Dr. Antoni Sitges Serra: «Si puede, no vaya al médico»

“Si puede, no vaya al médico” es la recomendación que hace el doctor Antoni Sitges Serra después de 40 años de ejercer la Medicina. Y no la hace un médico cualquiera sino alguien que ha sido jefe de cirugía en el Hospital del Mar de Barcelona y es Catedrático de Cirugía en la Universidad Autónoma de la misma ciudad que con mano firme ha diseccionado el estado del sistema sanitario denunciando en primer lugar la tecnolatría -que lleva a invertir millones de euros en aparatos de diagnóstico y tratamiento no rentables-, la hipocondría de una sociedad que teme y afronta con angustia la enfermedad, el sobrediagnóstico que provocan los cribados preventivos y la larga mano de la industria y sus accionistas. Y es que a su juicio la Medicina es hoy ante todo un gigantesco negocio.

MEDICO

Antoni Sitges Sierra se formó como cirujano general entre 1975 y 1984 en el Hospital de Bellvitge (Barcelona) y tras tres breves estancias en el extranjero pasó a trabajar en el Hospital del Mar de Barcelona donde estuvo -desde 1985- más de 30 años hasta su jubilación. Allí ejerció como Jefe de Cirugía General liderando una de las más reputadas unidades de Cirugía Endocrina, así como la sociedad europea de esta especialidad quirúrgica lo que le convirtió en referencia médica a nivel internacional.

Autor de más de 200 artículos indexados y 90 capítulos de libros de Medicina su mundo va en cualquier caso mucho más allá de la práctica médica pues ya en 1997 recibió el premio de poesía catalana Martí i Pol por su obra Amor roig. Es además autor de El perímetro del congreso, libro en el que de forma crítica y mordaz relata una serie de anécdotas sobre el mundo de los congresos médicos, eventos que dan lugar a todo tipo de encuentros. Toca la guitarra, le encanta la naturaleza, le apasiona la política y es vicepresidente de Federalistes d’Esquerres, asociación civil que promueve valores y políticas federales. Cabe agregar que hasta 2017 colaboró con El Periódico de Cataluña escribiendo artículos sobre medicina, federalismo y distintos problemas sociales y definió su forma de pensar durante unas jornadas promovidas por Sociedad Civil Catalana: “He luchado a brazo partido contra mis superiores para defender la autonomía y los valores profesionales en el seno de un sistema burocratizado y cuasi soviético. Soy europeo, español y catalán a partes iguales por motivos de pensamiento, amistades, geografía, arte, literatura y familia”. Y negro sobre blanco ha dejado también su opinión sobre el sistema sanitario de nuestro país: “En términos profesionales la sanidad pública ha dado oportunidades de progreso, pero está politizada, paga mal, no es eficiente y no es sensible a los liderazgos naturales que son los que impulsan la calidad y, por tanto, el ahorro. Está además corrompida por la partitocracia, la codicia de la industria, el mobbing y la mediocridad y cobardía de sus profesionales lo cual explica la imparable fuga de cerebros a la sanidad privada”.

Para él el «progreso» lo representa una medicina austera, coste/efectiva, sostenible, basada en el buen juicio clínico, crítica con las «evidencias científicas» publicadas y cauta frente a los avances tecnológicos que encarecen la medicina y a menudo están ligados a personalismos cuando no directamente a los intereses de la industria. Y, por supuesto, su idea del progreso pasa por la prevención, por combatir estilos y hábitos de vida poco saludables.

Pues bien, de todo ello -y de mucho más- habla en su último libro cuyo título no puede ser más provocador –Si puede, no vaya al médico-, obra que es ante todo una llamada de alerta a la población en general y a sus colegas en particular para que reflexionen sobre la actual medicalización de una sociedad hipocondriaca que asiste inerme e irresponsablemente a la sobreprescripción de medicamentos, al sobrediagnóstico, a la cirugía innecesaria y a la psiquiatrización de los estados de ánimo y vive instalada en una tecnoutopía según la cual todos nuestros problemas serán solucionados por la tecnología.

Terminamos esta breve introducción diciendo que el título del libro lo ha elegido porque es el mismo que tuvo su colaboración nº 100 en El Periódico -el 11 de septiembre de 2016-, columna que precisamente terminaba así: “Si usted se encuentra bien, cuídese y no vaya al médico. Tiene una ínfima posibilidad de padecer una enfermedad grave y en cambio corre el riesgo de entrar en una espiral de violencia de análisis, radiografías y cirugías innecesarias. Se lo dice un médico”. Años después sigue pensando lo mismo.

TECNOUTOPÍA

Para el doctor Sitges Serra la Medicina no es ni una ciencia pura ni una rama de la Biología; cuenta con una base científica, pero es sobre todo una práctica clínica desarrollada en un entorno social determinado donde la formación cuenta, la industria cuenta y las instituciones cuentan. Y sin embargo entiende que la Medicina debería ser mucho más que una síntesis de ciencia y tecnología y no estar sometida a las leyes del mercado, declaración poco habitual que nos llevó a comenzar nuestra conversación sobre ese punto.

-Afirma usted en la introducción de su libro que la medicina es hoy «un negocio depredador perfectamente asimilado al entorno neoliberal desregulado propio de nuestra sociedad tecnológica”. Y una de sus principales críticas -sino la principal- es que el sistema sanitario ha caído en lo que denomina «tecnoutopismo». ¿A qué se refiere con ese término y con el de «tecnolatría»?

-El tecnoutopismo o tecnolatría es la concepción según la cual la tecnología va a solucionar todos los problemas; incluso los que va creando la propia tecnología. En un momento indeterminado de la década de los noventa la ciencia y la tecnología crearon de la mano de la industria una agenda con una lógica propia mercantilista e independiente de las necesidades reales de los ciudadanos que fomentó la tecnoadicción. Nos movemos a golpe de innovaciones tecnológicas sin plantearnos si son necesarias o no y eso ha terminado por provocar que los ciudadanos crean que los problemas que hay planteados -incluso aquellos que tienen que ver con su salud- van a ser solucionados con más sofisticación tecnológica.

¿Y en el ámbito de la Medicina cuál está siendo el resultado de la tecnolatría?

-No podemos negar que hemos incorporado dispositivos magníficos que nos han ayudado a tratar las patologías que décadas atrás tenían difícil solución. El problema es que estamos llegando a un punto en el que el coste/beneficio de la inversión en tecnología no va a ser tan positivo como lo fue en el pasado. Estamos invirtiendo en una sofisticación tecnológica enormemente costosa que únicamente sirve para conseguir avances mínimos. En cirugía, por ejemplo, supone una prolongación de las intervenciones y no por ello resultan más seguras. Al final tanta tecnología agota los recursos de los que disponemos en detrimento de otras necesidades. Por tanto, hay que adquirir la tecnología que responda al coste/beneficio.

¿En qué medida ha condicionado la presión de la industria -a todos los niveles- la actual deriva tecnocientífica?

-Durante la segunda mitad del siglo XX se produjo una gran explosión de la Medicina, se lograron avances técnicos y farmacológicos extraordinarios. Pero con los años el progreso que propició los avances del siglo XX ha entrado en un proceso decreciente y hemos pasado a consumir mucho dinero y mucho esfuerzo para un progreso menor en cantidad y calidad de vida. Hemos casi duplicado la esperanza de vida en un siglo y ahora la industria sanitaria se encuentra con la paradoja de querer seguir creciendo a cualquier precio a pesar de que la salud de la población no puede seguir mejorando al mismo ritmo. Por otra parte, la Medicina se está convirtiendo en un foco de inversión con muy buenos rendimientos. La Sanidad crece entre un 5% y un 6% en todos los países y no hay muchos sectores industriales que crezcan de esa manera por lo que el capital invierte mucho; no solo en farmacéuticas sino en biotecnológicas, en aparatos tecnoquirúrgicos, en todo tipo de dispositivos sanitarios. Hay mucho atractivo para invertir en un área que es rentable y creciente. Creo que estamos en una gran burbuja biotecnológica marcada por un crecimiento desmesurado que tiene que llegar a su fin, entre otras razones porque el gasto sanitario está al límite.

-O no porque el capital tiene la ventaja de que juega con el elemento más sensible para la población: la vida y la salud. La industria tiene en su mano el negocio de la esperanza de la inmortalidad, de la salud permanente.

-Es un tema delicado porque la muerte dentro de esta tecnoutopía actual queda siempre oculta y el transhumanismo vende que la tecnología puede llevarnos a un momento en el que la muerte sea superada. Como muestra están los proyectos biónicos o la criogenización. Google está invirtiendo enormes sumas de dinero en nanorrobots que según dicen navegarán por nuestro cuerpo reparándolo continuamente camino a la inmortalidad. Y claro, subliminalmente el ciudadano es sensible a este discurso porque quiere vivir más en un momento en que, paradójicamente, la esperanza de vida es la más alta de la historia.

MÁS NUEVO NO SIEMPRE SIGNIFICA MEJOR SINO MAYOR GASTO 

-¿En qué medida la adquisición de tecnología robótica ha compensado el coste de su incorporación a la cirugía?

-Puede haber compensado en alguna especialidad. Soy muy escéptico al respecto, pero estoy dispuesto a considerarlo. En ese caso habría que centralizar esa cirugía en un solo aparato por cada millón o dos millones de habitantes. No se trata de utilizar las adquisiciones como herramienta de marketing político y que un hospital de doscientas camas, como ocurrió en la época de Esperanza Aguirre, adquiera un robot Da Vinci, una máquina que debe estar en torno al millón y medio de euros con mantenimientos que rozan los 150.000 euros al año. Eso es demencial. A mí me sorprende que instituciones públicas se embarquen en esas adquisiciones, básicamente por razones publicitarias. También pasa aquí en Cataluña. Hacemos lo que hacen los demás cuando es absurdo. Puedo entender que la medicina privada tiente al cliente con esas máquinas porque se mueve mucho dinero en sanidad y de ahí que haya clínicas que hagan grandes inversiones a fin de atraer clientes con el cebo de una mejor tecnología para operarse. Tiene su lógica, la lógica del beneficio, pero en la medicina pública no debería ocurrir; debería haber mucha más sensatez.

-Usted es cirujano con amplia experiencia: ¿de verdad aporta la cirugía robótica tanto respecto a lo que se consigue sin ella?

-Creo que no. En absoluto. Si algo ha cambiado es que operaciones que antes duraban dos o tres horas ahora se hacen en siete u ocho y con un coste y duración muy superiores. Y afectan sobre todo a uno de los asuntos que también toco en el libro y es muy sensible para los cirujanos: las famosas curvas de aprendizaje. Si uno introduce constantemente nuevas tecnologías no da tiempo a que los cirujanos lleguen a dominarlas de forma solvente, razón por la cual se inventó la expresión «curva de aprendizaje» que es un eufemismo para indicar cuánto daño tengo que hacer antes de dominar esa técnica. Eso es nefasto. Entiendo que ello fuera necesario en el campo del trasplante hepático cuando si no trasplantas el paciente muere; de hecho, muchos de los primeros trasplantes acabaron con la muerte de los pacientes antes de llegar a dominar la técnica. Pero al final el trasplante hepático se ha convertido en un procedimiento consolidado. Ahí la llamada curva de aprendizaje fue inevitable, pero que me digan que para quitar medio páncreas o el recto tengo que utilizar la cirugía robótica es absurdo porque ya tenemos 30-40 años de experiencia en esa intervención. Por tanto, ¿por qué «curvas de aprendizaje» para técnicas quirúrgicas que tenemos solventadas de otra manera? ¿Cuál es el coste/beneficio? ¿Por qué arriesgar la vida de los pacientes? ¿Usted pondría a su padre o a su madre en manos de un cirujano que está haciendo su segunda operación -en la «curva de aprendizaje»- con un robot Da Vinci?

-El problema es que ni siquiera lo sabría…

-Probablemente. Y para mí eso es muy grave. Es necesario llevar un registro de esas operaciones. Se tiene que conocer qué resultados se obtienen con cada uno de los robots utilizados. La prensa y los medios de comunicación se preocupan mucho de anunciar una innovación tecnológica pero luego son incapaces de seguir su rendimiento. Al cabo de un año o dos hay que preguntarse cuántos enfermos se han operado y con qué resultado, pero los medios de comunicación están más por la noticia puntual que por un seguimiento serio de estos temas. 

EL SOBREDIAGNÓSTICO 

-¿No tiene la sensación de que en la carrera por lo más nuevo hemos caído en un sobrediagnóstico de la población?

-El sobrediagnóstico tiene dos grandes pilares. Uno, la «medicina biométrica» que a través de números define la enfermedad. Si su nivel de colesterol en sangre está por encima de 200 usted tiene hipercolesterolemia; y si tiene «x» de densidad ósea osteoporosis. Esta concepción biométrica de la Medicina es nefasta. Ayuda, pero de ningún modo debe aplicarse de forma tajante. Ni en forma de protocolos que lleven al consumo de fármacos porque es preciso tener en cuenta muchos otros factores en cada paciente. Por ejemplo, una persona de 60 años con colesterol de 260 que no es hipertensa ni diabética y no fuma debe estar tranquila y olvidarse de ingerir pastillas. Y lo mismo digo de la osteoporosis: si usted lleva una vida sana, no ha fumado y sus padres no tuvieron fracturas aunque tenga algo menos de densidad ósea quédese tranquilo.

El segundo pilar es el aumento de la precisión y definición de las pruebas de imagen diagnósticas con la mejora de la tecnología. Los hallazgos casuales que se hacen en ecografías, TACs y resonancias pueden llevar a una espiral de diagnósticos y tratamientos innecesarios. H. G. Welch, uno de los autores más renombrados en el campo del sobrediagnóstico, ya advertía a finales de la década de los noventa que la generalización de las pruebas de imagen pondría en riesgo de enfermar a muchas personas. La medicina biométrica y la mejora de la imagen diagnóstica están generando numerosos enfermos ficticios.

-Problema que se agrava cuando sin justificación razonable los marcadores biométricos deciden subirse o bajarse porque esa simple decisión puede hacer que decenas de millones de personas consideradas sanas hasta ese momento pasen a ser consideradas en situación de riesgo y se les proponga ingerir fármacos iatrogénicos…

-Cierto. En su día escribí un artículo que tuvo mucha repercusión en la bibliografía inglesa titulado Las guías clínicas en aprietos y en él señalaba que uno de los principales problemas que tienen los protocolos y las guías clínicas que los impulsan es su autoría: quiénes las redactan, a qué escuelas pertenecen y qué conflictos de intereses tienen. Cuando uno mira de cerca las guías clínicas se da cuenta de que hoy por hoy -al menos hasta hace poco- la gran mayoría de las guías han sido promovidas por la industria y raramente los investigadores que las avalan son realmente independientes por lo que muchas de ellas -que en algunos centros se toman como «la verdad revelada»- están sesgadas. En muchos casos las guías clínicas se han convertido en promotoras de enfermedades.

-¿No está provocando la «detección precoz» un gran número de falsos positivos, especialmente en patologías como el cáncer?

-El llamado cribado poblacional, que en sus inicios era bienintencionado, ha demostrado con los años que su coste/beneficio es nulo o muy bajo. El problema es que llevamos casi treinta años oyendo hablar de sus beneficios y tanto los equipos médicos que se dedican a ello como los políticos que ofrecen esos cribados, la industria que los sostiene y la hipocondría social -el miedo a la enfermedad- que padecemos son responsables de que se mantenga ese clima favorable. Lo cierto es que el cribado tiene muy poca base científica; cada vez menos. La propia revista Nature –muy respetada entre los científicos- ya ha reconocido que es un mito pero que no va a caer porque hay demasiados intereses en juego y, sobre todo, porque la población es muy susceptible a ese discurso. Sin embargo, basta mirar los datos para comprobar que en el mejor de los casos los cribados pueden reducir un poquito la mortalidad específica de un cáncer -ya sea de mama, colon, próstata o cualquier otro- pero la supervivencia a largo plazo es la misma, cribes o no cribes. Es decir, las evidencias son muy débiles y debería abrirse también una reflexión sobre la utilidad de los cribados en la sanidad pública, aunque pueda causar cierta alarma social.

-Llega usted a decir en su libro: “Es mejor para las mujeres que no se hagan mamografías”.

-Claro. Porque los falsos positivos pueden provocar cirugías, tratamientos innecesarios, efectos secundarios y mucha angustia, carga enorme que no se mide. Los profesionales que hacen los cribados solo tienen un objetivo: ver si bajan la mortalidad. Pero cuando se hace un cribado poblacional se pueden estar haciendo muchas actuaciones inútiles además de someter a muchas personas a una carga psicológica muy dura. Por otra parte, los falsos positivos que requieren segundas pruebas representan un peligro psicológico, crean ansiedad y además cuestan mucho dinero.

En definitiva, ¿alguien ha estudiado realmente cuántos cribados se necesitan y a qué coste para evitar una muerte? Este tipo de discurso no entra en el cribado. El del cribado te dice: si yo estudio a 2.500 mujeres durante 10 años veo que en el grupo del cribado se muere una de cáncer de mama y en el otro se mueren dos… pero la realidad es que al final, a los diez años, se han muerto quince mujeres de cada grupo se hayan hecho o no cribado. Es decir, que esa muerte se ha compensado con una muerte por otra razón. Y en colon pasa lo mismo. Y en próstata igual. A las mujeres se les dice sin embargo que el cribado reduce a la mitad la posibilidad de morir de cáncer de mama ¡y eso una barbaridad! Los números reales se ignoran. En fin, los políticos deberían ser los primeros en estudiar el coste/beneficio real de tales pruebas.

-¿No puede estar provocada la existencia de falsos positivos -al menos en parte- por el hecho de que quienes manejan los dispositivos apenas cuentan con experiencia para dominar el diagnóstico, obsesionados como estamos por la continua incorporación de tecnología?

Puede ser. Interpretar una mamografía no es nada fácil; se necesita experiencia y dedicación, algo que el público ignora. Se dice que hay que hacer más colonoscopias, pero no nos dicen que una, dos o tres colonoscopias de cada 900 o 1.000 acaban en perforación y en una peritonitis que a menudo hay que operar. Tampoco esto sale en los estudios de cribado. A ningún ciudadano se le dice que la colonoscopia tiene riesgos, que no es necesario hacérsela sin justificación. Por otra parte, la consecuencia es que con tanto cribado quien la necesita de verdad tiene que esperar varios meses. En Cataluña los datos más recientes apuntaban a casi 90 días de demora para una colonoscopia porque, claro, el colonoscopista debe de estar atascado con los falsos positivos que puede dar la sangre en heces a raíz de hemorroides o de pequeñas lesiones anales. En este caso el propio cribado va en contra de los enfermos que realmente lo necesitan porque sí son sintomáticos.

¿No se está cayendo en algunas patologías -como el cáncer- en un auténtico encarnizamiento terapéutico? Porque parece muy discutible que para alargar la vida de alguien unos días o unas semanas se le someta a tratamientos de graves efectos secundarios que encima son costosísimos.

-Hay dos grandes grupos de evidencias científicas respecto al cáncer. El primero indica que al menos la tercera parte de los enfermos muere con quimioterapia en vena. El trabajo se ha publicado en Estados Unidos pero es probable que en España la cifra sea similar. Se lleva la quimioterapia paliativa a los últimos extremos. El segundo grupo de evidencias muestra que muchos fármacos antineoplásicos comercializados en la última década tienen un ratio coste/beneficio nulo. Cito en el libro un trabajo muy bien hecho que analiza los antineoplásicos aprobados en Estados Unidos entre 2002 y 2014 -algunos de forma acelerada- que cuestan hasta 100.000 dólares anuales y la prolongación media de la vida con ellos no llega a los dos meses. Es verdad que en estas situaciones el financiador es muy vulnerable. Los políticos no quieren dejar de comprar un medicamento si le dicen que alarga la vida, pero el ciudadano debe saber que los fármacos anticancerígenos, por caros y novedosos que sean, no necesariamente aportan beneficio alguno o éste es muy escaso. Y que además no son inocuos. Ahí también hay que poner pues límites. De hecho, en algunas mutuas ya se ha hecho y los oncólogos no pueden recetar lo que quieren y deben pasar por un filtro.

-Es usted respecto a este asunto contundente; de hecho, dice textualmente en su libro que la Oncología es «la especialidad más corrupta que existe”.

-En las especialidades que manejan los límites de la vida el gasto y el beneficio se deberían mirar con lupa: Neonatología, Medicina Intensiva, Oncología… Son especialidades en las que a veces el encarnizamiento terapéutico es máximo y ello propicia la codicia de algunos profesionales. Al menos la mitad de los ensayos clínicos que en estos momentos se están llevando a cabo lo son en el ámbito de la Oncología y, por regla general, los médicos que los realizan obtienen un beneficio económico personal directo. En Oncología esta situación es la más evidente y es por eso la más opaca pero hay otras en la medicina actual. Hay una inversión enorme de recursos y los beneficios que obtienen los médicos implicados son notables. También cabe señalar que en el ámbito de la Oncología la declaración de conflicto de intereses en las publicaciones científicas deja mucho que desear. Vivimos en una cultura en la que lamentablemente estos comportamientos están muy extendidos y se consideran “normales”.

EN ESPAÑA LA IATROGENIA NO IMPORTA 

-Hablando de fármacos inútiles y peligrosos: ¿cómo se explica que se hayan aprobado tantos que a los pocos años tuvieron que ser retirados? ¿Y cómo han tardado tanto en desaparecer del mercado algunos una vez se supo que no se justificaba su aprobación?

-La Universidad de Oxford publicó un estudio muy interesante sobre los medicamentos que han sido causa de muerte en los últimos 50 años y cuánto tiempo se tardó en retirarlos. Según sus datos en el 40% de los casos se tardó dos años lo que indica que la industria es renuente a las alertas y trata de rentabilizarlos al máximo… hasta que la catástrofe se hace pública. El otro día leí en la prensa el caso de unos colirios que dejan ciegos a los pacientes y a pesar de que la Agencia Española del Medicamento lanzó una alerta en 2016 se han seguido utilizando hasta fechas recientes. Las medidas de los organismos reguladores deberían tener un carácter más ejecutivo. A ello cabe añadir el hecho -desconocido por el público- de que los ensayos clínicos que deberían garantizar la seguridad de los medicamentos tienen muchas debilidades; y eso sin mencionar los casos de fraude y ocultación de datos. Hoy se comercializa demasiado rápido y sin la suficiente prudencia.

¿Por qué?

Por la presión de la industria -obstinada en obtener beneficios a toda costa- y la convicción social de que innovar es en general positivo. Y no solo acaece con los fármacos. Yo he visto retirar ya media docena de procedimientos quirúrgicos que se presentaron como «innovadores» y se retiraron por las lesiones que producían. Todo empezó con el Sida, cuando se aprobaron con rapidez los antirretrovirales, probablemente saltándose bastantes normas de las establecidas. Lamentablemente esa dinámica laxa de la FDA ha persistido y aún se «innova» mucho sin la suficiente seguridad. La gente cree que la innovación nos ayuda, pero tiene una cara B que nos puede matar. Salvador Pániker, uno de los filósofos que más admiro, decía que cada vez es más difícil diferenciar lo que es progreso de lo que es retroceso.

-En nuestro número anterior hablamos precisamente de la polémica que rodeó la entrada en el mercado de los nuevos anticoagulantes.

-Las industrias buscan ese tipo de mercados. Un anticoagulante que no precisa controles, que es nuevo, con el que los enfermos se medican con más facilidad, es una oportunidad brutal; y el resultado es que probablemente los nuevos medicamentos entran con excesiva rapidez. No me extrañaría que en los próximos años algunos de los nuevos anticoagulantes se caigan o su consumo se reduzca mucho porque dan problemas de sangrado. En Estados Unidos la farmacéutica promotora del Pradaxa se enfrentó a cerca de seis mil pleitos federales por los que hasta 2014 tuvo que pagar 650 millones de dólares en indemnizaciones; por complicaciones hemorrágicas, muchas de ellas letales. Por otro lado, han sido los medicamentos que más han apoyado económicamente a las sociedades científicas porque son fármacos innovadores que van acompañados de campañas de marketing muy agresivas. Hay mucho dinero en juego, mucha gente que viaja a su costa, que publica y cobra, muchos congresos que se alimentan de las innovaciones… Las industrias emplean gran cantidad de dinero en las promociones, en parte quizás porque previendo problemas a largo plazo tratan en poco tiempo no solo de amortizar la inversión sino también de prever potenciales gastos que pudieran surgir en los tribunales.

Algo que en España no ocurre porque hay bastante oscurantismo respecto a las consecuencias del uso de los nuevos medicamentos.

-La iatrogenia en España no se estudia. Hoy día no tenemos ningún organismo que estudie los efectos colaterales de las terapias o tecnologías y eso es gravísimo. En Estados Unidos se emitió a finales de los años noventa un informe en el que se afirmaba que la iatrogenia era ¡la tercera causa de muerte! Allí al menos se estudia, aquí estos «accidentes» pasan desapercibidos. En el caso de los nuevos anticoagulantes de los que hablábamos, ante un incidente, los propios médicos dirán algo así como «Bueno, ha sido una hemorragia». No parece que nadie se pregunte a nivel estatal por qué ha pasado, cuántas veces ha pasado, con qué fármacos pasa y con cuáles no. Y así con cada uno de los nuevos fármacos que se están incorporando…

¿Qué papel juegan las sociedades científicas que son las que deberían orientar a la sociedad?

-Las sociedades científicas y sus congresos los subvenciona en un 98% la industria sanitaria. Los asociados pagan unas cuotas que no sirven para sufragar sus gastos y son los congresos y aportaciones de la industria las que permiten sobrevivir a las sociedades autodenominadas «científicas». Y naturalmente eso tiene un precio: interviene en los temas escogidos para los congresos, en los conferenciantes invitados, en la relevancia de las sesiones… Hay un trabajo muy interesante de la Asociación Americana de Oncología en el que se observa cómo los trabajos subvencionados y con conflictos de interés tienen más representación en las sesiones importantes que los trabajos independientes que tienden por ello a pasar desapercibidos. Las sociedades científicas están muy mediatizadas y es un problema que no lleva camino de resolverse. Aquí la ley permite incluso pagos directos a los médicos sin demasiados problemas y debería haber un poco más de transparencia. La Fundación Civio publicó en 2018 la lista de los 18 médicos españoles que habrían recibido más de 50.000 euros/año de una sola farmacéutica, lo que añadido a lo cobrado de una segunda o tercera compañía sumaría un total de 1,6 millones de euros. Dos tercios de los médicos están involucrados en el tratamiento del cáncer. Creo que este tipo de información es buena: la gente tiene derecho a conocer los conflictos de interés de los médicos que les tratan y las autoridades sanitarias deberían conocer sus hábitos prescriptores.

PREVENCIÓN Y VACUNAS

¿Dónde se ha quedado la prevención en el sistema actual?

-Una de las misiones que debería tener el Ministerio de Sanidad ya que están transferidas prácticamente todas las competencias a las comunidades autónomas es fomentar la prevención. Básicamente el estilo de vida, la nutrición, el impacto climático y el medio laboral son los entornos en donde la salud se puede deteriorar. El primer paso de la salud no es la medicina, es el autocontrol, la autocuración, el ser responsable de los hábitos que tenemos. Hay muchos hábitos y estilos claramente perjudiciales sobre los que trabajar: el exceso de peso, las adicciones, el tabaquismo, el sedentarismo… Y luego hay otra área que debería entrar también en el campo de la prevención, la implantación -casi imposición- a través de los medios de determinados valores sociales que se introducen de forma progresiva y también condicionan nuestra salud. Por ejemplo, las adicciones a las pantallas. O a los opiáceos sintéticos de bajo perfil donde en Estados Unidos ya han costado 400.000 muertes. O los casos de las mujeres que quieren alargar la regla y toman sustitutivos hormonales 10 años después. Son actitudes que se consideran casi «normales» cuando en realidad llevan directamente a enfermar.

De forma provocadora suelo decir, que si la maternidad fuera más precoz probablemente se evitarían muchos cánceres de mama, pero es un discurso que no parece políticamente correcto porque hoy se asume como «normal» que una mujer no se plantee tener hijos hasta pasados los 30 años. ¿Y qué pasa? Que hay muchos más casos de endometriosis, malformaciones, prematuridad y cáncer de mama relacionados con el embarazo tardío. Son hábitos sociales asumidos que afectan directamente a la salud y habría que hablar de ellos y no solo de la obesidad, el sedentarismo o el tabaquismo.

-La sociedad ha dejado de entender que en cuestiones de salud suele ser mejor a menudo esperar y dejar hacer al organismo.

-Cierto. Afortunadamente algunos médicos cautos y algunas administraciones sanitarias sensatas han empezado a introducir en la gente la idea de observar antes de actuar. En Japón, por ejemplo, los cribados de cáncer de tiroides están sometidos a revisión periódica mientras en Corea acabaron en una masacre brutal de tiroides. Japón, como culturalmente es un país más cauto, viendo que se diagnosticaban muchos cánceres de 4 milímetros decidió observarlos cada año y si crecían, pero no daban problemas se optó no tocarlos. El Principio de Precaución y de observación debería estar más extendido para evitar precipitaciones que acaben en iatrogenia.

-No queremos terminar esta entrevista sin hablar de las vacunas. Quienes se oponen a ellas no reciben respuestas a sus argumentos sino meras descalificaciones al ser despectivamente tachados sin más de «antivacunas». ¿Cuál es su opinión sobre ellas?

-Yo sí creo que la vacunación supuso una auténtica revolución sanitaria frente a enfermedades graves como la polio, la viruela o el tétanos que pudieron erradicarse gracias a vacunas extraordinariamente eficaces. Sin embargo, ahora hay vacunas no tan eficaces para enfermedades no tan graves y no me extraña que mucha gente se plantee cuáles son realmente eficaces, cuáles no y si tienen efectos secundarios. De ahí que haya un discurso crítico -en ocasiones demagógico- con un calendario vacunal agresivo. Cuando escribí el libro el calendario propuesto por la Sociedad Española de Pediatría contemplaba 40 o 50 dosis de vacunas antes de los 6 años, con una cantidad significativa de ellas en los dos primeros. Y aunque no soy experto en vacunas no estoy seguro de que eso sea bueno para los niños, de que su sistema inmune no sufra consecuencias impredecibles a largo plazo. Nadie lo sabe y a pesar de eso seguimos añadiendo vacunas al calendario sin saber qué va a pasar en dos o tres lustros con esos niños.

-Lo que sí es seguro es que las vacunas se han convertido en un enorme negocio.

-El mercado de las vacunas es extraordinariamente goloso y en este ámbito es difícil que la ciencia sea respetada y pueda llegarse a conclusiones definitivas ya que su eficacia, el calendario, los adyuvantes y los efectos secundarios cuando aparecen son temas bastante complicados de aclarar. Y como es complicado y nadie quiere meterse en berenjenales la respuesta está siendo añadir nuevas vacunas. ¡Más innovación! Seguimos aplicando la mentalidad de la difteria, el tétanos y la polio a la meningitis B o la neumonía y probablemente sea erróneo. ¿Qué sentido tiene inocular por norma a todos los recién nacidos la vacuna de la hepatitis B? La verdad es que en torno a las vacunas pasa ya como con la Oncología o la Medicina intensiva: los intereses comerciales son tan brutales que las sospechas son lícitas. No sé si justificadas, pero sí lícitas.

-Una última pregunta: ¿cuándo hay que ir al médico?

-Si uno se encuentra bien no debe ir; ese es el mensaje. Si no se tienen síntomas hay pocas posibilidades de estar enfermo así que a disfrutar de la vida. Y ante síntomas leves hay siempre que esperar, dar tiempo al organismo a que resuelva la situación.

Antonio F. Muro

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DSalud 238
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