Saber enfrentarse a la muerte

Las personas del mundo occidental no sabemos hoy día enfrentarnos a la muerte. Ni a la propia ni a la de las personas a quienes queremos. Mucho menos cuando esa posibilidad se presenta de forma absolutamente inesperada. Y mucho menos aún cuando la causa es una negligencia médica. La historia que a continuación narramos es rigurosamente cierta. Y si omitimos los nombres y apellidos de sus protagonistas es porque la intención de este artículo no es denunciar el caso sino utilizarlo para ilustrar cómo nos enfrentamos generalmente todos a la muerte y compartir la experiencia de una de sus protagonistas, nuestra compañera Carmen Quintana, en la medida en que pueda ayudar a otros.

Perla, la perra que durante años vigiló la finca de mis padres, recibió siempre con muestras de alegría y afecto a todo el que se acercó hasta la casa haciendo realidad el dicho de que los perros terminan pareciéndose a sus amos. Y es que aquella pastora alemana que tan estrecha relación tuvo siempre con mi padre, Enrique, se asemejaba mucho a él en ese sentido. Sin embargo, aquel compañerismo no implicaba que Perla pudiese entrar en la vivienda. La nuestra era una casa de campo en la que además de cultivarse algunas verduras y hortalizas -amén de las flores y árboles frutales del jardín que mi madre cuidaba con cariño- había varias vacas lecheras, negocio que servía de sustento a mi familia. Y, obviamente, Perla, juguetona y vivaracha, no tenía el aspecto inmaculado de un perro de ciudad y hubiese puesto el suelo perdido.

Por eso, cuando aquella tarde del 10 de Julio de 1988 vi que asomaba su cabeza por la puerta de la habitación de mi padre, ubicada en la segunda planta de la vivienda en la que reposaba en cama enfermo desde hacía ya un mes, me sorprendió infinitamente. Perla jamás había osado cruzar siquiera el umbral de la puerta del hall.

Aún perpleja, la vi entrar muy despacio y acercarse a su cama con la mirada triste y la cabeza gacha. A continuación se levantó, puso las patas delanteras con cuidado sobre el pecho de mi padre y dejó caer suavemente su cabeza sobre la de mi padre. Jamás lo olvidaré. Mi padre me miró entonces y durante unos segundos permaneció en silencio. Luego, con los ojos humedecidos por las lágrimas que no se atrevían a salir, acarició a Perla y dijo: «Creí que me quedaba más tiempo». No se equivocó. Tres días después mi padre moría.

Hoy, casi once años después, mientras escribo estas líneas, siento aún en el pecho la congoja de aquel momento y también se me humedecen los ojos. Y me siguen asombrando tanto la entereza de mi padre como la intuición de Perla y su gesto de subir hasta la habitación para despedirse. Indudablemente, Perla sabía que mi padre se iba. Y no se movió de su lado hasta que él, emocionado, le dijo que se fuera. Algo a lo que ésta se resistió aunque finalmente accediera resignada. Y así, muy despacio, volviendo la cabeza para mirarle de nuevo al llegar a la puerta, abandonó la habitación.

Aproveché entonces para salir al pasillo. No podía soportar la emoción y no quería desmoronarme delante de mi padre. Y allí, mientras intentaba reponerme, pude ver cómo Perla se alejaba caminando despacito hacia la escalera de bajada.

Creo -realmente no sé el tiempo que pasó- que no estuve en el pasillo más de un par de minutos. Sólo sé con seguridad que cuando volví a entrar vi que mi padre estaba mirando al techo y me senté en silencio sin decir nada. Sin embargo, no transcurrió mucho tiempo cuando, como si nada hubiera sucedido, mi padre retomó la conversación que estábamos manteniendo cuando entró Perla. Aún confusa, le seguí la corriente y tampoco me referí a lo sucedido. La verdad es que me costaba mucho esfuerzo articular palabra alguna.

Mi padre, con cáncer de páncreas, conocía la gravedad de su estado y sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Pero no es menos cierto que hasta aquella visita inesperada de Perla había pensado, como me diría dos días después, que le quedaba algo más de tiempo.

¿ESTAMOS PREPARADOS PARA AFRONTAR LA MUERTE? 

Debo decir, rotundamente, que no. Que la mayoría de nosotros no está preparado para afrontar la muerte. Ni la propia ni la de alguien cercano a quien queremos. Y si esa muerte se debe a la negligencia de una tercera persona, menos aún. Y quiero explicarlo porque me parece importante.
Mi padre fue víctima de un grave e inexplicable «error» médico que tuvo lugar cinco años antes en el Hospital General de la Seguridad Social de Lugo.

Sé que la historia es, por desgracia, similar a otras. Como sé hoy que nunca comprende uno el dolor y sufrimiento ajenos hasta que los vive en carne propia.

El caso es que habíamos llevado a mi padre al hospital a causa de un simple cólico; algo doloroso pero no peligroso cuando se trata a tiempo. Sin embargo, días después mi padre se seguía encontrando mal. El tiempo transcurría y las pruebas analíticas -según los médicos- no detectaban la causa de su malestar. Así que a los dos meses de estar internado y viendo que el problema persistía nos propusieron abrirle quirúrgicamente el abdomen para salir de dudas. Mi hermano y yo -mi madre no pudo opinar porque había sufrido una trombosis cerebral y se encontraba en otra habitación tres plantas más arriba- accedimos. Éramos muy jóvenes y confiábamos sin recelo en los médicos.

El resultado fue desesperanzador. Nos comunicaron que tenía un cáncer en fase terminal, que ante lo avanzado del mismo no habían hecho nada y que le quedaban no más de 30 días de vida. Como el lector podrá imaginar, aquello fue un mazazo. Mi hermano y yo, confusos, decidimos no decírselo a mi padre. Como tantas otras personas, creímos que era «mejor» que no lo supiera. Pero lo cierto es que no estábamos preparados para afrontar la muerte y decidimos, ignorantes, que nuestro padre tampoco.

Y así, no siendo posible hacer nada, el 24 de Diciembre los médicos decidieron enviarle a casa –«para que pasase su última Navidad en familia»– aun cuando la cicatriz estaba muy roja y el abdomen hinchado. Sorprendidos de que le dieran el alta así, nos dijeron que la inflamación se debía a la amplia extensión del tumor y que el color de la herida era normal tras la intervención. Y con tan simples explicaciones nos fuimos todos a casa, incluida mi madre que también recibió ese mismo día el alta.

La situación de mi padre, sin embargo, empeoró en las horas siguientes. Los dolores comenzaron a ser insoportables. Y sin ganas de comer, tomando analgésicos para intentar amortiguar el sufrimiento e intentado no molestar más de lo estrictamente necesario, mi padre vivió un auténtico calvario metido en su cama. Mientras, nosotros le acompañábamos, impotentes y angustiados por entender que todo era consecuencia del cáncer y no podíamos hacer nada más. Pero a la mañana del segundo día, mi padre, compungido, nos diría que tenía las ropas y las sábanas de la cama completamente mojadas a pesar de que no tenía consciencia de haberse hecho nada encima. Cuando le destapé para mirar comprobé que estaba absolutamente empapado y cómo de la herida salía un líquido viscoso amarillento. Rápidamente le levantamos y sin cambiarle, con el mismo pijama, sólo abrigándole, le llevamos de inmediato al servicio de Urgencias del hospital de Lugo. Allí, el joven médico que estaba de guardia en aquellas fechas navideñas nos diría, atónito, que mi padre tenía una enorme infección interna y que la herida había supurado no menos de -a su juicio- ¡cinco o seis litros! de pus (dado el estado en que quedó el colchón hubo que tirarlo). Es decir, que  esa -y no otra- era la causa de la hinchazón y el estado de la herida. Sentí que me hervía la sangre de indignación.

Unas horas después, limpiado y tratado, mi padre volvía a casa. Tan recuperado que durante el camino nos dijo que tenía muchísima hambre y que le apetecía «un filete con patatas fritas». Y esta vez quienes quedamos atónitos fuimos nosotros porque desde que había sufrido la operación no había comido nada y se había mantenido sólo con suero. Era evidente que su organismo -mi padre era un hombre fuerte y siempre estuvo sano- había vencido el proceso infeccioso. Aquello, como el lector imaginará, nos llenó de alegría. Aunque el recuerdo de que su cáncer era terminal nos devolvería pronto a la realidad.

SE CUMPLE EL PLAZO 

Una vez en casa los días transcurrirían con exasperante lentitud mientras nosotros, angustiados, disimulábamos nuestra congoja sin atrevernos a decirle la verdad. Y permítame el lector que le ahorre la descripción del sufrimiento interno que una situación así genera, en especial porque mi padre, sin lógica alguna, se encontraba mejor cada día.

El caso es que el plazo del mes de vida que los médicos le daban pasó y mi padre se encontraba estupendamente. Ante lo que, como es lógico, empezamos a desconfiar de la veracidad de lo que nos habían dicho y decidimos consultar con el médico al que mis padres habían acudido siempre cuando se encontraban mal, el doctor Pardo Gómez, endocrino con consulta en Lugo quien al conocer la historia nos recomendó ingresar a mi padre en Puerta de Hierro para averiguar la verdad.

Y así lo hicimos, pese a que mi padre no entendía nuestro empeño ya que se encontraba muy bien. De hecho, creo que accedió porque en aquel entonces yo estaba estudiando cuarto de Periodismo en la Universidad Complutense y debió pensar que era una «buena» excusa para estar unos días juntos y conocer cómo vivía yo en Madrid.

Recuerdo que cuando llegó al Hospital de Puerta de Hierro le sorprendió mucho la diferencia con el de Lugo. Y no por su tamaño, sus medios o sus equipos tecnológicos de vanguardia sino porque en éste -me decía agradablemente sorprendido- las enfermeras eran cariñosas y atentas, al igual que los médicos.

Bien, pues he de decir que cuando los médicos leyeron el informe del cirujano de Lugo no daban crédito. Les parecía «sorprendente que pudiera haber sido hecho por un médico». Asombro que se multiplicó cuando vieron el «corte» de la intervención. Aún recuerdo a las enfermeras diciéndole a mi padre «¿Pero dónde le hicieron esto, Enrique?» y cómo él respondía simplemente: «En mi tierra».

En suma, mi padre fue sometido a distintas pruebas y el resultado fue contundente: NO TENÍA CÁNCER. Sólo padecía una pancreatitis crónica.

Fueron momentos indescriptibles. Momentos en los que mi alegría sólo era equiparable a mi confusión. Porque -me preguntaba-, ¿cómo podía haber diagnosticado el cirujano de Lugo que mi padre tenía cáncer tras abrirle el abdomen si no era así? ¿Y por qué nos había dicho que se había limitado a abrir y, al ver el cáncer tan extendido, cerrar sin hacer nada cuando en realidad había practicado en el páncreas una innecesaria (a juicio de los especialistas de Puerta de Hierro) desviación bilio-intestinal? ¿Por qué nos había mentido?

No entraré aquí en detalles. Sólo mencionaré que unas semanas después aquel cirujano incompetente y mentiroso, junto a la doctora en Medicina Interna que hizo y corroboró con él el diagnóstico, pedían perdón a mi padre y, llorando, le rogaban que no les denunciara. Mi padre accedió. Por mi parte, comprendo su actitud porque sé bien de su bonhomía pero no he compartido nunca su decisión. Hoy, esos dos médicos siguen ejerciendo -creo que en el mismo hospital- y no puedo dejar de preguntarme si no habrán hecho sufrir a otras familias con nuevas “equivocaciones”.
Por supuesto, cuando recibí la noticia todo esto quedó en los primeros momentos en un segundo plano dada mi inmensa alegría. Tanta que tuve que contarle a mi padre toda la verdad. Recuerdo que me miró entonces fijamente y se limitó a decirme: «Así que os dijeron que me iba a morir y no me dijisteis nada». 

EL MAL ESTABA HECHO 

Tras aquella experiencia y durante cinco años mi padre hizo una vida normal disfrutando de buena salud a pesar de que su páncreas -según le dijeron en el hospital de Puerta de Hierro- había quedado afectado. Razón por la que, como medida de precaución, acudía cada año a Madrid a pasar una revisión rutinaria de control.

Al quinto año, sin embargo, mi padre empezó a sentirse cansado. Problemas con un hermano habían hecho que su salud empezara a resentirse. Preocupada, hablé con los médicos que lo atendieron en Madrid, les conté lo que pasaba y le hicieron un chequeo completo. No encontraron nada anómalo. Sin embargo, su estado de ánimo no mejoraba. Y empecé a comprender que la discusión con su hermano le había afectado anímicamente tanto que su cuerpo se resentía. Demostración palpable de cómo los conflictos psíquicos y emocionales, como tantas veces había leído, se somatizan en el cuerpo. El propio equipo médico así lo entendió y le sugirieron que hablara con un psiquiatra sobre su conflicto familiar advirtiéndole que como su páncreas estaba muy debilitado a causa de la equivocación del cirujano de Lugo, podría terminar enfermando. Sin embargo, mi padre, aun siendo consciente del problema, no pudo superar mentalmente lo que consideraba una flagrante injusticia que no entendía por parte de su hermano y su amargura le hizo finalmente enfermar.

Cinco meses después, de nuevo en Madrid a causa de su empeoramiento, se le diagnosticó -esta vez sí- cáncer de páncreas. Y no hizo falta que los médicos se lo dijeran. Antes de recibir el diagnóstico, él mismo se adelantó: «Sé lo que tengo. Ahora sólo deseo irme a mi casa y morir al lado de los míos».

Decidí romper con mis obligaciones profesionales y marcharme a Galicia con él. Y al día siguiente, a primera hora de la mañana, una ambulancia nos trasladaría a los dos a Lugo. No sin despedirse antes para siempre de los médicos y enfermeras con los que tanto había hablado y a quienes había contado su vida por activa y pasiva.

Durante los quinientos kilómetros que separan Madrid de Loseiro, la aldea donde vive mi familia, charlamos mucho. Y he de decir que observé en él un cambio notable que no me pasó desapercibido: dejó de hablar en futuro para hablar en presente.

La llegada a casa aquel lluvioso 2 de Junio de 1988 no fue fácil. Aún recuerdo a mi madre, a mi hermano y a la tía-abuela que vivía con nosotros aguardándonos con el rostro desencajado. Y es que no resulta sencillo asimilar que a un ser querido -esta vez sí estaba invadido- le restan sólo unos días de vida.

NO MENTIR Y DEJARLE HABLAR 

La primera semana transcurrió de forma más o menos normal. Se levantaba y todavía permanecía varias horas de pie. Pero a partir de la segunda no pudo ya ni levantarse de la cama. Empezaba una etapa de mes y medio en la que me convertí en su compañera de hábitat, en su confidente y, en definitiva, en su acompañante las veinticuatro horas del día. Tenía muy presente mi error cinco años antes y no quería repetirlo. Mi padre tenía derecho a expresar todo lo que sentía, a compartir sus inquietudes, sus miedos y, sobre todo, a ser escuchado. Y yo iba a estar a su lado.

Mes y medio en el que hablamos extensamente de la muerte y de la vida. Pero sobre todo de la vida. Y del futuro. Del mío y del de los míos. Seis semanas en las que procuró transmitirme su experiencia, su sabiduría, lo que la vida le había enseñado. En cambio, cuando mi madre entraba en la habitación todo era distinto y procuraba dar la impresión de que no pasaba nada, como si se fuera a recuperar.

Aún recuerdo su insistencia en dejar «todos los cabos atados», preocupado por no dejarnos nada engorroso que pudiera él resolver antes de marcharse. Como recuerdo su insistencia en aconsejarnos a mí y a mi hermano que, ante todo y por encima de todo, fuésemos honestos en la vida.
Habló mucho durante aquel mes y medio. Le gustaba recibir a sus amigos y vecinos y solía decirles que lo único desagradable de la muerte por cáncer era el dolor físico, un dolor que sólo podía mitigar con la morfina que mi hermano le inyectaba cada seis horas.

Pero, sobre todo, aún hoy me cuesta comprender la serenidad con la que afrontó la muerte. Algo que durante su última estancia en Puerta de Hierro, cuando estuvo ingresado en la planta de Oncología, pude percibir también en muchas de las personas que allí conocí y sabían que su enfermedad era irreversible y les quedaba poco tiempo de vida.

Hoy sé, por experiencia, que los familiares de los enfermos terminales deberíamos ser más valientes y sinceros con ellos y no intentar engañarles. No les hacemos ningún bien. Las personas que saben que su muerte es inminente necesitan abrirse; por tanto, negarles esa posibilidad creyendo que así les levantamos el ánimo es un error porque las estamos privando de la necesidad que sienten de hablar. Y reconozco que no es nada fácil. ¡Cuántas veces tuvo que decirme mi padre «Anda, hija, llora; te sentirás mejor. No te preocupes por mí, estoy bien»!

Ánimo que mantuvo hasta que Perla entró en la habitación. Entonces sí dejó de hablar tanto y empezó a buscar momentos de silencio.

Dos días antes de su muerte mi padre se despidió de su hermano Alfonso y, una vez más, le pidió que ocupara su lugar tras su marcha. Luego me pidió que le permitiera cumplir un último capricho: tomar un poco de tocino con pan -¡Dios, cómo lo disfrutó!-. Por la noche, de manera sutil, sabedor de que se iba pero procurando que no percibiéramos que era el adiós definitivo, se despidió de mi madre, de mi hermano, de mi tía y de mí.

A mediodía del día siguiente me dijo que estaba un poco mareado. Luego quedó postrado, inmóvil, y no volvió a hablar. Sólo podía comunicarse con la mano, apretando las nuestras con la suya. Permanecimos junto a él durante varias horas. A las siete de la mañana de aquel inolvidable 13 de Julio de 1988 mi padre se marchó. Desde entonces nunca ha dejado de estar con nosotros.

 Carmen Quintana

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Mayo 1999
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