La década de los cincuenta supuso
la comprensión de la importancia que tiene lo psicológico
en la génesis de las enfermedades orgánicas, algo nuevo
para la medicina moderna a pesar de que desde hacía
siglos lo aceptaban todas las medicinas tradicionales
del mundo. Y es que los grandes estudios sobre los factores
de riesgo en la enfermedad coronaria revelaron la necesidad
de incorporar a la ecuación de la enfermedad nuevos
parámetros tradicionalmente negados por la medicina
moderna. Ya no sólo el colesterol, el tabaco, la vida
sedentaria o la herencia tenían relación con la génesis
de la enfermedad coronaria: también pautas complejas
de comportamiento catalogadas como patrones de personalidad
se revelaban. Algunos rasgos de la personalidad como
el sentimiento de hostilidad y la constante sensación
de prisa interior se asocian a un significativo aumento
del riesgo de infarto de miocardio. Al punto de que
hoy sabemos gracias al trabajo pionero de Dean
Ornish que los problemas coronarios pueden ser
reversibles con un programa integrado de ejercicio,
dieta y meditación. De hecho, las empresas de salud
y las compañías aseguradoras empiezan a promover y financiar
estos métodos porque representan una mejoría en la relación
coste-beneficio aun cuando, como ha sido corriente en
la historia de la ciencia, no encuentran igual eco entre
los especialistas y las instituciones que obtienen sus
ingresos de los procedimientos quirúrgicos a la hora
de abordar la arterosclerosis coronaria.
Maestro de la economía distributiva, el corazón da a
cada órgano según su necesidad distribuyendo materia,
energía e información a través de miles de pequeños
"corazones" o glomus que, como pequeñísimas bombas en
la periferia del árbol arterial, dirigen selectivamente
el flujo sanguíneo a todos los sistemas según su demanda.
La economía de ataque o huida ligada a la respuesta
límbica primitiva de gran desgaste de energía se convierte
en una economía de mínimo desgaste y alto rendimiento
en la respuesta de relajación descrita por Herbert
Benson a partir de sus estudios iniciales con
meditadores. La respuesta fisiológica de relajación
tiene su correspondencia en una actitud de apertura
amorosa que revela paz interior y permite bajar la descarga
que sobre todos los sistemas orgánicos y, en especial
el sistema cardiovascular, ejerce el estrés.
A raíz de los cada vez más comunes transplantes de corazón
se empieza hoy a descubrir en un porcentaje significativo
de éstos que, además de la bomba cardíaca, se transfieren
complejos códigos de información que determinan cambios
significativos en algunas pautas de comportamiento.
Es clásico ya el caso mencionado por Paul Pearsall
en su libro El código del corazón de aquella
niña que después de recibir un corazón empezó a tener
pesadillas del asesinato de su donante, tan vívidas
que permitieron dar a la policía con el asesino. Personas
que sólo apreciaban la música clásica pueden empezar
a escuchar la música metálica que sus donantes disfrutaban.
Cambios sutiles en los que los receptores pueden adoptar
algunas pautas de comportamiento de sus donantes nos
dicen a las claras que el corazón representa mucho más
de lo que pensábamos. Mejor dicho, que de alguna forma
también pensamos con el corazón y que aquello de "las
razones del corazón" ha dejado de ser sólo una metáfora
afortunada. La creciente tendencia a recuperar el código
del sentir y la reivindicación de la inteligencia emocional
nos revelan que para dar sentido a la existencia es
necesario redescubrir el código del sentir. Este es
el código del corazón.
Un sentimiento de amor impersonal puede dar lugar a
cambios en la electrofisiología cardíaca con un efecto
armonizador sobre todos los ritmos corporales hasta
el punto de que para los investigadores del Instituto
Hearth Math el corazón puede ser considerado como
el oscilador eléctrico maestro. Los estados de amor
impersonal en los que se experimentan profundos sentimientos
de conectividad y paz interior se asocian a una alta
coherencia cardíaca -que se registran en el tiempo como
una disminución de la tasa de variabilidad de la frecuencia
cardíaca- y a la vez, estos mismos estados han sido
asociados a la capacidad de incidir voluntariamente
sobre el grado de polimerización del ADN in vitro. ¡Y
no digamos que es sugestión porque no se puede sugestionar
el ADN para que se despolimerice en un tubo de ensayo
y luego cambie su espectrofotometría!
Para Gary Scwartz y Linda Russek, el corazón,
además de ser el maestro de los ritmos corporales, emite
un complejo patrón de ondas que envuelven cada segundo
todas las células del organismo. Además de una onda
de presión, la música del corazón viaja a través de
las paredes de las arterias a la velocidad del sonido.
No es extraño pues que algunos investigadores hayan
encontrado que se mejora significativamente el dolor
en niños quemados cuando se les hace escuchar una grabación
del corazón de sus madres. Además de su música, el corazón
bombea a través de la sangre una oleada de calor que
cobija todo el organismo y una onda electromagnética
producto de su actividad eléctrica. Este complejo patrón
de ondas es como un programa que nos está diciendo que,
además de la sangre y sus nutrientes químicos, el corazón
nutre todos los rincones del organismo con la información
de un patrón rítmico de ondas térmicas, acústicas, de
presión y electromagnéticas.
Si eliminamos de los electrocardiógrafos los dispositivos
electrónicos para eliminar el ruido, el electrocardiograma
puede registrarse en todo el organismo, incluido el
cerebro. En el abdomen de la gestante encontraremos
así su electrocardiograma portando, como a caballo y
más pequeñito, el electrocardiograma fetal. Y en el
cuero cabelludo podemos registrar la poderosa señal
del electrocardiograma portando en su seno la señal
más tenue del electroencefalograma. Como una onda portadora
para todas las otras vibraciones del organismo, todo
pareciera ser organizado y armonizado por el corazón.
Cuando experimentamos odio, miedo, tristeza o resentimiento
cambia el estado de coherencia cardíaca, aumenta la
variabilidad de su frecuencia y con ello se induce desarmonía
en todos los ritmos corporales. Si aceptamos que todo
en la vida se manifiesta a través de códigos rítmicos-
movimientos intestinales, respiración, ritmos cerebrales,
etc.- una modificación del patrón rítmico del oscilador
eléctrico maestro cardíaco ha de tener su repercusión
sobre toda nuestra economía energética.
Pero no sólo al interior está incidiendo la magia rítmica
del corazón. En vivo y en directo, ese campo magnético
cardíaco que podemos registrar en los magnetocardiogramas
se escapa de la piel y, más allá del cuerpo, interactúa
con los campos magnéticos del corazón de quienes tenemos
cerca de nosotros. Antes que una palabra, una mirada
o un sólo gesto nos acercaran, ya el campo magnético
del corazón -cinco mil veces más potente que el campo
magnético emitido por el cerebro- nos relacionaba desde
el propio centro. Nosotros en el corazón de otros, otros
en nuestro corazón. Cuando vivimos de corazón, la relación
humana adquiere otra dimensión. Alguien bien conocido
por muchos nos decía que no importaba lo que hiciéramos
-gritar o susurrar, reír o llorar, confrontar o aceptar-,
lo único realmente importante es que fuera realizado
con amor.
En suma, es la hora de regresar al corazón, el mismo
corazón de la electrofisiología, el del sentir, el corazón
de tantas razones intangibles que ahora por primera
vez empiezan a ser comprendidas en el lenguaje de la
ciencia. Es el mismo corazón que permite a cada ser
humano convertirse en sanador cuando puede experimentar
la magia del amor incondicional.
Jorge
Carvajal Posada