Tres dioses y una sola guerra

La llamada cultura occidental -la nuestra- sufrió el pasado día 11 de septiembre una agresión externa que, metafóricamente, dañó su yugular provocando una fuerte y grave hemorragia.

Ahora Occidente, en una rápida intervención quirúrgica, intenta detener tan grave hemorragia taponando la herida y cortando toda adherencia patógena. Y eso está bien. Cuando alguien pierde a borbotones un líquido tan vital como la sangre o cuando un ejército de células agresoras -claramente agresoras y enemigas- amenazan a muy corto plazo nuestra existencia lógico es que la respuesta inmediata sea taponar, amputar, injertar… en definitiva, actuar en la somatización desde y sobre la somatización. Pero, ¿basta eso? La medicina académica suele considerar etiología de una enfermedad -o sea, de un daño- la causa próxima -o mejor, la causa inmediata-, muchas veces la propia somatización del daño. Así, si alguien se ha golpeado un dedo la causa es eso, que se ha golpeado un dedo; si alguien se está desangrando porque ha chocado con el coche, la causa es eso, que ha chocado o, como mucho, porque va bebido o se ha dormido o iba cansado o la culpa es del otro; si cogemos la gripe, claro está, para todos que la causa debemos buscarla en esos malditos virus que se han empeñado en enseñorearse de nuestro cuerpo. Y lo mismo cabe decir de enfermedades con somatización más grave -como la esclerosis- que nos llevan a la inmovilización, con cánceres que se empeñan en formar otro cuerpo dentro del nuestro, con…

Y bien está -lo he dicho- que actuemos directamente intentando abortar una agresión en la primera línea de combate que es la somatización. Que es el lugar donde vemos el daño. Pero, ¿es el lugar donde el daño realmente está? El dedo que señala al enemigo no es el enemigo. Al contrario. Cuando alguien coge una enfermedad vírica, ¿pregunta a los virus por qué se muestran así, tan agresivos, ellos que normalmente pastorean tan pacíficamente dentro de nosotros? Escúchenlos y verán lo que dicen. Sencillamente, que están sumamente cabreados con nosotros porque nosotros hemos sido quienes hemos creado un cultivo emocional patológico que ha sido causa de su enfermedad. Y por eso, precisamente, ellos se defienden. Y se defienden con la furia de unos talibanes. Porque si bien es cierto que ellos ahora son nuestros enemigos, nosotros hemos sido antes enemigos de ellos. Nosotros, día a día, durante años quizás, hemos estado creando el pantanal que les impide vivir higiénicamente.

Y esa persona que se ha golpeado el dedo, ¿suele tener tendencia a golpeárselo? En ese caso, ¿qué pretende molturándose el dedo? ¿Castigarse, compensarse…? ¿Y por qué? Lo mismo cabe decir de ese conductor que se está desangrando. Taponada ya la yugular, ¿por qué intenta destruirse vaciándose? ¿Y por qué constantes dolores de cabeza? ¿Y por qué esos malditos pulmones, ese hígado inflamado, ese páncreas…?

No. Nadie es nuestro enemigo. Nuestro enemigo somos nosotros. Y eso es algo sabido. Y lo es desde muy antiguo. Escuchen a Quetzacoatl, el cristo de los toltecas. Su mensaje son los cuatro pasos del hombre: la caída (esa serpiente que repta), la lucha contra el enemigo (simbolizada en el jaguar, su animal totémico), el paso por la oscuridad (la noche oscura del alma de nuestros místicos) y la elevación a nuestra octava (las serpiente emplumada). Pero al referirse a nuestra lucha contra el jaguar, Quetzacoatl añade: “No debes olvidar que el jaguar eres tú. Tú eres tu enemigo, es a ti mismo a quien debes vencer”. Insisto, una advertencia tan antigua como la memoria de todo humano y que quizás por tan antigua tenemos ahora olvidada.

Cuanto antecede, que es medicina -todo es medicina, tanto la ciencia como la religión y, de hecho, toda forma de cultura es un intento por dejar de sufrir- viene al hilo de la hemorragia provocada por el alfilerazo de unos aviones en la yugular de Manhatan.

Porque bien está que la cultura agredida -Occidente- detenga la grave hemorragia provocada por ese cuerpo patógeno llamado terrorismo pero, al tiempo que se taponan y limpian venas y arterias, ¿por que no nos preguntamos cuál es la razón profunda que ha llevado a una tan peligrosa somatización? Y creo que no se precisa un muy profundo análisis para conocer las lluvias que han traído estos lodos. Porque ya sabemos que la naturaleza busca siempre el equilibrio y, siendo así, lógico es que le disgusten los excesos de poder. Y más los arbitrarios. Por tanto, nada de extraño tiene que la misma naturaleza -unos la llaman Alá, otros Dios y otros Yahvé- haya generado lo que el viejo Heráclito denominó “enantiodromía”, o sea “que todo marcha hacia su contrario”, que es la gran ley reguladora de los contrastes. De manera que, o armonizamos desequilibrios o perderán lo que tienen los que tienen más.

Y cuanto antecede no es una advertencia sólo a Occidente. Toda guerra es una guerra de hemisferios. De hemisferios cerebrales. Los humanos estamos escindidos cerebralmente y tenemos dos hemisferios cerebrales que son, cada uno, un cerebro. Y desdichadamente un cerebro que, cada uno, está en guerra con el otro. De manera que si queremos una auténtica paz, con vida plena, debemos sincronizar esos dos cerebros, lo que significa que esa lucha con el jaguar, con ese jaguar que es uno mismo, deben hacerla ambos hemisferios: Occidente y Oriente. O lo que es lo mismo: poderosos y oprimidos. Porque, en definitiva, esa es nuestra única guerra. Una guerra que bien está que sea atendida en su somatización… pero eso no basta. No basta con destruir enemigos -¿enemigos de quién si toda visión tiene dos cerebros que miran desde distinta orilla?- pero, destruidos los gérmenes que ahora están provocando dolor y sufrimiento, debemos preguntarnos, unos y otros -los de Dios, los de Alá y los de Yahvé-, cuál es nuestro jaguar a fin de vencerlo dentro, no fuera de nosotros.

O sea, que la humanidad seguirá destruyéndose, seguirá sufriendo. Porque dudo que alguien esté dispuesto no ya a combatir sino simplemente a aceptar que el jaguar, el enemigo, no está fuera sino dentro de nosotros.

Joaquín Grau

Este reportaje aparece en
35
Enero 2002
Ver número