¿Nos atrevemos a afrontar nuestra dimensión espiritual?

No hace aún mucho tiempo, cuando alguien decía que estaba inmerso en el proceso de “despertar a la espiritualidad” tenía que cuidar muy bien sus palabras si no quería ser objeto de las bromas y burlas de cuantos le escucharan. Se veía obligado a disimular ese proceso de reencuentro con su ser esencial bajo términos psicológicos, mejor aceptados por el entorno laboral, social e, incluso, familiar y de amistad.

El crecimiento personal era sólo algo que empezaba a estar de moda, que nos colocaba dentro del círculo de los más “progres” al igual que en la década anterior eso lo representaban los que defendían las ideologías “de izquierdas”. Las nuevas ideas en Psicología venían de Estados Unidos y la costa de California se convirtió en la cuna a donde acudían las mentes más atrevidas del planeta para formarse y expandir luego desde allí sus experiencias y descubrimientos al resto del mundo. Un mundo que estaba abierto y receptivo pues se sentía encorsetado por los viejos conceptos morales, éticos e, incluso, religiosos que le impedían moverse libremente. Estaba claro que el acceso a la cultura y a los nuevos descubrimientos requería nuevos postulados filosóficos que formaran un nuevo marco de referencia donde la persona pudiera desarrollarse en todas sus facetas: físicas, energéticas, psicológicas y emocionales.

Sería así cómo surgiría en nuestra vida ese libro insólito, esa conferencia singular, ese encuentro inesperado, esa crisis afectiva o económica, ese cambio laboral no buscado, esa pérdida de alguien significativo para nosotros, a veces la enfermedad propia o de alguien cercano… Circunstancias todas que nos obligaron a mirar un poco más allá de las apariencias buscando respuestas diferentes o intentando descubrir nuevos horizontes. Y nos lanzamos hacia delante con el objetivo claro de saciar la necesidad de aprender, de crecer, de afrontar retos y asumir cambios…

Lo primero a lo que nos enfrentamos en tales casos es a un replanteamiento de los esquemas mentales –o patrones de comportamiento- que han regido nuestra vida hasta ese momento y empezamos a trabajar con el ego y a pulir nuestra personalidad en un intento de integrar la sombra con la luz, de cambiar la inconsciencia por consciencia. Un proceso durante el cual es bastante común pasar por alguna terapia psicológica que nos ayude a llevar luz a las zonas más oscuras, a reforzar nuestra voluntad o nuestra autoestima, a desarrollar nuestra capacidad de tomar decisiones… Y cuando pasa el tiempo oímos cómo los que están más cerca nos dicen: “¡Hay que ver lo que has cambiado!” Y nosotros, al mirar hacia atrás, no podemos dejar de sentir un cierto sentimiento de orgullo porque reconocemos que es verdad, que en ese camino incierto que un día emprendimos hemos conseguido superar algunos límites, afrontar desafíos… y es hermoso reconocer que hemos crecido en la comprensión de nosotros mismos y del mundo en que vivimos.

Entonces uno cree que ha llegado a la meta, que aquella paz interior que buscaba ya la tiene entre las manos, que el equilibrio que ansiaba formará ya parte de su vida como un territorio conquistado, que el orden en que ha colocado las cosas le preservará del caos de alrededor. En suma, en esa ensoñación momentánea nos olvidamos de que la superación de una crisis es el comienzo de otra, de que la vida es sinónimo de cambio, de evolución constante, de que vivir no es salir de la corriente del río y agarrarse con fuerza a la orilla sino seguir por el cauce experimentando en cada accidente del terreno, en cada trozo recorrido, en todo lo que necesitamos para seguir ampliando nuestra consciencia.

Y volvemos a encontrarnos al comienzo de un nuevo renglón de la página de nuestra vida, un renglón al que llegamos, eso sí, con el bagaje de experiencias acumulado hasta ese momento y que nos posibilita dar una mejor respuesta a los retos que nos esperan para, cuando lleguemos al final de esa línea, volver a saltar al renglón siguiente y empezar de nuevo.

Pero, ¿qué sucede cuando uno agota todas las posibilidades? ¿Qué ocurre cuando la personalidad o el ego fracasan en su intento por resolver un conflicto? ¿Dónde o a quién recurrir cuando la voluntad –factor fundamental- no es suficiente para producir los cambios? ¿Quién no ha sentido la frustración y la impotencia por no conseguir sus propósitos? ¿No nos da la impresión muchas veces de que no avanzamos y de que repetimos los errores?

Es entonces cuando hay que comprender que el crecimiento personal no termina cuando conseguimos sacar a la luz las partes inconscientes de nuestra personalidad, ni cuando somos capaces de establecer relaciones armónicas con el entorno, ni cuando tenemos claro de dónde provienen nuestras reacciones más instintivas, ni cuando aprendemos técnicas mentales que nos enseñan a planificar nuestro futuro. Porque llega un momento en que eso no es suficiente y hay que dar un paso más: afrontar nuestra dimensión espiritual. Ya que, aunque creamos que hemos llegado a la meta, en realidad seguimos recorriendo el camino. El proceso no se ha completado con la limpieza psicológica sino que es entonces cuando hay que encontrar el sentido profundo de lo que hacemos y de por qué lo hacemos. Claro que eso sólo se logra incorporando la dimensión espiritual. Desde esa perspectiva, las metas dejan de ser fundamentales y es el proceso de la vida el que se convierte en el verdadero protagonista.

Cada paso que hemos dado hasta ahora ha sido impulsado por esa energía superior que compartimos en nuestra parte más esencial con todo el universo y, al igual que nuestro cuerpo físico es hoy el resultado de múltiples adaptaciones al medio, una vez conquistado el territorio del lenguaje, la habilidad de andar erguido y la capacidad de soñar hemos tenido que seguir depurando el instrumento físico, y después el emocional y el mental, para ser capaces un día de reproducir la música que vibra en todas las partículas del universo manifestado.

No somos la música, ni tampoco la partitura, ni el director de la orquesta aunque en el proceso de aprendizaje nos identifiquemos con ellos: somos el intérprete, único e irrepetible. Y es ese intérprete -dormido en muchos momentos dentro de nosotros- el que nos ha impulsado a arriesgarnos, a dejar la comodidad, a vencer los miedos para seguir aprendiendo. Reconocer esa energía espiritual, ese impulso sutil e inmanente en nosotros, no es crearse dependencias de un Dios exterior, no es buscar la guía de alguien superior para eliminar la posibilidad de equivocarnos, no es reclamar la protección de las iglesias… sino tomar conciencia de que lo espiritual siempre estuvo presente en nuestra vida y de que nuestra mente lo disfrazó de una u otra forma dependiendo de lo que necesitáramos en cada momento. Colocarse en esa octava mayor de vibración es sentir la plenitud de la independencia y reconocer en nosotros la energía del amor, la misma de la que participa cada partícula de este universo.

Es entonces cuando el sentimiento de entrega tiene una lectura muy diferente y ese sentimiento del que nos hablan los místicos de todos los tiempos, esos estados de éxtasis de los que gozaron, ese encontrarse frente al “rostro de Dios”, ese “diálogo” que establecieron con Él… no son sino formas de explicar un estado del ser que es inefable en sí mismo y que sólo bajándolo de vibración podríamos reconocer como un sentimiento. Cuando se vive ese chispazo de conciencia espiritual y uno regresa de su viaje interior diciendo “Hágase tu voluntad”, cuando se siente la renuncia, la entrega profunda a ese algo superior, simplemente estamos queriendo explicar algo que es inexplicable: sentirse parte y Todo a la vez. Adquirir la conciencia de estar en el proceso pero ser, en ese mismo instante, el origen y el destino.

María Pinar Merino

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35
Enero 2002
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