¡Confirman la relación de vacunas con el autismo!

Dos nuevos metaanálisis confirman la asociación entre el mercurio contenido en algunas vacunas y el autismo. Afortunadamente ninguna de las ineficaces vacunas contra la gripe recomendadas en los últimos años en España contenía como conservante el timerosal cuyo principal componente es el etilmercurio, derivado del mercurio claramente neurotóxico utilizado durante décadas en distintas vacunas. Hoy en Europa, gracias a la presión internacional denunciando sus peligros, cada vez son menos las que lo utilizan entre sus conservantes pero no es así aún en Estados Unidos. Lo vergonzoso es que durante décadas se negó que el mercurio de las vacunas fuera peligroso y hay cientos de miles de personas afectadas a las que no se ha pedido siquiera perdón ni ha pagado nadie por ello con la cárcel.

A pesar de que el timerosal –compuesto mercurial orgánico presente en algunas vacunas- lleva décadas en el centro de la polémica por ser un peligroso neurotóxico y de que cada vez hay más estudios que confirman su peligrosidad los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés) de Estados Unidos -y por extensión el resto de organismos internacionales garantes de la salud- se niegan a admitir que el mercurio de las vacunas pueda causar el llamado Trastorno del Espectro Autista (TEA). Un comportamiento difícilmente asumible si tenemos en cuenta que el mercurio es una potente neurotoxina y está científicamente asumido que incluso cantidades muy pequeñas pueden causar efectos adversos acumulativos (vea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo titulado Los peligros del timerosal de las vacunas publicado en el nº 122).

En septiembre de este mismo año G. Bjorklund -del Consejo de Medicina Nutricional y Ambiental de Noruega- publicó en Environmental Research el trabajo The toxicology of mercury: Current research and emerging trends (La toxicología del mercurio: investigación actual y tendencias emergentes) en el que define el mercurio (Hg) como “metal tóxico bioacumulativo persistente con propiedades fisicoquímicas únicas” al que estamos expuestos a través de la ingesta de mariscos contaminados (metilmercurio), las amalgamas dentales, las vacunas ( etilmercurio) y el agua y aire contaminados (cloruro de mercurio).

El mercurio –se afirma en el trabajo- se considera neurotóxico e inmunotóxico y la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) lo considera uno de los diez productos químicos más peligrosos para la salud pública. Se ha demostrado que la vida media del mercurio inorgánico en cerebros humanos es de varios años a varias décadas”. Y añade: “Numerosos estudios muestran vínculos entre la exposición al mercurio orgánico y mayores riesgos de trastornos del neurodesarrollo; como tics nerviosos, el Trastorno del Espectro Autista (TEA), el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) y el retraso en las habilidades del lenguaje y el habla. Con el tiempo las formas orgánicas de mercurio se depositan en el cerebro y se metabolizan a mercurio Hg (Hg2+). Y los mercuriales también pueden provocar reacciones inmunológicas”.

Hasta la propia Agencia para Sustancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades (ATSDR) de los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades (CDC) afirma que los niños pequeños y los fetos son particularmente sensibles a los efectos nocivos del mercurio; como “daño cerebral, retraso mental, incoordinación, ceguera, convulsiones e incapacidad para hablar“. Sin embargo lo que parece ser válido para la intoxicación por cualquier derivado mercurial -como el metilmercurio presente en el pescado- nunca ha sido válido inexplicablemente para el etilmercurio del timerosal cuando constituye el 50% del mismo. Argumentándose siempre lo mismo: que la cantidad es demasiado pequeña para resultar tóxica. Lo que tratándose de un neurotóxico cerebral no es un argumento aceptable.

Michael Wagnitz, Director de Investigación del Departamento de Toxicología de la Universidad de Wisconsin (EEUU), escribió en su día lo siguiente refiriéndose a las vacunas contra la gripe A que contenían timerosal: “El etilmercurio (el tipo que se encuentra en las vacunas), al igual que el metilmercurio (que se encuentra en el pescado), es un compuesto de cadena corta de alquilmercurio. Y una vez en sangre ambas sustancias se distribuyen rápidamente por el cerebro en el que el más inestable, el etilmercurio, se convierte rápidamente en Hg++ (la forma inorgánica de mercurio), un tipo de mercurio que permanece atrapado permanentemente y es la forma ligada a las enfermedades degenerativas del cerebro. Además mediante la inyección de mercurio a través del músculo se proporciona un acceso rápido al torrente sanguíneo y se evitan todos los mecanismos de desintoxicación del tracto gastrointestinal”.

La toxina fue desarrollada en 1930 por Eli Lilly y apenas once meses después de que se añadiera como conservante en forma de timerosal a las vacunas de los bebés junto a otros compuestos empezó a diagnosticarse con cierta frecuencia en Estados Unidos el autismo, trastorno hasta entonces prácticamente desconocido.

En 1991, a pesar de las abundantes evidencias que desaconsejaban ya su uso, los CDC recomendaron que los niños fueran inyectados con vacunas que contenían etilmercurio en las primeras 24 horas de vida -como la hepatitis B- y en los dos primeros meses -con la trivalente difteria-tétanos-tosferina-. Y en 1999 los CDC lograron que el número de vacunas en los primeros años pasara de 11 a 22 ¡aumentando a continuación los casos de autismo en todo el mundo! ¿Es creíble que fuera mera casualidad? Porque como recuerda Bjorklund está demostrado que el mercurio orgánico atraviesa la barrera hematoencefálica.

NUEVAS EVIDENCIAS

En definitiva, han transcurrido muchos años, se han inoculado a millones de niños vacunas con timerosal y es pues improbable que los organismos reguladores reconozcan su peligrosidadad porque sería tanto como admitir su corresponsabilidad y exponerse a una lluvia de demandas por permitir durante décadas su uso. Lo cierto sin embargo es que las pruebas sobre su toxicidad siguen acumulándose. Dos metaanálisis publicados este mismo año sobre la evidencia publicada de las posibles relaciones entre el mercurio y el autismo en los últimos doce años son los últimos clavos en el ataúd del timerosal. Recordemos que los metaanálisis son estudios que utilizando técnicas estadísticas combinan y comparan los resultados de diferentes estudios que abordan un mismo problema: De ellos se obtiene la mejor evidencia disponible para abordar una patología y tomar las mejores decisiones en el cuidado diario de los pacientes. Y lo importante en este caso es que ambos metaanálisis han trabajado con estudios que en su momento compararon los niveles de mercurio en personas sanas con los de personas con Trastorno del Espectro Autista.

El primer metaanálisis lo publicó el pasado mes de septiembre en Journal of Trace Elements in Medicine and Biology un equipo de investigadores de la Universidad Shahrekord de Ciencias Médicas de Irán coordinado por Tina Jafari y se trata del primer metaanálisis que ha evaluado la relación entre los niveles de mercurio en diferentes tejidos de personas con Trastorno del Espectro Autista. En él se examinaron 44 estudios que compararon la presencia de mercurio en la sangre entera, en los glóbulos rojos, en el cabello, en la orina y en el tejido cerebral tanto de personas sanas como de enfermos diagnosticados como afectos de Trastorno del Espectro Autista de Egipto, China, Hong Kong, India, Italia, Polonia, Rusia, Eslovenia, Reino Unido, Jamaica, Kuwait, Arabia Saudita, Omán, México y Estados Unidos. Pues bien, según las conclusiones “los resultados del metaanálisis revelan que el mercurio es un factor causal importante en la etiología del Trastorno del Espectro Autista pues las concentraciones eran significativamente más altas en la sangre, glóbulos rojos y tejido cerebral de los pacientes con Trastorno del Espectro Autista que en las personas sanas”.

El estudio se detiene luego en un segundo aspecto que puede resultar importante para entender por qué en unos casos se producen trastornos en el neurodesarrollo y en otros no. Los investigadores recuerdan que nuestro organismo cuenta con potentes mecanismos para afrontar la presencia de tóxicos y proteger a los órganos siendo uno de los principales las glutatión-S-transferasas (GST), enzimas de gran importancia en los mecanismos de desintoxicación celular capaces de eliminar xenobióticos o sustancias nocivas; y es que facilitan la unión del glutatión con el mercurio a fin de poder así excretarlo a través de la bilis.

Pues bien, según el estudio: “parece que en pacientes con Trastorno del Espectro Autista los mecanismos de desintoxicación están alterados y estos pacientes tienen menor concentración de glutatión lo que lleva a la retención de toxinas en el cuerpo. Y teniendo en cuenta el proceso de desarrollo cerebral de los niños y la vulnerabilidad de su barrera hematoencefálica el mercurio puede acumularse en sus cerebros e iniciar un proceso de estrés oxidativo y neuroinflamatorio así como aumentar los niveles de autoanticuerpos del tejido cerebral, factores importantes en la fisiopatología del autismo y otros trastornos del neurodesarrollo”. De ahí que su conclusión sea rotunda: “De los resultados se deduce que la exposición al mercurio aumenta el riesgo de padecer Trastorno del Espectro Autista”.

El segundo estudio lo ha efectuado un equipo de la Universidad de Ciencias Médicas de Teherán coordinado por Amene Saghazadeh y Nima Rezaei y se ha publicado en Progress in Neuropsychopharmacology and Biological Psychiatry con el título Systematic review and meta-analysis links autism and toxic metals and highlights the impact of country development status: Higher blood and erythrocyte levels for mercury and lead, and higher hair antimony, cadmium, lead, and mercury (La revisión sistemática y los metaanálisis vinculan el autismo con metales tóxicos influyendo en su impacto el nivel de desarrollo del país: altos niveles de mercurio y plomo en sangre y eritrocitos y mayores niveles de antimonio capilar, cadmio, plomo y mercurio en el pelo). Se trata de un metaanálisis que no examinó solo el impacto en el organismo del mercurio de las vacunas sino también el de otros metales tóxicos ​​como el antimonio, el arsénico, el cadmio, el plomo, el manganeso, el níquel, la plata y el talio valorándose la presencia de todos ellos en la sangre entera, el plasma, los glóbulos rojos, el cabello y la orina. Para lo cual se examinaron los resultados de 48 estudios observacionales sobre personas sanas y pacientes afectos de Trastorno del Espectro Autista de Egipto, India, Japón, Corea, Kuwait, Omán, Arabia Saudita, Italia, Polonia, Rusia, Eslovenia, Reino Unido y Estados Unidos.

¿El resultado? Que los pacientes con Trastorno del Espectro Autista tienen niveles más altos de plomo y mercurio en los glóbulos rojos. Aunque lo más significativo para los investigadores en la aparición del Trastorno del Espectro Autista es la sinergia entre los distintos contaminantes ambientales. “Nuestros hallazgos –concluyen- ayudan a resaltar el papel de los metales tóxicos como factores ambientales en la etiología del Trastorno del Espectro Autista, especialmente en los países en desarrollo, si bien hay otros factores ambientales que contribuyen en gran medida a su etiología en los países desarrollados”.

En resumen, ambos metaanálisis encontraron concentraciones significativamente más altas de mercurio en los glóbulos rojos de los pacientes con Trastorno del Espectro Autista que en los sanos. El primero niveles significativamente más altos también en la sangre entera y el segundo niveles más altos de plomo tanto en los glóbulos rojos como en la sangre de quienes sufren autismo. Lo que sugiere posibles efectos combinados o sinérgicos.

No hubo diferencias significativas en cambio entre los niveles de mercurio en la orina de las personas sanas y quienes sufren el Trastorno del Espectro Autista pero sí en el cabello. En el primer estudio las concentraciones de mercurio en el pelo fueron significativamente menores en los pacientes con Trastorno del Espectro Autista pero cuando los investigadores analizaron los resultados por continentes vieron que eso solo era así en Estados Unidos y no en el resto del mundo.

El segundo estudio concluiría por su parte que en los países desarrollados los niveles de mercurio en el cabello de quienes padecen Trastorno del Espectro Autista son significativamente más bajos que en los de los países en desarrollo pero también en este caso la mayoría de los enfermos del grupo de países desarrollados provenía de Estados Unidos.

Para Jafari esto se explica porque las personas con Trastorno del Espectro Autista tienen sus mecanismos y rutas de desintoxicación deterioradas y retienen el mercurio dentro de las células en lugar de excretarlo a través del cabello, las heces y la orina.

Otra posible explicación de por qué los pacientes con Trastorno del Espectro Autista en los países desarrollados -principalmente Estados Unidos- suelen estar más contaminados por metales tóxicos -incluido el mercurio- es la enorme cantidad de vacunas que se ponen a los niños en los primeros meses de vida. Además el timerosal de las vacunas que se ponen las madres puede pasar a los fetos. Especialmente en Estados Unidos donde cada año se inoculan solo de la vacuna contra la gripe -que contiene timerosal-36 millones de dosis.

VACUNAS PARA EMBARAZADAS

 No deja por ello de ser paradójico que uno de los grupos de riesgo a los que las autoridades sanitarias recomiendan ponerse la vacuna contra la gripe sea el de las embarazadas obviando que si contienen timerosal puede afectar al feto. ¿La excusa? Que el virus de la gripe puede provocar durante el embarazo cambios fisiológicos y alteraciones inmunológicas que afecten a los sistemas respiratorios, cardiovasculares y otros órganos de la madre y ésta tener mayor riesgo de infecciones y complicaciones potencialmente graves para ella y el feto. Argumento sin peso -la probabilidad de que eso pase es casi nula- que obvia además que hay muy pocas investigaciones que hayan evaluado la vacunación durante el primer trimestre, período en el que el embrión es altamente vulnerable a toda sustancia tóxica.

En enero de este mismo año -2017- un equipo de la División de Investigación del Northern California Kaiser Permanente (EEUU) encabezado por Ousseny Zerbo publicó en JAMA el trabajo Association Between Influenza Infection and Vaccination During Pregnancy and Risk of Autism Spectrum Disorder (Asociación entre la infección por la influenza, la vacunación durante el embarazo y el riesgo de Trastorno del Espectro Autista) según el cual “los datos parecen sugerir un aumento del riesgo de padecer Trastorno del Espectro Autista entre los niños cuyas madres recibieron la vacuna contra la influenza en el primer trimestre pero la asociación no fue estadísticamente significativa lo que indica que el hallazgo podría deberse a la casualidad. Estos hallazgos no requieren pues cambios en la política o práctica de la vacuna pero sí sugieren la necesidad de estudios adicionales sobre la vacunación antigripal materna y el autismo”.

Y en septiembre pasado un equipo de investigadores del Marshfield Clinic Research Institute (EEUU) coordinado por J. G. Donahue publicó en Vaccine el trabajo Association of spontaneous abortion with receipt of inactivated influenza vaccine containing H1N1pdm09 in 2010-11 and 2011-12 (Asociación entre el aborto espontáneo y la recepción de la vacuna inactivada contra la influenza que contiene H1N1pdm09 en las temporadas 2010-11 y 2011-12) y según el mismo “el aborto espontáneo se asoció con la vacunación contra la influenza durante los 28 días anteriores. La asociación fue significativa solo entre las mujeres que recibieron la vacuna que contenía el antígeno pH1N1en la estación previa a la temporada de influenza. Este estudio no establece y no puede establecer una relación causal entre la vacunación repetida contra la influenza y el aborto espontáneo”.

En suma, ambos grupos de investigadores reconocen que sus resultados no son concluyentes pero lo cierto es que la relación con el autismo se observó en las dos temporadas estudiadas. En las mujeres que recibieron la vacuna con el antígeno pH1N1 las probabilidades de sufrir un aborto espontáneo durante la ventana de 28 días después de la vacunación fueron 7’7 veces mayores que en aquellas mujeres que no recibieron la vacuna contra la gripe durante el embarazo. Evidentemente, como señala el equipo encabezado por Donahue, la mera posibilidad de una posible relación causa-efecto justifica una mayor investigación sobre lo ocurrido en las siguientes temporadas… y con otras vacunas. “Es importante tener en cuenta –afirman- que este estudio no lo hace y no puede confirmar una asociación causal pero la validez de los principales hallazgos es compatible con la observación del efecto a través de dos temporadas de gripe y la observación de ratios más elevadas en los días 1 a 28 tras la vacunación. Se necesita más investigación sobre los efectos inmunológicos de la vacunación contra la influenza durante el embarazo. Actualmente hay un estudio de seguimiento financiado por los CDC para evaluar el riesgo de aborto espontáneo después de la vacunación repetida contra la influenza durante las temporadas de influenza 2012-13, 2013-14 y 2014-15; Los resultados se esperan para finales de 2018”. Así pues, la posibilidad de que las distintas vacunas contra la gripe tengan algún tipo de relación con el aborto espontáneo no se conoce porque todavía no ha sido estudiada a fondo. Téngase en cuenta que la vacuna contra la gripe provoca inflamación leve en las embarazadas -como acaece en la preeclampsia y en el parto prematuro- así que conviene confirmar si ello no afecta negativamente al embarazo.

Y no se olvide tampoco que en 2014 el investigador A. S. Brown publicó en Molecular Psychiatry el trabajo Elevated maternal C-reactive protein and autism in a national birth cohort (Proteína C-reactiva materna elevada y autismo en una cohorte de nacimientos nacionales) en el que tras investigar la asociación entre el autismo infantil y la proteína C reactiva gestacional temprana (CRP) -biomarcador inflamatorio en sueros maternos- se afirma: “Hemos demostrado que la CRP materna elevada está relacionada con un mayor riesgo de autismo en la descendencia. Estos hallazgos, si se replican, pueden tener implicaciones importantes para estudiar el papel de la disfunción del sistema inmune en el autismo. La elevación de la PCR materna puede representar una vía común por la cual las infecciones y otros problemas inflamatorios elevan el riesgo de autismo”.

Es más, en 2011 un equipo del California Institute of Technology de Pasadena EEUU) encabezado por Paul H. Patterson publicó en Trends in Molecular Medicine un trabajo titulado Maternal infection and inmune involvement in autism (Infección materna y afectación inmune en el autismo) que relacionó la inflamación durante el embarazo con un mayor riesgo de autismo. De hecho estudió el líquido cefalorraquídeo, la sangre y los cerebros de muchos autistas fallecidos -jóvenes y adultos- encontrando estados similares a la inflamación hiperreactiva. Añadiendo: “Hay también indicios de problemas gastrointestinales en al menos un subconjunto de niños autistas. El trabajo sobre el factor de riesgo de la infección materna utilizando modelos animales indica que algunos aspectos de la desregulación del cerebro y la inmunidad periférica pueden comenzar durante el desarrollo del feto y continuar hasta la edad adulta”.

Dicho todo lo anterior es importante recordar que según una revisión independiente del grupo Cochrane publicada en 2014 por un grupo de investigadores encabezado por V. Demicheli -accesible en Cochrane Database of systematic reviews– con el título Vaccines for preventing influenza in healthy adults (review) -Vacunas para prevenir la influenza en adultos sanos (revisión)- no existen ensayos aleatorios controlados que evalúen la vacunación en embarazadas. “La única evidencia disponible -afirma el trabajo- proviene de estudios observacionales de modesta calidad metodológica. Y sobre esta base la vacunación muestra efectos muy limitados“.

En pocas palabras, nadie puede afirmar que las vacunas que reciben las embarazadas no causan autismo. Para aseverar eso habría que hacer estudios rigurosos y concluyentes y, sencillamente, no existen.

 

Elena Santos

Este reportaje aparece en
210
Diciembre 2017
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