El método más eficaz para prevenir y tratar los problemas cardiovasculares

La carencia crónica de vitamina C es la causa fundamental de todas las enfermedades cardiovasculares ya que es absolutamente esencial para mantener en buen estado las arterias. Así lo afirma al menos el conocido médico e investigador alemán Matías Rath para quien el exceso de colesterol y triglicéridos así como la hipertensión no son sino factores secundarios de riesgo. Consecuentemente, los tratamientos actuales carecerían de sentido. Una contundente afirmación que explica en detalle en su popular obra “Por qué los animales no sufren infartos y los hombres sí” cuya edición en español acaba de ver la luz.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) dieciséis millones y medio de personas murieron en todo el mundo durante el año 2002 a causa de distintas “enfermedades” circulatorias -patologías cardiovasculares, cerebrovasculares y otras dolencias cardíacas- por lo que constituyen la primera causa de muerte en las sociedades industrializadas. Y la cifra de fallecimientos aumenta cada año a pesar de los miles de millones de euros gastados en medicamentos para tratar de combatirlas.

Evidentemente si las soluciones propuestas se miden por su eficacia habrá que concluir que en este caso -como en el de la mayoría de las enfermedades crónicas- los tratamientos a base de fármacos no suponen solución alguna. Lo que quiere decir que o bien las teorías más aceptadas sobre las causas de las enfermedades circulatorias no son correctas, o bien los medicamentos se limitan a paliar síntomas sin solucionar la raíz del problema. Es pues imprescindible prestar atención a otros enfoques sobre la causa de las enfermedades cardiovasculares y sus posibles tratamientos. Porque existen, han surgido en el seno de la propia comunidad científica y, sin embargo, están siendo inexplicablemente silenciados. Es el caso del conocido médico alemán Matías Rath, autor de una singular obra que acaba de ponerse a la venta en español: “Por qué los animales no sufren infartos y los hombres sí” que lleva como subtítulo “El avance médico que acabará con las enfermedades del corazón”. Contundente afirmación que basa en un nuevo enfoque de la causa de las enfermedades cardiovasculares y de cómo prevenirlas o afrontarlas cuando aparecen.

VITAMINAS Y OTROS MICRONUTRIENTES, LA CLAVE

Más de dos décadas de investigaciones centradas en encontrar las causas de las enfermedades circulatorias llevarían al doctor Rath a una conclusión que cambia completamente la actual forma de contemplar las patologías cardiovasculares: el convencimiento de que todas ellas se inician por una deficiencia crónica de vitamina C y otros micronutrientes esenciales, especialmente aminoácidos y enzimas.

Es decir, según Rath es la carencia crónica de algunos nutrientes esenciales en las células endoteliales del sistema circulatorio lo que termina afectando su estructura y produciendo lesiones y agrietamientos. El endotelio tiene una función fundamental en nuestro organismo al ser la capa de células que cubre el interior de los vasos sanguíneos, una epidermis que facilita el desplazamiento de la sangre y de cuyo estado depende la circulación sanguínea. El endotelio está considerado como un órgano constituido por millones de células que forman una capa muy delgada que recubre la totalidad de la superficie interna del corazón, las arterias, los vasos capilares y las venas y cuyo peso aproximado es del 5% de nuestro peso total (pesaría 3 kilos y medio, pues, en alguien de 70 kilos). Células que consumen gran cantidad de energía, fruto de su activo metabolismo.

Pues bien, Rath asegura que las paredes endoteliales de todos esos órganos se deterioran –se agrietan- cuando al organismo le faltan de manera crónica determinados micronutrientes siendo ese el origen real de todas las enfermedades cardiovasculares. Deterioro que el organismo intenta reparar recubriendo las grietas con colesterol –más concretamente con la lipoproteína (a)-. El problema es que ese mecanismo reparador –del que hablaremos más extensamente- tiene el inconveniente de que las partículas que circulan por la sangre se pegan al colesterol formando lo que conocemos como placas arteroscleróticas y pueden, al ir aumentando con el tiempo, impedir el flujo de la sangre. Un mecanismo que es utilizado por el organismo sobre todo en los lugares de especial tensión… lo que explica que el desarrollo predominante de las placas se de fundamentalmente en las arterias coronarias ya que son éstas las que más sufren el esfuerzo mecánico del corazón. Por eso los infartos de miocardio constituyen la manifestación clínica más frecuente de la enfermedad cardiovascular.

¿Y qué propone Rath? Pues algo muy simple: ante todo, saber que para prevenir los problemas circulatorios bastaría con proporcionar diariamente al organismo -mediante la alimentación o con suplementos si es preciso- las vitaminas, minerales, enzimas, aminoácidos y demás oligoelementos necesarios para su correcto funcionamiento. Y en el caso de que ya exista deterioro seguir un tratamiento específico de recuperación que consiste en la ingesta de unos comprimidos con más de 30 micronutrientes especialmente seleccionados (en la proporción adecuada).

Hay que añadir que la afirmación de Rath está avalada por numerosos estudios científicos realizados por su propio instituto de investigación pero también por una amplia documentación científica procedente de todo el mundo que documenta el beneficio para la salud de la ingesta de micronutrientes. Podemos estar pues ante un método capaz de evitar millones de muertes además del actual despilfarro en medicamentos que ni previenen ni curan.

LA VITAMINA C, NÚCLEO CENTRAL DEL PROGRAMA

Debemos explicar que la teoría de Rath se basa sobre todo en la necesidad imperiosa que el organismo tiene de un componente esencial: la vitamina C. Una vitamina que, a diferencia de la mayoría de los animales, nuestro organismo no es capaz de sintetizar y por eso requiere ingerirla prácticamente a diario. Es importante entenderlo porque cuando no se hace así… aparecen los problemas circulatorios además de otras patologías. Un problema que no tienen la mayoría de los animales porque sus organismos sí la producen, sí la sintetizan.

Hoy sabemos que la vitamina C –que puede encontrarse en forma deácido ascórbico, ascorbato cálcico, ascorbato sódico, ácido cevitámico o ácido hexurónico- es fundamental para el ser humano en al menos 8 procesos orgánicos. Siendo quizás el más importante su intervención en la formación de colágeno, proteína imprescindible en los tejidos que dan soporte a nuestro organismo: cartílagos, matriz ósea, ligamentos, piel, tendones, paredes arteriales, etc. La alteración de esta función se manifiesta a través de una serie de síntomas que van desde la dificultad para cicatrizar o reparar fracturas hasta hemorragias en la piel o lesiones en las encías.

Casi todo el mundo sabe también que su carencia provoca en el ser humano el escorbuto, dolencia que se convirtió en una auténtica epidemia durante la Edad Media y que los navegantes españoles conocían como “la peste de la naos”. Era sufrida por aquellos que pasaban largas temporadas sin ingerir frutas o verduras frescas, básicamente los navegantes y los habitantes de poblaciones que sufrían largos asedios. Sus síntomas eran debilidad y dolor muscular y articular así como múltiples hemorragias espontáneas que acababan causando la muerte.Y aunque existen testimonios de cómo los indios americanos ayudaron a algunos navegantes a recuperarse con infusiones vegetales y alimentos frescos oficialmente el remedio contra el escorbuto no se descubrió hasta que el médico de la marina inglesa James Lindt realizó en 1756 los primeros ensayos controlados de la historia de la Medicina. Lindt escogió a doce marineros afectados por la enfermedad e hizo seis grupos de dos marineros cada uno a los que suministró seis tratamientos diferentes para observar su evolución. Lindt descubriría así que sólo la pareja a la que se suministró zumo de limón y naranja como parte de la dieta evolucionaba favorablemente. Afortunadamente no tuvo que repetir su experimento en los grandes centros hospitalarios de la época -como hoy se exige- ni realizarlo con cientos o miles de personas. La simple observación clínica sirvió para su aplicación y terminar con la epidemia de escorbuto.

Aunque sin identificar en ese momento, hoy sabemos que el agente causal de la enfermedad era la falta de vitamina C (se llama “vitamina C” a todos los compuestos que poseen la actividad biológica del ácido ascórbico) en el organismo. Y a partir de entonces los marineros de la armada inglesa recibieron el apodo de “limely”” o bebedores de limón siendo adoptado el método poco a poco por los demás países.

La relación entre la vitamina C y el estado del sistema circulatorio es pues evidente y conocida desde hace más de dos siglos pero Rath ha sido el primero en establecer una relación directa entre el escorbuto y las patologías coronarias. “Las enfermedades cardiovasculares –explica Rath- son en realidad una forma temprana del escorbuto. En ambos casos la falta de vitamina C en las células cardiovasculares provoca la aparición del trastorno. En el caso del escorbuto el agotamiento total del ascorbato del cuerpo lleva a la disolución de la estructura de las paredes arteriales causando hemorragias y, en última instancia, la muerte. En las enfermedades cardiovasculares la carencia de ascorbato aumenta poco a poco a lo largo de los años provocando la necesaria reparación de las paredes arteriales y, por ende, la formación de placas”.

La relación establecida por Rath entre el escorbuto y las enfermedades cardiovasculares supone, en suma, situar la causa de las mismas en el estado físico de las arterias. Y al tiempo, reinterpreta el papel de los depósitos arteroscleróticos que pasan de ser algo completamente negativo a un mal necesario porque constituyen el recurso de emergencia que emplea nuestro organismo para taponar las grietas sufridas en el endotelio por la carencia de nutrientes, especialmente de vitamina C. Un problema que posee el ser humano –al igual que los primates y algunas otras especies como los conejillos de indias- porque carece de la enzima hepática l-gulonolactona oxidasa encargada de provocar la conversión de glucosa en vitamina C y por eso necesitamos ingerirla con la alimentación.

En suma, la razón por la que la mayor parte de los animales no sufren infartos, según Rath, es que a diferencia de los seres humanos éstos elaboran su propia vitamina C en cantidades que, calculadas en función del peso de un ser humano, supondrían entre 1 y 20 gramos diarios. Sería pues su presencia –en sinergia con otros micronutrientes- lo que permite a las arterias mantenerse fuertes sin necesidad de recurrir a las placas grasas como remedios ocasionales para tapar las grietas que provocan su déficit. Y no sólo eso: también se puede revertir el proceso eliminando las placas de ateroma.

MUCHOS AÑOS DE SILENCIO

Hay que decir que la importancia del papel de la vitamina C en nuestras arterias quedó establecida en los años 30 del pasado siglo. Los médicos canadienses J. C. Paterson y G. C. Willis sospecharon ya entonces que la enfermedad cardiaca está relacionada con la estabilidad de las arterias y ésta, a su vez, con la cantidad de vitamina C presente en el organismo. Es más, comprobaron que las placas arteroscleróticas no estaban distribuidas aleatoriamente sino que se desarrollaban en aquellos lugares donde los vasos sanguíneos están sometidos a una mayor tensión mecánica, es decir, en las arterias coronarias.

En 1937 Paterson midió los niveles de vitamina C en los tejidos de los pacientes de un hospital comprobando que quienes padecían enfermedades cardíacas tenían un 80% menos de vitamina C en su sistema circulatorio que los pacientes del grupo de control. Por su parte, Willis agregó medio gramo diario de vitamina C a la dieta de un grupo de pacientes logrando con esa simple medida eliminar las placas en la mitad de ellos mientras no hubo reducción alguna en el grupo de control al que no se dio el suplemento vitamínico. Willis también comprobó que la ingesta diaria de vitamina C era efectiva en el 100% de los casos a la hora de prevenir la arterosclerosis en conejillos de indias. Incomprensiblemente, estos resultados -publicados en el Journal of The Canadian Medical Association– fueron ignorados por la clase médica dominante.

A pesar de las dificultades para seguir avanzando, otros pioneros como Irwin Stone, Albert Szent-Gyorgyi -Premio Nobel en 1937 por el descubrimiento de la molécula de la vitamina C-, Linus Pauling -dos veces Premio Nobel- y Matías Rath -en la actualidad- recogieron el testigo de la investigación sobre la importancia de la vitamina C.

Stone, que estudió la propiedades de la vitamina C desde 1932, afirmaría en su obra The Healing factor: Vitamin C Against Disease -publicada en 1972- lo siguiente: “Podemos conjeturar que la producción de ácido ascórbico (vitamina C) fue un logro temprano del proceso de la vida debido a su amplia distribución en casi todos los organismos vivientes actuales. Se produce en cantidades comparativamente grandes en las plantas más simples y en las más complejas; se sintetiza en las especies animales más primitivas así como en las más altamente organizadas. Excepto posiblemente en ciertos microorganismos, aquellas especies de animales que no pueden elaborar su propio ácido ascórbico son las excepciones y lo requieren en su comida si quieren sobrevivir. Sin él, la vida no puede existir”.

Pauling -Nobel de Química en 1954 por sus investigaciones sobre la estructura de las moléculas de las proteínas y Nobel de la Paz en 1962 por su acción a favor del desarme (en enero de 1958 presentó en Naciones Unidas una petición firmada por 11.021 científicos en contra de los ensayos con armas nucleares)- quedó convencido por los trabajos de Stone de la necesidad que tiene nuestro organismo de grandes cantidades de vitamina C y desde el prestigio que le conferían sus dos Nobel planteó la hipótesis del accidente evolutivo como causa de la incapacidad del ser humano para elaborar su propia vitamina C. “La mayoría de las personas en el mundo –escribiría Pauling- padece una enfermedad causada por una deficiente ingesta de ácido ascórbico, una enfermedad que Stone denominó hipoascorbemia. Esta enfermedad parece estar presente debido a un accidente evolutivo que ocurrió hace muchos millones de años. Los antepasados de los seres humanos (y de sus parientes actuales, otros primates) vivieron probablemente en un área en la que las comidas naturales disponibles les proveían de cantidades muy grandes de ácido ascórbico (muy grandes comparadas con las cantidades normalmente ingeridas ahora y con las normalmente recomendadas hoy por médicos y otras autoridades en Nutrición) pero algún tipo de mutación les anuló la capacidad natural de fabricar el ácido ascórbico dentro de su propio cuerpo”.

Años después –y tras múltiples investigaciones sobre la vitamina C- Pauling denunciaría que la cantidad de 60 mg por día recomendada entonces por la FDA -la misma que recomiendan las autoridades sanitarias españolas- es ridícula ya que se trata de una cantidad ¡entre 30 y 300 veces menor! que la concentración encontrada en otros mamíferos. En otras palabras, vino a decir que los seres humanos necesitaríamos ingerir entre 2 y 20 gramos diarios para tener el mismo nivel de ascorbato que los animales. Pues bien, sería la afinidad sobre el papel de las vitaminas y la salud lo que propiciaría el encuentro entre Matías Rath y Linus Pauling.

Rath había descubierto en 1987 que no era el exceso de lipoproteínas de baja densidad (conocidas como LDL o “colesterol malo”) el responsable de la formación de las placas arteroscleróticas -y, por tanto, de las enfermedades cardiovasculares- sino una lipoproteína de baja densidad en concreto, la lipoproteína (a), que se halla rodeada de una película adhesiva que lleva al depósito de colesterol y otras grasas en las paredes arteriales. Y que ese depósito sólo se produce cuando éstas se encuentran debilitadas y el organismo tiene que reparar su agrietamiento (básicamente, por deficiencia de vitamina C).

En 1991 Pauling y Rath presentarían conjuntamente a la comunidad científica internacional su revolucionario descubrimiento: “La solución al enigma de la enfermedad cardiovascular humana: su causa primaria es la deficiencia de ascorbato que lleva a la deposición de lipoproteína (a) en la pared vascular”. Un año después, en una conferencia de prensa conjunta celebrada en San Francisco y que constituyó la última aparición en público de Pauling, ambos trataron de trasmitir al mundo que la victoria sobre las enfermedades cardíacas ya era posible. Pero pocos médicos escucharon…

Desde entonces el trabajo de Rath se ha dividido entre nuevos estudios que avalan sus conclusiones y la lucha contra –en sus propias palabras- “las tácticas de los grupos económicos para ocultar la existencia de métodos naturales para acabar con los infartos y otras dolencias vasculares”. Un momento crucial de esa lucha fue el intento de las multinacionales farmacéuticas de que las vitaminas pasaran en Estados Unidos a tener la consideración de “medicamentos”. No lo consiguieron. Sin embargo, “tras perder esa batalla la industria farmacéutica –explica Rath- decidió reagruparse a nivel internacional y en 1955 lanzó una campaña mundial para declarar ilegal toda la información relacionada con las vitaminas y con las terapias naturales no patentables. Y con tal fin el cartel farmacéutico ha llegado incluso a aprovecharse de instituciones políticas internacionales como el Parlamento Europeo o la Comisión ‘Codex Alimentarius’de las Naciones Unidas”.

Una amenaza que sigue vigente. El lector pueden conocer las maniobras que contra las terapias y productos naturales están en marcha y de las que hemos venido informando ampliamente en nuestra revista consultando nuestra web: www.dsalud.com

LOS NUEVOS PLANTEAMIENTOS SOBRE LAS ENFERMEDADES CARDÍACAS 

¿Conseguirá el libro “Por qué los animales no sufren infartos y los hombres sí” cambiar ideas tan arraigadas como la “culpabilidad” del colesterol o la hipertensión en las dolencias cardiovasculares? ¿Aceptarán los cardiólogos que quizás estén confundiendo los síntomas con la causa real? Mientras esa duda se aclara veamos de forma resumida los aspectos básicos de la teoría de Rath sobre las enfermedades cardiovasculares:

1) Arterias y venas. Las arterias y las venas -como el resto de nuestro organismo- están sometidas a un continuo proceso de deterioro y reparación celular. Y para reparar o reemplazar los tejidos nuestros cuerpos deben producir obligatoriamente una proteína llamada colágeno. Pues bien, para elaborar colágeno el cuerpo necesita grandes cantidades de ascorbato, es decir, de vitamina C. Y como nuestro organismo no la produce es absolutamente necesario ingerirla a través de las comidas o de suplementos vitamínicos. Especialmente porque el consumo de verduras y frutas naturales y frescas -de temporada- que desde la noche de los tiempos han sido nuestras principales fuentes de suministro de vitamina C y otros micronutrientes… se ha reducido notablemente. Sin olvidar que los actuales procesos industriales de manipulación, preparación y cocción de los alimentos hacen perder gran parte de las vitaminas que contienen cuando son consumidos. El resultado es una dieta deficiente que impide al organismo tener suficiente ascorbato para hacer colágeno lo que lleva a las paredes arteriales a resentirse pudiendo con el tiempo agrietarse. Deficiencia que, en caso de ser prolongada, puede llevar hasta el escorbuto y a la aparición de hemorragias que pueden causar la muerte.

2) La lipoproteína (a). La aparición de grietas en las arterias por falta de colágeno obliga al organismo a intentar reparar las lesiones producidas con soluciones transitorias. Sólo que esas soluciones que a corto plazo resuelven el problema… también pueden provocar a medio o largo plazo situaciones peligrosas. Como ya hemos explicado, la falta de colágeno suele provocar lesiones en las áreas de máxima tensión física. Y ese es el caso de las arterias coronarias. Así que cuando se produce un agrietamiento el organismo utiliza lipoproteínas (a) para taponarlas… formándose con el tiempo lo que conocemos como placas arteroscleróticas. Obviamente, si la situación de lesión arterial perdura las placas crecen en tamaño hasta que el flujo de sangre queda parcial o completamente interrumpido provocando lo que llamamos arritmias, anginas de pecho, ataques cardíacos o infartos. En suma, la carencia de vitamina C impide al cuerpo la creación de colágeno y, por tanto, la curación de heridas y la reparación de los vasos sanguíneos. Por eso es imprescindible su consumo diario.

 3) El colesterol. Este nuevo enfoque implica que el colesterol no es uno de los principales factores de riesgo cardiovasculares por lo que deja de tener sentido vivir obsesionados por él (lo que no quiere decir que su control no sea oportuno). Sólo que para controlar su exceso bastan grandes cantidades de ascorbato ya que la vitamina C lo transforma en bilis que luego se excreta a través del intestino. No se necesitan fármacos.

Las campañas de marketing lanzadas para la venta de hipercolesterolemiantes o fármacos que reducen el colesterol –denuncia Rath- convierten este factor de riesgo en el ‘chivo expiatorio’. Hoy en día millones de personas utilizan el más reciente de este tipo de fármacos, las estatinas, que bloquean la síntesis del colesterol con la esperanza de recibir un tratamiento para su enfermedad. Sin embargo, la debilidad subyacente de las paredes arteriales sigue sin recibir tratamiento alguno. Además, según la edición del 3 de enero de 1996 de JAMA estos fármacos producen cáncer y tienen otros efectos secundarios graves así que hay que evitarlos siempre que sea posible”.

Cabe añadir que el 80% del colesterol del cuerpo lo produce el propio organismo, no se ingiere con la alimentación; luego, ¿iba el cuerpo a producirlo masivamente si fuera tan negativo?

4) La hipertensión. Bajo el nuevo enfoque propuesto por Rath también la hipertensión puede solucionarse… aumentando simplemente la ingesta de vitaminas y otros micronutrientes. Porque también en este caso el proceso se iniciaría debido a la carencia crónica de nutrientes vitales en las células de las paredes arteriales. La explicación para Rath es sencilla: como quiera que son las células las que se encargan de la producción de factores de relajación (óxido nítrico) que eliminan la tensión de las paredes normalizando la tensión arterial… es obvio que una carencia crónica de micronutrientes puede impedirles cumplir esa función. Y esa carencia puede dar lugar tanto a contracciones como al engrosamiento de las paredes arteriales y ello, a su vez, causar más hipertensión. Consiguientemente bastaría una alimentación rica en vitamina C y magnesio (antagonista natural del calcio) para reducir la presión de las paredes arteriales y disminuir la hipertensión. También es útil ingerir tres aminoácidos; dos de ellos previenen la formación de las placas arteroscleróticas -la lisina y la prolina– y el tercero -la arginina– aumenta la elasticidad de las paredes arteriales al producir óxido nítrico.

5) Insuficiencias cardíacas. Millones de personas en todo el mundo sufren problemas relacionados con deficiencias cardíacas que suelen traducirse en taquicardias, disneas, fatigas y edemas. Estas deficiencias pueden aparecer sin que haya existido un accidente cardíaco previo y en los casos más extremos los pacientes pueden acabar necesitando un trasplante. Pues bien, como ya hemos adelantado “la principal causa –según puede leerse en la obra de Rath- es la falta de vitaminas y otros nutrientes esenciales que abastecen de bioenergía las células del músculo cardíaco. Las contracciones del mismo se realizan con la ayuda de estas células que también se encargan de bombear la sangre a través del torrente sanguíneo. Al sufrir un déficit de vitaminas y demás nutrientes vitales la función de bombeo del corazón se altera, lo que puede producir disnea edema y cansancio”.

Entre los combustibles naturales para evitarlo Rath menciona junto a la vitamina C, la lisina y la prolina otros micronutrientes importantes: los aminoácidos carnitina y taurina, la coenzima Q-10, las vitaminas del grupo B, la vitamina E y otros oligoelementos. Su ingesta sirve para mejorar la función de bombeo y el ritmo del corazón.

6) La diabetes. Desgraciadamente,diabetes y accidentes vasculares suelen ir de la mano mucho más de lo que se quisiera. El exceso de azúcar plasmático en sangre bloquea el suministro de vitamina C a las paredes de los vasos sanguíneos lo que provoca su deterioro y engrosamiento a lo largo de todo el aparato cardiovascular con el riesgo de que cualquier órgano pueda sufrir un infarto. Al hablar de esta dolencia Rath menciona -entre otros trabajos- el estudio realizado en sí mismo en Stanford el año 1973 por el doctor J. D. Dice (era diabético). La conclusión de su autoinvestigación fue que por cada gramo suplementario de vitamina C obtenía una reducción de 2,5 unidades de insulina. Sus propios estudios sobre la aplicación del programa vitamínico desarrollado para la diabetes en diez pacientes que sufrían diabetes tipo II concluyeron que los niveles de azúcar en sangre se redujeron de 155 mg/dl al comienzo del estudio a 120 al final del mismo: un 23%.

Según el Dr. Rath los diabéticos deben seguir un tratamiento específico con vitaminas C y E y dos minerales: magnesio y cromo.

ACCIÓN PREVENTIVA

En definitiva, Rath afirma que para prevenir tanto las enfermedades citadas como otras patologías crónicas lo más adecuado es tomar periódicamente determinados micronutrientes, especialmente los aminoácidos lisina, prolina, arginina, carnitina, cisteína y taurina, minerales como el magnesio, el cobre, el potasio y el calcio, la coenzima Q-10, inositol, picnogenoles (un tipo de bioflavonoides), betacaroteno (provitamina A), vitaminas A, D, E y H (biotina), algunas del grupo B (especialmente las B1, B2, B3, B5, B6, B9 yB12) y, sobre todo, vitamina C (entre 2 y 20 gramos cuando la enfermedad ya se ha manifestado; la cantidad depende de la salud general, el nivel de tensión, el peso, la edad y otras variables personales. En cualquier caso, cantidades muy por encima de la oficialmente considerada “suficiente” que es de sólo 60 mg diarios).

Precisamente respecto de la toma de grandes dosis de vitamina C, Medline Plus -uno de los referentes de la búsqueda de documentación médica en Internet- afirma en su última actualización: “Ingerir altas dosis de vitamina C no produce generalmente toxicidad porque al ser una vitamina soluble en agua se expulsa sin más a través de la orina. Sólo las personas que tienden a padecer de cálculos en el riñón pueden encontrar que su situación se agrava con los suplementos de vitamina C al tomarla en megadosis.” Linus Pauling, por su parte, afirmaba: Las investigaciones demuestran que no hay riesgo de toxicidad ni reacciones adversas peligrosas. Multitud de personas toman hasta 100 gramos diarios sin mayores consecuencias. Quienes tomen de 10 a 20 gramos al día pueden notar un leve efecto laxante. Ese efecto es precisamente el baremo que establece la cantidad que una persona puede administrar a su organismo por vía oral. Sin embargo, las personas que sufren una enfermedad grave poseen mayor tolerancia intestinal y admiten dosis más elevadas. En cualquier caso, tomar la vitamina C con alimentos o después de comer reduce esa reacción (…) Creo que todos los adultos estadounidenses deberían tomar al menos tres gramos diarios de vitamina C. Pero recuerden: tres gramos son mejor que uno y seis son mejor que tres”.

Obviamente, la principal medida que Rath recomienda es seguir una dieta basada fundamentalmente en frutas y verduras, hacer algo de ejercicio físico -condición sin la cual es imposible conseguir un adecuado funcionamiento cardiovascular-, descansar suficientemente y aprender a relajarse ya que la adrenalina -la hormona que produce el estrés- consume las vitaminas almacenadas en el organismo. Eso sí, si se decide a tomar suplementos lo mejor es que lo haga en las proporciones y dosis adecuadas según la patología que padezca. Consulte pues a un experto y no se automedique.

LA REVERSIÓN NATURAL DE LAS ENFERMEDADES CARDIOVASCULARES

Cabe añadir que la ingesta de micronutrientes no sólo sirve para prevenir las patologías cardiovasculares sino que también sirve para tratarlas cuando ya se han manifestado. La propuesta básica de Rath en ese sentido es la siguiente:

-Para estabilizar la pared arterial mediante una adecuada producción de colágeno. Se obtiene con un adecuado aporte de lisina, prolina y vitamina C.

-Para reducir los “tumores” de la pared arterial. La carencia de vitaminas provoca que las células musculares de las paredes arteriales produzcan moléculas de colágeno defectuosas que se acaban convirtiendo en un tumor arterosclerótico. La vitamina C y la vitamina E consiguen frenar este crecimiento.

-Para proteger la pared arterial y desintegrar las placas arteroscleróticas. Como ya hemos comentado Rath descubrió que no son las lipoproteínas de baja densidad o LDL las responsables de la formación de las placas arteroscleróticas sino una variante llamada lipoproteínas (a) que se caracterizan por su capacidad adhesiva (de ahí su letra “a”). Por tanto, lo que hay que hacer es evitar que éstas se adhieran en la parte interior de las arterias, algo que consiguen las llamadas “sustancias teflón” entre las que destacan los aminoácidos lisina y prolina. Y no sólo eso: estos dos aminoácidos también disuelven las moléculas lipoproteínicas ya adheridas a la pared arterial.

-Para proteger la circulación sanguínea y las paredes arteriales. Aceptada por Rath la teoría que señala a los radicales libres como otro de los mecanismos que favorece el desarrollo de la arterosclerosis, los infartos y las apoplejías al dañar los tejidos de las paredes arteriales propone impedirlo ingiriendo de forma sinérgica potentes antioxidantes. Entre ellos, betacaroteno, vitaminas C y E y otros micronutrientes.

-Eliminación el exceso de calcio de las paredes arteriales. Rath propone como solución básica para este problemala ingesta de vitamina D.

CONCLUSIÓN

Supongo que llegados a este punto el lector se estará preguntando por qué si todo esto es así se silencia y por qué los médicos siguen recetando tantos fármacos que ni previenen ni curan los problemas cardiovasculares. Para Matías Rath la razón está clara: “El silencio actual tiene como objeto poder seguir fomentando la venta de medicamentos”. Y añade: “Hay más de 10.000 estudios que demuestran los beneficios de las vitaminas en la salud. Y el mayor de ellos revela que en miles de millones de animales las enfermedades cardiovasculares son prácticamente desconocidas porque producen su propia vitamina C. La pregunta a formular, por tanto, es simple: ¿durante cuánto tiempo más van a ignorar los médicos el hecho de que millones de personas mueren cada año de una enfermedad que hace tiempo podría haberse erradicado?”

Antonio Muro

Recuadro:


Incidencia de la vitamina C en las enfermedades cardiovasculares

La incidencia de la vitamina C en las enfermedades cardiovasculares está expresada en numerosos estudios científicos. El efecto de la vitamina C en los niveles de colesterol, por ejemplo, se apoya -entre otros trabajos- en las aportaciones del doctor Harrie Hemilä -de la Universidad de Helsinki (Finlandia)- quien evaluó los resultados de más de 40 estudios constatando que en los pacientes con alto nivel de colesterol inicial -más de 270 mg por decilitro- los suplementos de vitamina C permitían reducirlo en un 20%.

Por su parte, el profesor K. F. Gey -de la Universidad de Berna (Suiza)- comparó el número de enfermedades cardiovasculares de distintos países europeos con el nivel de vitamina C y betacatoreno encontrado en la sangre. Y sus resultados señalan que los habitantes del norte de Europa tienen mayores posibilidades de padecer enfermedades cardiovasculares y presentan el contenido más bajo de vitaminas en sangre mientras los del sur tienen menores posibilidades de padecer enfermedades cardiovasculares y su sangre presenta el contenido más alto en vitaminas. ¿El secreto? La famosa dieta mediterránea. Es decir, el tipo de alimentación.

Otro de los resultados significativos de este estudio fue la constatación de que la presencia de vitaminas A, C y E desempeñan un papel más significativo en el tratamiento de la enfermedad cardiovascular que el nivel de colesterol.
Veamos finalmente -de forma muy resumida- algunos otros estudios significativos aparecidos en los dos últimos años:

-La vitamina C protege el corazón

Que los suplementos de vitamina C protegen el corazón lo corroboró recientemente un estudio publicado en el Journal of the American College of Cardiologyen julio del 2003. Los resultados se basaron en una muestra de más de 85.000 mujeres. Los investigadores del Children’s Hospital de Boston se encontraron con que el riesgo cardíaco era un 28% menor entre las mujeres con mayor consumo de vitamina C.

-La vitamina C estimula el desarrollo de células musculares cardíacas a partir de células madre embrionarias.

Científicos de la Facultad de Medicina de Harvard (Estados Unidos) publicaron en la edición electrónica de Circulation en abril del 2003 que la vitamina C estimula las células madre embrionarias de ratón a transformarse en células musculares cardíacas, un descubrimiento que según sus autores puede dar lugar a nuevos tratamientos de la insuficiencia cardiaca. Los investigadores evaluaron 880 sustancias distintas para comprobar en qué medida ayudaban a que las células embrionarias se desarrollaran como cardíacas y sólo una funcionó: ¡la vitamina C!

-La vitamina C y el riesgo de ictus.

Según un estudio efectuado en la finlandesa Universidad de Kuopio -que se publicóen junio del 2002 en la revista Stroke- las personas que ingieren poca vitamina C tienen un riesgo dos veces mayor de sufrir un ictus (accidente cerebrovascular).

-La vitamina C, clave para una buena salud.

Un estudio publicadoen diciembre del 2001 en el American Journal of Epidemiology por investigadores de la Universidad de California, en Berkeley, indica que la vitamina C es la clave para que nuestro organismo obtenga los beneficios que se esperan del consumo de fruta y verdura de cara a la prevención de enfermedades cardíacas y ciertos tipos de cáncer.

-La vitamina C parece mejorar la función endotelial en pacientes con insuficiencia cardíaca

Investigadores alemanes y franceses publicaron en la revista Circulation en octubre del 2001 los resultados obtenidos en un estudio con 34 personas en el que evaluaron el efecto de la vitamina C en pacientes con insuficiencia cardiaca y los resultados sugieren que previene la muerte de las células endoteliales.

-La vitamina C prolonga la vida.

Un grupo de científicos británicos de la Universidad de Cambridge publicóen marzo del 2001 en The Lancet un estudio según el cual puede asociarse el consumo elevado de frutas y verduras ricas en vitamina C con un menor riesgo de mortalidad por cualquier causa. Según los investigadores, incluso pequeñas cantidades de vitamina C en plasma se asocian a una disminución de hasta el 50% en el riesgo de enfermedad y mortalidad cardiovascular.

-Las autoridades norteamericanas recomiendan aumentar la ingesta de vitamina C.

Investigadores gubernamentales estadounidenses, atendiendo los resultados de un estudio publicado en JAMA en abril de 1999, aconsejaron aumentar al menos entre 100 y 200 mg la cantidad diaria recomendada de 60 mg que se había establecido oficialmente en 1989.

-El déficit de vitamina C se asocia a un mayor riesgo de infarto de miocardio

Según un estudio publicadoen abril de 1998 en el Journal of the American College of Cardiology, entre los pacientes con arteriosclerosis el déficit de vitamina C se asocia de forma estadísticamente significativa con dolor torácico recurrente e infarto. Los autores opinan que la vitamina C ayuda a evitar la ruptura de la placa en el interior de las arterias.

A. M.

Este reportaje aparece en
64
Septiembre 2004
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