Disminuir el actual nivel de CO2 es peligroso para el planeta

Se alega que el aumento de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera es el culpable del denominado “cambio climático” pero lo cierto es que disminuir su nivel -como se propone- es contraproducente y muy peligroso. Su cantidad en la atmósfera es de hecho pequeña -el 0,04%- porque ha ido bajando a medida que la Tierra “envejecía”; pasó del 40% al 0,7% en 3.000 millones de años y del 0,7% al 0,04% en los últimos 500 millones. Una disminución de tal gravedad que las plantas tuvieron que adaptarse a las nuevas condiciones de “anoxia carbónica” hace solo 10 millones de años. En pocas palabras: lo que hay que hacer es seguir aumentando su nivel en la atmósfera y no reducirlo si queremos que el planeta vuelva a reverdecer.

CO2

El anhídrido carbónico (CO2) es un gas absurdamente demonizado porque se considera el principal culpable del llamado “efecto invernadero” al que se atribuye el «cambio climático». La tesis oficial es que la quema de combustibles fósiles -carbón y petróleo- ha aumentado su cantidad en la atmósfera un «preocupante» 30% al haber pasado su nivel en los últimos 50 años de 310 ppm (partes por millón) a 400 ppm siendo previsible que continúe aumentando, algo que según el “consenso científico” -inexistente- sería pésimo para el planeta. Solo que 400 ppm indican que en la atmósfera actual solo hay un 0,04% de CO2 y esa es una cantidad preocupante ¡pero por su escasez, no por exceso! A fin de cuentas el CO2 es imprescindible para los vegetales y éstos son la clave de la vida de nuestro planeta.

Recuérdese que plantas, algas y micro-algas son los únicos seres vivos capaces de alimentarse de aire, agua y luz solar. Todos los demás -desde el humano hasta los más pequeños insectos- dependen de los vegetales para subsistir. Son las plantas, algas, hierbas y árboles los que fabrican los millones de moléculas químicas precisas para elaborar las sustancias que dieron lugar a las vitaminas, minerales, enzimas, hormonas, proteínas, carbohidratos, grasas y oligoelementos y, por ende, a las células y tejidos que permitieron la existencia de los animales. La eficacia de los vegetales para aprovechar la luz solar y transformar el agua y el CO2 del aire en millones de sustancias químicas orgánicas es de hecho la envidia de nuestros ingenieros que no pueden hoy ni soñar con lograr algo parecido. En cuanto a la clorofila vegetal es el catalizador que permite la transformación química de los fotones solares en compuestos basados en carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno.

En suma, los vegetales viven básicamente del aire, el agua, el sol, los minerales y las radiaciones cósmicas y fabrican todo lo antedicho ¡con anhídrido carbónico! El sol emite fotones y es el responsable de los vientos, la humedad y las nubes y el agua de mar -que apareció hace 3.500 millones de años- es la que contiene disueltos todos los minerales que existen en el planeta y llegan a los vegetales con la humedad, la lluvia y la nieve complementando los que obtienen con sus raíces.

Resumiendo: la vida nace de la «comunión» entre la energía solar, el agua de mar, las radiaciones cósmicas, los minerales y el carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno del aire y, por consiguiente, no hay vida sin anhídrido carbónico. Es imprescindible para formar los millones de moléculas orgánicas que tienen al carbono como elemento fundamental. En pocas palabras: nuestra biología se basa en el carbono. El CO2 de la atmósfera es pues tan importante para la vida del planeta como el sol y el agua. Sin él las plantas no podrían sintetizar compuestos orgánicos y no habría ni animales ni seres humanos. Porque entiéndase bien: las plantas no pueden incorporar el carbono del suelo, ni el de las piedras calcáreas (carbonatos), ni la materia orgánica carbonosa de otras plantas o de los animales (las plantas carnívoras solo aprovechan las proteínas o el nitrógeno de los insectos pero no el carbono de sus tejidos). El único compuesto carbonoso que pueden utilizar los vegetales es el CO2 luego de este gas depende la síntesis de todas las moléculas orgánicas que producen las plantas.

UN GAS VITAL

La vida del planeta, en suma, depende de unos pocos pero fundamentales elementos. Del sol no hace falta preocuparse ya que afortunadamente no deja de prodigarnos su energía aunque a los casquetes polares llegue la luz solar de forma escasa y por eso hay mucha menos vida. Ni hay que preocuparse del agua a pesar de los agoreros que vaticinan una angustiosa y próxima escasez de recursos hídricos. En la actualidad los humanos requerimos unos 15.000 millones de metros cúbicos de agua dulce al día -el 80% para regar y dar de beber a los animales domesticados- y bastaría el 85% del caudal de un solo río como el Amazonas -18.000 millones de metros cúbicos diarios- para cubrir las necesidades de la población mundial. Y aún contaríamos con los caudales de ríos como el Congo, el Orinoco o el Ganges. Todo ello sin olvidar el agua en forma de hielo de los polos, las aguas subterráneas, los lagos y que el propio aire contiene agua en forma de vapor. Además existen multitud de métodos para potabilizar agua de mar. El problema no es pues su escasez sino su mala distribución.

Hay pues sol y agua de sobra pero no podemos decir lo mismo del CO2; de hecho si disminuyese mucho más su  cantidad  podría hasta desaparecer la vida en la Tierra. Una reducción de la actual cantidad de 400 ppm hasta 200 ppm podría impedir el proceso reproductivo de la mayoría de las plantas; y si bajase por debajo de 150 ppm impediría la fotosíntesis llevando ello a la muerte a casi todos los vegetales.

Y no crea el lector que se trata de especulaciones porque ¡ya ha ocurrido varias veces en los últimos 800.000 años durante las glaciaciones! Los datos obtenidos en los casquetes glaciares de ambos polos demuestran que el contenido de CO2 en la atmósfera llegó a descender hasta 180 ppm cuando grandes masas de hielo cubrieron la mayor parte del norte de Europa y América y se redujo la vegetación. Afortunadamente el nivel de CO2 se recuperó -eso sí, de forma muy lenta- gracias a las emanaciones volcánicas.

¿CÓMO AFECTARÍA UN DESCENSO DEL CO2 A LAS PLANTAS?

La propuesta de disminuir la cantidad de CO2 de la atmósfera es pues un auténtico disparate; entre otras cosas porque cuanto más CO2 hay más vegetales y mejor se desarrollan. Aumenta la masa vegetal así como la producción de frutos y semillas. De hecho sería positivo que el actual nivel de 400 ppm pasara a ser de 1.000  ppm. Hay numerosos trabajos que avalan eso así que veamos algunos de ellos.

Un equipo de investigadores del Departamento de Agricultura de Texas (EEUU) encabezado por H. Mayeux publicó en 2003 un estudio sobre los rendimientos de distintas variedades de semillas de trigo común (Triticum aestivum) y comprobaron que cuando el aire tiene 350 ppm de CO2 la producción es un 55% mayor que si el aire tiene solo 200 ppm. El trabajo apareció en Global Change Biology con el título Data suggest that rising CO2 concentration contributed to the substantial increase in average wheat yields in the U.S. during recent decades (Los datos indican que un aumento de la concentración de CO2 proporcionó un incremento sustancial del rendimiento de las cosechas de trigo en Estados Unidos en las últimas décadas).

Un grupo de investigadores de la Universidad de Florida (EEUU) coordinado por L. H. Allen comprobó por su parte cultivando plantas de soja que la producción de granos se incrementa con un CO2 alto, disminuye mucho si el anhídrido carbónico baja a 220 ppm y es mínima si disminuye a 160 ppm. El trabajo apareció en 1991 en Agronomy Journal.

Resultados similares obtuvieron J. K. Ward y B. R. Strain -de la Duke University (EEUU)- con plantas de Arabidopsis thaliana -lo contaron en 1997 en Plant, Cell and Environment– corroborando experimentos anteriores hechos por un equipo dirigido en la misma universidad por J. K. Dippery con plantas de Abutilon theophrasti cuyo trabajo se publicó en 1995 en Oecología.

Ya en 1995 un grupo del Departamento de Agricultura de Texas (EEUU) dirigido por W. H. Polley cultivó coles (Brassica) y avena (Avena sativa) con solo 200 ppm de CO2 y observó crecimientos ínfimos y una drástica reducción de la masa vegetal con casi ausencia de semillas El estudio se publicó en 1992 en Functional Ecology.

A. Cowling y R. F. Sage -de la Universidad de Toronto (Canadá)- plantaron judías (Phaseolus vulgaris) constatando que cuando se hace con un CO2 de 200 ppm disminuye tanto la biomasa como la producción de frutos hasta un 77%. Lo explicaron en 2002 en Plant, Cell and Environment.

Ochos años después un grupo de investigación de la Universidad de Sheffield (Reino Unido) encabezado por D. J. Beerling estudió la producción neta anual y la biomasa de varios tipos de árboles comprobando que el crecimiento baja a la mitad si en lugar de 400 ppm el nivel es de 200 ppm y que si la atmósfera disminuye más y llega a 100 ppm el incremento de la biomasa es nulo. Lo dieron a conocer en 2012 en Journal of Ecology.

En fin, son tantos los estudios que llegan a la misma conclusión que R. F. Sage -de la Universidad de Toronto (Canadá)- llegó a publicar en 1995 en Global Change Biology un trabajo con este título: Was low atmospheric CO2 during the Pleistocene a limiting factor for the origin of agriculture? (¿Fue una atmósfera pobre en CO2 durante el Pleistoceno un factor limitante que explica el origen de la agricultura?); singular tesis que apoya en la constatación arqueológica de que la agricultura aparece en muy distintos rincones del planeta promovida por culturas inconexas hace 15.000 y 12.000 años, época que coincide precisamente con un período glaciar que hizo disminuir los recursos vegetales y animales disponibles para la supervivencia de las culturas cazadoras-recolectoras siendo lo que las habría obligado a inventar nuevas técnicas de domesticación de animales y plantas.

En cualquier caso el trabajo más significativo sobre el hecho de que fue la reducción de los recursos vegetales disponibles lo que propició el desarrollo de la agricultura quizás sea el que publicaron en 2010 en The New Phytologist los investigadores de la Universidad de Kansas (EEUU) Laci M. Gerhart y J. K.Ward según el cual en las atmosferas glaciales hay normalmente menos de 180 ppm de CO2.

LA DISMINUCIÓN DEL CO2 ES PARTE DE UN CICLO NATURAL 

Algunos no parecen entender que en la naturaleza todo es cíclico; desde las distintas etapas de evolución de las estrellas hasta la vida de todos los seres biológicos. Las investigaciones han constatado que hace 3.500 millones de años -cuando empezaba a aparecer la vida sobre el planeta- el contenido de CO2 en la atmósfera era del 40% y que luego, a medida que la biología se expandía sobre los mares, las primeras bacterias y cianobacterias empezaron a transformar mediante fotosíntesis ese contenido ingente de CO2 en carbono orgánico -carbohidratos y proteínas- enriqueciendo de paso la atmósfera en oxígeno. Y durante casi 3.000 millones de años se produjo la misma alquimia del presente: la transformación de CO2 -gas incoloro e inodoro- en sustancias sólidas constituidas por complejas moléculas de carbono. Cantidad de CO2 que en el periodo Cámbrico -hace unos 540 millones de años- se había reducido al 0,7% (7.000 ppm) llegando en el Jurásico -entre 145 y 200 millones de años atrás- al 0,1% (1.000 ppm). Véanse los recuadros adjuntos.

AQUÍ VAN LOS RECUADROS

En pocas palabras: la “anoxia carbónica” del planeta se ha acentuado en los últimos 50 millones de años obligando a las plantas a adaptarse a la escasez de CO2 en el aire. La prueba es que las plantas conocidas como tipo «C4 » -que se caracterizan porque pueden fabricar la misma cantidad de moléculas orgánicas que las antiguas plantas C3 pero utilizando menos CO2– aparecieron hace solo 10 millones, en el Mioceno. El geofísico de la Universidad de Utah (EEUU) T. E. Cerling fue uno de los primeros en relacionar la aparición de las plantas C4 y la desaparición de muchas tipo C3 con la relativa pobreza de CO2 en el aire. Así lo postuló en 1998 con un trabajo publicado en Philosophical Transactions of the Royal Society London (Biological Sciences) agregando que ello hizo que muchas especies dominantes de herbívoros se vieran afectadas ya que dio lugar a un cambio de vegetación.

  1. R. Ehleringer, geofísico de la misma universidad, afirmaría por su parte en un trabajo aparecido en Oecologia un año antes -en 1997- que las plantas C4 se expandieron más porque sobrevivían mejor en climas fríos.

Hoy las plantas tipo C4 representan el 20% de los vegetales terrestres y en su gran mayoría son herbáceas, las plantas más importantes para la supervivencia del hombre; nos referimos a los cereales, la caña de azúcar, las patatas y casi todas las plantas que ingiere el ser humano actual y que son las que asimismo sustentan a los miles de millones de mamíferos herbívoros. Representan solo el 1% de todas las especies vegetales -incluidas las marinas- pero su cultivo por los humanos hace que constituyan hoy el 18% de la biomasa continental.

LA VERDADERA EMERGENCIA CLIMÁTICA

Las medidas históricas sobre los niveles de CO2 obtenidas perforando los casquetes de ambos polos demuestran que en los últimos 800.000 años ha habido varios períodos en los que su contenido estuvo por debajo de 200 ppm (el mínimo fue de 182 ppm) y durante los mismos la temperatura media mundial fue 8º C inferior a la actual porque grandes masas glaciales ocuparon la mayor parte del continente europeo -casi toda la Europa actual a excepción de la franja mediterránea- haciendo  que la vegetación menguara enormemente.

Todo esto está constatado científicamente así que la verdadera emergencia climática que asola al planeta es el déficit de CO2 y no su exceso. Hace solo 12.000 años su nivel ya rozó los 200 ppm y las temperaturas medias europeas bajaron 5º C. Lo atestiguan los estudios efectuados por un equipo la Universidad de Sheffield (Reino Unido) encabezado por J. C. McElwain  tras comparar los niveles de CO2 de la época -obtenidos en los glaciares de la Antártida- con el número de estomas de hojas fósiles del Dryas Reciente. El trabajo se publicó en 2002 en Journal of Quaternary Science.

¿Y qué detuvo la bajada de CO2? Pues según algunos investigadores el propio hombre al provocar grandes incendios de masas forestales con fines agrícolas y la necesidad de pasar menos frío dada la baja temperatura,

Según un panel de expertos del INSERM francés y la Universidad de Bordeaux (Francia) coordinado por la doctora Béatrice Turcq durante esa glaciación la selva amazónica perdió hasta el 44% de su masa forestal. Explicarían todo esto en 2002 en un trabajo que apareció en Chemosphere aclarando que se basaron en datos palinológicos y en indicadores geomorfológicos paleoambientales.

Hoy sabemos que en la cuenca amazónica hay unos 154.000 kilómetros cuadrados de la llamada «tierra negra» que no es sino el resultado de la quema voluntaria de vegetación durante miles de años por sus antiguos moradores para obtener una capa fértil para sus cultivos agrícolas que, de hecho, fue lo que permitió su subsistencia. Es tan gigantesca su extensión que representa una masa de carbono de casi 800 millones de toneladas. Han dado cuenta de ello Charles C. Mann -en un artículo publicado en 2008 en Science titulado Ancient Earthmovers of the Amazon (Antiguos removedores de tierras del Amazonas)- y la doctora del Barnard College de la Columbia University de Nueva York (EEUU) Lizzie Wade en un artículo aparecido en 2014 en Science News titulado Searching for the Amazon’s Hidden Civilizations (En busca de las civilizaciones desconocidas del Amazonas).

LA AUTÉNTICA RAZÓN DE LA EXISTENCIA DE LOS HUMANOS

La disminución progresiva del contenido de CO2 en la atmósfera a lo largo de miles de años es, en suma, un proceso natural tan irreversible como el envejecimiento o la evolución del sol y de las estrellas. De hecho la Tierra está condenada a transformarse con el tiempo en un páramo desolado y helado donde la vida quede limitada a unas pocas especies de bacterias y hongos extremófilos capaces de medrar en una atmósfera carente de CO2. Lo curioso es que todo apunta a que fue la Revolución Industrial de hace unos 200 años la que ha detenido la destrucción de la biología del planeta gracias a la creciente quema de combustibles fósiles ya que fue eso lo que empezó a reponer el CO2 que el planeta necesita para una vida biológica óptima.

¿Casualidad? Quizás sí, quizás no. Lo cierto es que la naturaleza ha acumulado carbón e hidrocarburos durante miles de millones de años albergándolos en los sedimentos para que luego unos mamíferos inteligentes -nosotros- los hayamos extraído, recuperado y quemado generando así CO2 en la atmósfera. Que haya sido como postulan James Lovelock y Lynn Margullis porque la Tierra es un ser vivo inteligente –Gaia– que utiliza a sus criaturas -entre ellas nosotros- para fomentar las condiciones adecuadas para el mantenimiento de la biosfera es aceptable para unos y una mera fantasía para otros. Por nuestra parte no entramos a valorarlo porque la intención de este texto es básicamente alertar sobre las mentiras que se están diciendo sobre el cambio climático. Y nos jugamos mucho.

Paula M. Mirre

Este reportaje aparece en
235
235
Marzo 2020
Ver número
Última revista
Último número Octubre 2021 de la revista mensual Discovery DSalud
252 | Octubre 2021
Cartas al director Editorial Ver número