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| APRENDIENDO
A MORIR. Cómo afrontar la muerte |
Estamos
tan apegados al medio físico en que nos movemos
que no nos resulta fácil aceptar que todo tendrá
un final y nos defendemos de ese temor evitando
pensar en ello. Miedo que nos imposibilita observar
la muerte desde otra perspectiva sin darnos
cuenta de que cuando se tiene miedo al sufrimiento
ese miedo ya es sufrimiento. Por eso la mayoría
de nosotros ignora cómo prepararse y cómo afrontar
ese momento trascendental. Es más, solemos considerarlo
como un paso más de la enfermedad o de la desgracia
y no como un paso natural de la vida.
Vivimos en una sociedad en la que disfrutamos
de grandes avances científicos y tecnológicos
y empleamos mucho tiempo y energía en asegurar
nuestro futuro que, paradójicamente, está regido
por el principio de incertidumbre. Sin embargo,
los seres humanos sabemos que si hay algo realmente
seguro en nuestras vidas es que todos nacemos
y tenemos que morir. Certeza que, contradictoriamente,
nos lleva a considerar el tema como tabú entendiendo
de mal gusto que se hable de ello. De hecho,
la mayoría de las personas viven de espaldas
a la muerte.
"Aprende a morir y aprenderás a vivir.
Nadie aprenderá a vivir si no ha aprendido a
morir". Estas palabras, escritas
hace cientos de años en un libro medieval sobre
el arte de morir, me vienen a menudo a la memoria.
Porque, aunque sólo aprendamos a afrontar la
muerte, habremos aprendido la lección más importante
de la vida: como vernos a nosotros mismos para
aceptarnos, en el sentido más profundo posible,
como seres humanos. (Sogyal Rimponche)
La muerte forma parte del ciclo de la vida.
Es más, desde que nacemos estamos experimentando
la muerte continuamente, tanto desde un punto
de vista biológico -la continua renovación celular
que experimenta nuestro cuerpo- como desde el
biográfico (a lo largo de la vida experimentamos
constantes pérdidas: el nacimiento, la infancia,
las pérdidas culturales, los vínculos afectivos,
la identidad personal, la salud, las crisis
espirituales y hasta todo aquello que nunca
se ha tenido).
La muerte es necesaria para que la vida se transforme
y se produzca el cambio. Tan es así que estamos
experimentando muerte y nacimiento constantemente.
Nada es exactamente igual de un momento a otro.
Todo fluye y en ese fluir de la vida nos vamos
encontrando con las crisis y los cambios. Toda
crisis es en realidad una semilla: la posibilidad
de aprender y crecer.
Pero para que esta posibilidad de aprendizaje
se transforme en crecimiento es fundamental
el desarrollo de nuestra atención. Una atención
activa que nos permita estar abiertos y ampliar
nuestra sabiduría para captar lo nuevo que se
nos revela. Es entonces cuando crecemos. Sin
embargo, cuando intentamos detener el proceso,
siempre cambiante, siempre fluido, y nos aferramos
a lo que perdemos, irremisiblemente nos sentimos
frustrados y nos estancamos. Visto así, el proceso
de la muerte forma parte del aprendizaje de
la vida. Nietzsche decía: "Si tu vida
tiene un porqué podrás sobrellevar cualquier
cómo".
El camino que recorremos hasta llegar a la muerte
tiene un gran poder de transformación personal
porque plantea con más intensidad que nunca
el sentido de nuestra existencia, los valores
por los que hemos vivido y cómo hemos empleado
nuestro tiempo. La toma de consciencia de nuestra
muerte nos aleja de las preocupaciones triviales
y comunica a la vida una profundidad y perspectiva
enteramente diferentes. En la medida en que
hemos desarrollado nuestro potencial humano,
experimentamos una profunda alegría y un grato
sentimiento de plenitud.
"Es nuestro propósito y sentido de la vida
lo que nos hace superar el dolor y la muerte.
Supone transcenderlo y mirar nuestra vida desde
una visión más amplia"
(Victor Frankl)
¿CÓMO VIVIMOS EL PROCESO
DE MORIR?
Cuando una persona
está cercana a la muerte es muy frecuente que
se levante "un muro de silencio" entre él y
sus familiares, y entre él y el equipo sanitario
que le atiende. Los familiares piensan que si
le preguntan por sus preocupaciones y temores
o si contestan a preguntas como ¿Qué me va
a pasar?, ¿me voy a morir?, el enfermo va
a tomar contacto con una realidad dolorosa y
para no hacerle sufrir más piensan: "¡Bastante
tiene con su enfermedad!". En su interior
se sienten angustiados, y reflexionan: "Si
logramos que no se entere de la gravedad del
momento... ¡tanto mejor! ¡Le conozco y sé que
no lo aguantaría!" En cambio, dicen: "¡Pero
en qué cosas piensas! ¡Ya verás como te recuperas!".
Por otra parte, el equipo sanitario siente la
muerte como un fracaso e ignora cómo puede ayudar
en unos momentos.
"La cuestión no es si debe decírsele a alguien
que se está muriendo, sino cómo decírselo".
(Elisabeth Kübler-Ross)
Y así, con nuestra mejor intención y movidos
por el amor a esa persona, ignoramos que con
esa actitud le alejamos de nuestro lado -los
moribundos son especialmente sensibles a lo
que expresamos a nivel no verbal- y colaboramos
a que se sienta solo en lo que es lo más importante
para él en esos momentos.
"Lo peor que te puede pasar, no es que te
digan que te estas muriendo, lo peor es sentirte
abandonado en un momento crítico. Cuando evitamos
hablar de la muerte cercana, sin saberlo, estamos
aislando a la persona moribunda cuando pasa
por el mayor dolor físico y emocional de su
vida. Aunque esté rodeada de amigos, si no es
posible compartir la verdad juntos, el moribundo
se sentirá solo y abandonado"
(Christine Longaker)
El moribundo intuye lo que le está ocurriendo.
Él, mejor que nadie, conoce su cuerpo, su organismo
y es testigo directo de su paulatina desintegración.
Y necesita la proximidad de sus seres queridos
para poder expresar sus preocupaciones y temores,
necesita sentir que es valorado como persona
y no como un enfermo débil, necesita ser tenido
en cuenta a la hora de adoptar decisiones que
le afectan. Necesita, en definitiva, no sentirse
solo para poder compartir sus sentimientos:
"¡Os quiero! ¡Gracias por compartir la vida
conmigo!". Le gustaría decir todo aquello
que nunca dijo y hoy considera importante. O
bien tiene necesidad de resolver algún asunto
pendiente: de arrepentimiento o reconciliación,
económico, disponer quién cuidará a sus hijos,
etc.
"El mayor descubrimiento de mi generación es
que los seres humanos pueden cambiar su vida
sólo con modificar sus actitudes mentales".
(William James)
Es muy importante que, aunque los familiares
sientan una gran pena por la próxima pérdida,
aunque se emocionen y lloren, sean capaces de
permanecer junto al enfermo en esos momentos
tan trascendentales. Porque compartiendo su
amor, dando la mano a esa persona querida, acompañándole
en el proceso, estarán facilitando que viva
una muerte plena. Esto permite un crecimiento
mutuo y la relación entonces adquiere un enorme
valor. Son momentos de transformación en los
que la tristeza de la pérdida se borra para
dar paso a la amorosa satisfacción de haberse
comunicado de corazón a corazón. Como decía
Herman Hesse, "la llamada a la muerte
es una llamada al amor. La muerte puede ser
dulce si la respondemos afirmativamente, si
la aceptamos como una de las grandes formas
eternas de vida y transformación".
ETAPAS QUE VIVIMOS
AL AFRONTAR LA MUERTE
Aunque se habla
de las "etapas" que vive el ser humano y sus
familiares en el proceso de morir, en realidad
lo que acontece es un proceso diario que fluye
y fluctúa. Cada persona va a vivir su propia
experiencia, única y diferente. Un camino que
va a estar condicionado por cómo hayamos enfocado
hasta entonces la vida y cómo hayamos afrontado
nuestras pérdidas anteriores.
En cualquier caso, son varios los autores expertos
en esta temática -Elisabeth Kübler-Ross, Stephen
Levine, Pilar Arranz y Pilar Barreto-
que coinciden en señalar que hay cuatro etapas
consecutivas que se van produciendo desde que
uno sabe que va a morir hasta que lo acepta.
"Estas son las etapas que necesitamos para
no vivir nuestra difícil situación como tragedia
sino como gracia, para transformar la confusión
en sabiduría. Es nuestro peregrinaje hacia la
verdad. Los cambios erráticos de la muerte de
nuestro yo individual a medida que nos fusionamos
con el Todo".
(Stephen Levine)
1ª ETAPA: LA NEGACIÓN
Es una reacción
de defensa: "No puede ser, debe ser un error,
esto no me está ocurriendo a mí".
El enfermo siente que la realidad le sobrepasa
y necesita un tiempo que hemos de respetar hasta
que vaya admitiéndola. La negación es la resistencia
a reconocer los sentimientos de pérdida, sea
del tipo que sea. Como dice Stephen Levine,
"la mente niega todo lo que es incoherente
con nuestro modelo de cómo deberían ser las
cosas".
2ª ETAPA: LA IRA/EL
ENOJO
Se trata de una
lucha interna en la que la progresiva realidad
de la muerte entra en conflicto con un fuerte
impulso por recobrar el mundo perdido. Prevalece
la ira. No debemos juzgarla ni interpretarla
como un ataque personal. Los intentos de combatirla
con palabras tranquilizadoras o argumentos racionales
están abocados al fracaso. Es mejor escuchar,
permitir que el enfermo exprese la ira y empatizar
con él, entendiendo sus sentimientos.
3ª ETAPA: LA PENA/LA
TRISTEZA
Es una fase de abatimiento
ante las pérdidas que ha de afrontar. Se tiende
a oscilar entre diversas emociones: tristeza,
llanto, mutismo, agresividad. El enfermo se
siente muy vulnerable. Si se le transmite nuestra
total aceptación, exprese lo que exprese, se
le ayuda a pasar del rechazo a la aceptación.
En muchas ocasiones no valen de nada las argumentaciones
sino la cercanía, tal como refleja Stephen
Levine: "Tomarle la mano a la otra persona
es más importante que todas las palabras que
podamos decir".
4ª ETAPA: LA ACEPTACIÓN
La persona se acerca
progresivamente a una etapa de adaptación a
su nueva realidad. Experimenta un sentimiento
de paz interior y exterior que no debemos que
confundir con la resignación.
¿CÓMO ACOMPAÑAR AL
ENFERMO A AFRONTAR LA MUERTE?
No es una relación de alguien que ayuda a otro
sino de un encuentro de persona a persona, de
estar a su lado, acompañándole. No se trata
de mis capacidades frente a tus heridas sino
de mis capacidades más mis heridas junto a tus
capacidades más tus heridas. Porque compartir
de esta forma produce un enriquecimiento mutuo.
Nuestro papel no es el de rescatar al enfermo
ni darle soluciones sino ayudarle a reconocer
sus propios recursos internos.
Por eso lo más importante es ESCUCHAR a la persona
y permanecer a su lado con un sentimiento de
amor incondicional, hablándola desde nuestro
propio corazón, con autenticidad. Quien intuye
que va a morir se siente muy vulnerable y necesita
que le cojamos la mano y nos comuniquemos con
él. Y, en ese sentido, es importante cambiar
nuestra manera de abordarlo: él es el protagonista,
quien conduce; nosotros sólo facilitamos el
proceso.
Habitualmente, uno de nuestros mayores temores
es el miedo al dolor físico. De ahí que sea
importante hablar con el equipo médico a fin
de que adopte las medidas necesarias para el
control del dolor. Afortunadamente hoy día hay
cada vez más Equipos de Cuidados Paliativos
tanto en los hospitales como de atención domiciliaria
que se ocupan de los cuidados específicos al
enfermo terminal.
CÓMO ACOMPAÑAR AL
MORIBUNDO
Recordemos, ante
todo, que no hay que esperar hasta el último
momento ya que no sabemos de qué tiempo disponemos.
En cuanto a lo que podemos hacer, las sugerencias
-planteadas por las psicólogas Pilar Arranz
y Pilar Barreto así como la escritora Christine
Longaker- son éstas:
· Escuchar. Es más importante que hablar,
estando muy atentos a todo lo que nos expresa
ya sea en forma verbal o no verbal.
· Acompañar. Es importante que nos sienta
a su lado y se lo expresemos corporalmente:
sentarnos cerca, mirarle a los ojos, cogerle
la mano, acariciarle.
· Darle tiempo. Respetar sus silencios,
ir a su ritmo. Necesita un tiempo para ordenar
sus ideas, miedos, emociones y sentimientos.
Y si no se comunica con nosotros, podemos pedirle
que nos cuente su vida.
· No presuponer nada. Siempre hacerle
preguntas abiertas: ¿qué le preocupa?, ¿en qué
le ayudaría saberlo?, ¿qué le aliviaría?, ¿con
quién le gustaría estar? Estas preguntas nos
ayudan a identificar sus problemas y sus recursos.
· No asociar su fragilidad corporal con incapacidad
para tomar decisiones. Es importante para
él tomar sus propias decisiones y que veamos
en él a la persona que es.
· Tener en cuenta que su necesidad de ser
informado es algo dinámico. Es decir, que
a lo mejor hoy no quiere pero mañana sí. Asimismo,
es preciso ponerle contenido a nuestras lágrimas:
"Cariño, es que te quiero mucho..."
· No personalizar en nosotros sus momentos de
ira o negación.
· Ayudarle a identificar los asuntos pendientes
(afectivos, económicos, etc.) y promover sus
recursos recordándole que tiene un tiempo
de vida limitado y puede utilizarlo.
· Ayudarle a encarar su muerte sin un sentimiento
de manos vacías. Son momentos en los que
hacemos recuento de nuestra vida por lo que
debemos ayudarle a recordar sus logros y a fijarse
en sus cualidades positivas en lugar de en sus
fallos. Esto proporciona paz a la mente (en
la mente suele haber emociones perturbadoras
de deseo, apego, frustración, rabia...). Y si
dejamos que el moribundo se obsesione con sus
fracasos, oscurecerá su mente y su corazón con
miedo y remordimientos.
· Decirle que le queremos y lo mucho que
ha aportado a nuestra vida si el moribundo es
pariente o amigo. Si se trata de un cuidador
o voluntario y no hay vivencias de un pasado
juntos, podemos decirle lo mucho que nos ha
aportado hasta ahora. Al pasar por el sufrimiento
de morir, su conocimiento de la vida se hace
más profundo y, de alguna manera, al afrontar
la muerte juntos aprenden ambos.
· Averiguar qué creencias religiosas tiene.
Prácticamente todo el mundo tiene una chispa
de esperanza dentro de sí aunque no se declare
religioso. Podemos animarle a encontrar una
práctica espiritual (oración, música, meditación,
lectura, visualización) que le inspire confianza
y le de fuerzas para conectarse con su dimensión
espiritual.
DAR PERMISO
En ocasiones, ante
el sufrimiento de sus familiares el moribundo
no se concede permiso a sí mismo para irse.
Por eso, puede ayudar decirle que le queremos,
que estaremos bien, que no se preocupe por nosotros
y que puede partir.
"...En la última conversación que tuve con
ella la dije que sí quería luchar para seguir
viviendo, la ayudaría de cualquier forma que
pudiera. Pero que si se agarraba a la vida porque
sentía que necesitábamos tenerla, la daba permiso
para irse si era lo que deseaba hacer. Nada
más decirla eso, llamó a la enfermera y le dijo:
'Me voy a morir'. Pensó que todo lo que se podía
hacer se había hecho. En pocas horas entró en
coma y en treinta y seis horas se fue. Ahora
pienso que a menudo no les damos a las personas
el 'permiso' de morir, el permiso de irse. Queremos
sujetarlas. Pienso que los médicos están especialmente
errados en eso, luchando contra la muerte, manteniendo
a la gente viva con máquinas. Pienso que necesitamos
llegar a comprender que hay un tiempo para morir
y necesitamos dar a la gente el permiso para
poder morir cuando realmente es el tiempo de
morir."
(Carl Rogers comentando la muerte
de su esposa).
Julia López-Orozco
Valenzuela
(Psicóloga)
Fundación Verde Esmeralda de Alicante.
LA FUNDACIÓN VERDE
ESMERALDA
La Fundación
Verde Esmeralda es una entidad sin
ánimo de lucro y aconfesional integrada por
voluntarios con tres objetivos fundamentales:
1) El acompañamiento al enfermo terminal
a la hora de afrontar la muerte. Ofrecen compañía
y soporte emocional tanto al enfermo como a
su familia en hospitales, residencias y domicilios.
2) El ofrecimiento de grupos de ayuda
mutua para las personas que han perdido a un
ser querido y están viviendo su proceso de duelo.
Es un lugar de encuentro con otras personas
que sufren la pérdida de un ser querido en el
que encuentran apoyo y comprensión y donde pueden
expresar abiertamente el dolor y los sentimientos.
Y,
3) La organización de conferencias y
seminarios sobre la comunicación con los pacientes
y el afrontamiento a la muerte y al duelo.
Teléfonos de contacto: Pilar Kowalski:
607 30 62 01. Julia López-Orozco: 629 04 95
51.
Lugar de encuentro: Avda. Maisonnave,
27-29. 3º dcha. Alicante.
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