El exceso de fósforo puede ser causa de obesidad

Un grupo de investigadores del Southwestern Medical Center de Dallas asegura que el exceso de fósforo altera el metabolismo de las grasas promoviendo la obesidad, problema inexistente hace unas décadas pero habitual hoy porque para el buen funcionamiento del organismo necesitamos 700 mg diarios y la mayoría de la gente consume entre 2.000 y 3.000. ¿La razón? El uso y abuso de fosfatos -sales del ácido fosfórico- que se agregan a lo que comemos y bebemos -especialmente a las carnes, lácteos, colas y refrescos con gas- pudiendo provocar daños importantes, sobre todo en los riñones. Algo a tener muy en cuenta por los niños y las personas mayores. Se trata pues de un nuevo efecto secundario negativo que se añade a los numerosos ya constatados.

FOSFATOS

El estudio de la Southwestern Medical Center de Dallas (EEUU) es solo el último de los muchos trabajos que alertan sobre la peligrosidad de los fosfatos inorgánicos –asimilables por el organismo al tratarse de iones libres- que masivamente se utilizan como aditivos alimentarios. Primero se constató que el exceso de fósforo puede llevar a la muerte a personas con enfermedad renal crónica avanzada, después que puede provocar patologías cardiovasculares, más tarde que puede causar cáncer -de hecho se propuso como biomarcador de algunos tipos- y ahora que pueden fomentar la obesidad al alterar los mecanismos metabólicos de oxidación de las grasas.

Hablamos de un mineral vital que de hecho está presente en todas las células -forma parte de su membrana- así como en los ácidos nucleicos y ribonucleicos encargados de la trasmisión hereditaria siendo incluso necesario para la obtención de energía a nivel celular. Es asimismo fundamental en las reacciones enzimáticas, está presente en casi todas las reacciones químico-fisiológicas, modula el pH en sangre, constituye junto al calcio la base de todo nuestro esqueleto así como de la dentadura -el 85% del fósforo se encuentra en huesos y dientes en forma de fosfato cálcico-, alivia los dolores provocados por la artritis, es imprescindible para metabolizar las grasas, estimula las contracciones musculares -incluidas las del músculo cardíaco-, es indispensable para asimilar las vitaminas B2 y B3 y se necesita para la transmisión de los impulsos nerviosos y para un correcto funcionamiento de los riñones.

Posee en suma importancia y por eso se habló de él en la revista hace ya 18 años en el artículo La importancia del fósforo que apareció en el nº 28 correspondiente a mayo de 2001. Texto en el que explicamos que su déficit puede provocar alteraciones en el crecimiento así como en la calidad de los huesos y dientes además de otras alteraciones óseas, raquitismo, piorrea, irritabilidad, confusión y desórdenes del lenguaje, desórdenes nerviosos, fragilidad muscular y fatiga mental y física. Déficit que normalmente se debe una alteración del equilibrio con el calcio, a una alimentación desequilibrada con abuso de grasas, harinas y azúcares refinados, a estrés, a hipotiroidismo y a deficiencia de vitamina D.

Afortunadamente es muy raro tener déficit de fósforo porque la gran mayoría de los alimentos que consumimos lo contiene; en especial los ricos en proteínas como la carne, el pescado, los huevos, los frutos secos, las legumbres, los cereales integrales e, incluso, la leche. Necesitándose a diario 460 mg entre 1 y 4 años, 500 mg entre 5 y 8, 1.250 mg entre 9 y 18 y solo 700 mg en el caso de los adultos de más edad. Cantidades que se obtienen sin problema siguiendo simplemente una dieta equilibrada y variada.

El problema con el fósforo no es pues normalmente el déficit sino su exceso; algo que hoy acaece ya en todos los países occidentales en los que la mayoría de la población ingiere de media entre 2.000 y 3.000 mg diarios según advirtió en su momento en nuestro país la Sociedad Española de Nefrología.

¿La causa? El uso y abuso como aditivos de fosfatos inorgánicos, compuestos cuyo principal elemento es el fósforo. De hecho se calcula que entre el 40% y el 70% de los comestibles más vendidos y el 85% de las comidas procesadas contienen fosfatos porque se les agrega como aditivos.

Sugerimos pues leer bien las etiquetas de todos los alimentos envasados y procesados que se compran ya que los fosfatos vienen señalados con las siglas E338 (ácido fosfórico), E339 (fosfato de sodio), E340 (fosfato de potasio), E341 (fosfato de calcio), E343 (fosfato de magnesio), E450 (difosfatos), E451 (trifosfatos) y E452 (polifosfatos).

¿Y por qué se añaden entonces a los alimentos? Pues según la industria de los aditivos porque entre otras cosas…

…mantienen un pH adecuado y protegen su color y sabor.

…retienen la humedad de los alimentos (son los casos de los tripolifosfatos de sodio y potasio así como de los pirofosfatos).

…mantienen la alcalinidad y son emulsificantes permitiendo mezclar grasas, proteínas y agua (como los tripolifosfatos de sodio y potasio).

…son estabilizantes (es el caso del hexametafosfato).

…quelan en el organismo metales inorgánicos como el cobre, el magnesio, el hierro y el calcio (el hexametafosfato de sodio, el pirofosfato ácido y el pirofosfato tetrasódico).

Hablamos en suma de fosfatos asimilables por el organismo que aún así se consideran seguros «haciendo de ellos un uso responsable«, tesis que cada vez más investigadores y entidades rebaten. La organización sin ánimo de lucro Environmental Working Group -dedicada a proteger la salud humana y el medio ambiente- publicó de hecho el año pasado -2018- una guía titulada Dirty Dozen Guide to Food Additives (Guía de 12 aditivos alimentarios “sucios”) según la cual las investigaciones actuales indican que no son recomendables ni los fosfatos, ni los nitritos y nitratos, ni el bromato de potasio, ni los aditivos que llevan aluminio.

Un grave problema porque todos ellos se autorizaron valorando su impacto en la salud con dosis ínfimas en cortos periodos de tiempo y es evidente que al estar presentes masivamente en miles de productos estamos introduciendo en nuestros cuerpos muchos a la vez y en cantidades exageradas. Es de hecho imposible saber hoy la cantidad diaria que ingerimos, entre otras cosas porque se obliga a los fabricantes a decir qué aditivos echan a sus productos ¡pero no en qué cantidad! Una aberración denunciada por numerosas organizaciones científicas y médicas de todo el mundo que han hecho multitud de llamamientos tanto a la industria alimentaria como a las autoridades para que se incluyan en las etiquetas de los envases las cantidades añadidas. Muy especialmente en el caso de los nitritos, los nitratos y los aditivos con aluminio aunque el principal problema quizás sea el de los fosfatos ya que el fósforo goza de buena prensa entre la población a la que se ha hecho creer que es sano ingerir suplementos que lo contengan para asegurarse de tener una buena salud ósea y dental y una excelente memoria agregándose que su ingesta mejora la digestión, es útil en la menopausia y proporciona energía. ¡Cuando el problema de la inmensa mayoría de la gente es que tiene exceso de fósforo en su cuerpo!, especialmente entre quienes ingieren a menudo refrescos de cola.

Y si lo duda sepa que según la base de datos de alimentos del Environmental Working Group el fósforo se encuentra ¡en más de 20.000 productos alimentarios! Entre muchos otros en los más comunes: agua embotellada, gaseosas, colas, vino, bebidas alcohólicas y espirituosas, cereales de desayuno, leche pasteurizada y esterilizada, quesos y derivados, mantequilla y derivados, pescado y derivados procesados y sin procesar, moluscos y crustáceos, carne procesada con y sin tratamiento térmico, revestimientos y decoraciones para carne, embutidos, salsas, huevos elaborados y productos de huevo, frutos secos procesados, preparados a base de frutas y hortalizas (excepto la compota), productos de confitería, alimentos dietéticos para fines médicos especiales, alimentos dietéticos para el control de peso, complementos alimenticios, chicles… Y así un largo etcétera.

En pocas palabras: las investigaciones efectuadas indican que la ingesta diaria estimada de fósforo se ha cuadruplicado desde 1990 pasando de poco menos de 500 mg diarios a 2.000-3.000 mg.

Y, por cierto, el más controvertido de los acidulantes que se añaden a las colas es el ácido fosfórico u ortofosfórico (E338) porque interfiere en la asimilación del calcio y ello puede llevar al ablandamiento de dientes y huesos e incluso a la osteoporosis; además neutraliza el ácido clorhídrico en el estómago lo que puede interferir con la digestión y, por tanto, con la adecuada obtención de nutrientes.

Lo que poca gente sabe es que la Cola-Cola -creada en 1886 por John Pemberton– se hacía originalmente mezclando hojas de coca y semillas de nuez y era de color verde debiéndose su color negro a un colorante llamado E-150d que se conoce como «color caramelo» y se obtiene calentando azúcares en presencia de sulfito y amonio; colorante que según varios trabajos podría ser por sí mismo cancerígeno al contener 4-Metilimidazol. De hecho en California (EEUU) es ya obligatorio advertir en el etiquetado de los productos alimentarios si lo contienen. Como pocos saben que se trata de un colorante presente también en muchos vinagres balsámicos y cremas de vinagre. Pues bien, el ácido fosfórico aminora esa negrura haciendo que su color sea más bien marrón.

¿Cómo permiten pues las autoridades que haya 700 mg de fosfatos en un litro de cola? A fin de cuentas son los riñones los encargados de controlar en el organismo el nivel de fosfatos y un mal funcionamiento de los mismos –común hoy en muchas personas mayores- hace que se acumulen dando lugar a un elevado nivel de fósforo en sangre (hiperfosfatemia), parámetro que hoy se usa de hecho como factor predictivo de mortalidad en la enfermedad renal crónica avanzada. Es más, hay quienes afirman que la alta concentración de fósforo en sangre puede dañar gravemente por sí mismo los riñones (léase en nuestra web –www.dsalud.com– los artículos que con los títulos El abuso de bebidas con gas –sobre todo de colas- perjudica seriamente la salud y Coca-Cola, acusada de subvencionar a científicos para que desmientan los efectos perjudiciales de sus bebidas aparecieron en los números 91 y 187 respectivamente).

Y LOS FOSFATOS TAMBIÉN DAÑAN EL CORAZÓN

Investigaciones posteriores comprobarían que son muchas las personas con daños cardiacos que tienen exceso de fósforo en sangre. De hecho a partir del Estudio Framingham del Corazón su exceso empezó a considerarse factor predictivo de problemas cardiovasculares incluso en personas con función renal normal. Hablamos de un estudio de larga duración que se puso en marcha en 1948 en el que se ha seguido a 5.209 personas sanas de ambos sexos de 30 a 62 años residentes en Framingham (Massachusetts, (EEUU) que sigue hoy activo habiendo incluido ya a la tercera generación de familiares y según el cual el riesgo de morir aumenta un 22% por cada miligramo excesivo de fosfato sérico.

Decenas de investigaciones posteriores constatarían que el exceso de fósforo en el organismo lleva en el aparato circulatorio a la calcificación de las válvulas cardíacas, a rigidez arterial, a un aumento de masa ventricular izquierda y a estenosis carotidea. Comprobándose asimismo que da lugar a la producción de citoquinas inflamatorias propia de muy diversos procesos inflamatorios severos.

Y por si lo dicho fuera poco un grupo de investigadores de la División de Nefrología de la Johns Hopkins University de Baltimore (EEUU) encabezado por A. R. Chang publicó en 2014 en The American Journal of Clinical Nutrition un trabajo titulado High dietary phosphorus intake is associated with all-cause mortality: results from NHANES III1–3 (El alto consumo de fósforo en la dieta se asocia con la mortalidad por todas las causas: los resultados de NHANES III1-3) según el cual el fosfato inorgánico puede también provocar de forma indirecta daños duraderos en el sistema cardiovascular al afectar negativamente a las hormonas del sistema endocrino. El estudio valoró los efectos de la ingesta de fósforo a las 24 horas en 9.686 adultos de 20 a 80 años sin diabetes, cáncer o enfermedad renal o cardiovascular y descubrieron que la cantidad de fósforo en sangre la regulan la hormona paratiroidea, el factor de crecimiento de fibroblastos-23 y una proteína denominada Klotho. Según explican el exceso de fósforo aumenta la cantidad de esas hormonas a largo plazo llevando a la hipertrofia ventricular izquierda.

Se recuerda además en él que hay varios estudios epidemiológicos que vinculan las altas concentraciones del factor de crecimiento de fibroblastos-23 con insuficiencias cardíacas congestivas, fallos en el corazón y mortalidad por eventos cardiovasculares y progresión de la enfermedad renal crónica con resultado de muerte.

En esta muestra representativa a nivel nacional de adultos sanos estadounidenses con una función renal normal -explican- mostramos que el consumo de productos de alto contenido en fósforo se asocia a un aumento de la mortalidad por todas las causas en una población sana libre de diabetes, enfermedad cardiovascular y enfermedad renal crónica. La relación entre el aumento de la ingesta total de fósforo y la mortalidad se hace evidente a partir de 1.400 mg/día, cantidad de consumo de fósforo que es el doble de la dosis recomendada para los adultos. El exceso de fósforo en la dieta podría pues conducir a la muerte al aumentar en sangre las concentraciones medias de fósforo a lo largo del día”.

Sin comentarios.

LOS FOSFATOS PROMUEVEN EL CÁNCER

Y aún hay más datos: trabajos de laboratorio han constatado in vitro que el fosfato inorgánico interfiere en el crecimiento y proliferación celular modificando la expresión génica. Observándose luego en animales que una dieta con alto contenido de fosfato inorgánico aumenta significativamente el desarrollo de cánceres de pulmón, colon y piel dando asimismo lugar a un crecimiento cerebral anómalo.

El primer estudio poblacional que investigó en humanos la relación entre la ingesta de fosfatos inorgánicos y el riesgo de contraer cáncer lo realizó un grupo de investigadores de la División de Estudios del Cáncer del King’s College de Londres (Reino Unido) encabezado por W. Wulaningsih que se publicó en 2013 en BMC Cancer con el título Inorganic phosphate and the risk of cancer in the Swedish AMORIS study (El fosfato inorgánico y el riesgo de cáncer en el estudio sueco AMORIS). Y según el mismo la relación es evidente asociándose sobre todo el fosfato inorgánico a mayores riesgos de sufrir cánceres de piel, páncreas, pulmón, tiroides y huesos en hombres y de esófago, pulmón y piel no melanoma en mujeres. Trabajo que también sugiere que los fosfatos inorgánicos interfieren en los sistemas hormonal y metabólico -y por tanto en el crecimiento de fibroblastos-23 y en la hormona paratiroidea- así como en la vitamina D.

Cuatro años después un grupo de investigadores del Departamento de Bioquímica de la Facultad de Medicina de la West Virginia University en Morgantown (EEUU) encabezado por Valery V. Khramtsov publicó en 2017 en Scientific Reports el trabajo Interstitial Inorganic Phosphate as a Tumor Microenvironment Marker for Tumor Progression (El fosfato inorgánico intersticial como un marcador del microambiente tumoral para la progresión tumoral). En él se aborda qué papel juegan los fosfatos inorgánicos tanto en el microambiente tumoral como en la progresión de la enfermedad y se trata de un trabajo que forma parte de un nuevo paradigma en la investigación del cáncer pues trata básicamente de analizar la influencia que tiene en el origen y desarrollo de los tumores malignos el microambiente, es decir, la matriz extracelular, el endotelio de los vasos sanguíneos, las células estromales e inflamatorias y otras estructuras de soporte del órgano así como componentes fisiológicos como el oxígeno, el pH, los nutrientes, los productos de desecho, las moléculas de señalización y los factores protumorigénicos. Y lo hicieron utilizando la técnica de resonancia paramagnética electrónica que permite estudiar in vivo el microambiente tumoral en modelos animales de cáncer.

Confirmarían así que la hipoxia tisular -la falta de oxígeno en los tejidos- y la acidosis son fundamentales para el desarrollo de tumores sólidos pero, sorprendentemente, también comprobaron que la diferencia más sustancial entre tumores y tejidos sanos es la acumulación en el tejido intersticial de fosfatos inorgánicos. Es dos veces mayor que en el microambiente tumoral. Es más, la cantidad de fosfato inorgánico fue el único parámetro que les permitió discriminar entre tumores no metastásicos y tumores altamente metastásicos. Sorprendente y muy preocupante.

Nuestros datos -dicen en las conclusiones- identifican el fosfato inorgánico intersticial como un nuevo marcador en el microambiente tumoral para predecir la progresión del tumor. La asociación del fosfato inorgánico con el metabolismo del tumor, el transporte de protones y la presencia de un alto contenido de fósforo como requisito para un rápido crecimiento celular subrayan su potencial papel en la tumorigénesis y la progresión tumoral”.

Y AHORA SABEMOS QUE TAMBIÉN PUEDEN CAUSAR OBESIDAD 

El último trabajo sobre las repercusiones en la salud de un exceso de fósforo acaba de publicarse en enero de 2019. Como antes adelantamos, un grupo de investigadores del Southwestern Medical Center de la Universidad de Texas (EEUU) dirigido por Wanpen Vongpatanasin ha publicado en Circulation un trabajo con el significativo título de High-Phosphate Diet Induces Exercise Intolerance and Impairs Fatty Acid Metabolism in Mice (Dietas altas en fosfatos inducen en ratone intolerancia al ejercicio y alteran el metabolismo de la grasas). En él se dio a dos grupos de ratones una dieta similar pero a uno de ellos tres veces más fosfatos que al otro (se les dio proporcionalmente la cantidad que tomamos hoy los humanos) y a las 12 semanas éstos últimos pasaron menos tiempo en la cinta consumiendo además menos oxígeno.

Concluyendo los investigadores que un alto consumo de fosfatos inorgánicos –al menos en ratones -provoca “intolerancia al ejercicio” y reduce la actividad locomotora. Coligiendo luego que el exceso de fosfatos reduce la oxidación de las grasas en los músculos esqueléticos al reducirse la expresión de los cerca de 5.000 genes involucrados en la síntesis de ácidos grasos. En otras palabras, da lugar a una menor disponibilidad de ácidos grasos libres derivados de la lipólisis del tejido adiposo.

Como se sabe, los ácidos grasos libres constituyen una importante fuente de combustible oxidable para los músculos sometidos a trabajo físico, especialmente cuando la duración del ejercicio es prolongada y la intensidad baja o moderada. Es pues uno de los principales sustratos de energía al hacer ejercicio. Otro posible mecanismo de impacto sobre los músculos esqueléticos es un aumento de la hormona paratiroidea -reguladora del exceso de fósforo- que si está en elevada cantidad induce desgaste muscular.

En cualquier caso, con independencia de cuál sea el mecanismo, el estudio ha demostrado que el exceso de fosfatos inorgánicos en la dieta reduce la disponibilidad de ácidos grasos libres y limita la capacidad de realizar ejercicio físico. No se llegó en cambio a provocar lesiones musculares ni cambios en la función contráctil del corazón.

Cabe añadir que entre 2008 y 2009 el estudio Dallas Heart Study fase 2 -se excluyó a toda persona con antecedentes de patología cardiovascular o que tomara antihipertensivos- demostró que cuanto más fósforo hay en sangre menor es la capacidad para hacer ejercicio. “Nuestro estudio –señala el trabajo- identificó el fosfato inorgánico, ingrediente dietético común en la dieta occidental, como importante contribuyente a la inflexibilidad metabólica y a la intolerancia al ejercicio al inducir un fenotipo metabólico parecido al envejecimiento”. Y como bien se sabe la disminución de la actividad física reduce la masa muscular y promueve la obesidad y los trastornos metabólicos.

Terminamos recordando que a casi todos los alimentos envasados y procesados se les añaden hoy fosfatos. Y es la comida que toman preferentemente las personas de bajos ingresos y los jóvenes. Para el Dr. Vongpatanasin, director de la investigación, ha llegado pues “la hora de presionar a la industria alimentaria para que indique las cantidades reales de fosfato en las etiquetas a fin de que podamos saber cuántos fosfatos ingerimos con los alimentos”. La misma petición que realizó en España hace unos meses la presidenta de la Sociedad Española de Nefrología, María Dolores Del Pino:Creemos –dijo entonces- que la Europa de los ‘lobbies’ ha prevalecido sobre la Europa de los consumidores y de las personas; y entre todos tenemos que hacer un esfuerzo por revertir esta situación priorizando la salud pública sobre los intereses comerciales de la industria alimentaria”.

Obviamente la mejor solución sería una restricción drástica del uso de fosfatos inorgánicos en los alimentos pero dudamos que ello vaya a conseguirse.

Francisco San Martín

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