La importancia del segundo cerebro

Todo indica que nuestra psique está controlada principalmente por el cerebro pero lo que es innegable es que los estados emocionales y los procesos nerviosos no racionales están muy influidos por el Sistema nervioso entérico –popularmente conocido como Segundo Cerebro– que es el que se encarga de controlar el sistema gastrointestinal –al que reviste- merced a sus cien millones de neuronas (una milésima parte de las que tenemos en el cerebro pero más de las que hay en la médula espinal). Lo que no es tan conocido es que en él se encuentran los mismos neurotransmisores que en el cerebro craneal y, sobre todo, que en las mucosas del sistema digestivo se produce ¡el 95% de la serotonina y el 50% de la dopamina del cuerpo! No es pues de extrañar que estudios recientes demuestren que muchos estados de irritación, emociones descontroladas, ansiedad, depresión, hiperactividad, anhedonia y otras anomalías de la conducta estén más relacionadas con la salud intestinal que con desequilibrios en los neurotransmisores cerebrales. Aunque los psiquiatras prefieran mirar hacia otro lado.

Hasta ahora se pensaba que todo lo relacionado con nuestros sentimientos, emociones y pensamientos -en suma, con nuestra conducta- depende de la mente, considerada erróneamente aún por muchos médicos sinónimo de cerebro. Por eso los estudios de los neurólogos se centran en el cerebro (consideran  la médula espinal un mero apéndice cuya función no es más que la de conducir los impulsos nerviosos aferentes -del cerebro hacia el resto del cuerpo- y deferentes -desde todo el organismo hacia el encéfalo- utilizando las llamadas fibras neuronales). En definitiva, una especie de ordenador central del que parte un complejo y larguísimo “cableado” que sirve para transmitir información a todo el organismo y a su vez recogerla, incluida la de los estímulos externos. Sin embargo este esquema simplista se desmorona en cuanto se tienen en cuenta dos cuestiones fundamentales que poco tienen que ver con las neuronas cerebrales: la existencia de un Sistema nervioso entéricoo cerebro digestivo -llamado popularmente el Segundo Cerebro- y la existencia de casi un centenar de distintos tipos de neurotransmisores que recorren nuestro organismo junto con la sangre llevando información de un lugar a otro que no sólo se generan en las áreas cerebrales y en las sinapsis neuronales sino en muchas de las células no nerviosas del organismo. A pesar de su nombre los neurotransmisores no son pues exclusivos del Sistema nervioso. Y lo más importante: prácticamente todas las células del cuerpo tienen receptores para los neurotransmisores (¡hasta los espermatozoides tienen receptores de serotonina!). Y eso quiere decir que la mayoría de las células del cuerpo son capaces de intercambiar información, de comunicarse unas con otras y de actuar, en consecuencia, ¡independientemente del cerebro y del Sistema nervioso central!

Pues bien, uno de los neurotransmisores más estudiados -se halla involucrado en muchos aspectos importantes de nuestra vida- es la serotonina que hoy se considera una de las claves de la conducta humana. De ahí que sea la base de la mayor parte de los fármacos utilizados por los psiquiatras y su abundancia se considere signo de salud. Es por ello hora de que se asuma algo que muchos desconocen: el 95% de ese neurotransmisor se fabrica ¡en los intestinos!

EL SISTEMA NEURONAL DEL APARATO DIGESTIVO

Hace tiempo se observó que si la conexión entre el cerebro y el Sistema nervioso entérico se interrumpía la función digestiva continuaba inalterada. Y que ello se debe a que el tubo digestivo está recubierto por unos cien millones de neuronas además de otras células especializadas que segregan neurotransmisores de importancia fundamental que actúan no sólo a nivel digestivo sino general y cuya producción afecta tanto a las emociones y sentimientos como a los procesos cognitivos. Lo explicaría en 1999 el Dr. Michael Gershon en su obra -no traducida al español- The Second Brain (El Segundo Cerebro) en la que definió los parámetros esenciales del Sistema nervioso entérico. Solo que desde entonces apenas se ha avanzado en el conocimiento de cómo funciona ni en el importante papel que juega en muchas patologías. “El estado del conocimiento sobre el Sistema nervioso entérico -denunciaría el Dr. Gershon en la Introducción de su libro-  ha sido hasta ahora típico del Medioevo”. Lo cual no impide que hoy sepamos que está formado por unos 100 millones de células nerviosas que tapizan las paredes del tubo digestivo y que puede ser incorrecta la convicción de que existen tres tipos distintos de neuronas entéricas -aferentes o sensitivas, interneuronas y neuronas efectoras o motoras- pues una revisión efectuada en el 2007 por los doctores D. Grundy y M. Schemann constataría que en realidad todas ellas tienen propiedades multifuncionales y responden al mismo tiempo que generan fuerzas musculares. Médicos que además averiguarían que esas neuronas -y los neurotransmisores que segregan- juegan un papel vital en muchos trastornos intestinales que hoy se consideran de etiología o causa desconocida.

Sabemos ya también que en el Segundo Cerebro –es decir, recubriendo los intestinos- hay no sólo neuronas sino glías que cumplen las mismas funciones que sus equivalentes en el encéfalo; solo que en mayor proporción -respecto a las neuronas- que en el cerebro. Por otra parte el Dr. Gershon determinó que entre las distintas células del tubo digestivo hay al menos siete tipos distintos de receptores de serotonina.

Asimismo explicaría que para controlar el complicado proceso digestivo el cerebro entérico utiliza dos tipos de células especializadas: unas localizadas en la mucosa denominadas neuronas primarias intestinales aferentes (IPANS) y otras situadas en capas más profundas denominadas enterocromafines (EC). Las primeras serían como células sensoriales -al estilo de las papilas gustativas- que controlan la consistencia, humedad, contenido en ácidos y glucosa, peso, volumen, etc, de los nutrientes que se van desplazando por el lumen intestinal siendo las segundas las que segregan la serotonina en respuesta a la estimulación de la mucosa. Segregación que origina a su vez la de otros neurotransmisores como la acetilcolina o la sustancia P que promueve los movimientos peristálticos. Y recuérdese que la liberación de serotonina es clave para iniciar o mantener tanto los movimientos peristálticos como todos los demás aspectos físicos y químicos del proceso digestivo.

Serotonina que una vez cumple su función debe ser neutralizada de lo cual se encarga la llamada proteína transportadora de la recaptación de serotonina (SERT por sus siglas en inglés) que también abunda en la pared intestinal. De hecho las personas que sufren alguna de las denominadas enfermedades inflamatorias intestinales tienen un importante déficit de serotonina siendo ello lo que provoca la excesiva presencia de la misma y lo que termina provocando esas patologías. Está por ejemplo demostrado que en los casos de Enfermedad Inflamatoria Intestinal que cursan con estreñimiento el uso de agonistas de la serotonina normaliza la motilidad intestinal y, por el contrario, que cuando hay diarreas persistentes un antagonista de la serotonina normaliza los intestinos disminuyendo el dolor y los cólicos.

Cabe agregar que si bien el volumen de producción de serotonina por el sistema digestivo es impresionante no menos notable es el de dopamina pues nuestros intestinos producen el 50% de este neurotransmisor y buena parte de al menos otros 30 neurotransmisores con influencia en el cerebro.

ACCIÓN DE LOS NEUTRANSMISORES SOBRE EL SISTEMA DIGESTIVO

Como se sabe la serotonina actúa como mensajero de control de la motilidad gástrica e intestinal así como de todo el proceso químico que tiene lugar en el tubo digestivo desde que los alimentos entran por la boca; está presente pues en todas las etapas de la transformación de alimentos en los nutrientes que luego atraviesan la pared intestinal hasta alcanzar los vasos sanguíneos y linfáticos.

Otro de los neurotransmisores que produce nuestro Segundo Cerebro es el ácido gamma-aminobutíricoo GABA de fundamental importancia en el control del esfínter esofágico. De hecho cuando hay déficit del mismo la válvula se relaja y se producen los famosos reflujos; además puede dar lugar a una hernia de hiato.

En cuanto a las funciones que desempeña la dopamina en nuestro sistema digestivo se sabe poco a pesar de que en él se produce el 50% de la que circula por el organismo; lo único que se ha averiguado es que disminuye la motilidad del intestino delgado y aumenta la del colon.

En cuanto a la norepinefrina-neurotransmisor característico del Sistema simpático– y la acetilcolina -su antagonista, característica del Sistema parasimpático– controlan la motilidad intestinal y un desequilibrio entre ambas puede dar lugar tanto a diarreas persistentes como a un estreñimiento crónico. Y es que el efecto contractivo sobre los músculos digestivos de la acetilcolina puede producir vómito o diarrea según sea la zona afectada.

La neurotensina es por su parte un neurotransmisor que controla la salida del bolo alimenticio del estómago y su ingreso en el duodeno junto con el control de la secreción de ácidos estomacales.

Cabe añadir que sobre el rol de los demás neurotransmisores o neuropéptidos algunos efectos son bien conocidos – el óxido nítrico relaja, el péptido intestinal es vasoactivoy la sustancia P transmite el dolor- pero al igual que en el caso de la dopamina no se sabe bien qué otros papeles juegan en el proceso digestivo. Ni qué rol exacto juegan en los intestinos los demás neurotransmisores que se producen en ellos.

Aunque quizás lo más sorprendente sea el hecho de que nuestros intestinos -o las bacterias de la flora intestinal- también producen benzodiacepinas, moléculas que muchos laboratorios farmacéuticos comercializan por ello como tranquilizantes. Son los casos -entre otros- de fármacos tan conocidos como Diazepam, Lorazepam, Librium, Valium… Descubrimiento reciente por lo que se ignora tanto su papel en los intestinos como su potencial acción sobre el cerebro.

EFECTOS DE ESOS MISMOS NEUROTRANSMISORES SOBRE EL ORGANISMO

Bueno, pues a pesar de todo lo que se ha avanzado en el conocimientos de los neurotransmisores son aún muchos los profesionales de la salud que creen que el Sistema nervioso entérico actúa sólo a nivel local y su único cometido es el de controlar el sistema digestivo. Cuando no es así ya que los neurotransmisores fabricados por las neuronas digestivas pueden acoplarse a los receptores de todas las células del organismo.

En cuanto a la serotonina hay que agregar que es probablemente el neurotransmisor con más propiedades del organismo y que muchos expertos la consideran la “hormona del bienestar” pues entre otras funciones regula el apetito, el deseo sexual, los biorritmos –es decir, los ciclos de sueño y vigilia-, las emociones y la temperatura del cuerpo. Además, junto a la dopamina, la adrenalina y la norepinefrina, del miedo, la ansiedad, la agresividady la depresión. Por eso un nivel bajo de serotonina se asocia a numerosas y variadas patologías; desde la fibromialgia hasta los cuadros de depresión o ansiedad.

En cuanto a los otrosneurotransmisores -neurohormonas o aminohormonas que reciben el nombre de catecolaminas-  conviene saber que la norepinefrina está considerada una de las hormonas del estrés por sus efectos hiperglucémicos y cardíacos, que la acetilcolina estimula la contracción de los músculos motoresy sin embargo tiene efecto relajante sobre el miocardio, que la dopamina se considera la hormona del placer y del refuerzo o recompensa -estimula la repetición de experiencias placenteras: comidas, sexo, drogas, etc., incluyendo el aprendizaje, la agresividad y el sometimiento- pero en exceso puede provocar taquicardia mientras su déficit se ha asociadoal parkinson y a problemas de coordinación motora. Es más, hoy muchos psiquiatras asocian el déficit de dopamina con todo tipo de disfunciones cognitivas: desde el Trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) hasta la esquizofrenia y el autismo.

SALUD MENTAL Y SALUD INTESTINAL

En suma, el Segundo Cerebro no sólo influye en los aspectos funcionales del sistema digestivo sino que ya que fabrica los mismos neurotransmisores que el cerebro es lógico inferir que influye también en nuestros pensamientos, emociones y conducta. Los psiquiatras, sin embargo, prefieren mantener la tesis de que todos los problemas cognitivos los causan desequilibrios químicos de los neurotransmisores generados y alojados en el cerebro; probablemente porque de nutrición no saben prácticamente nada y sus protocolos farmacológicos actuales quedarían claramente en entredicho.

La teoría psiquiátrica de la serotonina fue de hecho la base para el desarrollo de un numeroso arsenal de fármacos que sólo ha servido -y sigue sirviendo- para que los laboratorios farmacéuticos se hinchen a ganar dinero tras poner en marcha agresivas campañas publicitarias -tanto a nivel profesional como dirigidas al público- que permitieran hacer creer que los denominados “recaptadores de serotonina” y los “inhibidores de las aminas eliminadoras de serotonina” son terapéuticamente eficaces en el tratamiento de numerosas patologías. Por supuesto, obviando que el 95% de la serotonina es fabricada en realidad por las neuronas del Segundo Cerebro y por tanto esos fármacos no sirven para ayudar a ningún enfermo sino más bien para empeorar su estado.

Y no lo decimos nosotros. Lo constató Irving Kirsch dándolo a conocer en un artículo publicado en el 2002 con el título Las nuevas drogas del Emperador en el que explicó que los efectos de tales fármacos en la conducta son en el mejor de los casos similares a los de un placebo. Hablamos de un conocido profesor de Psicología de la Universidad de Connecticut (EEUU) que junto a un equipo de colaboradores utilizó la Ley de Libertad de Información estadounidense para obtener la totalidad de los datos de los ensayos que los laboratorios farmacéuticos utilizaron para que la FDA aprobase la comercialización de sus antidepresivos y ansiolíticos –Prozac, Paxil, Celexa, etc.- llegando a la conclusión tras analizarlos exhaustivamente de que sólo en 20 de los 47 ensayos realizados con pacientes deprimidos las drogas parecieron lograr una mejoría superior a la del placebo usado. Número muy inferior al publicado.

Posteriormente, para acabar de demostrar su inutilidad, el doctor G. M. Mawe -de la Universidad de Vermont (EEUU)- explicaría que nuestros intestinos producen una proteína denominada proteína transportadora de la recaptación de serotonina (SERT por sus siglas en inglés) que ya se encarga de absorber y eliminar –como si de una gran esponja se tratara- el posible exceso de serotonina en ellos. Varios ensayos con ratones demostrarían de hecho que si hay un fallo en esa proteína se produce una excesiva concentración de serotonina en el lumen intestinal y ello dar lugar a una amplia gama de problemas, desde las temibles enfermedades inflamatorias intestinales hasta el desarrollo de condiciones favorables para la aparición de tumores malignos.

LAS BACTERIAS DEL SISTEMA DIGESTIVO Y LOS PROBLEMAS MENTALES

Los investigadores S. Collins y P. Bercik determinaron por su parte en un estudio publicado en Gastroenterology que las bacterias intestinales influyen efectivamente en la conducta. Algo que se sospechaba desde hacía tiempo dada la frecuente asociación entre la ansiedad y la depresión con patologías gastrointestinales.

Trabajando con ratones de laboratorio ambos investigadores observaron primero que cuando se alteraba su flora intestinal mediante antibióticos los ratones se volvían más cautos o ansiosos alterándose sus neurotrofinas u hormonas de la neurogénesis. Y, luego, que cuando se suspendía la administración de antibióticos orales y la flora bacteriana original se reponía tanto la conducta de los ratones como la química cerebral volvían a la normalidad. Para confirmarlo esos investigadores colonizaron ratones estériles –es decir, sin flora intestinal y genéticamente pasivos- con bacterias intestinales extraídas de ratones con conducta anómala y pronto comprobaron que se volvían más activos. Y, por el contrario, que ratones normales pero estériles se volvían pasivos si se colonizaba su flora intestinal con bacterias procedentes de ratones pasivos.

De ahí que infirieran que si bien son muchos los factores que influyen en la conducta no cabe duda de que uno de ellos es la estabilidad de la flora intestinal. Es evidente que los resultados de este estudio abren la puerta a investigar las relaciones entre el sistema digestivo, su flora bacteriana y las alteraciones conductuales. Aunque la mayoría de los psiquiatras, en un ejercicio de autismo voluntario, prefieran ignorarlo.

Aunque hay excepciones. Es el caso del Dr. Charles Raison, neurocientífico que dirige un equipo en la Universidad de Emory (EEUU) quien publicó un extenso trabajo de síntesis bibliográfica en Archives of General Psychiatry en el que expone las relaciones que distintos investigadores de todo el mundo han encontrado entre la flora intestinal, los procesos inflamatorios y la depresión. Según él los microorganismos que pueblan nuestro intestino son el resultado de un proceso evolutivo de millones de años y se relacionan con el Sistema inmunitario humano “educándolo” para que tolere una serie de estímulos no patogénicos y potencialmente proinflamatorios. Solo que si se rompe el equilibrio entre la flora intestinal y el Sistema inmunitario pueden producirse procesos inflamatorios iniciados hasta por estímulos aparentemente inofensivos. Es el caso de una alergia estacional -inflamación de los conductos respiratorios- producida por una sustancia normalmente inocua como el polen. Y en casos más preocupantes las que dan lugar a las llamadas “enfermedades autoinmunes”.  Para Raison, por ejemplo,la depresión es probable que se deba a una agresión de citoquinas proinflamatorias exacerbadas segregadas por células inmunitarias no atenuadas por la flora intestinal.

Hoy se sabeademás que los leucocitos tienen receptores para casi todos los neurotransmisores -en especial para la serotonina y la dopamina- y sin embargo nunca se ha seguido esta vía de investigación para relacionar las enfermedades mentales… ¡con el Sistema inmunitario! ¿Y por qué? A fin de cuentas muchas de las personas afectadas por problemas psíquicos muestran también los clásicos síntomas de las enfermedades autoinmunes: desde alergias hasta la llamada enfermedad de crohn o la esclerosis múltiple. Hoysabemos que la serotonina es el principal neurotransmisor que regula nuestras emociones seguido de la dopamina y que el 95% de la serotonina y el 50% de la dopamina que circulan por el organismo se produce en los intestinos… luego es inexplicable que los neurólogos y psiquiatras no relacionen ambos hechos y prefieran gastarse auténticas millonadas en investigar las funciones de las denominadas “áreas cerebrales”. Afortunadamente hay cada vez más investigadores que empiezan a darse cuenta de que de la salud del sistema digestivo dependen a menudo nuestras emociones,  pensamientos y conducta.

Ahora bien, dejemos claro que la salud del sistema digestivo y el funcionamiento óptimo del Segundo Cerebro no se refiere sólo al estado de los tejidos del tracto digestivo sino también a laabundante y variable flora intestinal. Y conviene incidir en este punto porque si bien las células del epitelio intestinal y su mucosa poseen un ADN definido cuyo genoma ha sido estudiado con bastante precisión en la flora intestinal hay un mínimo de 500 genomas distintos y cada uno de ellos puede fabricar valiosísimas proteínas que nuestro propio genoma no es capaz de sintetizar.

Y proteínas son las hormonas, los neurotransmisores, las enzimas y miles de moléculas más cuya ausencia o presencia, exceso o déficit, son fundamentales para la transformación de los alimentos en nutrientes.

Recordemos que toda la vida sobre el planeta -desde las plantas más sencillas hasta los animales más complejos- se valen de otros seres para sobrevivir. No hay vida sin simbiosis. Bacterias, hongos y parásitos intercambian moléculas unos con otros y se aseguran tanto su supervivencia como su capacidad para reproducirse e, incluso, para evolucionar y adaptarse a los cambios ambientales. Y el ser humano -como todos los animales- es el resultado de millones de años de evolución por lo que así como evolucionó su organismo evolucionaron junto con él sus microorganismos simbióticos; muy especialmente… ¡su flora intestinal!

Veamos para entenderlo mejor algunos ejemplos que constatan hasta qué punto los cambios en el equilibrio del sistema digestivo-flora intestinal pueden influir tanto sobre las disfunciones intestinales como sobre la salud mental. Relacionando incluso simples estados emocionales con las características de la flora bacteriana.

Una investigación publicada en el 2011 en Neurogastroenterology & Motilityefectuada conjuntamente por los doctores R. Diaz-Heijtz y S. Pettersson del Instituto del Cerebro de Estocolmo (Suecia) y el doctor M. L. Hibberd del Instituto del Genoma de Singapur comparó las conductas de ratones nacidos en condiciones normales con otros a los que desde su nacimiento se les había criado en un ambiente estéril -sin bacterias- y carecían de flora intestinal. Pues bien, pronto observaron que estos últimos mostraban una conductademasiado atrevida que les hacía correr riesgos innecesarios. Luego estudiaron sus cerebros y descubrieron que los segundos no expresaban ciertos genes relacionados con el aprendizaje, la memoria y el control neurosensorial. Era pues evidente que la ausencia de ciertas bacterias de la flora intestinal normal había provocado profundos cambios en su desarrollo neuronal. Por consiguiente las bacterias no sólo parecen regular la segregación de neurotransmisores -como la serotonina y la dopamina– sino incluso ¡la propia función sináptica! Claro que como ya hemos dicho la dopamina está considerada el neurotransmisor del aprendizaje y la recompensa y el 50% la produce el Sistema nervioso entérico o Segundo Cerebro.

En un ensayo de laboratorio realizado por el equipo del doctor J. Bravo -publicado en el 2011 en Proceedings of the National Academy of Sciences-se demostró asimismo que los ratones alimentados con Lactobacillus rhamnosus mostraban menores niveles de estrés, ansiedad y depresión que los alimentados con su dieta habitual; incluso se midió en sangre un menor contenido de cortisol, considerada la “hormona del estrés”. Aún más: comprobaron que los ratones alimentados con el probiótico mencionado mostraban cambios en la expresión de los receptores del neurotransmisor GABA de las neuronas cerebrales lo que implica que el desequilibrio de la flora intestinal puede afectar al funcionamiento del cerebro.

Otra excepción en el mundo de los neurólogos y psiquiatras lo constituyen la doctora L. Desbonnet y sus colaboradores del Departamento de Psiquiatría de laUniversidad de Cork (Irlanda). Estos separaron crías de ratones de sus madres -algo que ya se ha demostrado les provoca un fuerte estrés y depresión- y los dividieron en tres grupos: a los ratones de uno se les utilizó como control, a los del segundo se les dio un antidepresivo y a los del tercero se les alimentó con un probiótico: el Bifidobacterium infantis. Pues bien, la prueba demostró que los alimentados con el probiótico no solo habían reducido más su nivel de estrés que los que tomaron el antidepresivo sino que además normalizaron la respuesta inmune disminuyendo el número de citoquinas proinflamatorias.

El doctor E. Campioli y su equipo de la Universidad de Módena (Italia) llegaron por su parte a la conclusión -tras hacer varios experimentos con ratones- de que la flora intestinal produce importantes cantidades de benzodiacepinas y de que es posible regular su concentración en sangre suplementando simplemente la dieta con probióticos y prebióticos.

Posteriormente un equipo dirigido por el doctor A. V. Rao haría en la Universidad de Toronto (Canadá) un estudio con 39 personas afectas de fatiga crónica –el artículo se publicó en el 2009 en Gut Pathogen (BioMedCentral)- a los que se dividió en dos grupos a uno de los cuales se les dio un placebo y a los del otro un probiótico -el Lactobacillus casei Shirota (LcS)- durante dos meses. Bien, pues entre los que recibieron el probiótico se redujeron significativamente los índices de ansiedad y depresión demostrándose así de nuevo la clara influencia de la flora intestinal en los problemas psicoemocionales. Lo singular es que en la bibliografía de ese trabajo se habla de dos estudios publicados en 1909 y 1910 en los que ya se señalaba“la influencia de las bacterias del ácido láctico sobre la melancolía”. Siendo otro artículo interesante el del doctor G. Shera -publicado en 1930 en el Journal of Mental Science- ya que encontró en 53 pacientes con problemas mentales la ausencia de dos bacterias intestinales: la Streptococcus y la Acidophillus.

Debemos finalmente señalar que un grupo de científicos del Instituto de Neurobiología Max Planck de Munich (Alemania) dirigido por H. Wekerle realizó una serie de ensayos con ratones genéticamente modificados para que padecieran encefalomielitis alérgica que fueron después enviados a laboratorios de distintos países para que fuesen alimentados con diferentes dietas. Y el resultado fue que cada animal desarrolló una flora intestinal distinta lo que sin duda se debió a los diferentes regímenes; algunos incluso mejoraron de esa enfermedad. Claro que en realidad este hallazgo no difiere demasiado de lo que ya demostró la internacionalmente conocida doctora Katherine Kousmine en 1940 cuando sometió a ratones cancerosos a una dieta natural formada por aceite, granos de lino, pan integral, frutas y legumbres comprobando al cabo de unas semanas que el cáncer había remitido en el 50% de los animales. Y si bien la Dra. Kousmine no investigó la flora intestinal de los ratones sobrevivientes atribuyó la curación sin dudarlo “a la adopción de una dieta de productos vegetales y animales frescos y no contaminados por procesos industriales”.

En suma, según se desprende de lo expuesto la relación entre una buena salud mental y emocional y un sistema digestivo con una flora bacteriana normal y beneficiosa parece clara. Lo que aún desconocemos es cuáles son las sustancias psicoactivas que participan en el proceso. No sabemos exactamente si las bacterias regulan los neurotransmisores del Segundo Cerebro o bien si simplemente eliminan neurotoxinas que ejercen un papel de agonistas o antagonistas de los neuropéptidos que regulan nuestra conducta. Algunos investigadores prefieren proponer que el papel de las bacterias es simplemente el de permitir un proceso digestivo completo en el que se liberan todos los aminoácidos necesarios para el organismo así como las vitaminas y aceites esenciales que garantizan la vida; materias primas básicas para que nuestro cuerpo sintetice las hormonas, neuropéptidos y enzimas imprescindibles para conservar la homeostasis total: energética, psíquica, física y emocional.

En cualquier caso es cada vez más evidente que la salud depende de lo que bebemos e ingerimos. Y ello no excluye ni a las llamadas patologías mentales, ni a las autoinmunes, ni al cáncer.

Juan Carlos Mirre

Este reportaje aparece en
147
Marzo 2012
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