¿Es el déficit de insulina en el cerebro la principal causa del alzheimer?

Son cada vez más los investigadores que postulan que la principal causa del alzheimer es el déficit de insulina en el cerebro porque sin ella las neuronas no pueden obtener la glucosa que precisan deteriorándose o muriendo. Una hipótesis fundamentada que explica por qué gran parte de quienes padecen la enfermedad sufren diabetes y por qué uno de los primeros síntomas del alzheimer es la pérdida de memoria al ser el hipocampo especialmente sensible a ese déficit. En Estados Unidos por ejemplo el 80% de quienes padecen alzheimer padecen diabetes tipo 2 y/o “resistencia a la insulina”. En suma, consideran el alzheimer una patología metabólica causada por el déficit de insulina en el cerebro y proponen que se la considere un nuevo tipo de diabetes.

ALZHEIMER

En 1906 el conocido neuropatólogo alemán Alois Alzheimer presentó ante la comunidad científica -durante la 37ª Conferencia de Psiquiatras del Sudoeste de Alemania celebrada en Tübingen- el caso de una paciente llamada Auguste Deter a la que empezó a tratar en 1901 y con sólo 51 años padecía problemas cognitivos, afasia, desorientación, paranoia y explosiones de ira sin mediar provocación alguna, síntomas similares a los que durante años había observado en pacientes ancianos y se consideraban naturales y propios del envejecimiento. Lo inusual -en aquella época- era que tales síntomas los padeciera alguien tan joven. Deter empeoraría progresivamente durante cuatro años y medio muriendo a los 55. Pues bien, al examinar el cerebro tras su óbito el doctor Alzheimer encontró en él filamentos microscópicos de proteínas que describió como “haces de fibrillas enredados” -hoy se conoce como enredos neurofibrilares- además de placas amiloides, algo poco habitual que presentaría como “una peculiar enfermedad de la corteza cerebral”. Patología que desde entonces se conoce por su nombre: enfermedad de alzheimer o, simplemente, alzheimer. Lo que ni él ni sus colegas podían imaginar es que aquel caso puntual y extraordinario acabaría siendo sufrido apenas unas décadas después por millones de personas considerándose un trastorno neurológico progresivo, degenerativo e irreversible que causa el deterioro de la memoria, el juicio y el razonamiento”. De hecho hoy padecen la enfermedad 35 millones y medio de personas pero se calcula que el número llegará en 2050 ¡a los 115 millones!

Y lo llamativo es que a pesar de los conocimientos actuales y los miles de millones gastados en investigación ¡la causa se sigue discutiendo! Solo hay consenso sobre sus efectos: la formación en el cerebro de placas extracelulares insolubles constituidas por betaamiloides -péptidos de 36 a 43 aminoácidos que se sintetizan a partir de la llamada Proteína precursora amiloide- y la presencia de ovillos neurofibrilares intracelulares. Postulándose que habría dos tipos de alzheimer: el temprano -que sería achacable a un defecto genético heredado- y el aleatorio o esporádicocuando se manifiesta a partir de los 60 años y su causa se ignora-. Algo asumido por los neurólogos pero discutible por lo que numerosos investigadores han planteado todo tipo de hipótesis alternativas más o menos fundamentadas.

Y de una de ellas nos ocupamos en este número al ser cada vez más los expertos que la apoyan según la cual el alzheimer sería en realidad una enfermedad metabólica degenerativa cuyas alteraciones serían consecuencia ¡de un mal funcionamiento de la insulina en el cerebro! Hipótesis que explica la existencia en el cerebro de los ovillos neurofibrilares, las placas betaamiloides y la atrofia de las células cerebrales siendo el hipocampo la zona más sensible al déficit de la hormona y de ahí que la disminución de la memoria sea uno de los primeros síntomas.

Así lo propugnó en 2005 un equipo dirigido por la investigadora del Departamento de Patología del Rhode Island Hospital y de la Escuela de Medicina Alpert de la Universidad de Brown Suzanne M. de la Monte en un artículo aparecido en Journal of Alzheimer’s Disease titulado Impaired insulin and insulin-like growth factor expression and signaling mechanisms in Alzheimer’s disease–is this type 3 diabetes? en el que decía: “La expresión sorprendentemente reducida en el sistema nervioso central de los genes que codifican la insulina y los factores insulínicos IGF-I e IGF-II así como de los receptores de insulina sugiere que el alzheimer puede ser un trastorno neuroendocrino semejante a la diabetes mellitus aunque distinto. Proponemos pues llamar “Diabetes tipo 3” a este mecanismo patogénico neurodegenerativo recientemente identificado”.

Tres años después -en noviembre de 2008- la misma investigadora publicaba en Journal of Diabetes Science and Tecnology el artículo Alzheimer’s Disease Is Type 3 Diabetes–Evidence Reviewed (El alzheimer es una diabetes tipo3. Revisión de evidencias) ratificando sus conclusiones: “Hemos llegado a la conclusión de que la expresión “Diabetes tipo 3” refleja con precisión el hecho de que el alzheimer es una forma de diabetes específica del cerebro con características moleculares y bioquímicas que se superponen tanto a la diabetes mellitus tipo 1 como a la diabetes tipo 2”.

LA RESISTENCIA A LA INSULINA

La verdad es que situar diabetes y alzheimer en planos paralelos no es descabellado. De hecho se trata de dos patologías que han experimentado en las últimas décadas una progresión geométrica casi paralela y hoy se sabe que una de las causas fundamentales de la diabetes -al menos de la tipo 2- es la dieta occidental rica en azúcares y carbohidratos refinados, vía segura y rápida además hacia la obesidad, las patologías cardiovasculares, la amputación de extremidades, los problemas visuales y las lesiones cerebrales. Luego, ¿por qué no del alzheimer? A fin de cuentas los diabéticos tienen dos veces más probabilidad de padecer alzheimer y la obesidad, por sí sola, aumenta los problemas de vascularización cerebral y el riesgo de deterioro de las funciones cognitivas.

Para Jose Antonio Campoy, autor de La Dieta Definitiva y director de esta revista, el problema de la diabetes es en realidad mucho más simple de lo que se afirma: “Cuando la cantidad de glucosa -sintetizada por el cuerpo a partir de los azúcares y carbohidratos refinados- es excesiva el páncreas es incapaz de producir la cantidad de insulina necesaria para llevar toda al interior de las células; especialmente si hay en él exceso de grasa. Además las células, una vez han dejado entrar la cantidad máxima de glucosa que son capaces de asimilar, impiden que entre más. Mecanismo natural de defensa celular que alguien decidió absurdamente considerar patológico y llamar ‘resistencia a la insulina’. Obviamente el organismo -páncreas e hígado incluidos- puede estar también dañado por una acumulación de toxinas que impida su correcto funcionamiento agravando el problema nitratos, nitritos, sulfitos, benzoatos, parabenos, aminas biógenas, aspartamo, etc.- pero la solución es simple: basta oxigenar y desintoxicar el organismo y dejar de ingerir azúcares y carbohidratos refinados hasta que alcance la homeostasis. Pero claro, eso no da dinero. Sí lo da en cambio considerar el mecanismo de defensa celular una ‘patología’ -el colmo del absurdo- y comercializar fármacos para tratar esa llamada ‘resistencia a la insulina’ interfiriendo agresivamente en los procesos naturales con graves consecuencias iatrogénicas”.

Pero volvamos a lo postulado por los investigadores antes citados según los cuales hay claras evidencias de que la insulina tiene también funciones neurotróficas, neuromoduladoras y neuroendocrinas. Estudios recientes han demostrado de hecho que la insulina y el receptor de insulina se expresan de manera ubicua en el cerebro y que junto al factor de crecimiento insulínico regulan la germinación dendrítica, la activación de las células-madre neuronales, el crecimiento celular y la reparación y mantenimiento de las sinapsis; es decir, tiene funciones de neuroprotección. Es más, se ha constatado que los niveles de insulina en el cerebro pueden llegar a ser ¡entre 10 y 100 veces mayores que en el plasma! Especialmente en el hipocampo, el hipotálamo, la corteza, el bulbo olfatorio, la sustancia negra y la hipófisis. La insulina no regula pues solo la glucosa y el metabolismo de los lípidos en el cerebro, también desempeña un papel importante en el aprendizaje y la memoria.

No olvidemos que el cerebro es el mayor consumidor de glucosa del organismo y exige que se le suministre de forma constante. Y de ahí que pueda atravesar sin problemas la barrera hematoencefálica y penetrar en las células cerebrales -más de 47 tipos de células diferentes por cierto según dio a conocer en 2015 Sten Linnarsson, investigador del Departamento de Bioquímica Médica y Biofísica del Instituto Karolinska de Suecia- sin necesidad de insulina… salvo en el caso de las neuronas que sí la necesitan. Y es evidente que la cantidad de insulina que llega hasta el cerebro es muy escasa porque en el camino hasta él se agota antes por la masiva presencia de glucosa. Es decir, la glucosa llegaría hasta el cerebro porque hay mucha pero no así la insulina con lo que las neuronas no pueden acceder a ella. Y de ahí el deterioro neuronal –lo que de nuevo los neurólogos consideran absurdamente un “problema” de resistencia a la insulina- que lleva a una lenta pero devastadora pérdida de las funciones cognitivas. Algo que comienza en el hipocampo y explica por qué la pérdida de memoria es uno de los primeros signos del alzheimer. Grave problema porque hoy se sabe que cuando una persona presenta un “leve deterioro cognitivo” el hipocampo ya se ha reducido en más del 10%.

En suma, hablar de resistencia a la insulina es un sinsentido. Lo que sucede simplemente es que el páncreas no logra fabricar la suficiente cuando hay exceso de glucosa y las células impiden que entre en ellas más de la que pueden asimilar.

 ALZHEIMER: UNA ENFERMEDAD METABÓLICA

Y que el alzheimer es una enfermedad metabólica lo apoya el hecho de que en el cerebro de la inmensa mayoría de las personas que la padecen existe déficit de insulina. Recordemos al respecto el trabajo que en 1997 publicó en The Lancet un equipo coordinado por A. Hofman con el título Atherosclerosis, apolipoprotein E and prevalence of dementia and Alzheimer’s disease in the Rotterdam Study (Aterosclerosis, apolipoproteína E y prevalencia de la demencia y el alzheimer en el Estudio de Rotterdam) basado en el análisis de 6.370 casos de personas de edad avanzada que constató cómo la diabetes casi duplica el riesgo de desarrollar alzheimer.

Y se han hallado resultados similares en muchos otros trabajos demostrativos de la relación entre el alzheimer y los niveles elevados de glucosa. Paul K. Crane publicó de hecho en 2014 en New England Journal of Medicine -junto a otros investigadores- un trabajo titulado Glucose Levels and Risk of Dementia, (Niveles de glucosa y riesgo de demencia) según el cual tener exceso de glucosa aumenta el riesgo de padecer demencia -incluso entre las personas no diabéticas- “a través de diversos mecanismos que incluyen la hiperglucemia crónica y aguda y la resistencia a la insulina”.

En fin, hay ya centenares de trabajos que relacionan insulina y alzheimer; veamos pues algunos como muestra. El primero lo efectuó un equipo del Departamento de Neurología de la estadounidense Universidad de Michigan coordinado por Bhumsoo Kim y Eva L Feldman y se publicó en 2015 en Experimental & Molecular Medicine con el título Insulin resistance as a key link for the increased risk of cognitive impairment in the metabolic síndrome (La resistencia a la insulina, eslabón clave del aumento de riesgo de deterioro cognitivo en el Síndrome Metabólico). Como ya se ha explicado en la revista el denominado Síndrome Metabólico es una de esas “nuevas” patologías que caracterizan a las sociedades desarrolladas y no es sino la suma de diferentes trastornos en un mismo paciente. Se considera una condición “prediabética” y se diagnostica cuando se da la combinación de tres de las siguientes alteraciones en la misma persona: obesidad abdominal (más de 102 cm en el caso de los hombres y 88 cm en el de las mujeres), un alto nivel de triglicéridos (más de 150 mg/dl), un colesterol “malo” (LDL) elevado y un colesterol “bueno” (HDL) de menos de 40 mg/dl entre los hombres y de 50 entre las mujeres, la presión arterial alta (más de 130-85 mm/Hg) y glicemia basal en ayunas (más de 110 mg/dl), factores capaces de provocar diabetes y problemas cardiovasculares. Siendo en cualquier caso su característica principal la obesidad abdominal. Pues bien, según señalan Kim y Feldman en su trabajo “la evidencia más reciente apoya la afirmación de que el alzheimer puede ser una enfermedad metabólica cerebral de progresión lenta. Hay numerosos estudios que demuestran una intrínseca conexión entre el Síndrome Metabólico y el alzheimer. Las personas de características similares a las del Síndrome Metabólico como son las que padecen diabetes tipo 2 y obesidad, tienen mayor riesgo de desarrollar alzheimer mientras que los enfermos de alzheimer desarrollan a menudo hiperglucemia y resistencia a la insulina”.

Ese mismo año -2015- un grupo de investigadores de la Universidad de Foggia (Italia) dirigido por Tomasso Cassano publicó en Frontiers in Neuroscience el trabajo Aberrant insulin signaling in Alzheimer’s disease: current knowledge (Señalización anormal de la insulina en el alzheimer: el conocimiento actual) según cual la relación entre la insulina y las placas de betaamiloide y proteína tau -uno de los componentes esenciales de los ovillos neurofibrilares- es evidente. “La señalización de insulina y del factor de crecimiento insulínico (IGF) -afirman- promueve el tráfico de proteínas betaamiloides y mejora su depuración modulando sus transportadores a través de la barrera hematoencefálica. Por otra parte, la desregulación de la señalización de la insulina y el IGF aumenta la deposición de betaamiloide, la fosforilación de tau y las especies reactivas y disminuye el flujo sanguíneo cerebral. La acumulación de los oligómeros de betaamiloide empeora aún más el déficit de insulina por la disminución de sus receptores”.

Finalizamos este apartado citando uno de los últimos trabajos. Lo dirigió la profesora Melissa Schilling, experta en estrategia e innovación de la Stern School University de Nueva York, se publicó 2016 en The Journal of Alzheimer’s Disease con el título Unraveling Alzheimer’s: Making Sense of the Relationship between Diabetes and Alzheimer’s Disease (Desenredando el alzheimer: toma en consideración de la relación entre diabetes y alzheimer) y en él se afirma que la hiperinsulinemia es a su juicio la responsable de casi la mitad de los casos de alzheimer. Conclusión a la que llegaron tras revisar cientos de artículos de distintas disciplinas.

Deberíamos ser capaces de reducir significativamente las tasas de alzheimer –explican en el texto- enseñando a la gente a administrar mejor sus niveles en sangre de azúcar e insulina. Un porcentaje muy elevado de la población desconoce la importancia del índice glucémico de los carbohidratos. Y muy pocas personas saben que algunos edulcorantes artificiales también provocan la producción de insulina. Lo que tiene posibles implicaciones políticas ya que los alimentos quizás debieran etiquetarse en el futuro indicando en cifras sus efectos sobre la insulina”. Schilling cree por ello fundamental que toda persona diagnosticada de alzheimer y/o demencia vascular sea sometida a pruebas de hiperinsulinemia porque ello “podría disminuir significativamente su incidencia así como otros problemas de salud relacionados con la diabetes”. Y estas son sus principales recomendaciones:

-Como quiera que un amplío porcentaje de la población de las naciones occidentales está en situación de prediabetes sin saberlo las pruebas para detectarlo deberían ser hoy de uso común.

-Los pacientes con alzheimer y demencia vascular -o en riesgo de padecerlas- deben averiguar de inmediato si son intolerantes a la glucosa; es más, todo el mundo debería hacerse un test cada cierto tiempo, preferiblemente con la prueba de la hemoglobina A1c que no requiere ayuno.

-Las agencias reguladoras deberían exigir a los fabricantes de alimentos que a partir de ahora impriman en las etiquetas de sus productos el índice glucémico, es decir, la velocidad con la que llevan glucosa a la sangre.

CUIDADO CON LA DIETA

 Paradójicamente el factor fundamental para prevenir la diabetes y los problemas con la insulina, la dieta, ha estado casi siempre ausente en los propios estudios científicos sobre la relación insulina-alzheimer hasta hace muy poco. En agosto de 2016 sin embargo William B Grant, investigador del Sunlight, Nutrition and Health Research Center de California (EEUU), publicó en Journal of American College of Nutrition un trabajo titulado Using Multicountry Ecological and Observational Studies to Determine Dietary Risk Factors for Alzheimer’s Disease (Uso de estudios observacionales y ecológicos plurinacionales para determinar los factores dietéticos de riesgo para el alzheimer) según el cual los factores de riesgo más importantes relacionados con el alzheimer son el consumo de alimentos azucarados, la carne y los productos lácteos altos en grasa. Siendo los que menos riesgo presentan las verduras, los granos, las frutas enteras, los lácteos bajos en grasa, las legumbres y el pescado. “Reducir el consumo de carne –afirma William B. Grant- podría reducir significativamente tanto el riesgo de padecer alzheimer como varios tipos de cáncer, diabetes mellitus tipo 2, derrame cerebral y, probablemente, la enfermedad renal crónica”.

Cabe añadir que además de la revisión de revistas científicas Grant incorporó a su trabajo un nuevo estudio en el que se valoró la prevalencia del alzheimer y su relación con las dietas en 10 países: Estados Unidos, Brasil, Chile, Cuba, Egipto, India, Mongolia, República de Corea, Sri Lanka y Nigeria. Y la conclusión es que el riesgo de padecer la enfermedad es mayor entre quienes residen en Estados Unidos. Probablemente a su juicio porque es donde más carne se consume.

La creciente evidencia de estudios ecológicos y observacionales –concluye el trabajo de Grant- así como de estudios sobre los mecanismos de actuación indican que el patrón dietético occidental -especialmente la gran cantidad de carne de esa dieta- está claramente asociado al riesgo de desarrollar alzheimer y otras enfermedades crónicas. Y aunque la dieta tradicional mediterránea se asocia con un riesgo un 50% menor las tradicionales de países como India, Japón y Nigeria, con un consumo muy bajo de carne, se asocian con una reducción adicional de otro 50%”. Algo que se explica, añadiremos nosotros, por el hecho de que el consumo excesivo de carne acidifica el organismo al igual que hacen los azúcares, los carbohidratos refinados y los lácteos.

LO MEJOR, PREVENIR

Llegados a este punto conviene recordar que ya en el nº 171 publicamos un reportaje titulado ¿Puede curarse la diabetes mellitus tipo 2 con una simple dieta hipocalórica? -puede leerlo en nuestra web: www.dsalud.com– en el que dimos cuenta de la investigación realizada por Roy Taylor. Profesor de Medicina y Metabolismo, director del Centro de Resonancia Magnética de la británica Universidad de Newcastle y revisor de artículos en diversas publicaciones científicas de su especialidad sostiene que la causa de que las células beta de los Islotes de Langerhans no segreguen insulina o lo hagan de forma insuficiente se debe a la acumulación de grasa tanto en el hígado cono en el páncreas. Infiriendo de ello que deshacerse de esa grasa en ambos órganos quizás pudiese incluso revertir la diabetes. Hipótesis que comprobó sometiendo a varios diabéticos a una dieta hipocalórica restrictiva -de entre 600 y 800 calorías diarias- a fin de obligar al organismo a obtener energía quemando la grasa acumulada, algo que por cierto se logra igualmente siguiendo simplemente una dieta cetogénica.

“Todo el mundo ha asumido durante mucho tiempo que la diabetes tipo 2 es una enfermedad de por vida que tiende a empeorar -explica Taylor- pero yo tengo claro que se puede revertir completamente y con suma sencillez; de ahí que en 2008 planificara un proyecto de investigación con la idea de convencer a una serie de enfermos de que durante 8 semanas siguieran una dieta muy baja en calorías preparando paralelamente una serie de pruebas con resonancias magnéticas para valorar el progreso en varias líneas diferentes de trabajo. Así que ayudado por otro gran investigador, el doctor Ee Lin Lim, convencimos a varias personas de que siguieran una dieta con balance energético negativo (hipocalórica). ¿El resultado? A las 8 semanas habían perdido de media de 15 kilos ¡y su diabetes había desaparecido! Es más, hemos sido capaces de demostrar que a medida que disminuye el nivel de grasa en el páncreas la secreción de insulina mejora poco a poco hasta llegar a ser completamente normal”.

La investigación de Roy Taylor y Ee Lin Lim quedó plasmada en el trabajo Reversal of type 2 diabetes: normalisation of beta cell function in association with decreased pancreas and liver triacylglycerol (Reversión de la diabetes tipo 2: normalización de la función de las células beta en asociación con el decrecimiento de triacylglycerol en el páncreas y el hígado) que se publicó en 2011 en Diabetology y los resultados obtenidos permitieron de hecho que la organización Diabetes UK de Gran Bretaña financiase con casi tres millones de euros un nuevo ensayo -que durará hasta 2018 y se hará en Inglaterra y Escocia- a fin de confirmar si la situación se mantiene siguiendo la dieta largo tiempo.

Un año después -en 2012- un equipo de investigadores integrado por Robert Krikorian, Marcelle D Shidler, Krista Dangelo, Sarah C Couch, Stephen C Benoit y Deborah J Clegg publicó en Neurobiology of Aging un trabajo titulado Dietary ketosis enhances memory in mild cognitive impairment (Una dieta cetogénica mejora la memoria en el deterioro cognitivo leve) corroborando que una simple dieta baja en carbohidratos y rica en grasas saludables mejora la memoria de las personas con deterioro cognitivo leve en sólo seis semanas. “Nuestros resultados –señala el trabajo- indican que consumir muy pocos carbohidratos mejora a corto plazo la memoria de adultos de edad avanzada y alto riesgo de alzheimer. El efecto puede atribuirse en parte a que corrige la hiperinsulinemia pero también pueden haber contribuido a la mejora de la función neurocognitiva otros mecanismos asociados a la cetosis; como la reducción de la inflamación y la mejora del metabolismo de la energía”.

 CONCLUSIÓN

 En definitiva, los trabajos citados y otros muchos publicados de los que no podemos hacernos eco por razones de espacio indican que el alzheimer, al igual que todas las demás patologías, lo provoca la intoxicación y acidificación del organismo que sufrimos por culpa del sinfín de productos químicos tóxicos de todo tipo que inhalamos e ingerimos -fármacos incluidos-, una alimentación inadecuada que satura de grasa el hígado y el páncreas dificultando ello la producción de insulina y la falta de ejercicio y descanso ya que ello rompe la homeostasis del organismo. Y el alzheimer -como el resto de las patologías neurodegenerativas, cardiovasculares y autoinmunes- no es una excepción. Incluso en este caso se demuestra que es el excesivo consumo de azúcares, carbohidratos refinados, lácteos y carne animal lo que termina dañando el páncreas y provocando un déficit de insulina en el cerebro que termina llevando a la muerte por inanición a las neuronas.

En fin, como ya se ha explicado en la revista muchas veces no existen enfermedades sino enfermos; es decir, personas cuyos organismos han perdido su equilibrio natural existiendo ¡una sola forma de afrontar la situación! En TODAS las llamadas “enfermedades”. Y es tan simple que como bien se dijo en el Editorial del nº 185 de la revista, “nadie lo acepta a pesar de estar constatado que los genes los pueden modificar -o hacer que se expresen o no- nuestros pensamientos y emociones así como lo que respiramos, comemos y bebemos además del entorno ambiental (toxinas, fármacos, radiaciones, etc.). Luego lo que debe hacer un enfermo, sea cual sea su patología, es ayunar unos días bebiendo solo agua de calidad e ingerir luego solo abundantes alimentos vegetales de temporada crudos -preferiblemente ecológicos-, hacer ejercicio aeróbico suave, cuidar las posturas del cuerpo para no forzarlo, relajarse física y mentalmente y dormir bien y suficientemente. Eso permite desintoxicar y oxigenar el organismo, equilibrar su pH y el microbioma, modular las funciones fisiológicas y metabólicas y potenciar el sistema inmune. Y por ende superar cualquier enfermedad. Todo lo demás -terapias, métodos, complementos, suplementos, etc.- puede ayudar pero no va a resolver ningún problema medianamente serio sin hacer antes lo anterior“.

 

Francisco San Martín

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203
Abril 2017
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