, intentar conocer qué es eso llamado muerte? Me dirán que quien eso hizo estaba loco. Y es posible porque sólo un loco -alguien distinto a nuestra mediocridad- puede llamarse Sócrates.

Ya saben que Sócrates, a la edad de 73 años, fue condenado a muerte por una democracia de tres tiranos. La razón, estar corrompiendo a los jóvenes con enseñanzas que no se ajustaban a las que esos tiranos imponían. Porque sabido es también que quien va por libre –aceptando, por ejemplo, la eutanasia, eso que tanto asusta a los tiranos porque ellos basan su vida en la muerte ajena, no en la propia- quienes van por libre, repito, deben beber la cicuta letal. Y Sócrates decidió beberla. Ni siquiera buscó defenderse. ¿Defenderse de qué, si él era quien podía acusar? ¿Y defenderse de quién, si él había decidido ser el dueño de su propia vida?

De manera que, como nos recuerda Xenofón:«¿Es que no sabes que hasta ahora ningún hombre ha vivido mejor ni más agradablemente que yo? Porque tengo por seguro que no hay mejor manera de vivir que aquella que se emplea en ser cada vez más perfecto, ni modo más agradable que sintiendo que, en efecto, lo conseguimos. Yo, hasta ahora, he gustado esta dicha; constantemente me he examinado interrogando a mi conciencia y comparándome con los hombres a los que frecuentaba; mis amigos me han juzgado como yo mismo lo hacía y ello no por afecto a mí, pues en este caso todos podrían tener la misma opinión de sus amigos, sino porque pensaban que buscando mi compañía se volvían mejores. De vivir, pues, más tiempo, no hay duda de que tendría que pagar mi tributo a la vejez; mis ojos y mis oídos se debilitarían, mi inteligencia cada vez sería inferior, aprendería con mayor esfuerzo, olvidaría más deprisa, breve: perdería todas las ventajas de que ahora disfruto. Si no me daba cuenta de ello sería como si ya hubiese dejado de vivir; de advertirlo, ¿no sería mi vida cada día más triste y más desdichada?»

Para qué seguir. Sócrates sabía que el derecho a la vida incluye el derecho a la muerte. Porque morir es sólo dejar de percibir la realidad de la propia percepción. Y cuando, al envejecer, perdemos esa capacidad de percibir adecuadamente -todo lo adecuadamente que la vida nos permite- eso es ya muerte. La otra muerte, o sea, eso que llamamos muerte es sólo el «horror vacui», el horror al vacío de no saber qué es. Es algo que no existe, que no podemos vivenciar, algo sobre lo que nadie se puede pronunciar. Ni el Tribunal Constitucional. Pero no para prohibirlo con un pésimo sofisma sino para dejarlo ahí como un camino que lleva al misterio y que cada persona, por sí misma, debe decidir cómo va a recorrerlo. E incluso es libre de decidir si quiere abrir la puerta de ese misterio -el único y Gran Misterio, el que encierra todos los demás, incluido el concepto de Dios- antes de que la puerta se abra por sí misma.

Joaquín Grau

Este reportaje aparece en
31
Septiembre 2001
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