¿Son hongos la causa de la esclerosis lateral amiotrófica y el alzheimer?

La esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y el alzheimer podrían estar causadas por infecciones de hongos; al menos así se infiere de un reciente trabajo efectuado por un equipo del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa coordinado por el catedrático de Microbiología Luis Carrasco cuyo trabajo acaba de publicarse en Neurobiology of Disease. Estas infecciones se han hallado en distintas regiones del sistema nervioso central de los 11 pacientes con ELA estudiados cuando tales hongos no aparecen en los cerebros de personas sanas. El trabajo constata así lo ya descubierto en 2015 por el mismo equipo al encontrar proteínas, DNA y unos corpúsculos intracelulares de varias especies de hongos en el cerebro y líquido cefalorraquídeo de esos enfermos; concretamente se ha detectado la presencia de Candida, Malassezia, Fusarium, Botrytis, Trichoderma y Cryptococcus.

Para el microbiólogo español Luis Carrasco no hay la menor duda de que las infecciones fúngicas juegan un papel fundamental en el desarrollo de la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) así como de muchos casos de alzheimer. Y razones tiene para haber investigado a fondo el asunto ya que se quedó ciego a causa de una retinopatía provocada por hongos que comenzó cuando tenía 45 años y había sido director del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa así como director del Departamento de Biología Molecular de la madrileña Universidad Autónoma.

Fue de hecho a raíz de su propia experiencia cuando se dio cuenta de hasta qué punto las infecciones fúngicas les pasan inadvertidas a los médicos y se preguntó cuántas enfermedades de origen desconocido -especialmente las raras y autoinmunes- podrían estar también producidas por hongos por lo que a partir del año 2000 se planteó estudiar su posible presencia en diversas enfermedades neurodegenerativas. Lo que hizo en colaboración con el Departamento de Neuropatología y el Banco de Tejidos de la Fundación CIEN del Instituto de Salud Carlos III. Investigación que daría lugar a la publicación de varios trabajos -internacionalmente reconocidos por su nivel científico y rigurosidad- que a su entender demuestran claramente que tanto el alzheimer como la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) están directamente relacionadas con infecciones microbianas, principalmente fúngicas.

Y así lo expresa en su último trabajo -publicado el pasado mes de septiembre en Neurobiology of Disease con el título Fungal infection in neural tissue of patients with amyotrophic lateral sclerosis (Infección fúngica en el tejido neuronal de pacientes con Esclerosis Lateral Amiotrófica)- con estas palabras: “Se puede lograr por el procedimiento de inmunohistoquímica la visualización directa de hongos en el tejido nervioso de pacientes con ELA usando una batería de anticuerpos antifúngicos. Así, hifas y levaduras son detectadas en diferentes regiones del sistema nervioso central, incluida la corteza motora y la médula espinal. Algunas células redondeadas de hongos se observan dentro del núcleo de las neuronas lo que indica que no representan una colonización post-mortem. Por otra parte, esta infección por hongos no se observa en sujetos de control. La identificación de las especies de hongos en diferentes regiones del sistema nervioso central por PCR anidada y por secuenciación masiva NGS revela una variedad de especies en cada paciente. Estos hongos varían de paciente a paciente reflejando posiblemente la evolución y gravedad de los síntomas en cada paciente con ELA. Estos hallazgos abren un nuevo campo de investigación en ELA y pueden proporcionar una terapia adecuada para combatir esta enfermedad”.

La tesis de que la ELA tiene origen en una infección microbiana justifica -tal y como explica detalladamente el grupo de Carrasco en su artículo- la mayoría -si no todos- de los hallazgos clínicos conocidos sobre la enfermedad. De hecho si la ELA fuera una enfermedad microbiana se explicaría su repentina aparición, la presencia de focos en zonas cerebrales y su propagación a áreas vecinas del sistema nervioso central. Es más, explicaría el bloqueo del transporte de proteínas entre el núcleo y el citoplasma que lleva a la lesión neuronal y, finalmente, a la muerte celular. Lo mismo que la inflamación neuronal en los pacientes con ELA y la presencia masiva de linfocitos T en el tejido infectado. E igualmente explicaría los altos niveles de quitinasas en el líquido cefalorraquídeo de los enfermos ya que el sustrato de estas enzimas hidrolíticas es la quitina, sustancia que se encuentra en la pared celular de los hongos.

Cabe agregar que según recoge el trabajo la presunta predisposición genética de los enfermos de ELA podría también ser explicada por el background genético de cada paciente. “Hasta donde sabemos -se dice en el trabajo- ninguno de los eventos patológicos conocidos de la ELA descarta la posibilidad de que este espectro de enfermedades sea causado por una infección microbiana. Además nuestra hipótesis puede acomodar las similitudes patológicas entre la ELA y otras enfermedades neurodegenerativas. El hecho de que haya grandes diferencias entre los pacientes con ELA respecto a la supervivencia después del diagnóstico y las diferentes regiones del sistema nervioso central afectadas en cada paciente también son consistentes con la idea de que las infecciones microbianas son responsables de la enfermedad. Por el contrario, sostenemos que ninguna de las otras hipótesis presentadas para explicar la patología de la esclerosis lateral amiotrófica es lo suficientemente potente como para proporcionar una explicación lógica para todas las observaciones descritas”.

En fin, el equipo de Luis Carrasco ha terminado este año dos trabajos sobre el alzheimer y uno sobre la ELA cuyos resultados deberían haber tenido un enorme impacto en el mundo médico y sin embargo no ha sido así. Es de hecho inaudito que no se hayan puesto en marcha de inmediato estudios piloto para tratar con antifúngicos a enfermos de ELA y alzheimer, razón suficiente para que dos años después de haberle entrevistado sobre este trascendental asunto -lea en nuestra web (www.dsalud.com) el artículo publicado en el nº 183 con el título La ELA y otras patologías neurológicas podrían estar causadas por hongos– hayamos vuelto a dialogar con él.

HONGOS EN EL CEREBRO

-Han trascurrido dos años desde la última vez que hablamos. ¿Podría decirnos qué descubrimientos han hecho ustedes en este tiempo?

-Como usted recordará nuestro primer trabajo sobre la ELA se publicó en 2015 y tuvo cierta repercusión internacional porque demostramos la existencia de hongos en los tejidos cerebrales de cuatro pacientes que habían fallecido por ELA. Y lo que hemos hecho desde entonces es analizar muchas más muestras de tejidos procedentes de personas fallecidas por esta enfermedad que ahora hemos dado a conocer en nuestra última publicación titulada Infección fúngica en tejido neuronal de pacientes con esclerosis lateral amiotrófica. Un trabajo en el que publicamos los resultados obtenidos tras analizar tejidos de distintas regiones del cerebro de 11 pacientes. Un trabajo exhaustivo y extenuante. Creo que de hecho ha sido mi mejor trabajo. En total examinamos visualmente más de treinta muestras con un elevado número de anticuerpos frente a hongos que sometimos a secuenciación masiva, tecnología de secuenciación que ha superado a la PCR. Unas 800.000 secuencias para cada muestra -en alguna se llegó hasta el millón- cuyo objetivo era definir qué especies de hongos había en cada una de ellas. Pues bien, los seis géneros más prevalentes en todas ellas fueron -en orden decreciente- Candida, Malassezia, Fusarium, Botrytis, Trichoderma y Cryptococcus.

-¿En todas las muestras había hongos?

-En TODAS las muestras de TODOS los pacientes fallecidos por ELA estudiados existían infecciones fúngicas. Y determinamos qué especies infectaron a cada paciente. Porque en cada uno de ellos había varias especies de hongos y no siempre las mismas. Lo que explicaría por qué la evolución de cada caso es distinta ya que algunos mueren a los dos años del diagnóstico y otros sobreviven más de diez. Y por qué la sintomatología también es diferente.

Se trata de infecciones localizadas -por eso se dice que en la ELA hay focos- que se van expandiendo hasta llegar al bulbo raquídeo, momento en el que comprometen ya funciones básicas como la respiración. Que se considere pues una enfermedad focal lo explica que la causa sean infecciones fúngicas que se desarrollan en distintas áreas cerebrales.

En el trabajo que hemos publicado examinamos todos los aspectos que se conocen de la clínica de la ELA y mostramos cómo todos encajan perfectamente con la idea de que sea una infección microbiana. Pero es que además mostramos fotos en las que se ve la infección. Ahí están los hongos; pueden verse marcados con anticuerpos específicos. Y esa es la clave. Anteriormente no se podían ver al no utilizarse anticuerpos contra hongos -además tampoco se le ocurrió a nadie investigar en esta línea- pero con anticuerpos específicos es ya posible ver las levaduras, las hifas…

Por otra parte, el alzheimer y la ELA tienen algo en común: en el líquido cefalorraquídeo de ambos grupos de enfermos hay un aumento muy notable de quitinasas, enzimas producidas por los macrófagos que forman parte del sistema inmune innato y cuyo sustrato es la quitina. ¿Y a qué se debe? Pues nosotros inferimos que la explicación está en que la quitina es parte constituyente de la pared celular de los hongos. A fin de cuentas los hongos tienen quitina y nosotros no.

En suma, nuestro planteamiento es que tanto la ELA como muchos casos de alzheimer se deben a una infección microbiana. Y lo apoya el hecho de que también hay quitinasas entre los enfermos de alzheimer. Como lo apoya que en ambos tipos de enfermos hay neuroinflamación y focos. Y no hay ninguna otra teoría que explique todo ello.

-¿Cómo ha reaccionado la comunidad científica a sus nuevos trabajos?

-Pues a pesar de ser un trabajo más exhaustivo y completo parece haber tenido menos eco que en 2015 cuando sí hubo una notable respuesta a nivel internacional. Quizás porque ahora me miran con cierta incredulidad. Eso sí, me han escrito grupos extranjeros pidiéndome información y en Gran Bretaña un equipo ha iniciado trabajos en la misma línea y me han pedido que les aconseje. Por otra parte, algunos familiares de pacientes me han escrito comunicándome sus experiencias. Pero en general la reacción ha sido muy inferior a la que esperaba.

-¿Con qué apoyos ha contado esta vez en su investigación?

-Nos han ayudado mucho financieramente dos entidades. Especialmente Pharmamar que lo ha hecho de forma altruista y sin pedir contrapartida alguna porque su presidente, Jose María Fernández Sousa, es catedrático de Bioquímica, me conoce y me ha ayudado ya muchas veces a lo largo de mi vida. Y luego debo agradecer su apoyo a la Red de Enfermos de ELA (RedELA) que se creó hace un año a partir de otra asociación que también colaboró algo con nosotros. No puedo aspirar a financiación institucional porque ya dirijo un proyecto público de investigación sobre virus y legalmente no puedo solicitar otro. Lo que la ley sí me permite es emprender proyectos privados así que si alguna empresa u organización privada se decide a ayudarme podríamos avanzar en la investigación. Creo que lo que hemos hecho tiene un enorme impacto social y médico y algunas de las fundaciones que se dedican a la investigación en ELA o alzheimer podrían ayudarnos…

TAMBIÉN HAY HONGOS EN LOS CEREBROS DE ENFERMOS DE ALZHEIMER

 -Hablemos del alzheimer. ¿Qué han descubierto de nuevo desde la última vez que hablamos?

-Hace dos años constatamos que en todos los tejidos cerebrales procedentes de seis enfermos de alzheimer había infecciones fúngicas e incluso pudimos determinar el origen de la infección de uno de los casos. Y a principios de 2017, como expliqué antes, ampliamos el estudio a diez pacientes y llevamos a cabo la secuenciación masiva de los tejidos determinando en detalle las especies de hongos que había en los cerebros de los 10 fallecidos con alzheimer. Y lo que vimos es que, al igual que en la ELA, existía una enorme variedad de especies infecciosas. Y que también había variedad en cada paciente dependiendo de la zona focal en que se localizaba la infección. Lo que nos hizo inferir que esa doble variedad puede determinar por qué cada enfermo puede presentar síntomas distintos y una evolución y severidad distintas.

Paralelamente estudiamos -y esto es importante- si además de hongos había otros microorganismos en el cerebro pues en el pasado hubo grupos de investigación que sugirieron la posibilidad de que el alzheimer lo provoque el herpes simple tipo 1 y otros que lo causan dos especies de bacterias: las espiroquetas o la Clamydophila pneumoniaes. Así que analizamos los tejidos de distintas regiones del cerebro procedentes de 11 enfermos para ver si encontrábamos esos tres microorganismos y otras bacterias…

-¿Y…?

-Confirmamos que había infecciones polimicrobianas… pero no por esas tres; lo publicamos en un trabajo que apareció el pasado mes de julio.

-¿Entonces en los cerebros de los enfermos de alzheimer hay infección tanto por hongos como por bacterias?

-Nuestra conclusión es que las infecciones primarias las causan hongos que colonizan el cerebro -en unos casos más rápidamente que en otros- y es ello lo que facilita la posterior colonización por bacterias que son de menor alcance que las fúngicas. Lo que no encontramos fueron herpes, espiroquetas y clamídeas sino otras bacterias. Lo dimos a conocer en verano en el estudio Infecciones polimicrobianas en el tejido cerebral de pacientes con enfermedad de Alzheimer que se publicó en Scientific Report, revista del grupo Nature.

Agregaré que en junio, cuando nuestro trabajo estaba ya en imprenta, otro grupo de investigación publicó en Inglaterra un estudio muy parecido. Buscaron bacterias en los cerebros de personas fallecidas con alzheimer y encontraron básicamente las mismas que nosotros. Se ha encontrado también una gran variedad de bacterias del tipo pseudomonas (Burkholderia) que yo creo que lo que hacen es acompañar a la infección fúngica provocando infecciones oportunistas. Cuando hay una infección por hongos el sistema inmune se debilita -sobre todo a nivel local- y eso es aprovechado por bacterias de forma similar a lo que puede ocurrir con otras infecciones como es el caso del VIH.

-¿A qué bacterias se refiere?

-Básicamente a Burkholderia, Clostridium, Propioni bacterium, estafilococos, estreptococos, etc. De ahí que si uno se decidiese a tratar a los enfermos de alzheimer con antifúngicos lo idóneo sería proporcionarles paralelamente antibióticos.

-¿Y existe manera de saber qué tipo de hongo o bacteria hay en el cerebro de un enfermo mientras aún vive?

-No. Una posibilidad podría ser ir al líquido cefalorraquídeo para ver por PCR las especies que están ahí pero como decía antes las especies difieren por focos. En el caso de los hongos eso no es un problema relevante porque en farmacias solo se comercializa un antifúngico que llegue bien al sistema nervioso, el fluconazol, compuesto muy seguro que sería pues el de elección. Ahora bien, existen otros antifúngicos de uso hospitalario aún más potentes como el voriconazol, el posaconazol y las equinocandinas.

FALTA DE APOYOS

-¿Se han dirigido a ustedes médicos y neurólogos para preguntarles sobre sus investigaciones y posibles tratamientos?

-No. Nuestros trabajos los firma también un médico, Alberto Rábano, neuroanatomopatólogo que nos aporta las muestras del Banco de Tejidos de la Fundación CIEN, banco de cerebros español muy importante. Es neurólogo pero no atiende a pacientes. Pues bien, hace poco más de dos años pensamos en llevar a cabo un estudio piloto a doble ciego con diez o veinte pacientes de alzheimer que fueran tratados con antifúngicos y seguidos por sus neurólogos y a los tres meses me dijo que “tiraba la toalla”. Han complicado tanto legalmente esos estudios que sólo pueden llevarlos a cabo las grandes farmacéuticas..

-¿Y a ningún laboratorio fabricante de antifúngicos le ha interesado?

-No. Lo que sí han aparecido son personas que han decidido tratar a sus familiares enfermos con antifúngicos porque no tienen nada que perder. Obviamente con el único fármaco que tienen disponible: el fluoconazol. El problema es que se trata de un antifúngico de espectro restringido pues se elaboró para tratar las candidiasis, las infecciones por la Candida albicans; y aún así en los casos en los que se ha usado se han apreciado claras mejorías.

Lo llamativo es que en el tratamiento del alzheimer no ha aparecido en el mercado nada eficaz en años. La multinacional Lilly estuvo desarrollando un anticuerpo monoclonal para incidir sobre las placas de beta amiloide en el que invirtieron alrededor de mil millones de dólares y el año pasado abandonó el proyecto porque el beneficio que obtenían con él era mínimo. Claro que desde el año pasado el dogma de que las placas de amiloides son la principal causa del alzheimer se ha caído. Lo que hoy está cobrando más fuerza -y a ello creo que hemos contribuido nosotros- es la idea de que detrás del alzheimer hay enfermedades microbianas. De hecho nosotros hemos determinado que son fúngicas y bacterianas. Y lo bueno de nuestro trabajo es que para tratarlas no hay que esperar a desarrollar productos nuevos que tengan que ser aprobados. ¡Existen y se pueden usar ya!

-¿La presencia de proteínas betaamiloides en el cerebro de estos enfermos no podría ser una respuesta trófica a las infecciones fúngicas y/o bacterianas?

-Evidentemente. Y así lo publicaron en 2016 los profesores de la Universidad de Harvard Robert Moir y Rudolph Tanzi. Según ellos la presencia de betaamiloide es una respuesta antimicrobiana. Se ha constatado in vitro que la proteína betaamiloide tiene una enorme actividad anti-cándida y antibacteriana de lo que se infiere que aparece en respuesta a una infección. Y, por cierto, agradezco a esos investigadores que citaran nuestros trabajos en su artículo. De hecho en su trabajo sugerían hacer lo que nosotros ya hemos hecho: comprobar que en los cerebros de enfermos de alzheimer hay infecciones microbianas.

-¿Por qué están tan poco estudiados los hongos desde el punto de vista médico?

-Creo que por varias razones. Para empezar los médicos ven sin problema las infecciones externas -en las mucosas, en la boca, en los genitales…- pero no es tan sencillo en las internas. De hecho si extraen un trozo de tejido y lo visualizan por el microscopio tiñéndolo no verán los hongos pero si lo examinan usando anticuerpos contra ellos constatarán que están en él. La segunda cuestión es saber exactamente los tipos de hongos ya que las especies son innumerables. La tercera es conocer el genoma de la persona para saber si es más o menos susceptible a una infección fúngica. Y la cuarta conocer su estilo de vida.

La principal dificultad está pues en el diagnóstico. Actualmente solo hay un producto aprobado por la FDA, el Fungitell, que detecta en sangre el beta-D-glucano, polisacárido componente de la pared fúngica de muchas especies de hongos. Y sin embargo sería estupendo detectarlos con tiempo porque permitiría iniciar el tratamiento antes de que aparezcan los síntomas neurológicos. Lo que es factible porque las infecciones por hongos avanzan en general muy lentamente. De hecho puede saberse si alguien padece una infección microbiana usando marcadores proinflamatorios como la proteína C reactiva o el aumento de algunas citoquinas.

-Existen antifúngicos naturales como el ajo, el ácido caprílico, el clavo, la canela, el aloe vera, el jengibre, el sello de oro, el Pau d’Arco o los  aceites esenciales de orégano y del árbol del té entre otros. ¿Qué opinión tiene usted de ellos? ¿Sabe si alguno atraviesa la barrera hematoencefálica?

-Muchos de esos compuestos naturales tienen claros efectos beneficiosos y no sólo por su actividad antiséptica sino porque estimulan el sistema inmune. Y en algunos casos por sus efectos vasodilatadores. Pienso pues que son un buen complemento de los tratamientos antifúngicos farmacológicos.

-¿Cuáles son las principales vías de contagio de los hongos?

-La boca y las heridas en la piel y las mucosas pero, sobre todo, la vía digestiva. Desde el aparato digestivo los hongos pueden alcanzar el torrente sanguíneo y diseminarse por el organismo pudiendo llegar a algún nervio periférico desde el que invadir el sistema nervioso central.

En el caso del alzheimer nosotros pensamos que la vía de entrada puede ser el nervio olfativo. El microbioma de la cavidad nasal podría empezar colonizando el nervio olfativo y pasar al hipocampo desde donde se diseminarían hacia otras áreas del cerebro, incluido el cerebelo. En otras ocasiones la vía de entrada puede ser distinta y empezar por la médula espinal pudiendo dar lugar entonces a la esclerosis lateral amiotrófica (ELA).

La verdad es que los hongos necesitan relativamente poco para crecer. Lo hacen en condiciones aerobias y anaerobias y son muy difíciles de combatir pues forman unas estructuras calcificadas difíciles de atacar por el sistema inmune.

Por cierto, en los enfermos de alzheimer hemos encontrado calcificaciones corpora amylacea que contienen proteínas de hongos; lo publicamos en 2016 en el trabajo Corpora amylacea de tejido cerebral de enfermedades neurodegenerativas se tiñen con anticuerpos antifúngicos específicos. Hablamos de cuerpos amiláceos que se forman a lo largo del tiempo siendo nuestra hipótesis que vienen a ser como “cubos de basura” donde se van acumulando los residuos. Y como en su interior hay proteínas fúngicas, es obvio que la infección se ha producido estando vivo el paciente, que no se trata de una infección post-mortem. Nosotros hemos demostrado en uno de los trabajos que en el interior de las neuronas pueden observarse levaduras y para entrar tenían que estar vivas. Una célula muerta no puede ser invadida intracelularmente por un hongo.

-¿Cuánto tiempo tarda una infección por hongos en provocar una sintomatología clara?

-La colonización ocurre poco a poco pero no tiene por qué llevar muchos años para la aparición de síntomas. En algunas personas, por estrés o por cualquier otro factor físico pero sobre todo por la edad, el sistema inmunitario cae facilitando la colonización fúngica. Otra cosa que se está viendo también en estos cuatro últimos años es que si uno mira tejidos internos de personas fallecidas con esclerosis, aneurismas, problemas cardiacos o incluso cerebros de personas aparentemente sanas y se buscan solo bacterias -soy el único investigador a la búsqueda de hongos- lo que se ve es que en ellos se detectan bacterias cuando debían ser estériles. Lo que sugiere que en las personas sanas se puede ir desarrollando una cierta infección que aumente con los años pero a nivel subclínico, sin provocar síntomas, hasta que la persona va cumpliendo años. Ahora bien, en otras personas -por su dieta, su modo de vida, su entorno medioambiental, etc.- la infección por hongos puede acelerarse, arrastrar a las bacterias y acabar provocando alzheimer u otros problemas neurológicos. Porque el tropismo de cada hongo puede ser distinto al igual que la vía de infección.

-Demostrada la presencia de hogos en los enfermos de esclerosis lateral amiotrófica y alzheimer, ¿cuál debiera ser el siguiente paso?

-En el caso de la esclerosis lateral amiotrófica averiguar si existe también infección bacteriana subyacente a la fúngica -como hemos demostrado en el alzheimer- que juegue también un papel en la enfermedad. Si hay tiempo y dinero será nuestro siguiente objeto de investigación.

En cuanto al alzheimer lo único que nos queda es refinar los métodos; haciendo por ejemplo hibridaciones in situ para averiguar qué especies hay. También sería interesante hacer eso con microscopia electrónica utilizando la técnica del inmuno-oro-coloidal. En fin, se pueden hacer muchas cosas todavía…

¿QUÉ TIENE QUE PERDER UN ENFERMO DE ELA O ALZHEIMER?

 -¿Le consta si ante tanta apatía oficial ha habido familiares de enfermos de alzheimer que hayan decidido tratarles con antifúngicos?

-Me consta que algunas personas han acudido a los médicos de sus familiares enfermos para pedirles tratamientos antifúngicos. Unos lo están iniciando y otros llevan algún tiempo. De hecho algunos me contactaron para agradecer nuestra investigación y contarme su experiencia con el tratamiento de sus familiares con fluconazol; testimonios que en algunos casos subí a mi página web donde pueden consultarse al igual que mis trabajos (www.luiscarrasco.es). Y la verdad es que ha habido resultados bastante espectaculares y esperanzadores porque no solo se detuvo el deterioro de los enfermos tratados sino que recuperaron algunas capacidades perdidas.

Recuerdo ahora uno de los casos, el de una mujer ya mayor que llevaba ocho años con alzheimer. Estaba muy mal. No conocía, no hablaba y tenía hasta problemas para comer porque ya no tenía autonomía. El caso es que empezaron a darle fluoconazol –lleva más de un año tomándolo- y al cabo de unos meses empezó a “espabilarse”, a veces llamaba a sus hijos por su nombre, comenzó a comer mucho mejor sin atragantarse, a recordar sucesos recientes y a recuperar cierta autonomía; la suficiente como para poder ir al baño. Es decir, tras ocho años de deterioro desde el diagnóstico hubo un resultado positivo claro. Y eso que solo utilizó el fluoconazol.

En otra ocasión el hijo de una persona afectada que estaba en un estadio más incipiente -un año de diagnóstico- nos contó que había empezado a notar en su madre una clara mejoría tras unos meses de tratamiento y cómo después de mucho tiempo se había metido en la cocina para hacer una tortilla. Y a su neuróloga, que era muy escéptica, no le quedó más remedio que aconsejarles que siguieran con el tratamiento.

Debo decir que en ambos casos el tratamiento antifúngico se inició por iniciativa de los familiares de los enfermos que contactaron con médicos que accedieron a recetarles el fluconazol pero la realidad es que después suelen ir al neurólogo y éste no sólo se muestra escéptico sino que suele echarles un jarro de agua fría sobre las expectativas creadas.

-¿Qué podría hacerse que fuera útil y no muy gravoso para probar la eficacia terapéutica de los antifúngicos?

-Efectuar ensayos con una veintena de enfermos de ELA y otros tantos de alzheimer. Independientes y hechos por neurólogos y empresas distintas. En los casos de ELA el único producto que parece funcionar algo es un antibiótico llamado Ribuzol que, curiosamente, es un azol. Y los azoles son antifúngicos. Así que el Ribuzol tiene también un ligero efecto antifúngico pero, claro, no es el fluconazol. Yo siempre hago la misma pregunta a los enfermos y a sus familiares: ¿qué tiene que perder un enfermo tomando fluconazol? ¿Me lo quiere alguien explicar? ¿Por qué algunos neurólogos se niegan entonces a dárselo a sus pacientes? Argumentan que “lo de los hongos” no está claro pero, ¿qué tiene que perder el enfermo cuando no existe ninguna opción mejor? Además en estos casos el antifúngico podría contemplarse como producto de uso compasivo; sobre todo en casos de ELA. Téngase en cuenta que un enfermo de ELA es distinto al del alzheimer porque durante el proceso degenerativo mantiene sus facultades cognitivas perfectas; suele ser una persona más joven y es consciente de cómo se va deteriorando.

-La verdad es que la actitud de los neurólogos no se entiende…

-Estoy de acuerdo. No entiendo qué les impide reconocer lo evidente. De hecho el fluconazol ya tiene su genérico y se rumorea que la multinacional fabricante, Pfizer, va a dejar de fabricarlo porque ya le ha sacado todo el jugo posible. Salvo que la idea sea modificarlo mínimamente y obtener una patente directamente dirigida contra la ELA o el alzheimer.

Hasta aquí nuestra conversación con Luis Carrasco tras la que no podemos dejar de preguntarnos a qué esperan los familiares y enfermos de ELA y alzheimer para exigir a nuestras autoridades sanitarias la inmediata puesta en marcha de un estudio sobre las posibilidades terapéuticas de los antifúngicos en tan graves e incurables enfermedades.

 

Antonio F. Muro

Este reportaje aparece en
210
Diciembre 2017
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