¿Cuántas veces, nada más sonar
el teléfono y antes de levantarlo para preguntar, sabía
usted ya quién le llamaba? ¿Cuántas ha soñado con alguien
que hacía tiempo no veía y a la mañana siguiente se
lo ha encontrado? ¿Cuántas ha sentido la necesidad de
darse la vuelta y descubrir así que alguien le estaba
mirando fijamente? ¿Y cuántas se ha arrepentido de no
haber hecho caso a su mujer cuando le dijo que no se
fiara de aquella persona por la que usted se hubiera
jugado hasta el pellejo?
Recuerdo que en una ocasión tenía necesidad de contactar
urgentemente con una colega peruana para concretar un
trabajo para la Organización Panamericana de la Salud
pero había perdido sus datos. Me surgió entonces un
viaje imprevisto a México. Tomé el avión, hice trasbordo
en Panamá y, a mitad de vuelo, mientras seguía preguntándome
cómo localizarla, me dirigí al baño trasero. Bueno,
pues, para mi sorpresa, ¡allí estaba ella! Iba igualmente
a México, a un congreso de botánica médica. Y antes
de que pudiera decirla nada, la oí exclamar: ¡Usted!
¡Pero si no hago más que pensar desde hace días en cómo
localizarlo!
Ni en Lima, ni en Medellín, ni a través de Internet
nos habíamos podido comunicar... y he aquí que, a treinta
mil pies de altura, en medio del océano, teníamos la
cita que no habíamos podido concertar.
¿No ha vivido usted nunca experiencias "casuales" que
parecen marcadas por el destino? ¿Casualidades como
las que han llevado a algunas personas a enfadarse enormemente
por perder un avión... para luego enterarse, conmovidos,
de que el aparato se había estrellado?
Estando en una ocasión ejerciendo como médico en el
macizo del Darién -zona selvática entre Colombia y Panamá-,
yo también renegué un día de mi suerte. Había salido
a recorrer diversas trochas para vacunar a los colonos
cuando se me echó la noche encima y me perdí en la selva.
Al amanecer, cuando pude encontrar la salida, hallé
a toda una familia gravemente enferma. Les traté y se
salvaron. Pero, ¿qué hubiera sido de ellos si no me
hubiera perdido "accidentalmente"?
¿"Coincidencias"? No creo en ellas. Sé que en el universo
todo está interconectado. Algo que las culturas orientales
ya explicaban hace milenios y recién empieza a reconocer
hoy nuestra ciencia occidental.
La moderna Física nos habla hoy de un universo interconectado,
indivisible y participativo, un universo conformado
más que de causalidades de sincronicidades y en el que
todas las partículas son apenas los puntos de cruce
de una red de relaciones más real que la materia que
tocamos. ¿Cuándo entenderá -y aplicará- eso la "ciencia"
médica?
No renuncie usted a su lugar en la red universal. Porque
usted está ahora mismo en donde debe estar. Así que
viva intensamente cada momento y absorba toda la enseñanza
que le traiga. Porque la corriente de la vida pronto
le llevará a aprender, en otro lugar, una nueva lección.
No desaproveche la actual.
En cuanto a la ciencia médica, un día volverá a integrar
en lugar de dividir. Y abandonará su costumbre de separar
la materia del espíritu, la conciencia del cerebro,
la cardiología de la neurología, la medicina de su humanidad
y la psicología del alma humana que decía estudiar.
Porque hoy hemos llegado a separar en la práctica -obviamente,
no en la teoría- hasta la salud de la alimentación.
Y así, en los hospitales se mandan dietas hiposódicas,
hipo o hipercalóricas, hiper o hipoproteicas... sin
saber nada de nutrición.
Aún hoy, los genios de la medicina molecular pretenden
reducir la vida a ecuaciones ocultas en el genoma humano.
Y hasta nos siguen diciendo que la emoción o la personalidad
nada tienen que ver con manifestaciones patológicas
orgánicas como el cáncer. Para algunos "adalides" de
la ciencia moderna, la Medicina pareciera no haber trascendido
del estudio de un espécimen de fósil animal definido
por el análisis de tejidos y sustancias muertas. Gente
capaz de responder con más facilidad al paciente sobre
lo que dice el último número de The Lancet respecto
de la actividad mitocondrial de los linfocitos T de
una cepa equis de ratones... que a la simple pregunta
de qué debe o no comer un enfermo.
Con el bisturí de la lógica -que no el de la razón-
se niegan analogías, correspondencias y sincronicidades.
Y lo malo es que hasta las llamadas medicinas alternativas
empiezan a quedar reducidas a un vademécum con recetas
rígidas que niegan el fluir único e irrepetible de una
vida que se constituye también de símbolos y sueños.
¿Cómo conciliar, pues, el arte de curar y la ciencia?
¿Cómo construir una visión viva del hombre que enferma,
de la Tierra que habita, del universo que lo determina?
¿Cómo volver a mirar la Luna llena y sentir que, como
todos los mares, también con ella asciende la marea
de la creatividad? ¿Cómo regresar a la sabiduría sencilla
del saber que sabe que en la salud cada cosa, cada órgano,
cada función y sentimiento tienen su tiempo y su lugar
en el concierto del cuerpo? ¿Cuándo devolver el poder
al ser para concluir con esta ya interminable y ciega
dependencia? ¿Cuándo vamos a aprender, también para
sanarnos, la lección de la enfermedad?
DEL POTENCIAL HUMANO
lAhora y aquí son posibles
todas estas cosas. No somos un número de historia clínica,
ni "el del cuarto 333", ni una neumonía, ni un
cáncer. Nuestro nombre no es el de la enfermedad. No
se puede asimilar la vida sólo a la visión estrecha
de un complejo orden molecular. Si hay personas que
se curan del cáncer es posible revertir el cáncer. Si
hay un solo milagro, los milagros son posibles.
Un día, una abuela me dijo que no podía morir de ese
cáncer metastásico avanzado que se la había diagnosticado
porque sus nietos se habían quedado huérfanos. Y vivió,
con calidad de vida, más de doce años hasta que el primero
de ellos pudo hacerse cargo de sus hermanitos. En otra
ocasión, una monja -ciega a causa de un inmenso e inextirpable
tumor cerebral- recuperó no sólo su visión sino, con
ella, todas sus funciones... inmediatamente después
de una oración colectiva de los niños de las granjas
infantiles en las que servía. Un adicto que vivió más
de quince años en la calle es hoy un padre ejemplar
y director exitoso de un reconocido centro de tratamiento
y reeducación de adictos. Los sanadores que practicaban
una técnica de toque terapéutico lograron inducir picos
de voltaje enormes en los cuerpos de los sanados sin
contacto alguno. Las manos de un sanador entrenado pueden
lograr un efecto regenerador sobre la actividad enzimática
de la tripsina sometida a la radiación ultravioleta
similar al logrado con un campo de 13.000 gauss.
¿Y cómo todo ese inescrutado potencial humano tiene
su correspondencia en el orden molecular? -se preguntará
el lector-. Quizás lo entienda si le explico que muchas
de las macromoléculas biológicas se comportan como cristales
con efecto piezoeléctrico, que son capaces de generar
una corriente eléctrica directa que actúa sobre toda
la fisiología. La misma melanina -esa molécula que produce
el pigmento de la piel- se comporta como un supercomputador
biológico capaz de producir una vibración mecánica (fonón)
a partir de un quanto de luz (fotón). Las células están
equipadas con gicosaminoglicanos, polímeros biológicos
que funcionan como antenas capaces de detectar señales
biofísicas de mínima intensidad. Por eso la aplicación
de campos magnéticos débiles pulsantes a frecuencias
precisas cambian la permeabilidad selectiva de la membrana
celular a ciertos iones, en función del tipo de frecuencia
empleada. La célula misma fue concebida por el nobel
Szent Gyiorgi como un plasma electrónico activado
y su vitalidad descrita en función de la concentración
de electrones por unidad de volumen. El ADN es considerado
hoy, en la emergente ciencia de la Fotobiología, como
un polímero complejo con capacidad de almacenar fotones
o quantos de luz que se emiten coherentemente estableciendo
las bases moleculares para una transmisión biofísica
de información. Los tejidos en proceso de reparación
emiten una radiación procedente del ADN conocida como
radiación fotorreparadora. Ya en el primer tercio del
pasado siglo, el investigador ruso Gurvitch había
descrito la radiación mitogenética, una radiación proveniente
de un tejido vegetal en proceso de crecimiento que incrementa
la tasa de crecimiento de un tejido del mismo tipo.
La investigación posterior demostraría que esa radiación
pasa a través del cuarzo y no del vidrio por lo que
se ubica también en el rango ultravioleta del espectro.
Y no sólo las moléculas y las células tienen un potencial
de comunicación a través de emisiones electromagnéticas.
Como cabía esperar por las propiedades de sus propios
componentes, todo el cuerpo emite y recibe señales que
determinan su estatus energético. El potencial de los
puntos de acupuntura cambia durante las tormentas solares
en buena parte de las personas. Un órgano enfermo genera
una alteración del potencial sobre ciertos puntos de
la piel adscritos al órgano y descritos en la Electroacupuntura
del alemán Reinhold Voll, precursor de los métodos
de biorresonancia.
El potencial humano no es un simple subproducto de actividades
en el plano físico-químico. Que sus emociones y su mente
tengan un efecto regulador sobre la salud es una cosa
pero que un hombre pueda desarrollar la habilidad de
vehicular a través de su propio campo de energía una
información que restablezca el equilibrio de otro ser
humano, de un animal o de un cultivo de bacterias es
algo bien diferente que nos debe llevar a una reformulación
de nuestros conceptos de conciencia, información, energía
y materia. Miles de experiencias realizadas con rigor
científico hacen insoslayable emprender científicamente
la consideración de este tipo de fenómenos, que rebasan
con mucho el consabido argumento del efecto placebo.
Ahora bien, al margen de su utilidad en el campo de
la Medicina -que nos lleva a replantear la participación
del individuo en la gestación de su propia salud-, la
consecuencia más importante del modo de acción de las
energías sutiles, en cuanto a los hombres se refiere,
es que todos somos responsables de todos.
Porque todos y cada uno de los seres humanos estamos
unidos por lazos sólidos, quizá invisibles pero no por
eso menos reales. Aunque no seamos conscientes de ello.
Jorge
Carvajal Posada