¿Deciden la política sanitaria mundial las fundaciones filantrópicas?

Las principales fundaciones “filantrópicas” relacionadas con la alimentación y la salud a nivel mundial tienen estrechos vínculos con las industrias farmacéutica y alimentaria habiendo claros conflictos de interés que dejan en entredicho su presunto altruismo. Lo constatan trabajos recientes que avalan el publicado en 2011 en PLoS Medicine con el título La filantropía mundial en la salud y las relaciones institucionales: ¿cómo deberían gestionarse los conflictos de interés? en el que se examinó la actuación de las cinco principales fundaciones privadas estadounidenses -la Fundación Bill y Melinda Gates, la Fundación Ford, la Fundación WK Kellogg, la Fundación Robert Wood Johnson y la Fundación Rockefeller- y si actúan de forma realmente altruista indicando todo que no es así en absoluto; antes bien, se dedican a condicionar la toma de decisiones políticas en el ámbito de la salud.

La filantropía –“amor al género humano”- expresada en términos económicos de ayuda en ámbitos como la salud, la alimentación, la educación o la investigación se ha convertido por mor de las fundaciones privadas en una de las industrias de más rápido crecimiento en la economía mundial. De hecho casi la mitad de las más de 100.000 fundaciones privadas de Estados Unidos comenzaron su actividad ¡después del 2000! Un diluvio de presunta “filantropía” que suele tener como objeto lograr exenciones fiscales y ha ayudado a que sea mayor que nunca la influencia de los más ricos y poderosos en las políticas económicas, financieras, educativas, alimentarias y sanitarias a nivel mundial; muy especialmente en los países del Tercer Mundo. Y es que esta forma “filantrópica” de operar -conocida hoy como filantrocapitalismo- oculta las intenciones reales de quienes han creado esas fundaciones que, lejos de ser desinteresadas en la mayoría de los casos, suelen tener afán de lucro oculto o claras intenciones de influir social y políticamente. De hecho las fundaciones privadas se caracterizan en todo el mundo por su falta de transparencia y ocultan a menudo complejos entramados empresariales de todo tipo. Obviamente que algunos de sus programas son beneficiosos no es discutible, sobre todo cuando en situaciones de crisis los estados y los organismos internacionales no pueden llevar adelante programas que cubren necesidades reales de la población pero eso está llevando a que las organizaciones benéficas que han sustituido a los gobiernos como proveedores de bienestar social estén pasando a depender de la presunta generosidad de los mega-ricos. Y tal dependencia es muy peligrosa.

Lo explica de forma detallada la exasesora de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y profesora de Sociología en la Universidad de Essex (Reino Unido) Linsey McGoey en un libro que con el título No Such Thing As a Free Gift: The Gates Foundation and the Price of Philanthropy (Nada es gratuito: la Fundación Gates y el precio de la filantropía) apareció en septiembre de 2015 editado por Verso Books en el que entre otras muchas cosas afirma: “Es indudable que la Fundación Gates -en su obra se refiere así al hablar de la Fundación Bill y Melinda Gatesjuega un papel decisivo en la formación y dirección de las políticas de salud mundial, en la toma de decisiones internacionales al más alto nivel. Y es que se trata del segundo mayor contribuyente de la Organización Mundial de la Salud (OMS) tras Estados Unidos y aunque técnicamente ésta tiene que ser igual de sensible -democráticamente hablando- a las necesidades de sus estados miembros, sean cuales sean sus contribuciones monetarias, en la práctica procura no irritar a quienes contribuyen económicamente a su supervivencia. De ahí su tendencia a alinearse en algunas decisiones con los intereses de Estados Unidos. Es más, hay pruebas de que algunas de las políticas de la OMS se tomaron por sugerencias directas realizadas por la Fundación Gates”. Y es que es posible que el lector lo ignore pero el 68% de las donaciones privadas para la salud del mundo las hace la Fundación Bill y Melinda Gates.

Mcgoey ilustra bien en su obra las relaciones cruzadas que subyacen por ello en las decisiones que adoptan muchos organismos nacionales e internacionales -tanto públicos como privados- cuando son “filantrópicamente” subvencionados. En 2014, por ejemplo, la Fundación Bill y Melinda Gates anunció que “donaba” 11 millones de dólares a la empresa Mastercard para establecer un “laboratorio financiero” en Nairobi (Kenia). Y claro, ¿alguien puede explicar por qué el matrimonio Gates dona dinero a una de las corporaciones más ricas del mundo? ¿O por qué lo donó a Vodafone, compañía británica tan altruista que no paga el impuesto de sociedades en el Reino Unido a fin de cotizar menos o a una empresa líder en el mercado de la educación como la estadounidense Scholastic Inc., editora de libros conocida por publicar materiales educativos para escuelas, profesores y padres que vende y distribuye básicamente por correo electrónico?

Hace más de una década el doctor Stephen Karanja, presidente de la Asociación de Médicos Católicos y miembro de la Junta Directiva de la Comisión de Salud de la Conferencia Episcopal de Kenia, escribió en un artículo en el que hablaba de las necesidades reales de aquel país –Control de la población: la perspectiva en Kenia- lo siguiente: “Nuestro sector sanitario está bajo mínimos. Miles de personas morirán a causa de la malaria, a pesar de que su tratamiento cuesta unos pocos centavos, en centros de salud que cuentan con millones de dólares invertidos en píldoras anticonceptivas y dispositivos como el DIU, el Norplant y Depo-Provera, material mayoritariamente comprado con dinero norteamericano”.

Y no son más que meros ejemplos pero bien significativos porque, ¿a quién favorecen las donaciones a centros como el citado que en lugar de a productos de urgente necesidad se dedican a comprar anticonceptivos? ¿A quienes los reciben… o a las empresas que los fabrican?

 DE DÓNDE PROCEDE EL DINERO

Como antes adelantamos David Stuckler, profesor de Política Económica y Sociología, coordinó un trabajo titulado Global Health Philanthropy and Institutional Relationships: How Should Conflicts of Interest Be Addressed? (La filantropía mundial en la salud y las relaciones institucionales: ¿cómo deberían gestionarse los conflictos de interés? -se publicó en 2011 en PLoS Medicine– en el que se examinó a las cinco fundaciones estadounidenses privadas más importantes -la Fundación Bill y Melinda Gates, la Fundación Ford, la Fundación WK Kellogg, la Fundación Robert Wood Johnson y la Fundación Rockefeller– y en él se denuncia lo siguiente: “Muchas fundaciones de salud pública tienen asociaciones con empresas privadas, farmacéuticas y alimentarias; empresas que en unos casos se benefician directamente de las donaciones de las fundaciones mientras éstas, a su vez, invierten en las empresas a las que se las conceden. Es más, hay un constante trasiego de personal ejecutivo entre las industrias alimentarias y de medicamentos y las fundaciones de salud pública. De hecho es habitual ver a miembros de las fundaciones responsables de tomar tales decisiones sentarse luego en los consejos de administración de las empresas con ánimo de lucro que se beneficiaron de las mismas”.

Algo que acaece sin mucho disimulo porque las organizaciones supuestamente altruistas y filantrópicas son mucho menos vigiladas por las administraciones estatales. Así lo refleja el trabajo citado: “Su misión caritativa hace que a menudo sea menor el control gubernamental. Y es que vigilar a las fundaciones se ve como ‘morder la mano que te da de comer’. En la comunidad sanitaria mundial los donantes privados son vistos como unatercera vía’ necesaria así que nadie desea analizarlas a fondo. Además al no estar sujetas a elecciones populares las fundaciones privadas operan fuera de los límites típicos de la democracia. A diferencia de los ministerios gubernamentales las fundaciones privadas no pueden ser influidas por las comunidades a las que afectan sus acciones. En interés pues de la salud pública y en particular de las comunidades pobres afectadas por las fundaciones que no tienen mecanismos de retroalimentación que les permitan influir en sus decisiones -ni en las de las instituciones financieras privadas- sería conveniente someter a las fundaciones privadas al mismo control que las instituciones públicas”.

 LA FUNDACIÓN BILL Y MELINDA GATES

 Como es bien sabido la Fundación Bill y Melinda Gates (BMGF por sus siglas en inglés) se creó con los fondos personales aportados por Bill Gates y su mujer –Melinda– y un importante paquete de acciones del consorcio Berkshire Hathaway donado por su principal accionista y Director Ejecutivo Warren Buffet. Según el trabajo citado -que ofrece datos correspondientes hasta el año 2011, fecha del trabajo- a finales de 2008 la Fundación Bill y Melinda Gates tenía 29.600 millones dólares en activos: 13.500 millones en acciones corporativas, 1.800 millones en bonos corporativos, 6.100 millones en obligaciones estadounidenses y 8.200 millones en otras inversiones. Entre ellas 15 millones en Coca-Cola y 9’4 millones de acciones en McDonald’s que en la actualidad ya no posee. Y como quiera que Warren Buffett está transfiriendo gradualmente la propiedad de Berkshire Hathaway a la Fundación Bill y Melinda Gates ésta podría llega a ser la mayor accionista mundial de Coca-Cola y Kraft porque a finales de 2015 esa empresa poseía un 13’03% de Coca-Cola y un 17’97% de Kraft.

Respecto a su relación con las multinacionales farmacéuticas la fundación poseía a finales de 2008 -según los datos del estudio citado- 14’9 millones de acciones en Schering-Plough Corporation, 2’5 millones en Johnson & Johnson, 1 millón en Eli Lilly and Company, 8’1 millones en Merck & Co y 3’7 millones en Wyeth (ésta adquirida por Pfizer en 2011) que fueron vendidas en 2009. En la actualidad la fundación mantiene una relación indirecta con los grandes laboratorios a través de su paquete accionarial en Berkshire Hathaway que a finales de 2015 mantenía participaciones significativas en laboratorios farmacéuticos como Sanofi-Aventis, Johnson & Johnson y Procter & Gamble.

Los autores del trabajo comprobaron asimismo que las demás fundaciones estudiadas –Rockefeller, Ford, WK Kellogg y Robert Wood Johnson- tenían también en el momento del estudio grandes inversiones en empresas farmacéuticas y alimentarias; como -por nombrar algunas- Pfizer, GlaxoSmithKline, Coca-Cola, Kellogg (líder en la producción de bebidas y alimentos para el desayuno e inversión principal de la Fundación Kellogg), PepsiCo, McDonalds, Nestlé (empresa con 6.000 marcas, principalmente de alimentos y bebidas), Novo Nordisk, Yum Brands -la compañía de restaurantes más grande del mundo propietarias de marcas como Pizza Hut, Kentucky Fried Chicken y Taco Bell entre muchas otras-, Johnson & Johnson -principal inversión de la Fundación Robert Wood Johnson– y Sanofi-Aventis. Además de varias empresas de minería, petroquímica, alcohol e, incluso, tabacaleras; la Fundación Ford tuvo por ejemplo participaciones en Lorillard y W. K. Kellogg y Rockefeller en otras compañías de tabaco a través de fondos como Cedar Rock Capital y Adage Capital Partners respectivamente. Es más, la propia Fundación Bill y Melinda Gates tuvo participación en Philips Morris hasta el 2000.

Hablamos, en suma, de empresas que no se caracterizan precisamente por proteger la salud de la ciudadanía aunque así pretenda hacerse creer. De hecho, ¿quién decide en las fundaciones a dónde debe ir el dinero que manejan? Pues varía de unas a otras pero normalmente es el Director Ejecutivo de la empresa matriz el que nombra a los ejecutivos de las fundaciones privadas… pero reservándose el derecho a influir en las decisiones. Y es obvio que éstas siempre se toman asumiendo su “deber” de maximizar las ganancias de los accionistas de la corporación lo que les lleva a nombrar siempre en las fundaciones a personas de confianza. Stuckler recuerda en su trabajo que el Comité de Gestión de la Fundación Bill y Melinda Gates tiene tres copresidentes -Bill Gates, su mujer Melinda y su padre, William Gates- estando además en él exejecutivos de las principales multinacionales alimentarias y farmacéuticas; como Coca-Cola, Merck, Novartis, General Mills, Kraft, Unilever… Y siendo así, ¿alguien sigue creyéndose en serio que las fundaciones actúan movidas solo por razones filantrópicas sin que primen intereses comerciales?

 ¿A DÓNDE VA EL DINERO?

 El equipo coordinado por Stuckler quiso saber pues a dónde va el dinero de las fundaciones y descubrió que el grueso de las transferencias financieras de la Fundación Bill y Melinda Gates en el área de la salud se destinó ¡al desarrollo de nuevas tecnologías médicas! Resultando significativo que más del 97% se dedicó a la elaboración de vacunas para enfermedades infecciosas -de resultados difíciles de cuantificar- y menos del 3% a enfermedades crónicas no transmisibles. Yendo la mitad de los 9.000 millones adjudicados entre 1998 y 2007 a 1.094 programas de salud de todo el mundo a Estados Unidos y un 40% a organizaciones supranacionales. Asimismo descubrió que la mayoría de las becas de la fundación se dieron a investigadores de Estados Unidos, fundamentalmente para el diseño de vacunas mejoradas, la creación de mosquitos genéticamente manipulados y cultivos con “contenido nutricional mejorado”. Investigaciones muchas de las cuales desarrollaban “empresas donantes”. El dato más reciente sobre esto es de principios de 2014 e indica que casi tres cuartas partes de los fondos otorgados por el Programa de Salud Global de la fundación fue a 50 organizaciones, el 90% de ellas ubicadas en Estados Unidos, Reino Unido y Suiza.

Es más, muchas de las subvenciones se destinaron a multinacionales farmacéuticas tan necesitadas de fondos que encabezan año tras año el ranking de ganancias como Merck y GlaxoSmithKline. Eso sí, a través de asociaciones; por ejemplo para probar vacunas contra la neumonía y la infección por rotavirus; como la asociación ROTATEQ y Merck Vaccines, asociadas a la red Global Alliance for Vaccines and Immunizations. O a vacunas experimentales contra la malaria a través de Medicines for Malaria Venture. O a vacunas contra el cáncer de cuello uterino a través del Programa para Tecnologías Apropiadas en Salud (PATH por sus siglas en inglés) y la vacuna Gardasil de Merck que tan desastrosos resultados está teniendo a nivel internacional. Y al Sida a través del Africa Comprehensive HIV/AIDS; por supuesto, el hecho de que la Fundación Bill y Melinda Gates tuviera acciones en Merck cuando esos países llegaron a un acuerdo con la Merck Company Foundation para testar sus productos es pura coincidencia. Como lo es que se asociara con la multinacional Johnson & Johnson para fomentar tecnologías de prevención del VIH aunque el propio laboratorio afirme que “el trabajo entre Johnson & Johnson y la Fundación Bill y Melinda Gates es una relación fuerte, estratégica e integral”.

 CLAROS DESEQUILIBRIOS

 Fue en 2005 cuando Bill y Melinda Gates lanzaron su programa Grandes Desafíos, conjunto de iniciativas que apostó por la innovación para resolver los problemas fundamentales de salud global que a su juicio necesita el mundo. Iniciativas entre las que el desarrollo de muchas y nuevas vacunas es parte importante pero también el uso de estrategias biológicas “novedosas” como crear mosquitos transgénicos para impedir la transmisión de enfermedades (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el reportaje que con el título El virus zika y las nuevas mentiras de la OMS apareció el mes pasado en el nº 191).

¿Con éxito? En absoluto. De hecho a finales de 2014 sólo una quinta parte de los 44 programas originales había conseguido algo práctico de lo que se aprovechó no la sociedad sino empresas e investigadores a título personal. Éxitos que en muchos casos son solo supuestos. Y de nuevo hablamos de las vacunas ya que el Programa de Salud Mundial de la fundación creada por el matrimonio Gates apostó de forma casi obsesiva por su desarrollo como solución para reducir las enfermedades y la mortalidad infantil. De hecho en 2010 afirmaría en una conferencia: “En el mundo hay 6.800 millones de personas y nos encaminamos hacia los 9.000; ahora bien, si hacemos un buen trabajo desarrollando nuevas vacunas, atención médica y servicios de salud reproductiva quizás podamos reducir esa cifra en un 10-15%”. Frase por la que su campaña para lograr vacunaciones masivas en todo el mundo fue interpretada por muchos como un sutil método para reducir la población mundial.

Esta obsesión por las vacunas fue ya criticada en Estados Unidos por un equipo del Departamento de Salud Internacional de la Escuela de Salud Bloomberg-John Hopkins coordinado por Robert Blak que en 2009 publicó en The Lancet un trabajo titulado Accelerating the health impact of the Gates Foundation (Mejorando el impacto sobre la salud de la Fundación Gates) según el cual hay otras acciones que permitirían mejorar sustancialmente la salud y la mortalidad de muchos pueblos. Aseverando: “Mejorar la prestación de intervenciones ya probadas tendría ‘bajo riesgo y alta recompensa’. Dos tercios de las muertes infantiles mundiales podrían prevenirse solo con que se realizaran adecuadamente y hubiera suficiente cobertura para ello”. Y es que según explican si el 40% de las muertes las causan la neumonía y la diarrea y un 35% la desnutrición (materna e infantil), ¿por qué invertir en nuevas vacunas y fármacos cuando ello puede resolverse con medidas preventivas eficaces como nutrir a las personas, promover la lactancia materna, rehidratar a los enfermos y usar zinc para la diarrea y antibióticos tradicionales para la neumonía? Actuaciones tan simples permitirían reducir el número de enfermos y la mortalidad en muy pocos años. Y es que es verdad que en los últimos tiempos la fundación ha decidido desarrollar nuevos programas en esa dirección pero sus inversiones siguen siendo cuantitativamente muy inferiores a las realizadas en programas de investigación.

Los investigadores tampoco entienden que la mayoría de los fondos que se donan vayan a organismos y asociaciones internacionales así como a organizaciones y universidades no gubernamentales de Estados Unidos y otros países de altos ingresos cuando los problemas de salud que se supone pretenden abordar se dan principalmente en los países de bajos ingresos. “La financiación directa a esos países es muy limitada –denuncian- y supone el más desafortunado desequilibrio en el área de investigación de la fundación ya que excluye a los científicos y administradores de los programas que mejor entienden los problemas para aportar soluciones creativas”.

Línea crítica sobre la distribución de fondos que también recalca el estudio antes citado publicado en PLoS Medicine: “Las enfermedades no transmisibles representan más de la mitad de las muertes de los países de bajos y medianos ingresos y sin embargo la Fundación Gates, el Banco Mundial y los donantes nacionales de ayuda al desarrollo dirigen menos del 3% de sus presupuestos a resolverlas”.

Cabe añadir que una de las críticas más ácidas a la Fundación Bill y Melinda Gates es su relación con Coca-Cola denunciando que para recibir los países en desarrollo donaciones se les insta a llegar a acuerdos con esa compañía cuando -dicen en su informe- “se sabe que las bebidas azucaradas como las que vende Coca-Cola se correlacionan con un rápido aumento de la obesidad y la diabetes en los países en desarrollo”. Algo que, según explican, se debe al hecho de que algunas de las personas que deciden a dónde van las donaciones están vinculadas a las principales multinacionales farmacéuticas y alimentarias así como a la Fundación Bill y Melinda Gates.

 BILL GATES APOYA LOS TRANSGÉNICOS

 Y por si lo hasta ahora dicho fuera poco debe saberse que la Fundación Bill y Melinda Gates ha hecho grandes inversiones en empresas que se dedican a la modificación genética de semillas, plantas y alimentos así como al uso masivo de pesticidas sintéticos. Desde luego llama la atención que una fundación supuestamente filantrópica poseyera un importante paquete de acciones de Monsanto -la empresa más importante en el área de los cultivos transgénicos-, subvencione a la Fundación Africana de Tecnología Agrícola -relacionada con esa multinacional- y tenga además acciones de compañías petroleras no precisamente respetuosas con la ecología como Exxon Mobil y British Petroleum… pero es que Bill Gates es un ferviente impulsor de los transgénicos. De hecho en febrero de 2015 declaró a la revista The Verge: Las semillas genéticamente modificadas proporcionan mayor productividad y mejor tolerancia a la sequía y a la salinidad por lo que si se prueba que son seguras los países africanos estarán entre los mayores beneficiarios”. La fundación llegó a poseer 500.000 de acciones de Monsanto que vendió en su totalidad en 2011.

Por lo que a la influencia que la Fundación Bill y Melinda Gates tiene en el ámbito de la alimentación una pequeña organización internacional sin ánimo de lucro que trabaja apoyando a campesinos y agricultores y otros movimientos sociales en su lucha por lograr sistemas alimentarios basados en la biodiversidad, GRAIN, examinó todas las donaciones para la agricultura hechas entre 2003 y septiembre de 2014 y el resultado fue que casi la mitad fueron al Banco Mundial y a diversas agencias de la ONU así como a la Red de Investigación Agrícola del CGIAR, al Growing Africa’s Agriculture (AGRA) y a la Fundación de Tecnología Agrícola Africana (AATF), todas ellas relacionadas con la fundación. La otra mitad terminó en cientos de diferentes organizaciones de investigación y desarrollo el 80% de las cuales eran de Estados Unidos y Europa; incluyendo universidades y centros nacionales de investigación. En cambio las ONG con base en África recibieron solo un 4%.

La segunda conclusión del informe de GRAIN -www.grain.org/es- es que la Fundación Bill y Melinda Gates dedica sus subvenciones y donativos a los científicos y no a los agricultores; de hecho el mayor receptor individual de donaciones agrícolas es el CGIAR, consorcio de 15 centros internacionales de investigación. Así lo explica: “No pudimos encontrar evidencia de ningún apoyo de la Fundación Gates a programas de investigación o desarrollo de tecnología realizados por campesinos o basados en el conocimiento campesino a pesar de la multitud de iniciativas que existen en todo el continente. “Escuchar a los agricultores y atender sus necesidades específicas” es el principio rector principal que guía el trabajo en agricultura de la Fundación Gates pero es difícil escuchar a alguien cuando no puedes oírlos. Las y los campesinos de África no participan en los espacios donde se establecen las agendas por parte de las instituciones de investigación agrícola, ONGs o iniciativas como AGRA que la Fundación Gates apoya. Estos espacios están dominados por los representantes de la fundación, políticos de alto nivel, ejecutivos de negocios y científicos”.

Y la tercera y última conclusión del informe es que la fundación, a través de organizaciones como AGRA y la Fundación de Tecnología Agrícola Africana, interviene directamente en la formulación y revisión de las políticas y regulaciones agrícolas de todo el continente africano decidiendo sobre sus tierras y las semillas.

En suma, todo indica que la Fundación Bill y Melinda Gates dona su dinero a entidades propias o que controla; es pues autofilantrópica: se da el dinero a sí misma.

TRANSPERENCIA Y DESINVERSIÓN

 La pregunta final de este reportaje es obvia: ¿puede acabarse con una situación tan lamentable? Sinceramente lo dudamos pero según el informe antes citado –La filantropía mundial en la salud y las relaciones institucionales: ¿cómo deberían gestionarse los conflictos de interés?- tres serían las claves para ello: desinversión, transparencia y que las donaciones de dediquen a resolver problemas reales. “Lo aconsejable -se dice con ironía en el trabajo- sería que las fundaciones privadas no invirtieran en empresas que fabrican productos como tabaco, alimentos salados y bebidas azucaradas que están claramente relacionados con problemas globales de salud”. Añadiendo: “Las fundaciones deberían ser más cautas sobre sus inversiones en compañías farmacéuticas y en las de alimentos y bebidas porque podrían estar ayudándolas a ganar cuota de mercado, a hacerlas publicidad y a beneficiarse de sus subvenciones”. Y como cabía esperar, apuestan por la trasparencia a fin de que pueda conocerse toda relación que suponga un conflicto de interés.

En fin, se trata de un informe plagado de buenos consejos que ninguna de las grandes fundaciones va por supuesto a seguir. Sirva pues al menos este texto para que quienes lo lean entiendan que la antigua filantropía se ha transformado hoy en filantrocapitalismo.

 Francisco San Martin

Este reportaje aparece en
192
Abril 2016
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