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    Reportajes.

   BIO-BAC: HISTORIA DE UN GRAN DESCUBRIMIENTO

Las actuales posibilidades terapéuticas del Bio-Bac exceden probablemente con mucho hasta las expectativas más optimistas de quien un día lo desarrollara. Y eso lo saben, sin lugar a dudas, muchas multinacionales. De ahí que algunas ofrecieran cantidades mareantes por quedarse con los derechos... sin éxito. Lo que, por otra parte, explica la feroz campaña de desprestigio -compra de muchas conciencias incluidas- orquestada contra este producto en las últimas semanas. Pues bien, no van a conseguir su propósito. Esta vez la sociedad va a ser ampliamente informada. Y la verdad terminará imponiéndose.

A principios de los años sesenta un microbiólogo y farmacéutico cordobés llamado Fernando Chacón Mejías descubrió unas proteínas muy particulares en el suero de pacientes afectos de cáncer y enfermedades degenerativas crónicas abriendo lo que podríamos denominar "el tercer cajón de la Biología". Porque tal es la importancia para la humanidad de su descubrimiento.
Pasteur había abierto el primer cajón al descubrir que unos pequeños microorganismos, las bacterias, eran el origen de numerosas enfermedades cuyas causas entonces se creían sin relación entre sí como la peste, el cólera, la tuberculosis, la brucelosis, la neumonía, la bronquitis, la sífilis, la meningitis, la peritonitis, la otitis, etc.- lo que dio lugar gracias a Fleming -sesenta años más tarde- al desarrollo de los antibióticos.
Loefler y Frosch abrirían posteriormente el segundo cajón al descubrir que los virus eran los causantes de otras enfermedades que igualmente se creían sin relación entre sí como la rabia, la viruela, la hepatitis, la parálisis infantil, la glosopeda, el sida, el Ébola, etc. Aparecía gracias a ello la era de las vacunas, un avance tal que ha permitido incluso erradicar del planeta enfermedades como la viruela.
En suma, en menos de un siglo supimos que existían unos seres unicelulares -como las bacterias, los hongos, las levaduras, etc.- que poseían vida autónoma y capacidad de reproducirse y de infectar un organismo superior como el del hombre. Y poco después que existían también otros microorganismos, visibles sólo al microscopio electrónico, a caballo ya entre lo vivo y lo inerte, que sólo se reproducen en el interior de las células del huésped y que están formados por proteínas y ADN o ARN: los virus. Habíamos avanzado pues mucho... pero aún faltaba encontrar los agentes de otras muchas enfermedades que constituyen un auténtico azote para la humanidad.
En los últimos años se pensó que descifrando el genoma hallaríamos la solución a la mayor parte de ellas. La ingeniería genética se presentó, de hecho, como la gran esperanza científica sólo que de la secuenciación del genoma -tanto del ser humano como de la mosca del vinagre- lo que de verdad hemos aprendido es que la complejidad biológica no depende del número de genes sino que, muy probablemente, depende de las proteínas. Y que, en consecuencia, las nuevas dianas terapéuticas, los fármacos o las vacunas a desarrollar se basarán en ese conocimiento. "Los políticos -declaraba en ese sentido hace poco Stephen Hoffman, vicepresidente de Celera Genomics, la mayor empresa de biotecnología del mundo y que aceleró súbitamente la secuenciación del genoma- deberían apoyar la Genómica y la Proteómica porque se trata de ciencias nuevas que persiguen mejorar la salud humana".
Pues bien, en 1982 un científico norteamericano llamado Stanley Prusiner comunicaría al mundo que había descubierto unas proteínas con capacidad de automultiplicarse sin tener código genético a las que llamó priones. Un descubrimiento que rompía el dogma fundamental de la biología según el cual "la capacidad de multiplicarse de los seres vivos viene determinada por tener código genético". Obviamente, semejante afirmación estuvo a punto de costarle a Prusiner su carrera científica y recibió todo tipo de ácidas críticas por ello. Sin embargo, al descubrirse en 1997 que precisamente una proteína de ese tipo era la causante del "mal de las vacas locas"... lo que se le concedió fue el premio Nobel de Medicina. Ironías de la vida. Sólo que hay que agregar que él mismo reconocería en el 2001 que no sabía ni cómo se forma un prión, ni cómo se le puede combatir y que lo único que había hecho es definirlo.

CUANDO LO QUE SE DESCUBRE YA ESTABA DESCUBIERTO
Bueno, pues lo que poca gente sabe es que esa definición de prión aparece literalmente en la página 203 del libro "Pribios o enzimas vivientes" de D. Fernando Chacón, obra escrita ¡30 años antes!
Evidentemente, no es difícil entender que en el contexto científico de hace cuarenta años, cuando se desconocía por completo la existencia de este tipo de proteínas, tamaño descubrimiento no sólo no tuviera eco alguno sino que recibiera la burla y el habitual desprecio de los ignorantes prebostes científicos de turno que, como siempre, instalados en el beneficioso sillón de la ortodoxia, se dedican a fustigar con el látigo de su "verdad científica" a todos aquellos "acientíficos" que osan poner en entredicho sus asertos. La historia de la humanidad está repleta de esos fanáticos inquisidores que, ignorantes hasta de su propia soberbia, retrasaron el avance de generaciones y jalonaron su camino -impunemente- de víctimas inocentes.
Pero ahora, en los albores de la era de la Proteómica, cuando toda la investigación científica se centra con esfuerzo y pasión en el conocimiento de las proteínas, cuando todos los estudios apuntan a que es ahí donde puede estar la causa y futura solución de muchas enfermedades no se puede entender que se mire hacia otro lado. Ahora sí hay contexto científico para que podamos comprender la verdadera naturaleza del descubrimiento de Fernando Chacón. Porque hoy conocemos los pribios o priones -¡que más da el nombre!-. ¡Y qué más da que mientras a Prusiner se le daba el Nobel en nuestro país se calumniara a Fernando Chacón! A fin de cuentas, este gran hombre de ciencia no se pasó cincuenta años detrás de un microscopio pendiente de sus calumniadores sino en profunda y genuina actitud de servicio a sus semejantes. Y una vida consagrada a la humanidad no se paga ni con cien "nóbeles" ni con cien condecoraciones. Se paga -y de sobra- con la satisfacción profunda del alma cuando has podido aliviar el dolor de tus hermanos. Él lo sabe y a mí me consta. Por eso tuvo fuerzas suficientes para encontrar, en la soledad de su humilde laboratorio -en el que hasta había instalado una cama para vigilar de cerca su trabajo-, no sólo los pribios sino ¡el mecanismo por el que se forman y, más aún, cómo se activan y cómo se pueden desactivar!
Cuarenta años de vigencia social del producto -10 de ellos recetado y pagado por la Seguridad Social- y más de 30.000 pacientes tratados deberían ser suficientes para reconocer la eficacia de su descubrimiento. Pero en este mundo cientifista en el que vivimos eso no parece ser suficiente. Y menos aún si quien ha hecho el descubrimiento no es una "multinacional de reconocido prestigio". Tampoco es suficiente que, por primera vez en España, cientos de pacientes se subleven públicamente ante la retirada por las autoridades sanitarias de un medicamento "ilegal". Porque es la primera vez en la historia de nuestro país que cientos de pacientes claman que se les vuelva a permitir adquirir un fármaco tanto ante los medios de comunicación social como ante el Ministerio de Sanidad y, además, presentan denuncias por "denegación de auxilio" ante los tribunales reclamando su derecho a seguir tomando lo que para ellos es sin duda la causa de su mejoría o, incluso, de su curación. Gente que no quiere saber de legalismos, que no necesita que el producto tenga un sello de la Agencia del Medicamento y que no atienden los sabios consejos de los sumos sacerdotes del cuidado de los demás. Ni siquiera les importa el escarnio de una sociedad desinformada y aborregada al abrigo de "los que saben". Claman por su derecho de elección de terapia. Claman por su derecho a ser los dueños de su propia salud. No tienen conocimientos científicos para defender ante los sabios su mejoría. No saben de ensayos clínicos. Dicen que ellos son su propio ensayo clínico. Dicen que para ellos su experiencia vale más que los protocolos enlatados de todos los médicos. ¡Insensatos! No se dan cuenta de que en un mundo donde está más aceptado morirse "oficialmente" que curarse "extraoficialmente" no tienen cabida. Sus ejemplos vivos no sirven, no son suficientes. Y es que, ¿qué sería de nosotros si tuvieran razón? ¡Qué caos tan grande si un ignorante paciente tuviera el derecho de cuidar de su salud sin la sabia tutela de los administradores! Menos mal que ellos, los administradores, están preparados para cuidar de nosotros, para que no nos engañen los estafadores, para cuidar de nuestra salud porque ésta es un derecho social y no una responsabilidad individual. ¡Que barbaridad! Doctores tiene para eso la Iglesia Farmacéutica que un día decidió que sólo los ensayos clínicos controlados y valorados por ellos pueden dar validez terapéutica a una sustancia. Y que por eso exigen que se hagan en el caso del Bio-Bac... ignorantes también de que YA ESTÁN HECHOS.
Sí, se hicieron. Como manda la ley. Ensayos preclínicos y clínicos efectuados por laboratorios y hospitales legalmente capacitados para su realización. Con los permisos gubernamentales preceptivos. Ensayos que demostraron su espectacular eficacia en osteoartritis (artrosis), sida, cáncer y hepatitis C. Ensayos en fase III clínica -realizados nada menos que en Bélgica y Alemania- terminados y autentificados por el Ministerio de Sanidad de ambos países. ¡Imposible!, responden sus interesados detractores. ¡Si eso fuera así todo el mundo lo sabría! Y bueno, eso sí necesita una pequeña explicación...

LA NECESARIA DISCRECIÓN
El FR-91 -nombre científico del Bio-Bac, descubierto por Fernando Chacón en 1962- es un compuesto de proteínas que tiene la capacidad de anular la actividad de otras proteínas patógenas -es decir, causantes de muchas de las actuales enfermedades de etiología hasta ahora desconocida- y que se comercializó en España como fórmula magistral desde 1967 hasta que en 1990 la nueva Ley del Medicamento decidió considerar toda fórmula magistral como fármaco requiriéndose a los fabricantes a que las registrasen como tales si querían seguir vendiéndolas.
Si alguien pensó que eso arredraría a D. Fernando Chacón se equivocó. Porque éste solicitó sin dudarlo y de forma consecutiva los ensayos preclínicos de actividad "in vitro", actividad "in vivo", ensayos de toxicología en diversos animales de experimentación, caracterización del producto (contenido proteico, repetitividad de la producción, caducidad, etc.) y todo lo necesario para poder pasar al primer ensayo clínico en humanos que se denomina Fase I y se realiza en voluntarios sanos para comprobar si produce algún efecto secundario en las personas.
Realizados todos los estudios con resultados espectaculares en cuanto a su actividad y a su total inocuidad en animales de experimentación -incluso a dosis 70 veces superiores a las recomendadas- se presentarían los mismos en el Ministerio de Sanidad avalados por Laboratorios Rovi como laboratorio técnico garante. Y es entonces cuando empieza el calvario. En sucesivos actos administrativos, incumpliendo flagrantemente la Ley de Procedimiento Administrativo española que obliga taxativamente a que todas las peticiones se realicen en un solo acto administrativo, se le empiezan a solicitar pruebas para, a medida que las aporta, pedir otras nuevas. Con el consiguiente gasto económico y de tiempo. No importó. Una tras otra fueron presentadas todas hasta conseguir el dossier de pruebas preclínicas más grande que jamás haya presentado en España un medicamento.
Conseguiría así la autorización de los hospitales Ramón y Cajal y Severo Ochoa para llevar a cabo la Fase I en humanos... pero, inexplicablemente, una semana más tarde se le deniegan por el Ministerio. Y vuelta a empezar. Que si ahora falta esto. Que si ahora que ya me lo has traído te falta esto otro. Y así sucesivamente hasta que, por último, Fernando García Alonso, entonces Subdirector General de Evaluación de Medicamentos, reconoce en una reunión -de la que hay referencia escrita- que la documentación administrativa es correcta ya pero que a él "le quedan dudas científicas sobre el producto". Algo inaudito. Porque, ¿desde cuándo un funcionario puede utilizar sus dudas personales, sin especificar, para rechazar los ensayos clínicos de un medicamento tras aceptar que la documentación presentada es correcta saltándose incluso a la torera las aceptaciones de los comités de ensayos clínicos de dos de los mejores hospitales de España? Y todo ello, además, para la realización de un ensayo clínico que evaluara posibles efectos secundarios en voluntarios sanos en un producto que llevaba ya treinta años en el mercado y nunca había tenido la más mínima denuncia por efectos secundarios. Increíble... pero cierto.
¿A alguien puede extrañarle que tras cuatro años de luchas estériles y una fortuna gastada en las pruebas, harto de tantas trabas y tras la confesión -verbal, por supuesto- de determinados cargos del Ministerio de que nunca conseguiría hacer los ensayos en España su hijo Rafael Chacón, que se hace cargo del asunto dada la avanzada edad del padre, decidiera realizarlos en el extranjero? Lo dudo.
Pues bien, la mala fe de los interlocutores de Chacón quedaría patente cuando sólo dos semanas después de presentar en Alemania y Bélgica la petición de realización de los mismos estudios denegados en España recibió el permiso para comenzar en ellos los ensayos de Fase I. Ensayos que demostrarían la total inocuidad del producto por lo que se le concedería a continuación de inmediato la realización de ensayos Fase II en Osteoartritis en Bélgica y en SIDA en Alemania (y aclaro al lector no versado que la Fase II se realiza dando el producto a un grupo de enfermos escogidos que padecen la enfermedad -a un nivel similar de progresión- para la que se supone efectivo el medicamento). Pues bien, los resultados fueron tan espectaculares que a Chacón se le sugirió que efectuara también ensayos Fase II en otras enfermedades, decidiéndose éste a hacerlo nada menos que en cáncer y hepatitis C. Lo que finalmente se hizo obteniéndose los mismos resultados.
Se le concedería entonces hacer la Fase III en SIDA y en Osteoartritis o Artrosis (se llama así a la fase que se realiza sobre un grupo mayor de pacientes y en diferentes estadios de la enfermedad). ¿Y con qué resultado? Pues con un éxito total. Se demostró que el FR-91 (Bio-Bac) es condroprotector, disminuye el dolor y la inflamación y aumenta la movilidad de la articulación de una manera notable en la osteoartritis. Asimismo se constató que es inmunomodulador e inmunoestimulante aumentando notablemente el número de linfocitos CD4 y CD8 y disminuyendo la carga viral en pacientes afectos de SIDA. Y por si todo esto fuera poco, quedó claro también al darse a mujeres con cáncer de mama que es antitumoral, antimetastásico y citotóxico selectivo (es decir, sólo ataca a la célula tumoral sin afectar a la sana). No conozco un sólo fármaco en el mundo con tantas propiedades terapéuticas.
Cabe añadir que la Fase III es el último requisito que se le puede pedir a un producto para ser registrado como medicamento. Y el FR-91 o Bio-Bac tiene nada menos que dos fases III terminadas y certificadas en dos enfermedades del calibre de la Artrosis y el SIDA. Y demostrada su eficacia en cáncer y hepatitis C en fase II, habiéndose retrasado el inicio de la fase III por problemas económicos.
Se comprende que sea increíble. Se comprende que nadie pueda imaginar que un hombre solo, Rafael Chacón, haya conseguido llevar a término una obra tan impresionante, reservada en exclusiva a las grandes multinacionales.
Una vez le pregunté por qué nunca había publicado los ensayos. Y su respuesta fue esta: " Sólo una de cada cinco mil sustancias que demuestran su eficacia "in vitro" -es decir, en probetas - consigue demostrar su eficacia en fase III y lograr el registro como medicamento. Las grandes multinacionales publican los resultados positivos que van obteniendo en cada fase porque sus acciones se revalorizan de inmediato. Yo no soy una multinacional y no tengo acciones que revalorizar. En cambio, si alguna de las grandes empresas se enteraba de mis éxitos corría el riesgo de que presionaran a los hospitales y no me dejaran ya seguir haciendo más ensayos. No imaginas el dinero que pueden perder si sale un producto que les haga competencia. Esa ha sido la razón de mi silencio".
¿Y por qué no solicitaste el registro en España?, insistí. "Porque -me dijo- terminamos los ensayos en 1999 y cuando volví a España me encontré que en los puestos decisorios del Ministerio de Sanidad estaban los mismos perros con distintos collares. Y Fernando García Alonso, el individuo que me engañó durante cuatro años, ocupa ahora el puesto de Director de la Agencia del Medicamento. No. Sabía de antemano cuál sería el resultado si intentaba registrarlo. Y no estaba por la labor de pasarme años resolviendo los "inconvenientes" que se le ocurrieran a ese señor y, mientras, se fueran muriendo los enfermos. Ni hablar. Así que decidí registrar el Bio-Bac en otros países como Georgia -donde ya está hecho-, Rusia -donde está al caer- y Arabia Saudí -donde también está todo listo".
Doy fe de que toda esa documentación existe. La he visto. Así que sólo me resta preguntar: y ahora, ¿qué? ¿Podrán las multinacionales acallar el clamor de unos pacientes que, armados sólo con la bandera de su propia mejoría, han sido capaces de ganarse el reconocimiento de la inmensa mayoría de la sociedad española? ¿Podrán los intereses de unos pocos poderosos quebrar la razón científica que ampara a esos pacientes? ¿Podrá el egoísmo y la mentira privar a la humanidad de la oportunidad de empezar a vencer esas terribles enfermedades que la azotan? Y nosotros, los médicos, los pacientes -presentes y futuros-, los políticos, los ciudadanos, ¿podremos seguir mirando todavía para otro lado? Si es así que las generaciones venideras nos condenen.


Dr. Fermín Moriano



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