Los peligrosos efectos de las vacunas que no aparecen en los prospectos

Que las vacunas son eficaces y seguras constituye uno de los mitos más asentados de la Medicina moderna aunque cada vez más expertos y entidades pongan en duda tal afirmación y hasta su fundamento científico. Lo hemos explicado hasta la saciedad sin que los colegios médicos, las universidades, las asociaciones científicas o las autoridades se den por enteradas. Y eso que cada vez más médicos y enfermeros se niegan a vacunarse. Pues bien, en esta ocasión vamos a centrarnos en explicar qué efectos secundarios tienen las vacunas además de los reconocidos en los prospectos y hasta qué punto es falso que sus presuntos beneficios los justifiquen ya que está clínicamente constatado y científicamente demostrado que han causado patologías graves a decvenas de miles de niños. Y vamos a hacerlo citando -como les gusta a los investigadores- las referencias de las que hemos extraído afirmaciones y conclusiones solo que para no hacer farragosa la lectura al ser tantas incluimos un resumen en el recuadro al final de este texto y los datos completos en nuestra web: www.dsalud.com.

VACUNAS

La mayoría de los médicos -en especial los pediatras- aseguran que “las vacunas representan un hito fundamental en la prevención de las enfermedades infectocontagiosas” y que “su valor es incuestionable”; así lo recoge textualmente por ejemplo el Manual de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría actualizado para 2019 (1). Expresiones que en realidad no significan nada. Otra cosa sería que hubieran osado decir que son eficaces e inocuas pero a tanto no se atreven. Y es que no son ninguna de las dos cosas como en esta revista se ha explicado en más de 40 artículos, decenas de noticias y cuatro vídeos. Y hay dos simples hechos que lo demuestran: la Ley Nacional de Lesiones por Vacunas Infantiles (NCVIA) de Estados Unidos -que reconoce que son “inevitablemente inseguras(2)– y el Programa Nacional de Compensación por Daños Vacunales que ha pagado ya más de cuatro mil millones de dólares (3); y eso que la FDA admite que solo se notifica un 1% de las reacciones adversas graves (4).

Porque aunque muchos todavía lo ignoran las vacunas son el único producto del mercado estadounidense que no pueden ser objeto de demandas legales cuando causan daños. Fue en 1986 cuando el Congreso estadounidense aprobó la ya citada Ley Nacional de Lesiones por Vacunas Infantiles que eliminaba la posibilidad de demandar económicamente a las empresas fabricantes en caso de que sus vacunas produjeran daños creando como  contrapartida un Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS) para que supervisara los estudios y pruebas presentadas por los fabricantes de vacunas y cuyo objetivo era hacer valoraciones sobre su eficacia y seguridad. Pues bien, resulta que 2017 se supo que en 32 años ese organismo no hizo ni una sola valoración a pesar del mandato expreso del Congreso para ello (lea el lector el reportaje que con el título ¡La seguridad de las vacunas a medio plazo no se ha probado jamás! publicó la revista en el nº 221).

La inmunóloga de la prestigiosa Universidad de Harvard Tetyana Obukhanych publicó hace poco una Carta Abierta a los responsables políticos de Estados Unidos en la que, entre otros muchos datos y referencias, cita un reciente estudio llevado a cabo en Ontario (Canadá) según el cual las vacunaciones provocan la visita a Urgencias de un niño de cada 168 vacunados a los doce meses y de uno de cada 730 a los 18 (5).

Y es que los métodos y criterios para valorar las vacunas son más que cuestionables porque se trasladan conclusiones de estudios con animales a humanos, se comparan efectos adversos entre vacunas y no con placebo, se reduce el tiempo del estudio para evitar que se presenten efectos adversos a medio y largo plazo… Téngase en cuenta que algunos problemas de salud son en sí mismos difíciles de establecer por su propia naturaleza: trastornos autoinmunes, neurológicos crónicos, enfermedades sistémicas, patologías degenerativas, enfermedades raras… ¿Tienen relación con las vacunas? Nadie ha querido investigarlo (6).

Hasta gran parte de los médicos ignora un dato fundamental: las vacunas nunca se han probado frente a placebos. Cuando se ha anunciado falsamente tal cosa lo que se proporcionaba al grupo de control no era un placebo inocuo sino un producto que contenía los adyuvantes de la vacuna para que generase síntomas similares y estadísticamente la vacuna no apareciera con muchos más efectos adversos (7).

Es hora de decir alto y claro que gran parte de los efectos adversos de las vacunas se conocen, están descritos y no se niegan oficialmente pero es que ahora se sabe que hay otros que se ocultan o minimizan

y que algunas vacunas llevan componentes que no figuran en las fichas técnicas y prospectos.

Y ello sin olvidar que los efectos a largo plazo no se admiten oficialmente alegando los laboratorios que nunca se han efectuado trabajos para comprobarlo. Lo que puede ser verdad o los han hecho y los ocultan. Lo cierto sin embargo es que hay muchos estudios según los cuales esos efectos adversos están constatados. Lo reconoció el Dr. John Barthelow Classen en un estudio publicado en 1999 en British Medical Journal: “La gente tiene derecho a saber que las vacunas, aunque fueran efectivas previniendo infecciones, pueden tener efectos adversos a largo plazo. Y si se le informa probablemente exija estudios de seguridad adecuados antes de extender la inmunización lo que serviría para desarrollar una tecnología vacunal más segura” (8).

LOS ORGANISMOS OFICIALES LOS CONTROLA LA INDUSTRIA

Pues bien, la razón del sinsentido de las vacunas tiene una sencilla explicación como en esta revista venimos documentando desde hace muchos años: la inmensa mayoría de los organismos oficiales -nacionales e internacionales- y entidades relacionadas con las vacunas -privadas y públicas- están en mayor o menor medida influenciadas o directamente controladas por la industria fabricante de las vacunas. Incluidas la Organización Mundial de la Salud (OMS) -especialmente su comité asesor sobre seguridad en las vacunas-, la Agencia Europea del Medicamento, las principales agencias sanitarias estadounidenses -la FDA, los Centros para el Control de las Enfermedades (CDC) y el Servicio de Inteligencia Epidémica (EIS)-, el Centro Europeo para el Control y la Prevención de Enfermedades, Colaboración Brighton, Colaboración Cochrane, la Academia de Medicina de Estados Unidos, la Academia Americana de Pediatría, el Consejo de Organizaciones Internacionales de Ciencias Médicas, la Alianza Global para Vacunas e Inmunización -dependiente de la Fundación Bill y Melinda Gates-, el Banco Mundial(9).

Pongamos un ejemplo tan reciente como clarificador: el pasado 5 de marzo de 2019 se reunió en Washington un comité federal del Senado sobre vacunas y no se permitió en él ni una sola intervención de médico, biólogo, químico, genetista, veterinario, investigador, abogado o afectado para que expusiera su parecer sobre los riesgos de las vacunas. De hecho se impidió el paso a cientos de familias que se oponen a las vacunas obligatorias y a la censura de la información crítica. Y, por supuesto, nadie habló en él de los miles de millones de dólares que se han tenido que pagar ya por los daños reconocidos que han provocado las vacunas ni de los múltiples estudios que documentan sus efectos adversos.

Todo lo contrario: los diez senadores que participaron en la reunión se deshicieron en elogios sobre las vacunaciones masivas y las políticas del Gobierno sobre ellas. Pues bien, gracias a la web Open Secrets y a su magnífica base de datos hoy sabemos cuánto dinero recibieron de las farmacéuticas fabricantes de vacunas cada uno de esos senadores solo el año pasado: Bob Casey 532.859 dólares, Bill Cassidy 156.600, Patty Murray 111.414, Tammy Baldwin 110.443, Johnny Isakson 68.000, Lamar Alexander 62.700, Elizabeth Warren 61.448, Pat Roberts 27.500, Maggie Hassan 20.163 y Rand Paul 20.000 (10).

Pero prosigamos: J. B. Handley, director del Children´s Heath Defense -la entidad a la que pertenece el abogado Robert F. Kennedy y que es además cofundador de la organización no lucrativa Generation Rescue- desvela así el verdadero papel de la Asociación Americana de Pediatría: “La mayoría de los estudios que las autoridades citan como prueba de que las vacunas no causan autismo se han publicado en una revista llamada Pediatrics, que es el órgano oficial de esa asociación. Y como sabemos, la Asociación Americana de Pediatría es un sindicato de pediatras que obtiene la mayoría de sus contribuciones externas -estimadas en más de 25 millones de dólares anuales- de las compañías farmacéuticas fabricantes de vacunas. Y sus pediatras obtienen la mayoría de sus ingresos anuales de inocular vacunas a sus pacientes pediátricos”. Así lo cuenta en el artículo Vacunas, autismo, mercurio y culpabilidad de la Academia Americana de Pediatría cuyo autor es el Dr. Kenneth P. Stoller, exmiembro de la junta directiva de la Asociación Americana de Pediatría (11).

En cuanto a España el organismo encargado de elaborar el calendario de vacunaciones que recomienda la Asociación Española de Pediatría está integrado por personas con claros conflictos de intereses: David Moreno-Pérez, Francisco José Álvarez García, Javier Álvarez Aldeán, Maria José Cilleruelo Ortega, María Garcés Sánchez, Nuria García Sánchez, Ángel Hernández Merino, María Menéndez Hernández, Manuel Merino Moina, Albián Montesdeoca Melián y Jesús Ruíz Contreras. Todos ellos han cobrado de la industria por investigaciones, ensayos, actividades docentes o trabajos de asesoría y consultoría para GlaxoSmithKline, Novartis, Pfizer, Sanofi Pasteur o MSD (12).

OCULTACIÓN Y MENTIRAS

La influencia de la industria farmacéutica -según un informe publicado en Global Research el 26 de enero de 2016 el mercado de las vacunas conseguirá en 2020 unos beneficios de 61.000 millones de dólares- llega a toda la cadena de trasmisión de conocimientos y descubrimientos -investigadores, publicaciones científicas, sociedades profesionales, organizaciones públicas y privadas, instituciones formativas, medios de comunicación….- y la consecuencia es la ocultación, el engaño, la manipulación y la censura. El citado informe incluso explica que es de hecho la razón de que la OMS decidiera a finales de 2018 incluir «la reluctancia a las vacunas” como “una de las 10 grandes amenazas globales para la salud” (13).

Solo que esto viene de lejos: la periodista Janine Roberts documenta en su libro Miedo a lo invisible (14) tres reuniones de alto nivel mantenidas por científicos de la FDA, agencias de Reino Unido y la industria farmacéutica en 1997, 1998 y 1999 respectivamente. Y como teóricamente se trataba de reuniones secretas o discretas algunos intervinientes expusieron sus puntos de vista de forma cruda y sin tapujos permitiéndonos así conocer lo que realmente saben y los datos que tienen sobre la supuesta seguridad y eficacia de las vacunas. Veamos algunos ejemplos citados en esa obra.

El primero que queremos mencionar es el de la Dra. Arifa Khan -de la FDA– que advirtió del peligro que suponía que retrovirus como los de la Arteritis Equina y el de la Leucosis Aviar pudieran integrar su código genético en las células del receptor de la vacuna triple vírica o que los virus presentes en la vacuna pudieran fusionarse y crear virus mutantes muy peligrosos Según la Dra. Khan su advertencia no fue escuchada, no se informó del peligro al público y la OMS decidió permitir a los fabricantes que se continuaran inoculado vacunas a pesar de haberse utilizado en ellas ¡huevos contaminados por esos virus!

El Dr. Andrew Lewis -jefe del Laboratorio de Virus de ADN de la FDA- reconocería por su parte que todas las vacunas cultivadas en huevos estaban contaminadas y propuso que en su lugar se usaran células RT-negativas. Sin embargo su sugerencia no se llevó a la práctica porque en una nota de prensa de la FDA del 15 de febrero de 2018 se dice literalmente que “la mayoría de las dosis de vacuna se preparan utilizando huevos de gallina” (15).

Roberts también recoge en su libro intervenciones de la reunión celebrada en Washington el 7 de septiembre de 1999 con representantes de todas las grandes instituciones de salud occidentales, incluida la OMS. Y cuenta que el Dr. Hill Egan, Director de la Oficina de Vacunas en el Centro de Productos Biológicos, abrió la reunión con estas palabras: “Solo tenemos que recordar el hallazgo del SV40 en las vacunas del poliovirus para darnos cuenta de la dimensión del riesgo que cualquier sustrato celular puede suponer. Es pues muy necesario que nos preocupemos de…”

Tomarían luego la palabra varios científicos advirtiendo de que fragmentos virales, códigos genéticos o proteínas estaban contaminando las vacunas y era preocupante la posibilidad de que pudieran contener asimismo priones u oncogenes. Intervino entonces la Dra. Rebecca Sheets -del centro estadounidense responsable de la seguridad de las vacunas- explicando que como funcionarios del Gobierno no tenían ningún control sobre la fabricación de las vacunas y solo podían hacer “recomendaciones” a los fabricantes. El Dr. Hayflick reconocería por su parte que en los “cultivos primarios” en los que se utilizan células de animales sacrificados o embriones de aves aparecían “muchos virus indeseados, algunos de ellos letales para los humanos”.

Pero lo que ya fue el colmo es que cuando se planteó en la reunión qué cantidad de ADN residual podía quedar en las vacunas ¡ninguno tenía ni idea! De hecho la Dra. Sheets reconoció que “la inmensa mayoría de las vacunas autorizadas no han sido testadas para ADN residual”. Asumiendo luego los presentes que si eso era muy preocupante peor aún era que además podía haber en las vacunas “innumerables virus, proteínas y partículas similares por descubrir”.

En definitiva, el contenido de aquella reunión indica que las vacunas son una factoría de virus mutantes y encima pueden estar contaminadas con cantidades ingentes de virus, ADN, priones o proteínas desconocidas que podrían ser potencialmente peligrosas al integrarse en las células provocando multitud de problemas.

INGREDIENTES PELIGROSOS

El propio Manual de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría indica que las vacunas tienen básicamente cuatro tipos de componentes (16): el líquido de suspensión, el antígeno inmunizante, los conservantes y los adyuvantes potenciadores. Veamos pues qué son y hablemos de algunas de las sustancias que contienen de las que o no se informa o no se explican bien sus posibles efectos negativos:

El líquido de suspensión. Se trata de una solución salina, agua destilada o productos derivados de los cultivos utilizados para obtener las vacunas. Hablamos de productos presentados de forma que parezcan inocuos entre los que se encuentra la línea celular MRC-5 -por las siglas en inglés de Medical Research Council-, compuesta de fibroblastos derivados de tejido pulmonar de un aborto caucásico femenino de 14 semanas. Al igual que otra línea procedente de un aborto -la WI-38- se utilizan habitualmente para crear nuevas vacunas, algo que de hecho generó un debate ético que se suma al debate científico-médico pues se está incluyendo ADN de fetos abortados que según un estudio de la Dra. Helen Ratajczak puede afectar a las neuronas del cerebro al provocar una fuerte reacción inflamatoria (17).

El antígeno inmunizante. Además de los propios microorganismos a los que se culpa de las enfermedades que se quieren prevenir o fragmentos de esos microbios o toxoides que supuestamente provocan las enfermedades las vacunas incluyen otros “antígenos inmunizantes” que pueden suponer riesgos y de los que muchas veces no se informa aludiendo razones de secreto comercial. Y cuando sí se hace se procura minimizar al máximo sus peligros e incluso negarlos totalmente. Hablamos de sustancias entre las que se encuentran aminoácidos y proteínas producidas a partir de animales -vacas, monos y pollos- así como de células humanas procedentes de fetos abortados e. incluso, de células cancerosas. Son pues proteínas extrañas que pueden provocar trastornos autoinmunes y alergias a los alimentos que contienen esas proteínas (huevos, gluten, cacahuete, leche…) (18).

Los preservantes (conservantes), estabilizantes y antibióticos. Se utilizan para estabilizar los componentes e impedir que se contaminen por otros microorganismos. Los principales son:

La formalina (formaldehído). Y eso que está clasificado como carcinógeno por la Agencia Internacional para la investigación del Cáncer (IARC) (19) y así lo reconoce desde 2011 el Programa Nacional de Toxicología de Estados Unidos (20). Según el National Research Council entre el 10% y el 20% de las personas pueden presentar reacciones agudas a cualquier nivel de exposición al formaldehído; especialmente una acidosis que afecte a los tejidos y líquidos dañando sobre todo al hígado y los riñones. Es más, se sabe que el formaldehído provoca una veintena de reacciones adversas; como alterar las proteínas de los tejidos y provocar anemia, deterioro cardíaco, arritmias, depresión del sistema nervioso central, cambios en las funciones cognitivas, convulsiones, destrucción de glóbulos rojos, desorientación, trastornos emocionales, asfixia fetal, hiperactividad, sensibilización del sistema inmune, asma, retrasos en el habla, síntomas de tipo esquizofrénico y, en casos extremos, la muerte.

El cloruro de Bencetonio. Agente antimicrobiano nunca testado en humanos está constatado en animales que es tóxico, peligroso para la piel y puede causar mutaciones genéticas y cáncer. Su propia Hoja de Datos de Seguridad explica que puede además provocar convulsiones, coma, depresión del sistema nervioso y dificultades respiratorias.

El glutraraldehído o glutaral. Puede provocar asma, reacciones alérgicas, diarreas y problemas respiratorios (21).

Los adyuvantes. Se trata de sustancias que se supone potencian la inmunización como el aluminio, el mercurio y el escualeno. Y eso que la propia FDA reconoce que “el aluminio puede alcanzar niveles tóxicos con la administración parenteral prolongada si la función renal está dañada” (22). Según la agencia estadounidense un bebé de algo más de tres kilos soportaría como máximo 18,16 microgramos, un niño de dos años y 13 kilos 34,05 y un niño de 7 años y 22 kilos 113. Pues bien, la vacuna de la hepatitis B que se les inocula contiene 250 microgramos de aluminio lo mismo que la de la hepatitis A; y la del neumococo 125, la combinada Pentacel 330 y la Pediatrix combinada 850. Luego solo con la vacuna de la hepatitis B se está introduciendo hoy a los bebés nada más nacer ¡14 veces la cantidad de aluminio máxima admisible según la FDA! E insistimos en que tanto la FDA como la Asociación Americana de Pediatría admiten que la acumulación de aluminio en el organismo puede causar daños neurológicos y en los bebés prematuros y pacientes con insuficiencia renal la muerte (23). Bueno, pues aún así las autoridades sanitarias insisten en poner a los bebés y niños pequeños múltiples vacunas a la vez.

EFECTOS ADVERSOS QUE SE MINIMIZAN U OCULTAN

En cuanto a los principales efectos adversos constatados de las vacunas son estos:

Enfermedades autoinmunes. Hace diez años la Dra. Mae Wan-Ho advirtió que «las vacunas en sí mismas pueden ser peligrosas. Especialmente las vacunas virales -atenuadas o vivas- y las nuevas vacunas de ácido nucleico recombinante porque tienen el potencial de generar virus virulentos por recombinación y los ácidos nucleicos recombinantes causar una enfermedad autoinmune» (24).

Charles Richet, que ganó el Premio Nobel en 1913 por describir la anafilaxis inducida por vacunas, explicaría ante el comité que lo otorga que la anafilaxis es básicamente “un mecanismo universal contra la penetración de sustancias que no pueden eliminarse de la sangre” (25). Clara advertencia que un siglo después sigue sin tenerse en cuenta a pesar de estar constatado que las vacunas incrementan la posibilidad de sufrir una anafilaxis cuando se le introducen en sangre proteínas extrañas. Pues bien, un estudio reciente -se publicó en 2014- comprobó que “la albúmina de suero bovino que se utiliza habitualmente como medio de cultivo para producir vacunas puede causar reacciones alérgicas en los humanos” (26).

Conclusión a la que ya había llegado unos años antes otro equipo según el cual “la autoinmunidad sistémica parece ser una consecuencia inevitable de la sobreestimulación del sistema inmune del huésped debido a repetidas inmunizaciones con antígenos a niveles que sobrepasan de forma crítica la capacidad de autoorganización del sistema” (27).

Cabe añadir que el efecto anafiláctico de la vacuna pertussis, por ejemplo, se documentó en 1987 cuando un equipo de investigadores publicó un estudio en el que se concluyó que “el modelo propuesto de encefalopatía inducida en ratones por la toxina de pertussis y la albúmina de suero bovino demuestra el efecto anafiláctico ya conocido de la vacuna pertussis” (28).

Y la vacuna del tétanos causa autoinmunidad en las membranas celulares. Lo corroboró un estudio publicado en Lupus en 2012 según el cual “la inducción con éxito del Síndrome Antifosfolípido en dos cepas de ratones no autoinmunes se logró mediante la hiperinmunización con toxoide tetánico utilizando diferentes adyuvantes… El Síndrome Antifosfolípido provoca coágulos de sangre (trombosis) en arterias y venas así como complicaciones relacionadas con el embarazo; como abortos espontáneos, muerte fetal, parto prematuro y preeclampsia grave (hipertensión durante el embarazo)” (29).

Y la vacuna de la hepatitis B puede provocar esclerodermia según dictaminó un tribunal federal en Estados Unidos en noviembre de 2007 (30).

Es más, un grupo de investigadores ha publicado recientemente un estudio según el cual todas las vacunas que testaron estaban contaminadas con cantidades potencialmente dañinas de metales y otras sustancias orgánicas tóxicas asociadas a cánceres y enfermedades autoinmunes. Tras analizar 44 muestras de 30 vacunas diferentes encontraron restos de aluminio, tungsteno, oro, platino, plata, bismuto, hierro y cromo -a veces en aleación con hierro y níquel- así como glóbulos rojos de procedencia humana o animal y nanopartículas de elementos inorgánicos no declaradas en los prospectos. El hierro puede tener efectos corrosivos y dañar tejidos y la mezcla de muchas de esas sustancias provoca efectos sinérgicos y puesto que el cuerpo no puede deshacerse de muchas de ellas se produce una inflamación sostenida y crónica que se manifiesta como enfermedades autoinmunes. Los investigadores agregan que esos contaminantes pueden entrar en el núcleo celular y afectar al ADN (31).

La relación entre vacunas y autoinmunidad se analiza prolijamente en el libro Vacunas y autoinmunidad, obra en la que han colaborado conocidos expertos internacionales coordinados por los doctores Yehuda Shoenfeldfundador del primer hospital universitario para estudiar la autoinmunidad en Tel Aviv y Lucija Tomljenovic experta mundial en la neurotoxicidad del aluminio a quien entrevistamos en el nº 167 correspondiente a enero de 2014 sobre la ocultación de los peligros de las vacunas en Reino Unido-.

Se trata de una obra que explora el papel de los adyuvantes pero de forma específica el del aluminio presente en diferentes vacunas. Dividido en tres bloques el primero contextualiza el papel de los adyuvantes en el marco de la autoinmunidad, el siguiente revisa la literatura sobre vacunas que han inducido enfermedades autoinmunes -como la MMR y el VHB entre otras- y el tercero se dedica a las enfermedades que se sabe han sido provocadas por las vacunas (32).

El Dr. Tim O’Shea ha estudiado también las alergias alimentarias y su relación con la vacunación. Antes de 1900 las alergias al cacahuete no se conocían y hoy día millón y medio de niños estadounidenses las padecen. Pues bien, O’Shea postula que todo se debe a la introducción durante los años sesenta del aceite de cacahuete como excipiente de las vacunas (33).

Por su parte, Barbara Feick Gregory comenzó una investigación en 1960 sobre la alergia al cacahuete -y posteriormente a otros alimentos- descubriendo que era más habitual entre quienes se inocularon más vacunas que llevaban como adyuvantes cacahuetes, caseína, caldo de peptona de soja, sésamo, aceite de pescado, aceites mixtos y otros que no aparecen en los prospectos porque se consideran “inactivos” e incluso están bajo secreto comercial (34).

En 1997 se publicó otro estudio que relacionaba las vacunas con alergias y asma. Según sus autores “los 23 niños que no recibieron inmunización con DTP y polio no presentaron episodios de asma o de otras enfermedades alérgicas antes de los diez años de edad; en los niños inmunizados se produjeron 23% de episodios de asma, 22,5% de consultas relacionas con el asma y 30% de consultas por otras enfermedades alérgicas” (35).

Y un nuevo estudio publicado en 2016 afirma: “La era de las alergias alimentarias comenzaron con la generación post-milenio, el grupo que recibió nuevas inmunizaciones durante su temprana infancia. Muchas de aquellas vacunas contenían aluminio, adyuvante conocido como inductor de fenotipos alérgicos (…) Las vacunas que contienen aluminio incrementan las IgE -un fenómeno ya observado antes- mientras la desensibilización a la leche incrementa las IgG4, algo que ya habíamos observado con el aceite de cacahuete” (36).

Las vacunas también incrementan el riesgo de diabetes. La principal conclusión de un estudio publicado en 2002 es que “la exposición a la inmunización con HiB se asocia a un mayor riesgo de Diabetes Mellitus dependiente de Insulina” (37); de hecho el mismo investigador ya advirtió en 1999 que “la diabetes inducida por vacunas no debería considerarse un potencial evento adverso raro” y que “la incidencia de muchas otras enfermedades inmunológicas crónicas, incluyendo asma, alergias y cáncer, han crecido con rapidez y podrían estar relacionadas con las inmunizaciones” (38).

Hasta la vacuna de la hepatitis B puede provocar diabetes; lo comprobó un grupo de investigadores italianos en un estudio que abarcó a entre 150.000 y 400.000 niños y constatar que entre los vacunados contra esa enfermedad había un 258% más de diabéticos (39).

Daños neurológicos. Las vacunas están igualmente relacionadas con diversos problemas neurológicos, en algunos casos reconocidos aunque minimizados y en otros negados. Así lo indica el trabajo consultado: «La encefalomielitis diseminada aguda posterior a la vacunación se ha asociado ya con varias vacunas; como la de la rabia, la difteria-tétanos-polio, la viruela, el sarampión, las paperas, la rubéola, la encefalitis B japonesa, la tosferina, la influenza y la hepatitis B» (40). Y otro estudio indica que pueden inducir desórdenes mitocondriales y demencia diferente del alzheimer (41).

Agregaremos que tres estudios de un equipo coordinado por Zhiwei Xing demuestran que las vacunas pueden afectar el desarrollo del cerebro a través de la activación inmune induciendo alteraciones en el comportamiento y neurogénesis del hipocampo. Según los autores su estudio “proporciona datos que respaldan la posible asociación entre vacunas como la de la hepatitis B y trastornos neuropsiquiátricos como el autismo y la esclerosis múltiple” (42).

La vacuna de la gripe de GlaxoSmithKline se ha relacionado por su parte con narcolepsia, patología incurable que afecta al ciclo de sueño y vigilia de tal modo que las personas afectadas pueden quedar inconscientes repentinamente varias veces al día con cataplexia (pérdida del control muscular) y sufrir terrores nocturnos. Es un trastorno muy raro pero tras la distribución de Pandemrix un neurólogo infantil observó que había aumentado el número de casos en Finlandia. Estudios posteriores en Francia y Reino Unido lo corroborarían (43).

Y en un taller sobre complicaciones neurológicas celebrado en septiembre-octubre de 1989 los científicos concluyeron que las vacunas de la tosferina y la pertussis pueden provocar daños cerebrales permanentes (44). Luego se sabría que la toxina de B. Pertussis utilizada como adyuvante induce neuropatología en la encefalomielitis autoinmune experimental, modelo animal de la esclerosis múltiple (45).

Desórdenes en el desarrollo. La administración de paracetamol tras haberse vacunado contra el sarampión, las paperas y la rubéola se ha asociado ya con dificultades de aprendizaje, asma y autismo. Que esta última patología se asocia claramente a la vacunas se ha constatado a menudo aunque se niegue de forma reiterada, principalmente con artículos aparecidos en la revista Pediatrics, órgano de la Asociación Americana de Pediatría, organización financiada por los fabricantes de vacunas. Una relación que ha tratado de ocultarse incluso por parte de las agencias gubernamentales lo que no ha evitado los distintos procesos judiciales a que ello ha dado lugar. A fin de cuentas existen ¡más de un centenar de estudios que documentan la relación del autismo con las vacunas! (46).

Cáncer y daños al genoma. Existen estudios que relacionan el linfoma no Hodgkin y el virus SV40 que se encuentra en los riñones de los monos y se utilizan para cultivar algunas vacunas (47). Añadiendo otro realizado un año después lo siguiente: «Revisadas las evidencias todo indica que el aluminio parece permitir el desarrollo de múltiples características asociadas con el cáncer de células mamarias; puede concretamente causar inestabilidad genómica y proliferación inadecuada de las células epiteliales mamarias humanas así como aumentar la migración e invasión de las células cancerosas mamarias humanas. Además el aluminio es un metaloestrógeno y el estrógeno un factor de riesgo para el cáncer de mama que se sabe influye en múltiples características. El microentorno es determinante en el desarrollo del cáncer de mama y está demostrado que el aluminio causa alteraciones adversas en el microambiente mamario» (48).

Una de las razones de todo esto es técnica. Según el Dr. Gary Null la tecnología actual para la fabricación de vacunas no permite filtrar toda la contaminación genética y eliminar los residuos de ADN de las preparaciones. La FDA estableció unos límites sobre el nivel de contaminación permitido pero como los fabricantes no podían cumplirlos los Centros para el Control de las Enfermedades (CDC) los rebajaron y decidieron aplicarlos solo a las células cancerosas. Y en otros casos las cantidades permitidas se multiplicaron por cien. El resultado, según el Dr. Null, es que en cualquier dosis de vacuna hay cien millones de segmentos de ADN que constituyen pura basura genética. Fragmentos de ADN -conocido y desconocido- que penetran en la sangre de los niños vacunados y pueden contribuir a desarrollar enfermedades autoinmunes u otras que hasta hace poco eran propias de adultos (49).

Cuando en la década de los noventa se desarrollaron las primeras vacunas de ADN se convocó una reunión del Vaccines and Related Biological Products Advisory Committee (VRBPAC) de la FDA -en 1997- para discutir la técnica ya que se emplean para ello líneas celulares derivadas de tumores pero finalmente se decidió que era poco probable que la integración de ADN fuera tan frecuente como para preocuparse. Y con esa mera opinión se las dio el visto bueno.

El prestigioso neurocientífico Andrew Moulden -hoy «demonizado»- que murió de forma tan inesperada como sospechosa en 2013 a los 49 años- afirmaba que todas las vacunas causan en mayor o menor medida alteraciones del flujo sanguíneo -unas inmediatas, otras retardadas, algunas agudas, otras crónicas- que pueden terminar provocando daños muy graves: en el cerebro (hemorragia intercerebral), en los huesos (huesos frágiles), en el tronco cerebral (muerte súbita del lactante al perderse el control automático de la respiración, meningitis, encefalopatías o Síndrome de West), en las vías motoras (parálisis, Síndrome de Guillem Barré, convulsiones…), en órganos internos (colitis, colon irritable, fibromialgia, fatiga crónica, trastornos psiquiátricos…) y trastornos del espectro autista, déficit de atención, trastornos de aprendizaje y Síndrome de Asperger en bebés y niños (50).

Muerte. Según un documento confidencial de GlaxoSmithKline filtrado recientemente a la prensa entre octubre de 2009 y octubre de 2011 murieron 36 bebés tras recibir la vacuna 6 en 1 de Infanrix Hexa (difteria, haemophilus influenzae B, pertussis, poliomielitis, tétanos y hepatitis B) habiendo además 37 “muertes súbitas” y 1.742 reacciones adversas, quinientas de ellas muy graves. La vacuna contiene toxoides de difteria, tétanos y pertussis, poliovirus de varios tipos, proteína HbsAg procedente de ingeniería genética, aluminio y formaldehído (51).

Los propios Centros para el Control de las Enfermedades (CDC) comprobaron también la relación entre las vacunas y el Síndrome de Muerte Súbita del Lactante (SMSL). En un trabajo publicado en Journal of Pediatrics un grupo conjunto de investigadores de los CDC y la FDA identificó 749 muertes relacionadas con la administración de la vacuna Hib (Haemophilus influenzae) la mitad de las cuales eran SMSL (52).

Y existe un estudio según el cual en los países en los que se administran más dosis de vacunas es mayor la tasa de mortalidad infantil. Que en Estados Unidos se inoculen pues a los bebés 26 vacunas en su primer año de vida es aberrante (53).

Terminamos este apartado indicando que según un estudio publicado en 2005 en JAMA el 60% de las personas de 65 o más años que se vacunan contra la gripe ponen en riesgo su vida. Y añadiremos que un estudio realizado en Australia llegó a conclusiones similares con niños menores de 5 años pues entre quienes recibieron la vacuna H1N1 de 2009 1 de cada 110 sufrió convulsiones tras recibirla (54).

GUERRA O SIMBIOSIS

Dejamos para el final un problema que podría ser clave en relación con los daños vacunales pero que necesariamente tenemos que limitarnos a exponer como advertencia y en forma de preguntas ya que la investigación biomédica en el terreno al que vamos a referirnos está prácticamente comenzando y no es precisamente una línea de trabajo que favorezca los intereses de la industria farmacéutica. Nos referimos al cambio de paradigma que suponen los descubrimientos del origen bacteriano de la vida y la relación simbiótica que tenemos con los microbios. Ya lo dice el profesor Máximo Sandín en el mismo título de su blog: “Somos bacterias y virus”. Nueva visión que choca frontalmente con la visión belicista y casi paranoica desarrollada por Pasteur y Koch -entre otros- que desembocó en la aparición de las vacunas y se basa en el convicción de que vivimos rodeados de microbios que nos enferman y matan por lo que debemos prevenir que puedan introducirse en nosotros y, si lo hacen, combatirlos con antivíricos y antibióticos. A fin de cuentas hoy sabemos que somos seres plagados de todo tipo de microbios que conviven en armonía en nuestro interior e incluso colaboran entre sí. Equilibrio armónico que rompen tanto las vacunas como los antimicrobianos; a menudo con fuertes resistencias que los han vuelto no ya inútiles sino peligrosos; especialmente a los antibióticos.

Es más, pueden llevar a resultados contrarios a los buscados como demuestra el trabajo de un equipo de investigadores de los Países Bajos que al estudiar los posibles efectos de la vacuna conjugada heptavalente contra el neumococo en la microbiota de niños sanos constataron que si bien mostraba efectividad contra el serotipo contenido en ella los otros serotipos neumocócicos disminuían ¡conduciendo a un aumento gradual de la enfermedad!

“La colonización -explican al hablar de las vacunas- es un proceso dinámico de interacciones entre microbios y entre los microbios y el huésped, y dan como resultado ecosistemas bacterianos equilibrados que benefician la salud. Las perturbaciones de estas estructuras microbianas interactivas por cambios ambientales o vacunaciones alteran las estructuras de la red bacteriana y, por lo tanto, pueden influir en la presencia y contención de otros miembros de la microbiota, Y esas alteraciones tienen efectos sobre la salud y la susceptibilidad a enfermedades” (55).

En definitiva: las vacunas no son seguras, tienen efectos adversos que van mucho más allá de los reconocidos oficialmente y además puede haber otros muchos porque no se han estudiado nunca. Y la ocultación de todos los trabajos que lo demuestran así como la continua campaña de descrédito gratuito contra sus autores algo intolerable que roza lo delictivo. Y más vale que la sociedad se conciencie antes de que nuestras autoridades, condicionadas por los grupos de presión de las grandes multinacionales, empiecen a obligar a los ciudadanos a vacunarse para decenas de presuntos microbios patógenos y, lo que es más grave, se haga lo mismo con bebés y niños cuando aún tienen un sistema inmune inmaduro. 

Jesús García Blanca
Recuadro

Referencias

A continuación, recogemos las referencias de todos los artículos, declaraciones o documentos mencionados en el texto del artículo incluyendo -en los casos en que es posible- el enlace para su consulta en internet.

(1) https://vacunasaep.org/documentos/manual/manual-de-vacunas

(2) National Childhood Vaccine Injury Act (Ley Nacional de Lesiones por Vacunas Infantiles), 42 USC 300aa-22.

https://www.congress.gov/bill/99th-congress/house-bill/5546

(3) https://childrenshealthdefense.org/news/4-billion-and-growing-u-s-payouts-for-vaccine-injuries-and-deaths-keep-climbing/

(4) Alan G. Phillips. Dispelling Vaccinations myths: an introduction to the contradictory between medical science and Inmunization policy. 2007.

www.vaccinerights.com

(5) Wilson y otrosAdverse events following 12 and 18 month vaccinations: a population-based, self-controlled case series analysisPLoS One 6:e27897.

https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0027897

(6) http://novaccine.com/vaccine-risks/

(7) https://asociacion.aavp.es/los-fabricantes-de-vacunas-y-las-agencias-de-regulacion-utilizaron-trucos-estadisticos-para-ocultar-los-riesgos-de-las-vacunas-contra-el-vph/

(8) John Barthelow Classen. Public should be told that vaccines may have long term adverse effects. BMJ. 1999 Jan 16; 318(7177): 193.

(9) Documentos internos de los CDC:

http://mercury-freedrugs.org/docs/110927_ResponseToDanishCommitteeOnSciDishonesty_CombinedLetterExhibits_b.pdf

https://childrenshealthdefense.org/advocacy-policy/criminal-conduct-poul-thorsen/

Actas de reuniones a puertas cerradas:

http://thinktwice.com/simpsonwood.pdf

Documentos oficiales obtenidos mediante la Ley de Libertad de Información o en el curso de investigación criminal:

https://childrenshealthdefense.org/government/immunization-safety-review-committee-closed-session-january-12-2001/

https://webarchive.nationalarchives.gov.uk/20120907201039/http://www.dh.gov.uk/ab/JCVI/DH_095294

https://oig.hhs.gov/fraud/fugitives/profiles.asp

Más enlaces a documentos:

https://childrenshealthdefense.org/wp-content/uploads/APPENDIX-9-ANNOTATIONS.pdf

The Vaccine Program: Betrayal of Public Trust & Institutional Corruption. Part 1 of 7.

https://childrenshealthdefense.org/news/vaccine-program-betrayal-public-trust-institutional-corruption-part-1-7/

(10) https://www.opensecrets.org/industries/summary.php?ind=H04&cycle=2018&recipdetail=S&sortorder=N&mem=Y

La reunión del comité Vacines save lives: what is driving preventable disease outbreaks? celebrada el 5 marzo 2019, puede verse completa en el siguiente enlace:

https://www.help.senate.gov/hearings/vaccines-save-lives-what-is-driving-preventable-disease-outbreaks

(11) https://www.youtube.com/watch?v=36_qz2beMaE

(12) http://www.analesdepediatria.org/es-calendario-vacunaciones-asociacion-espanola-pediatria-articulo-S169540331830376X?referer=buscador#aff1

(13) https://www.actasanitaria.com/la-oms-movimiento-antivacunas-amenaza-salud/

(14) Puede descargarse una traducción al castellano íntegra en el siguiente enlace: http://superandoelsida.ning.com/profiles/blogs/miedo-de-lo-invisible-de-janine-roberts-en-espanol

(15) https://www.fda.gov/NewsEvents/Newsroom/PressAnnouncements/ucm597077.htm

(16) Listado oficial de los CDC con los ingredientes de cada vacuna:

https://www.cdc.gov/vaccines/pubs/pinkbook/downloads/appendices/B/excipient-table-2.pdf

(17) Helen V. Ratajczak.Theoretical aspects of autism: Causes—A review

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https://doi.org/10.3109/1547691X.2010.545086

(18) José Luis Redondo Calderón. Vacunas, biotecnología y su relación con el aborto provocado.

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http://aebioetica.org/revistas/2008/19/2/66/321.pdf

https://cienciaysaludnatural.com/vacunas-y-abortos-povocados/?fbclid=IwAR3_viE4NUNQiXMOwgRjw_su69mCqcoItWP0fS5cBTqPa7qfYf8VKxljByA

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http://saludypoder.blogspot.com/2016/04/vacunas-una-reflexion-critica.html

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