Las vacunas no son ni eficaces ni seguras

Que las vacunas no son ni eficaces ni seguras lo llevamos explicando desde hace años y publicado en numerosos artículos. Pues bien, el pasado mes de enero los investigadores Antonietta M. Gatti y Stefano Montanari publicaron un trabajo en el que explican que tras utilizar microscopía electrónica para buscar contaminantes en 44 vacunas humanas los encontraron en TODOS LOS CASOS. Entre ellas en algunas tan conocidas como Infanrix (vacuna para la difteria, el tétanos y la tosferina) y Gardasil (para el virus del papiloma humano). Había en ellas micropartículas y nanopartículas inorgánicas no declaradas que ni son biocompatibles ni biodegradables. Los autores del trabajo entienden que su inexplicable presencia podría justificar la asociación entre esas vacunas y las distintas reacciones negativas sufridas por quienes las recibieron. En suma, estamos ante un nuevo escándalo del que muy pocos van a hacerse eco.

 

VACUNAS

Los organismos sanitarios y médicos siguen manteniendo que las vacunas y las campañas de vacunación son la piedra angular de la salud de la sociedad pero lo cierto es que cada vez es mayor el número de investigadores que niegan su eficacia y, sobre todo, su seguridad. De hecho es constante el aumento del número de personas que padecen graves efectos secundarios tras ponerse una vacuna, la inmensa mayoría niños sanos a los que se destroza la vida. Y a pocos se les escapa ya que las campañas de vacunación tienen en realidad un marcado cariz mercantilista. Es más, es vergonzoso que se considere algo “anecdótico” que niños sanos vacunados contra la difteria, el tétanos y la tosferina mueran súbitamente tras recibirlas, que muchos de quienes reciben las vacunas contra el sarampión, la paperas y la rubéola sufran luego autismo o que quienes son vacunados contra la hepatitis B terminen sufriendo bronquiolitis o esclerosis múltiple… por poner solo algunos ejemplos.

Sus defensores alegan que como la inmensa mayoría no sufre tan graves efectos secundarios la causa no puede estar en las vacunas; falaz argumento al que añaden que en unas personas tales problemas aparecen a las pocas horas y en otras al cabo de semanas, meses e incluso años en un intento de obviar que no todas las personas reaccionan igual ante un mismo fármaco como los análisis farmacogenómicos de los últimos años han demostrado más allá de cualquier duda. Lo denunció el Dr. Ramón Cacabelos -catedrático de Biotecnología y Genómica y presidente de la Asociación Mundial de Medicina Genómica– durante la entrevista que le hicimos recientemente y apareció el pasado mes en el nº 202 con el título Crean la base de datos privada sobre Farmacogenómica más importante del mundo (lo tiene en nuestra web: www.dsalud.com) en la que entre otras muchas cosas dijo:  “La industria farmacéutica tiene que asumir de una vez que no puede pretender sacar un medicamento y usarlo a granel, indiscriminadamente, porque ese modelo a lo largo de los últimos cincuenta años lo único que ha demostrado es que del 100% de quienes consumen el fármaco solo se está beneficiando un 20%. Y ese beneficio parcial es tan modesto que a veces se puede cuestionar la relación coste-beneficio. Y lo que es peor: al 80% del resto de personas que lo han tomado o no les ha hecho nada o les ha hecho daño”.

Pues bien, en 2002 la doctora italiana Antonietta Gatti colaboró en un trabajo para la Comisión Europea en el que participaron las universidades de Cambridge (Reino Unido) y Mainz (Alemania) así como la empresa radicada en los Países Bajos FEI Company cuyo objetivo era verificar el posible impacto de las micropartículas y nanopartículas inorgánicas presentes en el aire y los alimentos sobre la salud. Hablamos de un estudio que examinó más de 1.200 muestras biológicas -sobre todo patológicas- llegándose a esta contundente conclusión: “Las micro y nanopartículas inorgánicas que se inhalan (por aire contaminado) y/o se ingieren (por comida contaminada) pueden encontrarse hoy prácticamente en cualquier órgano”. Añadiendo algo sumamente grave: “No existe ningún mecanismo biológico conocido capaz de deshacerse de esas nanoinvasoras”. Hablamos de partículas tan diminutas que se miden en micras (milésima parte del milímetro) o nanómetros (milmillonésima parte del milímetro). Para que el lector se haga una idea un cabello humano tiene un grosor de unos 80 micrómetros (80.000 nanómetros).

Un resultado que sorprendió tanto a Antonietta Gatti que se preguntó si tales partículas podrían estar también presentes en las vacunas y no sería eso lo que provocaba tantas reacciones inexplicables en muchos de los vacunados. Y decidió investigarlo junto a su marido Stefano Montanari, farmacéutico y microquímico, para averiguar si además de los problemas que se sabe provocan los neurotóxicos que llevan -especialmente el mercurio, el aluminio y el escualeno- también hay en ellas nano y micropartículas inorgánicas patógenas. De eso hace ya quince años y lo cierto es que este matrimonio de investigadores lo constató de forma científica y rigurosa con modernos aparatos. ¡Las hay! ¡En todas ellas! Así que obviamente decidieron comunicárselo a sus colegas, a los médicos, a las autoridades sanitarias y a la sociedad en general encontrándose con un auténtico muro. Es más, fueron ignorados cuando no injuriados por aquellos a quienes hicieron partícipes de sus hallazgos. De hecho ninguna publicación quiso dar cabida a sus investigaciones ¡hasta ahora! Porque el pasado mes de enero de 2017 el International Journal of Vaccines and Vaccination accedió a publicarles el artículo New Quality Control Investigations on Vaccines: Micro-and Nanocontamination (Nuevas investigaciones sobre el control de calidad de las vacunas: micro y nanocontaminación).

Se trata de un trabajo en el que el matrimonio de investigadores italianos explica que analizó 44 vacunas procedentes de Francia e Italia, algunas para prevenir el contagio de una sola bacteria o virus pero la mayoría polivalentes, es decir, para inmunizarse de varios microbios a la vez. Y su conclusión es demoledora: “Los análisis realizados muestran que en todas las muestras de las vacunas controladas aparecen cuerpos extraños no biocompatibles, biopersistentes y no declarados por los productores contra los que el cuerpo reacciona”. Añadiendo: “Partimos de la hipótesis de que se trata de una contaminación no intencionada que probablemente se deba a agentes tóxicos o a problemas en los procesos industriales -por ejemplo filtraciones- utilizados para producir vacunas que no fueron ni investigados ni detectados por los productores. Hipótesis que de ser cierta permitiría resolver el problema con inspecciones en los lugares de trabajo teniendo pleno conocimiento del procedimiento de preparación de las vacunas”. Y de ahí que digan: “Una purificación adicional de las vacunas podría mejorar su calidad y probablemente disminuir el número y gravedad de sus efectos secundarios adversos”.

EL DAÑO ESTÁ EN LO MUY PEQUEÑO

El caso es que Gatti y Montanari analizaron muestras de las 44 vacunas con un Microscopio Electrónico de Barrido Ambiental Quanta FEG 250 que permite trabajar bajo tres diferentes modos de presión a fin de detectar la posible presencia de partículas contaminantes inorgánicas e identificar su composición química. Hablamos de un microscopio que utiliza electrones en lugar de luz para formar las imágenes y proporciona información sobre las formas, texturas y composición química de las partículas. No puede pues distinguir entre proteínas y adyuvantes orgánicos -escualeno, glutamato, proteínas, etc.- ni virus, bacterias, ADN de bacterias, endotoxinas o residuos de bacterias pero sí detectar, identificar y cuantificar los componentes inorgánicos y agregados -orgánicos e inorgánicos- de las muestras (20 microlitros de cada vacuna).

Pues bien, se identificaron partículas inorgánicas de entre 10 micras y 100 nanómetros -no declaradas por el fabricante- ¡EN TODAS LAS VACUNAS HUMANAS! (no las había curiosamente en la única vacuna veterinaria analizada: Feligen).

Indicamos a modo de ejemplo algunas de las que contenían metales y agregados:

-Plomo: Typhym, Cervarix, Agrippal S1, Meningitec y Gardasil.

-Acero inoxidable: Mencevax, Infarix Hexa, Cervarix, Anatetall, Focetria, Agrippal S1, Menveo, Prevenar 13, Meningitec, Vaxigrip , Stamaril Pasteur, Repevax y MMRvaxPro.

Tungsteno: Prevenar e Infarix.

-Zirconio: Gardasil.

-Agregados de zirconio, hafnio, estroncio y aluminio: Vivotif y Meningetec.

-Agregados de tungsteno, níquel y hierro: Priorix y Meningetec.

-Agregados de antimonio: Menjugate Kit.

-Agregados de cromo: Meningetec.

-Agregados de oro y zinc: Infarix Hexa y Repevax.

-Agregados de platino, plata, bismuto, hierro y cromo: MMRvaxPro.

-Agregados de plomo y bismuto: Gardasil.

Baste como meros ejemplos de lo hallado y entender que se trata de una sopa de elementos químicos inorgánicos de la que evidentemente no puede esperarse nada bueno.

La cantidad de cuerpos extraños detectados y en algunos casos sus inusuales composiciones químicas nos desconcertaron -explican Gatti y Montanari-. Las partículas inorgánicas identificadas no son ni biocompatibles ni biodegradables lo que significa que son biopersistentes y pueden inducir efectos que se evidencien inmediatamente tras la inyección o tiempo después. Es importante recordar que las partículas (cristales y no moléculas) son cuerpos ajenos al organismo y se comportan como tales. Más aún: su toxicidad es en algunos aspectos distinta a la de los elementos químicos que las componen”.

En suma, para estos investigadores hay “motivos científicos fundados” para sospechar de la seguridad de las vacunas y de ahí que afirmen: “Dadas las contaminaciones observadas en todas las muestras de vacunas de uso humano los efectos adversos tras su inoculación son posibles y creíbles. Aleatorios ya que depende de a dónde sean transportados los contaminantes por la circulación sanguínea. Cuerpos extraños que pueden tener un impacto más serio en organismos pequeños como los de los niños. Hemos encontrado en las vacunas partículas de composiciones químicas similares a las de la contaminación ambiental procedentes de diferentes fuentes contaminantes”.

Y añaden: “Las combinaciones detectadas son muy extrañas en la mayoría de los casos porque no tienen uso técnico, no pueden encontrarse en ningún material y parecen el resultado de la formación aleatoria que acaece, por ejemplo, cuando se queman residuos. En cualquier caso, cualquiera que sea su origen, no deberían estar presentes en ningún medicamento inyectable; especialmente en las vacunas y aún menos en las destinadas a lactantes“.

En cuanto a por qué unas personas sufren reacciones adversas poco después de ser inoculadas las vacunas mientras en otras éstas aparecen más tarde aseveran: “La evidencia episódica reportada por personas presuntamente dañadas por vacunas es doble: unas dicen que el daño se manifestó e hizo visible a las pocas horas de la administración y otras que fue algunas semanas después. No hay evidencia indiscutible de la fiabilidad de tales informes pero podemos formular una hipótesis que lo explica: en el primer caso los contaminantes del fármaco llegarían al cerebro induciendo una reacción u otra dependiendo del sitio anatómico preciso al que llegasen, proceso que sería muy rápido. Y en el segundo los contaminantes llegarían a la microbiota interfiriendo con la producción de las enzimas necesarias para llevar a cabo funciones neurológicas, algo que lleva tiempo porque implica producir compuestos químicos en cantidad suficiente. Lo que explicaría de forma razonable que transcurran días o semanas entre la inyección y las manifestaciones clínicas. Evidentemente se trata de una hipótesis abierta a discusión que podría ser valorada con nuevas investigaciones”.

Todo científico informado y formado sabe hoy que las micropartículas y nanopartículas inorgánicas tóxicas que en muchos lugares se encuentran en suspensión en el aire pueden ser causa de una amplia gama de patologías; desde problemas cardiovasculares hasta cáncer. E igualmente sabe que lo mismo pasa si están presentes en alimentos y fármacos, vacunas incluidas. Así lo explican en su trabajo Gatti y Montanari: “Tras ser inoculadas las vacunas esas micropartículas, nanopartículas y agregados pueden permanecer alrededor del lugar de la inoculación y dar lugar a hinchazón y granulomas pero también pueden ser transportadas a través de la circulación sanguínea sin que pueda saberse su destino final. Pensamos que en muchos casos se distribuyen por todo el cuerpo sin provocar reacción visible alguna pero también es probable que en algunas circunstancias lleguen en cantidad excesiva a algún órgano; a todos sin excepción, incluida la microbiota. Y como acaece con todo cuerpo extraño -especialmente si son muy pequeños- inducir una reacción inflamatoria crónica ya que la mayoría de tales partículas no pueden ser degradadas. Pudiendo el efecto corona de proteínas (la capa de moléculas que recubre a las nanopartículas cuando entran en un medio de cultivo) dar lugar por nano-bio-interacción a compuestos orgánicos/inorgánicos que estimulen el sistema inmune de forma indeseable. Es importante añadir que algunas de las partículas de pequeño tamaño de las vacunas pueden entrar en los núcleos celulares e interactuar con el ADN”. Algo cuyo resultado sería ya impredecible.

LA FABRICACIÓN DE VACUNAS DEBE REVISARSE

En fin, en cuanto tuvimos conocimiento de lo hasta ahora expuesto nos pusimos inmediatamente en contacto con la doctora Antonietta Gatti para hablar con ella. Profesora del National Council of Research de Italia, profesora invitada del International Clean Water Institute de Washington (EEUU) y exconsultora de la comisión gubernamental sobre uranio empobrecido recibió en 2012 en China el prestigioso International Fellow USBE, el mayor reconocimiento que otorga la International Union of Societies for Biomaterials Science and Engineering por logros obtenidos en los ámbitos de la ingeniería y la ciencia de los biomateriales. Es más, basta leer su currículum para comprobar que ha dedicado toda su vida profesional a estudiar los efectos de las partículas no biodegradables -finas y ultrafinas- técnicamente denominadas PM10, es decir, de partículas -sólidas y líquidas- cuyo diámetro está entre 2,5 y 10 micrómetros principalmente formadas por sustancias inorgánicas como los silicatos, los aluminatos y los metales pesados y material orgánico asociado a partículas de carbono (como el hollín).

Cabe añadir que ella y su marido han constatado recientemente también que las nanopartículas de uranio empobrecido pueden provocar cáncer, grave problema internacional denunciado en España durante años en numerosos artículos por el fallecido Alfredo Embid, fundador y coordinador general de la Asociación de Medicinas Complementarias, editor de la revista Medicina Holística y fundador del Colectivo de Investigación sobre las Armas Radiactivas (CIAR) cuyo boletín semanal –Armas contra las guerras- elaboraba personalmente.

-Díganos, doctora Gatti, ¿por qué empezaron usted y su marido a investigar la posible presencia de partículas inorgánicas en las vacunas?

-Hace aproximadamente quince años la Universidad de Maguncia (Alemania) me pidió que analizara una vacuna para la alergia porque provocaba una dolorosa hinchazón alrededor del punto de inyección. Hicimos pues una biopsia y analizamos tanto el tejido como la vacuna mediante microscopía electrónica comprobando que había partículas sólidas inorgánicas contaminantes. Más tarde la Universidad de Parma (Italia) destinó a nuestro laboratorio a una estudiante que preparaba su tesis doctoral a la que encargamos analizar 19 vacunas encontrándonos con que ¡todas estaban contaminadas con partículas inorgánicas! Y obviamente empezamos a interesarnos muy en serio por las vacunas una vez fuimos conscientes de que podían ser realmente peligrosas.

-¿Hasta qué punto la presencia de partículas inorgánicas en las vacunas puede ser  preocupante?

-Ninguna vacuna o fármaco debe contener contaminantes, es decir, materiales o sustancias susceptibles de enfermar. Y el hecho de que las vacunas los contengan significa que ni los productores ni los organismos oficiales de control están haciendo adecuadamente su trabajo. Especialmente porque desde hace varios años se sabe que partículas como las que hemos encontrado en las vacunas son potencialmente patógenas. No es admisible pues que estén en ningún medicamento; sobre todo si se inyecta.

-Especialmente en el caso de los niños…

-Evidentemente. Los niños tienen menor volumen corporal y peso y las partículas contenidas en las vacunas causan en ellos un mayor efecto patógeno. Máxime si hablamos de bebés en pleno proceso de desarrollo. Está demostrado que si las partículas llegan al cerebro pueden dar lugar a graves disfunciones neurológicas. Y si alcanzan la microbiota -muy diferente de la de los adultos porque diferente es su alimentación- importantes alteraciones en la producción de diversas sustancias esenciales; como por ejemplo las enzimas.

-Lo insólito es que hayan encontrado ustedes partículas patógenas en las 44 vacunas de uso humano analizadas y que no las hubiera en la única vacuna veterinaria que estudiaron…

-Eso demuestra algo realmente sorprendente: la ineficacia de los controles sanitarios. Gravísimo asunto que agiganta la negación del problema por parte de las autoridades sanitarias. ¡Cuando cualquier científico con los medios adecuados puede comprobarlo fácilmente por sí mismo! ¿Cómo pueden pues negar sin más las evidencias que nosotros hemos probado de forma científicamente rigurosa?

PARTÍCULAS INORGÁNICAS = VENENO

-¿Que esas partículas inorgánicas son tóxicas para el organismo es algo indudable o discutible?

-Se trata de cuerpos ajenos al organismo y como todo cuerpo extraño de esas dimensiones dan lugar a procesos inflamatorios que pone en marcha el sistema inmune. Además como algunas de esas partículas tienen un tamaño inferior a la micra pueden entrar en el núcleo de las células y dañar el ADN. De hecho hace ya varios años que la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC por sus siglas en inglés) incluyó como carcinógenas en la clase 1 las partículas inorgánicas de diámetro igual o inferior a 2,5 micras. Está pues científicamente constatado.

-En tal caso las acusaciones de que las vacunas están provocando patologías tan diversas como el autismo o el síndrome de Asya -entre otras enfermedades autoinmunes- pueden ser ciertas. Lo descubierto por ustedes lo explicaría, independientemente de que también puedan provocarlas la presencia en ellas de mercurio, aluminio y escualeno.

-No he hecho pruebas clínicas de ese tipo personalmente y no puedo asegurarlo por experiencia propia pero sé que si esas partículas entran en el cerebro, en la microbiota o en el interior de las células pueden causar disfunciones en cualquier órgano. En cuanto a las enfermedades autoinmunes téngase en cuenta que esas partículas dan lugar a menudo a una corona de proteínas alteradas contra la que el cuerpo puede reaccionar violentamente y provocar reacciones de autoinmunidad.

-Lo que ustedes han descubierto exige como mínimo que los vendedores de vacunas se replanteen todo su sistema de fabricación; por iniciativa propia o forzados por los organismos y autoridades sanitarias. 

-Cierto. Nuestra investigación demuestra que algo no funciona en la producción de vacunas y que es necesario revisar los procesos. Y no sólo de la producción de las vacunas: también de las agujas y  jeringas.

-Bueno, también deberían haberse reconsiderado al menos las vacunas infantiles polivalentes y la apretada agenda de vacunación infantil y no se hace…

-Pues las vacunaciones múltiples son potencialmente peligrosas. Para empezar nunca se lleva a cabo la indagación que toda buena práctica médica considera obligatoria que es la de asegurarse antes de que el bebé, el niño o el adulto a vacunar no es ya naturalmente inmune a la enfermedad. Algo difícil de hacer con una vacuna polivalente. Y además no debería inocularse a nadie vacuna alaguna sin antes testar si es alérgico a alguno de sus componentes.

-¿Teniendo en cuenta la toxicidad de minerales inorgánicos como el mercurio y el aluminio no debería estar taxativamente prohibido su uso como adyuvantes en las vacunas?

-La toxicidad del aluminio es bien conocida pero la industria se niega a dejar de usar sales de aluminio porque las vacunas funcionarían aún menos de lo que lo hacen ahora. Aunque es más peligrosa la presencia de mercurio en las vacunas por razones triviales de producción aunque lo nieguen las llamadas autoridades sanitarias.

MATAR AL MENSAJERO

Hasta aquí la esclarecedora entrevista que mantuvimos sobre un trabajo que debió haber hecho reaccionar inmediatamente a la Organización Mundial de la Salud (OMS), a las agencias internacionales y nacionales reguladoras de fármacos, a las autoridades sanitarias y políticas y a los médicos y enfermeras. Pero no ha sido así. Lo que se ha puesto de inmediato en marcha es una campaña de desprestigio contra los autores de la investigación. Y eso que se limitaron a usar vacunas comercializadas y analizarlas con un Microscopio Electrónico de Barrido Ambiental Quanta FEG 250, experimento que puede repetir y constatar cualquier laboratorio fácilmente.

La primera “crítica” fue intentar desprestigiar el trabajo diciendo que se había publicado en una revista de “bajo nivel de impacto”. Una auténtica memez porque el 99% de los trabajos científicos no se publican en ellas al ser imposible que acojan los miles de artículos que se realizan cada año. Además para publicar en ellas hay que estar en el ámbito de las grandes multinacionales farmacéuticas y no puede tratarse de nada que las perjudique gravemente. Lo saben bien cientos de miles de investigadores de todo el mundo.

El propio Montanari lo explica en su blog: “Publicar resultados que no agradan a los que mantienen económicamente a las revistas es casi imposible”. Casi imposible y peligroso porque la industria echa inmediatamente encima de quienes pretenden publicar informaciones que les perjudican o dejan en entredicho a sus “perros de presa”. En España al autodenominado Círculo Escéptico (CE), a la Alternativa Racional a las Pseudociencias-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico (ARP-SAPC) y a otros grupos de pseudoescépticos a los que en la revista ya hemos dedicado dos extensos reportajes titulados Fundamentalistas científicos contra el pensamiento crítico (nº 135) y Campaña de desprestigio contra todo profesional que no se pliegue al modelo médico imperante (nº 194).  Hablamos de individuos que se dedican desde diversas tribunas a pontificar sobre todo tipo de materias -si bien especialmente en el ámbito de la salud- arrogándose el derecho a decidir qué es o no científico, qué es o no válido o aceptable, quién es o no creíble y quién debe ser considerado un profesional sensato o un farsante aun cuando la mayoría de ellos no tiene ni formación universitaria ni conocimientos científicos básicos. Claro que su “gurú” tampoco es un científico sino un ilusionista canadiense llamado Randall James Hamilton Zwinge más conocido como James Randi.

De ahí que Montanari denuncie lo obvio: Un científico auténtico crítica una investigación basándose en lo que ella se asevera y no en cuestiones o criterios que no tienen nada que ver con ella”. De hecho otra de las “críticas” que se han hecho a la investigación es que no se repitió con otras muestras para hacer una comparativa. Como si cada investigación tuviera que repetirse una y otra vez por sus mismos autores para validarla en lugar de por investigadores ajenos. A Montanari le parece obviamente ridículo: “¿Llevo haciendo análisis y trabajos de investigación desde hace 44 años y van a explicarme ahora cómo se hacen las cosas en mi ámbito profesional? Lo que ha molestado es que en la vacuna para gatos que examinamos no se encuentran las partículas que hay en las vacunas infantiles. Y lo intentan ocultar de forma infantil intentando desprestigiar a quienes les han dejado en evidencia. La cuestión no admite discusión: en las vacunas para uso humano hay partículas inorgánicas peligrosas que pueden dar lugar a todo tipo de patologías”.

También se ha intentado minusvalorar el estudio diciendo que algunas de las vacunas analizadas habían caducado. ¡Como si eso tuviera que ver con la presencia en ellas de micro y nanopartículas! Montanari responde por ello mordazmente a quienes tal cosa alegan: “Esos ‘genios’ no deben saber que la fecha límite se refiere al principio de decadencia de la eficacia activa y, por tanto, no tiene nada que ver con las partículas contaminantes que permanecen sin cambios por los siglos de los siglos. No cambia el resultado ya que las partículas inorgánicas son eternas. Caduca la materia orgánica, el ingrediente activo, en este caso el antígeno, no los metales. Este tipo de objeciones demuestran claramente la incompetencia total de tales personajes”.

Otros ignorantes argumentan que la concentración de contaminantes es tan infinitesimal que es imposible que provoquen daño alguno. Ignorando como antes explicó la doctora Antonietta Gatti que la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer incluye como carcinógenas las partículas inorgánicas de diámetro igual o inferior a 2,5 micras.

“Con las nanopartículas no se puede aplicar la regla de Paracelso según la cual la dosis hace el veneno  –explica Montanari-; es suficiente que una sola dañe una célula para desencadenar un daño irreversible. Con las partículas lo que importa es dónde terminan su carrera, lo grandes que son, la forma que tienen y su composición química. La cantidad es un factor muy pequeño que puede afectar solo estadísticamente la capacidad de golpear objetivos más o menos sensibles. Hasta que los toxicólogos no digieran esta noción fundamental de la Nanotoxicología permaneceremos anclados en la Edad Media. Y eso que la OMS ya lo ha reconocido”. Añadiendo con contundencia: “Todo científico sabe cómo refutar un experimento. Así que si alguien quiere refutar nuestros resultados que lo haga. Llevo años instando a hacerlo a quienes nos critican pero se niegan: se limitan a hacer ruido y verter críticas carentes del más mínimo rigor”.

Terminamos indicando que a principios de febrero Antonietta Gatti y Stefano Montanari acudieron a Bruselas invitados por Michèle Rivasi -miembro del grupo Los Verdes del Parlamento Europeo- para participar en una jornada titulada Vacunas: su seguridad en cuestión en la que compartieron tribuna con Andrew Wakefield y Luc Montagnier y asistieron a la proyección de la película documental Vaxxed: From Cover Up to Catastrophe (Vacunados: del encubrimiento a la catástrofe) que denuncia el encubrimiento por los Centros para el Control de las Enfermedades (CDC) de Estados Unidos del vínculo entre vacunas y autismo. Eso sí, la sala del Parlamento Europeo en la que estaba previsto que se dictaran las conferencias les fue denegada sin explicaciones pocos días antes del evento por lo que Rivasi tuvo que alquilar un cine para resolver el problema. Y es que ya hemos dicho en varias ocasiones que los órganos de poder -internacionales y nacionales- están férreamente condicionados por la gran industria farmacéutica que tiene en ellos a numerosos testaferros.

Es más, no se andan con miramientos. Nada más regresar a Italia Montanari escribía en su blog: “Me he encontrado a la vuelta un aluvión de amenazas de una gravedad absoluta que representan un riesgo grave. No vamos a hablar más sobre las vacunas. Lo hemos hecho durante años comunicando nuestros resultados ante la indiferencia general y se nos acaba de dejar muy claro que si seguimos interesándonos en las vacunas nuestras investigaciones sobre la leucemia, el Síndrome de los Balcanes y otros proyectos tendrán problemas. Sin amenaza escrita alguna: son sólo ‘recomendaciones’ habituales ya en ciertas tradiciones. Debo pues elegir entre seguir diciendo lo que hay en las vacunas y abandonar el resto o aceptar la derrota y al menos poder continuar con el resto. La decisión es dolorosa pero inevitable: he perdido. Eso es todo”.

Conocida la decisión de Montanari nos pusimos en contacto de nuevo con Antonietta Gatti que se limitó a confirmarnos las amenazas: “Sí, hemos sido advertidos de que no nos ocupemos más de las vacunas”. Y no quiso decirnos nada más. Sin duda porque ya nos había dicho demasiado…

 

Antonio F. Muro


Recuadro 1

 ¿Por qué tanta ira contra quienes critican las vacunas?

Hace un par de años el Dr. Jack Wolfson, cardiólogo de Arizona (EEUU), médico integrativo que sostiene que la mala alimentación y las toxinas son la causa de los problemas de corazón, alertó de los peligros de las vacunas durante una entrevista que le hicieron en televisión con motivo de un supuesto brote de sarampión en Disneylandia y a partir de ese momento comenzó a recibir todo tipo de presiones, amenazas e insultos por parte del complejo médico-industrial. De hecho treinta y ocho “colegas” suyos le denunciaron por ello ante la Junta Médica de Arizona pidiendo su inhabilitación, algo que finalmente se vio obligada a rechazar porque sus opiniones están protegidas por el derecho a la libertad de expresión. Pues bien, Wolfson escribió entonces en su blog un texto titulado ¿Por qué tanta ira? dirigido principalmente a los padres que le criticaban por oponerse a las vacunas que creemos merece la pena reproducir. Es éste:

“Quiero abordar tanta rabia errónea para ver si podemos dirigirla hacia donde corresponde:

Enójese con las compañías de alimentos. Los cereales azucarados, donuts, galletas y bizcochos provocan millones de muertes cada año cuando en su peor momento la varicela mató anualmente solo a un centenar. Si esas personas no hubieran comido cereales y donuts podrían estar vivas. Llame pues a Nabisco y Kellogg’s para quejarse. Proteste por sus productos. Envíeles odio electrónico.

Enójese con los restaurantes de comida rápida. Las hamburguesas de carne torturada, las patatas con plaguicidas fritas, las hormonas y los batidos son un problema y no la hepatitis B que no es sino un virus contraído por quienes consumen drogas y/o yacen con prostitutas.

Enójese con las empresas que fabrican detergentes y suavizantes para lavadoras. Usted y sus hijos están vistiendo y respirando conocidos carcinógenos. Productos que matan a más personas que las paperas, provocada por un virus que no lleva a nadie a la muerte. Y lo mismo cabe decir del de la hepatitis A que solo provoca una diarrea acuosa.

Enójese con las empresas que arrojan contaminantes al medio ambiente. Sus productos químicos y metales pesados causan autismo, enfermedades cardiacas, cáncer, enfermedades autoinmunes y otros problemas de salud. A nivel mundial provocan cada año 10 millones de muertes. Las muertes por sarampión son en cambio una fracción muy pequeña comparada con lo que causa la contaminación.

Enójese por no amamantar a su hijo o no permitirle dormir con usted. La lactancia materna protege a sus hijos de muchas enfermedades infecciosas.

Enójese con su médico por ser de mente cerrada y no revelarle los ingredientes de las vacunas (no los que se leen en el prospecto). Deben hablarle del aluminio, del mercurio, del formaldehído, de tejido fetal abortado, de proteínas animales, de polisorbato 80, de antibióticos y de otros productos químicos presentes en las vacunas. Según el Grupo de Trabajo Ambiental se han llegado a detectar en la sangre del cordón umbilical de recién nacidos más de 200 sustancias químicas. Quizás por eso su médico piense que unos pocos químicos más inyectados en su hijo no serán un gran problema.

Enójese con las compañías de cable y fabricantes de televisores por convertirle a usted y a sus hijos en gordos perezosos sin ganas de hacer ejercicio o jugar al aire libre. La falta de ejercicio mata a millones más que la polio.

Enójese con Steve Jobs y Bill Gates por crear ordenadores y tenerle a menudo sentado rodeado de todo tipo de radiaciones electromagnéticas mientras lee posts como éste.

Enójese con las empresas farmacéuticas. Los medicamentos prescritos correctamente matan a miles de personas cada año. La gripe en cambio no mata a casi nadie y la vacuna nunca funciona.

Y finalmente enójese consigo mismo por no abrir los ojos al lavado de cerebro que le han hecho apoderándose de su mente. Usted nunca le ha preguntado al médico todo lo que debiera, nunca le preguntó qué hay en las vacunas y nunca aprendió sobre las infecciones benignas.

Seamos sinceros: a usted realmente le importa una mierda lo que comen sus hijos. Ni se preocupa por los productos químicos que hay en su vida.  Como no le importa que estén sentados todo el día viendo la televisión o jugando a juegos de video. Todo lo que le importa es beber su Starbuck, pensar en su próxima cirugía plástica, su próximo cóctel, su próxima aventura y su siguiente dosis de azúcar.

Este post fue creado con amor y con la idea de crear un mundo mejor para nuestros hijos y las generaciones futuras. La ira aumenta el riesgo de sufrir un ataque al corazón. ¡Tenga cuidado!

Este reportaje aparece en
203
Abril 2017
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