Rossend Doménech: «Si no se hace algo pronto la próxima generación será la de los hijos que mueren antes que sus padres»

Rossend Domenech ha escrito una singular obra titulada El trauma de los langostinos tuertos en la que denuncia el actual desprecio por una alimentación sana, algo que incluye a los chefs que en los programas de televisión no tienen en cuenta las propiedades de los alimentos y dan consejos que perjudican claramente la salud. Denuncia asimismo la mala calidad de las materias primas, la escasa utilidad de las etiquetas de los alimentos -a menudo incompletas e ininteligibles-, la cantidad de sustancias tóxicas que se añaden a los productos procesados y el aumento de alergias e intolerancias que provocan… entre otras muchas cosas. Llega a afirmar que si no se hace algo pronto la próxima generación será la de los hijos que mueren antes que sus padres.

 

DOMENECH

Afirma que los alimentos actuales son causa de muchas enfermedades
Rossend Doménech nació en 1945 en La Cellera de Ter (Girona). Gastrónomo y periodista ha sido corresponsal de guerra durante diez años, fue uno de los fundadores de la revista Interviú -de la que surgió el Grupo Zeta- y vive desde hace años en Italia donde trabaja como cronista para El Periódico de Cataluña habiendo recibido entre otros reconocimientos los premios Mare Nostrum Awards (2015), Words of Wine (2014) y el Saint Vincent de periodismo de la Presidencia de la República italiana (2002).

Hablamos pues de alguien que ha viajado mucho pero que nació y se crió entre agricultores por lo que aún hoy ama el campo y el tipo de vida que en torno a él se desarrolla; de ahí su confesada afición al cultivo de tomates, su gusto por la alimentación natural y su preocupación por la falta de cultura alimentaria que padece actualmente la mayoría de la población. Y así lo refleja de hecho en su último libro –El trauma de los langostinos tuertos-, obra que aporta una visión global del complejo mundo de la producción y consumo de alimentos, de los problemas que existen para llegar desde los huertos a la mesa, del abandono de la producción natural y del paso a la agricultura industrial sustentada en la producción masiva y el uso de tóxicos químicos cuyas consecuencias inmediatas han sido la despoblación de campos, aldeas y pueblos, la pérdida de la diversidad biológica y, por supuesto, una alimentación más insana, causa de numerosas enfermedades. Habla en él asimismo de las semillas estériles, de su monopolización, de los pesticidas, de los aditivos alimentarios y de todos los elementos y agentes que están haciendo que la comida actual sea una de las principales responsables de la mayor parte de las enfermedades.

Es más, se trata de un relato aderezado con datos sorprendentes porque, ¿sabía usted por ejemplo que hoy día muchos cadáveres tardan más que antes en descomponerse por la cantidad de antibióticos y conservantes que contienen o que el 75% de las semillas utilizadas en España no son autóctonas sino que proceden del exterior? Pues de todo ello hemos hablado con él.

SIN TRADICIÓN LA TELEVISIÓN NO SIRVE

-Su libro es casi una «enmienda a la totalidad» de lo que se está haciendo en el ámbito de la alimentación; algo a lo que por cierto dice usted contribuyen conocidos chefs que están aconsejando mal a los televidentes en sus programas de televisión. ¿Es así?

-Sí. Es curioso pero cuando hace 10 o 15 años se preguntaba a los niños italianos que querían ser de mayores muchos respondían que periodistas y hoy la mayoría dice que quiere ser chef. Los cocineros se han convertido en personajes populares ya que las televisiones les han dado una visibilidad de la que nunca antes habían gozado. Y sin embargo, a mi juicio, la gran mayoría de esos programas de televisión son «des-educativos» por varias razones. La más importante es que no se plantean nunca la calidad de las materias primas ni el origen -físico y temporal- de los alimentos que utilizan. Para ver cómo iba este año el Masterchef italiano visualicé un par de veces el programa y comprobé por ejemplo que utilizan tomates en los meses de invierno cuando en esa estación no hay tomates. Los que hay en los mercados son tomates crecidos en invernaderos que se conservan con todo tipo de químicos tóxicos. Es solo una muestra pero lo cierto es que en lugar de educar ese tipo de programas «deseduca».

-¿Por qué cree que aspectos como el origen, la temporalidad y la calidad no se tienen hoy en cuenta en las familias al hablar de los alimentos?

-La principal razón es que se ha roto la transmisión de información en el seno del núcleo familiar. Hoy no hay tiempo para buscar y hablar de los alimentos más adecuados en cada momento. Las familias viven condicionadas por la vida laboral y eso afecta a su alimentación diaria. Muchos padres van a trabajar y comen a mediodía donde pueden y los hijos van a la escuela e ingieren lo que les dan. En el mejor de los casos es la cena la que se convierte en el momento de encuentro familiar. Y ambas situaciones son perjudiciales. La primera porque comiendo «donde se puede» es imposible escoger bien lo que se come y la segunda porque transformar la cena en la comida principal del día es una equivocación según explican los nutricionistas ya que antes de acostarse no es conveniente ingerir tantas calorías. El resultado es una alimentación poco sana.

-¿Coincide usted en que comer bien implica menos medicinas y más salud?

-¡Indudablemente! Además si la gente comiera alimentos de calidad el coste de la sanidad pública sería mucho menor. Si tenemos que soportar un coste tan alto es por la avidez de unos pocos y la ignorancia de muchos. Comer alimentos de calidad implica conservar la salud y por tanto atender a muchos menos enfermos, recetar menos medicamentos y distribuir mejor las horas de trabajo de los médicos. Revertiría en una atención de mayor calidad a menor coste.

-¿Y quién debería encargarse de dar a los jóvenes una cultura alimentaria adecuada? Porque muchos padres no tienen ni conocimientos ni tiempo…

-Esa es la gran pregunta. En Japón la asignatura de Alimentación es obligatoria en las escuelas desde 2005 pero que yo sepa es el único país en el que es así. Sé que en España la cooperativa de armadores de pesca de Vigo pidió el año pasado que se introdujera la asignatura en las escuelas gallegas aunque fue pensando sobre todo en difundir las propiedades nutritivas de los pescados y mariscos.

Es cierto que en los países europeos -España incluida- las autoridades se preocupan de que en los comedores escolares se coma sano pero eso no es suficientemente educativo porque no se les habla de lo que comen y de por qué deben hacerlo. Así que en cuanto salen de los centros educativos los niños y adolescentes se van a sus casas sin información ni formación y vuelven a sus malos hábitos alimenticios. ¿Cómo se resuelve eso? Yo creo que implantando una asignatura de Alimentación o Nutrición -da igual el nombre- en todas las escuelas, incluidas las infantiles. Es necesario que los niños tengan desde pequeños un abecé de la comida. Claro que eso exige que los profesores y maestros se formen también antes en esa asignatura.

-En realidad se trata de un problema endémico porque desde hace décadas no se enseña nutrición ni siquiera a los médicos en las facultades de Medicina…

-Es cierto. Afortunadamente la importancia de una adecuada alimentación está ganando cada vez más protagonismo. Antes se daba por descontado que todos los alimentos que se comercializan son buenos y sanos pero ahora la gente empieza a entender el impacto que tiene en ellos la agricultura industrial, el procesado de los alimentos y los aditivos que se agregan: conservantes, antioxidantes, colorantes, aromatizantes, saborizantes, emulsionantes, espesantes y gelificantes. Yo intento hoy comprar los alimentos directamente a los campesinos que comen lo que producen. Mi razonamiento es sencillo: si se los comen es porque sus productos  llevan solamente los pesticidas o plaguicidas tóxicos indispensables. 

LA CALIDAD ES SALUD 

-Algunas de las afirmaciones de su libro son rotundas; dice usted por ejemplo que la mayor parte de lo que come la gente está «envenenada»… legal o ilegalmente.

-Y es así. Un claro uso ilegal es el de los antibióticos; están prohibidos pero se siguen utilizando en muchos casos. Y legalmente se permite el uso de auténticos venenos; son pues tóxicos legales autorizados. Aunque lo peor es que en muchos casos se utilizan cantidades que superan en mucho lo permitido solo para asegurar las “cosechas”.

En suma, cada vez que compramos verduras vamos a encontrar en ellas venenos legales porque a menudo la ley exige que los lleve para permitir su venta en mercados y grandes superficies. Se alega que los tóxicos están en muy pequeña cantidad pero es que si los hay en todos los vegetales se suman los venenos de todos ellos al ingerirlos juntos; por ejemplo en una ensalada. Y a ello se añaden los presentes en los demás alimentos de la comida. La acumulación de venenos en el organismo es pues hoy inevitable salvo que uno decida consumir solo productos ecológicos. De ahí que haya cada vez más personas enfermas que encima no saben que la causa puede estar en lo que ingieren. Esa acumulación es una de las preocupaciones de los científicos actuales.

-¿La situación es a su juicio tan preocupante como para afirmar -así lo hace en su libro- que “muchos de los hijos actuales morirán antes que sus padres?”

-Sin duda. Y es paradójico porque en el mundo hay unos 850 millones de personas que se acuestan cada día sin haber comido o habiéndolo hecho de forma insuficiente y están desnutridos mientras que hay unos 650 millones de obesos… malnutridos. Son datos de la Agencia para la Agricultura y Alimentación de la ONU. Y muchos de esos obesos son niños y adolescentes que a menudo ingieren comestibles industriales más que alimentos. Comestibles industriales altamente procesados sin nutrientes. Esa es la principal causa de tanta obesidad entre las generaciones más jóvenes. Quienes pertenecemos a generaciones anteriores aprendimos de nuestros padres y abuelos una manera más razonable de comer. Y lo que pasa es inadmisible porque la obesidad conlleva problemas cardiovasculares y de diabetes además de otras muchas patologías. Así que o se cambia rápido de rumbo o muchos de los jóvenes de hoy morirán antes que sus padres. Y no es algo que yo me invente.

-Su denuncia sobre el abuso de antibióticos, conservantes y otros aditivos la ilustra usted con un ejemplo poco conocido: que muchos cadáveres se descomponen más lentamente que antes.

-Me lo han confirmado varios médicos forenses. Al parecer es algo que han comenzado a ver en los últimos años. Es más, en muchos cementerios se sacan los restos de los ataúdes a los 25 años del entierro para ponerlos en osarios y me aseguran que ya no es extraño encontrar cadáveres casi incorruptos. Y no por milagros celestiales sino por los conservantes químicos que ingirieron en vida con los alimentos.

-Muy tétrico…

-Tétrico y metafóricamente significativo. El problema es que la comida se ha convertido en un enorme negocio sin altibajos ya que todos tenemos que alimentarnos a diario por lo que la avidez de las industrias alimenticias ha llegado a un nivel que las ha vuelto muy peligrosas.

DE LAS ARMAS A LA ALIMENTACIÓN

-Afirma también usted en su libro que industrias que antes se dedicaban al armamento se han pasado al sector agroalimentario porque es más rentable.

-Los estados no compran tantas armas como hace unas décadas. Entre otras muchas cosas porque lo que conseguían antes 50 tanques lo logra hoy un solo misil. Las fábricas han disminuido pues mucho su producción. Además las armas son más sofisticadas y se necesitan menos para los mismos objetivos.

Hace diez años -y volví a hacerlo hace 5- investigué qué industrias monopolizan en el mundo las semillas y comprobé que varias fabricaban antes armas. Han ido dedicándose a todo lo que rodea el mundo de la agricultura, desde las semillas a los pesticidas, plaguicidas y fungicidas. Se han metido a fondo en toda la química sintética que gira alrededor de los alimentos.

Según datos de la FAO en 1970  había unas 7.000 industrias semilleras de las que ninguna tenía más de un 1% del mercado mundial y hoy tres o cuatro se han quedado con el 75%. Eso significa que solo un 25% de las semillas procede de intercambios entre pequeños agricultores. El resultado es –por ejemplo- que el 75% de las semillas que se cultivan en España proceden ya de otros países por lo que estamos perdiendo nuestra biodiversidad. Y es evidente que quien monopoliza el mercado de las semillas también puede monopolizar pesticidas, fungicidas y fertilizantes.

-¿Cómo se ha llegado a una situación tan aberrante?

-Porque se trata de industrias gigantescas con grandes lobbies que presionan en las principales instituciones de decisión. La excusa a menudo es que los agrotóxicos son imprescindibles para la seguridad alimentaria, para que las frutas y verduras lleguen sanas y enteras al mercado de destino. Solo que se ha llegado al absurdo de exigir que un pepino sea recto y no demasiado curvado.

Finalmente, algunas de las mismas empresas que controlan la química agroalimentaria las encontramos en los hospitales participando en la investigación farmacológica o en la tecnología utilizada para curarnos de las enfermedades que produce la comida. ¿Por qué? Porque también es un negocio por algo que no mucha gente sabe: que hasta en los congresos internacionales de Oncología se admite ya que el 40% de los cánceres se debe a los tóxicos que hay en la alimentación, otro 40% a los que hay en el ambiente y sólo un 20% a herencias genéticas.

La verdad es que es increíble y vergonzoso que cientos de millones de personas padezcan desnutrición en pleno siglo XXI. ¿O es que no se producen en la actualidad suficientes alimentos para alimentarles?

-Se producen más que suficientes pero no les llegan, muchas veces por meros intereses económicos. La propia FAO afirma que el 30% de lo que se produce se tira. Ahora bien, a menudo lo hacemos nosotros, no las empresas. A muchas personas les dan un azucarillo cuando se toman un café o un té en el bar y una buena parte se pone la mitad y el resto lo tira a la papelera. Y no es más que un pequeño ejemplo. Otras muchas veces se compran alimentos por capricho que luego no se comen y en otras caemos en los cebos publicitarios de los supermercados que nos instan a adquirir más alimentos de los que necesitamos; con ofertas del estilo del 2 x 3 y otras. Recuerdo que una vez, cuando estaba cubriendo un conflicto en Argelia, le planteé al ministro de Agricultura el problema que podía suponer producir poca comida teniendo en cuenta los millones de habitantes del país y como respuesta me enseñó un mapa, me mostró el desierto y dijo. “El día que sea necesario se puede convertir en campo”. 

HAY QUE COMPRAR PRODUCTOS DE NUESTRA MISMA ZONA 

-Hábleme de su idea de «kilómetro cero» que sobre alimentación plantea en su libro.

-Llamo «kilómetro cero» a apostar por el consumo de productos de proximidad y, obviamente, de temporada. No es lo mismo comprar una manzana española que una que procede del extranjero. Para llegar aquí ha tenido que recorrer muchos kilómetros, ha producido  mucho CO2 y se recolecta verde, sin madurar, cuando la de aquí puede recolectarse a punto de madurar o ya madura. Nutritivamente no es lo mismo. Ahora bien, que algo sea cercano no implica automáticamente que sea de calidad, eso ya depende de cómo cultiva el agricultor. Lo que sí es cierto es que la idea de practicar en alimentación el «kilómetro cero» es un estímulo para los agricultores pequeños o medianos. De hecho si todos lo hiciéramos se recuperaría nuestra diversidad biológica. Es lamentable y absurdo que nuestros agricultores cultiven semillas híbridas -manera sutil de decir que son estériles- porque ello les obliga a tener que volver a comprarlas cada año. Es uno de los negocios más lamentables de la industria y la causa principal de que las frutas y verduras «de pueblo», que tenían mucho más olor y sabor, hayan casi desaparecido de las ciudades.

-Práctica que además es una de las principales causas de la despoblación del campo español.

-Efectivamente. Se habla mucho de la despoblación de la España interior pero no se dice que empezó cuando se dejó de cultivar en sus campos. La despoblación empieza porque se deja de cultivar una patata o una manzana. Las personas que vivían en esos pueblos vendían a las ciudades sus productos y dejaron de hacerlo cuando empezaron a abastecerse en otros sitios. Y cuando los habitantes de los pueblos dejaron de tener de qué vivir no tuvieron más remedio que irse. Y detrás se fueron los bancos, las farmacias, los médicos, las escuelas y, al final, todos. Fue así como se despobló gran parte de nuestro territorio.

Es más, se perdieron también muchos dialectos que no son solo una manera de hablar sino un compendio de historia, de tradiciones, de cuentos… Con la gente se fue asimismo una manera de mantener el paisaje, de mantener limpios los bosques. Se alega que la mayoría de los numerosos incendios actuales son cataclismos naturales pero ¡qué va! Hay inundaciones e igualmente se dice que son cataclismos naturales pero ¡qué va! Se deben en muy buena medida a la marcha de la gente de los pueblos que eran quienes de verdad mantenían los bosques y los cauces fluviales. Fue pues la marcha de los agricultores cuando se les dejaron de comprar sus productos lo que ha despoblado España.

-Hace poco nos hicimos eco de que en algunos estados norteamericanos habían decidido promocionar entre los niños el consumo de frutas y verduras haciéndoles a los padres descuentos si los adquirían en los mercados locales. Es una fórmula singular de potenciar la agricultura local.

-Y muy buena. En el norte de Italia se instalan en los campos un día a la semana centenares de mercados para que en lugar de tener que ir el agricultor a vender sus productos a la ciudad vayan los ciudadanos a comprárselos a los agricultores. Incluso hay ciudadanos que “adoptan” económicamente  una parte de un campo que luego cultiva el agricultor. Terrenos cuya situación pueden controlar a través del móvil para conocer su estado. Cuando los productos maduros están listos se acercan y recogen la parte que les corresponde de la cosecha. Todo lo que sea acercar el mundo rural a la ciudadanía me parece positivo y educativo.

-¿Y qué opina de las empresas que comercializan por internet sus productos?

-Tengo mis reservas. No permite saber de verdad ni la calidad de la materia prima, ni de dónde viene, ni como ha sido tratada. Me sucede como con los productos de marca blanca. Y ello nos lleva al problema del etiquetado. Europa es el continente donde más seguro se come, donde más normas rígidas hay sobre seguridad alimentaria. Sin embargo en España el consumidor actual -al contrario de lo que sucede en Francia, Italia o Alemania- no siempre puede saber de dónde procede una merluza. O bien puede saber por ejemplo que procede de FAO 37 pero un ciudadano corriente no sabe lo que significan tales siglas y números. Antes había que poner al menos de dónde venía: del Mediterráneo, del Atlántico Norte, del Adriático… pero ahora eso se ha sustituido por siglas ya que la propia FAO ha numerado cada uno de los mares. Y eso nos impide saber si la panga que compramos llega por ejemplo de Vietnam y está llena de dioxinas porque nadie se conoce de memoria todas las nomenclaturas. Hay que modificar pues de inmediato la normativa sobre el etiquetado de los alimentos. Las etiquetas han de ser transparentes, reflejar de forma fácil los ingredientes e indicar además el origen y el camino seguido desde el productor hasta la venta al por menor. Lo que se llama trazabilidad. Un producto que no informa de eso no da información transparente. Eso es lo que permite, por ejemplo, que vinos y aceites de oliva españoles se vendan como “comunitarios”, es decir, sin nombre y apellidos; o que en España se fabriquen muchos quesos con pasta procedente de Holanda y Francia que se comercializan después como quesitos españoles solo porque se les ha añadido aquí suero local.

-De hecho dice usted textualmente en su libro que “Italia necesita que España produzca cantidad de aceite para que Italia pueda vender calidad”.

-La frase me la dijo Oscar Farinetti, creador de los Eataly, una especie de supermercados con productos mayoritariamente del lugar; por cierto, está por abrir uno en Madrid. En el caso del aceite la  normativa europea dice que en las etiquetas debe figurar el origen de las aceitunas  pero para proteger la picardía al final se ha aceptado que se ponga “aceite comunitario”.

Mire, en 2011 los italianos compraron 18 millones de toneladas de aceite a granel en España y en los años siguientes cantidades menores pero siempre millones de toneladas. ¿Para qué? Para envasarlo y venderlo en su mercado nacional mientras exportan el suyo a Tokio o Nueva York. Han hecho una operación comercial genial: su aceite de oliva virgen extra lo dedican a la exportación para venderlo como aceite de calidad a 30 y 40 dólares en Japón y Nueva York mientras que en su mercado interior han sustituido su aceite virgen extra italiano por el virgen extra de origen comunitario, en buena parte español. Y es que así se permiten muchas operaciones que el público no conoce de forma directa. España tiene por ejemplo permiso legal de la Unión Europea para importar 25.000 toneladas de aceite de Marruecos e Italia para importar otras 25.000 de Túnez. Forma parte de la política de vecindad de la Unión Europea. Una vez intenté saber si realmente eran 25.000 o 350.000 pero no lo conseguí porque los albaranes eran equívocos y las autoridades no están dispuestas a reconocer cuánto aceite se importa realmente a fin de que el mismo pueda terminar en botellas que pongan «aceite de origen español», “aceite de origen italiano” o, simplemente, “aceite comunitario”.

Estuve recientemente en Córdoba, por cierto, donde hay un aceite magnífico y es curioso pero no se comercializa en Europa. De hecho no hay manera de saber a dónde va a parar el aceite de oliva extra de Córdoba. Como mucho encuentras en las tiendas  «delicatesen» con nombres y apellidos pero en las grandes superficies no. En fin, es llamativo que siendo España el primer productor mundial de aceite de oliva de calidad eso se desconozca en general en el extranjero y el mercado español esté controlado por Italia.

DE LO ECOLÓGICO A LO TRANSGÉNICO 

¿Todo lo que se comercializa como ecológico lo es realmente?

-Las estadísticas nacionales y europeas indican que un 10% de lo que se comercializa como ecológico en Italia y España no lo es; así lo indican las inspecciones que, por otra parte, no son precisamente rígidas. Si fueran más serias es probable que en lugar de un 10% hablásemos del 20%.

La otra gran cuestión es qué entendemos por ecológico. Es inaudito pero si alguien siembra semillas híbridas estériles y las planta y cultiva de forma ecológica puede luego vender sus productos como ecológicos. La Unión Europea dice ahora que hay que acabar con eso y no permitirlo. Veremos si es así pero nuestros representantes ya han alegado para evitarlo que en nuestro país tenemos muy pocas semillas autóctonas. ¿Por qué las dejaron perder? ¿Por qué no cultivaron de forma  ecológica con las que quedaban?

En España hay un organismo enormemente positivo que no existe en ningún otro lugar del mundo, el Instituto Nacional de Agricultura, que durante el régimen franquista previó lo que podía pasar por lo que decidió recoger en un banco todas las semillas que había en España. En su día el Ministerio de Agricultura pidió al de Interior que encargase ese trabajo a la Guardia Civil y ésta recogió muestras de todas las semillas yendo pueblo por pueblo. Así que a su sede de Madrid se llevaron todas las semillas que había hace 70 años. Y eso implica que están igualmente las que había hace cientos de años porque entonces no existían semillas estériles. Son las mismas que cultivaban nuestros tatarabuelos. Luego, cuando se crearon las autonomías, el Gobierno central ofreció a las que así lo quisieran que se llevaran las de su zona y las gestionaran.

Yo mismo me dirigí personalmente al banco de semillas de Cataluña, pregunté por las de mi pueblo de entonces y cogí las de un pepino que probablemente sean de hace 200 o 300 años. Las planté y crecieron los pepinos; no eran buenos pero no cogían ninguna enfermedad.

Como posible solución hay empresas semipúblicas que se ocupan de mezclar por ejemplo semillas de pepino insípido con las de un pepino moderno para obtener otro de sabor y textura actuales. La ventaja es que no enferman. En fin, es lamentable que la riqueza del Instituto Nacional de Agricultura esté mal aprovechada.

-Quizás el pepino no le salió tan exquisito como esperaba por la sobreexplotación que se ha hecho de la tierra…

-No sólo por esa razón. Han transcurrido muchos años desde aquel pepino actualmente insípido, el ambiente ha cambiado y hemos explotado tanto la tierra que le faltan nutrientes; de hecho a menudo hay que aportarlos al terreno.

-¿Cree usted que las tierras de cultivo abandonadas son recuperables?

-Por supuesto. España tiene gran cantidad de tierras sin explotar que al no haber sido cultivadas llevan años regenerándose y son pues muy aptas para obtener productos agrícolas de calidad. Lo que pasa es que los intermediarios han apostado por la cantidad para tener mayor margen de ganancia pero esa será una guerra perdida. De hecho dentro de muy poco China va invadir Europa ¡hasta con lechugas! Y las pongo como ejemplo porque será lo último en llegar ya que se echan a perder enseguida.

Italia, el país de las pasta, ha llegado a comprar dieciocho millones de toneladas de salsa de tomate a China en un solo año. Y ello se permite a pesar de que la propia Agencia para la Seguridad Alimentaria de la Unión Europea -cuya sede está por cierto en Parma- reconoce que los alimentos no europeos con más restos de pesticidas son los que vienen de China, Turquía y la India. ¿Y cómo es posible? Pues porque los lobbys de las grandes industrias han logrado que se aprueben normativas que permiten muchas ambigüedades. Un ejemplo: la ley permite poner en la etiqueta de una salsa de tomate o un zumo de fruta importados a granel por nuestro país Hecho en España si se envasa aquí cuando es mentira ya que el producto del interior no lo es. Y como se permite hacer, se hace.

-Permítame que aclaremos algo: cuando antes habló de mezclar o hibridar productos no se refería obviamente a obtenerlos mediante ingeniería genética…

-Sí y no; depende de lo que se entienda en este caso por genética. La hibridación natural de vegetales se ha hecho toda la vida. La hicieron mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo… Hibridaban por ejemplo melones que no enfermaban pero eran insípidos con otros muy buenos pero que enfermaban. Hacían un trabajo similar al de las abejas. Lo han hecho todos los agricultores del mundo desde hace miles de años y eso no tiene nada que ver con lo transgénico. Ahora bien, la naturaleza no mezcla especies sino variedades. Una variedad de tomate con otra variedad de tomate. No puede hacerse hibridación por ejemplo entre un tomate y una manzana.

Las mezclas genéticas de especies son algo muy distinto. Un ejemplo: el maíz transgénico que hay en España lleva ¡un gen de escorpión! Y la razón es que es el único animal que desarrolló anticuerpos para la enfermedad típica del maíz. Tras dos o tres lustros de investigación consiguieron introducir ese gen animal en el genoma vegetal del maíz. Obviamente se patentó por lo que si un agricultor quiere plantarlo debe firmar un contrato que le obliga a vender su cosecha a quien le vendió esas semillas y al precio que se le imponga. Contrato en el que además se estipula que si ese maíz contamina el campo de al lado el responsable ¡es el agricultor y no la empresa!

Hasta ahora ha habido muy pocos casos de estos llevados a los tribunales porque son muy costosos, duran años y ningún agricultor pequeño o mediano puede permitírselo pero hubo uno en Estados Unidos que perdió la multinacional y se hizo justicia ya que fue condenada a pagar millones de dólares por la contaminación.

-¿Es verdad que se cultivan muchos transgénicos en España?

-España es, lamentablemente, el país donde más se cultivan: entre 100.000 y 200.000 hectáreas aunque nadie lo sabe exactamente porque los datos del ministerio no coinciden ni con los de Europa ni con los de las asociaciones ecologistas. El segundo país en la Unión Europea es Portugal con 1.700 hectáreas y el tercero Chequia con 600. Alemania tenía solo 100 y las terminó prohibiendo. En cuanto a Francia, que autorizó tres transgénicos, dos ya los ha prohibido y el otro está en estudio. En Italia están prohibidos.

-Pues teniendo en cuenta que en la Unión Europea no hay aduanas…

-Exacto. En 2015, como los países miembros no se ponían de acuerdo, se propuso una solución que parecía justa, ecuánime: que cada país hiciera lo que quisiera. Olvidándose efectivamente de que como en Europa no hay fronteras para las mercancías… Así que los transgénicos españoles pueden estar invadiendo Europa.

-Los transgénicos se presentaron como la solución al hambre en el mundo.

-Se dijo eso alegando que con el maíz transgénico se logra un 40% más de harina -asunto innegable- y por tanto su aprobación contribuiría a eso. Lo que no se dijo es que tiene un coste más alto; necesita por ejemplo mucha más agua.

Valoremos lo que pasó en varios países de África. Como no había suficiente agua para los cultivos se decidió desviar caudales de agua y verdaderos ríos. ¿El resultado? Hay guerras en aquel continente que surgieron por esa causa. Y lo mismo sucedió con la soja.

Además esos transgénicos se dedican básicamente a producir biomasa para carburantes -no para comer- cuando en el mundo hay gas y petróleo de sobra y no es necesario. Se alega que permite hacer combustibles más «ecológicos» pero, ¿y el desierto que queda en lugar de la selva al usarse tanta agua?

Por otra parte,  los hambrientos del Sáhel no tienen dinero para pagarse los transgénicos y de hecho los que se cultivan no son propiedad de quienes allí viven sino de industrias que están en Occidente. Suelen cultivarse en África porque es más barato y hay menos polémica sobre ellos que en Europa.

-¿Los transgénicos que se cultivan en Europa no están autorizados para su consumo?

-No. En Europa los cultivos transgénicos están prohibidos para consumo humano pero no es así en Estados Unidos. De hecho fue una de las principales razones -no la única- por las que el conocido Tratado de Libre Comercio e Inversiones (TTIP) entre la Unión Europea y Estados Unidos no llegó a firmarse bajo la presidencia de Barak Obama. El problema era que los transgénicos permitidos en Estados Unidos que se utilizan en el procesamiento de diversos alimentos habrían llegado a  Europa sin necesidad de un permiso especial gracias al intercambio de libre comercio previsto en el tratado. En la Unión Europea existe una norma que dice que si un alimento contiene menos de un 1% de transgénicos no tiene por qué aparecer esa información en la etiqueta. La razón real es que los laboratorios no consiguen detectar menos de esa cantidad procedente de una sustancia transgénica en un producto procesado. Más cantidad está prohibida.

-Una última pregunta: afirma usted con rotundidad que permitir patentes sobre vegetales y frutas es «un crimen contra la historia y contra la humanidad».

-Así es. Y lo explico con un ejemplo: hay un tipo de coliflor de color verde oscuro que se vende en los mercados de toda Europa -España incluida- y tiene una sustancia claramente anticancerígena: el sulforafano. Pues bien, una empresa averiguó el mecanismo por el que la coliflor produce esa sustancia natural y lo potenció de tal manera que su coliflor es claramente anticancerígena y la Unión Europea se la ha permitido patentar. Un despropósito porque si mañana un agricultor consigue cultivar coliflores con la misma  cantidad de sustancia anticancerígena porque las condiciones geológicas naturales así se lo permiten puede encontrarse con una denuncia por «violar» la patente. Es una aberración.

Todos los acuerdos internacionales aceptan que la vida humana no puede patentarse; no se puede patentar pues un órgano. En cambio se permite patentar vegetales y eso genera un grave problema porque si la naturaleza produce una sustancia dentro de una coliflor -de la que puede haber más o menos cantidad en cada una de ellas- ¿cómo puede concederse una patente de exclusividad  a una industria para que comercialice solo ella una sustancia natural que pertenece a toda la humanidad? Esa coliflor tiene tales propiedades gracias a los 10.000 años de trabajos agrícolas del ser humano, al esfuerzo de muchas generaciones. Es una de las grandes luchas que debe afrontar cuanto antes nuestra sociedad.

Hasta aquí la entrevista; en cuanto a por qué el libro de Rossend Domenech -de la editorial Avant– se titula El trauma de los langostinos tuertos… deberá encontrar la respuesta leyéndolo.

 

Antonio F. Muro

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