Albert Salvadó: “El cáncer no mata: mata la ignorancia. Y el conocimiento es vida”

El escritor andorrano Albert Salvadó acaba de publicar una singular novela en la que narra la terrible experiencia vital de quien recibe -como él- un diagnóstico de cáncer que se le propone tratar con los agresivos y tóxicos tratamientos oncológicos actuales, algo que de inmediato se negó a aceptar. Una negativa firme que le llevaría a no asumir que otros decidan por él sobre su salud y a adoptar  toda decisión personalmente tras informarse y formarse. Decidiría así buscar alternativas comprobando pronto que eran todas denostadas, ridiculizadas o perseguidas desde las instancias de poder político, económico y académico así como por numerosas entidades y sociedades -médicas y científicas- al igual que por los grandes laboratorios farmacéuticos. Todo ello con la colaboración de grandes medios de comunicación. Nos lo ha contado en persona.

ALBERTO SALVADO

Albert Salvadó es ingeniero industrial y dedicó a su profesión 25 años hasta que se impuso su vocación de escritor. E hizo asimismo incursiones en el mundo de la política ya que fue cofundador y primer presidente del Partido Socialdemócrata (PS) de Andorra habiendo ocupado la Consellería de Cultura del Comú de Andorra la Vella desde el 1 de enero de 2004 hasta el 31 de diciembre de 2007 aunque también la dejó estando actualmente alejado del mundo de la política.

Como escritor ha cultivado el cuento infantil, el ensayo y la novela destacando especialmente sus novelas históricas hasta el punto de que hoy se le considera el revitalizador de la novela histórica en lengua catalana contando con más de veinte novelas, obras publicadas en catalán pero también en castellano, inglés, francés, portugués, griego, checo y eslovaco. Le han concedido además diez premios literarios, algunos tan destacados como el Premio de Novela Histórica Néstor Luján -dos veces-, el Premio Fiter i Rosell del Círculo de las Artes y las Letras, el Premio Carlemany o el Serie Negra de Planeta. Todo ello y mucho más puede encontrarse en su web: www.albertsalvado.com.

Pues bien, el libro que acaba de publicar es muy diferente ya que no tiene nada que ver ni con el pasado, ni con la historia y sus grandes personajes y acontecimientos pero estamos persuadidos de que puede servir para remover conciencias, promover debates y aportar una perspectiva humana al mundo de la salud, la enfermedad y la Medicina. Escrito con sencillez pero con vibrante intensidad ¿Quieres vivir? no va a dejar indiferentes a los lectores. Es más, muy probablemente levante ampollas en el panorama sanitario actual, inmerso en una absurda y lamentable persecución de toda forma de tratamiento terapéutico no farmacológico orquestada por una todopoderosa industria que pretende erigirse en la única legalmente facultada para tratar a los enfermos a pesar de ser incapaz de afrontar con éxito la gran mayoría de las llamadas «enfermedades». Esta fue la conversación que mantuvimos con él.

¿QUIERES VIVIR?

-Si le parece bien comencemos por hablar del título: ¿Quieres vivir? parece una pregunta de respuesta obvia pero si ha decidido utilizarla como tal quizás no sea así. ¿Por qué ese interrogante?

-Es la pregunta que nunca antes me había hecho y me vi obligado a hacerme si deseaba superar una situación que me habían planteado y no parecía tener muy buen pronóstico. De manera que no es obvia. ¡Ni mucho menos! Me pregunto si hay mucha gente que se haya hecho esa pregunta en toda su cruda realidad. No tan sólo a los que han pensado en suicidarse sino a cualquiera que un buen día descubre que no ha vivido, que la vida se le ha escapado de las manos y, de pronto, le dicen que se encuentra frente a un proceso grave como es un cáncer. En  mi caso la respuesta no resultó sencilla. Tuve que desnudarme por completo y descubrir la auténtica razón de mi existencia, lejos de todo aquello que en el fondo no son más que excusas para seguir vivo pero no razones de peso.

-Entonces, para que no haya dudas, ¿estamos ante una novela con la que pretende simplemente mandar un mensaje o se encuentra el lector ante una historia real? ¿Hasta qué punto son ciertos los acontecimientos que narra?

-Los acontecimientos que narro, al contrario de mis novelas -incluidas las históricas-, son absolutamente reales. Desde la primera hasta la última palabra. No hay nada inventado. No era necesario. Fui anotando en una agenda lo que me iba sucediendo, los pensamientos que brotaban y los sentimientos que emergían. Y al final, cuando encontré el tono, lejos de la autocompasión, del tremendismo y del llanto, le di formato de novela; con diálogos, situaciones y escenas. Incluso hay poesía y humor. A veces negro, pero totalmente real. No ha representado ningún trabajo fácil. Puedo asegurar que es mucho más sencillo hablar de personajes ajenos que de uno mismo porque requiere de unas altísimas dosis de sinceridad y en algunos momentos se convierte en un camino cuesta arriba muy duro. Lo vas desgranando y piensas que no es Jaime I el Conquistador, ni Atila, ni Keops, ni Constantino El Grande, ni Napoleón. Eres tú.

-Su libro recoge cuatro años de su vida: entre 2014 y 2018. ¿Qué ocurrió en 2014 para que todo en su vida cambiara de forma tan brutal?

-En 2014 empecé a  notar, poco a poco, que mi cuerpo presentaba dificultades cuando orinaba y terminé decidiendo acudir al médico. El proceso es simple: una consulta, unos análisis, una biopsia y, finalmente, un diagnóstico: cáncer. Así de claro. Sólo son seis letras y un acento pero con una carga emocional detrás que parece un tráiler cargado de pánico. Para cambiar toda la vida de una persona basta con cambiar su interior, sus pensamientos, sus emociones y el discurso de su vida. El resto cae por sí mismo y puede convertirse en un calvario. Y así sucedió en apenas un mes.

-Por lo que hemos leído usted fue durante mucho tiempo de un médico a otro y utiliza estas palabras para describir ese proceso: Cuando no soy nadie, nadie me pide permiso para hacer lo que quiere conmigo (…) Me convierto en un cuerpo con patas. ¿Por qué esa reflexión?

-¿Quieres vivir? está lleno de reflexiones producto de las situaciones que he vivido. Esa frase es la conclusión a la que llego tras comprobar las «bondades» del sistema sanitario oficial y descubrir que me están tratando como a una próstata sobre dos patas olvidándose de que soy una persona con un cerebro que piensa, un corazón que siente y un alma que desea vivir. «¡Entra, sal, tiéndete, túmbate, sométete, no preguntes, cree…» Todo son órdenes que dictan los que imaginan que me conocen. Me sentí como un idiota al que puede manejar todo el que posee un título de Medicina y me preguntaba si en algún momento yo tomaría alguna decisión puesto que todo aquello me afectaba a mí.

-Radioterapia y hormonas para luchar contra la enfermedad y un 80% de posibilidades de ganar.

 ¿Qué sintió, cómo se tomó esta «orden» inapelable?

-Fue un mazazo de dimensiones descomunales. Todo era negro, todo era malo (maligno si utilizo su lenguaje). La solución pasaba por radioterapia -treinta sesiones en seis semanas- y hormonoterapia durante un mínimo de dos años. Pero lo más brutal era que me trataban como a un niño ignorante. Me decían que ni la radioterapia ni la hormonoterapia tenían efectos secundarios, que me pusiera en sus manos, que confiase en ellos. Y entonces hice la gran pregunta: ¿por qué me sucede esto? Y la respuesta fue de risa: Bueno, ahora no hay que preguntarse eso sino actuar. O sea, ¡que no tenían ni idea de las causas y querían solucionar el problema!

Lo siento pero yo soy ingeniero, que significa «cabeza cuadriculada» que busca causas y respuestas. Además cursé la especialidad de Química. Y, por si fuera poco, nací rebelde y así continúo. De manera que a mí nadie puede decirme que la radiación no tiene efectos secundarios ni que actuar sobre el sistema hormonal de un cuerpo no produce efectos adversos y quedarse tan ancho. No soy imbécil. Así que me di cuenta de que no estaba en el camino más correcto y, simplemente, los mandé a paseo.

HAY QUE TOMAR LAS RIENDAS DE NUESTRA VIDA

-Y es entonces cuando se cruza en su camino un médico que no piensa como los demás, que no habla como los demás -de hecho escucha y habla cuando los demás no lo hacen- y que ni siquiera tiene una consulta como las de los demás…

-Dar con el Dr. Vicente Herrera fue como abrir una ventana y descubrir que hay vida más allá de la celda en la que pretendía encerrarme la Medicina que llaman oficial o científica. De pronto alguien me miraba, me escuchaba y me hablaba como a una persona y dejaba de ser una próstata con patas para recuperar mi estatus. Alguien, a partir de aquel momento, se sentaba junto a mí y no frente a mí, no separado por una mesa. Y hablaba conmigo, razonaba y no me ordenaba. Aquello era nuevo para mí y era lo que buscaba. Una persona que se pone junto a otra persona para caminar juntos. Desaparecía el paciente, el sujeto que pace y espera, y emergía la persona que toma las riendas de su vida y empieza a decidir. Y yo deseaba decidir por mí mismo.

-Eso sucedió en 2016 que es cuando según su libro vuelve a sucederle otro acontecimiento clave, algo que dio otro giro más en su vida. ¿Qué ocurrió en Cartagena y qué significó para usted?

-Es complicado resumir lo sucedido en Cartagena donde vivía Patricia, una buena amiga a la que diagnosticaron un cáncer de seno. Estuve con ella poco antes de su muerte. Comimos juntos con su hijo Ricardo y otra amiga común: Reyes. Fue la última vez que la vi… y lo sabía. Algo en mi interior me decía que era la última vez. Poco después Ricardo me llamó para comunicarme su muerte. Ella había seguido a pie juntillas todos los pasos marcados por la «medicina científica» y se apagó tras un largo sufrimiento.

¿Dónde estaban las famosas estadísticas de «curación» de la Medicina? ¿Qué pasó con sus grandes y prodigiosos avances oncológicos?, me pregunté. Fue un golpe terrible y un nuevo impulso en mi búsqueda de alternativas porque dejé de creer en los protocolos y en las terapias milagrosas. ¡Era yo quien tenía que encontrar la salida». Con toda la ayuda posible… pero yo, únicamente yo.

-¿Sugiere usted que las decisiones sobre salud debe tomarlas cada persona individualmente aunque pueda consultar a los médicos?

-Tengo las ideas muy claras: yo no puedo decirle a nadie lo que debe o no hacer. Pero reclamo el derecho de decidir lo que considere oportuno con mi cuerpo y mi vida. Con entera libertad. Mi poder es mío y de nadie más. Yo soy el amo y señor de mi cuerpo, de mi mente, de mi espíritu y de mi vida.

Y no significa que yo lo pueda todo con el poder de mi mente. Eso me resulta absurdo y estúpido. Por otra parte, ni debo ni puedo prescindir de nada si soy medianamente inteligente. La Medicina ha obtenido logros impresionantes… pero no es Dios. Trabaja con un elemento muy delicado como el ser humano pero parece circunscribirlo todo al cuerpo, a la materia. ¡Y yo soy mucho más que un simple cuerpo! Soy la suma de un cuerpo que ejecuta acciones, de un cerebro que piensa y da órdenes y de una mente o alma o espíritu que siente. Por esa razón no descarto nada. En cambio parece que la Medicina desprecia e incluso persigue -como la Inquisición- a todo aquel que no comulga con sus dogmas.

Para mí el mundo lo es todo y no desprecio nada. Y es gracias a este planteamiento -no me cabe ninguna duda- por lo que estoy vivo y disfruto de la vida sin haberme sometido a radiaciones ni a tratamientos con medicinas u hormonas.

He utilizado la alimentación, la Naturopatía, la meditación, el Reiki, la Desensibilización y Reprocesamiento por los Movimientos Oculares (EMDR por la siglas en inglés de Eye Movement Desensibilization and Reprocessing)  e incluso los conocimientos médicos del injustamente vilipendiado Dr. Ryke Geerd Hamer. No he despreciado nada de nada.

-Sin embargo cuando parece que le estaba dando resultado lo que hacía se volvió a abrir el abismo a sus pies porque le detectaron un segundo tumor. ¿Una metástasis?

-Ni soy médico, ni pretendo serlo. Soy un ser humano que observa, razona y saca sus propias conclusiones. Y tengo muy claro que en mi caso no hubo metástasis sino un proceso de degradación que desembocó en un segundo tumor, esta vez en el colon. Provocado por una situación personal que desembocó en un juicio y consideré una jugada muy sucia. Ver que de pronto empiezas a sangrar es espeluznante pero fue un magnífico camino para enfrentarme a mis miedos y desterrarlos. Ahí doy de nuevo las gracias a Vicente Herrera. Lo único que podía perder era mi vida y tomé una decisión. Debo añadir que soy muy afortunado y que me había tocado de veras la lotería. No con un cáncer, como decían los médicos que desconocían la causa y no tenían respuestas, sino que el universo me había concedido una familia única en el mundo que estuvo a mi lado y respetó todas mis decisiones. Sobre todo mi esposa. Sin ellos no sé si habría tenido el valor y la locura de hacer todo lo que hice. Por lo poco que sé y lo poco o mucho que he estudiado, leído y averiguado la metástasis no existe. Al menos en mi caso. Ni creo que exista. Y con eso me pongo «gallito» y me la juego pero como lo único que puedo perder es la vida…

LA MEDICINA NO ES UNA CIENCIA

-Usted pregunta retóricamente en su libro si la Medicina es una ciencia y responde negativamente. ¿Tan decepcionante fue lo que ha encontrado en la literatura médica?

-Es para partirse de risa. La Medicina se auto-arroga el calificativo de «científica» pero para mí no es ciencia. No tienen de ciencia ni el forro. Se basa en estadísticas pero no tiene leyes ni principios. Ni siquiera cumple el primer requisito de universalidad para ser considerada ciencia según estableció en su día Robert Merton.

Yo escribí ¿Quieres vivir? en formato de novela pero en algún momento -como en el capítulo 12- aparece mi condición de ingeniero y arremeto contra todo lo que considero engaños y mentiras. La Estadística es una disciplina perfecta para el engaño y la medicina llamada científica lo sabe y la utiliza para conseguir clientes perpetuos, que no pacientes.

He aquí un ejemplo muy simple de lo que explico en el capítulo 12: si usted se come un pollo y yo ninguno estadísticamente nos hemos comido medio pollo cada uno; pero si me olvido de las estadísticas y me centro en los valores absolutos usted se ha comido un pollo y yo me estoy muriendo de hambre.

Bueno, pues lo que hago en ese capítulo es desnudar los datos absolutos y así se descubre que cada vez mueren más personas de cáncer en lugar de salvarse más que es lo que pregona la Medicina. Nos están engañando vilmente. Menos mal que no todos los médicos son ovejitas que siguen fielmente al rebaño y cada día hay más críticos. El problema es que a esas voces críticas no se las escucha y se las enmudece. No interesan.

-¿Y qué pasó tras la nueva crisis, tras la aparición del nuevo tumor?

-Que sigo vivo. Y con un montón de lecciones aprendidas que no habrían sido posibles sin ese gen de la rebeldía que llevo en la sangre y me empuja a ponerlo todo en cuestión. ¡Todo! Incluso las verdades cantadas por millones de bocas que repiten el mantra que pregonan las grandes multinacionales que nos tratan como a un rebaño y muñen la vaca hasta dejarla seca. Me quedo asustado ante lo que llegas a descubrir sobre los supuestos logros de la medicina científica rascando un poco en las bibliotecas, en los estudios realizados con dinero de multinacionales que persiguen perpetuar su negocio y echar a la hoguera todos aquellos conocimientos, tradiciones y prácticas que se oponen a su negocio. Y todo bajo la bandera de la sanidad. ¡La sanidad no es ningún derecho! El verdadero derecho es a la formación, a la educación y a la libertad. La salud no es ningún derecho, es una posesión.

-En el libro dedica usted mucha atención al miedo. ¿Por qué?

-El miedo es la cadena que nos impide avanzar y ser libres. Todo el lenguaje de la autodenominada «medicina científica» se basa en el miedo. Cáncer es una palabra que aterra, que da miedo porque se ha convertido en sinónimo de dolor y muerte. Y es falso. El cáncer no mata: mata la ignorancia. En cambio el conocimiento es vida. Por eso antes hablaba del derecho a la formación, a la educación y a la libertad. Lo primero que me dijo el Dr. Vicente Herrera fue que no tuviese miedo. Y gracias a ello vi sangre y no me asusté. La sangre no es ningún enemigo, está en nuestras venas y arterias y tiene una función. Si al ver que sangraba hubiese ido a Urgencias no sé dónde estaría ahora. Lo repito y para mí es una certeza: el cáncer no mata: mata la ignorancia. Y el conocimiento es vida. Quien quiera vivir que empiece a conocer y aparte de su vida el miedo.

-Un libro como el suyo representa un acto de valentía y honestidad porque da cuenta en él de sus pensamientos, emociones, sentimientos y miedos íntimos pero también es una dura crítica del sistema sanitario. ¿No le preocupa su reacción?

-Ni ejerzo terapia alguna ni soy médico así que no pueden quitarme licencia o título alguno. Soy solo una persona que ejerce sus derechos y libertades y eso no puede quitármelo nadie. Hay muchísimos estudios y obras escritas por médicos que, por azares de la vida, se convirtieron  en pacientes y contaron lo que vivieron. Pero no hay demasiados libros escritos por pacientes puros y, menos todavía, por pacientes que siguen vivos y pueden dar esperanza a los que decidan desterrar el miedo y empezar a decidir por ellos mismos. Yo solo cuento lo que he vivido, cómo lo he vivido y lo que he descubierto sobre mí mismo. Si con ello ayudo a alguien, tanto mejor. Pero es lo que yo he vivido, no lo que los demás deben obligatoriamente vivir, que es el tono que utilizan los «médicos científicos»: Yo sé; tú callas y obedeces. Cada cual vive su vida y yo reclamo para mí y para todos la libertad absoluta de decidir sobre nuestras vidas, sin consignas y sin miedo. Nadie sabe mejor que yo lo que necesito aunque a veces precise que alguien me lo muestre. Por esa razón no descarto nada.

-¿Qué opina de los múltiples ataques que desde distintos frentes se hacen a las llamadas medicinas complementarias o alternativas desde su perspectiva de paciente rebelde?

-Está claro que yo no ataco si no me siento atacado. Es una norma elemental. Hay que ser imbécil para atacar sin más o estar muy asustado. La «medicina científica», desde mi punto de vista, está muy asustada. La gente, las personas, hemos empezado a decidir por nuestra cuenta y ya no nos creemos sus dogmas integristas. Queremos médicos que se sienten junto a nosotros y no enfrente, que nos digan lo que podemos hacer y no lo que debemos hacer. La decisión siempre ha der ser nuestra. Y el miedo ¡que se lo metan donde les quepa! ¿Que voy a morir? ¡Por supuesto! Nadie va a escapar a una realidad que forma parte de la vida.

-Su libro abrirá de nuevo controversia… salvo que se opte por silenciarlo.

-Espero que genere debate. Cuanto más haya más posibilidades habrá de ver luz al final del túnel. No somos corderitos, somos personas. La enfermedad no es un enemigo. Yo jamás lucharé contra el cáncer. En todo caso lucharé a favor de la vida. Por eso cada vez que veo una maratón, un concierto, un partido de fútbol o lo que sea para recaudar fondos para la lucha «contra» el cáncer o cualquier otra «enfermedad» se me ponen los pelos de punta y exclamo: ¡Santo Dios! ¡Cómo nos engañan y cómo nos lo creemos! Lo que necesitamos es comprender, no luchar contra lo que sea.

UN DECÁLOGO PARA EL FUTURO 

Terminamos este texto con la transcripción de un decálogo elaborado por Albert Salvadó que de alguna manera recoge sus reflexiones durante la experiencia vital de cuatro años que dieron lugar a su obra, obviamente con autorización de su autor:

I La vida es inteligente y no necesita que le diga lo que tiene que hacer. Ella lo sabe muy bien. Sus leyes son exactas y precisas. Soy yo quien tengo que aprender; a entenderla, naturalmente. No a dominarla como si yo fuera Dios y ella idiota.

II Mi cuerpo es parte de mí, igual que mi cerebro o mi mente. Los tres forman un conjunto. Si les trato por separado cometo un error de dimensiones descomunales. Dividir mi cuerpo en pedazos que actúan de forma diferente y sin ningún tipo de relación es una sandez que sólo sirve para crear el caos dentro de mí y perderme en el universo de la nada. Al final los árboles no permiten ver el bosque.

III. Convertir la naturaleza en mi enemiga y luchar contra una enfermedad es atacarme a mí mismo. Y el resultado de la guerra conmigo mismo sólo puede tener un final: mi derrota.

IV. Si de verdad quiero vivir debo entender que el desequilibrio es fruto de un conflicto interno. Lucho cuando me siento atacado. Si no me siento en peligro no necesito defenderme de nada. No debo tener miedo de nada. La vida me ayuda si yo me pongo a su servicio. ¡Siempre!

V, La mente siente, el cerebro ordena y el cuerpo ejecuta. Los tres juntos producen el movimiento. De su equilibrio depende que el movimiento sea correcto o errático. Si sólo actúo sobre una de las tres partes y olvido las otras dos añado más desequilibrio al propio desequilibrio.

VI. Un conflicto puede crear una serie de órdenes que en apariencia parecen erróneas. Sólo en apariencia porque siempre, sean cuales sean las órdenes, persiguen mi salvación. Esa es la ley de la vida. La preserva por encima de todo. No puedo olvidar que ella, la vida, nunca tiene prisa y no debo, bajo ningún concepto, dejar que las urgencias se coman las importancias.

VII. Comprender el mecanismo que conduce a la mente a dar instrucciones en un sentido u otro es entender las leyes de la naturaleza y alcanzar la libertad, que no es la facultad de hacer aquello que me apetece sino la capacidad de entender los acontecimientos, aceptarlos y actuar en consecuencia.

VIII. Si aprendo a gestionar mis conflictos aprendo a vivir libre y a apoyarme en las leyes de la naturaleza. Entonces descubro que ella me preserva y no voy contra ella.

IX. La medicina que llaman preventiva es predictiva. Predice para poder actuar enseguida pero no prevé nada de nada. Prever es conocer y no tan solo analizar. La única prevención es la educación y la formación para conocer los mecanismos por los cuales actúa mi cuerpo y saber cómo puedo gestionar mis conflictos. Entonces me olvido de todo lo demás, me olvido de todas las dependencias y empiezo a vivir en libertad que es la máxima expresión de la vida.

X. Como último punto -pero tremendamente importante y llave maestra de todo el proceso de la vida- he aprendido que la palabra cáncer no es sinónimo de muerte sino un toque de atención que me dice: ¡Cambia de vida! No vas bien. Si no le hago caso entonces grita. No porque sea mi enemigo ni porque se enfade sino justamente para hacerme ver mi realidad. ¡La mía! Porque cada cual tiene su realidad. ¿Queda claro?


Jesús García Blanca

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